“El Corte Inglés” nos puede quitar lo que nos concedió Enrique IV

El hecho de que haya un establecimiento comercial del prestigio de El Corte Inglés en una ciudad, como sucede a Guadalajara desde 2007, viene a ratificarle de hecho el título oficial de ésta -si lo tiene, como es el caso- y a remarcarla como localidad de referencia en su entorno. Antes, los títulos de ciudad eran honores -más que privilegios- que otorgaban los reyes, diferenciando a las poblaciones favorecidas con ellos de las villas, las aldeas y los lugares que eran rangos de población inferiores. A Guadalajara fue el entonces rey de Castilla, el Trastamara Enrique IV  -predecesor de los Reyes Católicos- quien el 25 de marzo de 1460 le concedió el título de ciudad, tras arrebatársela por las armas a los Mendoza con ocasión de una disputa con el segundo marqués de Santillana, Diego Hurtado de Mendoza, a quien el monarca obligó por la fuerza a salir de ella y refugiarse en Hita, hasta que en 1461 se firmó un acuerdo de amistad entre ambos que permitió al noble regresara

Se da la circunstancia histórica de que la capital de España, Madrid, nunca fue distinguida por rey alguno con el título de ciudad -ni falta que le ha hecho, pues nadie puede dudar que es, de hecho y de derecho, la primera ciudad del Estado-, si bien es villa desde 1123 y villa y corte desde 1561, cuando Felipe II asentó allí la capital del reino, aunque entre 1601 y 1606, en tiempos ya de Felipe III, estuvo provisionalmente en Valladolid.  Curiosamente, durante la época califal, Madrid perteneció a la “cora” de Guadalajara, cuando ésta era la capital de la Marca Media de Al-Andalus.

guadalajara-titulo-ciudadDejándonos de Historia y de cuentos, como reclamaba Gabriel Celaya en su extraordinario poema/proclama de libertad “España en marcha”, que popularizó Paco Ibáñez al ponerle música, se ha sabido a través de algún medio de comunicación en los últimos días que, aunque el título de ciudad de Enrique IV ya no nos lo va a quitar nadie -salvo que lo roben del archivo municipal en el que se custodia, algo improbable dada la profesionalidad y competencia del archivero, Javier Barbadillo–, El Corte Inglés podría cerrar su centro comercial de Guadalajara por ser uno de los de su red que genera pérdidas, circunstancia que, de hecho, nos sacaría de esa lista de ciudades privilegiadas por ser sede de un centro comercial de esta prestigiosa marca.

Efectivamente, según informa elconfidencial.com “El Corte Inglés cerrará este mes de febrero el ejercicio económico de 2016, en el que ha conseguido salvar los muebles con un incremento del 34% de los beneficios netos, aun cuando la cifra de ventas evolucionó más lánguidamente y registró un mínimo aumento del 4,3% sobre 2015. La razón principal de esta situación, que impide al grupo recuperar los niveles anteriores a la crisis, reside en el lastre de alrededor de una cuarta parte de centros comerciales que registran cifras constantes de pérdidas y cuya solución natural pasa necesariamente por medidas drásticas, como pueda ser la venta o, en su defecto, el cierre definitivo y la consiguiente liquidación del negocio”. Y entre esos centros en los que este importante grupo empresarial registra pérdidas año tras año está el de Guadalajara, al igual que los de Leganés (Arroyosur), Jaén, Oviedo, Elche, Talavera, Albacete y Eibar, todos ellos inaugurados después del año 2000. Resulta evidente que sus construcciones y aperturas se activaron gracias a la bonanza económica de aquellos años, de la que principalmente tiró el llamado “boom -más bien suflé- del ladrillo” y, al menos en el caso del centro que está en el Ferial Plaza de la calle Eduardo Guitián, también en las expectativas de crecimiento poblacional que aquí se generaron y que después resultaron un auténtico fiasco. Entre esas perspectivas demográficas alcistas que se preveían para la capital y sus municipios más próximos, especialmente los de El Corredor del Henares, se pueden citar como ejemplo los 28.000 habitantes que se estimaban para Valdeluz, cuando su población actual apenas supera los 2500. No me cabe la menor duda de que con las situaciones económica y demográfica actuales y las previsibles a corto y medio plazo, jamás se hubiera abierto un “Corte Inglés” en Guadalajara.

La causa de que El Corte Inglés aún no haya echado el cierre en ninguno de sus centros reiteradamente deficitarios, entre los que está el de Guadalajara, radica en que su política procura evitar esos cierres, al contrario que otras grandes empresas que, en cuanto los números rojos de un centro dejan de ser coyunturales para pasar a ser estructurales, echan el cierre sin más miramientos, entre ellos el dejar en la calle a un importante número de trabajadores. Para cierta tranquilidad de los de Guadalajara -cuya plantilla se ha reducido notablemente, sobre todo la eventual, como es notorio-, El Corte Inglés, antes de tomar la drástica medida de la venta o del cierre en estos nueve centros deficitarios -a los que pueden sumarse otros que están en números “naranjas”-, parece que se propone dar un giro a su modelo de negocio. La primera alternativa de reconversión que se maneja es apostar por convertirlos en “outlets”, tipo “Las Rozas Village”, apoyándose en el prestigio de la marca, “que contribuye a mantener la tendencia de moda en colecciones que ya se han pasado de temporada; de este modo, los estrategas del negocio tratan de obtener una segunda oportunidad para el ciclo del producto”, según se comenta en el diario digital que dirige el alcarreño Nacho Cardero y que me ha servido de fuente para esta entrada.

Confío en que El Corte Inglés sepa gestionar esta comprometida situación y no cierre su centro de Guadalajara porque lo lamentaría por sus empleados y proveedores locales, directos y diferidos, lo echaría de menos como cliente y, como comentaba al principio, ello contribuiría a que se rebajara nuestra estimación de ciudad al no ser una de las que acogen uno de sus famosos centros, vara con la que en la actualidad se mide más la potencia de una urbe que los títulos que haya merecido en su historia. No en vano, estamos en la época del “homo compratoris”, por decirlo en Latín macarrónico, pero de forma expresiva.