Fiestas de junio en Guadalajara

 

Una vez pasado el Corpus nos encontramos con algunas manifestaciones festivas que vienen a ser consecuencia del mismo. Entre ellas, las siguientes:

ALCOCER. Las mayordomas. (Domingo siguiente al Corpus).

Según señalan algunos cronistas, parece ser que se trataba de una fiesta realizada exclusivamente por las mujeres el domingo siguiente al día del Corpus, que se vino celebrando hasta los años setenta, más o menos, hasta que el 28 de junio de 1992 fue recuperada, contando con la asistencia de más de sesenta participantes vestidas a la antigua usanza.

Cuenta la “tradición” que el nacimiento de la fiesta tuvo lugar a raíz de un hecho acaecido con motivo del traslado de los restos mortales del Cid Campeador desde Valencia hasta Burgos por escabrosos terrenos ocupados por la morisma. Al paso de la comitiva por Alcocer, las mujeres, usando sus mejores galas -vestidos con espejuelos, cintas llamativas de distintos colores, etc.- y con motivo de celebrarse una procesión en honor a la Virgen, hicieron huir despavorida a la hueste moruna que la perseguía, evidentemente confundida por la demasía de los reflejos de sus dijes y el elevado número de participantes.

Crónica que nos parece sujeta a cierta innovación falsamente historicista, aunque no carente de interés etnográfico, y desarrollo que debería fomentarse más.

VALVERDE DE LOS ARROYOS. Danzas de la fiesta de la octava del Corpus. (Octava del Corpus, o sea, diez días después de su celebración).

Se celebra diez días después del Corpus, siempre en domingo. Aparecen en escena ocho danzantes acompañados por el botarga y el pitero (o gaitero / tamborilero), cuya misión principal es la de acompañar al Santísimo durante la misa que se efectúa en el templo parroquial, la plaza y las eras, donde cubiertos con unos curiosos canastillos, según se dice gracias a un privilegio papal, ejecutan algunas danzas, entre ellas, las de La Cruz, dejando la de cintas para la plaza, en la que, una vez finalizada la Eucaristía se procede a la subasta de las roscas, que penden de una rama de árbol y que sujeta un encargado.

Llama la atención la vistosa vestimenta de los danzantes: a la cabeza, el canastillo mencionado, cubierto de flores de vivos colores y espejuelos. Camisa y pantalón blancos. A la cintura, un gran pañuelo negro, especie de mantón de Manila. Al cuello, un pañuelo de seda. Cubriendo el pantalón, una especie de falda o sayolín y, finalmente, numerosas cintas y bandas en los brazos, el pecho y la espalda, al modo de siguemepollo colorista y atractivo.

Tras la ejecución de las danzas, -que tienen lugar en las eras, hasta las que se llega en procesión con mástil y pendón, además del sacerdote bajo palio, portando el ostensorio-, donde se ha montado un altar, suelen tener lugar representaciones de autos y sainetes de temas alusivos a la religiosidad popular y, más concretamente al Santísimo, en los que, lógicamente, el Bien triunfa sobre el Mal.

UTANDE. Danzas y loa a san Acacio, mártir. (Sobre el día 22 de junio).

El número de danzantes es el mismo que hemos visto en Valverde de los Arroyos, aunque varían en su forma de vestir que, en este caso consiste en camisa y falda blancas muy almidonadas, y medias y calzado a juego. Aragonés Subero indica que solamente son de colores el pañuelo que se colocan a mano de mandil o faja y las cintas que van desde los hombros hasta la cintura. Sobre el pecho, de izquierda a derecha, cruza una  banda de seda bordada.

Efectúan sus danzas, todas de paloteo, en la plaza y son conocidos como los peludillos. Junto a los danzantes, interviene en la fiesta, a la hora de la representación de la Loa a san Acacio mártir, un grupo compuesto por un niño que encarna el papel de ángel, empuñando su espada flamígera, que cubre la cabeza con un llamativo tocado; un botarga que viste de negro y empuña una espada del mismo color, esta vez ensangrentada, que cubre su rostro con una máscara demoniaca -el propio diablo como clara representación del Mal-; un viejo o gracioso, portador del simbolismo de la Vida y la Muerte, y un guitarrista. La representación de este auto es, como en casi todos los casos que pueden estudiarse en la provincia de Guadalajara, una demostración del predominio del Bien.

SIGÜENZA. Las sanjuaneras (24 de junio).

Las sanjuaneras constituyen una de las manifestaciones folklóricas más llamativas de la ciudad episcopal de Sigüenza. Consisten, fundamentalmente, en la construcción de una serie de arcos y enramadas en los diferentes barrios y calles principales de la población, participando todos en común concurso que, a la sazón organiza el propio Ayuntamiento seguntino, con el fin poder valorar la belleza de los ornamentos empleados en su realización: flores, cuadros e imágenes religiosos, farolillos chinos, iluminaciones atrayentes, alfombras y visillos, plantas variadas, especialmente cantihueso (cantueso, que allí se conoce como yerba sanjuanera o simplemente sanjuaneras) y músicas diversas, a la espera de la celebración de las populares verbenas en las distintas barriadas, donde poder degustar chocolate con churros acompañado por copas de anís, productos típicos de estos días de fiesta. Es destacable la participación infantil que, desde varios días antes, va pidiendo el aguinaldo para celebrar una gran chocolatada: “Una pesetilla para el arco de san Juan”.

Los mozos granados van recorriendo las calles, rondando a las mozas de su interés, y regalando flores con las que engalanan los balcones, aunque también puede darse en caso -no sería la primera vez- de que las mozas que no les caigan bien, por cualquier motivo, reciban numerosos cardos que taponan la puerta de su casa o, en otros casos, esqueletos enteros de burros muertos recogidos en los cebadales.

Hace años se iba a misa y después tenía lugar la procesión del santo, tras la que se marchaba a las praderas próximas para merendar y bailar durante la tarde y parte de la noche, para ya de madrugada, tomar chocolate con los bizcochos elaborados por las mozas.

Las sanjuaneras son, por tanto, el equivalente, en cierto modo, a los mayos que los quintos y mozos de otros lugares, generalmente de la Campiña y de la Alcarria, cantan en su fecha correspondiente a las mozas, es decir, durante la última noche de abril a mayo.

Veamos algunas muestras de las citadas sanjuaneras:

La mañana de San Juan, niña,                                 

no te puse en ramo

la mañana de San Juan;

la mañana de San Pedro

de claveles te lo mando (bis)

la mañana de San Juan,

niña, no te pude el ramo.      

(Al estribillo, que es:)

 

La mañana de San Juan

cómo te jaleabas,

con los zapatitos blancos

y las medias caladas,

las medias caladas,

las medias caladas,

la mañana de San Juan

cómo te jaleabas…

Conocemos más de veinte sanjuaneras, con algunas variantes, todas de ritmo y contenido similar a las precedentes.

TIERZO. Procesión de los capirotes. (Finales de junio).

Su origen tuvo su origen en una procesión de carácter votivo y actualmente su desarrollo es el siguiente: el alegre sonido de las campanas avisa la salida de los capirotes del pueblo, toques que permanecen sonando hasta que, desde la torre de la iglesia, se pierde la vista a la procesión. El camino a recorrer no es otro que el de Molina de Aragón, aunque suele hacerse una desviación hasta Teroleja, pueblo que acoge a la comitiva con el volteo de sus campanas que permanece sonando hasta que el grupo se pierde en la distancia, a su salida camino de Ventosa, donde sucede lo mismo a la llegada.

Ya en el santuario de la Virgen de la Hoz se celebra la misa y después se juntan los caminantes amistosamente para comer junto a las orillas del Gallo. Allí, la alegría y las bromas están al orden del día, hasta que, aproximadamente a eso de las cinco de la tarde, se reza el rosario y, tras un breve descanso, se regresa al pueblo, donde las campanas no cesan de sonar -nuevamente- hasta que no llega el último capirote.

La fiesta, por así decir, puesto que se trata de una procesión, se ha venido celebrando a finales de junio y, como casi todas, ha sufrido algunos cambios con el paso del tiempo. La última vez que salió tuvo lugar en 1968, hasta que  en 1999 fue recuperada.

Es muy posible que el origen de esta tradición tenga su origen en el siglo XVII, concretamente surgida para impetrar salud ante una epidemia de cólera que arrasó la población en 1653 y condujo a la muerte a más de veinte personas en el corto espacio de tiempo tres meses. De ahí que naciera esta procesión, a modo de voto público de todo el pueblo de Tierzo, que se debía realizar a pie y con una vestimenta especial, igualmente votiva, hasta el santuario de la Virgen de la Hoz, Reina del Señorío, ubicado en Ventosa, en su foz de Corduente.

Solían salir de Tierzo de madrugada, con el sacerdote a la cabeza, entonando diversas letanías, y acompañado de un niño -ángel infantil-.

La vestimenta es totalmente blanca y en la cabeza llevan un capirote -de donde procede el nombre de los participantes: capirotes– también blanco, que viene a ser el color de la pureza y el de todo aquello relacionado entonces con la sanidad.

En 1999 se recuperó, en parte, la salida de esta procesión, aunque con algunas variantes respecto a las ocasiones anteriores.

Actualmente se realiza de la siguiente manera: a las 10 de la mañana sale la comitiva, con el habitual toque de campanas, camino de Teroleja y Ventosa, para llegar al barranco de la Virgen de la Hoz hacia las 11,30. Allí tiene lugar la celebración de la santa misa (12,00 h.), a cuya salida se ofrecen bollos y licores a los asistentes y se da paso a la comida (14,30 h.). Transcurrido un tiempo prudencial se reza el santo Rosario y se adora a la Virgen en señal de agradecimiento por haber salvado al pueblo de la epidemia (17,00 h.). Y aquí cambian las cosas, puesto que poco más tarde la procesión se acerca a Molina de Aragón, para finalizar los actos del día con una verbena popular en la plaza Mayor de Tierzo, amenizada por un conjunto musical.

 

Fiestas, romerías y otras manifestaciones marianas

 

Algunas fiestas del mes de mayo: romerías y otras manifestaciones marianas

Por José Ramón López de los Mozos

COBETA.- Romería a la ermita de la Virgen del Montesino (Sábado anterior al Domingo de Pentecostés).

Una sencilla descripción nos indica que

“Aún se conserva el rito folklórico de la llamada Fiesta de las siete banderas, que consiste en una alegre y numerosa romería de los pueblos de los alrededores, la víspera de la onomástica de Nuestra Señora de la Asunción, a la que cada pueblo lleva alta y coloreada su bandera o pendón. Se cuenta de Cobeta que siempre era el suyo el más alto, y en cierta ocasión llevaron uno más alto aún que la torre de las campanas de la iglesia parroquial”.

Es una procesión que se conoce con el nombre de Fiesta de la bandera o romería de las Siete cruces y siete banderas, en la que al finalizar las siete vueltas de las cruces (número mágico) y las banderas alrededor de la ermita, se realiza una comida campestre muy animada.

Notemos como dato interesante y llamativo desde fuera el que sean siete los pueblos asistentes con sus correspondientes cruces y pendones: Cobeta, Torremocha del Pinar, Selas, Anquela del Ducado, Aragoncillo, Olmeda de Cobeta y Villar de Cobeta, que aparecen con sus respectivas cruces parroquiales, que entrechocan en señal de fraternal saludo y buena vecindad, además de portar cada uno un estandarte de altísimas dimensiones, así como siete son también las vueltas que, como hemos visto, han de dar en derredor de la ermita.

 

VENTOSA (Corduente. Santuario de la Virgen de la Hoz).- La Loa (Sábado anterior al Domingo de Pentecostés).

Desde Molina de Aragón, capital de su Señorío, hasta el santuario de la Virgen de la Hoz se va rezando el rosario. Posteriormente tendrá lugar, en la explanada delantera, la representación de un auto sacramental, sencillo, denominado La Loa o La Loa del Gallego.

En él intervienen personajes diversos desempeñando papeles de bobo o gracioso (el simple de otros autos), el ermitaño, el zagal, el gallego que siempre sale mal parado, el zamorano, el ángel que envía a los demonios a las entrañas del infierno, demostrando una vez más, en triunfo del Bien sobre el Mal, etcétera.

Finalmente, ocho danzantes ataviados de antigua milicia interpretan unas danzas de palos y espadas y la denominada danza de La Cadena, para concluir su actuación con un desfile y la construcción de una torre humana en la que el ángel grita varios vivas a la Virgen.

ATIENZA.- La Caballada (Domingo de Pentecostés. Móvil).

A la muerte de Sancho III, en 1158, le sucedió en el trono Alfonso VIII, a la sazón con cuatro años de edad. Ante esta circunstancia, su tío, el rey leonés Fernando II, intenta usurparle el trono de Castilla. A ello se opone la noble familia de los Lara, que, con el rey niño, huye de Soria refugiándose en la fortificada villa de Atienza, que se ve cercada al negarse sus habitantes a entregarle el niño a su tío.

En 1163, el día de Pentecostés, sale una expedición de arrieros atencinos en viaje de negocios, que al llegar a la ermita de la Virgen de la Estrella notan la presencia cercana de las tropas leonesas que les persiguen.

Los recueros de caballerías más resistentes camuflan entre sus mercadurías al rey, y prosiguen su camino, mientras que el resto de los arrieros permanece en la ermita bailando, como especie de trampa con la que distraer al enemigo.

Al cabo de una semana, los arrieros que habían escapado de Atienza con Alfonso VIII llegan sanos y salvos a Segovia.

Para conmemorar este suceso, los arrieros atencinos crearon una cofradía denominada de la Santísima Trinidad, aunque sin olvidar a su anterior patrón, san Julián, más conocida como La Caballada, aun existente.

La conmemoración tiene lugar de la siguiente forma: del sábado víspera de Pentecostés se conoce como día de las siete tortillas. Se hacen siete tortillas diferentes, una por cada miembro de la junta, que representan cada uno de los días que se invirtieron en el camino entre Atienza y Segovia. También en este día, el prioste, el mayordomo, el manda y la junta de la cofradía acuden a la ermita de la Estrella, acompañados de dulzaina y tamboril, para plantar el ramo en el que al día siguiente aparecerán colgadas las roscas y frutos que se han de subastar.

Llegado el Domingo de Pentecostés, los músicos van despertando a los cofrades, que se dirigen hacia la casa del prioste, en uno de cuyos balcones ondea el pendón de la cofradía.

Una vez reunidos todos, van a recoger al abad, y a caballo a la voz del manda, recorrer las históricas calles de la villa camino de la ermita de Nuestra Señora de la Estrella y escuchar la santa misa.

Precede una procesión con subasta de maneros, cuyas pujas anota cuidadosamente el fiel de fechos, realizándose los pagos especie, generalmente trigo o cera. Sigue la comida, en privado.

Por la tarde tiene lugar el baile de los cofrades que realiza cada uno de ellos de forma individual en recuerdo de aquellos otros, amoriscados, que llamaron, hace más de ocho siglos, la atención de los soldados leoneses. Parece como si cada cofrade bailase con la Virgen una danza ágil para la que se necesita gran destreza.

Terminado dicho baile, nuevamente a la voz del manda, montan en sus caballerías y precedidos por el abanderado regresan a la villa, al arrabal de Puertacaballos, donde tendrán lugar desenfrenadas carreras entre los cofrades, participando también el abad.

La fiesta conmemorativa finaliza acompañando al abad a su casa, donde ofrece limonada a los miembros de la junta.

Por último, el lunes, día de la cernina, se rinden cuentas, se escota y se ofrece un funeral por el alma de los cofrades difuntos.

 

MIRABUENO.- Procesión de las Cruces y romería a la Virgen de Mirabueno. (Sábado anterior al penúltimo domingo de mayo).

Una de las advocaciones más interesantes de la provincia de Guadalajara, en su aspecto mariano, es el que se refiere a la Virgen de Mirabueno, patrona del pueblo de su mismo nombre.

Dice la leyenda ancestral que, hacia el año 1350, una pastorcilla natural de Mandayona encontró en el hueco de una encina una paloma blanca, que recogió y metió en su zurrón. Poco después, al encontrarse con su hermano, fue a enseñársela, diciéndole: “Mira, Bueno” -pues tal era su nombre-, viendo al tiempo que la paloma había desaparecido del morral. Así hasta tres veces, como suele acontecer en este tipo de leyendas hagiográficas, en que una Virgen suele aparecerse varias veces, por lo general tres, cinco, siete o nueve, siempre números impares y, por lo tanto, mágicos -por masculinos- en la mayoría de las religiones antiguas a personas tales como pastores, niños y, en ocasiones, a enfermos mentales.

Posteriormente, siempre se demostraba que la “aparición”, después del número correspondiente de veces, ya materializada, tenía que ser reconocida y recogida o transportada por el sacerdote del lugar más cercano, en este caso el de Mandayona, que arrepentido de su duda, sugiere, haciendo caso de las palabras de la Virgen aparecida, y como religioso que es y por lo tanto persona en quien poder depositar alguna confianza, la construcción de un templo sencillo o en su defecto de una simple ermita. Que era lo que solía suceder.

Tal es el caso de multitud de explicaciones que se ofrecen para dar a conocer los orígenes de alguna ermita, y tal es la que también se ofrece en el caso de la Virgen de Mirabueno, que después de las tres veces no quiso que su templo se construyese en Mandayona, sino en una nueva población, que recibiría precisamente el nombre de Mirabueno, cosa que habría que estudiar con mayor detenimiento, toda vez que dicha localidad fue uno de los pueblos que formaron parte de la marca seguntina durante el periodo de ocupación musulmana, hasta la reconquista definitiva de estas tierras por el obispo don Bernardo de Agén, en 1123 ó 1124. (Leyenda e historia unidas).

El caso es que el hecho de que la Virgen de Mirabueno no fijase su aposento en Mandayona, y sí donde ahora permanece desde antiguo, dio origen a una coplilla, que hace algunos años se tuvo por de picadillo sociocéntricamente hablando, y que hoy no es más que el simple recuerdo de una manifestación sencillamente tradicional y tradicionalmente asumida  por quienes desde hace años han venido asistiendo a esta fiesta tan interesante y durante tanto tiempo olvidada, que en ella se registra:

Virgen de Mirabueno,

blanca paloma,

bájate a los jardines

de Mandayona.

 

Parece ser que tas el aparecimiento de la Virgen en la encina del monte a que hemos hecho referencia, y gracias al nombre del hermano de la niña que descubrió su imagen en el hueco del árbol, nació el pueblo que en la actualidad recibe el nombre de Mirabueno y que conservaba hasta hace algunos años la base, tronco y algunas pequeñas ramas bajas de la encina donde, al parecer, tuvo lugar el milagroso suceso, aunque, en realidad, dicho nombre, toponímicamente nada tenga que ver con el del hermano de la pastorcilla y sí con su ubicación, en el borde de una altura desde la que se puede otear una gran extensión de terreno, a modo de centinela y defensa.

Tronco y ramas, reliquias al fin y al cabo, sucumbieron víctimas del acendrado amor que los romeros y peregrinos le brindaron. Decíase que las astillas de tal encina defendían de las enfermedades y que por ese motivo desapareció -convertido en minúsculas partículas- el santo árbol que cobijó la imagen sagrada de María.

Hasta hace poco tiempo (1990 aproximadamente, o poco antes), los romeros podían ver en el camarín del santuario los ya escasos restos de la encina. En la actualidad nada queda. Sólo un pequeño hueco que nos recuerda la pasada existencia del hecho.

La devoción a la Virgen de Mirabueno se había extendido poco a poco y eran muchos -como sucede en la actualidad- los pueblos que acudían a honrar el santuario del pueblo de su aparición.

Surgió entonces una tradición, hasta hace relativamente pocos años recuperada, en la que el sacerdote y el alcalde de la población enviaban -y siguen enviando- a un lugareño con una credencial indicativa de quién es y una invitación a participar en los actos del día de la fiesta mariana anual. A tal propio se le conoce por el nombre de veredero, pues su misión no es otra que la de entregar las correspondientes veredas o invitaciones de asistencia con la reglamentaria cruz procesional, a los párrocos y ayuntamientos de ciertos pueblos que seguidamente damos a conocer, a través de las tres distintas veredas (o caminos) existentes:

 

1ª) Torremocha del Campo, Algora, Torresaviñán, Tortonda, Fuensaviñán, Laranueva, Navalpotro, Renales, Abánades, Torrecuadrada de los Valles, El Sotillo y Las Inviernas.

2ª) Castejón de Henares, Almadrones, Argecilla, Valfermoso de las Monjas, Utande, Ledanca, Gajanejos, Hontanares, Alaminos, Cogollor, Masegoso de Tajuña, Valderrebollo y Yela.

3ª) Bujalaro, Matillas, Mandayona, Villaseca de Henares, Aragosa, La Cabrera, Pelegrina, Moratilla de Henares, Palazuelos, Carabias, El Atance, Baides, Viana de Jadraque, Huérmeces del Cerro y Santiuste.

Una cuarentena de pueblos, según se especifica en las precedentes veredas. Cada uno de aquellos grupos llegaba. -y aún  hoy sucede lo propio- a Mirabueno y se asentaba en su lugar correspondiente (en su correspondiente rancho). Tal era la organización. Todos sabían el lugar donde debían descansar a su llegada.

Se les salía a recibir con la cruz procesional, de plata, que se chocaba en señal de abrazo y bienvenida, y en cada sitio, hombres y acémilas, comían su ración, esperando la hora de la misa mayor, a eso de las doce del mediodía, y todos querían entrar en el santuario y los alrededores no daban abasto, no se cabía por los rincones, y allí un vendedor y allá otro, y en la tasca el buen vino de la tierra que dejó fuera de curso el canto triste de la filoxera y que ya no ha levantado cabeza desde entonces.

 

CIFUENTES.- La caridad de san Isidro Labrador. (15 de mayo).

 Varios elementos intervienen en esta fiesta que se celebra en Cifuentes el día de san Isidro Labrador: la procesión del santo en sí misma,  como muestra de fe de los lugareños y, en primer lugar de los labradores y agricultores, de quien es patrón y protector, acompañada y presidida por las autoridades civiles y religiosas, y la entrega de una caridad consistente en una panota y un huevo duro.

Dos elementos; el religioso y, ese otro que podríamos considerar añadido o profano, del huevo duro.

Nada nuevo hay en la entrega por parte de cofradías, hermandades y ayuntamientos de caridades consistentes en los más variados productos: cañamones tostados, pan con anisillos, queso, bacalao, vino… que antiguamente, en el mundo rural, servían para apaciguar el hambre de los más pobres.

Pero son muy escasas las caridades consistentes en huevos duros (que en algunos lugares se suelen echar a rodar por el suelo). El huevo rueda por el suelo, por la tierra, que también es más o menos redonda y, al rodar, adquiere cierto poder generador y fertilizador. Cuando un hombre o una mujer cogen ese huevo, por mero contacto con él adquieren para sí sus propiedades. Es decir, descargan el huevo de sus poderes generador y fertilizador o fecundante, que pasan a ellos.

Queda, pues, el huevo como recuerdo de una manifestación religiosa ancestral (hoy profana) que se cristianiza a través de la bendición, la misa y la procesión del santo protector. Y la fertilidad que se le pide al santo para el agro,  se adquiere por la fe y por el huevo que hará que las cosechas sean abundantes para poder vivir. Al igual que sucede con la panota, hecha de trigo, y que simboliza el cuerpo de Cristo, alimento del cuerpo y del alma.

Un san Isidro que ara las tierras. -¡qué mejor imagen del acto sexual: la reja del ardo penetrando la tierra para fertilizarla!- provocando con ello buenas cosechas y frutos sanos y abundantes… Por eso el día de su conmemoración festiva se regalan caridades de huevo, es decir, del germen del que nace el pollo y crece el gallinero y la despensa está asegurada.

Y también limonada fresquita.

MARANCHÓN.- San Pascual Baylón. (17 de mayo, movible al domingo más cercano). 

Es, después de la celebración de la Virgen de los Olmos, patrona de la localidad, la fiesta más importante y su manifestación más característica es la danza del Pollo, extendida por tantos y tantos pueblos del Señorío molinés con numerosas variantes, aunque hoy si contar con la concurrencia de la gaita y el tamboril.

Su religiosidad queda patente en el acompañamiento que se hace durante la procesión del santo.

Se suele practicar sin distinción de sexo ni edad y, en sus evoluciones recuerda una especie de danza de tipo votivo en la que los participantes logran casi el éxtasis a lo largo de la procesión, y hoy en el baile que tiene lugar en la plaza del Ayuntamiento. Se trata de un baile, duro, rápido, consistente en constantes giros que, a veces, conducen a los participantes en él a recibir numerosos golpes y encontronazos y también a producirlos, pues “…se entregan a él con verdadera avidez y fonición, arrostrando las incomodidades que produce el continuo arremetimiento de unas a otras parejas y la carrera alocada y característica del baile propiamente dicho”.

Posiblemente se trate del reflejo de una danza de tipo solar-circular, que se bailaba por parejas, tratando de provocar choques y encuentros, lo que entrañaría una impregnación, quizá de carácter fertilizador, cara a mejorar las condiciones de vida del pueblo y sus gentes.

 

Aspectos de la Semana Santa de Guadalajara (y 2)

 

José Ramón López de los Mozos

(Continuación)

HIENDELAENCINA. La Pasión viviente (Viernes Santo, móvil).

Desde hace casi cuarenta años se viene realizando una representación de los pasos de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, a cargo de actores aficionados, en su mayoría hijos de Hiendelaencina.

Vestidos a la manera de la época, tiene lugar en la plaza Mayor el Juicio de Pilatos y la posterior Condena de Jesús por el pueblo judío, para continuar con un Vía Crucis por sus calles y terminar en las eras, siendo crucificado con un gran verismo, que aparece patente en el rostro atento de los espectadores, cada ocasión más numerosos.

OTRAS PASIONES VIVIENTES:

Jueves Santo. Fuentelencina.

Viernes Santo. Albalate de Zorita y Marchamalo (no siempre).

Sábado Santo. Chiloeches.

OTRAS REPRESENTACIONES Y ESCENIFICACIONES:

TRILLO. Procesiones de Semana Santa. Variable.

Domingo de Ramos. Entrada de Jesús en Jerusalén y acogida por el pueblo.

Miércoles Santo. Última cena, Oración del huerto, Traición de Judas, Prendimiento y Juicio de Jesús.

Viernes Santo. Vía Crucis por las calles del pueblo.

BUDIA. Los Soldados de Cristo.

Gran parecido con los grupos procesionales de Coraceros de Milmarcos; Armaos, de Sigüenza, y Soldadesca de Nuestra Señora de la Paz, de Mazuecos, puede observarse en la relativamente reciente recuperada Hermandad de los Soldados de Cristo, de Budia, que dejó de existir allá por los años sesenta (en 1962 se disolvió) y cuyos orígenes se llevan al siglo XV, aunque por la manera de desarrollar sus actuaciones, vestimenta y armamento, parezcan posteriores en algún siglo más, ya que los denominados tercios (como los de Flandes), equivalentes a los actuales regimientos, tuvieron su mejor momento en el siglo XVII.

Entre sus cometidos está el que cuatro hermanos vayan a buscar al abad o sacerdote a su casa y lo escolten hasta la iglesia para celebrar la misa de Jueves Santo, mientras el resto espera en dos filas a que entre el pueblo de fieles. Oyen misa, también en dos filas, ya en el presbiterio y cuando el sacerdote procede a consagrar, rinden lanzas, doblando una rodilla en señal de sumisión. Luego custodial el monumento y doce de entre ellos, a imitación de los Apóstoles, participan en el lavatorio.

En otras ocasiones celebran la representación simbólica del Triunfo de Cristo sobre el Mal, en la que los hermanos forman un círculo en cuyo centro se sitúa el abad que eleva la cruz a la vez que los soldados alzan sus picas.

El Viernes Santo acompañan de nuevamente al sacerdote durante las catorce estaciones del Vía Crucis y en la procesión del Santo Sepulcro son cuatro los que portan la imagen, otro, la cruz (ahora sustituida por una réplica, puesto que la original, que datan de hacia el año 1500, pesa cerca de 70 kilos) y los demás acompañan debidamente alineados, como si de los restos de una anterior danza ambulatoria se tratase.

El Sábado Santo participan en la Vigilia Pascual, con la bendición del agua y del fuego, y el Domingo de Resurrección, después de la santa misa, durante la Procesión del Encuentro van escoltando la custodia, que camina bajo palio, acompañada por la Justicia y autoridades y que se encuentra con otra procesión, exclusiva de las mujeres, que acompañan a la Virgen y que en el momento del encuentro le quitan el velo de luto y entonando los acostumbrados cánticos, regresar todos juntos a la iglesia.

Aragonés Subero señala que las obligaciones de los Soldados de Cristo comenzaban el Domingo de Ramos, con una merienda, en la que se establecía el orden de servicios en Semana Santa, que dedicaban íntegramente a la piedad.

Como soldadesca o milicia de Cristo (milites Christi) que son, deben obedecer las órdenes de un capitán elegido por los propios soldados, cuyo cargo dura entre cuatro y ocho años -que les pasa revista de uniforme y aseo- y un teniente que nombra el capitán.

Parece ser que cuando alguno de los miembros de esta hermandad fallecía su cargo pasaba a ser sustituido por un hijo, pero este punto no está suficientemente demostrado.

Visten traje negro de pana, con sombrero a juego y, en bandolera, una cinta roja con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, quizá como recuerdo de un uniforme anterior no muy alejado en el tiempo. Como única arma llevan una pica o alabarda de grandes dimensiones y, es muy probable que antiguamente tuvieran bandera y tamborilero.

Relacionada con los Soldados de Cristo, el mencionado Aragonés Subero transcribió la letra de esta  cancioncilla:

Tan-ta-ran-tan, el báculo del Obispo

el Cura y el Sacristán.

Tan-ta-ran-tan, con los Soldados de Cristo

la Virgen llorando está.

Tan-ta-ran-tan…

 

ALGUNAS CELEBRACIONES DE SEMANA SANTA EN LA PROVINCIA DE GUADALAJARA

En Atienza, el día de Jueves Santo por la tarde, tienen lugar los oficios y la procesión. Al día siguiente o de Viernes Santo, por la mañana se celebra el Vía Crucis en que se rezan y conmemoran los pasos del Calvario, con adoración de las Santas Espinas, en la iglesia de la Santísima Trinidad (la otra adoración de las Santas Espinas se celebra el día 6 de mayo, comenzando por la mañana, a las doce treinta, con una función religiosa en la misma iglesia y, ya por la tarde, la adoración, tras la que se subastan productos típicos) y, por la tarde, misa y posterior procesión del Santo Entierro o “del Silencio”.

El Domingo de Pascua o de Resurrección se escenifica el encuentro de Jesús resucitado con su Madre, la Virgen María, para continuar con una subasta de roscas.

En otros lugares como Almonacid de Zorita los actos del Viernes Santo se ven acrecentados por el Vía Crucis que lleva a cabo la cofradía de Nuestro Padre Jesús, así como con la procesión “del Silencio” en la que participa la citada cofradía de Nuestro Padre Jesús acompañada por la de Nuestra Señora de los Dolores, tocando cornetas y tambores.

En Mondéjar, el mismo día de Viernes Santo, a las siete de la mañana, tiene lugar la procesión y Vía Crucis, mientras que la procesión “del Silencio” recorre, por la noche, las calles del casco antiguo, al igual que en Cogolludo, donde, además, el Domingo de Resurrección se celebra la procesión “del Encuentro”, tras la que se mantea y prende fuego a un muñeco denominado “pelele”, especie de judas.

 

SIGÜENZA. La procesión de los Armaos (Viernes Santo).

Varias procesiones llaman la atención del espectador en los desfiles de Semana Santa de algunas poblaciones de Guadalajara, como son las “del Silencio” de Albalate de Zorita, El Casar, Guadalajara, Tendilla, Trillo, etc.; el Rosario de los Faroles, de Atienza; la procesión del Cristo de la Cruz Acuestas, de Jadraque; la de los Coraceros, de Milmarcos, especie de soldadesca en cargada de la custodia del monumento de Jueves Santo y de acompañar las procesiones, a pie o a caballo, ataviada con un llamativo atuendo consistente en calzón, polainas marrones, faldilla roja, camisa, babero y guantes blancos, coraza (de donde recibe el nombre) y yelmo, además de armarse de picas o “guinchos”, a imitación de los utilizados por las tropas españolas de los siglos XVI y XVII, y la de los Armaos o Armados, de Sigüenza, todas con salida el mismo día.

Esta de Sigüenza está compuesta por medio centenar de cofrades denominados de carga, pertenecientes a la Cofradía de la Vera Cruz y Santo Entierro que visten corazas de acero, pica y fajín rojo a la cintura, especie de soldadesca encargada de custodiar y cargar el paso del Santo Entierro, de gran valor artístico, mientras otro grupo de  hermanos cofrades, vestido de riguroso negro luto con calzón corto, chaquetilla y faja, acompaña a la imagen de la Dolorosa, partiendo hasta la ermita de santa Bárbara, ante el silencio de la gente allí congregada que escucha las tradicionales conversaciones entre Jesús y un posible portero, que le da paso:

 

(Dando golpes con el llamador de la puerta)

– ¡Quién!

– ¡Jesús el Nazareno,

  el rey de los judíos!

– ¡Que pase!

 

EL HUEVO DE PASCUA

 

Hay todavía algún pueblo donde se celebra, principalmente a nivel infantil y juvenil, la antiquísima costumbre de rilar o rodar el huevo.

En Hueva, salen al campo con los hornazos que en el centro llevan los huevos y que una vez desprendidos del dulce echan a rodar por tierra hasta que pierden la cáscara, para, en agradable compañía, dar cuenta de ellos en una alegre merendola.

En Yélamos de Abajo son los niños quienes han de rilar los hueves cocidos del hornazo, que ha de cocinar la madrina de cada uno de ellos, hasta que queden perfectamente pelados y así poderlos comer. Este hecho tiene lugar en las Eras del Calvario el Domingo de Resurrección, igual que sucede en Hueva.

 

 

 

 

 

 

Aspectos de la Semana Santa de Guadalajara (1)

GUADALAJARA. Semana Santa (Variable).

En realidad, la historia actual de la Semana Santa en la ciudad de Guadalajara es breve, excepto en un par de casos, puesto que la mayor parte de las cofradías y de los “pasos” que se sacan son posteriores a la Guerra Civil 36-39. Anteriormente a estas fechas sólo existieron dos cofradías, que siguen vivas en la actualidad: la hermandad de la Virgen de la Soledad, la más antigua de Guadalajara, fundada en 1573 (que no en 1469 como se viene diciendo) y reorganizada posteriormente -en 1817 tras la Guerra de la Independencia- y la de Nuestra Señora de los Dolores, que, al parecer, viene del siglo XVII.

Las cofradías participan activamente en la Semana Santa, partiendo desde el Domingo de Ramos, con la imagen de la entrada de Jesús en Jerusalén; el Miércoles Santo, en que la cofradía de la Dolorosa va desde santa María a la antigua cárcel, en recuerdo del indulto de un preso que se ha estado celebrando hasta hace pocos años; el Jueves Santo, en que desfilan dos cofradías: la de Jesús Nazareno y la de la Pasión de Nuestro Señor; y ya en la mañana del Viernes Santo, con salida desde la iglesia de san Ginés, la procesión del Cristo del Amor y de la Paz.

Sin duda la belleza de los pasos procesionales y el celo de las cofradías y hermandades se concentra en la denominada procesión del Silencio y Santo Entierro que tiene lugar el mismo día de Viernes Santo.

La procesión suele comenzar a eso de las ocho de la tarde en la iglesia de san Ginés y desde allí va “recogiendo” los pasos establecidos en las distintas parroquias -san Nicolás, Santiago y santa María-, desde donde -como concatedral- comienza la procesión que normalmente encabeza el Obispo de la Diócesis Sigüenza-Guadalajara acompañado por el resto de autoridades, hasta regresar a su lugar de origen: santa María, después de haber recorrido las calles más importantes de la ciudad: Ramón y Cajal. Bejanque, La Carrera, Plaza de Santo Domingo, Mayor, Fluiters, Teniente Figueroa e Ingeniero Mariño.

Es curioso significar que, en esta procesión del Viernes Santo, participa un número aproximado a las dos mil personas, considerando unas doscientas cincuenta por cada cofradía.

Hagamos ahora una breve reseña de cada una de las hermandades de la ciudad de Guadalajara, señalando de antemano la parroquia la que están unidas. Son las siguientes, y para ello seguimos un texto de Inmaculada Beguería que nos puede servir de pauta:

En la iglesia concatedral de santa María:

Cofradía del Cristo Yacente del Santo Sepulcro.

Fue fundada tras la contienda civil del 36/39 como Hermandad de Caballeros Cruzados Excombatientes del Santo Sepulcro.

Sus componentes acompañan  la imagen de Cristo Yacente, realizada por el imaginero Fernando de la Cruz, vestidos con un hábito negro y capa roja con la cruz de los Caballeros Cruzados bordada.

Cofradía de Nuestra Señora de los Dolores.

Parece ser que su origen parte de la antigua Esclavitud de Nuestra Señora de los Dolores, fundada en el siglo XVII y cuya misión era fundamentalmente de carácter asistencial entre grupos artesanos.

Hasta el primer tercio del siglo actual su culto consistió, prioritariamente, en recordar los Dolores de Nuestra Señora, durante el mes de septiembre.

Su imagen es moderna ya que la anterior fue destruida en 1936. Sale en la procesión del Silencio vestida de luto en una carroza cubierta de terciopelo negro bordado en oro. Sus cofrades visten capuchón negro y túnica blanca, con los emblemas de la Pasión del Señor bordados.

También saca esta cofradía la imagen del Calvario, consistente en una sencilla cruz con san Juan y la Virgen de los Dolores, de notable antigüedad, que se conserva en el convento de carmelitas de San José o de Abajo.

En la iglesia de san Ginés:

Hermandad del Santísimo Cristo del Amor y de la Paz.

Fue fundada en 1956. Su paso es el de Cristo Muerto en la Cruz sobre un monte de claveles rojos. Visten túnica blanca, capuchón, manguitos y cíngulo rojo -símbolo del amor y de la paz- y desfilan con una cruz de madera a los hombros, los hombres con un crucifijo al cuello y las mujeres con escapulario.

En la iglesia de san Nicolás:

Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.

Se formó gracias a la autorización del papa Pío XII, como agregada a la archicofradía del mismo nombre de los capuchinos de Madrid. La imagen del Nazareno (Cristo de Medinaceli) fue realizada en 1946 por el escultor Cruz Conde cuando fue creada la Esclavitud de Nuestro Padre Jesús, y se saca en la procesión del Viernes Santo, así como el paso de Cristo Crucificado. Sus cofrades visten túnica y capuchón morado.

Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad.

Es la más antigua de  en 1859. la ciudad, fundada en 1573, cuya imagen primitiva se custodiaba en la ermita de la Soledad, incendiada en 1936. Desde esta fecha, los treinta y siete hermanos supervivientes impulsaron el crecimiento de la hermandad y de la Asociación de Esclavas de Nuestra Señora de la Soledad, creada en 1859. La imagen actual es obra de José F. Martínez Duches, que la realizó en 1941.

En la iglesia de Santiago Apóstol:

Cofradía de Nuestra Señora la Virgen de la Esperanza (La Macarena).

Su creación fue aprobada por el cardenal Pla y Deniel y su imagen, costeada por el Colegio de Agentes Comerciales de Guadalajara -su patrona- fue encargada al escultor imaginero Sixto Alberti, siendo copia de la Esperanza Macarena de Sevilla.

Comenzó a desfilar en año 1954, todos los miércoles, hasta 1968 en que dejó de hacerlo debido a las obras de la iglesia, volviendo con nuevos bríos en 1987, contando con el apoyo de la cofradía de la Pasión del Señor. Uno de sus cometidos consistía en llegar a la Prisión Central con el fin de liberar a uno de los presos.

Visten capuchón verde, túnica y capa crema y cíngulo verde y oro.

Cofradía de la Pasión del Señor.

Fundada en 1945. Su imagen de Nuestro Padre con la Cruz a Cuestas, encargada al tallista Higueras, fue pagada mediante suscripción popular. Tras la crisis de los setenta se constituyó la cofradía de Esclavas de Nuestra Señora de la Piedad, cuyo paso -que representa a la Virgen María con Jesús muerto entre sus brazos, acompañada de dos ángeles-, es el único que sacan las mujeres. Se guarda en el santuario de la Virgen de la Antigua.

Visten túnica morada, capuchón blanco con una cruz bordada a la altura de la frente, guantes blancos y cíngulo dorado.

Esta misma cofradía saca un tercer paso: el del Cristo de la Expiración o de la Agonía, talla del siglo XVII procedente de la capilla del cementerio municipal y recientemente restaurada.

(Continuará)

Llegan las botargas (y 2)

ALMIRUETE. Botargas y mascaritas. Sábado de Carnaval. 

Almiruete-mascaritas2Se trata de un grupo de botargas y enmascarados que recorre las cuestudas calles del pueblo serrano de Almiruete. Después de sonar la cuerna llegan las botargas en número variable, procedentes de los cerros cercanos. Van vestidos de blanco, cruzando el pecho una faja negra, del mismo color que las polainas y cubierta la cabeza con una especie de tiara adornada con florecillas de tela de distintos colores, tapando la cara con una máscara. En la actualidad, cada año las máscaras y las tiaras varían y son confeccionadas por las propias botargas. En la mano una cachiporra sencilla. Producen un estridente sonido al mover los cencerros de gran tamaño que llevan a la cintura.

Ya en el pueblo se unen a las mascaritas para perseguir juntos a las mozas y mancharlas de tizne o arrojarles pelusa -como símbolo de fertilidad-, con lo cual podría decirse que aparecen juntos en escena dos tipos de botarga: la de adultos propiamente dicha, que visten los hombres, y la femenina, que aquí se denomina mascarita y que visten las mujeres. De ahí que solo las de hombre puedan beber vino en compañía de las autoridades y coger fuerzas para seguir a quinees, atrevidos, les traten de robar el botillo.

almiruete-mascaritas1Es tradición que los que no son botarga inviten a éstas en la taberna, a veces a la fuerza, o entreguen un donativo que si no se diese haría que la víctima termine en el pilón. Esto más bien se hacía antiguamente.

Después se hace una cuestación, como en otros lugares para pedir el aguinaldo, de chorizos, morcillas, somarros, etc., que tanto las botargas como las mascaritas compartirán en una cena que tiene lugar en una casa que pretende ser secreta, con el fin de que los casados no tapen la chimenea y la interrumpan por culpa del humo, aunque esto se hacía hace años.

 

GUADALAJARA. Botargas. Carnaval (variable).

guadalajara-lili-botargaHace relativamente pocos años que se recuperó el Carnaval de Guadalajara gracias al entusiasmo del grupo Los Mascarones. Un carnaval que consiste en cuatro parte principales: la primera es la que corresponde al anuncio y al pregón. Anuncio que siempre está basado en la alegría y la risa y que tiene lugar el Viernes de Carnaval. Allí, los organizadores, convocan a todas y cada una de las figuras festivas carnavalescas y afines de cuantas existen en la provincia de Guadalajara: allí están las botargas de tal o cual parte, allí las mascaritas, los vaquillones y los diablos. Allí también quienes corretean persiguiendo a las mujeres casaderas, quienes manchan las caras con hollín, quienes golpean con las cachiporras y quienes dejan oler las naranjas en signo de fertilidad y sacuden las frentes de los hombres, -como tales hombres que son- y los pechos de las mujeres. Toda una algarabía festiva y colorista que recorre las calles de la ciudad y las vuelve a descorrer ante la risa animada del adulto que asiste casi pensativo, alejado en el tiempo, y las lágrimas infantiles temerosas ante las máscaras fustigantes. No olvidemos que aquí, en Guadalajara, las máscaras son invernales y que por lo tanto son fustigantes y persegidoras.

Es entonces cuando sale el Lilí, un personaje vestido arlequinadamente, como la casi totalidad de las botargas y enmascarados, que lleva un cesto de higos y que es perseguido y acorralado por la chiquillería revoltosa. Un personaje que lleva una especie de caña de pescar de la que pende un higo y con una vara en la otra mano con la que va golpeando la caña, al tiempo que canturrea una especie de salmodia en la que señala la actuación de la infantilidad:

“Al higuí, al higuí,

con la mano no,

con la boca sí”.  

Guadalajara-entierro-sardina Es un personajillo carnavalesco que va acompañado por dos mandas, -puesto que el nombre que él recibía era precisamente el de manda-, especie de botargas que alegraban la ciudad con su vestimenta roja y amarilla contrapeada.

Luego tiene lugar la fiesta del Sábado de Carnaval con el desfile y concurso de disfraces de adultos, que, más o menos con las mismas características, se repite el domingo con la segunda salida del Lilí y el concurso de disfraces, en esta ocasión dedicada a los niños.

Luego llega el Miércoles de Ceniza con la oración fúnebre que se realiza en honor al dios de los mares, a Neptuno, en la plaza del Jardinillo y el Juicio del Carnaval con el Entierro de la sardina en el que participan las andas, que son cuatro, y los estandartes, que son dos y que representan a la Primavera y el Invierno, al lardo o cerdo y a la sardina. Allí va el Carro de la Cuaresma, los estandartes con los atributos, los caballos, los pollos y los chorizos, además de las plañideras -lloronas vestidas de luto, mesándose los cabellos- que anonadan con sus gemidos dolorosos y sus plantos, a la concurrencia, ya llegado el anochecer.

No ha de olvidarse el esplendoroso reparto de bollos y anís para todos los asistentes, ante el concurso jocoso del entierro sardinero. Son miles las personas que concurren, y miles también quienes disfrutan de esta verdadera recuperación, importante para el devenir cultural de la ciudad de Guadalajara, que de esta forma manifiesta su faz lúdica, una vez más. Luego la sardina va siendo devorada por las llamas.

LUZÓN. Los diablos. Sábado de Carnaval. 

luzon-diablosOtro importante carnaval recuperado -de gran belleza- es el que se realiza en el pueblo de Luzón el Sábado de Carnaval por los denominados diablos. El papel se lleva a cabo por un número variable de personajes -en muchas ocasiones  más de una treintena- vestidos de negro hasta los pies con un ancho faldón y una blusa sin mangas, muy amplia.

A la cabeza llevan unos enormes cuervos de toro o buey apoyados en una almohadilla de la que pende por detrás de la cabeza un paño, -igualmente negro-, que les cubre el cuello, atados a los hombros por debajo de los brazos. Van calzados con trozos de arpillera, sacos liados con simples cuerdas, y cencerros -cuatro- a la cintura, pendientes de una correa bastante ancha: dos por delante y dos detrás, aunque cuantos más lleven mucho mejor, ya que se trata de hacer el mayor ruido posible. Dichos cencerros reciben los nombres de troncos y cañones.

Embadurnan sus brazos y la cara con una mezcla de aceite y hollín molido que les da un color negro muy brillante y característico que contrasta con el blanco de los dientes hechos a base de trozos de remolacha, de sabor mucho más agradable que el de la patata que empleaban antiguamente.

Su misión principal consiste en asustar a las mujeres y dar miedo con su estruendo, tratando de mancharlas con hollín preparado al efecto.

Realizan su salida, normalmente el Sábado de Carnaval, a eso del atardecer, aunque anteriormente lo hacían cuatro veces al año: el Domingo, Lunes y Martes de Carnaval y primer Domingo de Cuaresma.

ROBLEDILLO DE MOHERNANDO. Los vaquillones. Sábado de Carnaval.

 robledillo-vaquillonesDentro del apartado de las caracterizaciones de tipo zoomórfico encontramos también a los denominados vaquillones de Robledillo de Mohernando que, en realidad, en poco se diferencias de otras manifestaciones de similar nomenclatura, como los más conocidos de Villares de Jadraque, de idéntica forma de ser.

Son mozos vestidos de saco, que les tapa el cuerpo completamente, incluida la cara, y que portan sobre sus hombros unas amugas con los consabidos cuernos de buey y los cencerros, y cuya principal misión consiste en topar con sus defensas a la concurrencia bulliciosa. Es tradición en la que antiguamente llevaban a la espalda pieles de diversos animales, lo que indudablemente contribuyó a que se les otorgase ese sentido zoomórfico que todavía poseen.

VILLARES DE JADRAQUE. Vaquillones y zorramangos. Sábado de Carnaval.

 villares-vaquillonesOtros vaquillones de relativa reciente recuperación son los de Villares de Jadraque. Gentes del propio pueblo que, disfrazadas de arpilleras, especie de capa roja y sombrero de paja, portadores de las consabidas amugas (o jamujas) en cuyos extremos van engastado unos cuernos y un gran rabo o ristra de cencerros. Persiguen a las mozas para restregarse contra ellas y mancharlas de hollín.

Amén de las máscaras que son las propias arpilleras o sacos que visten, emplean un lenguaje especial a base de chiflos que usan para no ser conocidos y para comunicarse entre ellos.

Antiguamente estos vaquillones daban la cencerrada al concejo, que los invitaba a vino para así seguir correteando por las calles estruendosamente y tomarse nuevas licencias con las mozas, gracias al vino que corría por sus venas.

COGOLLUDO. Los chocolateros. Miércoles de Ceniza. 

Nos encontramos ante una manifestación carnavalesca muy interesante, emparentada ya con la Cuaresma.

cogolludo-chocolaterosSe trata de un grupo de jóvenes disfrazados con pantalón y camisa blancos y faja roja, que cubren su rostro con unas máscaras semejantes a sencillas bolsas de tela con apenas unos pequeños agujeros a la altura de la boca y de los ojos, y que van recorriendo las calles, por parejas, con un orinal o un brasero lleno de chocolate que ofrecen a cuantos viandantes encuentran a su paso, intentando hacer romper el ayuno propios de ese día, y ensuciando con él a los que se niegan o ponen pegas.

Antiguamente, al igual que las botargas, podían entrar impunemente en las casas.

Para algunos representan al demonio y las fuerzas del Mal que hacen caer en pecado a los que aceptan el chocolate que les ofrecen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Llegan las botargas (1)

botarga-AleasALEAS. Botarga de la Candelaria. 2 de febrero.

Se trata de un hombre del lugar vestido con un traje multicolor a base de retales y cubierto de capuchón. Tapa su rostro con la única máscara -antigua- de una sola pieza tallada en madera, de cuántas se usan en la actualidad por las botargas. Llama la atención su afilada nariz doblada y sin pintar. Una cachiporra y cencerros completan su atavío.

Recorre las calles asustando a los niños y haciendo contorsiones.

 

ARBANCÓN. Botarga de la Candelaria. 2 de febrero.

Al igual que es resto o la mayor parte de las botargas de esta zona geográfica -comienzo de la Sierra-, va vestida de forma arlequinada contrapeando los colores. Máscara de madera pintada, cachiporra y naranja, amén de los consabidos cencerros al cinto, componen su figura.

Por la mañana y, cargada de unas alforjas, va recorriendo las casas del pueblo recogiendo limosnas, tocando las castañuelas y golpeando con la porra a quienes, atrevidamente, quieran arrebatarle la naranja que les ofrece engañosamente.

botargas-ArbanconNo habla para no ser conocido quien se disfraza. Una vez que termina la fiesta, le entrega el traje al señor alcalde, que lo guarda hasta otro año.

Antiguamente salía una botarga que acompañaba a un grupo de danzantes que ofrecían su baile y dos pichones blancos a la Virgen de las Candelas, que se sacaba en procesión, a semejanza de la primera vez que María acudió al templo tras su cuarentena.

Hoy sale también una procesión con la imagen de la Virgen, que portan en andas las mujeres. Quienes participan en ella llevan velillas de cera encendidas. Cuando una de estas velillas se apaga es mala señal, puesto que se piensa que las cosechas serán cortas y el año malo.

RETIENDAS. Botarga de la Candelaria. 2 de febrero (se suele trasladar a domingo siguiente).

Quizá sea una de las botargas más interesantes en la actualidad junto a la ya mencionada de Valdenuño Fernández, sea la de Retiendas, que efectúa su salida el día 2 de febrero, con motivo de celebrarse a la Virgen de las Candelas.

De carácter agresivo y vestimenta similar a la de las botargas antes descritas, con cachiporra, castañuelas y cencerros a la cintura. Cubre su rostro con una máscara. Su cargo fue hereditario y posteriormente se hizo por nombramiento del Ayuntamiento.

botargas-RetiendasAcompaña a las autoridades a la iglesia el día de vísperas, después de cuya función se hace una gran hoguera -que a veces ha llegado a durar los cuatro días que duraba la fiesta- que salta y con cuya ceniza, en la que se revuelca, llena un saco para arrojársela después a los niños y, especialmente, a las mujeres.

Al día siguiente, a la hora de la celebración de la misa, la botarga entra en el templo haciendo genuflexiones, generalmente tres, para a la salida volver a perseguir a los asistentes a quienes arroja pelusa de espadaña.

Seguidamente tiene lugar la procesión de la Virgen de las Candelas. Aquí, la botarga va delante de la imagen, de espaldas al camino, como habíamos visto que sucedía en la procesión del Niño Perdido en Valdenuño Fernández, saltando y gritando sin descanso: ¡Viva la Virgen Santísima!

Y algo destacable:

“En el pueblo, al preguntar el porqué de la botarga, dicen por tradición que representa un gracioso que acompañó a la Virgen María en su primera salida al templo, después del alumbramiento del Hijo de Dios, para no pasar vergüenza”. (Según S. García Sanz).

Por la tarde se saca la imagen de la Virgen para proceder a la subasta de ofrendas, una de las cuales lleva una figura que representa un pajarillo de mazapán que, diestramente, roba la botarga, subiéndose a las terreras cercanas.

Una vez que se ha entrado a la Virgen nuevamente, la juventud arroja piedras a la cachiporra de la botarga, que ésta ha clavado en tierra colocando sobre ella -lisa- la figura antes robada, hasta que alguno la derribe, momento que aprovechará el enmascarado para arrojarse rodando por el terraplén, para de esta manera llegar antes abajo y volver a sus andadas, caso de resultar ilesa.

También dicen que se tira rodando al decir que llegan de los vecinos pueblos comarcanos para quitarles la figurita.

 

botarga-albalateALBALATE DE ZORITA. Botargas-danzantes de san Blas. 3 de febrero.

El día 23 de enero, san Ildefonso, que es el denominado día de las cachiporras, miembros de la cofradía de san Blas, del Ayuntamiento y una enorme chiquillería recorren las casas del pueblo en solicitud de dinero o trigo para confeccionar las caridades de san Blas,, con las que obsequiar a propios y forasteros en dicha festividad.

Son panes que, una vez bendecidos tienen propiedades curativas contra las afecciones de la garganta.

Llegado el día 3 de febrero, y después de la misa mayor, se saca en procesión la imagen del santo, ante los gritos de la multitud asistente, y muy en especial de los botargas, que esperan en comienzo de su intervención como personajes protagonistas de la fiesta.

Acompañada por el baile cada vez más frenético de los botargas-danzantes, la procesión va recorriendo las calles, mientras las mujeres encaraman a sus hijos sobre las andas de la imagen.

Los gritos y el ritmo de los danzantes se van haciendo cada vez más patentes. Parecen animales rabiosos o endemoniados que, lo mismo que alaban al santo a través de jaculatorias a él destinadas, le profieren insultos en recuerdo de su anterior vida como pecador. Ante tales manifestaciones de religiosidad popular, la comitiva sigue avanzando, para algunas veces por personas que, tras ofrecer una cantidad de dinero, hacen que se detenga y el santo gire en su peana para mirar hacia un balcón determinado, o a tal persona, mientras una dulce lluvia de confites cae sobre la animada y alegre concurrencia.

Antiguamente se ofrecían limosnas para que la procesión desandase el camino recorrido, alargando de esta forma su duración más de lo debido.

Finalmente, ya de nuevo ante la puerta de la iglesia, se procede a la subasta de las borlas, entrando de espaldas al santo -o sea, el santo mirando hacia la calle- que así parece bendecir a su pueblo, al son ruidoso de los botargas, algo cargados, que lanzan sus últimos piropos al santo.

El día siguiente, el 4, se conoce como el samblasillo y está dedicado a la recogida de las ofrendas que hacen los albalateños -almorcileños- a san Blas y que, posteriormente, formados en lotes, serán subastados por la tarde en la plaza del Ayuntamiento, repartiéndose mientras tanto la tradicional garnacha y las caridades.

Actualmente existe una caridad especial que lleva el Ayuntamiento, mayordomos e la cofradía del santo y sacerdote, a los enfermos que no han podido asistir a la fiesta.

 

botarga-PeñalverPEÑALVER. Botarga de san Blas. 3 de febrero.

 

En líneas generales, se trata de un enmascarado cuya actuación se heredaba antiguamente de padres a hijos y que iba delante del santo a la hora de la procesión.

Esta botarga se logró recuperar después de haber estado cerca de quince años sin hacer sus mojigangas y persecuciones a los niños y mozas casaderas, que le cantan eso de:

“Botarga la larga / que a mí no me alcanzas”. 

Su misión consiste en acompañar a los miembros del Ayuntamiento y de la hermandad del santo, provistos de unos cestillos en los que los peñalveros depositan uvas frescas o pasas y dinero.

Después de recorridas todas las casas del pueblo se asiste a misa y, una vez concluida, en la puerta de la iglesia, sin máscara y revestida con una capa castellana, comienza a repartir las pasas, ahora bendecidas por el sacerdote, que se usan como medicina protectora contra los males de la garganta.

Fotos (de arriba a abajo) Botargas de Aleas, Arbancón, Retiendas, Albalate y Peñalver 

 

 

Llegan las botargas

botarga-razbonaRAZBONA.- La botarga. 6 de enero.

Hace su aparición el día 6 de enero, día de los Reyes Magos o Epifanía, después de la misa. Es el día en que los pequeños de la localidad -cuando los había- despiden la Navidad, perseguidos por la botarga que recorre las calles del pueblo, ya que días antes pasaron los Reyes dejándoles regalos y golosinas.

Su vestimenta es roja y añil contrapeadamente dispuestos. Tapa sus hombros con una especie de esclavina acabada en puntas de las que penden unos sencillos cascabeles. Su caperuza o cogulla lleva dos cuernecillos gachos, igualmente coloreados.

En una mano lleva un puchero diminuto y, en la otra, un palo largo acabado en una especie de bola de tela o algodón que moja en el puchero -o una simple cuchara de madera o de asta- con el fin de dar vida a los que se duermen en  misa. Algo que también sucederá con la botarga de Majaelrayo, ya que se trata de un personaje festivo cambiado de fecha: de enero a septiembre, por motivo de la trashumancia de los ganados.

botarga-valdenuñoVALDENUÑO FERNÁNDEZ. Fiesta del Niño Perdido. Domingo siguiente a los Reyes Magos.

Desde tempranas horas de la mañana, la botarga del santo Niño recorre las casas del pueblo, acompañada por un grupo de ocho danzantes, en cuestación de alimentos, naranjas y dinero a cambio de sus danzas de paloteo, dinero que posteriormente se empleará, en parte, para sufragar los gastos de la fiesta moceril.

La botarga o el botarga, que se las dos maneras se le denomina, es una máscara vestida con un traje de bayeta multicolor a base de retales, que calza albarcas, lleva cencerros y campanillas a la cintura o en bandolera y unas castañuelas con las que golpea a los concurrentes a fin de sacarles una limosna. Termina su atuendo con una cachiporra que suele usar con rapidez y, en ocasiones, demasiada soltura.

Después de recogido el dinero y las naranjas y a la hora de la función principal se coloca ante la puerta del templo parroquial no dejando pasar a quienes no le den alguna que otra moneda.

Antiguamente, esta botarga penetraba en el recinto sagrado, teniendo mucho cuidado de tapar las campanillas y cencerros que pendían de sus correas y, sin máscara, con el fin de realizar al fin de la misa una especie de lucha con uno de los danzantes (que entonces fueron cuatro y, después, seis) representante del Bien, de la que salía vencedora y con el dinero recaudado en su poder.

Posteriormente se ejecutaba una larga danza al son del tambor, pieza que volvían a interpretar a la salida de misa, mientras la botarga hacía remolinos y se revolcaba por el suelo, impidiendo con ello que los espectadores se acercasen demasiado.

Seguía una invitación del Ayuntamiento consistente en pastas y licores, a la que asistían los danzantes y la botarga, acompañados por las autoridades civiles, eclesiásticas y algún invitado.

Por la tarde tiene lugar la procesión del santo Niño Perdido.

El tamborilero va delante acompañado de un estandarte y los danzantes son los encargados de portar la imagen sobre andas. La botarga también va delante y parece que cobra su verdadero sentido medieval y aun prerromano, en gran parte cargado de religiosidad. Es como si fuese ahuyentando a los espíritus del Mal, caminando de espaldas al recorrido, mirando al Niño y haciendo sonar constantemente sus cencerros.

Una vez llegados a la mitad del recorrido se danza nuevamente, para regresar a la iglesia, ante cuyo pórtico se lanzan a la chiquillería las naranjas que se recogieron en la cuestación de la mañana, comenzando una incruenta guerra a base de naranjazos, símbolo de la fertilidad.

Termina la fiesta con el sorteo de una anguila de mazapán y un cabrito.

botarga-montarronMONTARRÓN. La botarga de san Sebastián. 19 y 20 de enero.

La parte más importante de esta festividad tiene lugar el día de la víspera, es decir, el 19 de enero, en el que, al anochecer, aparece la botarga propinando golpes a la chiquillería revoltosa que le grita mientras corre despavorida:

Botarga la larga

la cascarulera.

Ese mismo día se reparte por las autoridades, el sacerdote y la botarga, la tradicional caridad consistente en pan con anisillos de matalahúga, queso y vino, y que antiguamente se realizaba por riguroso turno de edades, manteniendo el orden la propia botarga, para lo cual, a veces encerraba a los chicos ruidosos en un corral.

Posteriormente, ya en el día de san Sebastián, se quita la careta y entra a la iglesia para pedir limosna, llevando una naranja en la mano con la que da en la nariz de los mozos, y restriega por el vientre y los senos a las mozas o a las mujeres mayores de su confianza.

Viste esta botarga, dice García Sanz, traje de arlequín, de colores chillones a grandes trozos contrapeados, con una especie de joroba o zurrón y una caperuza a la cabeza; también lleva una especie de apéndice trasero o rabo, denominado higa, erizado de alfileres, para que los niños atrevidos no puedan tirar de él; se cubre la cara con una grotesca máscara de tela, cartón o plástico -la tuvo de madera, pero pesaba demasiado-; en la mano derecha lleva unas grandes castañuelas que utiliza no como instrumento musical, sino para recoger las limosnas que, machaconamente, va pidiendo a los vecinos del lugar y a cuantos forasteros se acerquen a contemplar la fiesta; en la izquierda, una cachiporra con la que también amenaza y pega y, a la cintura, campanillas de los arreos de las mulas.

Hace bastantes años este enmascarado estaba vinculado a una familia, y de padres a hijos fueron los encargados de hacer la botarga. En actualidad se trata de un asalariado cuyo fin principal consiste en recoger limosnas para cubrir los gastos propios de los dos días de fiesta.

Desde hace unos cincuenta años, con inusitada ilusión y viveza, viene desempeñando este papel el señor Félix Megía Sanjosé.

botarga-bufon-palacioMOHERNANDO. La botarga y el bufón de palacio. Fin de semana más cercano al día de san Sebastián (20 de enero).

Estos dos personajes carnavalescos sirven para anunciar al pueblo el comienzo de la fiesta de san Sebastián, patrón de Mohernando, precediendo normalmente a la comitiva de gaiteros en su recorrido por las calles del pueblo, para asistir a misa mayor y posteriormente proceder a la entrega de la caridad del santo, que consiste en pan y vino, además de algún que otro trozo de bacalao y queso.

Parece ser que su origen estriba en las disensiones matrimoniales tan continuadas mantenidas por el señor del lugar y su Encomienda, don Francisco de Eraso y su mujer doña Mariana de Peralta, a consecuencia de los celos provocados por el uso del derecho de pernada.

Con el fin de ridiculizar al marido y afearle su pecado doña Mariana hizo que alguien de su servidumbre se vistiera de bufón, personaje que con el paso del tiempo llegó a formar conjunto con la botarga que ya salía en el pueblo, posiblemente desde mucho tiempo antes, lo que como leyenda no deja de tener su gracia, aunque, evidentemente, desde el punto de vista histórico sea totalmente insostenible que a finales del siglo XVI -y menos aún durante el reinado del cristianísimo rey Felipe II- Eraso, que era uno de sus secretarios particulares, abusase del mencionado “derecho de pernada”, del que nunca se hizo uso en Castilla.

La vestimenta de estos dos personajes es muy atractiva: la de la botarga, verde, azul, roja y rosa; en las mangas -a modo de tapacosturas- una cinta negra recorrida en toda su longitud por un hilo dorado. Lleva careta y cogulla y a la cintura una cadena de campanillas.

El bufón de palacio lleva una ropa arlequinada multicolor, en la que predominan los colores rojo, naranja, verde, azul, rosa y amarillo. Una máscara cubre exclusivamente la nariz y la parte superior de la boca, dejando el resto del rostro al aire. Se cubre con una especie de cogulla rematada en dos grandísimos cuernecillos terminados en cascabeles, al modo de los bufones medievales y renacentistas o de las cartas de póquer. Le cruza el pecho, en bandolera, una correa que se une a otra que rodea su cintura y de la que pende un cuerno de toro (tal y como sucede con la botarga de Razbona, ya vista, y una de las dos de Majaelrayo que acompañan a los danzantes del santo Niño, encargada de “dar sopas” a quienes se duerman en la misa, mientras predica el cura).

Tradiciones navideñas a punto de desaparecer

No son muchas las manifestaciones tradicionales de la Navidad que van quedando en los pueblos de Guadalajara. La despoblación progresiva y, como consecuencia, la falta de juventud en los pueblos, ha conducido a esta situación, exceptuando algunos casos muy honrosos en los que aún se conservan, aunque con cierta desgana.

Recogemos seguidamente algunas formas de sentir y ver la Navidad. En muchos casos son hechos que forman parte del pasado, de eso que ahora podemos llamar sin miedo a equivocarnos arqueo-etnografía, en otros, afortunadamente, aún se conservan algunas manifestaciones.

En Casas de San Galindo, según comenta Dionisia Cancho Sopeña [“Cultura tradicional en Casas de San Galindo”, Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 10 (1989), 38-46], aparte de los actos religiosos propios de estas fechas, era la juventud la que se encargaba de organizar sus propias fiestas, especialmente la del día 26 de diciembre, que allí recibía el nombre de “La Pascuilla”, consistente en meriendas y rondas que corrían a cargo de los mozos.

Mucha mayor importancia adquirió la Navidad en Sigüenza, donde era tradicional cantar las “Doce palabritas…”, cuya interpretación se hacía interminable, puesto que los encargados de ello debían cantarlas sin equivocarse: “Las doce palabritas, dichas y retorneadas, dime la una, la una es una, la que parió en Belén la Virgen pura es…”. Se tenía que ir ascendiendo, es decir, incluyendo cada vez, las dos tablas de Moisés, las tres personas de la Santísima Trinidad, los cuatro evangelistas, las cinco llagas, los seis candelabros, los siete dolores, los ocho gozos, los nueve meses que la Virgen llevó a Jesús en su vientre, los diez mandamientos, las once mil vírgenes y los doce apóstoles, para tras haberlas repetido todas de forma ascendente, volverlas a cantar en descenso, desde la doce a la una. Viene a ser algo así como tejer y destejer cada una de las palabras que se mencionan. O como señala Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo [“Folclore seguntino”, Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 11 (1989), 7-50] -de quien tomamos estos datos- interpretar también “El caracol”, bastante menos complicado que la anterior:

“Caracol,

Si vas a las doce, las once, las diez,  

las nueve, las ocho, las siete,  

las seis, las cinco, las cuatro,

las tres, las dos, la una

de la mañana.  

No hay nada”.

Para terminar:

“Caracol,

¿para qué nadabas,  

caracol,

debajo del agua?

Morenita,

 tu pecho me agrada”.

 

Pero también se cantaban otras canciones como “El naranjel” o “La huida a Egipto”, extraídas de algunos evangelios apócrifos, además de los “aguinaldos” y “nochebuenas” propias de las rondas de Navidad, que van cantando acompañadas por el sonido de todo un variado repertorio  instrumental compuesto por guitarras, bandurrias, hierros, campanillas, botellas de anís restregadas con cucharas metálicas, y zambombas de gran tamaño, para desde allí recorrer la ciudad, casa por casa, en cuestación de aguinaldos para ellos o destinados a los ancianos del asilo, hasta la hora de  la misa “del Gallo”, para después de finalizada reunirse en la Plaza Mayor para ver cuál de ellas se hace con el Premio del Ayuntamiento, donde es costumbre que cada una airee en sus coplas los sucesos más destacados ocurridos a lo largo del año, arremetiendo a veces contra las Ordenanzas Municipales o contra los concejales, incluido el alcalde puesto que todo está permitido, siempre que se cante con buen humor y mejores palabras.

Cada pareado se repite por los rondadores que hacen de coro y, tras el grito de ¡Hierro!, se repite el estribillo musical del que sobresale la voz ronca de las zambombas.

Por lo general cada barrio tiene su propia ronda y, en ocasiones se han llegado a juntar hasta veinte que antiguamente se hacían acompañar por un borriquillo en el que llevaban un serón de gran tamaño donde ir recogiendo los aguinaldos que recibían. Al finalizar las rondas solía ser costumbre visitar los hornos de pan para entrar en calor.

Son muy pocos los villancicos que se cantan en estas fechas puesto que, como hemos visto, lo tradicional es cantar coplas satíricas. Sirva la siguiente como ejemplo de copla satírica:

Todos prometían mucho

cuando hacían la campaña,

pero una vez que están dentro

ya no se acuerdan de nada.

 

También fueron frecuentes los “belenes vivientes” que se compaginaban con los artísticos, realizados por particulares, colegios, iglesias y conventos, algunos como el de las M. M. Ursulinas que escenificaban al detalle los diversos misterios, o el de Santa María con figuras en movimiento.

 

En la Sierra del Alto Rey, concretamente en Bustares, los mozos se reunían un una casa que tenían a su disposición el día de Año Nuevo y allí procedían a los nombramientos de cargos para todo el año: el Alcalde (de los mozos), que era el que mandaba; el Regidor, que cuidaba de las llaves y los comestibles; el Ranchero, encargado de las comidas con la ayuda de otro, y los Aguadores, cargo que se reservaba para los novatos, cuya misión era ir a por agua a la fuente.

Recogen Ángel Luis Toledano, Juan Ramón Velasco y José Lorenzo Balenzategui [“Cultura tradicional de Bustares (I)”, Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 18 (1991, 2º.), 7-78], que se comenzaba a ser mozo al salir de la edad escolar y que para entrar en el grupo de mocedad había que pagar la costumbre, es decir, una cuartilla de vino y un paquete de tabaco, satisfecho lo cual se podía participar en todo.

A la vez se preparaban las zambombas y los “grajos”. Las primeras se solían hacer utilizando pucheros o cántaros y pieles de oveja, cordero, cabra o cabrito; los segundos, son unos instrumentos que se construyen con un bote y una vejiga -que podía ser sustituida por otra piel- a la que se ataba en el centro un cordón untado de cera. Al tirar del cordón sonaba de forma bronca.

 

“La zambomba está preñada

 y ha de parar en enero

 y le ha de sacar de pila

 al señor alcalde nuevo”.

 

Se refiere, claro está, al alcalde de los mozos recién elegido.

 

También se cantaba esta otra coplilla llena de gracejo y sabor popular:

 

“La zambomba pide pan

el grajo pide tocino

y el que les ayuda a tocar

un buen jarrito de vino”.

Probablemente porque la cuerda del grajo instrumental debió untarse primitivamente con tocino, ya que la cera era mucho más cara.

Normalmente se tocaba desde Nochebuena hasta Carnaval y, como zona serrana y pastoril, se empleaban instrumentos desconocidos en otras partes de la provincia: cencerros, caracolas marinas (de las que se utilizaban para tocar a “dula”), cuernos de vaca, etc.

El día de Nochebuena, al terminar la cena familiar, salía la ronda de Navidad. Comenzando su actuación en la puerta de la iglesia, seguía a la casa del cura y desde allí iba a las casas de las mozas. Era una ronda en la que no se utilizaban instrumentos musicales, solo la voz de los mozos. A las doce en punto tenía lugar la misa “del Gallo”, en la que solían interrumpir la predicación del cura, empleando para ello zambombas, vejigas que hacían reventar, grajos y un gallo de carne y hueso al que pinchaban y tiraban de la cresta, mientras otros mozos preparaban una sartenada de migas que le ofrecían al Niño Jesús, para, en el momento de ir a adorarlo, arrojárselas a las mozas y mancharlas.

En el momento de la adoración todos seguían un orden: en primer lugar el Ayuntamiento, después los hombres seguidos por las mujeres, finalizando los niños. Terminada la misa continuaba la ronda de las mozas que no lo fueron antes de la misa.

Por estas fechas, continúan Toledano, Velasco y Balenzategui, también se juntaban los mozos y por la tarde celebraban el “baile de la rueda”. Para ello se dibujaba un círculo en la pista dentro del cual el alcalde los mozos debía bailar con todas y cada una de las mozas del pueblo, cobrándole a cada una diez céntimos o un real, ya que era una forma más de conseguir dinero para sus comilonas. Después bailaban las parejas que quisieran, pero sin salirse del círculo puesto que si eso ocurría los demás mozos propinaban buenos correazos al mozo torpe. Lo acostumbrado era que los mozos fuesen a buscar a su casa a las muchachas para ir al baile y estaba muy mal visto que alguna moza fuese sola.

En El Recuenco, según María José Sánchez Moreno [“Cancionero de El Recuenco”, Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 30-31 (1998-1999), 141-226], hacia el día 10 de diciembre ya se oían las primeras zambombas que se solían hacer utilizando vasos de colmena, bidones de madera y pieles con carrizos entresacados. Luego, no faltaban en la misa “del Gallo” junto a otros instrumentos, botellas y cucharas, almireces y panderetas… Después, los mozos hacían sus rondas por grupos casa por casa pidiendo el aguinaldo a cambio de villancicos como este, del que se estaba perdiendo la música y la letra:

 

“El niño Dios se ha perdido

por el mundo va pidiendo

llega a la puerta de un rico

 y le achuchan los perros.

 

Los perros le achuchan

y nada le hicieron

¿cómo no castiga Dios

a esos soberbios? 

 

Madre a la puerta hay un niño

más hermoso que el sol bello,

y sin duda que tiene frío

porque el pobre viene en cueros.

Anda y dile que entre

 y se calentará

porque en este mundo

ya no hay caridad

ni nunca la ha habido

 ni nunca la habrá…”.

 

Algo distinta era la celebración de la Navidad en La Vereda. El día 31 de diciembre, San Silvestre, los mozos se reunían en una casa con el fin de elegir al que haría de botarga ese año, que por lo general era el que demostraba mayor interés en ello. Vestía “rayas” y “chambra” (blusa) de colores oscuros, alpargatas y un cinturón del que pendían algunos cencerros. No llevaba máscara y por eso se tiznaba la cara, cubriéndose, además, con un pañuelo y un sombrero de paja, llevando un largo garrote.

Así vestido y con otros mozos acompañando la ronda al sonido de un gran tambor propiedad del Ayuntamiento, salía el botarga recorriendo todas las casas del lugar. Al llegar a cada una entonaban el aguinaldo -“el cantar de San Silvestre”- con el único acompañamiento del mencionado tambor. El botarga llamaba a las puertas con la garrota y, cuando le abrían, entraba corriendo a la cocina para remover las ascuas del fuego en busca de patatas y chorizos asados. Daba saltos haciendo sonar los cencerros y si había mozas o niños en la casa bailaba con ellos, mientras que los más pequeños le cantaban eso de:

 

Botarga la larga, la cascaruleta

que más vale mi pelo que tu chaqueta”.

 

El grupo llevaba cestas y alforjas para recoger por separado el aguinaldo de los mozos y el de los hombres, que se subastaba el día de Año Nuevo y que solía consistir en chorizos, legumbres y cereales.

Si en casa había algún mozo, éste invitaba a la comparsa a entrar y comer torreznos, pastas con anís y así continuaba la ronda durante toda la noche.

La noche de Año Nuevo se juntaba todo el pueblo en la “casevilla” (Casa de Villa) donde se subastaba el aguinaldo de los hombres recogido la noche anterior. Allí se repartía vino entre los asistentes, finalizando la noche con un baile. El dinero recogido se gastaba en sufragar los gastos del “común”.

Señala también Francisco Marín Moreno (de la Asociación Cultural “Hijos de La Vereda”) [“El ciclo festivo tradicional de La Vereda”, Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 38 (2006), 261-267], que el día de Reyes se celebraba un concejo abierto entre vecinos, donde se elegían los cargos del “Ayuntamiento popular”, especie de Ayuntamiento ficticio y paralelo, que regía a lo largo del año la vida cotidiana del lugar: “el alguacil” y “el perito”.

Hasta que a finales de los años sesenta del siglo XX, la despoblación hizo que dejara de celebrarse.

Como vemos, tradiciones de gran interés folclórico que si todavía no han desaparecido, lo irán haciendo paulatinamente.

Villancicos y jotas en la Navidad de Atanzón

Llega un año más el tiempo navideño, este tiempo raro, quizá actualmente un tanto comercializado, pero a la vez, un tiempo que todos esperábamos con ganas renovadas, acaso para recordar aquellos años pasados ya, infantiles, y no tanto, cuando en la casa de nuestros abuelos se juntaba toda la familia, los que se fueron y regresaban, los casados con toda su prole, y los solteros, que después de la cena, especial siempre, se iban con los amigos a pedir el aguinaldo de casa en casa.

Cuando hacía frío y nevaba y las puertas se abrían para todos los que se acercaban con zambombas y panderetas, pero con ilusión sobre todo, a cantar como fuera, bien, mal o regular, aunque casi siempre para salir del paso, a cambio de unas monedillas y un puñado de “casquijo” o de fruta escarchada y piñones y peladillas.

Eran otros tiempos.

zambombadacabanillaspqHoy, eso también ha cambiado, las gentes se reúnen para cantar, aunque sin afán agonístico, sin premios por delante, y ofrecer lo mejor que en su pueblo se cantó desde quién sabe cuándo.

La verdad es que, por lo general, los villancicos de los pueblos de Guadalajara no son suyos propios, que siempre han tenido algo prestado; pero eso no entorpece a su naturalidad, ni a su espontaneidad, su gracia y su sal, sino que incluso la potencian.

Pueblos de las Alcarrias, las Sierras y la Campiña, del Señorío de Molina, que antaño fueron cruce de caminos, que quiere decir tanto como de culturas, es decir, de otras formas de ver la vida y ocupar el tiempo, que dejaron que unas cosas se fueran para siempre pero que adoptaron otras a su forma de ser.

De ahí la variedad de tantos cánticos populares, especialmente de tantos villancicos, algunos muy parecidos a los que se cantan en otros lugares de esta tierra nuestra, e incluso de otros más lejanos de Extremadura y Andalucía, que como los que aquí se presentan hoy, fueron el alma y la alegría de tantos otros sitios, pueblos y lugares anclados en su existencia, agrícola, ganadera o ambas a la vez, como es el caso de Atanzón.

Sin embargo, siempre hay algo por pequeño que sea, que hace que estas formas de expresarse el pueblo, estas formas de sentir, sean más atractivas en un lugar que en otro, quizá porque estén mejor asimiladas y asentadas o quizá desde hace más tiempo, que en el mundo de lo popular y más siendo oral, el tiempo apenas cuenta.

Pero desde luego, lo que no debe permitirse bajo ningún concepto es dejar que estas muestras, aún latentes, se pierdan en el transcurrir de la vida y, menos aún, que esa pérdida se deba a la desidia del propio pueblo.

Atanzón debe estar de enhorabuena, porque ha sabido mantener viva la llama cultural de ese patrimonio tan importante, recibido de sus antepasados que son sus villancicos: patrimonio que consiste en una recuperación y puesta en valor de aquella forma de vivir que les dejaron sus abuelos y sus tatarabuelos, una deuda que había que satisfacer a tiempo y dejar que ese patrimonio siguiera su curso normal hasta que llegase a las nuevas generaciones, ya llegadas, y lo conservasen como la joya que es, -por lo que significa y representa-, y para que, a su vez, sea transmitido a las generaciones que todavía habrán de venir.

Porque, realmente, los villancicos recogidos no son el verdadero y auténtico patrimonio, sino que lo fueron y lo siguen siendo los hombres y mujeres que los cantaron a lo largo de sus vidas y quienes todavía los siguen cantando.

No sabemos, ni sabremos nunca, quienes fueron los autores de tales villancicos, eso nos importa poco, pero sí sabemos que quienes los cantaron lo hicieron con todo su amor, podría decirse que con el mismo cariño que una madre pone al acunar a su hijo recién nacido, igual que hiciera la Virgen María con el Niño Jesús en un pesebre abandonado en Belén.

Recientemente he podido oír los villancicos y dos jotas: la de Atanzón y la dedicada a los Títeres, y he pensado al oír determinados versos que hay algo que siempre me ha llamado la atención en casos parecidos: ¿Cómo es posible que un pastor o un rudo labrador sean capaces de manejar el lenguaje de manera tan fiel a lo que quieren decir? Usando siempre la palabra perfecta, esa y no otra, la que corresponde al contexto, siempre dicha con una seriedad absoluta, pero con requiebros casi amorosos, a veces de forma un tanto cantarina.

Recuerdo ahora algunas estrofas de las canciones de “mayo” o algunas jotas y seguidillas de ronda, casi siempre describiendo delicadamente, casi melifluamente, la belleza femenina.

Sí, noches de ronda y de aguinaldos menguados por la precariedad, pero alegres por ser Navidad, donde, alrededor de una jarrilla de vino se daban la mano el pastor y el labrador, la Ganadería y la Agricultura, para conformarse en uno solo, aunque fuera por unos días, y cantar todos juntos alabanzas al niño Dios, que no otra cosa son los villancicos, se llamen como se llamen y se titulen como se titulen (que eso es más bien ficticio), porque todos tienen como fin celebrar la llegada del Mesías y, ya de paso, alegrarnos también a nosotros a través de las letras de las canciones, del sonido alegre y bullicioso, a veces masculino, de los instrumentos, siempre básicos que emplean: guitarras y laúdes, huesos y hierrillos, almireces, botellas de anís raspadas con cucharas metálicas, sartenes, y cómo no, los que nunca pueden faltar en estos casos que son la zambomba y la pandereta bien restregada con ajos.

Luego vendrán las distintas variaciones, los ritmos, los compases y los acompañamientos, que darán piezas distintas, pero siempre, si nos fijamos un poco, con letras muy semejantes.

Unas en petición directa del aguinaldo como sucede con “El Caballero”; otras, dejando el comienzo a la voz bronca e inconfundible de la zambomba, que se entremezcla con el choqueteo de las castañuelas y que, al poco, dejan paso a la propia voz humana que invita a ir a Belén -sin olvidar la bota de vino- y allí alegrar al Niño, y cuya ruptura podemos escuchar, tan “gráficamente” -permítaseme escuchar gráficamente- en el villancico titulado “Manuela”.

El acordeón también es buen compañero para las noches de ronda y así lo podemos comprobar en el conocidísimo villancico “La Virgen camina a Egipto”, cuyo texto procede de uno de los Evangelios Apócrifos, y que le da al villancico cierto regusto urbano, en contraposición a tantísimas otras versiones más rurales que hemos oído en alguna que otra ocasión; aunque mayor carácter “culto” puede apreciarse en “¡Oh! Mi niño está dormido”, quizá debido a la pluma de algún clérigo letrado, donde aparecen palabras y frases como buena nueva, por mensaje, y la salutación Hosanna, tan propia de las gentes de iglesia; “Nochebuena” es otra forma, yo diría, más actual de ver la Navidad, tal vez por haberla oído muchas veces: “Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad…”, “Alegría, alegría y placer, esta noche nace el Niño en el portal de Belén”.

Y como no podía ser menos en estas fechas de alegría general, surge la broma navideña a través de los diversos “Popurrí”, donde los pastores llaman al rico del pueblo para que les acompañe a adorar al Niño, llevándole algún presente: el diálogo de Joselillo y Panchito, y donde la presencia de Curro, Bartolillo y los demás de la comparsa, con sus lenguajes y sus jergas, tiene su gracia, su sal, su miga y su aquel, aunque al final cada cual le llevará lo mejor que tenga, acaso una oveja y miel y, si no tiene nada que ofrecerle, lo mejor es que le cante, que a veces la palabra y la canción con ella, alegran más que la hogaza de pan a secas.

También es muy conocido el villancico “Ay, ay, ay”, donde aparece la Virgen como una madre más, muy parecida a las de hace años, lavando los pañales y tendiéndolos a secar sobre el romero… “En el portal hay estrella, sol y luna, la Virgen y San José y el Niño, que está en la cuna” y “La Losa”, pues que casi tratan del mismo tema, aunque la losa sea de fino cristal por lavar en ella los pañales del niño divino; y todavía más si añadimos “Alegría”, también ampliamente extendido y conocido: “Alegría, alegría y placer…

En otros villancicos destaca el uso de los instrumentos por encima de la letra, por ejemplo, en los tradicionales “Ole, ole, ole”.

Otros, como ya hemos dicho, aun siendo muy conocidos, no dejan de tener sus variantes en algún que otro caso, como por ejemplo “Pampanitos verdes” (“hojas de laurel la Virgen camina a Belén”), o la llamada a los pastores que es el motivo principal de “A la selva” (“pastores dejad el ganado y al monte subid”); y de nuevo la zambomba con su llamada penetrante “esta noche nació el Hombre que por nosotros murió y no es noche de dormir”. Villancico algo triste si se piensa que es premonitorio de la muerte que sufrirá ese recién nacido cuando llegue el tiempo cuaresmal de su Pasión, en la próxima Semana Santa.

En fin una serie de cancioncillas navideñas, villancicos, que bien pudiera concluir con “Pastorcillos”, a los que se les pide que bajen de sus majadas y acudan al portal a ver al recién nacido. En este villancico San José pregunta al pastor donde está el pueblo más cercano, y cuando llega no encuentra posada. Lo que no deja de ser un “lugar común” que también aparece en el poema de Mío Cid, cuando el caballero “que en buen hora nació” espolea la puerta de una casa, pidiendo posada y ante el miedo de la gentes, de los villanos, una niña débil e indefensa le contesta en nombre de todos: que no había posada para él e que aquel que se la diese perdería la vida e hasta los ojos de su cara.

Las dos jotas de que hablé al principio, que podrían ser una sola puesto que los contenidos de ambas son muy parejos, son la “Jota a los Títeres” y la “Jota de Atanzón”, en la que aparece algún que otro dictado tópico y, nuevamente, algunas cualidades de la belleza femenina, cantaores y zambomberos que han llegado al pueblo o las pocas ganas que algunos tienen de trabajar -y menos de ir al molino-, y cuya despedida es la que echan los cazadores con la escopeta en la mano…

Felices Navidades y que los Reyes Magos vengan cargados lo mejor que puedan, pero especialmente de salud y amor, que lo demás ya vendrá por añadidura.

 

 

Pioneros del Folklore de Guadalajara

Son escasos los trabajos sobre folklore que podemos encontrar anteriores al año 1939, fecha en que Nueva Alcarria comenzó su andadura periodística, y además, enfocados desde un punto de vista histórico, ensalzando algunas hazañas o hechos importantes acaecidos en la provincia de Guadalajara y convertidos en leyenda. La mayoría fueron publicados por Mayoral y Medina en Flores y Abejas o por Pareja Serrada en El Briocense…. También se publicaron algunos libros como el de Díaz Milian Reseña histórica del extinguido Cabildo de Caballeros de Molina de Aragón continuada con la de la Ilustre Cofradía Orden Militar del Monte Carmelo instituida en la misma Ciudad (1886); el curiosísimo Costumbres y Rebuznos Alcarreños en renglones cortos y largos,  escrito a la limón por El Celipe y El Polito (1907); o los trabajos de don Claro Abánades acerca de Ntra. Sra. de la Hoz (s/f) y La Reina del Señorío (1929), entre otros (León Luengo, Julio de la Llana…).

Hay que esperar hasta los años cuarenta para conocer los estudios o trabajos que podríamos considerar como “pioneros” en lo referente al costumbrismo, la etnografía y el folklore. Ello se debe a la aparición -en 1944- de la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, en cuyas paginas aparecieron trabajos de gran interés y calidad, llevados a cabo, generalmente, por maestros y profesores de colegios e institutos, que le sirvieron de corresponsales, entre ellos Fuente Caminals, autor de una recopilación sobre “La Carta de Candelas (Casar de Talamanca, Guadalajara)” (1944-1945), “Algunas palabras de Renera (Guadalajara)” (1951), “Botarga” de la Fiesta del Niño Perdido en Valdenuño Fernández (Guadalajara” (1951), “Mayas de Hontoba” (1962); Sinforiano García Sanz, que dio a conocer “Cuentos enlazados” (1946), “La quema del Judas en la provincia de Guadalajara” (1948), “Notas sobre el traje popular en la provincia de Guadalajara” (1951) y el más conocido “Botargas y enmascarados alcarreños (Notas de Etnografía y Folklore)” (1953); Ernesto Navarrete, quien también dejó su huella en la mencionada Revista a lo largo de varios trabajos: “Devociones típicas: las Hermandades de San Antón y San Sebastián. Festividad de San Pedro. San Antón” (1947), informes recopilados en Moratilla de los Meleros, Pastrana y Budia (Guadalajara); “Semana Santa y limonada en Moratilla de los Meleros (Guadalajara)” (1947), “Canciones (Moratilla de los Meleros, Guadalajara)” (1947), “Devociones populares” (1949), “La botarga” de San Blas en Peñalver (Guadalajara)” (1951), “Corridas de gallos. Guadalajara” (1952), “El jueves lardero” (1952), “La Fiesta de San Agustín, Patrono de Fuentelencina (Guadalajara)” (1955) y “Semana Santa. Moratilla de los Meleros (Guadalajara)” (1959), como también lo hizo, aunque en menor escala, José Sanz y Díaz con “Adivinanzas” (Señorío de Molina, Guadalajara) (1947), cuya obra siempre fue muy dispersa, como podemos apreciar a través de otros trabajos suyos como “La vida nómada de los gancheros del Júcar y del Alto Tajo”, que dio a conocer en  Publicaciones de la Real Sociedad Geográfica (1947) o “El castillo de Motos y su leyenda” (1955), que vio la luz en el Boletín de la Asociación Española de Amigos de los Castillos.

Junto a estos “pioneros” de los estudios del folklore de Guadalajara no debemos olvidar al doctor Layna Serrano, que en 1942 comenzó su andadura sobre la fiesta “de sus amores”: La Caballada, con un extenso artículo: “La histórica cofradía de `La Caballada´ en Atienza”, publicado en Hispania IX, al que siguieron otros como “La Cruz `del Perro´ y la iglesia de Albalate de Zorita (Guadalajara)” (1943) y “Tradiciones alcarreñas. El Mambrú de Arbeteta y la Giralda de Escamilla” (1944), publicados en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, además de la ingente cantidad de trabajos, sobre dictados tópicos, motes y apodos, de don Gabriel María Vergara y Martín, que se podrían completar con “El coleccionista de apodos” del inefable C.J.C.    

Ir a la barra de herramientas