2014 agosto | Esto es lo que hay

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El PP debe explicarse y el PSOE no cerrarse en banda

Ya escribí hace unas semanas que tenía muy poca confianza en que populares y socialistas llegaran a un acuerdo para reformar la Ley Electoral para la elección de los alcaldes. Dejar estas cosas para el final de la legislatura abona la sospecha de que el PP se ve abocado a estos cambios en su propio interés, para conservar un ramillete de glamourosas alcaldías, como pueden ser la de Madrid, Valencia o Sevilla. Pero no es menos cierto  que el fondo de la cuestión, no puede ser más democrático. La elección directa del alcalde

Con la Ley Electoral actual, el elector queda al margen de dos decisiones trascendentales: la conformación  de una mayoría política en las corporaciones locales –no solo ayuntamientos, también diputaciones– de la que por ende dependerá la elección del alcalde, sobre el que nuestra legislación concede numerosas prerrogativas. Por lo tanto es legítimo preguntarse si siendo esto así  es más democrático que ese alcalde y esa mayoría de gobierno se elija por las castas políticas, como diría el europidutado Iglesias,  en oscuros pactos sin luz y taquígrafos, en donde de lo que más se habla es sobre  cómo se van a repartir las concejalías importantes y el número de asesores liberados que va a tener cada uno.  ¿Acabar con este obscurantisto, que tantas veces ha fomentado la corrupción, y dar la palabra al pueblo no es un acto saludable? Yo creo que sí.

Pongamos un ejemplo. No es lo mismo que el  alcalde o alcaldesa de Guadalajara que salga de las elecciones en la primavera de 2015 sea de un partido socialdemócrata como el PSOE y  con una mayoría suficiente, que  este mismo partido necesite los votos de un partido moderado y constitucionalista como UPyD , o que al PSOE solo le valga (descartada de principio una gran coalición a la alemana) un pacto con la  izquierda radical emergente, que da por amortizada a la Constitución y que lo que tiene en su horizonte no es tan solo un cambio de gobierno sino de Régimen, sin saber muy bien todavía  a qué  clase de nuevo paraíso nos quieren conducir.

¿No debería una decisión de este calado ser consultada directamente al cuerpo electoral de una ciudad?

Si la respuesta es sí, los dos partidos de gobierno que impulsaron la Constitución del 78 ( y de cuyo regazo se han caído los nacionalismos que la traicionaron haciéndose independentistas y la actual IU) están obligados a buscar fórmulas de consenso, como se hizo en la Transición, para que todo ese proceso se pueda hacer  sin el ventajismo  que parece alentar la propuesta del gobierno de Rajoy. El Ejecutivo debe explicarse claramente más allá del  mantra de que el alcalde debe ser el cabeza de lista del partido  más votado y el nuevo líder de los socialista, Pedro Sánchez, no puede cerrarse en banda y negarse a hablar de ello, cuando esta es una vieja aspiración del Partido Socialista, porque siempre tuvo a Francia en su horizonte.

¿Y qué hacen en Francia? Pues dar la palabra a los vecinos  en una segunda vuelta cuando ninguna fuerza política ha conseguido la mayoría absoluta en la primera ronda. A ella se presentan los dos partidos que más votos han sacado, pero sin hacer trampas. Para atraer al electorado hacia los partidos que han llegado a esa segunda vuelta nos develan con quién van a gobernar, con qué programa y en quién se van a apoyar; todo a cara descubierta. Y para que no haya luego problemas de gobernabilidad, a la fuerza que gana la segunda vuelta se le otorga la mitad más uno de los concejales del ayuntamiento.  De esta manera, el equipo de Gobierno resultante puede empezar desde el primer día a trabajar por los vecinos y no perder el tiempo, como sucede en España, en gobiernos municipales fragmentados que emplean  la mayoría del día en cambalaches para alcanzar una mayoría en el pleno. Y no les queda tiempo para gobernar.

El Partido Popular debe por tanto aclarar,  de una vez por todas,  que está dispuesto a hablar con el PSOE de esa segunda vuelta  y de cuáles son esos esos mínimos porcentajes a establecer para que el ayuntamiento pudiera elegirse en primera ronda: se habla de un mínimo del 40% de los votos, con una diferencia de un 5% sobre la segunda fuerza votada. Todo ello podría ser objeto de la negociación, y en último caso, siempre pueden tener la referencia de Francia, que no les ha ido tan mal.

Confieso en que tengo escasa esperanza en que este diálogo se produzca entre conservadores y socialdemócratas por la incapacidad habitual para lograr acuerdos de Estado más allá de los vienen dados por nuestros compromisos europeos.

En el caso del PSOE, a su nuevo líder, joven y tierno,  le ha podido venir esto demasiado pronto y parece que no quiere incomodar a posibles aliados de izquierdas (IU, Podemos y  esos partidos nacionalistas que les han llevado al subsuelo electoral en algunas autonomías) en una negociación directa con el Partido Popular. Lo más conservador para Sánchez es dejar las cosas como están, y ya se ocuparán los candidatos socialistas de guisar disparatadas coaliciones electorales en lugar de servirse de la segunda vuelta para afianzarse como la principal fuerza de izquierdas, cuyo papel empieza a ser amenazado.

Y si hablamos del PP, va calando una teoría que se atribuye a Pedro Arriola y a sus mariachis sociológicos y que viene a decir lo siguiente: al PP le viene muy bien que la gente empiece a visualizar que la alternativa a ellos es una especie de frente populista formado por PSOE, IU, Podemos y toda clase de partidos nacionalistas,  que supuestamente nos llevarán a una nueva tragedia griega.

Mi duda es si el PP únicamente se conformará con exprimir este poderoso argumento hasta la extenuación, para recuperar el voto moderado,  si finalmente Pedro Sánchez no se atreve a negociar una reforma electoral asumible para ambos,  y  si al final tal reforma la hace el PP por su cuenta y riesgo, porque mayoría tiene para ello. Entre los populares  y en el propio gobierno parece que hay dudas, y opiniones divergentes, aunque cada día parecen pesar más  los que, como Antonio Román, alcalde de Guadalajara, avisan de que “hay una mayoría parlamentaria con capacidad de proponer y decidir sobre esa modificación legislativa, que espero entre en el parlamento este otoño”.

Una decisión así ya sabemos lo que traerá a medio plazo: más frente populismo y más radicalidad,  más Italia, más Grecia,  y menos Alemania,  menos Francia y menos Reino Unido; en consecuencia,  una quiebra todavía mayor del consenso sobre  el que nació la Constitución más provechosa de la historia española, y que ahora algunos quieren enterrar precipitadamente, como si ella tuviera toda la culpa de las penalidades que nos ha dejado la crisis y como si la solución estuviera más allá de ese nuevo muro de Adriano, donde los bárbaros ya entonan sus danzas guerreras.

Pero esto es lo que hay. 

Un parador jibarizado en una cadena pública en horas bajas

 

No hemos tenido mucha suerte con el Parador de Molina de Aragón, pero más allá de aciertos y reproches a los gobiernos de turno –que hay para dar y tomar—me estoy refiriendo al tiempo en los que se ha fraguado. Empecemos por el principio

La era dorada de los Paradores Nacionales, que así se llamaban entonces,  se corresponde con una colosal  iniciativa de Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo con Franco. España había aprobado su Plan de Estabilización y empezaba a dejar atrás las miserias de la posguerra, y era el momento de hacer algo con el espectacular patrimonio de castillos y monasterios que estaban por los suelos, bien por los efectos de la guerra o del paso del tiempo. En un estado paternalista, antiliberal y muy intervenido, como era el franquista, se pudo combinar una acción de inversión pública inimaginable en la Europa actual, como fue la poner en pie este patrimonio y ponerlo al servicio de un modelo de turismo de calidad –en gran parte extranjero—que con el tiempo  se acabó convirtiendo en la mejor red estatal de hospederías de Europa. En aquellos tiempos  en los que a Fraga no se le ponía nada por delante en su labor reconstructora, se gestó el parador de Sigüenza, levantado sobre unos ligeros lienzos de piedra de lo que en su día fue el castillo de los obispos-guerreros seguntinos, llegados de Francia.

Esta historia me la contó Salvador Toquero, que la vivió muy de cerca. Los hombres de Fraga, y luego el propio Fraga en persona, estuvieron manejando dos posibles emplazamientos para construir el parador: Sigüenza y Molina de Aragón. El de Sigüenza les gustó más, pero también encontraron mejor predisposición por parte de los poderes locales de la época. En Molina se analizó la opción de integrar en el parador las murallas del castillo, como se hizo en otros lugares de España con  fortalezas semejantes, pero no encontraron entre las fuerzas vivas de la época  el mismo eco favorable  que en la ciudad del Doncel. Eran tiempos en los que se temía que los paradores pudieran constituir una amenaza a la hostelería y restauración local. Pronto se vio que sucedió todo lo contrario: que fueron el motor del turismo de las poblaciones en donde se levantaron, a lo que ayudó que no se ofertaba la pensión completa para favorecer al menos una comida en el entorno local.

Así nacieron en España lo que ahora se conoce en la red como Paradores Monumento, entre los que está el Castillo de Sigüenza, uno de los mejores y más rentables de Paradores, a lo que sin duda ha ayudado  el buen mantenimiento que ha tenido y las reformas en sus instalaciones para no bajar sus estándares de calidad. Se puede decir que el parador de Sigüenza está en la ciudad perfecta y a la distancia oportuna de Madrid para haber tenido este éxito. Nunca sabremos lo que habría ocurrido con otro parador-monumento aprovechando el recinto del castillo de los Manrique de Lara en Molina, y cuyas venerables piedras llegaron a ser utilizadas como blancos para maniobras del  arma de Artillería.  No es de extrañar por tanto que desde los tiempos en que los carlistas del general Cabrera venían desde el Maestrazgo  a robar las cosechas y las ovejas de los sexmeros molineses hay un cierto recelo a lo que llega de fuera.

Por ejemplo, ahora, con el Parador de Turismo. Su gestión no fue la más heterodoxa para estudiar en una Escuela de Negocios. Se comprometió tras un dramático incendio en la sierra del Ducado por el entonces presidente del gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, pero sucedió como otras tantas cosas en su bienintencionado pero liviano gobierno. Que al final no se hizo nada. Otra vez los tiempos de la historia que dejaron de serlo. También la mala suerte. Cuando se prometió el parador,  España seguía siendo la sensación de Europa, Zapatero presumía de haber alcanzado el PIB  de Italia y reclamaba un puesto permanente en el club de los ocho países más ricos del mundo, la explosión del consumo hacía que el menos pintado se podía permitir el gustazo de un fin de semana en Paradores,  y hasta se llegó a presentar un proyecto en consonancia con ese grado de euforia patria en el que vivimos hasta que se pinchó la burbuja y con ella los ingresos fiscales de las instituciones públicas. Se tardó mucho, demasiado, en presentar el de Parador, cinco años,  pero cuando se hizo, en mayo de 2010, su ambicioso proyecto (80 habitaciones, con spa y piscina cubierta) pertenecía a ese tiempo de la España de vino y rosas que se nos deshizo como un azucarillo en un vaso de agua. A Barreda apenas le dio para presentar un pedazo de maqueta en mayo de 2010, aunque él ya debía saber que ese parador no se iba a hacer en Molina.  No fue honesto. En octubre de 2011, un mes antes de las elecciones, hubo un amaño de mover un poco de tierra, pero solo había presupuesto para levantar un poco de polvo.

En 2009 se enredó lo de la crisis, la clase media dejó de ir a los paradores que volvieron a quedarse solo para  los ricos y el turismo extranjero, la red dejó de ser  esa empresa pujante que podía permitirse el lujo de aumentar su oferta, llegaron los Eres, el cierre parcial o total de algunos paradores, y  el nuevo gobierno de Rajoy se encontró con un compromiso pero también con un proyecto fuera de la realidad. El compromiso lo han cumplido, porque el Parador de Molina no  no se ha esfumdado, al igual que el de Muxía, que se engendró en el chapapote del Prestige, y tal y como están las cosas una inversión pública de casi 2o millones no es para despreciar. Ahora bien, sin ser una “casa rural” como dice de cachondeo Pérez León –hay que tener cuidado con los adjetivos calificativos, porque quedan para siempre en la red—pues para ser un parador, parece un poco pequeño.

Un empresario de Guadalajara, que en los buenos tiempos se metió en el negocio de los hoteles, me dijo una vez que había que pensar en unas 30 habitaciones para que fuera rentable un edificio singular que había comprado en un  importante municipio de Guadalajara, y al que la crisis dejó  tieso, en espera de tiempos mejores. Yo daba por hecho de que el proyecto de parador de Molina se reajustaría al estrecho mercado  en el que debe competir, y asumo sin demagogias que le mejor garantía de supervivencia de un parador de turismo es que no pierda dinero, porque ya no está Fraga con los presupuestos del Estado detrás para ponerlo. Pero reconozco que nunca sospeché que se iba a llegar a reducir su dimensión  de 80 habitaciones a 22, por debajo incluso de esas treinta citadas. Aunque  lo peor de todo esto es que a lo mejor es lo único que nos podemos permitir  en una cadena de gran prestigio pero en horas bajas y a la que no le queda más remedio que cuadrar sus cuentas para sobrevivir sin ser privatizada. Esto es lo que hay.

La maqueta del parador de Molina también cayó en esa cazuela de los indios jíbaros en la que se cuecen los recortes de lo que (parece) no podemos pagar. Pero mira que fastidia.

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