La leyenda del pajarito y otras más

Interviene el moro:

Uno de los nacidos en Almonacid de Zorita, llamado Juan Cantarero, marcha para África a combatir contra el infiel. Entre batalla y batalla mata su aburrimiento jugándose el dinero con un cautivo moro, al que gana del suyo. El cautivo le propone jugarse  también una imagen de la Virgen que conserva en su poder. Juan acepta, le gana la imagen y se la reclama tan insistentemente que el moro perdedor lo conduce hasta un estercolero donde, asegura, la tiene escondida.

Buscan afanosamente sin encontrarla y, al creer Juan que es mentira todo o que no quiere entregársela, en un ataque de ira intenta matarlo, en el momento en que se ve detenido por los gritos del moro.

Cerca se ve brillar una lucecita. Escarba con cuidado entre la basura y encuentra una imagen oscura, de pequeño tamaño, que guarda en su mochila y siempre le acompañará en los combates.

Una vez que ha terminado su campaña guerrera vuelve a su pueblo y entrega la imagen a las autoridades eclesiásticas, a las que relata cómo llegó a su poder, ante lo cual, deciden bautizarla con el nombre de Virgen de la Luz.

La imagen traída por Juan fue colocada en un arco de la muralla que mira al norte.

Emparentada con esta misma Virgen existe una bellísima leyenda (1):

“Un pajarico pequeño muy hermoso el qual anduvo limpiando, y quitando con su pico, y alas, las arañas que había en la dicha Caxa donde estaba Nuestra Señora, y en el hueco de la dicha puerta, y como los vecinos de la dicha Villa entrasen y saliesen por la dicha puerta vieron lo que el pajarito hacía, por donde se vino á saber por todo el pueblo, y acudieron todos a ello; y con estar lleno de gente y haber ruido, el dicho pajarito nunca salió de allí, haciendo su oficio de limpiar la dicha Imagen y Caxa, y hueco de la dicha puerta, y estuvo de esta forma, hasta que se puso el Sol, que se fue quedando ya limpio (…) y otro año siguiente en el mismo día y hora volvió, y se vió otro pájaro de la forma, y manera del susodicho y hizo otro tanto en la dicha Imagen y contorno de ella, como el pasado, y lo vió todo el pueblo (…) y no se fue sin salir de allí, hasta que venía la noche (…). Los vecinos de esta Villa con devoción aderezaron la dicha Imagen, y portada, y está con mucha limpieza, y los sábados á las noches arde una lámpara delante de la dicha Imagen; y así aderezaron los vecinos de la villa, todas las puertas de la Villa lo mejor que pudieron (…) y con los años de necesidad ó con la poca devoción que había en los Vecinos (…) se dexase de encender muchas veces la dicha lámpara, y á limpiar la Capilla donde estaba otra Imagen de Nuestra Señora, adonde había algunas arañas, sucedió que el Sábado que se contaron siete de Mayo de este año del Señor, de mil y quinientos, y ochenta, por la mañana, los vecinos que salían por la puerta de la Villa vieron un pajarito muy hermoso, pequeño, que estaba limpiando las arañas, y el polvo que tenía la Imagen de Nuestra Señora, y la Caxa de madera donde está, y las arañas que había en todo el hueco de las puertas de la Villa, y como o vieron las gentes por la mañana comenzóse á decir por la villa; (…) y nunca el pajarico se fue, ni salió del dicho hueco de la dicha puerta (…)  por lo qual el Gobernador de esta Villa y Provincia, viendo esta maravilla lo mandó tomar por testimonio: estuvo el paxarico haciendo el dicho oficio desde la mañana que le vieron, hasta las quatro de la tarde que se fue en presencia de mucha gente, dejando limpia la dicha Imagen, y Caxa y portada (…)”.

El hecho es interesante. Un pájaro acude a limpiar la hornacina donde se había depositado la imagen de la Nuestra Señora de la Luz, que por los años de necesidades y la falta de devoción, estaba algo olvidada “(…) la dicha Imagen es muy antigua está allí, que memoria de hombres no se acuerdan de quando allí se puso (…)”. Tuvo entonces que regresar el pajarito a llamar la atención al pueblo acerca de la suciedad en que se encontraba la imagen.

Es el simbolismo del pájaro con trabajador y como ejemplo de pureza, porque como dice Matías Escudero “con los cien años de necesidad y con la poca devoción que había en los vecinos “(…) la imagen volvió al olvido, por lo que tuvo que regresar el pájaro y llamar la atención sobre la suciedad en que, los de la villa, mantenían a su Virgen; un recordatorio hacia la Virgen olvidada”. El pájaro la limpia -hace lo que los demás no han hecho, pero debían haber hecho- y deja resplandeciente la hornacina de la Virgen al tiempo que deja libre el hueco mariano y deja también libres de pecado las almas de quienes contemplan el hecho. Se produce una especie de dolor de los pecados, es este caso de olvido, a nivel colectivo.

Era, justamente, la pureza que faltaba al pueblo en aquellos momentos. Un  pueblo que había dejado en el olvido su antigua talla.

El pájaro limpia; hace lo que demás no han hecho y, al mismo tiempo que deja resplandeciente la hornacina donde está la imagen de la Virgen, deja también libres de sus pecados a las almas de quienes contemplan el prodigio. Se produce una especie de “dolor de los pecados”, en este caso pecado de olvido, a nivel colectivo (2).

Yo lo compararía con las “tres veces” con las que el pastor intenta convencer al pueblo de que ha encontrado una imagen. Ahora pastor y pájaro, como vimos antes que lo había sido aquel perro llamado “Cosula”, son equivalentes en la tarea de despertar al pueblo.

Estas intervenciones simbólicas de pájaros, tan interesantes, se convierten, a la vez, en uno de esos denominados “lugares comunes” tan frecuentes a lo largo de los tiempos, sobre todo en el aspecto literario.

Encontramos este tipo de huellas no sólo en la provincia de Guadalajara, donde ya  citado llegan con cierta tardanza (ya hemos visto que se trataba de 1580), sino también en algunas zonas alejadas espacial y temporalmente; tal la leyenda del abad de la abadía de San Salvador de Leyre (Yesa, Navarra) -más arriba citado- que, preocupado por el problema de la eternidad, se internó en la espesura del bosque escuchando el trinar de un pajarillo, de modo que, al regresar al monasterio, después de haber permanecido embelesado por dicho canto, no fue reconocido por ningún fraile, dado que habían transcurrido nada menos que trescientos años. Ante las explicaciones del abad, los frailes buscaron en los viejos papeles de sus archivos y encontraron, en efecto, que hacía mucho tiempo existió un abad llamado Virila, que una mañana fue al bosque y nunca regresó, tal vez devorado por las alimañas.

Pero ya en el templo, con el fin de dar gracias a Dios, cuando se oía el salmo “Mil años ante tus ojos son como el día de ayer, que ya pasó”, entró en la iglesia monacal un pajarillo -un ruiseñor- con un anillo abacial en el pico que colocó en dedo de don Virila (3).

El caso es que esta misma leyenda, tan universal, la hemos localizado también en Galicia, con frecuencia inusitada. Es aquí San Ero el monje visionario que estuvo arrobado trescientos años escuchando el trino melodioso del pajarillo. La podemos ver a través de O bendito San Amaro, de Cabanillas, extendida por toda Galicia y Portugal (4).

Las leyendas son exactamente iguales, pero hay que tener en cuenta que en el año 924 aproximadamente, fecha que nos ofrece dom Carlos María López (5), el abad Virila viajó a Galicia, por lo que, posteriormente, cara al nacimiento de la leyenda, deberá tenerse en cuenta este viaje y acoplarse al relato del pájaro a personas no muy conocidas que tomaron parte activa en la fundación de algún que otro cenobio, como debió suceder con san Ero, ya aludido, en tierras galaicas.

Y más, para finalizar, una bellísima guinda, debida nada menos que al rey Alfonso X el Sabio: la cantiga CIII:

Atan gran sabor avia

daquel cant’e daquel lais

que grandes trezentos años

estevo assi, ou mays,

cuidando que non estevera

senon pouco, com’está.

 

Quena Virgen ben servirá

A Parayso irá.

NOTAS

(1) GARCÍA LOPEZ, Juan Catalina, Memorial Histórico Español, Tomo XLII (II de las llamadas Relaciones Topográficas de Felipe II referentes a Guadalajara), pp. 119 y ss. Acompañando a las contestaciones del cuestionario van unos folios dedicados a las Cosas notables y dignas que se sepan, escritas por Matías Escudero y Juan Rodríguez, que se refieren a la limpieza que anualmente hacía un pajarillo de la imagen de la Virgen de la Luz, en su nicho de la muralla. “El hecho sucedió en 1540, el día de la víspera de Nuestra Señora de Septiembre, a la hora de tañer vísperas, en la puerta que se llama de Zorita”.

(2) HERRERA CASADO, Antonio, “ La leyenda del pajarito”, en Nueva Alcarria de 25 de febrero de 1972, publicado después en su Glosario Alcarreño, tomo I, Guadalajara, 1974, pp. 66 y ss. Recoge esta leyenda y da algunas noticias sobre la simbología del pájaro a través de los tiempos. Pero lo más importante es que “En el subconsciente colectivo del género humano queda esa imagen que asocia al pájaro con lo “puro” (el Espíritu Santo, la Paloma de la Paz, e incluso el pajarillo que, en el monasterio de Leyre cantó 300 años seguidos para enseñar a san Virila un pedazo de eternidad” y, a resultas de ello, la asociación de este animal con los mejores sentimientos idealistas y espirituales del hombre. ¿No eran, entonces, los mismos habitantes de Almonacid los que se purificaban a sí mismos viendo cómo un “pajarcito”, amorosamente, limpiaba una y otra vez la imagen de la Virgen, descargando de esta manera el sentimiento de culpabilidad que su dejadez y vagancia les había provocado?

Sigue enumerando otro caso parecido al de Almonacid, ocurrido en 1825 y sucesivos, el día 29 de agosto, con un pájaro, que al igual que el de nuestro, limpiaba la imagen de la Virgen del Puy, en Puente la Reina (Navarra), conocida como “La leyenda del chori” (txori = pajarillo), que figura también en el Diccionario de Navarra, Pamplona, 1842. También se recoge, aunque brevemente, la misma leyenda del “chori” publicada por DEL BURGO, Jaime Ignacio, en su obra Navarra, (Barcelona, 1972, p. 92), donde el pajarillo lavaba la cara de la Virgen colocada en una hornacina en el puente de los peregrinos, con las alas que, previamente, había mojado en las aguas del río. Véase SALVADOR Y CONDE, J., El libro de la peregrinación a Santiago de Compostela, Madrid, 1971, p. 122. También, aunque sea de pasada, en ENRÍQUEZ DE SALAMANCA, C., “Peregrinaciones a Santiago”, en Revista Geográfica Española, nº. 51 (Madrid, 1971), p. 73.

(3) LÓPEZ, Carlos María, O.S.B., Leyre, Pamplona, 1962, pp. 54 y ss. Reúne este completísimo estudio citas similares de autores anteriores: La cantiga que compuso Alfonso X el Sabio en honor de Nuestra Señora, en la que un monje, queriendo conocer las delicias del paraíso, queda extasiado oyendo una música celestial, y cuando despierta no reconoce los alrededores porque han transcurrido trescientos años.

Semejante a lo que nos cuentan Jacobo de Vitry (muerto en 1240), que narra la historia “Del abad que pensaba de qué modo podía estar en el paraíso sin tedio” (Antología de cuentos de la literatura universal, en Ramón Menéndez Pidal, Barcelona, 1955, p. 230), y la de Jacobo Varaggio (1230-1290), que en su Leyenda Áurea recoge el exemplo, difundido posteriormente a través de la Alphabeta exemplorum, la Alphafeta Nationum y la Disciplina Clericorum, del Rabí Maseh Saphardí, converso de Huesca.

Igualmente, afirma el autor de Leyre, que en el siglo XIV, el monje Félix, en Alemania, se hace eco del apólogo de san Virila y que, Clemente Sánchez, arcediano de Valderas (Léon), en su Libro de los ejemplos, escrito entre 1421 y 1423, describe así la leyenda:

“CX. Gaudium caelestis ineffabile est habientium:

Non ha home que pueda fablar quanta es la gloria celestial: dicen que un monje estando pensando cual sería el gozo sin enojo; fue enviada una avecilla del paraíso que cantaba muy dulcemente, e fuesse en pos della fuera del abadía. E estando oyendo los cantos de aquella avecilla, e fallose del monasterio e cuando tornó non lo querían rescibir ca non le cognoscían”.

(Arigito, “Manuscrito inédito de San Salvador de Leyre. Escrito en 1794”, La Avalancha, 1906, tomo XIV, p. 41).

Pero… Curiosamente, también encontramos esta misma manifestación de la hagiografía tradicional en la provincia de Guadalajara:

“Allí se dice que San Blas era natural de Cifuentes; que en la Cueva del Beato hizo vida ejemplar después de huir de la iglesia de Oretum, por ser cristiano y discípulo de Santiago Apóstol, habiendo padecido martirio en el año 77; que, enterrado en el campo, lo descubrieron por modo milagroso dos doncellas de Val de San García, testigos del martirio, las cuales, al volver a su aldea, se quedaron dormidas en una cueva con sueño que debió ser muy profundo, pues no despertaron sino trescientos años después, por lo que no es de extrañar que, al llegar a su pueblo, las desconociesen”.

(Memorial Histórico Español, op. cit., XLII, p. 366, nota 1. Noticias que el señor García López tomó de un escrito, publicado en Madrid, 1678, por Diego Martínez, que en sí era meramente una predicación a cargo del doctor don Pedro Nolasco Caballero, pronunciada en la fundación del oratorio de san Felipe Neri, en la llamada “Cueva del Beato”, en las proximidades de Cifuentes).

(4) DE SA BRAVO, Hipólito, Monasterio. Pontevedra, tomo I y en Cuadernos de Arte Gallego, nº. 40 (Vigo, 1965), p. 21, donde relata la fundación del monasterio cisterciense de Nuestra Señora de Armenteira, atribuida al noble gallego Ero o Erón, que abandona la vida cortesana y sus placeres para buscar la paz interior en las soledades de Castrove, donde se dedica a la oración y la penitencia.

(5) Op. cit., p. 58, nota 17.

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