Floreos y aguijonazos

Las ferias de 2027 están más cerca ya que las de 2026 recién concluidas porque éstas, como las oscuras golondrinas del poema de Bécquer, ya no volverán, mientras que para las del año que viene aún quedan trescientos cincuenta y pico días, pero volverán, seguro que volverán, como dice en singular la canción de El Canto del Loco. Conforme ya comenté en mi anterior post, cada uno contará las ferias según le haya ido en ellas, aunque tengo la impresión de que, mayoritariamente, han ido bien al personal porque, cuando fui concejal de festejos de la ciudad, entre 1999 y 2003, constaté algo que fue, es y seguirá siendo verdad de la buena: un mal programa de ferias lo arregla un buen tiempo mientras que uno bueno lo puede estropear, y de hecho, lo estropea, una mala climatología. Como en las ferias de este año el tiempo ha acompañado bien y, además, el programa era, por supuesto mejorable, como lo es casi todo en la vida, pero bastante variado, completo, con interesantes novedades y hasta con algunos destellos de espectacularidad, pues entiendo que hemos disfrutado, en general, de unas buenas fiestas.

Como uno es hijo de su tiempo y nieto y bisnieto del de sus abuelos y bisabuelos, siempre he tenido como referente en periodismo al histórico semanario local “Flores y Abejas”, con el que comencé a colaborar en 1978, el mismo año en que, aún sin cumplir los 17, comencé a estudiar periodismo. “Flores y Abejas” fue mi auténtica facultad de periodismo, Salvador Toquero, su gran director, mi catedrático preferido, y Santiago Barra, su entonces joven redactor jefe, mi PNN (profesor no numerario, como entonces se denominaba a los que hoy son profesores titulares, asociados o contratados) favorito. “Flores y Abejas” se fundó en 1894, cuando aún eran españolas Cuba y Filipinas, y nació siendo una “revista semanal festiva, literaria y de noticias”. He leído y releído sus números de la primera época —que abruptamente se cortó en julio de 1936, como tantas cosas en España— con auténtico deleite porque, además de enterarme de un montón de cosas de la época contadas en tiempo presente, también he podido disfrutar del singular estilo periodístico que se practicaba en aquella época, un tanto encorsetado en lo formal, pero libérrimo en lo conceptual. El periodismo literario propio de la última década del XIX, tributario del realismo y naturalismo que habían marcado el género en ese tiempo, se alternaba con la festividad editorial que permitía una crítica social y política verdaderamente deliciosa, siempre adornada de humor e ironía, y casi nunca agriada con mala baba. Un ejemplo proverbial de esto último que he dicho es la sección llamada “Floreos y Aguijonazos” que escribía Luis Cordavias, uno de los fundadores de “Flores y Abejas” junto con Alfonso Martín, Marcelino Villanueva y Deprit y Federico López, abogado del Estado que figuraba como director, más por cuestiones legales que periodísticas, siendo Cordavias y Martín los auténticos referentes del cuadro de redacción. Los floreos y los aguijonazos semanales que daba el periódico era una de sus secciones más esperadas y leídas; incluso en los conciliábulos de aquel tiempo finisecular, se hacían cábalas sobre qué hechos o qué personas serían objeto de las loas y críticas del nuevo número. Como habrán deducido ya, de eso, y no de otra cosa, se trataba aquella sección de “Flores y Abejas” que hoy voy a procurar replicar para valorar algunos aspectos de las ferias recién concluidas, sin la gracia de Cordavias y en un tiempo en el que la verdad es más relativa que nunca porque se mezclan, interesadamente, información con opinión, hasta el punto de hacerse realidad la “dolora” de Campoamor que dice “nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Vamos a ello:

FLOREO a la empresa y el personal de la contrata de limpieza urbana por el gran esfuerzo hecho para tener lo más limpios posible los espacios y calles más afectados por las ferias. Su trabajo ha sido eficaz y visible.

AGUIJONAZO para quienes han contribuido a someter al parque de la Concordia a un nuevo test de estrés, situándose allí las carpas (con sus “jardincitos” anexos vallados sobre los macizos ajardinados) de más peñas de las que sería razonable si se quiere preservar mínimamente este histórico parque de 1854. Si a los miles de peñistas allí congregados diariamente —más bien nocturnamente—, sumamos los miles de consumidores solidarios de vermú, cerveza y otros espirituosos, y el público en general, no habría sido extraño que, sobre todo la mañana del domingo final, el kiosco de la Concordia hubiera amanecido con un cartel diciendo “SOS” o “Me rindo”. Este aguijonazo es especial para quienes no se han molestado en tirar a papeleras o contenedores sus vasos, platos o cualquier otro residuo y, especialmente, para quienes se han meado espumosa y literalmente en el parque, cuando tenían unos servicios “de luxe” muy cerca. Parafraseando a “Divina”, estupenda canción de Radio Futura inspirada en otra de T.Rex, “teníais servicios de ´kaka´ y pis de luxe, pero no os oí mear…”. Perdón por el final escatológico, pero como algunos no entienden las reglas y la letra de la urbanidad y la higiene, pues se lo digo con música.

Primera página del segundo número de Flores y Abejas. 8 de septiembre de 1894

FLOREO para “Panorama”, la gran orquesta gallega que abarrotó el entorno de la concatedral de Santa María la víspera de la Virgen de la Antigua. No es la primera vez que esta fantástica orquesta actuaba en Guada, pero puede que haya sido la mejor actuación de un gran conjunto de este tipo que jamás se haya realizado en Guadalajara y eso que siempre suelen venir grandes y buenas orquestas a las ferias. Aún recuerdo los tiempos de “Alcatraz”.

AGUIJONAZO a quien o quienes (entiendo que la concejalía de festejos y la de seguridad ciudadana) decidieron poner entradas, aunque fueran gratuitas, para acceder a la plaza de toros los días de los encierros. Además de obligar a realizar largas colas a quienes quisieron hacerse con ellas, el reparto no fue ni ágil en su forma ni eficaz en su resultado porque, sobre todo el miércoles y el jueves, el cemento fue mayoritario en las gradas de la plaza de toros. El aguijonazo lo rebajo porque hubo cintura suficiente para, visto el panorama, permitir acceder a la gente sin entrada a partir de as 7,30 de la mañana, hasta cubrir aforo. Entiendo que se debe compaginar seguridad y movilidad para gestionar los accesos a la plaza en los días de los encierros, pero hay que dar una solución más eficaz y mejor gestionada a este problema que la dada este año. A veces, intentando solucionar un pequeño problema, se crea uno mayor.

FLOREO a los espectáculos musicales en general de las ferias. Aunque para gustos, los colores, sin duda ha habido importantes y variadas propuestas musicales para casi todas las apetencias. Además de la ya floreada “Panorama”, “Vulkano”, el sábado en Santo Domingo, también demostró ser una super orquesta. La movida estuvo estupendamente representada por Nacha Pop —Nacho García Vega, no es su primo, Antonio, pero la banda sigue sonando muy bien—, La Frontera y Hombres G, estos de pago en la Fuente de la Niña, que abarrotaron y entusiasmaron literalmente. La plaza de España también la llenó de público, bien diferente, el “Guadarock” con “El Drogas”, Koma, Desastre y Callahan“.

FLOREO al desfile inaugural de las ferias. El concepto y el contenido estético y visual del desfile de este año, dedicado a las bellas artes, ha sido verdaderamente acertado. Ese es el camino.

FLOREO a la histórica comparsa de gigantes y cabezudos de la ciudad que, como ya dije en mi anterior post, es el único acto que pervive en el programa de ferias de la ciudad, junto a los toros, respecto a los de hace siglo y cuarto largo, cuando “Flores y Abejas” nació y con él sus “Floreos y Aguijonazos”.

FLOREO a la Dulzainada. Esta actividad llegó a principios del siglo XXI para quedarse y debe seguir en el programa, cuidándose cada vez más a grupos y dulzaineros. La dulzaina es el instrumento por antonomasia de la tierra castellana y Guadalajara debe reafirmar su castellanidad con gestos y hechos. Además, cada vez suenan más y mejor nuestros dulzaineros.

Saleri II vuelve a las ferias un siglo después

Cada uno contará después las ferias según le vaya en ellas, como dice el dicho —valga el polipote—, pero, en principio, a juzgar por el programa, completo y variado, aunque siempre mejorable, y la favorable previsión meteorológica, se dan las circunstancias para que las fiestas de la capital de este año puedan ser mayoritariamente disfrutadas de forma positiva. Siempre habrá alguno que echará de menos, o de más, actos en el programa; también quienes huyan, literalmente, de la ciudad en estos días porque no les gusten las ferias o tengan otras opciones mejores. Incluso estén obligados a ello por cuestiones personales o profesionales. Y doy por supuesto que a la oposición en el ayuntamiento le parecerá casi todo mal y al equipo de gobierno del ayuntamiento todo bien, máxime cuando los munícipes tienen ya las orejas tiesas porque en mayo habrá elecciones locales. En cualquier caso, considero que hay mimbres suficientes para que salga un buen cesto y solo algún accidente o incidente grave, no deseables ni deseados, podrían enturbiar este tiempo de ocio festivo que es el de las ferias de la capital. Además de ser la principal cita festejante anual de la ciudad, por su momento de celebración las ferias también suponen el final del ciclo estival y el inicio del otoñal. Vamos camino de menos sol, luz, temperatura, tiempo de ocio y vacación… y vamos camino de más noche, obligaciones profesionales y estudiantiles, frío, lluvia (ojalá)… Con las fiestas arriacenses se cumple a rajatabla el refrán que dice que “días de mucho, vísperas de… dejémoslo en poco en vez de en nada.

Julián Sáinz, Saleri II, el torero más importante nacido en la provincia

Si comparamos los programas de ferias de hace un siglo, cuando España estaba en plena dictadura de Primo de Rivera y en guerra con Marruecos, y los de ahora, realmente solo coinciden dos actos en ellos, además de, por supuesto, la instalación de barracas, puestos y atracciones feriales. Me estoy refiriendo a los toros y a la comparsa de gigantes y cabezudos. Ni siquiera había actos religiosos en los programas de ferias de Guadalajara de los años 20 del siglo pasado, no porque la ciudad fuera entonces menos practicante, más agnóstica o atea, sencillamente porque en aquellos años las fiestas se celebraban en la tercera semana de octubre, en torno a la festividad de san Lucas —por concesión real de Alfonso X el Sabio a mediados del siglo XIII— mientras que la Antigua, la patrona de la ciudad desde 1883, se festejaba en su fecha habitual del 8 de septiembre, festividad de la Natividad de la Virgen.

Partiendo del hecho de que solo los toros y los gigantes y cabezudos siguen estando presentes un siglo después en el programa de ferias de la ciudad, tras desaparecer de él actividades propias de tiempos pasados e incorporarse otras de los actuales, me ha agradado sobremanera ver en la programación de este año una actividad novedosa que, sin duda, entrelaza el pasado con el presente festivo de la ciudad. Me estoy refiriendo a la “Cabestrada de Saleri II” que, especialmente dirigida al público infantil, va a tener lugar (o ya lo ha tenido si se lee este post a posteriori), el martes de ferias por la tarde, por el nuevo recorrido del encierro, desde la plaza del Mercado hasta la de toros. Tras la cabestrada, y ahí tiene toda su justificación el acertado nombre que se le ha dado, la comparsa de gigantes y cabezudos de la ciudad hará el mismo recorrido que los cabestros, incorporándose a ella una nueva figura de cabezudo, un torero, al que se le va a dar el nombre de Saleri II. Julián Sáinz, Saleri II para la tauromaquia, es el torero más importante nacido en la provincia, concretamente en Romanones, en 1892, y de él dice esa auténtica y magna enciclopedia de los toros que es el Cossío, que fue un torero “largo” —o sea, completo y dominador de todos los tercios y suertes—, que “tenía el valor suficiente para hacer cuanto quería y lo hacía todo y muy bien” y que “toreaba con gracia y soltura y con demostración de excelentes condiciones técnicas”. Tomó la alternativa en 1914 en Madrid y estuvo en activo hasta mediados de los años 30, si bien su etapa más destacada fue la de finales de los 10 y principios de los 20, cuando alternó en numerosas corridas con las dos grandes figuras de la época: Joselito “El Gallo” y Belmonte. A Saleri, por este hecho de acompañar tantas veces a ambos referentes de la tauromaquia de la época, le pusieron el mote de “el tercer hombre”. Saleri II viajó muchas veces a América, donde también triunfó. La última ocasión que he constatado que el diestro de Romanones actuó en las ferias de Guadalajara fue en las de octubre de 1922; sin demasiado éxito, por cierto, porque el ganado de José Bueno, de Palazuelos de Vedijo (Valladolid), no dio ningún juego “y se limitó a salir del paso”, como coinciden casi todas las crónicas de la época. Sin embargo, en 1921, un año antes, Saleri sí que triunfó en el coso de las Cruces. Y lo hizo doblemente porque, además de realizar unas faenas “estupendas” —sobre todo con capote, banderillas y estoque—, fue él mismo quien promovió y organizó un festival a beneficio de los soldados españoles participantes en la Guerra de África contra Marruecos —la llamada Guerra del Rif, que duró desde 1909 a 1927, con el conocido “Desastre de Annual” que tuvo lugar precisamente aquel año—, alternando con otro torero alcarreño con raíces en Taracena, Carralafuente. Además de los ingresos por ventas de entradas y donativos, Saleri y Carralafuente recogieron para la milicia en sus capotes 996,85 pesetas, arrojadas al ruedo desde las gradas por los espectadores, una práctica habitual de los maletillas en tiempos pasados para recibir un estipendio por su labor al no tener entonces más remuneración que las propinas voluntarias del respetable. Los soldados, entusiasmados por el toreo de Saleri II y el dinero para ellos recaudado, lo sacaron a hombros por la puerta grande. Aquel gran gesto del gran torero alcarreño fue muy aplaudido en la ciudad, hasta el punto de que unas semanas después se organizó un banquete en su honor en el Casino, justo unos días antes de partir a Caracas, donde tenía ese año contratadas ocho corridas. Contrato que no pudo cumplir en su integridad pues una antigua lesión de espalda, debida a una cogida, se le reprodujo y obligó a una operación de urgencia. Mientras convalecía en Venezuela, nació su hijo en Madrid, después bautizado en Romanones, con el padre aún ausente.

En fin, no es precisamente poco lo que podríamos seguir contando de Julián Sáinz, Saleri II, pero lo vamos a dejar aquí por razones de espacio. En todo caso, me alegra sobremanera que se recupere su memoria y que se haga con un festejo taurino novedoso y dirigido a público infantil e incorporando a una figura con su nombre a la histórica comparsa de gigantes y cabezudos de Guadalajara. Una comparsa que inicialmente estuvo integrada en la procesión del Corpus, desapareciendo de ella durante décadas en el siglo XIX, y recuperándose para las ferias en 1900. Una comparsa que sigue convocando a centenares de ilusionados y excitados niños cada vez que sale y que está en un buen momento y bien cuidada, no como en los años 80 del siglo pasado cuando se deterioró tanto que, incluso, hubo riesgo de su desaparición material. Algún gigante hasta llegó a dormir durante meses el sueño de los olvidados en algún corral de un pueblo al que fue prestado, con ligereza, y con aún más ligereza no cuidado y reintegrado a donde debía. La sensibilidad, el voluntarismo y el compromiso de Julio García Bilbao y Juanjo Molina con esta tradición local, sumados a la profesionalidad y celo de los técnicos de festejos del ayuntamiento, Paco Olmeda y Luis Barra, y al empeño e ilusión de algunos concejales, en contraste con la dejación de otros, hicieron posible que la ciudad conserve una de sus señas de identidad festivas. Una buena faena esta de Saleri II, sin duda.

Campo gigante y amarillo

                  Gigante tiene por nombre el festival de música, fundamentalmente indie rock, pop alternativo y post punk, aunque siempre con guiños a otros estilos actuales (y no tanto, este año con Chimo Bayo, casi mítico DJ de la “Ruta del bacalao” noventera), que se celebra en Guadalajara desde hace doce ediciones, si bien tres de ellas (las de 2021 a 2023) se trasladaron a Alcalá de Henares porque la empresa alcarreña organizadora del evento, Producciones Malvhadas, no encontró en el ayuntamiento que entones presidía Alberto Rojo el apoyo que necesitaba y/o demandaba. Con Guarinos ya en la Alcaldía, y especialmente con Santiago López Pomeda como concejal de festejos, el Gigante regresó en 2024 a Guadalajara, convocando anualmente a más de 20.000 espectadores en sus tres días de celebración, muchos llegados de fuera. Este año ha tenido lugar los días 27, 28 y 29 de agosto, el primero de ellos en jornada de puertas abiertas. Aunque también hay actuaciones gratuitas por plazas de la ciudad, la sede del festival, desde la edición del año pasado, es el nuevo recinto ferial de la avenida del Ocio, junto al Ferial Plaza, que se ha demostrado idóneo para su formato y amplia capacidad de convocatoria. El sonido ha rozado el nivel de óptimo (lógicamente, algunos grupos han sonado mejor que otros pero eso ya ha dependido de su propia calidad interpretativa y de la de sus equipos y técnicos), la movilidad ha sido fluida, las barras, aseos y servicios de seguridad y atención al público, han estado bien dotados y dispuestos, apenas ha habido las colas de otros festivales pese a la masiva afluencia de público, sobre todo el viernes, y han sido mínimas las molestias que se han generado al celebrarse en un espacio muy amplio y en un entorno de suelo terciario y no residencial. Es una paradoja que un festival tipo medio como el de Guadalajara se llame Gigante porque, obviamente, su dimensión no es precisamente colosal, sobre todo si se compara con los grandes festivales españoles de este tipo —el Primavera Sound, de Barcelona, el Mad Cool de Madrid, o el Arenal y el FIB de la provincia de Castellón, e, incluso, el Sonorama, de Aranda de Duero, entre otros—, pero, sin duda, con su continuidad en el tiempo y su buena programación y organización habituales se ha ganado el respeto y la atención del público fiel de esta clase de eventos. Si el Gigante no lo es tanto porque tenga la mejor programación y la mayor capacidad de convocatoria del conjunto de los muchos y buenos festivales españoles, que evidentemente no las posee, sí que tiene un punto agigantado en términos relativos y cualitativos más que cuantitativos. Un gigante en el país de los gigantes es uno más, pero un gigante en Lilliput, es el gigante, es Gulliver. El festival Gigante de Guadalajara, una ciudad mediana aún con tics de pequeña, pues claro que es gigante porque pocas veces y pocas cosas convocan aquí a más de 20.000 personas, muchas de ellas venidas de fuera, y además pagando por ello (un precio razonable eso sí). Item más, los nombres en este tipo de eventos que mueven a tanta gente, fundamentalmente joven, son puro marketing, meras referencias para atraer, primero, y recordar, después. Gigante, con ge de Guadalajara, un Lilliput para mucho y Gulliver solo para quienes es nuestra patria chica (hayamos nacido en ella o no) y la queremos como es, con todas sus limitaciones, con todos sus defectos, con todas sus heridas y cicatrices.

Cartel del Festival Gigante 2026

                  El pico de mayor asistencia de público al Gigante de este año se produjo con la actuación de “Ultraligera”, un grupo madrileño que últimamente lo está “petando”, como dice mi hija Ana, festivalera empedernida, indie militante y fuente de información impagable para mí sobre las tendencias musicales actuales. La música siempre me gustó mucho, y me sigue gustando, pero las canas, a veces, ponen cera en los oídos y a quienes ya vamos de vencida en la vida nos obligan a refugiarnos en nuestras propias generaciones musicales… Y yo soy hijo del rock and roll de los Rollings, del pop rock de Beatles y de la new wave inglesa que aquí le pusimos el acento cañí de “La Movida”. “Ultraligera” lo componen cuatro jóvenes músicos madrileños con un “frontman” —vocalista y líder de la banda— carismático y que conecta muy bien con el público. Además, incorporan chorros de fuego al espectáculo, haciéndolo muy visual. No solo tocan, y además, bien, realmente actúan y tienen un punto histriónico que engancha al público y dan un aire total, de clímax y máxima intensidad a sus actuaciones. Su música es puro indie-rock, aunque tienen temas bastante pegadizos que corean sus cada vez más numerosos fans. En Guadalajara, también lo petaron y contribuyeron a justificar el nombre del festival.

                  Si “Ultraligera” es el grupo que ha tenido más tirón de público en el Gigante de este año, la auténtica cabecera de cartel, por su trayectoria y por su peso musical, en realidad ha sido “La M.O.D.A”, el acrónimo de “Maravillosa orquesta del alcohol”. Este grupo lo conforman siete talentosos músicos burgaleses que mezclan folk con rock ad roll y blues, entre otros ritmos y sonidos, con muy buena combinación y gusto. Su canción más conocida, “Héroes del sábado”, la corearon los “giganteros” casi como si fuera un himno, pero yo me quedo con “Campo amarillo”, un bonito tema dedicado a su/nuestra tierra castellana que, interpretado en acústico en un festival de masas, se comporta como un auténtico poema musical, como un grito sordo, como el sonido del silencio. Una de sus estrofas dice: “Quieren hacer el agosto a nuestra costa. Sin saber, sin saber que los campos castellanos arden fácil en verano”. Cuando iban a tocar esta canción en Guadalajara, con mucha empatía y don de la oportunidad, recordaron el incendio de la Sierra Norte del pasado verano y reivindicaron su/nuestra Castilla vaciada. Y olvidada. Que ya no tiene casi ni quien la cante por eso adquiere tanto valor que un grupo joven de música rock indie susurre esta dura realidad castellana al oído de los miles de jóvenes que fueron a gritar al Gigante.

“La Canónica”: Mañueco se sale de cánones

Juan Pablo Mañueco, mi vecino de blog en GD y de barrio en Guadalajara, pues ambos vivimos en el entorno del antiguo arrabal de Santa Catalina —la colación de la calle Amparo hacia la Concordia—, e, incluso, también comarcano ya que los dos tenemos estrechos vínculos con dos pueblos limítrofes, él con Tórtola de Henares y yo con Taracena, ha publicado recientemente en Amazon (versión Kindle) su novela titulada “La Canónica” que no va a dejar indiferente a nadie. Y eso es ya un elogio de partida pues cada vez se publican más obras, gracias a la actual accesibilidad, popularización y abaratamiento del mundo editorial. Son apenas unos centenares del total de los 90.000 libros que al año se publican en España los que no pasan desapercibidos pues una amplia mayoría de ellos adolecen de escaso interés objetivo y, muchas veces, también es cuestionable su calidad literaria. No es su caso, ni en esta ni en sus anteriores y numerosas publicaciones, pues si hay un escritor prolífico, no solo en la provincia, ese es Mañueco que ya lleva publicados casi un centenar de libros. Solo en 2017 publicó veinte, lo que, si no es un récord Guinness, poco le faltará. Las obras de Juan Pablo, tanto en prosa —novela y ensayo fundamentalmente— como en verso —además de poeta es el creador de 15 nuevas estrofas— pueden ser, y son, poliédricos, tener más caras que un quiloedro, ser complejos de entender por su estilo de párrafo extenso y por lo elevado de los conceptos e ideas que suele verter, por la desbordante creatividad e imaginación que despliega, por el lenguaje tan de fondo de diccionario que utiliza… por eso y por muchas cosas más, lo que nunca pueden ser es aburridas, incluso cuando se empeña en «monotemizar» (de monotema, he ahí un posible neologismo) y en citarse a sí mismo —más bien retroalimentándose—, y en volver a sus propias ideas, propuestas, historias y personajes, y en sobrevolar en círculos sobre presas literarias como halcón jugando con paloma. Hablando de párrafo largo, ¡ojo con este último que he escrito…! Es obvio que yo también lo practico y que acabo de leer a Mañueco.

Portada de la novela La Canónica´, de Juan Pablo Mañueco

“La Canónica” es una novela singular, atípica y atópica. Digo esto último porque, curiosamente y pese a su título, no se ajusta a ningún canon convencional ya que formalmente es un híbrido entre novela y ensayo, al tiempo que también está escrita con tres estilos narrativos diferentes: el realismo decimonónico, las técnicas relatoras del XX, incluido el realismo mágico, y lo que el propio autor llama el “realismo simbólico”, una línea creada por él mismo hace ya unos años y que se distingue del mágico y de la narrativa del XX por entrelazar lo real, lo cotidiano y lo histórico con un denso mundo de símbolos, metáforas y mitos. Mañueco también transita en “La Canónica” por la metanarración pues el discurso narrativo, a veces, trata de sí mismo y narra cómo se está narrando. Así, en ocasiones, el propio autor es personaje de la novela y hasta los lectores hacen originales “cameos” en ella e, incluso, hasta se les da la opción de decidir finales. Sin duda, pese a la ya veteranía personal y literaria del autor, éste, inquieto y trabajador como pocos, aún practica la experimentación literaria y además lo hace con fruición y recurrencia; también con solvencia pues tiene una gran formación literaria y la inspiración le suele coger trabajando. Sus enormes conocimientos literarios los pone siempre de manifiesto en todas sus obras, si bien en esta última lo hace de forma aún más evidente pues “la Canónica”, especialmente sus primeros capítulos, cuando es novela-novela y está escrita con las técnicas narrativas propias del siglo XIX, está nítidamente inspirada en tres grandes obras y autores de ese siglo y que tienen un nexo de unión común: sus protagonistas son mujeres y hay en ellas insatisfacciones que derivan en adulterios con puntos procaces. Me estoy refiriendo a Madame Bovary, de Gustave Flaubert, Anna Karenina, de León Tolstoi, y La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”.

“La Canónica” está ambientada en Guadalajara —a la que Mañueco llama “Arriaca”, “vetustizando” el nombre— en el tiempo presente y en ella conviven personajes reales con otros de ficción. Se narran hechos y se citan personas perfectamente reconocibles, aunque se trata de una ficción pura y dura (con puntos de divertimento) que, eso sí, en ciertos pasajes se inspira en nombres, lugares, aconteceres y circunstancias reales. Cualquier parecido con la realidad no siempre es mera casualidad, hay veces que es buscada causalidad. En la novela de Mañueco, como en las tres grandes obras que he citado antes, hay un pansexualismo transversal evidente, en forma de recurrentes deseos pasionales que derivan en prácticas adúlteras por parte de las protagonistas femeninas. “La Canónica” es como llaman a María Angustias Anglada, una mujer llena de insatisfacción por la grisura y monotonía de su matrimonio y que termina encontrando relaciones sexuales, unas veces soñadas y otras reales, en todos sus ámbitos relacionales, inclusive su centro de trabajo —la Biblioteca de Dávalos— y la parroquia de la que es devota —san Ginés—. A los aconteceres propios de una novela, el autor incluye en el relato una serie de momentos discursivos y reflexivos, en los que ataca de forma tan vehemente como argumentada a las llamadas “cloacas” del Estado —más bien del gobierno— y de la iglesia. En este caso, no hay nada de ficción, ni se ahorra nombres ni calificativos. Le llama pan al pan y vino al vino. Además, también se permite proponer cambios legislativos para que lo que él llama “cleptocracia” vigente —al considerar que el voto no imperativo le roba su voluntad y soberanía al pueblo— pase a ser una democracia real con propuestas verdaderamente novedosas para lograr el objetivo, entre otras que el voto en blanco esté representado en el Congreso y haya mecanismos para expulsar del gobierno a quienes incumplan compromisos electorales.

Por todo lo anteriormente comentado, «La Canónica» es, sin duda, una obra polémica, lo que confirma que Mañueco no solo es, sino que está inteligente. Polemizar es generar polémica, discrepancia, dicotomía, discusión… O sea, enfrentar ideas y pareceres, algo que en los tiempos de opinión publicada (y dirigida), más que pública, que corren, es necesario como el respirar 13 veces (aproximadamente) cada minuto. En ella vierte algunas opiniones con las que se puede o no estar de acuerdo, y además lo hace de manera intensa y contundente, pero sus posiciones (y en algún caso, descalificaciones) tienen los valores de la honestidad y la sinceridad, tan poco cultivados en los malos tiempos para la lírica que corren. Y, cuando deja a un lado la parte discursiva, intencionadamente mitinera por momentos, “La Canónica” rompe cánones literarios, enseña —es una guía impagable de la ciudad—, entretiene, divierte —hay mucha ironía y sarcasmo en ella—, da que pensar, incluso a veces escandaliza, y, además, acompaña. Decía el gran Fernán Gómez que las bicicletas son para el verano; también los libros. Súbanse a este último de Mañueco y que no se les salga la cadena.

¿Dónde han ido todas las flores?

Acabo de regresar de mis vacaciones de verano que, como tengo por costumbre desde hace ya mucho tiempo, he disfrutado junto a mi familia en Comillas, ese lugar tan especial, situado al borde del mar y al pie de la secular e histórica montaña de Castilla, que desde hace cuatro décadas largas se hace llamar y es Cantabria. Este año me subí para el norte de España con el corazón encogido porque en el momento de mi marcha ardían las Serranías del norte de Guadalajara por los cuatro costados. Al partir, tenía una cierta sensación de traicionar a la tierra, de huir de ella cuando más en debilidad estaba y en el momento que más nos necesitaba a todos. Eso me latía en el corazón, pero la razón me decía que nada podía hacer yo en ese momento para colaborar en la extinción de aquel fuego que se inició en La Mierla y que, tras permanecer activo durante dieciocho largos días, terminó arrasando 33.000 hectáreas de terreno, sobre todo monte, pasto y bosque, que se dicen pronto. Hace veintiún años, en el incendio de la Serranía del Ducado y el Alto Tajo, fueron 24.000 las hectáreas que ardieron (sobre todo de pinar), aunque aquel devastador siniestro lo más importante que se llevó por delante fueron las vidas de once miembros del conocido y recordado “Retén de Cogolludo”, la mayoría de ellos jóvenes. Siempre les recordaremos y siempre les deberemos el nacimiento de la UME, la Unidad Militar de Emergencias que se creó a raíz de aquel incendio y que tanta utilidad viene evidenciando desde su misma creación en todos los siniestros y catástrofes naturales en que actúa. Como está previsto en los protocolos, al declararse el nivel 2 en el incendio de La Mierla, la UME se incorporó a las labores de extinción, sumándose a los medios y bomberos forestales de Castilla-La Mancha y del CEIS de la Diputación, y a los recursos llegados desde el Ministerio de Transición Ecológica y otras comunidades, creo recordar que de Madrid y Extremadura. Sabido es que, cuando peor pintaban las cosas en el incendio de las Serranías del norte, se declaró otro importante foco de fuego en el Señorío de Molina, concretamente en Selas. Este incendio tardó cinco días en extinguirse y afectó a casi 3.000 hectáreas.

Atardecer en el pinar de Las Cabezadas, entorno afectado por el incendio de las Serranías del Norte. Noviembre 2019.

Aunque es un refrán muy crudo y hasta tiene un punto de desconsiderado, podríamos decir eso de que al perro flaco todo se le vuelven pulgas ya que este nuevo y simultáneo incendio obligó a desdoblar y repartir esfuerzos y medios, sumándose también al operativo la ya citada UME. Esta unidad del Ministerio de Defensa, que comenzó este verano a desplegarse en el incendio de Almería, que, como en el del Ducado en 2005 se cobró varias vidas humanas, retomó en la provincia de Guadalajara su actividad más frenética con los incendios de La Mierla y Selas. Después, y ya sin solución de continuidad, ha ido, literalmente, apagando importantes fuegos en Toledo, Ávila, Madrid, Zaragoza, Castellón, Zamora, León… Y aún estamos en el ecuador del estío, las olas de calor se suceden, lluvia no cae, pero viento no falta, y muchos bosques, montes y prados sin limpiar ni ramonear siguen siendo estopa pura, así que, no quiero ser pregonero de lo obvio, pero es muy probable que la UME y los bomberos forestales sigan teniendo mucho trabajo hasta que el otoño nos traiga lluvias y temperaturas menos fogosas que rebajen el riesgo de incendios. No dudo que también los agricultores, como ha ocurrido en La Mierla y Selas, seguirán apoyando con su maquinaria y experiencia las labores de extinción de los incendios de proximidad. Nunca se reconocerá suficientemente la labor de los agricultores y los ganaderos para sostener lo que nos queda de medio rural, como tampoco se valorará en su justa medida su probada disposición a aportar sus medios materiales y su propio voluntariado personal para colaborar activamente en paliar los efectos de cualquier catástrofe natural. Desciendo de labradores por vía materna y se bien lo que digo cuando afirmo que, sin ellos y sin los ganaderos, el mundo rural sería solo una segunda residencia, los campos unos eriales y los montes, combustible de 98 octanos para los incendios. Como ya lo viene siendo y como aún lo será más si no se adoptan medidas eficaces para esa España, llamada “vaciada”, de la que viven no pocos urbanitas, muchos de ellos con militancia política solo en su currículo, sin que se note mucho su trabajo, aunque sí sus pingües sueldos.

Como decía antes, me fui de vacaciones para el norte de España con la sensación de huir del norte de Guadalajara (y después también del este, la tierra de Molina de la que desciendo por vía paterna) mientras ardía. Me dolía el alma solo de pensar que pueblos, bosques y campos que he andado, visto y disfrutado tanto, estaban siendo pasto literal de las llamas. Y me dolían, sobre todo, sus gentes, dolidas e impotentes. Si hay un dolor agudo, ese es el de la impotencia. Solo me consolaba el hecho de que este incendio no se había cobrado víctimas mortales porque la tierra, más pronto que tarde, se regenera, pero no hay regeneración posible, ni biológica ni física, para la vida humana. Ni quiero, ni debo, ponerme estupendo y melodramático, pero les aseguro que, si mis lágrimas hubieran podido contribuir a apagar aquellos fuegos, no habría parado de llorar. Me duele mi tierra. Me duelen todas las tierras porque son nuestra magna mater, nuestra gran madre, y, lo digo por experiencia aún relativamente reciente, no hay nada más desgarrador que la muerte de una madre, incluso nonagenaria y cuando irse es ya, no su única, sino su mejor opción.

Mientras ardían parte de las Serranías y el Señorío y yo conducía por los campos de Castilla camino del Cantábrico, en la radio del coche sonó una de mis canciones favoritas: “Where have all the flowers gone?” (¿Dónde han ido todas las flores?), en la mejor versión que conozco, la de Peter, Paul & Mary. Es una canción pacifista que fue todo un símbolo para la juventud americana de los sesenta que, en vez de balas, quería cargar con flores sus fusiles y zanjar de una vez la cruenta guerra de Vietnan, que siguió a la también cruenta de Corea y a la cruentísima II Guerra Mundial. Es una canción con una letra y una melodía muy bellas, dérmica, más que epidérmica. Esas flores por las que Peter, Paul & Mary se preguntaban que a dónde habían ido a parar, se me antojaron los robles, los rebollos, las encinas, los quejigos, los jarales, los piornales y demás árboles y arbustos que estaban ardiendo en nuestras Serranías, en ese momento avanzando el fuego a un ritmo de 60 metros por minuto. Y pensé, y pienso, y digo y pido: Paz para nuestros bosques y montes. Paz y trabajo para los hombres y mujeres en ellos.

Un buen día en Buendía

Guadalajara y Cuenca son dos provincias hermanas. Y, a la vez, primas. Esto segundo lo digo utilizando la quinta acepción que el diccionario de la RAE recoge de la palabra “primo” y que, literalmente, dice así: “Persona incauta que se deja engañar o explotar fácilmente”. Ni Cuenca ni Guadalajara, evidentemente, son personas, pero si las personificamos como provincias sí que tienen un punto de incautas, de cándidas, incluso de pringadas porque, sin duda alguna, son las dos más desfavorecidas por los presupuestos regionales, año tras año. De los estatales, ya ni te cuento, porque esos hace tiempo que a ambas provincias solo les traen migajas, literalmente. Volviendo a las cuentas regionales, que son las verdaderamente magras en estos tiempos, a Toledo, sobre todo por lo de la capitalidad y por ser la provincia más poblada de la región, siempre le toca el gordo y, a veces, también algún segundo y hasta tercer premio. A Ciudad Real, por el tradicional peso de sus políticos en la Junta, por ser la segunda provincia más poblada y por ser la principal guardiana de las esencias manchegas que tanto priman en la comunidad, pues siempre le toca algún premio especial. A veces, también el gordo. ¿Y Albacete? Albacete es, desde que, en el mismo nacimiento de la España de las autonomías, se alejara de Murcia para no ser la eterna segundona (y última provincia) de la región murciana y se incorporara como cabeza de ratón (o casi) a este engendro que llamaron Castilla-La Mancha, siempre recibió buen trato, sobre todo cuando fue presidente (“manchakari” le bautizamos algunos con rechifla), tantos años, José Bono, albaceteño de Salobre. Aunque ahora comparte patria chica con dos patrias grandes: España y… la República Dominicana. Bueno, en realidad, la verdadera patria de Bono tiene pinta de ser el dinero, al menos eso se deduce de su amplio patrimonio y de lo bien que vive. Siempre fue un tipo sudoroso y de sonrisa con un punto cínico, pero ahora me parece también oscuro, y no lo digo por su habitual tez morena caribeña… ¿Y a Guadalajara y a Cuenca, qué les toca entonces del “pastel” castellano-manchego? Pues, como ya hemos anticipado, casi siempre les toca la pedrea o, como mucho, alguna terminación de los fondos regionales, sobre todo los inversores que son los que verdaderamente hacen que progresen los territorios. No es victimismo esto que afirmo; bien al contrario, es una realidad sabida, reconocida incluso por algunos prebostes de la cosa pública (casi siempre en privado) y asumida con cierta resignación (porque nadie pelea, de verdad, con insistencia, constancia y contundencia por cambiarla). Así las cosas, ¿a alguien le extraña que Guadalajara y Cuenca sean las dos provincias de la región menos identificadas con ella y más con sus provincias, según el estudio que hizo “Electomanía” en la primavera de 2022? De hecho, Guadalajara, tras León, es, con notable diferencia, la provincia de España menos identificada con su región. Ahí dejo la cosa.

Pontarrón de Buendía, aguas abajo de la presa.


La hermandad de Guadalajara y Cuenca la certifican la amplia territorialidad compartida, desde el mismísimo Alto Tajo hasta donde el “gran río de Iberia”, como lo llamaron los romanos, entra ya en la Comunidad de Madrid, en las proximidades de la provincia conquense y poco antes de hacerlo en la de Toledo. Son más de 150 los kilómetros de límite provincial que comparten Guadalajara y Cuenca y eso, si no une, sí que vincula mucho. Aunque ambas provincias comparten tierras de serranía, las del Alto Tajo, las del resto de los límites comunes son ya alcarreñas, altas en la zona de Cifuentes y bajas en las de Sacedón y Pastrana. También hay una “tercera Alcarria” compartida, como así denominó el gran cronista provincial, Francisco Layna Serrano, a ese territorio, mitad serranías, mitad alcarrias, que está en el entorno de Arbeteta y pueblos próximos, cuando el Tajo deja ya de ser alto.
Y desde que en 1958 se inaugurara oficialmente el sistema de embalses de Entrepeñas y Buendía, Guadalajara y Cuenca también comparten el pantano que tomó el nombre del pueblo conquense al ser el más importante de la zona inundada por las aguas del Guadiela y del Mayor, el río de Huete, que forma una de las principales reculas al sur de este embalse. Debajo de las aguas de Buendía, que este año, al igual que Entrepeñas, presenta uno de los más altos niveles de embalse de las últimas décadas, están las ruinas de dos pueblos de Guadalajara: Santa María de Poyos y La Isabela. En realidad, la Isabela, más que un pueblo en sí, como era Poyos, fue un histórico balneario que en 1825 adoptó este nombre en honor de Isabel de Braganza, la segunda esposa de Fernando VII, muy aficionados ambos a este lugar. En La Isabela destacaban los magníficos edificios allí construidos para conformar un balneario a la altura de la realeza, en cuya construcción participaron afamados arquitectos de la época, como Isidro González Velázquez, discípulo de Juan de Villanueva y técnico de la Casa Real. Frondosos jardines, bellos paseos y fuentes monumentales dieron una belleza complementaria a este lugar en su siglo y medio de vida como tal, aunque ya se especula con la posible utilización de sus aguas para usos medicinales incluso en tiempos de los romanos.
Hace unos días tuve la oportunidad, y el placer, de pasar una jornada completa en Buendía con un reciente, pero ya buen amigo mío —las amistades que se hacen en la primera hora del atardecer de la vida son verdaderamente cálidas y luminosas—, Paco Bogliolo, catedrático francés de Literatura Comparada, residente en Montpellier. Su origen, no obstante, es alcarreño pues su madre era de este pueblo de Cuenca que cedió su nombre al embalse que, junto con el de Entrepeñas, forma el llamado “mar de Castilla”. Las tierras de olivar, viñedo y cereal de antaño, ahora son el país de las carpas y los lucios. Paco es un alcarreño de corazón que nos nació en Orán —donde estuvo preso Cervantes— y ha recorrido medio mundo dando clases, primero en la enseñanza media y después en la superior, o representando al estado francés, en este caso como agregado cultural en embajadas y consulados. Ha vivido en Argelia, Francia, Senegal, Colombia, Líbano y Nueva Caledonia. Pero tiene casas en Buendía y también en Sacedón. Paco, además de ser un gran profesor, un gran escritor y un buen amigo, es un alcarreño militante con acento francés. Los alcarreños, como los de Bilbao, nacemos donde nos viene en gana, o, mejor dicho, les viene en gana a nuestros padres, pero siempre volvemos a la Alcarria, a la magna mater, al lugar en el que están y siempre estarán nuestra piel y nuestros huesos que, como decía el gran arquitecto alemán nacionalizado estadounidense, Mies van der Rohe, son los dos elementos clave en la edificación. También de la vida.

Mapas históricos de Guadalajara con eme de Maza

            La factoría que no deja de ser Aache ediciones —porque factoría deviene de la palabra latina “factor” cuya traducción es “el que hace” y en esta empresa familiar guadalajareña y guadalajareñista se “hacen” muchos libros y además bien— continúa con su constante actividad editorial, iniciada hace ya más de 30 años. Fue gracias a la iniciativa de Antonio Herrera Casado, quien, además de prestar sus propias iniciales y sus buenos oficios a la sociedad que él mismo fundó, precisamente fue protagonista de mi anterior post, en este caso no en su calidad de editor, que también de alguna manera, sino como autor de esa estupenda obra que es “Guadalajara, la Ciudad de las Damas”. Si Antonio va camino del centenar de obras publicadas, la editorial que él creó, y que ahora gestiona con buena mano su hija Águeda, ya avista en un horizonte no lejano su publicación número 1000, una cifra redonda y solo asequible a proyectos empresariales sólidos en origen y bien gestionados en su devenir. En ese buen camino seguido por Aache y en esa actividad editorial constante, con apariciones periódicas y frecuentes de nuevos libros con nuestra provincia como protagonista, podemos enmarcar la reciente edición de “Cartografía histórica de Guadalajara”, una obra muy interesante y oportuna de la que es autor Francisco Maza Vázquez, ingeniero en Geodesia y Cartografía y máximo responsable de esa área en el Ayuntamiento de Guadalajara hasta su aún relativamente reciente jubilación. Paco Maza es una persona muy conocida y apreciada en la ciudad, no solo por su competencia y afable trato profesional, sino por su empatía y bonhomía. Compatibilizó su labor municipal con el ejercicio de la docencia universitaria pues fue, durante más de tres décadas, profesor asociado de la UAH en el Departamento de Arquitectura. Además de esta nueva publicación de Aache, que forma parte de su prestigiosa colección “Tierra de Guadalajara” con el número 138, Maza es autor de otras obras de rango y usos universitarios. También lo es de numerosos artículos publicados en revistas técnicas especializadas en cartografía, SIG (Sistema de Información Geográfica, un conjunto de herramientas tecnológicas que permite capturar, almacenar, analizar, gestionar y representar datos geográficos o espaciales) y Expresión Gráfica.

            “Cartografía Histórica de Guadalajara” es, sin duda, una obra escrita por un ingeniero especialista en geodesia, pero Maza no abusa de la jerigonza cartográfica, de la jerga propia de esta profesión tan técnica y específica, sino que la emplea en su justa y necesaria medida para que tenga el rigor necesario, pero al tiempo presenta un notorio tono y fin divulgativos. Gracias a esta obra se pueden conocer, a través de mapas fundamentalmente elaborados por la Brigada Topográfica de los Ingenieros Militares y el Instituto Geográfico Nacional, los importantes cambios que vivió el urbanismo de la ciudad en los siglos XIX y XX, por causa de importantes proyectos de reformas interiores. Estas modificaciones de la trama y el aspecto urbano de la ciudad, hasta el siglo XIX apenas alterados desde la Edad Media y el Renacimiento, perseguían un loable fin de modernización de los ambientes urbanos, si bien comportaron la desaparición, total en muchos casos y parcial solo en algunos, de numerosos edificios de valor histórico-artístico: conventos, iglesias, ermitas e, incluso, palacios. Guadalajara tenía una originaria estructura urbana, no modificada durante siglos, angosta e irregular, propia del urbanismo medieval con claras influencias musulmanas pues, recordemos, que esta ciudad fue fundada en los siglos VIII y IX por los “árabes” (lo entrecomillo porque no todos provenían de la península arábiga ya que otros eran originarios de la antigua provincia romana de Mauritania-Tingitania, por tanto, no árabes). En aras de la modernización de la traza y la trama urbanas de Guadalajara, las sucesivas reformas interiores que se acometen en el siglo XIX —especialmente en las calles Mayor Baja y Alta, Barrionuevo (actuales Ingeniero Mariño y Ramón y Cajal) y la plaza de Moreno— tras las desamortizaciones y una nueva religiosidad menos practicante y activa propia de ese tiempo, la ciudad cambia significativamente de estructura e imagen. Muchos de esos cambios los podemos advertir —y, a veces, descubrir— en los numerosos mapas que la obra de Maza incluye, a poco que los observemos con lupa u otros medios de ampliación. Precisamente, el único “pero” que le pongo a la publicación es que, al tratarse de una propuesta fundamentalmente cartográfica, sus reducidas dimensiones (21 X 13 cm.) y, por tanto, de los ilustrativos mapas que la integran, se muestran en un tamaño a veces tan pequeño que no se pueden interpretar en toda su potencialidad. No obstante, la importancia y relevancia de la cartografía reproducida y la detallada y adecuada interpretación que al autor hace de ella, nos permiten conocer, a través de esta obra, los principales cambios acontecidos en el urbanismo y, por ende, en el patrimonio de la ciudad en los dos últimos siglos. Gracias a este libro de Maza no solo podemos curiosear por nuestra historia urbana más relativamente reciente, sino también descubrir una Guadalajara que ha sufrido más modificaciones en menos de doscientos años que las que había vivido en más de un milenio.


Portada del libro `Cartografía histórica de Guadalajara´, de Francisco Maza, recientemente editado por Aache

La bienintencionada e, incluso, siempre necesaria modernidad, procuró alejarnos de la oscuridad del medievo y llevarnos a la luz que trajo décadas antes la Ilustración, pero para ensanchar unos metros algunas calles o para crear plazas donde solo había encuentros de callejas o mínimas plazuelas, la piqueta se ensañó con un amplio número de edificios notables de aquella ciudad conventual y palaciega, típicamente castellana, que fue Guadalajara, sobre todo en los siglos XV y XVI, gracias al mecenazgo mendocino que sucedió al real. Tras el XVII y la marcha de la nobleza a Madrid, la ciudad entra en una continuada crisis que solo se intenta atajar con un nuevo urbanismo ya en el XIX. Y no fueron pocos los “crímenes” que se cometieron en nombre de la modernidad; se trata de los antecedentes de ese otro crimen que, como el rayo del poemario de Miguel Hernández, no cesa: el de la especulación. Gracias a la obra de Maza y la cartografía histórica que aporta, podemos conocer gran parte de esa dirección hacia la modernidad a la que puso proa Guadalajara, con un doble sentido contrario: construir una ciudad más acorde con los tiempos y su estatus de capital de provincia, a cambio de perder una importante y significativa parte de su patrimonio histórico-artístico. Precisamente el autor de la obra la concluye con una propuesta, que secundo y aplaudo, cual es señalizar, a través de cambios en los materiales o en el color de los pavimentos y de su delimitación en ellos, con unos soportes informativos complementarios, algunos de los edificios de valor histórico-artístico desaparecidos de la ciudad. Incluso propone comenzar con dos de ellos: la antigua iglesia de Santiago (parcialmente demolida en 1837 y total y definitivamente en 1902, que estaba ubicada en la calle Mayor Baja, entre la bocacalle del callejón llamado de Hurones, actual calle Francisco Cuesta, y la hoy plaza de España, adosada al lateral del palacio del Infantado), y la ermita de la Soledad (desaparecida después de la Guerra Civil, tras ser incendiada en su transcurso, y situada al inicio del paseo de las Cruces, frente a San Ginés). El Sistema de Información Geográfica (SIG) al que está adherida Guadalajara gracias al empeño de Paco Maza cuando era el responsable de la cartografía y la geodesia municipal, permitiría localizar y delimitar con absoluta exactitud ambos monumentos, al igual que podría hacerse con el resto de los desaparecidos, si bien muchos de ellos fueron sustituidos por otros edificios y, por tanto, sería mucho más difícil hacerlos visibles a través de la actuación que propone el autor. En todo caso, “Cartografía histórica de Guadalajara” es un libro recomendable que, sin duda, recomiendo.

Guadalajara, femenino singular

                  ¿Tiene género y número una ciudad? En sentido estricto no lo tiene o no lo debería tener, pero en figurado claro que sí, en tanto la imaginación y la literatura pueden ir tan lejos como se quiera, hasta incluso llegar a ese mundo de infinitas posibilidades creativas que es el de la alegoría, o sea, la metáfora continuada. Así, con Antonio Herrera Casado, un historiador y escritor documentado, elocuente, brillante y luminoso donde los haya, gracias a su última y magnífica obra publicada, titulada “Guadalajara, La Ciudad de las Damas” (Aache ediciones), podríamos colegir que esta es una urbe femenina y singular porque muchas y grandes mujeres han protagonizado su historia, si bien ha sido tradicionalmente interpretada y escrita por el inveterado poder de los hombres y, por ello, diluida y opacada su versión femenina.

                  En esta última obra, presentada con expectación y éxito en la pasada Feria del Libro de Guadalajara, intuyo que Herrera Casado se ha divertido de lo lindo escribiendo, como se deduce a poco que se imbuye el lector en sus páginas pues ha empatizado notoriamente con sus personajes. Incluso sospecho que se ha enamorado de algunos (platónicamente, solo platónicamente porque su querida Mari Sol no se pone nunca, como el sol del imperio filipino) y ha derrochado recursos tan variados como narrar en tercera persona —ora desde la cercanía, ora desde la distancia—, pero también en primera, en modo autobiográfico. Además, ha navegado por la historia y la intrahistoria de las principales damas vinculadas con Guadalajara siempre con el viento de popa, hasta cuando tocaría hacerlo en ceñida. A Herrera le gusta escribir porque sabe hacerlo muy bien, sobre todo cuando la temática es la historia y el arte, sus dos especialidades en los ámbitos de la investigación y la divulgación. No siempre los historiadores son buenos literatos, pero Antonio sí lo es. Tiene un estilo fluido y elocuente, absolutamente pulcro y ortodoxo a nivel formal, y realmente eficaz y agradecido para el lector en el plano conceptual. Sabe lo que dice y además lo dice muy bien, con calidad y calidez, dos adjetivos que no empleo de forma gratuita por la admiración y el afecto que le profeso, sino porque se ha hecho acreedor a ellos en su vasta obra que no anda ya lejos del centenar de libros distintos publicados.

Portada del libro «Guadalajara, la ciudad de las damas» de Antonio Herrera Casado

                  Cuando un gran historiador es también un buen literato, como Herrera Casado, no corre el riesgo de que le salgan cangrejos con pantalones si planta melones a la orilla del río, como reza la divertida Jota de los Cangrejos que canta ese grupo segoviano que es la voz, el alma y el corazón de Castilla y que se llama Nuevo Mester de Juglaría. Si Antonio planta historia y arte al lado de un río y les da el sol de su literatura, le nacen grandes obras como le vienen naciendo desde hace más de 60 años, la última esta “Guadalajara, La Ciudad de las Damas” que he disfrutado tanto que ya la he leído un par de veces; y no será la última. En cada lectura he encontrado un nuevo matiz o detalle de alguna de las damas protagonistas —confieso que me han subyugado tres Mendozas: Aldonza, la Mencía hija del marqués de Cenete, y Ana, la duquesa del Infantado— que me ha llevado a nuevos discurrimientos, divagaciones y, por ende, entretenimientos. Como aquellos aperitivos tan numerosos, variados y ricos que ponían antes en los paradores nacionales de turismo, cuando cuidaban mucho más su cocina que ahora.

                  Herrera ha querido reivindicar el papel femenino en la historia de la ciudad y lo ha hecho con total respeto y elegancia, como es habitual en él. No va contra nada ni contra nadie, ni usa piquetas para romper techos, sean de cristal, escayola o mármol, solo la palabra. Le queda, nada más y nada menos, que la palabra, como al poeta Blas de Otero en su conocido poema. Así, el autor cifra en doce el número de damas sobre las que trata en su libro, quedando claro que podrían haber sido aún más, pero dejándolo en la docena porque es un número con un punto cabal “y que siempre salva un compromiso y allana caminos”, como el propio autor dice en la introducción. El prólogo, muy bueno, por cierto, es de la actual delegada de la JCCM en Guadalajara, Rosa García, una mujer que viene del mundo de los libros, en particular, y del periodismo y la cultura, en general, y que se le nota cuando hace, habla y escribe.

                  Como decía, doce son las damas que Herrera ha rescatado del pasado de Guadalajara para hacerlas historia con nombres propios femeninos de la ciudad. Cinco son señoras de la misma realeza y siete del universo Mendoza, como con tanto acierto tituló su gran trabajo de investigación sobre esta poderosa familia el temprana y tristemente desaparecido profesor José Luis García de Paz. Comienza el libro con Doña Berenguela (segunda mitad del siglo XIII), hija de Alfonso X y Señora de Guadalajara, y concluye con Luisa de Mendoza (segunda mitad del XVI y primeros años del XVII), condesa de Saldaña y esposa del segundo hijo del entonces poderosísimo Duque de Lerma, valido de Felipe III. Otras importantes “Damas de la Ciudad” que han merecido la atención del cronista provincial son las Infantas Beatriz e Isabel, hijas de Sancho II y de María de Molina; las del puente del Alamín, sí. María Fernández Coronel, siempre al servicio de la grandeza real y aya de María de Molina y después de las infantas del puente, también ocupa su lugar en la obra, con su papel secundario, pero preminente, hasta el punto de ser la fundadora del Real Convento de Santa Clara de Guadalajara. Por cierto, sus restos mortales, tras permanecer durante siglos en la iglesia conventual de las clarisas, hoy parroquial de Santiago, cuando el convento fue vendido en 1912 salieron de allí gracias a don Gabriel María Vergara, destacado profesor del instituto arriacense, quien las custodió en una caja que se guardó durante más de dos décadas en la Biblioteca/Museo del centro educativo. En 1935, unos estudiantes de la FUE “historioclastas” —si se me permite la expresión—, los quemaron y esparcieron por la calle, perdiéndose para siempre. Otras dos damas de la realeza cierran el apartado dedicado a ella en el libro: María de Portugal, esposa de Alfonso XI y Señora de Guadalajara desde 1328, y Juana Manuel, reina de Castilla, esposa de Enrique II, también Señora de Guadalajara e hija del Infante don Juan Manuel, el del Conde Lucanor.

                  Las Damas de la casa Mendoza merecen punto y aparte. Como ya hemos dicho, son siete las que Herrera Casado, más que rescatar, resalta de esta historia con miriñaque y faldas de la ciudad, algunas ya previamente citadas. La primera dama Mendoza que es destacada en la obra es Juana, “la ricafembra”, mujer de gran belleza y relevancia social, hija del primer Mendoza de origen alavés, Pedro González, que se residenció en Guadalajara. Tras ella, Aldonza, hermanastra mayor de Íñigo López de Mendoza, gran favorecedora del monasterio jerónimo de Lupiana. Le sigue Mencía, Condesa de Haro y llamada “La Condestablesa” por estar casada con el Condestable de Burgos, Pedro Fernández de Velasco. Fue la impulsora de la extraordinaria capilla del Condestable de la catedral burgalesa, donde están enterrados ella y su esposo en un magnífico monumento funerario. Le llega el turno a Brianda, la Mendoza con más nombre en la ciudad por el histórico instituto al que da nombre y por ser la creadora del beaterio de la Piedad en el antiguo palacio de don Antonio de Mendoza, su tío, de quien lo heredó. Una mujer polémica en su tiempo porque no toda la sociedad veía en aquel beaterio un lugar de oración… Y llega el turno de otra Mencía, la jadraqueña hija del conde de Cenete, mecenas del arte y gustosa del lujo. Tras Mencía, Ana de Mendoza, duquesa del Infantado que casó con Enrique de Nassau, a quien Velázquez inmortalizó en su conocido cuadro titulado “La rendición de Breda”. Esta mujer se relacionó en su estancia en Flandes con personajes de la época tan relevantes como Erasmo de Rotterdam, Luis Vives o El Bosco. Concluye “La Ciudad de las Damas” con Luisa de Mendoza, condesa de Saldaña de quien ya hemos dado antes referencias.

                  Lo dicho: gracias a Herrera Casado, Guadalajara ya tiene género y número: femenino singular. “Guadalajara, La Ciudad de las Damas” es un libro que hay que leer… y releer.

Cela, siempre en la Alcarria 80 años después

Exactamente el 6 de junio de 1946, acaba de hacer por tanto 80 años, Camilo José Cela Trulock (Iria Flavia, 1916 – Madrid, 2002) un entonces joven periodista y escritor novel —así, con la uve, que con la be de Nobel le llegaría 43 años después—, arribó en tren a Guadalajara con una mochila al hombro, un cuaderno con tapas de hule negro y un mapa Michelín de la zona para iniciar su viaje a la Alcarria. Dos años después, concretamente en marzo de 1948, se publicaría la primera edición del “Viaje a la Alcarria” completo, en la colección “Las botas de siete leguas”, de la Revista de Occidente, tras haber publicado en la revista “El Español” tan solo los tres primeros capítulos de la obra, a finales de junio del 46, unos días después de concluir el viaje. Unas desavenencias económicas entre la revista y Cela acabaron con la idea inicial de publicar por entregas en aquella publicación semanal el total del relato del viaje alcarreño. Durante año y medio, los recuerdos del viajero y escritor —más escritor que viajero si nos ceñimos a esta obra pues no es una guía de viajes sino una novela— y las apenas 20 páginas que anotó en su cuaderno con cubiertas de hule en el transcurso de su periplo alcarreño, permanecieron en el guardillón del olvido. No fue hasta finales de 1947 cuando llegó a un acuerdo con la Revista de Occidente y, en poco más de una semana, retomó y en algunos casos reescribió los capítulos que tenía ya escritos, concluyó los pendientes y el 2 de enero de 1948 entregó al editor el original completo de “Viaje a la Alcarria”. En menos de tres meses, el libro estaría listo para ser editado, cosechando desde el principio un importante y creciente éxito. Hasta ese momento, Cela solo había publicado tres novelas: La familia de Pascual Duarte (1942), Pabellón de reposo (1943) y Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (1944); una novela corta: Esas nubes que pasan (1945) y dos poemarios: Pisando la dudosa luz del día. Poemas de una adolescencia cruel y El monasterio y las palabras (ambos en 1945). Como periodista ya había dado muestras de ser un buen “plumilla”, obteniendo fácilmente el carné que le facultaba para ejercer la profesión que, entonces, se lograba con un simple examen, aunque unos años después, a finales de la década de los 50, se lo quitarían por publicar en Argentina “La Colmena”, tras no haber superado el original la censura franquista de aquella época de posguerra, especialmente dura. Curiosamente, el propio Cela trabajó para la censura durante un breve período de tiempo, si bien, según sus propias confesiones, lo hizo simplemente para ganarse un sueldo y parece que la ejerció con bastante laxitud y benignidad hacia los censurados, hasta el punto de que duró en ella lo que duran dos peces de hielo en un whisky “on the rocks”, como canta el gran poeta que es Joaquín Sabina. La familia de Pascual Duarte, Viaje a la Alcarria y La Colmena son consideradas, por una mayoría de críticos, las tres obras más importantes del escritor gallego, al menos las que le catapultaron hacia un notorio éxito, no solo nacional sino internacional, este último hecho avalado por la obtención del Nobel de Literatura en 1989. Vivía entonces de alquiler en El Clavín, la urbanización arriacense en la que se avecindó durante un tiempo, tras haber estado provisionalmente alojado por su amigo Paco García Marquina en el Molino de Caspueñas y después en el hotel La Cañada, en Horche. En ambas residencias temporales, ya emparejado con Marina Castaño, con quien inició relaciones antes de separarse legalmente de su primera mujer, Charo Conde, justo en la época en que escribió Nuevo viaje a la Alcarria, una segunda parte del primigenio y que no alcanzó la altura literaria de la primera. Tras residir de alquiler en El Clavín unos meses y con el dinero del Nobel —54 millones de las antiguas pesetas— aún calentito, Cela y Marina compraron el chalé de estilo inglés de los Cienfuegos en El Espinar, la zona ribereña del Henares que está entre Guadalajara y Fontanar, en el paraje de El Cañal, donde también vivió Marquina con Toya Velasco sus últimos años, tras dejar atrás el Molino de Caspueñas y la piscifactoría que allí tuvo durante un tiempo. El pintor alcarreño residenciado en Torija, Jesús Campoamor, y el propio Marquina, íntimos amigos de la pareja —Jesús lo sigue siendo de Marina, pero ésta no perdonó a Marquina algún comentario sobre ellos en su obra “Cela: Retrato de un Nobel”—, fueron quienes mediaron para que los Cela Castaño se compraran ese chalé, en el que se casaron por lo civil el 10 de marzo de 1991. Asistieron a la ceremonia 50 personas, de las que solo 8 estaban vinculadas con la literatura. En esos momentos, Marina movía más a Camilo por los platós de televisión y las revistas del colorín que por los círculos literarios. Precisamente ese trajín del ir y venir a Madrid a hacer caja, llevó a la periodista gallega a convencer a Camilo de que era mejor que vivieran en la capital que en Guadalajara, eligiendo la glamurosa Moraleja para hacerlo en detrimento de la bucólica ribera del Henares. Cela se resistió a ello lo que pudo; estaba aquí a gusto, pero tiraron más dos de lo que rima con carretas que las propias carretas tiradas por dos bueyes y, finalmente, en julio de 1997 el escritor marchó a vivir a Madrid, donde falleció cuatro años y medio después, apenas iniciado 2002. Que Cela marchó de Guadalajara a regañadientes no es que lo diga yo, es que lo dijo él mismo en su último artículo escrito aquí para su columna de ABC que titulaba “Desde el palomar de Hita”: “Ahora que me voy con la música a otra parte y no sin mi remota pena lastrándome el corazón y el güito del alma, quiero dejar paladina constancia de mi amor a Guadalajara, a cuyas piedras, a cuyas yerbas y a cuyos hombres expreso desde aquí mi gratitud por su mantenida hospitalidad”.

Cela, Quico y su mula camino de las Tetas de Viana, junio 1946. Foto: Karl Wlasak

Cela, desde que hace ahora 80 años iniciara su viaje a la Alcarria, jamás regresó ya del todo al Madrid de su residencia y a la Galicia de su nacencia. Jamás terminó de irse de aquí y jamás dejó ya de estar “siempre en la Alcarria”, como él mismo escribió y firmó de su puño y letra en el libro de honor de la Diputación. Lo hizo poco después de obtener el Nobel, en una de sus muchas visitas de entonces a la institución provincial, de la mano de Francisco Tomey, su entonces presidente, con quien trabó lazos de amistad personales y forjó nuevos vínculos con esta tierra a la que puso en el mapa mundial de la literatura, a la que regresó con frecuencia y en la que vivió hasta que se lo llevaron, no en una, sino en dos carretas. Se que hay un Cela persona y un Cela personaje polémico y poliédrico, a quien Marquina, que le conoció muy bien y sabía muy bien lo que decía, adjudicó adjetivos en vaivén como vital, lúcido, instintivo, individualista, contradictorio, ingenioso, gracioso, humano, tierno, pudoroso, vagabundo, farsante, fabulador, ineducado ceremonioso, ambicioso, ordenado, simétrico, trabajador, disciplinado, tenaz, minucioso, detallista, acaparador, fetichista, provocador, sincero descarnado, estratega…

Se que no gustó a muchos, especialmente a la izquierda por no ser uno de ellos —tampoco lo fue de la derecha porque, políticamente, siempre fue incorrecto e inclasificable—, ni tampoco al galleguismo militante por no escribir en “a nosa lingua”, en gallego. Se que hay muchas leyendas, rurales y urbanas, sobre él y su obra, algunas ciertas y otras bulos descarados. Pero, frente a todo ello, hay dos hechos incontestables: Fue Premio Nobel de Literatura en 1989, el último español en conseguirlo hasta ahora —ese galardón no lo dan en una tómbola—, y viajó a la Alcarria cuando a nadie le daba la gana venir a ella y se moría de hambre, pena y soledad en la posguerra civil, quedándose ya para siempre aquí.

Dos libros en el umbral

No solo imitando, sino doblando al siempre controvertido, pero incuestionablemente genial, Francisco Umbral, y su casi mítica frase —hoy se la calificaría de viral— con la que tanto impactó en abril de 1993 en el programa televisivo de Mercedes Milá que tenía por nombre “Queremos saber”, yo he venido hoy a esta “Misión al pueblo desierto”, que es como se titula mi blog en GD, a hablar de mis dos últimos libros: el poemario “El país de la palabra”, recientemente presentado en la Feria del Libro de Guadalajara y que ya motivó mi anterior post, y “El Guardilón”. Este nuevo es una recopilación y selección de la mayor parte de los artículos que he venido publicando mensualmente en el periódico Nueva Alcarria en los últimos ocho años y que presento la semana que viene.

Presentar dos libros con apenas tres semanas de diferencia puede ir en contra de mis propios intereses porque, al final, el principal mercado de ventas de los autores locales son los familiares, los amigos y el prójimo, o sea, los próximos, origen etimológico de esta palabra sinónimo de cercanía. No obstante, las circunstancias lo han querido así y, pese a estar ambos escritos hace ya tiempo, han terminado viendo la luz en esta primavera de manera casi simultánea. Podría haber aplazado a otoño la presentación de uno de ellos, pero hemos terminado por presentarlos con tanta cercanía en el tiempo a los dos, una vez que ya están editados. Aunque el mejor paño, en el arca se vende, los libros solo se han escrito cuando son leídos. Por tanto, no era una opción guardar uno de ellos en cajas de cartón hasta que hubiera corrido el aire lo suficiente desde la presentación del otro. Además, la temática y los géneros de ambos son muy diferentes.

Así las cosas, el martes, 2 de junio, a las siete de la tarde, en la sala multiusos del Centro San José, presentaré “El Guardilón”, una obra a la que tengo especial afecto desde su mismo título. Como no pocos lectores recordarán, especialmente los que hayan seguido más de cerca mi producción como periodista y escritor, este fue el título de un programa de radio que desde mediados de los años 80 hasta mediados de los 90, hicimos Javier Borobia y yo en Radio Guadalajara, primero siendo aún de la Rueda Rato de emisoras y, después, perteneciendo ya a Onda Cero. Ese programa, cuyo guion se escribía prácticamente en antena, era un canto al castellanismo y al guadalajareñismo, un retablo a pie-voz de los personajes, las historias y los latidos de nuestra tierra. Durante varios años lo hicimos Javier y yo solos, aunque frecuentemente llevábamos a algún invitado, siempre con la condición de que tuviera cosas que decir y las supiera contar. Por él pasaron desde Camilo José Cela —que nos dio la exclusiva, vía telefónica, de su “Nuevo viaje a la Alcarria”, 24 horas antes de que se comercializara la primera entrega de las tres de que constó su primera edición distribuida junto a la revista “Motor 16”— a Andrés Berlanga y su magistral “Gaznápira”, desde Josepe Suárez de Puga, contándonos el traslado del cadáver de su amigo José Antonio Ochaíta, desde Pastrana a Jadraque en junio de 1973, a Fernando Romo, hablándonos de su “Antorcha” y sus “Fuegos Fatuos”. Fernando siempre encendido por el teatro hasta que, demasiado pronto, hizo un mutis definitivo por el foro. También pasó por allí Juanjo Calvo, con su pasión ecologista y naturalista incontenible, y Santiago Bernal, el gran fotógrafo humanista que nació para Guadalajara en Segovia. Y, por supuesto, José Ramón López de los Mozos, el “elefantito sagrado” de la etnología provincial, como entre cariñosa y sarcásticamente le llamaba ese también gran etnógrafo y librero de antiguo que fue Sinforiano García Sanz, igualmente otra voz amiga del “Guardilón”. Como la del viejo y querido Doro, maestro peñalvero, no solo de escuela, sino sobre todo de vida; el hijo del “Tío Saluda”, una persona extraordinaria y un personaje entrañable a quien sigo echando de menos porque era el conocimiento, la bonhomía y el sentido común personificados. También fue guardilonero otro conocido peñalvero, Teodoro Pérez Berninches, alcalde entonces de este pueblo alcarreño, mielero ejerciente y personaje celiano que terminó siendo tan amigo del escritor que hasta estuvo con él en Estocolmo cuando recibió el Nobel de Literatura. La lista de invitados a aquel programa sería interminable, pero por economía de espacio la debo dejar aquí, no sin antes decir que algunos de ellos, no solo pasaron por el programa alguna vez, sino que terminaron siendo parte misma de él cuando Javier y yo decidimos que debíamos ser más de dos y pasar de pareja a grupo, para mejor seguir haciendo radio al emitir aquella tertulia de amigos comprometidos con Guadalajara que siempre fue “El Guardilón”. Así, en los últimos años, no solo fueron invitados, sino tertulianos habituales del programa, buenos amigos con mucho bagaje a sus espaldas, mucho conocimiento y mucha pasión por nuestra tierra; es el caso del ya citado Doro, de José Antonio Alonso, la voz serrana de todas las guadalajaras, y de Marcelino Ayuso, otro segoviano como Bernal que vino a trabajar a y por Guadalajara y trabajó por ella mucho y bien. Por cierto, el programa no solo se hizo en los estudios de la radio, también se emitió en directo una temporada, primero desde “La Tertulia”, el cálido café bar de José en el paseo de San Roque, hoy mutada su titularidad y su nombre al de “Vermutería”, y en el bar-restaurante “Yoqui”, donde Eugenio hizo siempre de inmejorable “mesonero” y estupendo anfitrión.

De aquel programa —que siempre guardaré en el rincón más cálido de mi corazón porque, además de lo mucho y bueno que viví con él, es geografía compartida con mi más que amigo, hermano, Javier Borobia y eso son palabras mayores—, tomé prestado el título para, durante los últimos ocho años, escribir mensualmente un artículo de fondo en Nueva Alcarria sobre costumbres y tradiciones, personas, personajes, historia e historias, arte y monumentos, artes plásticas y visuales, y literatos y literatura vinculados a la provincia. De esos casi cien artículos publicados, he revisado, seleccionado y estructurado, en cinco apartados, los que he creído que mejor han sobrevivido al paso del tiempo y he producido este “Guardilón”, hoy de papel, de mucho y buen papel. La obra la ha editado Aache, con su ya acreditada calidad editorial, siendo su maquetadora y diseñadora Águeda Herrera Bachiller, quien ha hecho un excelente trabajo, como en ella es norma porque de casta le viene a la galga, permítaseme la expresión. Su padre y fundador de la editorial, Antonio Herrera Casado, el gran historiador, escritor y cronista provincial, pese a estar jubilado y haber traspasado a Águeda la responsabilidad y la gestión de Aache, ha estado pendiente de todo el proceso de edición del libro porque lo lleva en la sangre, lo vive y, además, es amigo mío, lo que proclamo públicamente porque su amistad me honra y gratifica muy especialmente. El mismo Antonio, y el director adjunto de Nueva Alcarria, Pedro Villaverde Embid, me acompañarán en la presentación del libro, abriendo el acto la diputada de Cultura de la Diputación, Sabrina Escribano.

Os espero el 2 de junio a todos en la presentación de este nuevo libro, uno de los que más satisfecho me siento de la ya casi veintena que he escrito y publicado, porque hay muchas horas de investigación, documentación, planificación, escritura y pasión por Guadalajara puestas en él. Como también os espero al día siguiente, de 11,30 a 13,30 horas, en el stand de Valparaíso ediciones en la Feria del Libro de Madrid (Caseta 124), donde firmaré ejemplares de mis dos poemarios editados por esta prestigiosa casa granadina: “Ha callado el silencio” y “El país de la palabra”. Al final, ¿veis como es cierto que he venido a hablar, no de mi libro, sino de mis últimos libros? Más que doblando, triplicando a Umbral.

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