El árbol que no murió de pie

               Las recurrentes lluvias de las últimas semanas, que han encharcado los suelos al elevarse mucho los niveles freáticos de la tierra, y los fuertes vientos de las últimas jornadas, factores atmosféricos unidos a la notoria inclinación que ya presentaba y a su evidente vejez, han provocado la caída del único y señero pino de gran porte que quedaba en la plaza de España de Guadalajara. Fue el viernes, 13, a las 13 horas aproximadamente. Datos puntuales para la estadística y hasta para la especulación de quienes quieren ver lo que no es posible y se rinden o, cuando menos, juegan a la superstición.

Poco después de la caída del pino (de la especie halepense, o sea, carrasco para más señas), los operarios de la SAV, la eficiente y profesional empresa valenciana que gestiona los parques y jardines de Guadalajara, procedieron a trocear el árbol caído —como el nombre anterior que tenía la plaza, aunque aquellos caídos no eran vegetales, sino de carne, hueso, sudor y lágrima— y a llevar sus restos a vertedero. Guadalajara tiene un viejo sesentón y gran árbol menos en sus calles y plazas, y un tocón troceado y unas ramas repletas de agujas aún verdes, en el lugar donde se entierran, sin funerales, las cosas materiales al acabar su vida útil y los seres vivos, animales y vegetales, cuando mueren. Porque si también se muere el mar, como en la novela de Fernando Morán, el ínclito ministro de Exteriores de Felipe González —a quien ahora quieren cancelar quienes empequeñecen el partido que él mismo engrandeció—, igualmente se mueren las cosas de tierra adentro y mar afuera.

El último gran pino que quedaba en la plaza de España de Guadalajara de los que allí se plantaron hace más de seis décadas, ya es historia biológica y visual. Hasta poco después del mediodía del viernes, 13 de febrero de 2026, llegó su historia biológica, pero también la biográfica. Fueron más de seis décadas las que este árbol se constituyó en una figura notable del paisaje de esta plaza en la que se enseñorea el palacio del Infantado, pero en la que también estuvo en su día la histórica Academia de Ingenieros, abrasada y arrasada por un pavoroso incendio en 1924, el convento e iglesia de los Remedios y el viejo cuartel de Globos, albacara, casi adarve del Alcázar medieval que sigue muriéndose de olvido tras una última intervención brutalista en la que le pusieron un cinturón de hormigón para construir una pasarela que no lleva ni va a ninguna parte.

Un árbol, en este caso, el gran pino de más de 16 metros de altura, un perímetro troncal de 3 y otro de copa de 10, que se han llevado el viento —como la vida en la hacienda de Tara de Escarlata O´Hara y el capitán Rhett Butler— y el agua, mortalmente aliados con su inclinación previa y vejez, no es solo un elemento vivo del mobiliario urbano, es paisaje y memoria individual y colectiva. Quienes han visto ese pino carrasco y lo han asociado e, incluso, asimilado a su entorno, quienes se han refugiado bajo su sombra en verano o de la lluvia —pese a mojarse dos veces al hacerlo—, cuando ha llovido —no siempre y al gusto de todos—, seguirán manteniendo vínculos de familiaridad e, incluso, de afectividad, con ese árbol que hoy ya es pasto de vertedero tras un vendaval y varios aguaceros en esta tierra en la que nunca falta el sol, pero tantas veces se echa de menos el agua. Si así, tomados uno a uno los ciudadanos, como en las bellísimas “palabras para Julia” de José Agustín Goytisolo, con el pino caído van a morirse poco a poco los recuerdos que de él se tenían en individuales paisajes vitales, también se irá borrando, despacio pero inexorablemente, la memoria colectiva de quienes, de muchos en muchos tomados, allí vivieron, junto o cerca del árbol caído, momentos compartidos. Las plazas, las calles y lo que hay en ellas, no son solo espacios de tránsito o estanciales, son salón colectivo unas veces, jardín otras, y, siempre, paisaje, el lugar en el que transcurre la vida y suceden las cosas. Y quienes deambulamos por o estamos en ellos somos las figuras que completan esa escenografía urbana en la que pasa la vida, casi siempre de largo.

El añoso y gran pino de la plaza de España de Guadalajara que se han llevado el viento y el agua, en mortal alianza con su previa inclinación y acusada vejez, ya es solo un recuerdo. Podrán sustituirlo por otro árbol, de la misma especie o distinta, incluso el repuesto podrá adquirir tanto porte y vivir todavía más años que el que acaba de caer, pero ya no será el mismo árbol. Los árboles talados no se van para volver, como las oscuras golondrinas de Bécquer. Este, que, al contrario del árbol de la obra teatral de Alejandro Casona, no ha muerto de pie, este, ya no volverá.  

Piedra de Tamajón y sílex francés

Tamajón, más por su pasado que por su presente —difícil por su escasa población— y su futuro —complicado si no se toma en serio el necesario impulso revitalizador de la ruralidad, más aún la de montaña—, es uno de los municipios más señeros de las serranías de Guadalajara y puerta de entrada a una de las zonas más singulares de ellas, la sierra de Ocejón y la Arquitectura Negra. Tamajón fue, históricamente, una importante villa mendocina, con notables recursos y privilegios, además de cabecera de su amplia comarca. Incluso llegó a ser en el siglo XIX una de las cabezas de partido judicial de la provincia, compitiendo por este notorio rango jurisdiccional con Cogolludo, la gran villa pre-serrana del ducado de Medinaceli y cuyo imponente palacio ducal domina su plaza, no solo mayor, sino muy amplia, más aún que la de la propia capital de la provincia.

Tamajón tiene un buen alcalde desde hace muchos años, Eugenio Esteban de la Morena. Y digo que es un buen alcalde, no porque le conozca y aprecie personalmente, que también, sino porque sus propios vecinos avalan la bondad de su gestión al renovarle su confianza como alcalde cada cuatro años y, además, de manera explícita y contundente. Entre las no pocas cosas buenas que Eugenio Esteban está haciendo por Tamajón es justo destacar el apoyo activo y comprometido que viene brindando a los equipos de paleontólogos y arqueólogos que desde hace años trabajan en su zona porque es un auténtico paraíso para ellos. Allí se reúnen, en muy poca extensión de su término municipal, importantes yacimientos que van desde el cretácico superior —datado entre hace 100 y 66 millones de años— y el Último Máximo Glaciar (UMG) —datado entre hace 26.000 y 19.000 años—.

Estampa que aparece en la información sobre las excavaciones de Peña Capón en el Portal de Comunicación de la UAH

Solventes equipos científicos universitarios, especialmente los procedentes de la Universidad de Alcalá, hace ya tiempo que vienen trabajando en varias líneas de investigación en Tamajón, la primera de ellas en el auténtico zoológico cretácico costero-marítimo (hasta allí llegaban entonces las aguas del mar, sí) del que han aparecido huellas y otras evidencias que no solo se han quedado en sesudos estudios y trabajos de investigación publicados, pero solo de consumo endogámico en el ámbito de la Universidad, sino que han fructificado y se han visibilizado en el CIPAT (Centro de Interpretación Paleontológica y Arqueológica de Tamajón). Este tiene su sede en un local que en su día se construyó para acoger el centro de recepción de visitantes del ya caducado Plan de Competitividad Turística de la Arquitectura Negra (AN), aprobado en 2009, iniciada su actividad real en 2012 y finiquitado medio lustro después, tras una inversión, al menos inicialmente prevista, de casi 3 millones de euros. Ese proyecto de centro de acogida de visitantes de la AN, que nunca llegó a funcionar como tal, fue inteligentemente reutilizado por el alcalde de Tamajón y reconvertido en el CIPAT, que permanece abierto al público todos los fines de semana y festivos, y entre semana acoge a grupos de visitantes, previamente concertados. El CIPAT está dividido en dos espacios expositivos: el Área Paleontológica y la zona de la Piedra de Tamajón. En el primer y principal sector del centro, destaca la lograda maqueta, a escala real, de un cocodrilomorfo en su hábitat, de los que vivieron en aquellas tierras en el cretácico, a juzgar por las icnitas, sus huellas fósiles allí encontradas. Otros materiales paleontológicos recogidos en la zona se exhiben también allí, al tiempo que paneles y cartelas informativas. La histórica piedra de Tamajón está también representada y musealizada al tratarse de una singular roca calcárea utilizada secularmente en la construcción de muchos e importantes edificios, al tiempo que en la talla de notables elementos escultóricos. La propia piedra de la grandiosa fachada del palacio del Infantado es de Tamajón, de cuyas canteras también procedió gran parte de la piedra empleada en otros grandes edificios capitalinos, como la concatedral de Santa María, la iglesia de los Remedios o la remozada fachada de San Ginés, entre otros edificios de la capital y provincia.

El gran trabajo de investigación y puesta en valor del patrimonio paleontológico y arqueológico que se está haciendo en Tamajón es noticia recurrente pues cada campaña se aportan nuevos, interesantes e importantes datos; incluso algunos, importantísimos, como los recientes y últimos conocidos públicamente en los que se acredita que ha aparecido en la Peña del Capón —localizada en Muriel, una de las pedanías de Tamajón— una herramienta prehistórica de piedra tallada, fabricada con sílex de y en el suroeste francés. Este hecho evidencia que, en el período solutrense, dentro del UMG y por tanto hace más de 20.000 años, se producían desplazamientos de humanos de entre 600 y 700 kilómetros cuando, hasta ahora, en ese período, se creía que la movilidad del hombre no superaba los 200-300 kilómetros. No es un mero dato, y menos aún anecdótico, para los prehistoriadores pues eso implica que en aquel lejanísimo tiempo ya se tejieron unas redes sociales que comportaban intercambios materiales y culturales ente tribus muy alejadas geográficamente, hasta ahora no conocidos, con lo que ello comporta. El solutrense es uno de los primeros períodos en que ya aparece el homo sapiens o HAM (hombre anatómicamente moderno), cuando “apenas” unos miles de años antes desaparecieron los neandertales de las zonas de Europa donde se asentaron, ¿entre ellas Tamajón? En este sentido, me consta que, al menos, uno de los equipos de investigación que está trabajando en la zona tiene expectativas de no tardar en encontrar restos de esta población que, literalmente, se extinguió hace 28.000 años por causas endógenas —proceso evolutivo degenerativo extintivo de la especie—y exógenas —choque con el sapiens, no solo bélico, sino también bacteriano y/o vírico, al contagiarse de enfermedades y epidemias portadas por esta nueva raza y para las que los neandertales no tenían defensas—.

Como, a veces, casi todo queda en casa, al conocer la noticia anterior he recordado la novela prehistórica de Chani Pérez Henares, “El último bisonte”, en la que coexisten neandertales y sapiens, también en la zona de Tamajón, y guerrean violentamente entre ellos, imponiéndose los sapiens, aunque no siempre. Aquella fue, según el periodista y escritor de Bujalaro, “la primera guerra de la humanidad”. En esta misma novela, en la que también aparece la Cueva de los Casares, Pérez Henares lleva a dos de sus personajes protagonistas, “El Errante” y “El Autillo”, a un larguísimo y dificultoso viaje prehistórico que enlaza la zona de Tamajón con Atapuerca, el norte cantábrico español —Altamira incluida, por supuesto— y el suroreste francés, en concreto las cuevas de Gargas, Trois Frères y Chauvet. Precisamente de esa zona procede la “preforma de punta de proyectil follácea” de sílex hallada en Muriel, como avalan pruebas científicas de última generación, complejas e irrefutables. Dicen que la prehistoria es la ciencia más especulativa que existe, y es probable que así sea, de ahí que realidad y novela puedan ser, en este caso, casualidad o causalidad. Me inclino más por lo causal que por lo casual porque me consta lo bien que documenta sus novelas Pérez Henares y su amistad con importantes paleontólogos, entre ellos Nacho Martínez Mendizábal, uno de los principales responsables, si no el que más, del trabajo paleontológico y arqueológico que se está haciendo en Tamajón. En todo caso, les recomiendo, una vez más, que visiten el CIPAT, Tamajón y su bellísimo entorno serrano, y que lean la novela de Chani que, por cierto, ha tenido aún casi más éxito de ventas en Francia —editada por “Flammarion” y con el título de “Le chant du bison”— que en España. Ellos sí que saben. También de literatura y prehistoria.

La Sierra no quiere demonios en su jardín

                Trece municipios de las Serranías de Guadalajara del entorno de Atienza, Hiendelaencina y La Toba, incluso también uno de Soria vecino, Retortillo, a los que se vienen sumando otros de la zona de manera progresiva, están movilizándose social y legalmente para intentar frenar los proyectos de prospecciones auríferas en su territorio, presentados hace unos meses por la empresa Oroberia S.L.U. Estos proyectos están actualmente en fase de estudio de las solicitudes de las autorizaciones administrativas correspondientes, de las que es competente la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. La empresa antes citada se constituyó en Salamanca hace menos de un año y con un mínimo capital de 3000 euros, lo que hace, cuanto menos, temer sobre su solvencia financiera y capacidad empresarial y técnica, si bien, detrás de ella, parece estar una compañía australiana de pretencioso nombre: “Global Mining Enterprises”. El interés por el posible oro serrano guadalajareño llegado nada menos que desde las antípodas, radica en el “Reglamento sobre Materias Primas Fundamentales” de la UE, que está vigente desde abril de 2024, y bajo cuyo amparo legal se han producido las solicitudes de prospecciones que se han presentado divididas en tres zonas distintas y a las que, curiosamente, les han dado los nombres de “Guad”, “Ala” y “Jara”, o sea, los fonemas actuales del topónimo original de Guadalajara: “Wad-al-Hayara”. En este “río de piedras” con que bautizaron los musulmanes a la ciudad de Guadalajara que ellos mismos fundaron en el siglo VIII, los australianos, con algún socio estratégico español salmantino o simplemente un testaferro, quieren buscar oro, como ya lo hicieran antes romanos y árabes, de manera notoria en Hiendelaencina, si bien lo que más abundaba allí y se explotó durante mucho tiempo fue la extracción de la plata.

Vista de Atienza con dron. Foto Nacho Abascal

                Europa, tan lejos para tantas cosas, nos ha traído con lo que no deja de ser un reglamento minero puro y duro —basta ya de eufemismos, tan dados a ello en Bruselas— a unos explotadores de la lejanísima Australia que quieren buscar oro en una amplia extensión de casi 15.000 hectáreas —equivalente a dos mil más de las que se quemaron en el terrible incendio de la Serranía del Ducado en 2005— y con perforaciones en el subsuelo de hasta 400 metros de profundidad. Al menos de momento, e intuyo que va a haber perseverancia en ello, la zona ha mostrado su rechazo frontal a este proyecto por entender que  su impacto medioambiental sería extremo y muy perjudicial para un territorio, pleno de recursos y bellezas naturales, su gran activo y atractivo de presente y futuro, hasta  el punto de estar toda ella integrada en el amplio Parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara. El rechazo de la zona afectada al proyecto, también de carácter social pese a que es muy difícil movilizar un entorno tan radicalmente despoblado y envejecido, no solo se ha limitado a pancartas y concentraciones de protesta, generalmente en medio de la soledad y el silencio que allí reinan, sino que lo han encabezado casi una quincena de ayuntamientos con las alegaciones formales que han presentado y que, sin duda, han preocupado y ocupado a la administración regional. Independientemente de lo que diga la ley, no es lo mismo tramitar un expediente de estas características con la zona a favor, o, cuando menos, silente, que activamente en contra. De hecho, la Junta ya ha reaccionado a las solicitudes de autorización de prospecciones en las tres zonas antes aludidas, considerándolas fragmentaciones con ánimo de laxitud tramitadora y autorizante, y exigiendo que haya un único proyecto que englobe las 14.600 hectáreas afectadas, lo que obligará a una evaluación de impacto ambiental ordinaria, al menos teóricamente más rigurosa y extendida en el tiempo, y no solo simplificada, más ágil y liviana.

                Aunque, incluso, el hecho de que las prospecciones concluyeran en que era viable y rentable la extracción de oro en la zona y de ello pudiera derivarse generación de empleo y riqueza para ella —algo que estaría por ver con detalle pues no suele ser oro todo lo que reluce—, es evidente que sus (escasos) pobladores y, en este caso, también sus regidores municipales están yendo de la mano contra el proyecto, circunstancia que, al menos a mí, me ayuda a posicionarme de manera clara a favor de munícipes y vecinos. La sierra, además del viento, el sol y el agua, es de todos, sí, pero sobre todo de los serranos y, si ellos no quieren varios y profundos agujeros prospectivos en ella, primero, y después posibles minas, incluso a cielo abierto si el mineral se hallara a menos de 200 metros de la superficie, pues que Oroberia y su socio “aussie” se vayan a buscar el oro a Moscú o entre los canguros, los koalas, los wombats e, incluso, los demonios de Tasmania. La Sierra de Guadalajara no quiere demonios en su jardín.

44 años, 10 meses y 28 días

Toda materia tiene un principio y un final, aunque, como decía Lavoisier, “nada se destruye, todo se transforma”. Si la materia principia y finaliza de forma circular, los aconteceres de la vida de las personas se comportan de igual manera, aunque hay dos momentos rasgadores y rompientes en ella: el cese de la actividad laboral —vulgo, y sin eufemismos, la jubilación— y la muerte. A mi ya me ha llegado el primero y, espero, que el segundo tarde lo suficiente en llegar como para darme tiempo a hacer todas o, al menos, gran parte de las cosas que tengo pensadas —leer, escribir y viajar, fundamentalmente—, además de disfrutar de quienes quiero. Y ellos y ellas de mí, en justa reciprocidad, porque los quereres unidireccionales y no correspondidos son como el hablar del mudo, la música sin instrumentos o el amanecer sin sol. Andemos y veamos, como Ortega. Y Gasset, por supuesto. Muy brevemente, eso sí, porque el espacio, al contrario que el tiempo, no dan hoy para más y mis memorias profesionales podrían extenderse tanto como las célebres de Adriano de la novela de Marguerite Yourcenar.

Tomé posesión como funcionario de la Diputación Provincial de Guadalajara, en ese momento con contrato administrativo y en el puesto de auxiliar, el 2 de febrero de 1981. Tenía yo entonces 19 años y la fortuna de haber aprobado una prueba selectiva a la que nos presentamos casi 300 aspirantes para sólo 7 plazas. Yo ocupé la séptima y última. Los goles tienen a veces más valor en el último minuto que al inicio de los partidos porque ya son decisivos e incontestables. Presidía entonces la Diputación Antonio López Fernández, un ingeniero técnico de VICASA de raíces asturianas, concejal del Ayuntamiento de Azuqueca por la UCD, y que accedió a la presidencia por pura casualidad al haber presentado el partido fundado por Adolfo Suárez tres minutos tarde su candidatura al Ayuntamiento de la capital de la provincia, circunstancia histórica que supuso muchas cosas, pero fundamentalmente tres: Que Agustín de Grandes, que era el candidato de los centristas a la Diputación, no pudiera ser finalmente el presidente al anular la junta electoral central su candidatura; que el socialista Javier de Irízar fuera alcalde de Guadalajara, una de las ciudades de España con mayor número de votantes acreditados de centro y de derechas en esos momentos de la transición, y que el ya citado Antonio López fuera presidente de circunstancias de la Diputación, pero presidente al fin y al cabo. López era una buena persona, pero tenía pocas habilidades políticas y sus propios compañeros de aquella corporación provincial, monocolor de la UCD, terminaron ejerciendo el “cainismo” político con él. Le relevaron a la fuerza por Emilio Clemente Muñoz, un aparejador que era diputado por Molina, quien concitó el apoyo mayoritario de los diputados provinciales, pero no el del partido, cuya dirección provincial hubiera preferido la continuidad de López o, en todo caso, su relevo por el de Enrique Canales, alcalde de Almoguera, que finalmente fue el vicepresidente con Clemente. Éste apenas tuvo poco más de un año para gestionar la Diputación y evidenció ser bastante más político que su antecesor, pero su gestión la lastraron dos circunstancias, una interna y otra externa: surgió un escándalo con la adquisición de la finca de “Los Cabezos”, en Alcocer, para centro agropecuario provincial, un asunto turbio que nunca se terminó de esclarecer formalmente y en el que el que su verdadero muñidor no era, precisamente, Clemente, y, por otra parte, la UCD entró en descomposición en toda España y pasó de tener casi todo el poder institucional a la práctica desaparición. Los restos del naufragio centrista los recogió en la provincia, fundamentalmente, la Alianza Popular del, a partir de ese momento, todopoderoso Francisco Tomey, quien fuera presidente de la Diputación durante 16 años (1983-1999), el más carismático de cuantos he conocido. Mi vida profesional en la Diputación no empezó precisamente bien con él. De hecho, no le gustó un artículo mío con mucha carga irónica y, a pesar de ser yo funcionario de carrera, para evitar el “destierro” en el Hospital Provincial o en el Colegio San José, decidí anular la prórroga de la “mili” por estudios de la que entonces disfrutaba, al estar cursando Periodismo en la UCM, y poner tierra de por medio a ver si entretanto se calmaban las aguas corporativas. Cambié la plaza de Moreno por Atapuerca, y no es un recurso literario pues hice el servicio militar en un regimiento de caballería acorazada de montaña, el España 11, que entonces se acuartelaba en Castrillo del Val, el municipio burgalés en el que se asienta este importantísimo yacimiento arqueológico. Catorce meses después, cuando volví con la “blanca” —la cartilla militar— ya cumplimentada, Tomey ya había dejado atrás sus iniciales ímpetus de dominio de todo y de todos, y él mismo me propuso crear el entonces inexistente servicio de turismo, para, más tarde, sumar a él las responsabilidades de deportes y juventud. Aquella fue, sin duda, la etapa profesional de mi vida más gratificante, a la altura de la última que he vivido —y disfrutado— en el servicio de cultura. Entre medias, estuve 8 años en el Ayuntamiento de Guadalajara (1999-2007), como concejal del grupo Popular, presentándome en el primer mandato como independiente. De la política salí voluntariamente y más convencido de lo que entré. Fue Tomey quien, tras hablarlo con José María Bris, entonces Alcalde de la ciudad, me invitó a formar parte de aquel proyecto, pese a no ser militante del partido, porque valoraba mucho mi forma de pensar, sentir y trabajar. O, al menos, eso me dijo de manera convincente. Yo también terminé valorando mucho las suyas. Tomey ganaba mucho en las distancias cortas. Era una gran persona y fue un gran político que llevó a la Diputación a un nivel de gestión, inversión e influencia jamás conocidas hasta entonces. Terminé haciéndome amigo suyo a pesar de nuestras formas de ser —e, incluso, de pensar en no pocas cuestiones— bien diferentes y, sobre todo, de nuestras muy distintas responsabilidades ya que, mientras él era el todopoderoso presidente de la Diputación, yo no dejaba de ser un engranaje en ella. Tomey intentó hacerme más conservador y yo a él, más liberal. En todo caso, le recuerdo con mucho cariño porque, cuando me conoció de verdad, me obsequió con su afecto y tuvo la gran virtud de cambiar a mejor desde el poder, lo que no es precisamente fácil. Yo no juzgo las vidas privadas de nadie, como espero que no juzguen la mía, pero quienes intentaron derribarle —y terminaron consiguiéndolo con un nuevo “cainismo” de tufo “ucedita”— achacándole un enriquecimiento ilícito de 3000 millones de pesetas, bien saben que estaban invertidas en la provincia y no en su bolsillo. Como la justicia dejó bien claro, pero una vez que ya le había aplicado pena de “telediario” e “interviú”. Murió tranquilamente en su casa, después de oír misa en Santa María y tomarse una cerveza en El Vado, rodeado del reconocimiento general y del afecto de casi todos, incluso el de algunos que contribuyeron a su derribo y solo le pidieron perdón en privado. En mi despedida laboral de la Diputación he querido homenajearle de manera notoria y especial porque fue él quien más la engrandeció, aprendiendo siempre incluso de sus propios errores.

Último despacho de Jesús Orea en la Diputación Provincial. Foto tomada por él mismo un instante antes de apagar la luz y cerrar la puerta por última vez.

El pasado 30 de diciembre de 2025 me jubilé oficialmente como funcionario de la Diputación de Guadalajara, ocupando la plaza de jefe de la sección de administración de cultura y educación, exactamente 44 años, 10 meses y 28 días después de comenzar a trabajar en ella. Ha sido un placer y un honor servirla. Solo vale quien sirve, como decía el viejo lema de la OJE, en la que siendo niño me formé a la fuerza, pero en la que también aprendí valores. Me voy con la satisfacción del deber cumplido y con muchos compañeros y diputados a los que puedo llamar también amigos. Sobremanera a Javier Borobia, un verdadero y muy querido hermano, y a quien tanto he echado de menos en el día a día de oficina —y café— los últimos 16 años. Me voy pidiendo perdón a quienes pude defraudar de palabra, obra u omisión, y dando las gracias a todos porque de todos he aprendido algo. En los silencios hay mucha verdad porque en la palabra habita el ruido.

Hermano Jesús, hermana luna

Decía José Agustín Goytisolo a su hija, Julia, en sus inolvidables y hermosas palabras a ella dedicadas, que “la vida ya te empuja como un aullido interminable”. Puede haber, de hecho las hay, metáforas de la vida también muy bellas como ésta, pero no más expresivas. Ciertamente, la vida es y puede ser muchas cosas, infinitas cosas, pero cuando corre que se las pela, y siempre está corriendo desde que vemos la primera luz, parece un aullido de lobo en la noche, amedrentador e interminable. Esa es, al menos, la sensación que me produce el hecho de que, un año más, ya estemos en Navidad, un tiempo que tarda muy poco en llegar y menos aún en pasar por lo que parece que siempre estemos en él, esperándolo o ya metidos de lleno en sus días de espumillón y cava, de langostino y roscón, de lotería y otros afanes y azares.

Belén de la iglesia de Santa María de la Peña, Brihuega, 2025.


Cualquiera que haya leído este primer párrafo pensará, como pensaba mi padre, que estoy haciendo apología de que lo mejor que le puede pasar a la Navidad es que pase lo antes y más rápido posible. Y no es que él fuera una especie de “Grinch” que quisiera acabar con el espíritu y las formas navideñas, sencillamente es que echaba a muchas personas de menos en este momento festivo culmen del Adviento en que, al menos antes, la familia era el epicentro de todo y lo que daba sentido a casi todo. Por eso, cuantas más personas le fueron faltando a mi padre en Navidad, antes quería que pasase, porque los recuentos, cuando son en negativo por dolorosas ausencias, dejan de ser matemáticas y pasan a ser necrológicas. Pese a lo que pudiera parecer, a Juanjo, que es como llamábamos en familia y entre amigos a mi padre, le gustaba mucho la Navidad y hasta, ya camino de nonagenario, cantó villancicos incluso unos días antes de su muerte, que le sobrevino, inesperada y repentina, un 9 de enero. Cuando las navidades comenzaron a ser más de luto que de pañales, él dimitió de su entusiasmo por ellas y le pedía a este tiempo que se dejara de aullidos y que las horas no fueran interminables y se consumieran en minutos. Paradojas de la vida, vino a morir nada más terminar su última Navidad que él mismo quiso que discurriera lo más breve y rápida posible, puede que porque ya tuviera, como decía Cervantes, puesto el pie en el estribo con las ansias de la muerte.
No era mi intención, cuando he comenzado a escribir este artículo, que derivara en un planteamiento tan sombrío porque, aunque echo de menos a mucha gente muy querida y entre la que hay algunos que se marcharon bastante antes de lo que era razonable, tengo importantes motivos para mirar hacia adelante, fundamentalmente que en mi casa hay dos niños, Darío y Diego, y la Navidad es tiempo de cuna, hogar y calor familiar, de niños y esperanza. También de fe y de caridad, por supuesto, las tres apoyaturas que el cristianismo llama virtudes teologales. Tres puntos siempre definen un plano perfecto, garantizando que se apoye firme sin tambalearse.
Mi padre fue, con todos sus defectos, un maestro casi perfecto. Era un pedagogo vocacional, transversal e integral, y su didáctica, apabullante. Enseñaba siempre, siempre estaba enseñando, incluso con sus silencios. Mucho de lo que soy se lo debo a él y todo lo demás, que es muchísimo, se lo debo a mi madre: a Pilar, a Pili. Pero no quiero que las navidades sean tan breves como la visita de un médico, como Juanjo las quería, las prefiero como las asumía mi madre, con la bondad y ternura que le caracterizaban y que tenían un gráfico e irrepetible momento cuando montaba su belén. Un belén que instaló hasta dos meses antes de morir, cuando ya tenía 95 años y el corazón desgarrado por la muerte de dos hijos, cuchillo aún más hiriente que el de la senectud. Si hay algo terriblemente doloroso para una madre, doy fe porque he sido testigo directísimo de ello, es la muerte de un hijo; más aún la de dos como le sucedió a ella. A pesar de su dolor, a pesar de su avanzada edad, a pesar de todos los pesares, que fueron muchos, mi madre siguió montando su belén hasta en sus últimas navidades en 2022. Su belén, más que una geografía galilea, era casi un zoológico pues estaba lleno de animales: ovejas, cabras, gallinas, conejos, palomas… que ella colocaba con mimo y cariño para dar calor a ese niño Jesús precioso de su nacimiento, tan bello que su cara parecía un trozo de una luna caída en medio de la plaza, de cualquier plaza despoblada de la provincia, como dice una bonita seguidilla de Pastrana. Pili se comía a besos a su niño Jesús. Siempre se comió a besos a sus niños, también al de su singular belén que ella montaba con ilusión, incluso cuando la vida le había arrebatado casi todas las ilusiones. Más que en el belén de mi madre, está en mi propia madre el ejemplo de la mejor Navidad. Dios nace de verdad, todos los días y a todas horas, en corazones como el suyo. Y a quienes no crean en él y vayan a celebrar solo una Navidad por lo civil, hartos de casi todo lo material, pero vacíos espiritualmente, quiero que reflexionen sobre estos versos de la poeta bilbaína, Ángela Figuera, que dicen que “Cuando nace un hombre / todos tenemos un hermano”. Navidad es un apócope de natividad y es la historia de un niño muy especial que nace cada año, incluso en los corazones de quienes no le esperan.

El puente sin pecado original

Lo que suele pasar por debajo de un puente es agua o, cuando menos, entre sus ojos, pilares y tajamares debe haber un cauce si estamos en tiempos de sequía, algo que parece ser progresivamente más pertinaz, aunque de vez en cuando la excepción de la lluvia confirme la regla de la notoria falta de ella. Pero hay puentes, como el reciente de la “Inmaculada Constitución” —permítaseme esta licencia de sincretizar ambas fiestas con apenas 24 horas de distancia entre ellas, una por lo religioso y la otra por lo civil, que el calendario nos brinda cada año en vísperas de Navidad como su antesala—, por los que debajo de ellos no pasa el agua, sino una especie de ensayo de lo que está por venir —que eso y no otra cosa significa el tiempo litúrgico del Adviento— y que es la celebración del cumpleaños del niño Jesús, como dice mi nieto, Darío, mi pequeño precioso, mi cómplice, mi aliado con nombre de poeta y luces largas en los ojos.

                La de la Inmaculada, o la de la Purísima que tanto da, es la festividad más entusiastamente española de cuantas hay en el calendario cristiano. La cada vez menos católica España —al menos en número de practicantes, según confirman estudios y encuestas, pero que durante siglos estuvo considerada, junto con Irlanda e, incluso, por delante de Italia, como “la reserva espiritual de occidente”— fue la nación que, a través de su entonces muy influyente iglesia local, más empeño puso para que se declarara la virginidad de María como dogma. Fue el concilio de Trento, mediado el siglo XVI, el que ya proclamó que la Virgen estaba “libre de pecado”, si bien el dogma de la Inmaculada no fue confirmado oficialmente por el Vaticano como tal hasta mediado el siglo XIX cuando el Papa Pio IX, en la bula “Ineffabilis Deus”, así lo promulgó el 8 de diciembre de 1854, de ahí que se fijara en esta fecha la celebración de su festividad. Previamente, desde 1760, la Inmaculada Concepción de María ya fue declarada patrona secundaria de España; la primera, obviamente, era y es la Virgen del Pilar, aparecida según la tradición al apóstol Santiago en Zaragoza cuando éste ya desesperaba al ver que los pueblos ibéricos no renunciaban a sus dioses tribales y se negaban a aceptar a Jesucristo como su único Dios y Salvador.

Monumento a la Purísima Concepción, obra de José del Sol, en Taracena

Según he comentado, la iglesia española siempre fue muy entusiasta de este dogma que otras iglesias cristianas heterodoxas, como la protestante o la anglicana, cuestionan y se ciñen a hablar de él como de una tradición o lo limitan a estimarlo una advocación mariana más de tantas como hay. La españolidad, valga la expresión, del dogma de la Inmaculada es tan reconocida en Roma que hasta la llamada “Columna de la Inmaculada Concepción”, que data del siglo XIX y representa a la Virgen María, está situada en el centro de la capital italiana, en la Piazza Mignanelli, en la parte sureste de la popular Plaza de España, frente a la embajada de nuestro país. Incluso algunos Papas, como Pio XII y Juan Pablo II, se refirieron siempre a España como “la tierra de María” por la evidente devoción mariana de nuestro país, con infinidad de advocaciones locales extendidas por todo el territorio y, expresamente, por su fervor hacia el dogma de la Inmaculada. De hecho, la del 8 de diciembre, es una de las pocas fiestas nacionales religiosas “no sustituibles”, cuando en España cada vez son más reemplazables casi todas las fiestas —y otras cosas de guardar— por el centrifugado autonómico que prefiere festejar a sus propios “dioses”, santos y fastos tribales antes que los asumidos y compartidos con los demás pueblos hispanos, siempre vecinos y hasta hace poco también hermanos, pero que ahora ya no pasan de primos. Y cada vez más lejanos. Traza hoy una simple línea en un mapa que mañana será una frontera.

                Si, como hemos visto, la Inmaculada o la Purísima Concepción es una advocación muy española, también lo es muy guadalajareña. Esta afirmación es avalada por el hecho de que 28 pueblos de la provincia tengan dedicadas sus iglesias parroquiales a este dogma mariano; a ello se suman 8 ermitas con esta advocación, dos monasterios activos —las concepcionistas franciscanas de Guadalajara y Pastrana—y dos ya exclaustrados —Almonacid y Budia—. Curiosamente, las tres actuales cabezas de partido judicial de la provincia: Guadalajara, Molina de Aragón y Sigüenza, albergan monumentos dedicados a la Inmaculada o la Purísima Concepción, al igual que Taracena —el pueblo de mi madre y, por tanto, el mío, como siempre que tengo ocasión proclamo—, donde una extraordinaria imagen de la Virgen, obra de José del Sol, preside el atrio y dialoga con la iglesia a ella dedicada. Otras ocho localidades provinciales también tienen vínculos significativos con la Inmaculada, entre los que destacan que Molina celebre, en la víspera de su festividad, entre otros actos presididos por el fuego, la primera “misa del gallo” del tiempo de Adviento, gracias a una bula de León X que data de 1518, y Horche acoja sus doce “Hogueras de la Purísima”, tantas como hermanos tiene la cofradía de igual nombre cuya historia se remonta al siglo XVII. En Romanones, igualmente en la noche del 7 de diciembre, tienen lugar las hogueras o luminarias de la Purísima, un evidente rito purificador en el que los jóvenes saltan el fuego mientras dan vivas a la Virgen por su pureza y después se entregan a la pitanza comunitaria.

                Pasado su puente, hemos hablado de la Inmaculada, pero ¿y de la Constitución? Como a la rosa del poema más breve y bello de Juan Ramón Jiménez, “no le toquéis ya más” que así es ella.

El aire de Campoamor

No es la primera vez que cito a mi abuelo paterno, Juan, molinés de origen humilde que salió de su minúsculo pueblo natal, Otilla, en la primavera de su vida, oliendo a mula, oveja y boj, y regresó en el otoño avanzado, con uniforme de oficial de la Guardia Civil, mucho vivido y poco ya por vivir. Murió a los 87 años, quebrándose así su optimista voluntad de llegar a centenario. Juan Orea Segovia, que así se llamaba el padre de mi padre, decía en cada duelo o en sus vísperas, como si fuera una letanía, “que Dios te libre de la hora de las alabanzas”. Esa hora, generalmente, es ya la de la muerte, cuando en este país que entierra tan bien, según palabras de Alfredo Pérez Rubalcaba que van en la misma dirección que las de mi abuelo, descontamos todo lo malo y lo regular que pensamos de la persona fallecida y solo tenemos para ella palabras de elogio y reconocimiento que, generalmente, se las negamos en vida. Afortunadamente, este no es el caso del gran pintor alcarreño, Jesús Campoamor, uno de los artistas plásticos más importantes y renombrados de la provincia en las últimas siete décadas, y que, pese a ser ya nonagenario y gozar de una salud, sobre todo intelectual, admirable, en apenas tres años ha sido objeto de cuatro relevantes y merecidos tributos que, me consta por el afecto y la amistad que nos unen, ha recibido con especial emoción y gratitud hacia quienes los han promovido. Y no han sido los únicos reconocimientos que ha tenido, pero sí los más especiales para él.

Campoamor, arriacense de nación, azudense de afección, torijano de adopción y guadalajareño de vocación, fue nombrado “Hijo predilecto” de la provincia por la Diputación de Guadalajara en 2022, entregándosele la distinción con ocasión del Día de la Provincia que en ese año se celebró, precisamente, en Torija, donde Jesús vive, pinta y es muy feliz con su querida Delia desde hace ya muchos años. En 2024, el Centro Asociado de la UNED de Guadalajara, uno de los más activos y referenciales que tiene esta universidad pública en provincias de similar demografía, decidió otorgar el nombre de Jesús a su utilizadísima biblioteca, tanto que va necesitando progresivamente ampliar su espacio en su sede del Centro San José. En septiembre de este mismo año, el Ayuntamiento de Torija le nombró, oficialmente, porque en puridad ya lo era desde hacía varias décadas, “Hijo adoptivo” del municipio, y el viernes, 21 de noviembre, el Ayuntamiento de Azuqueca de Henares inauguró en su novísimo Centro de las Artes la sala de exposiciones que también lleva el nombre de Jesús, en base a dos hechos afectivos y objetivos: Allí vivió un amplio período de tiempo Campoamor y allí le nacieron cinco hijos, de los que algunos aún residen en el municipio, y el consistorio azudense ha considerado, con buen criterio, que él era la persona más adecuada para dar su nombre a esta nueva, amplia y bien dotada sala por ser uno de los pintores contemporáneos más importantes de la provincia. Jerarquizar importancias en algo tan subjetivo como el arte es como intentar embolsar agua en las manos, pero, sin duda, él está entre la nómina más escogida de artistas plásticos de Guadalajara de la segunda mitad del siglo XX y primeras décadas del XXI. Además, a su faceta de pintor de reconocido y reconocible estilo, suma la de escultor ocasional —su obra que representa a un personaje femenino sentada junto a un libro y que él tituló “Paz”, instalada en una mediana de la calle Alamín en su cruce con la avenida de Burgos, es de una delicadeza y una belleza singulares— y la de sensible poeta e impulsor de la poesía pues a él se le deben las Noches de Versos que se celebran cada año en Torija en el mes de julio desde hace ya tres lustros. En este enlace se pueden obtener referencias de su última edición en un post de mi autoría publicado en este mismo blog: https://guadalajaradiario.es/blogs/jesusorea/2025/07/21/quince-noches-de-versos-en-torija/

Como decía antes y no es la primera vez que lo hago ni creo que sea la última, profeso admiración y afecto a Jesús Campoamor a partes iguales y a ambos nos une una entrañable amistad, reciente en su actual y notoria intensidad. Siempre que él me requiera, estaré a su lado porque sé que disfruta de mi cercanía y yo de la suya. El río más joven, que en este caso soy yo, no pierde una gota de caudal, bien al contrario, si sigue el cauce del más veterano. Por ello, he estado encantado de acompañarle en todos los homenajes que se le han tributado en estos últimos años e, incluso, he intervenido a petición suya en los dos últimos, el más reciente, hace apenas unos días en Azuqueca, cuando se inauguró la estupenda sala de exposiciones que lleva ya su nombre. Como dije en el acto, inaugurando este Centro de las Artes y su sala de exposiciones “Jesús Campoamor”, el Ayuntamiento, de un “plumerazo” oportuno y bien medido, ha hecho buena la frase de Picasso según la cual “el propósito del arte es quitar el polvo a la rutina de nuestras almas”. Y Frida Kahlo, allá donde esté, en todo caso seguro que cerca de Diego Rivera, podrá seguir pintando flores para que no se mueran nunca.

Como decía Henri Bergson, yo prefiero seguir a mi corazón en lugar de a las masas. Y siguiendo mi corazón he estado, estoy y estaré tan cerca de Jesús Campoamor como él me reclame porque quiero que se me pegue algo de su talento y de su talante. No en vano, estamos ante el mejor embajador de esta provincia, como dice Pedro Aguilar siempre que tiene ocasión. Precisamente con este reputado periodista, escritor y profesor universitario, madrileño de nación y torijano de adopción, y con Jesús de Andrés, doblemente alcarreño por sus raíces en Castilmimbre y Valdenoches, vicerrector de centros asociados la UNED, politólogo y sociólogo de tanto currículo como prestigio, notable escritor y poeta a tiempo parcial, tuve el placer de compartir estrado, tanto en Torija como en Azuqueca, para introducir los homenajes allí recibidos por nuestro común, admirado y apreciado amigo, Jesús. Él es el pintor del aire de la Alcarria, ese aire que Cela, su buen amigo, definió en 1946, cuando viajó por primera vez a este país al que entonces no le daba la gana venir a nadie, como “limpio, lúcido, transparente y diáfano”. Así lo pinta, mejor que nadie, Campoamor en sus cuadros y, además, le pone color en función de lo que ve y lo que siente cuando tiene el pincel en la mano y la inspiración le coge trabajando en su estudio de Torija.

Guadalajara no tiene línea 27 de autobuses

Mi geografía personal, desde mi primer latido fuera del útero materno y como ya he relatado tantas veces, está estrechamente ligada al actual principal salón urbano de Guadalajara, que sin duda es la plaza de santo Domingo con su cercano pulmón verde y corazón multicolor que es el parque de la Concordia. Nací, hace tantos años que a veces no quiero acordarme de que ya he cumplido 64, en la clínica del Dr. Sanz Vázquez a la que, por cierto, ahora se le ven las desnudeces y casi hasta los tuétanos pues de su viejo edificio solo quedan las paredes mientras refuerzan la cimentación para, después, de abajo arriba, construir un nuevo centro sanitario solo conservando la piel de ladrillo del viejo. Singular y bonita y, por ello, catalogada y obligada a preservar al tiempo que las escaleras que unían la planta baja con la primera, situadas a la izquierda del pasillo de entrada principal al edificio. Esta ciudad que ha permitido con tanta ligereza que se demolieran muchos edificios históricos y singulares, a veces se pone contradictoriamente exquisita y obliga a preservar elementos puntuales de edificios relativamente recientes, como es el caso de esta escalera y de otros elementos arquitectónicos o decorativos puntuales en esta misma y otras construcciones que, no digo yo que no haya que conservar y menos aún si lo informan y aconsejan los técnicos municipales competentes, lo que me sorprende es tanto celo para lo episódico, incluso casi anecdótico, y tan poco, a veces, para lo verdaderamente sustancial, importante y trascendente.

Estado actual de la Clínica Sanz Vázquez con el busto de Alvarfáñez de Minaya en primer plano

Guadalajara es así, para lo bueno, lo malo y lo regular. Descuidada con aspectos relevantes de su patrimonio arquitectónico y monumental, también medioambiental, y preocupadísima algunas veces —pocas, eso sí, que las preocupaciones son para ciudades comprometidas y la nuestra no lo está consigo misma— por casos y cosas puntuales, tan puntuales que a veces rayan con la nimiedad, cuando no con el ridículo. Recuerdo hasta concejales —por otra parte, intelectualmente solventes y comprometidos, pero excesivamente maximalistas— atándose con cadenas a unas acacias porque las iban a talar para hacer el parking de la avenida de Castilla y la calle Rufino Blanco. También recuerdo que, siendo yo concejal de medio ambiente, parques y jardines incluidos, me montaron literalmente un pollo porque el ingeniero de montes propuso talar un olmo enfermo en la calle Julián Besteiro. El olmo estaba hasta arriba de grafiosis y le quedaba menos de medio telediario para caerse y hacer potencialmente daño a personas y bienes. También me quisieron echar a los leones cuando, con todo el dolor de mi corazón, accedí a que se sustituyeran las catalpas de la calle Virgen de la Soledad por prunos, siguiendo las recomendaciones del técnico municipal pues estaban todas ellas infestadas de fumagina, con riesgo evidente ya de caída de los árboles y de afectación del hongo a las personas. Por el contrario, cuando se me ocurrió plantar unas melias —de la variedad azedarach, vulgarmente llamadas cinamomos— en el barrio de La Rambla, en el parque Salvador Allende, que entonces apenas tenía vegetación y era un solárium de lagartijas —o regatinas, como las llaman en algunos pueblos de la Alcarria—, también me quisieron dar lo mío algunos miembros de la asociación de vecinos. Se escudaron para cuestionar aquella actuación en que, donde yo ordené plantar los árboles, además ya de cierto porte, para que dieran sombra en verano y oxígeno todo el año, durante tres días se colocaban algunos cacharritos de feria en las fiestas de la barriada. Curiosamente, como yo también era entonces concejal de festejos, aquellos mismos miembros de la asociación de vecinos de La Rambla me pidieron, apenas unos meses después, acabar con el modelo festivo de verbenas, puestos de morcillas y cacharritos de feria en el barrio para sustituirlo por uno solo de programación de actividades culturales, especialmente infantiles. Lo que, por cierto, me pareció estupendo y contaron con mi decidido apoyo, acabándose además así con algunos momentos de cierto peligro que se solían vivir allí al calor de la música y el alcohol en las verbenas. Y permitiendo a las melias seguir creciendo en paz. O no, porque les confieso que hace ya años que dejé de patearme hasta el último rincón de la ciudad, como tuve por costumbre durante los años que fui concejal (1999-2007), e, incluso, algunos después.
Como verán, empiezo ya a contar batallitas… Eso es signo de que ya se más por viejo que por diablo. Eso sí, que nadie se olvide que, como decía Góngora, “de caducas flores están hechas las guirnaldas”. Y don Luis, el cordobés, fue un poeta barroco, culteranista, que recargaba su poesía hasta el extremo, pero recuerden que la feliz, por extraordinaria, Generación del 27 se autodenominó así tras el homenaje a Luis de Góngora en Sevilla, en diciembre de 1927, con motivo del tercer centenario de su muerte. Y una gran profesora mía de literatura, Ángela Serrano, a quien le debo tanto como aprecio y admiro, cuando le pegunté, siendo yo aún preuniversitario, que cuál era el autobús que me recomendaba para ir por los mejores caminos de la literatura, me dijo convencida: “El 27, siempre el 27”. Lástima que no haya una línea 27 en las de autobuses de Guadalajara, ni siquiera la que lleva al barrio de Escritores.

La saga/fuga de Araúz de Robles

Como es archisabido, pero conviene recordar para quienes no se explican algunas cosas o lo hacen de forma muy simplista, gran parte de Molina es una paramera geográfica desde la noche de los tiempos, pero también demográfica desde los años 50 del siglo pasado, cuando vivió, más bien padeció, una despoblación masiva, casi diáspora, que aún hoy continúa sangrando gota a gota, persona a persona, al casi centenar de pueblos del Señorío de Molina que, todos juntos, apenas suman poco más de 7000 habitantes, de los que la mitad viven en la capital comarcal. En apenas 20 años (2004-2024), el Señorío ha perdido un veinte por ciento de la población y en los diez años anteriores (1994-2024) ya había perdido más de un 10 por 100. Entre las décadas de los años 60 y 90 del siglo pasado, el período de mayor pérdida poblacional que vivió la zona, de casi 30.000 habitantes pasó a tener apenas 11.000.

Del momento más álgido de aquel proceso despoblador de Molina, que tuvo lugar a finales de los años setenta y primeros de los ochenta, ya se encargó de escribir “Los desiertos de la cultura”, un extraordinario ensayo antropológico, Santiago Araúz de Robles, molinés de saga y cuna, pues su familia ya estaba arraigada desde muchos siglos antes en la Vega de Arias, la gran finca, incluso con ecos cidianos, que está en el término de Tierzo, cerca de las Salinas de Almallá, y que aún sigue perteneciendo a su parentela. Aquel ensayo de Araúz de Robles, editado por la Diputación Provincial en 1979 y reeditado en 2016, narraba con conocimiento y apego a la tierra y los hombres, con ternura y afectividad, al tiempo que con guiños costumbristas y divertidos momentos y anécdotas, el proceso migratorio masivo vivido en los años anteriores en el corro de pueblos más próximos a la Vega de Arias. Si alguien quiere conocer qué y cómo pasó y quiénes fueron los protagonistas, con nombres, apellidos y, por supuesto, motes, como allí es norma, de aquel duro tiempo de fuga poblacional, necesariamente ha de acudir a este libro de Araúz que, más de cuarenta años después de ser escrito, aún tiene plena vigencia. Solo permanecen las obras de esta tipología escritas con microscopio en el análisis , foco en el diagnóstico y prismáticos y luces largas en sus conclusiones. A poco que tengan oportunidad, vuelvan a “Los desiertos de la cultura”, si es que ya los conocen, y, si no, vayan por primera vez a ellos pues aprenderán mucho, al tiempo que disfrutarán bastante. No hay mejor didáctica que la que, mientras enseña, entretiene.

Pero Santiago Araúz de Robles —prestigioso abogado con despacho en Madrid, Jaén y Canarias, eficaz servidor público especialmente en tiempos de la ejemplar, añorada y bendita, aunque sea por lo civil, Transición política española, cuando contribuyó a municipalizar la red de Metro madrileña, impulsó el Centro para la Ordenación del Territorio y el Medio Ambiente (CEOTMA), reinventó y potenció el SEPES (la sociedad estatal de suelo), modernizó RENFE, dio armazón jurídica al Banco de Crédito Local y relanzó el Ministerio de Obras Públicas desde la subsecretaría que detentó siendo ministro Calvo Sotelo—, no concluyó con “Los desiertos de la cultura” su aportación al análisis del acusado proceso despoblador de Molina, sino que ha retomado su trabajo humanista y antropológico y nos ha regalado “Vísperas de la despoblación”, su última obra, también publicada por la Diputación. En ella, el autor nos cuenta a través de 37 capítulos, breves como un cohete que revienta en la altura, pero intensos como su estallido entre vencejos y palomas, casos y cosas de aquella Molina de los años cincuenta y sesenta, hoy perdida, pero cuya forma de vivir “valía la pena”. Esta expresión del propio Araúz resume paradigmáticamente sus “Vísperas de la despoblación” que fue presentada el sábado, 25 de octubre, en una de las salas del histórico Casino de la Amistad, de Molina, abarrotada de paisanos del autor que, pese a la tarde de perros que hizo, quisieron acompañarle en un acto que dice mucho, y bien, de Molina y de su gran abogado y escritor. Porque, sépanlo quienes lo desconocen o simulan desconocerlo, que Araúz de Robles, además de ser uno de los más importantes abogados españoles de su generación, también es un notable escritor que, no solo tiene como bagaje las dos obras ya citadas, sino otras muchas en variados géneros y estilos como el ensayo, la novela, la narrativa breve o el teatro. Santiago fue profeta el sábado 25 de octubre en su tierra molinesa con sus “Vísperas de la despoblación”, una precuela de “Los desiertos de la cultura” que ha resultado de unificar en un solo volumen las treintena larga de artículos que semanalmente publicó, entre 2023 y 2024, en el periódico “Nueva Alcarria” bajo esa misma y acertada cabecera. ¡Háganse con un ejemplar! En el Servicio de Cultura de la Diputación se lo facilitarán con gusto porque es una obra útil que está mejor en las manos de los lectores interesados que guardada en inútiles cajas en un almacén. Porque no hay nada más inútil que un libro que no se lee, aunque en realidad el inútil sea el potencial lector que desprecia leerlo.

Desciendo de Molina por vía paterna y siento aquella tierra como propia, por eso me duele verla cautiva de un poder ineficaz que, pese a no resolver sus problemas e, incluso, acrecentarlos o, cuando menos, cronificarlos, subyuga progresivamente a más votantes, algo que desconcertaría si no fuera porque la oposición política de Molina ni está ni se la espera. Y en vez de oponerse al gobierno y ofrecerse como alternativa, se opone a sí misma. Mal camino no lleva a buen pueblo, se dice por allí. Y se dice bien. Como antídoto a esta triste realidad política molinesa, propongo Araúz, mucho más Araúz de Robles, el hombre que triunfó fuera de Molina, pero siempre que puede regresa allí; el sábado, 25, en olor de multitudes en el Casino para arroparle en la presentación de sus “Vísperas de la despoblación”; muchas veces, simplemente a recogerse en soledad ante la tumba de su padre en el minúsculo cementerio de Tierzo. No obstante, como el propio Araúz, para ganar el futuro propongo a Molina que se guie por las ideas y las almas de sus gentes, tomadas persona a persona, y que pronto se ponga allí de moda el verbo volver. De lo mejor de la saga Araúz de Robles nos han llegado los más humanos y humanistas estudios para conocer y entender la fuga masiva de gentes —que en realidad no lo fue, pues fugarse es irse de un lugar voluntariamente y la gente marchó de allí con el corazón partido— de aquella histórica tierra. Torrente Ballester tenía a sus JB en su saga/fuga, nosotros tenemos a los Araúz de Robles; y, de entre ellos, a Santiago, el hombre al que, siendo niño, salvaron su vida unos amigos de juegos cuando se hundió en las gélidas aguas del Gallo tras romperse la capa de hielo en la que patinaban. No había entonces servicios públicos de emergencias; la emergencia la atendieron unos brazos amigos que lucharon contra el temor y el frío por salvar al niño Santiago. Molina necesita menos hielos y más brazos si quiere que éstas sean vísperas del regreso.

La saga/fuga de Araúz de Robles

                Como es archisabido, pero conviene recordar para quienes no se explican algunas cosas o lo hacen de forma muy simplista, gran parte de Molina es una paramera geográfica desde la noche de los tiempos, pero también demográfica desde los años 50 del siglo pasado, cuando vivió, más bien padeció, una despoblación masiva, casi diáspora, que aún hoy continúa sangrando gota a gota, persona a persona, al casi centenar de pueblos del Señorío de Molina que, todos juntos, apenas suman poco más de 7000 habitantes, de los que la mitad viven en la capital comarcal. En apenas 20 años (2004-2024), el Señorío ha perdido un veinte por ciento de la población y en los diez años anteriores (1994-2024) ya había perdido más de un 10 por 100. Entre las décadas de los años 60  y 90 del siglo pasado, el período de mayor pérdida poblacional que vivió la zona, de casi 30.000 habitantes pasó a tener apenas 11.000.

                Del momento más álgido de aquel proceso despoblador de Molina, que tuvo lugar a finales de los años setenta y primeros de los ochenta, ya se encargó de escribir “Los desiertos de la cultura”, un extraordinario ensayo antropológico, Santiago Araúz de Robles, molinés de saga y cuna, pues su familia ya estaba arraigada desde muchos siglos antes en la Vega de Arias, la gran finca, incluso con ecos cidianos, que está en el término de Tierzo, cerca de las Salinas de Almallá, y que aún sigue perteneciendo a su parentela. Aquel ensayo de Araúz de Robles, editado por la Diputación Provincial en 1979 y reeditado en 2016, narraba  con conocimiento y apego a la tierra y los hombres, con ternura y afectividad, al tiempo que con guiños costumbristas y divertidos momentos y anécdotas, el proceso migratorio masivo vivido en los años anteriores en el corro de pueblos más próximos a la Vega de Arias. Si alguien quiere conocer qué y cómo pasó y quiénes fueron los protagonistas, con nombres, apellidos y, por supuesto, motes, como allí es norma, de aquel duro tiempo de fuga poblacional, necesariamente ha de acudir a este libro de Araúz que, más de cuarenta años después de ser escrito, aún tiene plena vigencia. Solo permanecen las obras de esta tipología escritas con microscopio en el análisis , foco en el diagnóstico y prismáticos y luces largas en sus conclusiones. A poco que tengan oportunidad, vuelvan a “Los desiertos de la cultura”, si es que ya los conocen, y, si no, vayan por primera vez a ellos pues aprenderán mucho, al tiempo que disfrutarán bastante. No hay mejor didáctica que la que, mientras enseña, entretiene.

Portada del libro «Vísperas de la despoblación»

                Pero Santiago Araúz de Robles —prestigioso abogado con despacho en Madrid, Jaén y Canarias, eficaz servidor público especialmente en tiempos de la ejemplar, añorada y bendita, aunque sea por lo civil, Transición política española, cuando contribuyó a municipalizar la red de Metro madrileña, impulsó el Centro para la Ordenación del Territorio y el Medio Ambiente (CEOTMA), reinventó y potenció el SEPES (la sociedad estatal de suelo), modernizó RENFE, dio armazón jurídica al Banco de Crédito Local y relanzó el Ministerio de Obras Públicas desde la subsecretaría que detentó siendo ministro Calvo Sotelo—, no concluyó con “Los desiertos de la cultura” su aportación al análisis del acusado proceso despoblador de Molina, sino que ha retomado su trabajo humanista y antropológico y nos ha regalado “Vísperas de la despoblación”, su última obra, también publicada por la Diputación. En ella, el autor nos cuenta a través de 37 capítulos, breves como un cohete que revienta en la altura, pero intensos como su estallido entre vencejos y palomas, casos y cosas de aquella Molina de los años cincuenta y sesenta, hoy perdida, pero cuya forma de vivir “valía la pena”. Esta expresión del propio Araúz resume paradigmáticamente sus “Vísperas de la despoblación” que fue presentada el sábado, 25 de octubre, en una de las salas del histórico Casino de la Amistad, de Molina, abarrotada de paisanos del autor que, pese a la tarde de perros que hizo, quisieron acompañarle en un acto que dice mucho, y bien, de Molina y de su gran abogado y escritor. Porque, sépanlo quienes lo desconocen o simulan desconocerlo, que Araúz de Robles, además de ser uno de los más importantes abogados españoles de su generación, también es un notable escritor que, no solo tiene como bagaje las dos obras ya citadas, sino otras muchas en variados géneros y estilos como el ensayo, la novela, la narrativa breve o el teatro. Santiago fue profeta el sábado 25 de octubre en su tierra molinesa con sus “Vísperas de la despoblación”, una precuela de “Los desiertos de la cultura” que ha resultado de unificar en un solo volumen las treintena larga de artículos que semanalmente publicó, entre 2023 y 2024, en el periódico “Nueva Alcarria” bajo esa misma y acertada cabecera. ¡Háganse con un ejemplar! En el Servicio de Cultura de la Diputación se lo facilitarán con gusto porque es una obra útil que está mejor en las manos de los lectores interesados que guardada en inútiles cajas en un almacén. Porque no hay nada más inútil que un libro que no se lee, aunque en realidad el inútil sea el potencial lector que desprecia leerlo.

                Desciendo de Molina por vía paterna y siento aquella tierra como propia, por eso me duele verla cautiva de un poder ineficaz que, pese a no resolver sus problemas e, incluso, acrecentarlos o, cuando menos, cronificarlos, subyuga progresivamente a más votantes, algo que desconcertaría si no fuera porque la oposición política de Molina ni está ni se la espera. Y en vez de oponerse al gobierno y ofrecerse como alternativa, se opone a sí misma. Mal camino no lleva a buen pueblo, se dice por allí. Y se dice bien. Como antídoto a esta triste realidad política molinesa, propongo Araúz, mucho más Araúz de Robles, el hombre que triunfó fuera de Molina, pero siempre que puede regresa allí; el sábado, 25, en olor de multitudes en el Casino para arroparle en la presentación de sus “Vísperas de la despoblación”; muchas veces, simplemente a recogerse en soledad ante la tumba de su padre en el minúsculo cementerio de Tierzo. No obstante, como el propio Araúz, para ganar el futuro propongo a Molina que se guie por las ideas y las almas de sus gentes, tomadas persona a persona, y que pronto se ponga allí de moda el verbo volver. De lo mejor de la saga Araúz de Robles nos han llegado los más humanos y humanistas estudios para conocer y entender la fuga masiva de gentes —que en realidad no lo fue, pues fugarse es irse de un lugar voluntariamente y la gente marchó de allí con el corazón partido— de aquella histórica tierra. Torrente Ballester tenía a sus JB en su saga/fuga, nosotros tenemos a los Araúz de Robles; y, de entre ellos, a Santiago, el hombre al que, siendo niño, salvaron su vida unos amigos de juegos cuando se hundió en las gélidas aguas del Gallo tras romperse la capa de hielo en la que patinaban. No había entonces servicios públicos de emergencias; la emergencia la atendieron unos brazos amigos que lucharon contra el temor y el frío por salvar al niño Santiago. Molina necesita menos hielos y más brazos si quiere que éstas sean vísperas del regreso.

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