Toda materia tiene un principio y un final, aunque, como decía Lavoisier, “nada se destruye, todo se transforma”. Si la materia principia y finaliza de forma circular, los aconteceres de la vida de las personas se comportan de igual manera, aunque hay dos momentos rasgadores y rompientes en ella: el cese de la actividad laboral —vulgo, y sin eufemismos, la jubilación— y la muerte. A mi ya me ha llegado el primero y, espero, que el segundo tarde lo suficiente en llegar como para darme tiempo a hacer todas o, al menos, gran parte de las cosas que tengo pensadas —leer, escribir y viajar, fundamentalmente—, además de disfrutar de quienes quiero. Y ellos y ellas de mí, en justa reciprocidad, porque los quereres unidireccionales y no correspondidos son como el hablar del mudo, la música sin instrumentos o el amanecer sin sol. Andemos y veamos, como Ortega. Y Gasset, por supuesto. Muy brevemente, eso sí, porque el espacio, al contrario que el tiempo, no dan hoy para más y mis memorias profesionales podrían extenderse tanto como las célebres de Adriano de la novela de Marguerite Yourcenar.
Tomé posesión como funcionario de la Diputación Provincial de Guadalajara, en ese momento con contrato administrativo y en el puesto de auxiliar, el 2 de febrero de 1981. Tenía yo entonces 19 años y la fortuna de haber aprobado una prueba selectiva a la que nos presentamos casi 300 aspirantes para sólo 7 plazas. Yo ocupé la séptima y última. Los goles tienen a veces más valor en el último minuto que al inicio de los partidos porque ya son decisivos e incontestables. Presidía entonces la Diputación Antonio López Fernández, un ingeniero técnico de VICASA de raíces asturianas, concejal del Ayuntamiento de Azuqueca por la UCD, y que accedió a la presidencia por pura casualidad al haber presentado el partido fundado por Adolfo Suárez tres minutos tarde su candidatura al Ayuntamiento de la capital de la provincia, circunstancia histórica que supuso muchas cosas, pero fundamentalmente tres: Que Agustín de Grandes, que era el candidato de los centristas a la Diputación, no pudiera ser finalmente el presidente al anular la junta electoral central su candidatura; que el socialista Javier de Irízar fuera alcalde de Guadalajara, una de las ciudades de España con mayor número de votantes acreditados de centro y de derechas en esos momentos de la transición, y que el ya citado Antonio López fuera presidente de circunstancias de la Diputación, pero presidente al fin y al cabo. López era una buena persona, pero tenía pocas habilidades políticas y sus propios compañeros de aquella corporación provincial, monocolor de la UCD, terminaron ejerciendo el “cainismo” político con él. Le relevaron a la fuerza por Emilio Clemente Muñoz, un aparejador que era diputado por Molina, quien concitó el apoyo mayoritario de los diputados provinciales, pero no el del partido, cuya dirección provincial hubiera preferido la continuidad de López o, en todo caso, su relevo por el de Enrique Canales, alcalde de Almoguera, que finalmente fue el vicepresidente con Clemente. Éste apenas tuvo poco más de un año para gestionar la Diputación y evidenció ser bastante más político que su antecesor, pero su gestión la lastraron dos circunstancias, una interna y otra externa: surgió un escándalo con la adquisición de la finca de “Los Cabezos”, en Alcocer, para centro agropecuario provincial, un asunto turbio que nunca se terminó de esclarecer formalmente y en el que el que su verdadero muñidor no era, precisamente, Clemente, y, por otra parte, la UCD entró en descomposición en toda España y pasó de tener casi todo el poder institucional a la práctica desaparición. Los restos del naufragio centrista los recogió en la provincia, fundamentalmente, la Alianza Popular del, a partir de ese momento, todopoderoso Francisco Tomey, quien fuera presidente de la Diputación durante 16 años (1983-1999), el más carismático de cuantos he conocido. Mi vida profesional en la Diputación no empezó precisamente bien con él. De hecho, no le gustó un artículo mío con mucha carga irónica y, a pesar de ser yo funcionario de carrera, para evitar el “destierro” en el Hospital Provincial o en el Colegio San José, decidí anular la prórroga de la “mili” por estudios de la que entonces disfrutaba, al estar cursando Periodismo en la UCM, y poner tierra de por medio a ver si entretanto se calmaban las aguas corporativas. Cambié la plaza de Moreno por Atapuerca, y no es un recurso literario pues hice el servicio militar en un regimiento de caballería acorazada de montaña, el España 11, que entonces se acuartelaba en Castrillo del Val, el municipio burgalés en el que se asienta este importantísimo yacimiento arqueológico. Catorce meses después, cuando volví con la “blanca” —la cartilla militar— ya cumplimentada, Tomey ya había dejado atrás sus iniciales ímpetus de dominio de todo y de todos, y él mismo me propuso crear el entonces inexistente servicio de turismo, para, más tarde, sumar a él las responsabilidades de deportes y juventud. Aquella fue, sin duda, la etapa profesional de mi vida más gratificante, a la altura de la última que he vivido —y disfrutado— en el servicio de cultura. Entre medias, estuve 8 años en el Ayuntamiento de Guadalajara (1999-2007), como concejal del grupo Popular, presentándome en el primer mandato como independiente. De la política salí voluntariamente y más convencido de lo que entré. Fue Tomey quien, tras hablarlo con José María Bris, entonces Alcalde de la ciudad, me invitó a formar parte de aquel proyecto, pese a no ser militante del partido, porque valoraba mucho mi forma de pensar, sentir y trabajar. O, al menos, eso me dijo de manera convincente. Yo también terminé valorando mucho las suyas. Tomey ganaba mucho en las distancias cortas. Era una gran persona y fue un gran político que llevó a la Diputación a un nivel de gestión, inversión e influencia jamás conocidas hasta entonces. Terminé haciéndome amigo suyo a pesar de nuestras formas de ser —e, incluso, de pensar en no pocas cuestiones— bien diferentes y, sobre todo, de nuestras muy distintas responsabilidades ya que, mientras él era el todopoderoso presidente de la Diputación, yo no dejaba de ser un engranaje en ella. Tomey intentó hacerme más conservador y yo a él, más liberal. En todo caso, le recuerdo con mucho cariño porque, cuando me conoció de verdad, me obsequió con su afecto y tuvo la gran virtud de cambiar a mejor desde el poder, lo que no es precisamente fácil. Yo no juzgo las vidas privadas de nadie, como espero que no juzguen la mía, pero quienes intentaron derribarle —y terminaron consiguiéndolo con un nuevo “cainismo” de tufo “ucedita”— achacándole un enriquecimiento ilícito de 3000 millones de pesetas, bien saben que estaban invertidas en la provincia y no en su bolsillo. Como la justicia dejó bien claro, pero una vez que ya le había aplicado pena de “telediario” e “interviú”. Murió tranquilamente en su casa, después de oír misa en Santa María y tomarse una cerveza en El Vado, rodeado del reconocimiento general y del afecto de casi todos, incluso el de algunos que contribuyeron a su derribo y solo le pidieron perdón en privado. En mi despedida laboral de la Diputación he querido homenajearle de manera notoria y especial porque fue él quien más la engrandeció, aprendiendo siempre incluso de sus propios errores.

El pasado 30 de diciembre de 2025 me jubilé oficialmente como funcionario de la Diputación de Guadalajara, ocupando la plaza de jefe de la sección de administración de cultura y educación, exactamente 44 años, 10 meses y 28 días después de comenzar a trabajar en ella. Ha sido un placer y un honor servirla. Solo vale quien sirve, como decía el viejo lema de la OJE, en la que siendo niño me formé a la fuerza, pero en la que también aprendí valores. Me voy con la satisfacción del deber cumplido y con muchos compañeros y diputados a los que puedo llamar también amigos. Sobremanera a Javier Borobia, un verdadero y muy querido hermano, y a quien tanto he echado de menos en el día a día de oficina —y café— los últimos 16 años. Me voy pidiendo perdón a quienes pude defraudar de palabra, obra u omisión, y dando las gracias a todos porque de todos he aprendido algo. En los silencios hay mucha verdad porque en la palabra habita el ruido.












