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Un retrato épico de nuestra sierra norte

No ha supuesto para mi ninguna sorpresa encontrarme con una formidable novela, no sé si costumbrista, que se acaba convirtiendo en un retrato épico sobre los pobladores de la sierra norte de Guadalajara. Lo ha escrito uno de sus hijos, de los que se marchó fuera para estudiar leyes, pero que no ha olvidado un ápice sus orígenes, está orgulloso de ellos y nos los ha contado como solo un serrano puede hacerlo. Es Rufino Sanz Peinado. Algunos le conocerán por sus exitoso paso por la política y la administración regional y provincial; pero yo hace tiempo que lo tengo por un gran novelista que es capaz de construir un relato certero, apasionado y apasionante, que mete al lector en la trama de la novela hasta formar parte de ella. En su Viento Tingitano, que relata una crisis entre España y Marruecos  en la frontera de Ceuta, ya me demostró sus cualidades de novelista; con tanto impacto que no dejo de acordarme de ella cada vez que se complican las cosas en aquella frontera -y sospecho que con el agraviado Trump y el rey Mohamed, siempre a la que cae, podemos tener un buen susto-.

Entorno de Robleluengo, con sabinas, jaras y cantueso y el pico Ocejón viéndolo todo./Foto: S. Barra.

En este libro de sugerente título: “Cuando Dios gobierna de lejos” no están en juego las intrigas de la geopolítica sino que en un lenguaje a la manera del realismo castellano también usado por Cela o Delibes, Rufino Sanz nos descubre cómo era su pueblo durante un siglo -el que va desde la mitad del siglo XIX a la mitad del XX-, como solo lo podía hacer un paisano que bebe en las fuentes orales de su propia familia. Rufino acomete una tardea admirable, como es reconstruir esa sociedad con fuentes que están casi agotadas, por razones de edad, en un relato que ya es antropología porque ese pueblo y esa sociedad ya no existe, pero merece la pena que sepamos como era. La sierra de aquel periodo histórico era “una tierra, bella y miserable al mismo tiempo” a la que todas las instancias sobrenaturales y terrenales gobernaban de lejos, como si no estuviera. El Estado solo se acordaba de los vecinos de esos pueblos serranos para hacer leva de sus jóvenes hijos para ir a la guerra de Cuba, porque la tierra no daba para sufragar esos seis mil reales que costaba pagar a un sustituto que los reemplazara, como hacían las clases acomodadas de la capital y la Campiña. “Había preferido la  guerra a la esclavitud”, escribe Rufino. Para los que no tenían que vérselas con los rebeldes cubanos, apoyados por la Norteamérica que empezaba a suplantarnos como imperio en América, les esperaba una dura prueba, primero de zagales, luego de pastores y finalmente de mayorales. Como esta sierra del antiguo común de Ayllón era al mismo tiempo bonita y despiadada, que “no podía mantener a sus animales en invierno”, todos los años cuando llegaba octubre había que recoger el ganado y llevárselo en trashumancia hasta Extremadura en un largo viaje que pasaba por Madrid y las llanuras manchegas del Guadiana.  Era un viaje iniciático para los zagales, porque los ponía a prueba y solo los más resistentes la superaban para volver y volver, año tras año. Aquellos pastores no esperaban gran cosa de la vida, apenas les bastaba con sobrevivir, porque entre tantos males que les podían ocurrir “no esperaban grandes noticias favorables; confiaban, sobre todo, en que no hubiera hechos nuevos que menoscabaran su esperanza de asistir a la llegada de un mes de mayo alegre». Pocos libros como este son capaces de trasmitir lo que era una constante en el medio rural castellano, aquello que podemos llamar resignación, esa especie de fatalismo por el que nos vale seguir como estamos sin aspirar a más.  Eso los que sobrevivían, porque “en los inviernos moría en Aldeanegra más gente que en las primaveras y en los veranos, tal vez por el frío, tal vez por el hambre, tal vez por la melancolía provocada por la ausencia de los que estaban tan lejos tanto tiempo”.

 Una ausencia que marcaba a fuego la vida en estos pueblos serranos, que en invierno solo acogían a mujeres, viejos y tullidos, por lo que la muerte de un mulo podía ser también la de su dueño al carecer de sustento para seguir labrando la tierra o acarrear con la leña del monte.  El Estado se llevaba a los hijos a la guerra, allá en el Caribe, pero se desentendía de las familias que aquí quedaban. Podían morir en la batalla sin que se comunicara el fallecimiento a sus seres queridos, por lo que las mujeres apenas salían de casa desde que se le llevaron al hijo, que hasta luto se ponían: “Cinco años ya. Todavía no ha vuelto y nada se sabe de él”.  

La ausencia está siempre presente en el libro. Ya sea la del hijo que está por Cuba, a saber, o la del marido que lleva a sus ovejas por la meseta sur durante siete meses y solo tiene noticias del nacimiento de un hijo o de la muerte de un padre por cartas que no llegan antes de un mes.  En Aldeanegra, las mujeres esperaban y esperaban: «El aguardiente, que endulzaba el carácter durante un instante y luego lo agriaba, que despistaba unas horas a la recurrente tristeza, que combatía el insomnio cuando el cansancio no era suficiente, que destrozaba y corroía a muchas mujeres poco a poco, era un bálsamo que se utilizaba para combatir ora la soledad, luego el hambre, por la noche la necesidad de un varón, de nuevo el hambre, otra vez la soledad».

Así era Aldeanegra, así eran los pueblos de nuestra sierra norte, habitados por individuos que no esperaban nada ni a nadie y que se conformaban con que siguiera todo igual.

El libro nos retrata con serenidad y realismo, sin exageraciones pero tampoco sin dejarse nada fundamental, la vida de una comunidad cerrada que usaba un léxico especial, con modismos y vocabulario, que ahora puede estar en desuso, pero que en su mayor parte sigue estando en el diccionario. Rufino Sanz ha tenido el acierto de recordarlo, y yo particularmente se lo agradezco, porque ya forma parte de nuestro patrimonio cultural: “Gueña, alverjanas, vallicos, cervunos, dalle, zarzo, cascarrias, mataduras, barboquejo, zoruza, aguazo, arpar leña, piales, verdijas, zahones, carlancas, chasgarrillos”.

Cabría decir para finalizar que Aldeanegra es Robleluengo, Cantalashayas es Cantalojas o con Rioca se está refiriendo a Riaza. Pero tampoco es estrictamente verdad, porque estos pueblos y su sociedad actual poco tienen que ver con los del libro. El progreso por fin llegó a la sierra norte de Guadalajara, ya no hay forasteros sino turistas, que llegan al reclamo de esa pizarra negra que tan bien queda en las fotos y que es producto de una arquitectura popular en la que convivían a partes iguales humanos y animales. Tiempos nuevos que a Marcos Robledo le habría costado entender. Pero es el progreso.  

LA FRASE: «Estoy seguro de que en los próximos años Putin va a llevar a cabo una guerra híbrida contra Europa y su objetivo continúa siendo el de debilitar las instituciones. Piensa que si destruye la unidad europea, Rusia será el poder hegemómico del continente.Le interesa la cizaña y para ello se aprovechará de las grietas que existen. En España hay grupos independentistas, que considero marginales, que Putin ve como puntos vulnerables del sistema.No estaría de más investigar los movimientos financieros en ese ámbito». MIJAIL JODORKOVSKI, empresario y disidente Ruso.

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