Aunque no le falta razón a Rainer Maria Rilke cuando dice que “La verdadera patria del hombre es la infancia”, me salgo del carril al reivindicar como mi parque preferido a uno que solo he podido conocer de mayor: el parque lineal del Alamín. Los parques de mi infancia son el de La Concordia y menos los de San Roque y la Fuente de la Niña, subrayando del primero la bondad de la reforma que se hizo cuando fue concejal Paco Borobia en el último ayuntamiento del anterior régimen. Desde entonces, la ciudad tenía una deuda pendiente con el barranco del Alamín, una zona degradada desde la edad Media porque estaba a extramuros (conviene recordar que Guadalajara mantuvo en pie sus murallas hasta casi finales del siglo XIX en que se dejó actuar a la piqueta municipal para facilitar la expansión de su núcleo urbano). El barranco del Alamín no solo constituía una vergonzosa división clasista de la ciudad sino un atentado a la higiene urbana. Era una rambla inmunda que se inundaba con las lluvias que bajaban aguas vivas barranco abajo y era el reino de los roedores, que alcanzaban tamaños descomunales. Por ello, lo primero que hubo que hacer fue encauzar todo aquello en unos nuevos colectores que se empezaron a hacer en el mandato del alcalde Antonio Lozano Viñés y que se terminaron con Agustín de Grandes, otro alcalde emprendedor y de muy positivo legado ciudadano.
Hubo que concluir primero el colector para dar el definitivo paso adelante, como fue convertir ese inmenso estercolero en un parque urbano. Y eso se hizo bajo mandato de otro gran alcalde, este ya de la democracia, José María Bris, y con dos inquietos concejales de parques y medio ambiente, Eugenio del Castillo y Jesús Orea, en dos fases. En la primera se limpió de arriba a abajo el barranco de toda clase de residuos (desde un wáter viejo a un somier de la época de Romanones) tanto solidos como vegetales y se creó la infraestructura por la que discurriría el actual canal que recibe las aguas del arroyo del Sotillo y las aguas vivas de la lluvia. En una segunda fase cristaliza el proyecto de parque lineal que ejecutó con gran acierto la sociedad Aguas de Valencia y se plantaron numerosas especies arbóreas, sobre todo álamos, chopos, tilos y juncales. En total fueron unos 130.000 m2 de actuación, casi 5 veces más que el parque de La Concordia, la emblemática actuación de principios del siglo XIX a partir de unas eras sobre las que la ciudad llegó a un acuerdo o concordia.
Este parque lineal, que nace en río Henares y llega a los nuevos desarrollos hasta casi la A-2, es mi favorito porque tiene de todo. Un recorrido suficiente y casi llano para hacer ejercicio, frondosos árboles para liberarnos del sol del verano y siempre nos acompaña el agua, que si no se estanca, es muy agradable. Este último siempre ha sido el principal problema del parque, por lo que requiere de un mantenimiento suficiente que lo evite.
Como conclusión: estamos ante la última gran actuación medioambiental que permitió la expansión de la ciudad hacia esas aguas vivas que antes citaba, y que ya ha llegado hasta los olivares de Taracena. Un parque ejemplo de la nueva Guadalajara que ya frisa los cien mil habitantes y que curiosamente no tiene un nombre oficial. Con escasa esperanza, porque esta ciudad, cada vez más sectaria y divisiva, tiene alergia a reconocer los méritos de los que la fueron armando con los tiempos, y sobre todo si están vivos, me atrevo a proponer que este parque sin nombre oficial lleve el del alcalde que lo hizo posible: José María Bris, y que descubran con él la placa Jesús Orea y algún familiar de Eugenio del Castillo, que ya no está con nosotros. Y esto es lo que hay.
No todos los que se dedican o se dedicaron a la función pública son unos golfos aprovechados. Aunque le estulticia de alguno hace que lo parezca.


