Archive for febrero, 2021

“Solo Sé Subir”

               No esperaba nada de San Valentín porque, con el debido respeto, a mi se me antoja un santo que, más que elevado a los altares celestiales por la “corte” vaticana, parece haber sido puesto en los escaparates terrenales por El Corte Inglés, esa mercantil tan lucrativa que da y quita galones de ciudad allá donde abre tienda. O la cierra, o la deja entreabierta, como es nuestro caso. A Guadalajara nos hizo subir un par de peldaños en esa jerarquía de urbes allá en 2007, cuando se inauguró su centro en el complejo Ferial Plaza, pero ahora nos va a bajar uno al transformarlo en un simple “outlet”, que viene a ser como un gran bazar de saldos, más parecido a los almacenes madrileños “SEPU” -acrónimo de Sociedad Española de Precios Únicos-, que a un Corte Inglés de primera división.


Escudo de armas de Leonor de Aquitania

Lo dicho, esperaba poco o nada de San Valentín y el hombre -es un decir- se presentó con un libro, algo que agradezco sobremanera porque, como ya he manifestado por activa y por pasiva -incluso también por perifrástica, lo que cultivo en exceso-, la lectura es para mí como el bálsamo de fierabrás para los tantas veces molidos huesos de Don Quijote. Y el libro en cuestión no era uno cualquiera, se trata de “Aquitania”, la obra de la que es autora la vitoriana Eva García Sáenz de Urturi, premio Planeta de novela 2020. Cuando huelo a papel impreso, mi epitelio olfatorio hace la ola y los dedos se me hacen huéspedes; supongo que el hipocampo de mi cerebro, al oler a tinta, me retrotrae a aquellos felices años aurorales en el mundo del periodismo cuando comencé a aprender el oficio de la mano de dos grandes maestros y amigos, Salvador Toquero y Santiago Barra. Trabajando codo con codo con ellos en la imprenta De Mingo, donde se editaba entonces nuestro recordado y querido “Flores y Abejas”, efectivamente nos envolvía un singular e inolvidable olor a tinta fresca. La de “Aquitania” estaba ya bien seca cuando abrí el libro, pero el tacto del papel impreso jamás lo sustituirá la virtualidad, por muchas virtudes que ésta tenga. Alertados y activados mis sentidos por olores y tactos de tan grato recuerdo, al tiempo que avivado mi espíritu por poder imbuirme en la gran aventura que siempre es leer un libro, pronto me subyugó la escritora vitoriana a la que ya había leído su exitosa trilogía que comenzó con “El silencio de la ciudad blanca, siguió con “Los ritos del agua” y concluyó con “Los señores del tiempo”. Sáenz de Urturi escribe muy bien, perfila magníficamente los personajes, crea buenas tramas principales y secundarias, las anuda con habilidad y buenos recursos y sus desenlaces suelen ser atinados, casi siempre cerrados con punto y seguido, más que final, sin duda de forma intencionada porque eso le deja abierta la posibilidad de escribir secuelas y seriar, un gran recurso para fidelizar lectores. “Aquitania” es una novela que, según su propia autora, está entre “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco, y “Juego de Tronos”, de George R. R. Martin; bueno, eso dice ella, porque de la novela gótica de Eco yo solo veo coincidencia entre los libros envenenados de la abadía y la ponzoña con la que matan en Santiago de Compostela al padre de Eleanor (Leonor) de Aquitania, la protagonista de la novela, mientras que de “Juego de Tronos” son parangonables incestos, ambición y lucha por el poder. En todo caso, “Aquitania” es una buena novela histórica, aunque puede que los historiadores no estén muy contentos con ella porque la autora se ha permitido muchas licencias, incluso cronológicas, dando argumentos a quienes denuestan este género por utilizar personajes y hechos históricos para jugar con ellos al antojo del autor, como si de un guiñol se tratara. Pese a ello, la obra consigue captar el interés del lector desde el primer momento y éste es consciente de que no está ante un tratado de historia, sino disfrutando de una novela con mimbres de “thriller”, ambientada en el siglo XII y protagonizada por una interesantísima mujer que llegó a ser reina de Francia y de Inglaterra y fue madre de diez hijos, algunos de ellos con tanto peso en la historia -y en la leyenda- como Ricardo I Corazón de León, Juan I sin Tierra o Leonor de Castilla, la esposa de Alfonso VIII. Aquitania era en aquel tiempo un potentísimo ducado francés, con más extensión y recursos de todo tipo que la Isla de Francia, la región parisina de la corte gala. El poder de la casa aquitana, según la novelista, creció y se sustentó en un lema privado que es el que da título a esta entrada: “Solo Sé Subir”. Así le cuenta en la novela Guillermo X, duque de Aquitania, a su hija Eleanor lo que significa para ellos ese lema: “Es toda la sabiduría de nuestro linaje condensada, la respuesta a toda decisión que hayas de tomar en la vida. Elige siempre la que te permita subir. Solo subir. ¿Cómo crees que los duques de Aquitania somos lo que somos y hemos llegado hasta aquí? Porque solo sabemos subir”. Cuando leí estas líneas, mi pensamiento se transportó en un instante del medievo al tiempo actual. “Solo Sé Subir”, más que un lema de panoplia y escudo de armas de un ducado, parece el leitmotiv de una significativa parte de la clase política de nuestro tiempo, aunque más que de subir, cabría hablar de trepar. La ambición desmedida y el no importar el camino sino la meta -vuelve Maquiavelo con su fin que justifica los medios para conseguirlo-, son dos señas de identidad y comportamiento de un amplio número de los políticos de hoy que, lejos de servir, se sirven, y que, en vez de aportar soluciones, crean problemas. La erótica del poder hace ya tiempo que es pura pornografía.

40 años

               Hay fechas muy especialmente señaladas en la vida de las personas: la de su propio nacimiento, las de su bautizo y primera comunión si se es cristiano, las de su licenciatura o graduación en la universidad, si se ha dado el caso, la de su matrimonio si se ha pasado por el altar, el juzgado o el ayuntamiento para dar carta de naturaleza jurídica eclesiástica o civil a las relaciones de pareja, las de los nacimientos de los hijos, si es que han venido al mundo porque cada vez se les olvida nacer a más niños, las de las muertes de los seres queridos, etc. etc. He dejado intencionadamente excluida de esta lista abierta una fecha particularmente señalada en la vida personal, la del primer día de inicio en el mundo laboral, y lo he hecho adrede porque, precisamente, el pasado día 2 de febrero hizo 40 años que comencé yo mi andadura profesional en la Diputación Provincial de Guadalajara. Al hilo de esta efeméride, más que de mi vida personal, que poco importa a la mayoría, voy a reflexionar sobre la evolución en estas cuatro décadas de la institución provincial, deteniéndome especialmente en cómo fue aquella primera corporación para la que comencé a trabajar, al tiempo que obligadamente me referiré a la maximalista evolución demográfica de la propia provincia.

               La Diputación a la que yo entré a trabajar en el invierno de 1981, con diecinueve años recién cumplidos, vivía entonces su primer mandato democrático, tras casi 40 años de franquismo en que los diputados provinciales eran elegidos por una pseudodemocracia orgánica, y los presidentes nombrados por los gobernadores civiles, quienes inspeccionaban y controlaban férreamente a las corporaciones provinciales, perdiendo éstas prácticamente su autonomía institucional. La primera corporación provincial democrática tras el franquismo (mandato 1979-1983) la conformaban 25 diputados provinciales, todos ellos de la UCD, pese a que ésta no pudo concurrir a las elecciones a la alcaldía de la capital por presentar su lista electoral tres minutos más tarde de la hora fijada como final del plazo. Aquél sorprendente hecho, en el que tuvo que ver mucho -más bien, todo- que el gobernador de turno –Fernando Domínguez– quisiera controlar la lista que la UCD pretendía presentar en un tic aún franquista, se tradujo en que el partido de Adolfo Suárez, que arrasaba en la capital y en la provincia en las primeras convocatorias electorales generales y municipales, no pudiera hacerse con la alcaldía capitalina y ésta fuera a parar a manos del PSOE porque los centristas pidieron la abstención a sus votantes. Con esta estrategia tendieron una alfombra a Javier Irízar para que, con el apoyo del PCE, pudiera hacerse con el sillón de primer munícipe en la casa consistorial, que ya no desocupó en 12 años. Así las cosas, ni Luis Suárez de Puga pudo ser el alcalde de Guadalajara, como con toda probabilidad hubiera ocurrido de no mediar el fiasco de los tres minutos pues él era el candidato de la UCD, ni Agustín de Grandes el presidente de la Diputación, que a su vez era el postulado por los centristas para ocupar este cargo. Finalmente, la presidencia de la corporación provincial recayó en Antonio López Fernández, un ingeniero asturiano de VICASA, concejal de Azuqueca de Henares por UCD, al que el “cainismo” político de la multitud, más que mayoría, de los 25 diputados provinciales suaristas, obligó a dimitir en 1982 para dar paso a la presidencia de Emilio Clemente. Éste, un entonces joven aparejador molinés, fue llevado al poder por la mayoría de sus compañeros de corporación, que se rebelaron contra los designios del partido, forzando primero la caída de López y negándose después a apoyar al candidato oficial a relevarle, que era Enrique Canales, alcalde de Almoguera, quien hubo de conformarse con la vicepresidencia.

Fachada principal del palacio de la Diputación según el proyecto original de sus arquitectos, Marañón y Aspiunza, realizado en 1879.

               Así de convulsas estaban las cosas cuando yo entré a trabajar en la Diputación porque la democracia recién estrenada aún andaba a gatas a no pocos niveles y, sobre todo, porque no hay peor cuña que la de la misma madera, y los 25 diputados del mismo partido que conformaban la corporación provincial, lejos de formar un sólido equipo de gobierno, a veces daban la sensación de ser chiquillería mal avenida, jugando a un juego que les superaba. No obstante, aquella corporación fue decisiva para impulsar los planes provinciales de obras y servicios en la provincia, para aumentar la plantilla provincial y ajustarla a las nuevas necesidades y competencias que los vientos democráticos habían traído, máxime cuando aún las “nacionalidades y regiones” eran solo preautonomías, y para acercar la administración provincial a sus verdaderos administrados, que son los ayuntamientos, a través de la creación de los centros comarcales de asesoramiento. Antonio López Fernández era una gran persona, pero no fue un buen político, y vino a ocupar la presidencia de la Diputación de manera imprevista y a tiempo parcial. Emilio Clemente sí demostró ser bastante más político y tener más mano izquierda que su antecesor, aunque su presidencia siempre estuvo condicionada por la forma levantisca en que le auparon a ella sus compañeros y, especialmente, porque coincidiendo con su llegada al poder provincial, la UCD se estaba desintegrando a nivel nacional. Como es sabido, los restos del naufragio de aquel primer y gran proyecto de Suárez, que tanto hizo por el advenimiento de la democracia a España, se repartieron entre la entonces AP de Fraga -la principal beneficiada-, el democristiano PDP -que terminó, primero pactando con AP y después integrándose en el PP– y el CDS, la opción resiliente suarista para mantener un centro que duró “lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”, como canta Joaquín Sabina en “19 días y 500 noches”.

               Se da la curiosa circunstancia de que, en 1981, cuando aún casi imberbe comencé mi andadura profesional en la Diputación, la provincia de Guadalajara marcó con 143.473 habitantes su mínimo de población de toda la serie histórica, mientras que, a 1 de enero de 2021, aunque con datos de la revisión oficial de julio de 2020, ha alcanzado 263.019 habitantes, su máximo poblacional también histórico. Pero bien sabido es que en estos cuarenta años la provincia se ha partido en dos realidades demográficas muy distintas: la del entorno de la capital y el Corredor del Henares, que aglutinan el 80 por ciento de la población provincial, y el resto del territorio, que solo suma el 20 por ciento y que presenta 170 ayuntamientos con menos de 100 habitantes. Las comarcas de las Serranías del Norte y el Señorío de Molina son las que han acusado esa sangría demográfica de forma más notoria. La comunidad autónoma en la que nos integraron a empujones, Castilla-La Mancha, y que es la que verdaderamente tiene competencias y recursos para hacer política territorial, pese a la dialéctica toledana pro-ruralista que nunca falta, ha sido incapaz de frenar ese proceso y dudo que tenga capacidad para revertirlo. Entre tanto, la Diputación Provincial ha ido perdiendo competencias, recursos económicos y plantilla, pero, pese a ello, cada vez se ha hecho más necesaria para aportar respiración asistida a los ayuntamientos más pequeños de la provincia, que no son mayoría, sino multitud. 

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