Archive for julio, 2014

Escultor en Nueva York

 

                Afirma un dicho popular, genuinamente guadalajareño, que “igualito es ir a Madrid que hablar con el “Ordinario. El “Ordinario” era un servicio diario de transporte, ida y vuelta, a Madrid, que no sólo traía y llevaba paquetería entre nuestra ciudad y la capital, como hacen las mil y una empresas de este tipo que hay ahora (SEUR, Envialia, MRW, etc.), sino al que también se le hacían encargos muy particulares, como por ejemplo la compra de libros de texto que aquí no se vendían, o cualquier otro tipo de recado. El “Ordinario” tenía su oficina y almacén en la plaza de Oñate, junto al portón trasero de los jardines del Palacio del Infantado, en la que te solucionaban un encargo de o para Madrid con absoluta eficacia y a precio razonable, sin necesidad de ir  a la capital; pero, efectivamente, como apunta el dicho, “igualito” era encargar algo al Ordinario a Madrid que ir tu mismo, sobre todo en aquellos años –hablamos de los cincuenta, sesenta y aún setenta del siglo pasado- en que se iba bien poco a la capital de España porque la frecuencia, velocidad y comodidad de los medios de transporte eran “igualitas” a las de ahora…

En parecida línea a la del dicho del “Ordinario”, mi admirado y querido director en los tiempos pioneros de Radio SER-Guadalajara (otoño del 82 y meses siguientes), Juan de Dios Rodríguez, titula su blog –al que recomiendo encarecidamente entrar porque es de los que merecen la pena en fondo y forma- “Nunca estuve en Nueva York” –www.leyendaviva.blogspot.com-, que me suena a variación de esa recurrente frase-broma que dice: “Yo he estado en Nueva York una o ninguna veces…”. Por cierto, como dice mi maestro y amigo Juan de Dios, yo tampoco he estado nunca en Nueva York, si bien reconozco que es una de las ciudades a las que más me apetece ir pues tengo la sensación de que, aunque sea una urbe enorme en las tres dimensiones –muy ancha, muy larga y muy alta-, con la cantidad de veces que aparece en televisión y, sobre todo, en el cine, voy a poder moverme por ella incluso sin necesidad de GPS, como si hubiera ido, no ninguna, sino al menos dos o tres veces. Pero “igualito” es ver Nueva York por la tele o el cine, que darte un paseo por Central Park, caminar por la Quinta Avenida, ver una obra de teatro en Broadway o ir de compras al Soho

creeft Quien sí fue a Nueva York en 1929 y se quedó allí hasta su muerte en 1982, a la longeva edad de 98 años, fue un paisano nuestro, José de Creeft, que está considerado como uno de los grandes escultores del siglo XX, hasta el punto de tener obra permanentemente expuesta en el Museo de Arte Moderno –el reconocido y célebre MOMA– y ser el autor de uno de los más destacados conjuntos escultóricos que hay en Central Park, dedicado a “Alicia en el País de las Maravillas”, una auténtica pieza mayor de la escultura del XX y en la que a diario se fotografían miles y miles de personas, especialmente niños, como es obvio, dada su composición, figuración y temática. Junto a esta escultura, una placa de bronce recuerda la fecha de su instalación (1959) y, entre otros datos, reconoce a José de Creeft como autor de la misma.

José de Creeft, hijo de militar destinado en Guadalajara –como ocurrió con otros célebres artistas y literatos españoles, como, por ejemplo, Leopoldo Alas “Clarín”, José Ortíz Echagüe o Antonio Buero Vallejo– nació en nuestra ciudad en 1888, exactamente en la vivienda que hoy hace esquina entre la calle de San Gil y la calle Museo –Dr. Benito Hernando-; una placa lo recuerda, si bien cabe matizar que la casa original fue derribada hace una decena de años, aproximadamente, aunque la placa se preservó durante la demolición y, con buen criterio, se reubicó en la fachada de nueva construcción. Pero, por fortuna, no sólo esta huella física y real de José de Creeft queda en la ciudad, a pesar de que en ella apenas vivió su infancia, para marchar después a Madrid, a Barcelona, a París –donde creció definitivamente como escultor y se llegó a relacionar con el gran Rodin– y, finalmente, a Nueva York, donde fijó su residencia definitiva desde 1929 hasta su muerte en 1982, y donde está enterrado. Como decía, la huella de De Creeft en Guadalajara no sólo permanece en su casa natal, sino que también un parque/plaza de la ciudad lleva su nombre y una escultura suya, que es el busto de su propio autorretrato, es propiedad del Ayuntamiento, tras ser generosamente cedida por sus familiares, hecho que contribuyó a recuperar su nombre y su obra para su ciudad, a pesar de que él sólo fue figura de nuestro paisaje urbano en su más tierna infancia. No obstante, mi amigo y hermano Javier Borobia dice, y, como siempre, muy bien y muy bonito dicho, que “la infancia es la verdadera patria de los hombres”.

Placa Escultura José de Creeft en Central Park          Como ya he comentado, nuestro paisano José de Creeft llegó a Nueva York, para después establecerse definitivamente allí, en un año tintado en negro de luto en el calendario vital norteamericano y aún mundial: 1929, el año del “crack” de la Bolsa neoyorkina que tanta penuria llevó a tantos hogares, no sólo norteamericanos, y que supuso un terremoto y una catarsis en las teorías y, sobre todo, en las praxis económicas, que a raíz de aquello hubieron de revisarse y renovarse. Casualmente, en 1929 se desplazó también a Nueva York, para vivir allí durante unos meses, el gran poeta español de la generación del 27, Federico García Lorca. En ese tiempo, Lorca escribió una de las que, a mi juicio, es de sus mejores obras, titulada, como casi no podía ser de otra manera, “Poeta en Nueva York”, de la que entresaco estos versos, a mi juicio bellísimos:

“(…)Debajo de las multiplicaciones

hay una gota de sangre de pato.

Debajo de las divisiones

hay una gota de sangre de marinero.

Debajo de las sumas,

un río de sangre tierna.

Un río que viene cantando

por los dormitorios de los arrabales,

y es plata, cemento o brisa

en el alba mentida de New York (…)”

Setenta años después de que José de Creeft y Lorca coincidieran en Nueva York y éste último escribiera su “Poeta” allí, nuevamente un gran poeta español, José Hierro, escribió otro  gran poemario en y sobre la ciudad que muchos consideran como la capital del mundo, titulado “Cuaderno de Nueva York”, del que también entresaco unos versos para cerrar el post de hoy con el que, parafraseando al gran Cervantes, ya pongo el pie en el estribo con las ansias de… las vacaciones. Como siempre, a Comillas, donde el pie de las montañas está al borde del mar, cerca de la indeleble y extraordinaria huella que dejaron en esa hermosa villa santanderina, hoy Cantabria, el gran Gaudí y otros modernistas, entre ellos escultores casi coetáneos de De Creeft como Llimona o Domenech y Montaner. Os dejo con estos seis versos de José Hierro y su “Cuaderno en Nueva York”, con la sugerencia de que lo leáis completo, aprovechando el relajado y ocioso tiempo de verano:

Bebo el último whisky en el “Kiss bar”,

la última margarita en “Santa FE”,

rodeo luego la ciudad y su muralla de agua.

Desisto de adentrarme en su recinto.

Solo deseo ya dormir, dormir,

tal vez soñar.

 

De Letras femeninas y con mayúsculas

Dos extraordinarias mujeres de letras (mayúsculas) nacidas en la provincia de Guadalajara, Aurora Egido (Molina de Aragón, 1946) y Clara Sánchez (Guadalajara, 1955), han sido protagonistas en las últimas semanas de dos importantes y muy positivas noticias, algo que en los tiempos de tanta grisura y pesares que nos condicionan se agradece, y mucho, y que son recibidas con alegría, como la amada recibía el regreso de su “señor” a Guadalajara y lo comparaba con el nacimiento en ella de un rayo de sol, según se recoge en una de las primeras veces, si no la primera misma, que se citó a esta ciudad en una creación literaria, gracias a Yehuda Halevi, quien, a finales del siglo XI o principios del XII, escribió estos preciosos versos en una jarcha mozárabe:

 

Des cuand mio Cidiello viénid

                        Tan buona albischara

                        Com rayo de sol éxid

                        En  Wadalachyara

 

(Cuando mio Cidiello (mi señor) viene

            ¡qué buenas albricias!

            Como un rayo de sol sale

            en Guadalajara)

 

Efectivamente, se puede considerar como una excelente noticia el hecho de que la filóloga molinesa, Aurora Egido, haya pronunciado hace apenas un mes su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua (RAE), en el que ocupa como titular el sillón B (mayúscula), que previamente detentaba, hasta su fallecimiento, el gran cineasta, José Luis Borau. Aurora Egido es catedrática de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza, especialista en el “Siglo de Oro” y destacada estudiosa de la obra de Baltasar Gracián. Precisamente, su extenso discurso de ingreso en la RAE –¡conformado por más de 350 folios, que se dice pronto…!-, lo dedicó a este gran escritor y pensador jesuita aragonés del siglo XVII, autor del “Criticón”, y llevó por título “La búsqueda de la inmortalidad en la obra de Baltasar Gracián”.

Por su parte, Clara Sánchez, nacida en Guadalajara pero estrechamente vinculada a Galápagos, que, como ya destacamos en su día en este mismo blog (http://guadalajaradiario.es/blogs/jesusorea/2013/10/17/planeta-guadalajara), es la única escritora que ha ganado tres de los más importantes premios de novela en lengua española: el Planeta (2013), el Nadal (2010) y el Alfaguara (2000), acaba de ganar también el prestigioso Premio Roma, en Italia, a la mejor novela extranjera, con la misma obra que triunfó en el Planeta: “El cielo ha vuelto”. A Clara Sánchez, después de triunfar en España con ese trío de “ases” de la novela nacional que conforman el Paneta, el Nadal y el Alfaguara, le ha venido a la mano un cuarto “as” para reunir un “póker” con este importante premio italiano, lo que es prueba irrefutable de que su literatura es de la mejor y por ello hasta soporta traducciones y es exportable, no en vano su obra está en proceso de traducción en quince países. Después de tantos y tan importantes premios y el favor que goza por parte del público pues sus libros se venden muy bien –el mejor premio para cualquier escritor-, es evidente que nuestra paisana es uno de los referentes literarios principales en el ámbito de la novela española en estos principios del siglo XXI, que es cuando más ha sobresalido su obra.

Salvo error u omisión, Aurora Egido es la segunda guadalajareña, tras Buero Vallejo, en ocupar sillón en la RAE en sus 300 años de historia, que se cumplieron precisamente el año pasado y que se van a conmemorar con la última edición en papel de su célebre diccionario, que saldrá el próximo otoño y que alcanzará ya la vigésimo tercera. Las nuevas tecnologías sustituirán a las clásicas y la próxima edición de este importante diccionario ya será sólo virtual.

La molinesa Aurora Egido es la novena mujer en ocupar un asiento como académica titular entre los 46 que tiene la RAE, siguiendo la estela de grandes escritoras y filólogas como Carmen Conde –la primera mujer que entró en ella, en 1979-, Elena Quiroga, Ana María Matute –recientemente fallecida-, Carmen Iglesias, Margarita Salas, Soledad Puértolas, Inés Fernández Ordóñez y Carmen Riera.

La curiosidad por indagar en la obra de Aurora Egido me ha llevado a echar un vistazo a la de Baltasar Gracián, de la que como ya he comentado es su principal estudiosa en la actualidad. Gracián fue un pensador y escritor de referencia para otros posteriores tan importantes como los alemanes Schopenhauer o Nietzsche, y autor de tratados de ética y moral muy célebres, como “El Criticón”, “El Político” y “Oráculo manual y arte de prudencia”, entre otros. Leyendo algunos de estos textos de Gracián, he tomado nota de los siguientes aforismos contenidos en ellos y me he permitido asignárselos a algunos políticos españoles de hoy; pero sin acritud alguna, como diría Felipe González:

 

–           A Mariano Rajoy: Algunos quieren que su extremada perspicacia domine sobre las limitaciones de sus colaboradores. Es una peligrosa satisfacción que merece un castigo fatal. La grandeza del superior nunca disminuyó por la competencia del subordinado”.

 

–           A Alfredo Pérez Rubalcaba: “Es una máxima de los prudentes dejar las cosas antes de que ellas los dejen”.

 

–          A Artur Mas: “Otra de las máximas de los prudentes es no seguir adelante en la necedad”.

 

–          A Pablo Iglesias (“Podemos”; por cierto, ¿no es la traducción literal del “Yes we can” de Obama?, ¡copiota!): “Es muy importante distinguir al hombre de palabras del hombre de hechos. Los presuntuosos se satisfacen con el viento. Las palabras deben ir acompañadas de hechos y así tienen valor”.

 

–          A Pedro Sánchez: “No comenzar con demasiada expectación. Es un chasco frecuente ver que todo lo que recibe muchos elogios antes de que ocurra no llegará después a la altura esperada. Lo real nunca puede alcanzar a lo imaginado”.

 

Y, para terminar, un aforismo de Gracián para todos en general y para nadie en particular: “Písese siempre firme en el medio y no se vaya por extremos, que son peligrosos todos”.

Crónica festiva de la reconquista de Guadalajara (y III)

 La noche de San Juan de 1085

Después de mucho divagar sobre los acontecimientos que precedieron a la reconquista de Guadalajara a los árabes, cúmplenos hablarles del hecho concreto que propició el retorno de la capital de las guadalajaras a la cristiandad, después de cerca de cuatro siglos de dominio musulmán.

Muchas son las posibilidades que se barajan en torno a la forma en que Guadalajara pasó a ser dominio de la corona castellana. De la fuente de cada historiador a la que hemos acudido a beber, manan aguas de diferentes calidades y cantidades, aunque cada una de ellas, por sí misma, se bastaría para calmar la sed historiográfica, unas por su rigor, otras por su ingenio novelado e, incluso, alguna por su fantasía desbordante.

  Layna Serrano, por ejemplo, opina que la ciudad de Guadalajara fue reconquistada antes que la de Toledo, otorgando al capitán “zamorano, primo, amigo y asesor del Cid”, Alvarfáñez –las últimas investigaciones apuntan a que no era zamorano, sino burgalés, concretamente de la zona de Urbaneja, ni tampoco primo, amigo o asesor del de Vivar–  el protagonismo de nuestra reconquista. Layna piensa que Guadalajara se rindió a las tropas castellanas sin que mediara lucha alguna, tras una posible capitulación de los notables de la ciudad, que pactarían con Alvarfáñez las condiciones de la entrega, sin contar con el vecindario. Otro notable historiador, Francisco de Torres, también cree que no se produjo ningún tipo de lucha y que fue en 1085 cuando se tomó la ciudad.

Un historiador del siglo XVII, Alonso Núñez de Castro, es quien aporta una mayor dosis de leyenda a la reconquista de Guadalajara, creyéndola ocurrió en la noche de San Juan Bautista, después de estar sitiada la ciudad por las tropas castellanas durante algún tiempo y, tras una escaramuza musulmana en el campamento de los cristianos que, como respuesta, se debieron adentrar en la ciudad a la grupa de sus caballos, sembrando el pánico y la desmoralización entre sus habitantes, de tal manera que, pocos días después, se rendirían.

          Juan Catalina nos habla de otro historiador, Fray Juan de Talamanco, que apunta a Alvarfáñez como capitán de las huestes castellanas que reconquistaron Guadalajara, en la mismísima noche de San Juan, saliendo de entre las sombras y alumbrado por la estrella de la fortuna y que, tras apoderarse por sorpresa de Orche –así, sin “h”-, haría seguidamente lo propio con Guadalajara.

El actual Cronista Provincial, Antonio Herrera Casado, que nos ha obsequiado con unos magníficos trabajos acerca de la reconquista de Guadalajara, resume el hecho, de este modo tan sencillo y, muy aproximadamente, cierto: “Un día llegó un mensajero oficial desde Toledo, diciendo simplemente que la ciudad de Guadalajara, como el resto del reino, pasaba al dominio de Castilla, con lo que la jerarquía árabe quedaba definitivamente depuesta”.

Así cuentan -más bien especulan, en algún caso- los historiadores que pudo haber ocurrido aquél hecho tan trascendente de nuestra historia, hace ahora 900 años, pero, la verdad, recogida a través de la tradición de dos antepasados nuestros, “Parmenius de la Vega” y “Diego de la Concordia”, es muy diferente. Veamos: Hallábanse Parmenius y Diego, en las postreras horas del día de San Juan del año de nuestro Señor de 1085, en esos momentos en que la magia de la noche es capaz de convertir en maeses a los legos, apurando la “antepenúltima” en el Mesón “El Povedano”, próximo a la Puerta de Feria, santuario enológico y musarniego de los mozárabes arriacenses, cuando Alvarfáñez, acompañado de Nuño Sotalari, penetró en la taberna, después de varios meses de asedio e incordio a la ciudad. Discretamente apostados en un rincón del “Povedano”, esperábanles Al Qadir y Tres-Halah-Chicah para ventilar, en una partida de mus, con baraja de a cuarenta, cuatro reyes cristianos y cuatro califas moros, la posesión de la ciudad.

Ya metidos en amarracos y jugándose la definitiva, era mano Al Qadir. Tres-Halah-Chicah da mus, Alvarfáñez no duda en cortarlo y exclama: “¡Las de Hontanares!”. Al Qadir, que ni aún pares había cogido, no vio otro escape que tirarse una antorcha (entonces no había faroles) y jugóse la partida y la ciudad en un órdago a la chica. Sobre la tabla del “Povedano” no hubo más ases que los cuatro que Nuño Sotalari puso sobre ella, conociéndosele desde entonces como Nuño “Pitolari” pues, bien sabido es que, en el mus, a los ases y a los doses, se les llama “pitos”.

Al Qadir marchó desterrado, precisamente, a Hontanares y, a su paso por las Cuatro Calzadas -cruce de vías del tiempo de los romanos que los cristianos luego bautizaron como “Cuatro Caminos”-, ploró mientras su suegra le decía: “Llora como mujer lo que no has sabido defender con el órdago”.

Así, y no hay más, fue reconquistada Guadalajara. El lunes próximo, 24 y San Juan, se cumplirá el 900 aniversario de aquel memorable suceso ¡Habrá que celebrarlo: pintan copas!

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Como los dos que le han precedido, este artículo que cierra la serie “Crónica festiva de la reconquista de Guadalajara” fue publicado en el semanario “Flores y Abejas”, de fecha 19 de junio de 1985, en el entorno de la conmemoración que entonces se hizo del noveno centenario de la reconquista de la ciudad de Guadalajara, atribuida a Alvarfáñez, de quien se ha conmemorado ahora el noveno centenario de su muerte. Por cierto, me consta que el conocido periodista y escritor guadalajareño, Antonio Pérez Henares, “Chani”, está ultimando una novela histórica que tendrá a Alvarfáñez como protagonista principal, que probablemente lleve por título “La tierra de Alvarfáñez”, y para la que ha contado con el asesoramiento histórico de un gran medievalista, compañero y amigo como es Plácido Ballesteros. La eficaz narrativa y la brillante descriptiva de “Chani”, unidas al conocimiento y rigor históricos de Plácido conforman un sólido binomio que, estoy seguro, contribuirá a que conozcamos a un Alvarfáñez aún más grande de lo hasta ahora creído, sobre todo si juzgamos a los personajes medievales por los resultados acreditados de sus hechos y no sólo por las leyendas y los cantares de gesta que hablan de ellos, los recrecen, los menguan o, directamente, los silencian.

Crónica festiva de la reconquista de Guadalajara (II)

La Guadalajara musulmana

             Sin ánimo de pisarle la frase a Fray Luis de León, “decíamos ayer…” que Guadalajara permaneció bajo dominio musulmán durante más de 370 años. Las primeras huestes sarracenas que entraron en nuestra ciudad estaban al mando del conocido Tarik quien, junto con el “moro Muza”, puso fin a la dinastía visigoda reinante en España hasta el año 711, tras derrotar a Don Rodrigo en la archinombrada batalla de Guadalete. Desde la época de Tarik hasta la del último rey taifa de Toledo, muchos y notables fueron los hechos que acontecieron en estas tierras que hoy son y se llaman Guadalajara, con los musulmanes y los cristianos como protagonistas principales, sin olvidarnos de los omnipresentes y omnipotentes judíos que, a buen seguro, financiaron la mayor parte de las campañas bélicas de unos y de otros, obteniendo con ello pingües beneficios que, dadas las turbulencias de aquél tiempo, tratarían de ocultar en sus declaraciones fiscales a Al-Montoro, ministro de Hacienda de entonces.

Cuentan los historiadores que, en los dos primeros siglos de dominación musulmana, Guadalajara fue tierra de todos y de nadie, dadas las continuas incursiones de los ejércitos de uno y otro bando en el territorio ajeno. Esta situación de interinidad continua llevó al Emir, Al Hakem I, hacia una política de construcción de fortificaciones en la zona que se inició, precisamente, en la capital, a la que entregó el dinero de un botín –no confundir con el dinero de Botín, el del Santander– para fortalecerla, dejando cautivos  para que trabajaran en ello. Este noble gesto de Al Hakem I se produjo, según cuenta el historiador musulmán Ibn-Idari, a raíz de la petición que una mujer de Guadalajara le hizo en este sentido al Emir. El computadora-Idari no se recrea más en el relato, dejando para la imaginación calenturienta de sus estudiosos las circunstancias y consecuencias que rodearon la súplica de la mujer alcarreña a quien Al Hakem permutó su nombre de cristiana por el árabe de Hala-Maja-Bahjate la Faja.

Aquella política de fortificaciones cobró una dimensión más notoria con el advenimiento al poder de Ab-al-Rahman III. El califa cordobés asentó sus reales en Guadalajara cuando se dirigía, al frente de sus tropas, hacia tierras de la Marca Superior, capitalizada por Zaragoza. A-III –no confundir con la carretera de Valencia-, así conocido “Abderramán” por Ibn-Idari para facilitar su trabajo en el procesador de datos, dedicó buena parte de su reinado a pacificar y tranquilizar sus dominios, mandando reparar y consolidar fortalezas, torres y atalayas desde Talavera hasta Lérida, pasando por Atienza, de tal manera que cualquier ataque enemigo a la zona de Miedes y Atienza, por ejemplo, era con prontitud conocido en castillos como el de Ribas de Jarama o Canillejas de Madrid.

Durante el tiempo que A-III permaneció por estas tierras de la meseta, muchos fueron los hombres que se sucedieron en el gobierno de la ciudad, por citar a algunos: Arzaq b. Maysaray –conocido por su buen gusto en el yantar y por sus estrellas Michelín-, Sa´id B Warit o Utman b. Ubaydallah, sin olvidarnos del ya viejo conocido “Said”, o “Pepe”, que precedió a todos ellos. Estos continuos cambios propiciaron que el edificio gubernamental de Fernández Iparraguirre, situado en el entonces llamado Paseo de las Medias Lunas, fuera durante muchos años conocido como el de Quantoh-durah-rás.

Nos dejamos en el tintero muchos y grandes relatos sobre la presencia musulmana en las guadalajaras. Olvidamos hablar del paso de Almanzor por Atienza, ciudad a la que prácticamente destruyó cuando iba camino de Calatañazor, ajeno al conocimiento de su pésima suerte posterior. También hemos ignorado nombres de musulmanes alcarreños que destacaron en los campos de las artes y de las ciencias, como Ibrahim-ben Wazamor, que vivió en tiempo de Al Mamún y escribió un estudio biográfico-antológico de prosistas e historiadores de Guadalajara, o Alcarreñoh-depura-Zepa, que escribió una breve, pero bella, colección de aforismos pareados, de los que podríamos citar éste: “El puente no es romano, aunque lo digan los cristianos; es árabe, pues así se lo oí decir a mi padre”.

En fin, tiempo largo y tendido podríamos seguir hablando de la presencia musulmana en Guadalajara, pero, serénense, porque no lo vamos a hacer. La próxima semana hablaremos de la noche de San Juan, Alvarfáñez y… el gobierno. ¿Pactó Alvarfáñez un gobierno de concentración en la ciudad? ¿Hizo valer el rodillo de sus lanzas en lo salones comunales de la Plaza Mayor? ¿Tuvieron judíos y moros sillón en la Permanente? ¿Cómo fue reconquistada de verdad Guadalajara por los cristianos?

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Como el que le precedió, este artículo fue publicado en el semanario “Flores y Abejas”, de fecha 12 de junio de 1985, en el entorno de la conmemoración que entonces se hizo del noveno centenario de la reconquista de la ciudad de Guadalajara, atribuida a Alvarfáñez de Minaya, de quien se ha conmemorado en la primavera de 2014 el noveno centenario de su muerte. Téngase en cuenta el estilo festivo en que está escrito, muy del gusto de los finales del siglo XIX, cuando vio la luz por primera vez “Flores y Abejas”.

 

 

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