Archive for octubre, 2020

Aire que nos lleva el aire

               Pongamos que sigo hablando de Madrid… Resulta que diez días después de que el gobierno de España, contra la voluntad del de Madrid, forzara la declaración del “estado de alarma” para semi-confinar a los madrileños y así parar a la desenfrenada Covid-19 en la capital, ésta presenta un continuado descenso en el número de contagios, pero similar al ya iniciado con las medidas previamente tomadas por el ejecutivo de Díaz Ayuso. Eso sí, se cuentan por millones las pérdidas económicas causadas por algunas medidas derivadas de la alarma. Por el contrario, la transmisión del virus en Castilla-La Mancha y Castilla y León ha aumentado de forma significativa en este mismo espacio temporal, pese a que los madrileños no han podido desplazarse a estas dos comunidades cuyos respectivos presidentes, como vimos en la entrada anterior, se habían felicitado vivamente del cerrojazo a Madrid por entender que eran los capitalinos, en diáspora por sus provincias, quienes portaban y transmitían el virus de forma patente. Hace ya tiempo que se evidenció que la Covid-19 no entiende de casi nada, menos aún de fronteras, y que ponerle puertas al campo es un esfuerzo tan inútil como intentar echar culpas al vecino de las que son propias. O no. Ahí lo dejo, de momento, porque con este dichoso virus ocurre lo que con muchos políticos y todos los yogures, que las palabras y los hechos tienen fecha de caducidad.

               Decía que procurar ponerle puertas al campo es un esfuerzo vano, casi tanto como intentar frenar el cauce de un río con las manos o tratar de mover las aspas de un molino de viento soplando. Ni siquiera don Quijote, con la ayuda de Emiliano García Page, sería capaz de hacer esto último, aunque los delirantes intentos del primero serían obra de la mejor literatura y los del segundo de la ciencia-ficción, en la que parece haberse instalado la política actual, una vez que los políticos han decidido hablar mucho y hacer poco…, y muchas veces mal.

               Pero huyamos de fútiles calenturas y, cual hoja caída en el otoño que ya va cuajando, dejémonos llevar quedamente por el aire, ese aire que, en la canción tradicional recogida por el gran folklorista extremeño, Manuel García Matos, en su “Magna Antología del Folklore Musical de España”, lleva así:

Aire que me lleva el aire
Aire que el aire me lleva
Aire que me lleva el aire
Aire que el aire me lleva
Aire que me lleva al aire
El aire de mi morena
Aire que me lleva el aire
El aire de mi morena

Entre Sevilla y Triana, aire
Cádiz y Guadalajara, aire.

(Si algún lector desea escuchar la letra completa y la música de esta ronda festiva, en este enlace puede acceder a la versión cantada y recogida en el pueblo cacereño de Madrigal de la Vera, cuna de nuestro querido amigo y gran periodista y poeta, Pedro Lahorascala: https://porverita.wordpress.com/el-aire-madrigal-de-la-vega/)

               En otras versiones, territorialmente más lógicas -la lógica en el folklore siempre es relativa y muchas veces caprichosa-, ese aire que “me lleva” y que dice esta canción de ronda que tiene “mi morena”, no está entre la lejana Cádiz y Guadalajara, sino entre la cercana -aunque ahora inaccesible, excepto con salvoconducto, como en tiempos de guerra- Madrid y la capital alcarreña, que no manchega, se pongan algunos como se pongan. A la geografía no le puede enmendar la plana la política. ¿O es que después de lo de la memoria histórica, ahora se van a empeñar también en desarrollar una nueva memoria geográfica para extender la Mancha hasta la provincia de Guadalajara?

               Efectivamente, como dice la canción, entre Cádiz o Madrid y Guadalajara, lo que hay es aire, también tierra y agua, pero fundamentalmente aire. Ni los límites municipales, ni los provinciales, ni tampoco los cada día más evidentes regionales -que más que límites, ahora ya son fronteras para muchas cosas- pueden detener, discriminar o segregar el aire, como ni siquiera lo pueden hacer las fronteras entre los países. Sófocles, el padre literario de Antígona y Edipo Rey, incluso redujo el hombre a aire y sombra. Por cierto, si Antígona se hizo presente, de alguna manera, en los momentos más duros de la primera ola de la pandemia cuando los velatorios y los entierros vieron limitadísima la presencia de acompañantes para evitar que fueran focos de transmisión del virus, confío en que los españoles no nos convirtamos en edipos y “matemos” al rey para casarnos con una república bolivariana o bananera, que tanto da. Algunos están poniéndose morados de tanto soplar para que eso ocurra.

Portada y vista parcial del mensario de la iglesia de San Bartolomé, en Campisábalos. CEFIHGU. Diputación de Guadalajara. Fondo Layna Serrano. 1933.  

               Termino ya con un mensaje de esperanza, tan necesario como el respirar en los difíciles tiempos que vivimos. Si las casas y las cosas se nos caen encima, si ya no podemos soportar los telediarios y si tanta mascarilla nos impide ver bien la jeta de algunos, tomemos, no las de Villadiego, sino las de Campisábalos y vayamos a respirar el aire más limpio de España, según la OMS, y el tercero del mundo, tras el de Muonio (Finlandia) y el de Norman Wells (Canadá). Y, de paso, disfrutemos del mejor cogollo del Románico Rural de Guadalajara: la iglesia de San Bartolomé y su mensario en el propio Campisábalos, la de Santa Coloma y su leyenda templaria en Albendiego, y la de San Pedro, en Villacadima, un pueblo tan bien puesto en el medio de los páramos altos de la Sierra de Pela que es un grito callado, un himno sin letra, pero con la música del viento, al silencio y la soledad.

Pongamos que hablo de Madrid

               Uno de los principales problemas de España continúa siendo Cataluña, pero la perversa política que se practica ahora ha desviado esa atención a Madrid, por causa de la pandemia de Covid-19 como excusa aparente, aunque todo apunta a que lo que en el fondo se ventila va más allá: asaltar el poder en la CAM. El gobierno de Sánchez-Iglesias y los/las tropecientos/as ministros y ministras que lo conforman, después de dejar a las comunidades autónomas al pairo para que ventilasen ellas solas los rebrotes estivales aduciendo que la sanidad es competencia suya, ha dictado una orden ministerial contra la voluntad de la de Madrid, reduciendo drásticamente la movilidad de los ciudadanos en la capital y otras nueve grandes ciudades de su entorno; un semi-confinamiento, vamos. No me voy a meter en el avispero de afirmar quién tiene razón en este asunto de si procedía o no dar esa orden por parte del gobierno español o si se debería haber dejado a la comunidad madrileña que siguiera adoptando las medidas que estimara convenientes, porque es un tema archicomplejo y que tiene mil aristas. Intuyo que las dos partes tienen algo de razón, pero ninguna toda ella, aunque parece que la CAM no se queja de vicio al denunciar que el ministerio dicta ordenes drásticas contra ella, pero no contra otras comunidades y/o ciudades en situación similar e, incluso peor, como es el caso de la Navarra que el PSOE gobierna gracias a Bildu. Lo lógico sería que el paso del tiempo diera la razón a quien más la tenga, pero según están ocurriendo las cosas últimamente, me temo que seremos incapaces de determinar quién llevaba la razón, o al menos la llevaba en mayor parte, y que lo que percibiremos será el relato interesado de ambos actores político-institucionales, es decir, su versión de la razón. La verdad, especialmente en estos tiempos del coronavirus, no es lo que es, es lo que parece, y en eso hay que reconocer que la izquierda suele dar sopas con honda a la derecha, incluido el centro que quiere representar Ciudadanos, pero que está muy lejos de representarlo. Creo que ya lo he dicho otras veces, pero lo repito: Una cosa es estar en medio y otra en el centro.

               Lo que está ocurriendo, lo que ha ocurrido y lo que vaya a ocurrir en Madrid no es una cuestión baladí para los guadalajareños. Dada nuestra cercanía a la CAM, la conurbación casi ya sin discontinuidad entre la capital alcarreña y la de España, la interrelación social y económica que vertebra el Corredor del Henares o los nexos culturales e históricos entre ambos territorios, entre otros factores, nosotros no podemos mirar como meros espectadores lo que allí ocurre; somos también actores del entorno madrileño, unas veces de reparto y otras figurantes, pero actores al fin y al cabo. Lo que allí sucede nos importa y afecta, en ocasiones de forma directa y en otras más tangencial. Ahora mismo, con la orden ministerial de reducción de la movilidad en la capital y casi toda su área metropolitana, muchos guadalajareños que diariamente se tienen que desplazar a esa zona a trabajar, a estudiar, a un centro sanitario, a realizar gestiones o a lo que sea, evidentemente van a ver comprometida su propia movilidad. Igualmente les va a suceder a los madrileños que desde allí se desplazan a nuestra provincia para realizar tareas o acciones similares. Podría decirse que, si Madrid se constipa, Guadalajara también tose e, incluso, hasta esa tos puede agravarse y derivar en neumonía, aunque confío en que no sea la bilateral, que es como se ha certificado la muerte de muchas personas por coronavirus cuando a los médicos no se les ha permitido poner que esa ha sido la causa, por no habérseles hecho pruebas previas de diagnóstico a los fallecidos.

               No quiero concluir esta entrada sin dejar constancia de mi solidaridad con los madrileños que, por causa de la Covid-19, están siendo quasi satanizados por algunos, incluso altos dirigentes políticos, como si en vez de personas fueran coronavirus andantes, pidiéndoseles que no salgan de su “madriguera” madrileña. A este respecto, les están dando desde diestra -por ejemplo, el presidente de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco– y siniestra -caso de Emiliano García Page, el de Castilla-La Mancha-, cargando sobre los madrileños en diáspora el aumento de la incidencia de la pandemia en sus respectivas comunidades, al tiempo que pidiéndoles que no vayan a ellas para evitar contagios. Sobre esto último, quiero llamar la atención de la “galleguización” de ambos dirigentes castellanos pues sabido es el tópico que atribuye solo a los gallegos la posibilidad de soplar y absorber a la vez. Lo digo porque tanto Castilla y León como Castilla-La Mancha dependen enormemente del valor añadido que, en todo orden, especialmente el económico, les deja su proximidad a Madrid y ambas comunidades reciben cerca del 40 por ciento de su turismo de la CAM, además de estar en ellas las patrias chicas y las segundas residencias de centenares de miles de madrileños. En el caso concreto de Castilla-La Mancha, resulta esclarecedor el hecho de que Page tratara de absorber, hace apenas unas semanas, turistas madrileños con su campaña titulada “Tus vacaciones nunca han estado tan cerca”, cuando ahora trata de alejarles soplando con declaraciones como éstas: “Madrid es una bomba vírica” y señalando a la CAM de provocar el 80 por ciento de los contagios que ha habido en Castilla-La Mancha. Mal anfitrión y peor vecino.

               Es evidente que la política española está cada día más infectada de incompetencia, intolerancia, radicalidad y sectarismo, y que ha venido un virus polimorfo para quedarse: la tensión entre territorios, los derechos asimétricos entre españoles, la crisis institucional casi permanente y el deterioro de España como marca y como Estado. ¿Vacuna contra ello? Volver al espíritu de la Transición que, incluso desde una parte del propio gobierno actual, están tratando de subvertir, aniquilar y enterrar.

               Gracias, Joaquín Sabina, por prestarme el título.

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