Archive for septiembre, 2013

No a una sanidad por favor

            Desde la perspectiva de un castellano de Guadalajara que vive en la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha, región artificial donde las haya, nacida de urgencias –por el llamado “café para todos”- y oportunistas componendas políticas -¿qué carajos pinta Guadalajara en una región en la que no está Madrid?-, algunas de ellas a caballo entre el sainete y el vodevil, las comunidades autónomas sólo tienen sentido si, de verdad, acercan la administración al administrado y son útiles a los ciudadanos. En otros lugares de España –sí, de España-, puedo entender –y entiendo, aunque dentro de sus justos términos, no de manera exacerbada, radical, injusta e insolidaria- que haya un componente de identidad y emotividad regionales que sumar a la valoración que para sus ciudadanos tienen las comunidades autónomas, concepto de organización territorial recogido en la Constitución de 1978, sin duda heredero del de las “regiones autónomas”, pero dentro del “estado español integral” –repito, integral, o sea, único-, que por primera vez se reconocieron en la Constitución republicana de 1931, lo que posibilitó la aprobación de los dos primeros estatutos regionales autónomos españoles, el de Cataluña y el País Vasco –bastante más limitados en competencias que los actuales, por cierto-, y el inicio de la tramitación del de Galicia, que casi coincidió con el comienzo de la Guerra Civil en 1936, quedándose en simples borradores, aún muy en mantillas como para llegar, si quiera, a poder ser considerados anteproyectos, los estatutos regionales de Andalucía, Aragón y Valencia.

A pesar de lo que pueda intuirse en el largo párrafo inicial de este post, mi intención no es dedicarlo a hablar del preocupante momento separatista que se vive hoy en Cataluña –y siempre en el País Vasco, pues la tregua de ETA y la presencia de los abertzales/brazos políticos de la banda aún armada en las instituciones públicas son dos caras de la misma moneda- y en el que espero altura de miras de la clase política catalana, en particular, y española, en general, pues, como decía el Guerra torero, “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”, o sea, que ni la celebración de un referéndum pro-independentista ni la independencia misma caben en la vigente Constitución española, como hasta los dos últimos presidentes socialistas del gobierno español, Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, han manifestado públicamente, al tiempo que apostaban por una reforma de la Carta Magna para hacer posible el federalismo en España, algo que ya es prácticamente un hecho, pero que si también es un derecho terminará por ser una mullida alfombra para alimentar el ya sobrealimentado separatismo, al tiempo que una encrucijada política cercana al esperpento pues, ¡qué quieren que les diga: yo no veo ni en pintura, ni a Castilla-La Mancha ni a otras comunidades, como un estado federado al Estado español, ni mucho menos aún que haya estados federados y otras regiones sean sólo eso, regiones, o sea, que lleguemos al llamado “federalismo asimétrico”, invención del socialista catalán Pascual Maragall, y que en el fondo es una propuesta de que unos españoles sean y tengan más que otros!

Volviendo al principio, es una evidencia que, incorporándose Guadalajara a Castilla-La Mancha, la administración, lejos de acercarse, se nos ha alejado, pues si con el estado centralista de Franco la teníamos en Madrid –nuestra capital nacional de derecho y regional de hecho-, ahora con el estado autonómico la tenemos en Toledo y, lamentablemente, en vez de descentralizarse el poder que allí se ha ido concentrando con las transferencias, a lo más se ha desconcentrado –yo creo que ni eso-, que es un concepto bien distinto del de descentralización, como sabe hasta un alumno poco aplicado de Derecho. O sea, que las decisiones de calado se toman en Toledo, allí se ingresan y reparten los cuartos y aquí sólo se hace burocracia.

El concepto de utilidad al que también me he referido antes, tan clave en economía, podemos examinarlo muy gráficamente en su aplicación práctica en Castilla-La Mancha con lo que ocurre en la sanidad, como oportuna y sensatamente ha reflexionado, hace tan sólo unos días, Ramón Ochoa, presidente del Colegio de Médicos de Guadalajara –perdón, que ahora los antiguos colegios oficiales de las provincias son meras “delegaciones” del regional- y del de Castilla-La Mancha: “Las autonomías se han hecho para beneficio de los españoles, no puede ser que se conviertan en un obstáculo”, ha dicho, con buen criterio, el doctor Ochoa, a raíz del anuncio hecho por la ministra Ana Mato de la puesta en marcha de la tarjeta sanitaria única para toda España, algo que debería haber sido operativo desde el mismo momento en que se comenzaron a realizar las transferencias sanitarias a las comunidades autónomas y así nos habríamos evitado -es tan sólo un ejemplo- el bochorno que vivió una familia guadalajareña que acudió a las urgencias de un centro de salud andaluz el pasado verano y les atendieron al acabar las consultas, sin registrar documentalmente la atención “y por favor”, porque su tarjeta del SESCAM no era válida allí. Y para que les hicieran una receta, tuvieron que dedicar dos mañanas al papeleo y adelantar el pago del medicamento de su bolsillo. Tan mal lo pasaron, que estaban decididos a, al año que viene, sacarse la tarjeta sanitaria europea, como si, en vez de a Almuñécar, fueran a veranear a Mikonos.

Sin salir de Castilla-La Mancha, y como el propio doctor Ochoa comentaba, no es precisamente razonable que “para hacerse una prueba de Medicina Nuclear, un guadalajareño tenga que ir a Ciudad Real, teniendo Madrid a treinta minutos, o que en unas comunidades autónomas sean gratis unas vacunas y en otras no”. Se mire como se mire y por mucho que se quiera coger el rábano por las hojas para tratar de justificar lo injustificable, estos hechos, reales como la vida misma y que a diario padecemos los guadalajareños, se alejan sideralmente del espíritu y la letra del artículo 14 de nuestra Constitución que, literalmente, dice: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

Antes de modificar la vigente Constitución, y menos aún para abrir definitivamente la puerta a que haya españoles de primera, de segunda y de tercera, lo que hay que hacer es cumplirla y hacerla cumplir, que es lo que juran o prometen los políticos cuando acceden a cargos públicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

La tierra color tierra y el cielo color cielo

            Si hay un día al año especialmente pestoso para los habitantes de Guadalajara capital ese es el siguiente al de la finalización de las Ferias y Fiestas, o sea, hoy, fundamentalmente porque significa el final del ciclo del estío, con lo que ello conlleva –fin de vacaciones, buen tiempo, fiestas, etc.- y el inicio del otoño, un tempero estupendo para el variado paisaje de nuestra tierra, pero no tanto para nuestros cuerpos serranos, alcarreños, campiñeses o molineses pues los días acortan que es una barbaridad, el fresco –como llaman en las serranías del norte y en las parameras de Molina al frío- se nos va metiendo en el cuerpo, y los amaneceres para los que trabajamos o estudian son espesos pero, para los que no trabajan y quieren trabajar, directamente frustrantes de tantos “lunes al sol”; y, como decía, más en éste que sigue al domingo final de Ferias que, para colmo, y según veo con coña en el calendario de mesa, es la festividad de San Cornelio.

Como decía la canción de esa pedazo de artista que es, incluso ya mayor, Paloma San Basilio, “la fiesta terminó” –pocas quedan ya por celebrarse en la provincia, aunque entre ellas las de Azuqueca, que siempre cogen el relevo a las de la capital- y nos toca guardar el traje festivo en el armario y ponernos el hato de diario para retomar nuestras rutinas, hecho que también tiene su puntito placentero de relax y dejarse llevar, pero nada que ver con el que al cuerpo le da lo de estar de vacación y de fiesta, por muy cansado que termine siendo, sobre todo a ciertas edades, algo que voy comprobando con el paso del tiempo, que “me lo decía mi abuelito, me lo decía mi papá”, como escribió José Agustín Goytisolo y cantaba Paco Ibáñez, y que “me lo dijeron muchas veces pero lo olvidaba muchas más”.

Hoy, pues, festividad de San Cornelio –y de San Cipriano y de algunos santos, beatos y mártires más-, la ciudad de Guadalajara comienza su nuevo ciclo de otoño/invierno, aunque aún le queden oficialmente al verano seis días por consumir –oficialmente acaba el día 22- y su tercera y última luna llena, que tendrá lugar el 19 de septiembre. Pero, como decía antes, aunque el otoño se identifique con una etapa de regresión en lo climatológico, en Guadalajara, si viene templado y progresivo y no frío y de golpe, nos brinda algunos de sus mejores momentos de todo el año, especialmente en los paisajes de hojas caducifolias, de entre los que destaca de manera sobresaliente el Hayedo de Tejera Negra, pues el color pardo o rojizo que adquieren sus hojas por la disminución de la luz, combinado con el multicolor de los abundantes frutos de este tiempo y el de las hojas de otros árboles que conviven con las hayas –como acebos, tejos, robles, abedules y pino silvestre,…- configuran una paleta de colores que sería un festín para los mejores pintores impresionistas, los amos del arco iris, con el permiso del sol y la lluvia.

El otoño no le sienta demasiado bien a los hombres, o sí, pero a pocos nos gusta ir a menos, o parecer que vamos a menos, pero a la tierra de Guadalajara el otoño le suele sentar como un anillo a un dedo, sin duda porque a la tierra color tierra que Cela dijo que era la de la Alcarria a su paso viajero por Taracena (“A la tierra color tierra / le maduró un sarpullido. / Bajo el sol de Taracena / cuelga la vida de un hilo), le gusta romper la monotonía del ocre térreo con el verde, el amarillo y el rojo arbóreos y el azul del cielo que, en los días claros de este tiempo en nuestra tierra, compone un cielo color cielo que puede ser igualado por el de otras tierras, pero no superado.

Contra el síndrome “pos-vacacional”, “pos-veraniego” o “pos-festivo”, el mejor antídoto en Guadalajara es darse un baño de tierra y cielo, dejarse de holgazanear en el sillón y de remolonear por los pasillos y echarse a los mil y un caminos de esta tierra por la que, no en vano, han pasado casi todas las civilizaciones que históricamente llegaron a la Península, dejando en ella su huella hasta el punto de que algunos lingüistas estiman que uno de los posibles orígenes etimológicos de la voz “Alcarria” –que es una tercera parte, pero no el todo de las guadalajaras– significa “el camino”. ¡Póngamonos a él y andémosle!

Las Ferias de hoy, ayer y siempre

 

            Las Ferias de Guadalajara han cambiado más entre la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI que desde que Alfonso X concediera a la ciudad, en 1260, el “Privilegio Real” de la celebración de dos ferias: unas se celebraban en primavera, “durante los 11 días siguientes a la Pascua de Quincuagésima”, y otras en otoño, exactamente “ocho días antes y ocho después de San Lucas”, o sea, en la segunda mitad de octubre. Aquellas primigenias ferias de otoño han ido moviéndose en el calendario, casi siempre adelantándose en busca de un tiempo más bonancible, hasta llegar a celebrarse, como ocurre ahora y desde hace ya unos años, a finales de verano. Por seguir haciendo un guiño historicista a las ferias de la capital, cabe recordar que, gracias a la cédula que en tal sentido expidió Felipe V en 1707, Guadalajara mantuvo el privilegio de celebrar dos ferias al año, las de primavera, en marzo, exactamente el “día del Ángel de la Guarda”, primero de mes, y las de otoño, casi ya en diciembre, el día 25 de noviembre, festividad de Santa Catalina.

Decía que las Ferias de Guadalajara han cambiado mucho en las últimas décadas, y no sólo de fecha de celebración, y creo que decía bien porque durante casi siete siglos, las de la capital eran ferias puras y duras, concretamente de ganado, que se completaban y complementaban con ofertas puntuales de ocio, comida y bebida para dar satisfacción a las personas que acudían a mercadear en torno a la feria ganadera. Desaparecida la feria de ganado, bien entrado el siglo XX, ésta fue sustituida, a principios de los años sesenta, por la llamada “Feria de Muestras del Comercio y la Industria”, que organizaba la Cámara de Comercio, con años de especial éxito de expositores y público cuando se celebraba en los terrenos que hoy ocupa el magnífico parque de Adoratrices y que, durante tres décadas, las dos últimas del XX y la primera del XXI, tras dejar de celebrarse allí la “Feria de Muestras”, fue el recinto ferial de la ciudad, hasta que éste se desplazó al nuevo recinto al otro lado de la A-2, junto al Centro Comercial Ferial Plaza y El Corte Inglés. Aunque muchos no lo sepan o no hayan caído en ello, el nuevo ferial se localiza en la oficial y adecuadamente llamada “Avenida del Ocio”, pues allí se concentra la mayor oferta comercial, recreativa y de servicios de hostelería de toda la ciudad, no sólo en ferias, sino durante todo el año.

De las originarias ferias de ganado que desde el siglo XIII se celebraban en Guadalajara, se pasó a las llamadas “ferias y fiestas”, denominación que se mantiene en la actualidad, si bien el concepto de feria ya no lo aporta una cita comercial específica anual, y menos aún de ganado, sino las atracciones lúdicas y recreativas que se instalan en el recinto, complementadas por una amplia oferta de puestos de restauración, eufemismo que quizá le venga un poco grande a los típicos puestos de chorizos, morcillas y demás viandas “colesteroleras” que, esos sí, siempre han estado en nuestras ferias, fueran de ganado, de “Mielitos” –ese riquísimo trigo hinchado y endulzado con miel que se producía en Humanes, dignísimo antecedente de los americanos “Kellogs”, y producto estrella de las viejas “Ferias de Muestras”- o de tómbolas, tiros, “güitomas”, caballitos, barcas, norias, coches de choque y demás cachivaches y atracciones que reinan, desde hace ya décadas, en el recinto ferial, supliendo a las mulas, los bueyes, las ovejas y las cabras, para cuyo mercadeo concedió su privilegio a la ciudad el rey “Sabio”. Incluso hubo un pregonero que, festiva pero atinadamente, se atrevió a decir desde el balcón del Ayuntamiento en la plaza Mayor de la ciudad que la “sabiduría” le vino reconocida a Alfonso X, no por sus valiosas aportaciones a las primeras fuentes del derecho español, ni al juego del ajedrez, ni a la literatura y a otras artes, que fueron muchas, sino por haber concedido a Guadalajara ese “privilegio” de celebrar, no una feria, sino dos. Ese pregonero fue y es un excelente periodista y un gran amigo, Santiago Barra.

Aunque a quienes no lo hayan vivido, bien por razones de edad, bien de avecindamiento, les cueste creerlo, hasta 1978 las ferias de Guadalajara se celebraron en el parque de la Concordia, emplazamiento que sucedió al paseo de las Cruces y a la plaza de Santo Domingo. La verdad es que las ferias en la Concordia tenían un encanto muy especial, alternándose cachivaches y puestos entre la abudante vegetación del parque, pero hizo muy bien el entonces alcalde, Agustín de Grandes –por iniciativa de ese extraordinario concejal de parques y de cementerio que fue Francisco Borobia-, llevándoselas a Adoratrices, porque la Concordia quedaba, año tras año, literalmente arrasada, como hizo muy bien hace unos años el actual alcalde, Antonio Román, llevándoselas a la Avenida del Ocio porque las redes eléctricas y de saneamiento del viejo ferial de Adoratrices estaban ya en un precario peligroso, el polvo y el ruido impactaban muy negativamente en vecinos y visitantes y, sobre todo, porque el solar que ocupaban las ferias durante siete días al año, era un descampado degradado durante los otros 358 días, en vez del bonito parque que ahora lo ocupa siempre, con parking subterráneo incluido.

Lo que nunca ha cambiado ni cambiará es que, cuando acabe, cada uno contará la feria según le haya ido en ella. Ese dicho, que tiene su origen en el éxito o el fracaso de ventas de los feriantes –como hemos dicho, en su día, de ganado, hace ya tiempo que sólo de atracciones y puestos-, sigue siendo plenamente vigente por lo que espero y deseo que todos los lectores de GD encontréis en las ferias próximas a celebrarse motivos sobrados para recordarlas y contarlas con agrado, especialmente los adolescentes, pues nuestras ferias siempre han tenido un componente casi iniciático en los primeros amores.

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