Archive for abril, 2024

40 años sin nuestro “Secreto”

            El 12 de mayo hará 40 años que murió en un accidente de carretera Pedro Antonio Díaz, recordado batería guadalajareño del conocido grupo “Los Secretos” que fue uno de los referentes de “la movida” madrileña y que aún sigue en el camino de la música con éxito, gracias al talento y a la perseverancia de Álvaro, el menor de los tres hermanos Urquijo, fundadores de la banda. Ante esta efeméride, con buen criterio, sensibilidad y oportunidad, me consta que la concejalía de festejos del Ayuntamiento de Guadalajara está preparando un homenaje a Pedro en la próxima Feria Chica de la capital que, además, este año va a ser más “grande” o, al menos, larga, que nunca puesto que el calendario la ha situado en un macro-puente, el que irá del jueves, 30 de mayo —festividad del Corpus en Castilla-La Mancha—, al 2 de junio —domingo—, con el viernes, 31, de por medio, que también es festivo por el ser el día de la región.

            Pedro fue un extraordinario batería, sin duda uno de los mejores del panorama musical español de su tiempo, que llegó a “Secretos” tras fallecer en la Nochevieja de 1979 su anterior percusionista, Canito, fatalmente también en un accidente de circulación. Javier, Enrique y Álvaro Urquijo tocaban junto a Canito en un grupo que se llamaba “Tos”. Tras morir este batería y ser sustituido por Pedro Díaz, decidieron cambiar de nombre, pasándose a llamar “Los Secretos”, propuesta que hizo Javier, el mayor de los Urquijo, entre otras razones porque con él se homenajeaba a “Tos” y a Canito al coincidir la última sílaba del nuevo nombre con el del anterior grupo y, de paso, afloraba algo entonces no conocido: Que durante bastantes meses ocultaron en secreto a su padre que estaban tocando en una banda y que, incluso, habían grabado ya una maqueta que vio la luz después de morir Canito.


Carátula LP Los Secretos 1981, con Pedro Díaz de blanco y en primer plano

            Canito y Enrique Urquijo fueron los líderes de “Tos”, porque eran los más talentosos y, sobre todo, los que componían las canciones. Javier, el mayor, era un buen músico, pero sobre todo un gran relaciones públicas, y Álvaro era muy joven, pero tocaba la guitarra de doce cuerdas, inicialmente una Hofner President de los años 60, con auténtica maestría. Aunque a la sombra de sus hermanos mayores, ya apuntaba la categoría de músico y compositor que aún sigue acreditando a día de hoy con “Los Secretos”, siendo su líder indiscutible desde la muerte de Enrique, a finales de 1999.

            Pedro Díaz llegó a “Los Secretos” en 1980 tras convencer a los Urquijo de que era la mejor opción que tenían para la batería del grupo, después de hacer unas pruebas a varios aspirantes. Fue verle y, sobre todo, oírle tocar, con ese ritmo alto que imprimía a la batería y ese movimiento de manos tan ágil que tenía, y ya no dudaron que era su hombre. Además, Pedro no solo aportaba una calidad indiscutible como batería, también componía muy bien y, para completar sus méritos, pese a su juventud —24 años entonces—, era mayor y más experimentado que los hermanos Urquijo. Pedro se hizo un buen batería en las carreteras y las plazas de los pueblos de la provincia, cuando con su grupo de Guadalajara, “Escarcha”, tocaba en las fiestas populares haciendo “covers”, versiones muy dignas de canciones de los mejores grupos de la época: Credence, Shadows, Beattles, Rollings, … Era tan alto su nivel que hasta llegaron a hacer de orquesta en un crucero por el Atlántico. “Escarcha” lo fundaron él y Raúl Heranz, un gran guitarrista desde muy joven y después ingeniero superior de telecomunicaciones que terminó siendo el jefe del servicio de Informática de la Diputación, hasta su reciente jubilación. Ambos tenían 16 años cuando nació “Escarcha” y fueron amigos y compañeros de estudios, tanto en el Instituto como en la Universidad Laboral de Alcalá. Pedro también estudió algún año en Salesianos, donde fraguó su personal técnica percusionista gracias a la batería Honsuy de la “orquestina” del colegio, por la que también pasaron otros buenos baterías locales como Jesús Ropero o Tito Mínguez, entre otros. “Escarcha” estuvo activo como grupo desde 1971 hasta 1979 y su composición inicial, junto a Pedro y Raúl, la completaban grandes músicos también, como Luis Alberto Jodra y Fernando Burgos, que solo estuvo dos años y fue sustituido por Juan Luis Ambite, otro alcarreño que, como Pedro, después también ocupó su hueco en “La movida” al ser el bajo y, sobre todo, el icono de “Pistones”. Ambite nació a la música en Sensación IV, otro buen grupo local de finales de los 60 y principios de los 70, y en los últimos años de la vida de Enrique Urquijo fue su secretario y asesor personal.

            Pedro Díaz aportó a “Los Secretos” un ritmo y una madurez musical que les ayudaron a superar su inicial imagen de “blanditos”, aunque nadie dudó nunca del talento de los Urquijo. Apenas unos meses después de llegar el batería alcarreño al grupo, en septiembre de 1980, grabaron un EP con cuatro temas: “Déjame”, “Niño mimado” — compuesto en parte por el propio Pedro—, “Sobre un vidrio mojado” y “Loca por mí”, que supuso su primer gran éxito y lanzamiento al mercado, no solo madrileño, sino ya nacional. Unos meses después, mediado 1981, grabaron su primer LP con Polydor, con 12 temas —en 6 de los cuales Pedro fue coautor—, que se vendió muy muy bien y les llevó a sonar en todas las radios, discotecas y escenarios de España y hasta arrastrar a miles de fans adolescentes, algo que, sobre todo, Enrique Urquijo no llevó bien, pero que sí supieron asumir como parte del “business” Javier Urquijo y Pedro. En los meses posteriores, crecieron la fama y el éxito, pero las drogas duras, de generalizado consumo en los grupos de aquella época y de muy nocivos efectos, aún desconocidos en ese tiempo, se colaron entre “Los Secretos” y la banda atravesó una evidente crisis individual y colectiva. En esa etapa crítica, para colmo, llegó el fatal accidente de circulación en el que Pedro murió: fue en la madrugada del 12 de mayo de 1984, en el km. 53 de la entonces N-II. El camión en el que viajaba a Madrid como copiloto, chocó con un tractor que iba en la misma dirección y el camión salió descontrolado hacia el carril contrario, chocando violentamente con otro vehículo. Pedro y el conductor del camión murieron en el acto. Yo recibí la noticia en Burgos, donde entonces hacía la mili, apenas unas horas después de producirse. Mi hermano mayor, Alfonso, era muy amigo de Pedro y hasta había trabajado con “Los Secretos” en el equipo del “road manager” en alguna gira. Se da también la circunstancia de que, apenas cuatro meses antes de la muerte de Pedro, yo había coincidido con Javier Urquijo en el CIR de Araca (Vitoria), donde compartimos algunos buenos momentos. A Pedro le admiraba y quería a partes iguales. Era un músico extraordinario, pero también buena gente, aunque viajar a lomos de un caballo encabritado a veces pueda confundir al jinete y a quienes juzgan su forma de montar. Confieso que ese 12 de mayo de hace 40 años lloré por aquel joven rockero, demasiado joven para morir e, incluso, también para el rock & roll, parafraseando a Jethro Tull. Y mis lágrimas se hicieron tinta cuando me despedí de él con un artículo que publiqué en “Flores y Abejas” y que terminaba como termina este de hoy: “Aunque el registro civil diga lo contrario, Pedro Antonio Díaz no ha muerto, ha ido a tocar a un concierto junto a Jimi Hendrix, Janis Joplin y John Lennon; lo más probable es que no regrese, pero ¿quién volvería a la tierra después de poner ritmo en el cielo a “Voodoo child”, “Try” o “Yesterday”?

María Cervantes “in love”

El 23 de abril, festividad de San Jorge y fecha en la que este año se cumple el 503 aniversario de la batalla de Villalar —que precipitó el final del movimiento comunero castellano y, en gran medida, de la propia Castilla—, se celebra el Día del Libro porque los libros son una de esas cosas a las que hay que dedicar un día al año puesto que hay muchos en que no están en la vida de las personas. Peor para ellas, pero también mal, muy mal para escritores, editores, distribuidores, libreros y demás profesionales y empresas que, directa o indirectamente, intervienen en el sector y tienen legítimos intereses en él.

                El 23 de abril no se eligió para celebrar el Día del Libro a nivel internacional por casualidad, sino por una causalidad notoria, bien buscada y encontrada: en esa misma fecha y en el mismo año (1616) fallecieron dos de los más grandes escritores que han parido los tiempos, William Shakespeare y Miguel de Cervantes, auténticos referentes en sus respectivas lenguas, el inglés y el español, que, además, son las más habladas y escritas en el mundo y que, aun respetando a todas las demás, tienen más y mejor literatura. Además, en ese mismo día y año también falleció el Inca Garcilaso de la Vega, un importante puente literario entre Europa y América, entre el viejo y el nuevo mundo. Esta casualidad histórica tiene sus matices pues se antoja demasiado bonita para ser cierta. Hay fuentes que afirman que, en realidad, Cervantes murió un día antes, el 22 de abril, y lo que sí que está contrastado es que Shakespeare falleció diez días después de Cervantes y el Inca Garcilaso, aunque en su certificado de defunción figure, efectivamente, el 23 de abril de 1616 como fecha de su deceso. Esta discrepancia tiene una explicación muy sencilla: en el año en que murieron Cervantes y Shakespeare, mientras que España se regía por el nuevo calendario gregoriano, implementado por el Papa Gregorio XIII en 1582, Inglaterra lo hacía por el viejo calendario Juliano, creado por el mismísimo Julio César y que estaba en vigor desde el año 45 a. C. El calendario gregoriano, como los relojes con prisa, adelantaba, mientras que el juliano, como la vida para los perezosos, se rezagaba; así, cuando aún era 23 de abril de 1616 en Inglaterra, ya era 3 de mayo en España. Los ingleses siempre a su ritmo y aire, con su propio sistema jurídico e iglesia nacional, con sus pesos y medidas particulares y hasta conduciendo por la izquierda para diferenciarse de los demás. Gran Bretaña es una isla, pero no hay mar más ancho y profundo que el de la voluntad de aislarse.

Centro de Interpretación de Shakespeare. Stratford upon Avon

                En mi último y reciente viaje a Inglaterra quise dedicar un día a conocer la geografía vital de Shakespeare y viajé a Stratford-upon-Avon, el lugar donde nació en abril de 1564. Stratford es una pequeña ciudad de poco más de 30.000 habitantes que, en gran medida, vive del turismo que genera el hecho de ser la cuna del autor de “Hamlet” y de tantas conocidas obras más, aunque, como es frecuente, son más los que han oído hablar de ellas que quienes las han leído o visto representadas. La ciudad junto al río Avon, que eso es lo que significan los apellidos de Stratford, está en el condado de Warwick, al sureste de Birmingham, la segunda ciudad más poblada de Inglaterra, tras Londres. Aunque se enfadarían mucho los ingleses si leyeran esto que voy a decir ahora, en realidad la Inglaterra actual nació, precisamente, en el castillo de Warwick, erigido por el normando Guillermo el conquistador, quien también fundó la famosa Torre de Londres, e inauguró la dinastía normanda que expulsó a los vikingos escandinavos de las islas británicas y sometió a los desunidos sajones. Francia, pues, está en el origen mismo de la Inglaterra que hoy conocemos y sucesivas familias de origen galo fueron durante siglos las dueñas del histórico castillo de Warwick hasta que uno de sus miembros, que quería ser actor de cine y solo lo fue a medias, lo vendió para poder vivir en Hollywood. Ahora, ese histórico y bello castillo, emplazado en un lugar de película, es en realidad un parque temático de ocio familiar, inspirado en el medievo, y lo gestiona la misma empresa que es dueña del famoso museo de Madame Tussauds, el de cera de Londres, el más prestigioso del mundo en su género. Por cierto, la conocida madame era francesa también, de Estrasburgo. Ahí lo dejo.

                Como decía, el pueblo de Shakespeare vive de él. Si el castillo de Warwick es un parque temático del medievo, Stratford es un parque temático en torno al escritor inglés. Todo gira alrededor de la que fuera su casa, de estilo Tudor y muy bien conservada pese a datar del siglo XVI, y del centro de interpretación —en la foto— que la complementa. Un buen comercio de antigüedades, textiles, joyas… y mucha oferta de ocio y restauración, sobre todo en torno al río Avon, con su pequeño “Stratford eye” y todo, dinamizan la economía de este lugar, casi de culto para quienes gustamos de la mejor literatura. Y Shakespeare ocupa en ella un lugar preferente, aunque hay distintas tesis que afirman que no hubo uno, sino dos o tres, y que, en realidad, él solo fue un simple apellido adoptado por el Conde de Oxford para publicar sus obras. Incluso hay quienes llevan las teorías sobre Shakespeare a extremos y aseguran que, al menos algunas de sus obras, están escritas por la mismísima reina Isabel I. Ser o no ser, la duda, como en Hamlet. O los celos, como en Otelo…

                Lo que sí está absolutamente contrastado es que una tía de Cervantes, María, mantuvo amores ilícitos, pero muy intensos, con Martín “El Gitano”, un hijo extramatrimonial del tercer duque del Infantado, Don Diego Hurtado de Mendoza, y María Cabrera, una bella actriz de piel cetrina que actuó para él y con la que mantuvo relaciones carnales. Don Diego quiso tanto a su hijo bastardo que hasta consiguió del rey Fernando el Católico su reconocimiento como legítimo y nombramientos eclesiales con importantes rentas. Incluso don Diego lo propugnó para arzobispo de Toledo, pero su propósito murió en el intento. Que nadie se escandalice porque una dignidad eclesial de aquel tiempo tuviera mujer e hijos puesto que, hasta el mismísimo Cardenal Mendoza, tuvo “dos lindos pecados”. Aquellos amores entre Martín Hurtado de Mendoza y María Cervantes tuvieron su fruto: Martina de Mendoza, pero también sus fuertes desavenencias, con el dinero de por medio, claro. El padre de María de Cervantes y abuelo de Miguel terminó enfrentado por su hija con los Mendoza, a quienes servía como hombre de leyes y a quienes acusó de mancillarla siendo menor de edad, reclamando por ello reparación dineraria. Sus demandas, fuertemente contestadas en todas las instancias por la poderosa familia alcarreña, le obligaron a huir de su jurisdicción e influencia a la vecina Alcalá de Henares. Por ello, dicen algunos, que el famoso autor del Quijote y que fue tan importante que hasta el día de su muerte es el del libro en todo el mundo, nació en Alcalá y no en Guadalajara. Esta última afirmación no deja de ser historia ficción, un género que, por cierto, está muy en boga con el nombre de novela histórica. “María Cervantes “in love” (enamorada) podría titularse esta, a semejanza de la conocida película “Shakespeare in love”, de John Madden, que ganó el Oscar en 1999.  

                ¡No pasen… y lean, por favor! Como, precisamente, decía Cervantes: “El que lee mucho y anda mucho, va mucho y sabe mucho”.

La pascua de la ardilla en St. Dunstan

Las circunstancias han posibilitado que este año haya pasado los días principales de la Semana Santa en Londres, la cosmopolita capital británica que, bien recorrida gracias a una guía de excepción —mi hija, Ana, que residió un año allí—, me ha parecido una ciudad verdaderamente espectacular. Se que no descubro nada nuevo a nadie y que, incluso, no hace falta ni siquiera ir allí para saber que es un espectáculo de ciudad, pero todas mis expectativas se han visto superadas desde que aterricé en Heathrow el miércoles santo y despegué de allí el domingo de pascua, el “Easter” como llaman los ingleses a este día.

                Mis semanas santas, habitualmente, han estado ocupadas con oficios de tinieblas y liturgias de las horas, procesiones y pasiones vivientes, actos litúrgicos y de religiosidad popular propios de este tiempo. Proclamo así abiertamente mi militancia cristiana, mi vinculación con el mundo cofrade y mi apetencia por la tradición, sin que ello haya sido jamás óbice para tener un espíritu inquieto y reformista, como bien saben quienes mejor me conocen. Tradición y reforma en justo equilibrio permiten preservar y construir, dar un paso atrás y dos hacia delante, tener referencias y generar nuevos referentes.

                Según me han contado y he podido seguir a través de noticias que me llegaban por internet, la Semana Santa de este año en la provincia ha estado negativamente condicionada por la mala climatología. El frío, el viento y, sobre todo, la lluvia son los peores enemigos posibles para las procesiones y demás actos de calle en este tiempo y así nos ha despedido marzo, con un rabotazo de invierno cuando ya estaba proclamada, al menos en teoría, la primavera. Me dicen que se han suspendido muchas procesiones en la capital y en numerosos pueblos, sobre todo en Jueves Santo.  Bien que lo siento por los cofrades que, después de muchas ilusiones puestas, de mucho trabajar y preparar sus pasos procesionales, no han podido salir de sus sedes canónicas. Se lo frustrante que es eso. Llegados a este punto quiero tener un especial recuerdo para Toño Marqueta, amigo y hermano de la Cofradía de la Pasión que murió con la Semana Santa ya en vísperas y que, pese a que la enfermedad que le causó el deceso avanzaba imparable, hasta el último momento estuvo pendiente de que el traslado del Cristo Crucificado del cementerio hasta Santiago, dejara de ser, eso, un simple traslado. Con su trabajo y el de otros miembros de esta gran Cofradía, ese simple traslado —siempre digno y bien concebido, pero sin esplendor notable hasta la fecha— se ha convertido desde este año en una impactante procesión, dada la antigüedad y belleza de la talla del Cristo y la espectacularidad de procesionar con las luces urbanas apagadas y con la única luz de hachones y velas. Toño era un guadalajareño militante, un activo y generoso cofrade de la Pasión que durante mucho tiempo fue, primero, cargador y después capataz del propio paso del Cristo; también fue un buen amigo de sus amigos, un gran trabajador y una buena persona. Por su fe y por todo ello, descansa en paz.

Lilas de California en las ruinas de St Dunstan. Londres

                Y mientras en Guadalajara llovía, en Londres, no, algo que raya lo sorprendente, cuando no lo inédito. En realidad, solo llovió el jueves santo porque el “Good Friday” —el buen viernes—, como allí llaman los ingleses al viernes santo, fue un día de nubes y claros, pero sin lluvia, el sábado estuvo mayormente soleado y el domingo de pascua, aunque el cielo permaneció casi todo el día cubierto, tampoco llovió. Lo dicho, dejé Londres en Guadalajara y me llevé Guadalajara a Londres. Va a ser cierto eso que digo a veces, de forma un tanto pretenciosa para el entender de algunos, que estoy tan pegado a esta tierra que no se dónde termino yo y empieza ella.

                La semana santa anglicana es muy contenida. Nada que ver con la española, incluso con la castellana, sobria por definición. Por supuesto que no hay procesiones ni tinglado alguno de calle. Todo se queda en los templos y ese todo, apenas es nada. Sermones y oficios con ritos bastante sencillos, muy alejados de lo barroco, cumplen con el programa. En las iglesias, con fachadas impresionantes que en muchas ocasiones están inspiradas en la arquitectura clásica griega, generalmente desprovistas de retablos y ornamentación e, incluso, de imágenes de santos, apenas se percibe que sea Semana Santa. Solo en la iglesia de St Mary the Virgin, en Oxford, pude ver una sencilla cruz desnuda de Jerusalén apoyada en un pilar, mientras que en la catedral londinense de San Pablo, únicamente se percibía que era tiempo de Pasión por el Sermón de las Siete Palabras que, cuando llegué, estaba pronunciando la obispa de Londres, Sarah Mullaly, una teóloga que antes fue enfermera, está casada y tiene dos hijos. Eso sí, en todas las iglesias había programados, además de los oficios propios de estos días, conciertos de música clásica religiosa, muy demandados, incluso más que los propios oficios.

Ardilla en las ruinas de St. Dunstan. Londres

                Londres es como los fondos del British Museum, un combinado de culturas y razas con especial presencia de las de los países que forman parte de la Commonwealth. La diferencia es que, mientras que en el extraordinario museo británico hay piezas expuestas de todo el mundo, pero apenas las hay inglesas, en Londres también hay muchos londinenses, que son los más cosmopolitas de los británicos, aunque no dejan de ser muy suyos. Viajar es el mejor antídoto contra el provincianismo, como residir en un lugar como Londres, que es una especie de torre de Babel en la que todo el mundo habla inglés —o, al menos, lo intenta—, es un antídoto contra el ombliguismo. Sin duda, los londinenses son los británicos que menos sufren dolores de cuello. Londres es la metrópoli por excelencia, la capital de medio mundo y parte del otro medio, el lugar al que todo quisque va o quiere ir. Además, desde un punto de vista material, es una ciudad que ha sabido conservar con celo lo más significativo de su valioso patrimonio monumental, en diálogo casi perfecto con rascacielos de acero y cristal. Lo que en otras partes chirría, en Londres es armonía sin complejos. Me gusta el eclecticismo londinense, su fusión, su bien concebido mestizaje, tanto de los hombres como de las casas en las que viven o trabajan. Parafraseando lo que decía Saint Exupéry, el padre del “Principito”, Londres es una ciudad muy grande llena de pequeños rincones y detalles hasta sus bordes. De entre ellos, destaco St. Dunstan, las ruinas de una antigua iglesia gótica en medio de la “city” —el barrio de Bank—, donde el dinero se gestiona en imponentes rascacielos que convierten a la zona en un pequeño Manhattan. En esas ruinas, así dejadas por las destructivas V-1 y V-2 de Hitler en 1945, la ciudad de Londres integró en 1971 un bellísimo jardín romántico en el que las viejas piedras góticas y la naturaleza en resiliencia intentan sobrevivir entre moles de acero y cristal, ofreciendo un rincón de sosiego en la capital del estrés. Una pequeña ardilla juguetona celebró la pascua con nosotros en St. Dunstan, mientras unas preciosas lilas de California del color del laspislázuli nos confirmaban que no solo ya es primavera en el Corte… Inglés, of course.         

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