Archive for junio, 2020

Sin fiestas y con mascarilla

               El verano, sobre todo el período que va entre “las dos vírgenes” -la del Carmen, en julio, y la de la Asunción, en agosto-, suele traer a los pueblos de la provincia una imagen temporal y atípica respecto a su cotidiano ser y vivir, con fecha de caducidad como los yogures, que es la del regreso de sus hijos, nietos y bisnietos que tienen casa en ellos, pero residen en zonas urbanas. De este fenómeno sociológico periódico hemos hablado en este blog prácticamente cada estío porque, sin duda, es el hecho que más altera y condiciona la vida provincial por las consecuencias que conlleva, positivas casi todas ellas. Aunque a veces hay cierta carga de negatividad en el impacto que supone que unos seres eminentemente urbanos trasladen parte de sus hábitos urbanitas a zonas rurales, este hecho también conlleva que se produzca el reencuentro entre los pueblos y quienes se vieron obligados a emigrar de ellos y sus descendientes. Y los reencuentros siempre son eminentemente positivos, tanto entre personas, como entre el paisaje y sus figuras, pues minoran el desarraigo y restablecen equilibrios. Eso, desde un punto de vista emocional; desde un punto de vista racional, los regresos de la gente a sus pueblos, o a los de sus padres o abuelos, implican dinamizar la actividad social y económica, darles algo de oxígeno en verano, especialmente a las actividades del sector servicios, para cuando llegue la larga hipoxia del otoño avanzado y todo el invierno.

Encierro de toros de Brihuega entrando en la plaza del Coso, 1928. Este año ya se ha anunciado su suspensión. Foto Archivo Camarillo. CEFIHGU. Diputación de Guadalajara.

               Este verano, que ya está ahí, pese a que el sol lleve mascarilla, va a ser especialmente atípico, como lo ha sido la primavera que nos ha robado el coronavirus. “¿Quién me ha robado el mes de abril?”, se pregunta ese pedazo de poeta que además canta regular, llamado Joaquín Sabina. La realidad, a veces, como en esta, va mucho más allá de la ficción y hasta de las metáforas de quienes mejor cantan a la vida; este dichoso Covid 19 -o esta, porque uno ya no sabe si es chico o chica, aunque igual da porque estamos en tiempos arcoíris- ha ido más allá de lo que se preguntaba Sabina y nos ha traído una meta-metáfora: ¿quién nos ha robado la primavera del 2020 y se propone restarnos también parte del tiempo presente y aún del futuro inmediato? La respuesta no está en el viento, como dice la también hermosa canción de Bob Dylan; bien sabemos cuál es, aunque no sepamos su género y si está a gusto con su identidad.

               El verano de 2020 con mascarilla va a robarnos en la provincia poder respirar plenamente el aire sin contaminar de nuestros pueblos, un aire que, como el de Campisábalos, aunque me consta que también el de muchos otros lugares, está científicamente considerado como el más limpio y puro de España y el tercero del mundo. Da gusto encabezar este tipo de rankings y no el de despoblación -vaciamiento les ha dado por llamarlo ahora en esta etapa del nominalismo extremo- pues, como saben, algunas zonas de Guadalajara, especialmente las Serranías del Norte y el Señorío de Molina, presentan datos en ese ámbito similares a los de la lejana, fría, escandinava y ártica Laponia. Resulta curioso que las tierras que recorrió el Cid camino de su exilio a Valencia estén tan cerca de aquellas en las que vive Papá Noël; lo mismo hasta Babieca ha compartido pastos con Trueno, Relámpago, Bromista o cualquier otro de los renos del “viejito pascuero”, como llaman los argentinos a “Papá Navidad”.

               El verano con mascarilla de 2020 -si nos la ponemos tapándonos mentón, boca y nariz, como Dios y las autoridades sanitarias mandan- también nos va a robar parte de los olores de la tierra, especialmente los de ésta que es una de las que mejor huelen del mundo; la calidad de su miel y el buen gusto y mejor olfato de las abejas, avalan esta grandilocuente, pero certera, afirmación que en un viaje por la Alcarria me hizo una vieja y querida amiga que ya murió, la gran -en todos los sentidos- periodista de ABC, Isabel Montejano.

               Y este verano con el sol con gafas y mascarilla, también nos robará la mayor parte de las fiestas populares que, como un cohete revienta en la altura, estallan, sobre todo en agosto y en la primera quincena de septiembre, por todos los rincones de la provincia y ponen bullicio, jarana y alegría donde habitualmente solo hay silencio y soledad. Guadalajara tiene muchas carencias, sin duda, al tiempo que puede que le sobre algo -por ejemplo, resignación y acomodo-, pero es una tierra festera como pocas; es probable que esa alma festiva estival sea la reacción, el otro yo, el yang, al cuerpo doliente que presenta gran parte del resto del año. Sin duda, la fiesta es más ruidosa donde más se escucha el silencio.

               En vez del pañuelo de peñista atado al cuello, este verano vamos a llevar las gomas de las mascarillas asidas a las orejas, como si fueran orejeras de burro; en vez de encierros de toros, vamos a tener tiempo para aburrirnos y hasta observar a las afanosas hormigas acarreando alimento a sus nidos para sobrevivir en invierno, mientras no solo las cigarras están a la molicie; en vez de verbenas hasta la madrugada, vamos a poder ver, con más tiempo y silencio que nunca, cómo las perseidas se nos antojan lágrimas celestes de y por San Lorenzo, allá en torno al 10 de agosto.

Cantaba Paloma San Basilio, con su gran e infinita voz, que “la fiesta terminó”; este año, ha terminado antes si quiera de empezar. Asumamos el espíritu positivo de la fiesta de las fiestas españolas que es la pamplonica de San Fermín -también suspendida este año- y pensemos que ya nos queda un día menos para celebrar nuestras fiestas… del año que viene.  Coronavirus mediante.

Los apóstoles en tiempos del coronavirus

               En nuestra entrada anterior comentábamos que, por causa del Covid 19, se había suspendido la celebración de la inmemorial y celebérrima fiesta de La Caballada atencina, un hecho sin precedentes documentados. Como la grave pandemia va remitiendo pero no cesa, en esta ocasión nos vemos obligados a comentar la suspensión de otra destacada celebración tradicional de la provincia como es la procesión del Corpus Christi, de Guadalajara, también conocida como de los Apóstoles por participar en ella deforma destacada la antiquísima Cofradía del mismo nombre, con sede canónica en Santa María. Al aún persistir la suspensión de este tipo de actos públicos de calle decretada desde la primera declaración del estado de alarma, manifestaciones religiosas incluidas, la carroza con la custodia que porta al Santísimo, los Apóstoles,  los niños y niñas neo-comulgandos, el clero, el pueblo de Dios y la autoridades han dejado de salir este año el día del Corpus en procesión por la ciudad, hecho que no sucedía desde tiempos de la segunda República. En 1933 fue el primer año en que no se procesionaba en esta festividad en la capital desde las Guerras de la Independencia y Carlistas del XIX.  Efectivamente, la primera vez que se suspendió esta procesión en aquellos complicados años 30 del siglo pasado, no fue en 1936, en vísperas ya de la Guerra Civil, sino tres años antes, cuando el Gobernador la prohibió siguiendo las recomendaciones del Comisario de Vigilancia, que parece ser que vigilaba mucho a unos y poco a otros. Aunque aún quedaban tres años para iniciarse la contienda civil, la normalidad y la convivencia pacífica hacía tiempo que estaban alteradas, hasta el punto de que, tres días antes de la celebración de la procesión, como era preceptivo entonces, se solicitó su autorización por escrito al Gobierno Civil. Al día siguiente, como reacción a esta acción administrativa, se presentó también en el gobierno un pliego con firmas en el que se hablaba de posibles alteraciones de orden público, caso de autorizarse el acto religioso; finalmente, el Gobernador optó por no permitir la procesión, celebrándose a modo claustral, dentro del templo de Santa María. Los virus de la intolerancia, el odio y la falta real de libertad religiosa suspendieron temporalmente una celebración festiva, religiosa y popular con larga y honda tradición en el mundo cristiano y secular arraigo en esta ciudad pues podría remontarse su celebración a los siglos XIII y XIV, si bien está documentada a partir de 1454.

Miembros de la cofradía, ataviados con capa castellana, a la puerta de Santa María

              

La primera vez que se suspendió esta procesión en aquellos complicados años 30 del siglo pasado, no fue en 1936, en vísperas ya de la Guerra Civil, sino tres años antes, cuando el Gobernador la prohibió siguiendo las recomendaciones del Comisario de Vigilancia, que parece ser que vigilaba mucho a unos y poco a otros.

Pese a que la procesión del Corpus no se celebró el domingo 14 de junio –este año se cumplían 30 años de su desplazamiento desde el jueves, día en que tradicionalmente venía teniendo lugar-, la Cofradía de los Apóstoles sí ha mantenido la celebración de todos sus actos internos, guardando las debidas y obligadas medidas de seguridad sanitaria entre sus miembros, como no debía ser de otra manera. Así, el domingo de Pentecostés -15 días antes del Corpus-, celebraron –celebramos, pues yo soy miembro de ella como último suplente- asamblea general; el sábado anterior al Corpus nos volvimos a reunir para oír misa en hermandad y rezar el Miserere –el salmo 50, por el sufragio de las almas de los hermanos que nos precedieron y como oración colectiva de contrición y penitencial- ante la magnífica talla del Cristo, precisamente llamado de los Apóstoles, que hay en Santa María; finalmente, participamos en la misa principal del Corpus en la concatedral, el mismo domingo, vestidos los titulares con mantos y túnicas para ambientar la Eucaristía a que se ha debido reducir la celebración de este año de “la gran fiesta de los sentidos”, como mi amigo y hermano, Javier Borobia –es titular de San Felipe en la hermandad-, ha bautizado siempre este gran día. Una imagen para el recuerdo será la que hemos dejado en 2020 los apóstoles en los actos celebrados en nuestra sede canónica, con nuestras capas castellanas sobre los hombros y las obligadas mascarillas cubriendo mentón, boca y nariz. Puede que resulte menos chocante ver a un santo con un par de pistolas, dicho sea de modo en absoluto irreverente y por apelar al conocido dicho.

Siempre que se acerca el Corpus, una fecha muy señalada y emotiva para mí, como me consta que lo es también para mis hermanos de Cofradía y sus familias, tengo por costumbre acudir a dos libros que guardo con especial celo y afección en mi fecunda librería: “El Corpus Christi en Guadalajara”, de Pedro José Pradillo, y “El Corpus Christi de Francisco Sánchez”, de Salvador García de Pruneda. La obra de Pradillo es el resultado de una importante investigación histórica sobre la festividad del Corpus, que deviene en ensayo y que trasciende de lo local por lo que adquiere una gran relevancia y proyección. El sabio técnico de patrimonio del Ayuntamiento de Guadalajara, que publicó este libro en 2000, cuando aún no lo era, realiza un exhaustivo análisis de la liturgia festiva del Corpus, centrando su período de estudio entre 1454 –que es cuando se documenta por primera vez la celebración de esta fiesta a través de un pago del ayuntamiento a quienes se visten ese año como apóstoles- y 1931, año en que se inició la segunda República, período en el que, como hemos visto ya antes, su celebración se vio muy comprometida, cuando no prohibida. El trabajo de Pradillo es una referencia imprescindible para quienes quieran profundizar en el conocimiento de la celebración del Corpus en Guadalajara, contextualizada, relacionada y comparada con las celebraciones de otras ciudades de España que también tienen en esta festividad un día solemne y de fiesta mayor.

               García de Pruneda (Madrid, 1912) fue un diplomático español –llegó a ser titular hasta de tres embajadas: Túnez, Etiopía y Hungría-,  y novelista –ganó el Premio Nacional de Literatura en 1963- que vivió parte de su infancia y mocedad en Guadalajara, donde su padre, militar de profesión, estaba destinado. Tanta huella dejó en él la capital alcarreña que ambientó aquí su novela titulada “El Corpus Christi de Francisco Sánchez” (1971), si bien no la cita expresamente, aunque resulta obvio por el nomenclátor de calles y monumentos, así como por la toponimia menor que aparece en la obra. La acción transcurre en la víspera de la celebración del Corpus y, como toda novela que se precie de serlo, reúne en su trama momentos y escenas de amor y de muerte, una muerte que acontece, ni más ni menos, que en las terreras del Henares, al pie de la Fuente Blanquina.

               Tanto la novela de García de Pruneda como el ensayo de Pradillo los editó el Ayuntamiento de Guadalajara, en 1995 y 2000 respectivamente, siendo alcalde de la ciudad e impulsor de ambas publicaciones José María Bris, un regidor que fue especialmente sensible con todo lo que son las señas de identidad de la ciudad, al tiempo que una persona muy cercana a los ciudadanos y a su sociedad civil. Siendo primer munícipe, Bris nunca faltaba a la misa de siete de la mañana el día del Corpus, la que en intimidad y familiaridad celebramos la Cofradía de los Apóstoles, compartiendo después con nosotros el almuerzo de hermandad que tradicionalmente sigue a la Eucaristía. Y siendo él alcalde y Francisco Tomey presidente de la Diputación, la Cofradía se vio muy beneficiada por ambas instituciones pues gracias a su apoyo económico se pudo adquirir la magnífica talla del Cristo de los Apóstoles, se renovaron las pelucas, las túnicas, los mantos y los cíngulos, a la vez que se pudieron acuñar las medallas con el emblema de la hermandad que portamos los cofrades. Lo que fue ayuda a seguir siendo lo que es.

La Caballada descabalgada

El Domingo de Pentecostés, que este año ha caído en el día 31 de mayo, siempre ha sido una fecha señera en el calendario festivo tradicional de la provincia de Guadalajara pues, no en vano, se celebran en él, o han celebrado, tres de los eventos costumbristas de mayor raigambre y significación, como son la Caballada de Atienza, las Loas y Danzas a la Virgen de la Hoz y la Soldadesca, de Hinojosa. En realidad, la única de estas tres señaladas citas que permanece inalterable en el calendario el día de Pentecostés desde que iniciara su histórica andadura hace 858 años es la fiesta atencina. La de la Hoz del Gallo –cuyo origen se remonta a principios del siglo XVI y se recuperó en 1979 tras décadas desaparecida- hace unos años que retrasó su celebración una semana y viene teniendo lugar en la octava de Pentecostés, y la de moros y cristianos de Hinojosa, entra y sale del calendario como el Guadiana de la tierra, no celebrándose desde 2010, tras haberse recuperado en 1981.

«Desfile de la Caballada de Atienza». Fotógrafo MANUEL URECH LÓPEZ. Colección Layna Serrano. (Fecha desconocida). CEFIHGU. Diputación de Guadalajara.

               Este año, por causa del puñetero coronavirus que no sólo está condicionando los días azules de nuestras vidas, los laborables u ordinarios, sino también los rojos, los festivos y extraordinarios, ni siquiera se ha podido celebrar la Caballada, al parecer por primera vez en su plurisecular historia y, en todo caso, de forma documentada desde hace 350 años ¡que se dice pronto! Ni las numerosas guerras que han asolado España en toda edad, media, moderna y contemporánea, ni los incontables acontecimientos que han condicionado negativamente las vidas de los españoles a lo largo de los últimos nueve siglos, ni las crisis de fe y religiosidad popular que nuestro país ha acusado en este mismo tiempo, ni las sucesivas crisis agrarias que han diezmado de población y vigor el medio rural, sobremanera el serrano, habían podido con la Caballada hasta que ha irrumpido inopinadamente el Covid-19 en nuestras vidas y ha aconsejado su suspensión, como no debía ser de otra manera, dadas las circunstancias.

               La Caballada es, junto con el Festival Medieval de Hita y teniendo muchísima más antigüedad, raigambre y mérito que éste, el único evento de la provincia que está declarado como “Fiesta de Interés Turístico Nacional”; además, obtuvo esta declaración en la primera relación de fiestas españolas que lograron esta importante distinción, aprobada por la Secretaría de Estado de Turismo en 1980. En esa primera y escogida nómina de 29 festividades turísticas de interés nacional que otorgó la Administración General del Estado, además de la Caballada y el Festival Medieval de Hita, se incluyeron otras importantes y afamadas celebraciones como las Fiestas del Pilar, de Zaragoza, las Hogueras de San Juan, de Alicante, el Festival de los Patios cordobeses o las fiestas de la Merced, de Barcelona, lo que nos aporta una referencia de la primera “división” festiva en la que juega la Caballada, valga el símil futbolístico. Esa declaración, evidentemente, no fue gratuita y se basó en criterios objetivos e incuestionables como la importancia histórica del hecho en que se fundamenta, la continuidad plurisecular ininterrumpida en su celebración, la formalidad y vistosidad de su extraordinario ritual y, por supuesto, el magnífico contexto geográfico e histórico-artístico en el que tiene lugar pues Atienza es una de las grandes villas castellanas y, por ende, de España.

Repasaremos ahora, sucintamente, el notable y singular origen de la Caballada que data de la segunda mitad del siglo XII, exactamente de 1162, época histórica de mayor esplendor de Atienza. En aquél año, los recueros –arrieros- atencinos, a través de una inteligente y curiosa estratagema, consiguieron sacar de la villa, como si fuera uno más de ellos y sano y salvo, al entonces rey niño, Alfonso VIII –cuyo posterior reinado, recordemos, supuso la transformación de Castilla en el centro de poder político más importante del occidente peninsular y la decadencia definitiva del poder musulmán-, sitiado en Atienza por tropas de su tío, el rey leonés, Fernando II, que se metió en medio de la disputa civil de los Castro y los Lara, en la tutela y custodia del rey también llamado “pequeño” por la historia, para tratar de asir la corona de Castilla y subyugarla a la de León. En conmemoración de esta secular efeméride y merced a los privilegios concedidos a Atienza por el agradecido rey Alfonso, cada domingo de Pentecostés, desde hace 858 años, se celebra la fiesta de “La Caballada”, que merece la pena conocer bien de cerca y en todo su ritual –si aún no la conocen, han de esperar al 23 de mayo de 2021-, y que tiene su momento álgido para el espectador en las galopadas que los cofrades de la Santísima Trinidad dan sobre sus caballos por los caminos que unen la ermita de Nuestra Señora de la Estrella y la villa. Si quieren hacerse una idea de cómo es esta fiesta y conocer algunos aspectos de su origen y ritual, les invito a que vayan a este divertido, curioso y singular enlace en el que se cuenta “La Caballada” con muñecos de “Playmobil”, una auténtica delicia y gozada no solo para los más pequeños: https://youtu.be/je_VW2ICI84

Atienza merece ser vista, conocida y disfrutada en cualquier momento del año, incluso en los meses, los muchos meses, en que allí se llama fresco al frío, pero si hay una época especial en la que esta histórica villa se muestra en todo su esplendor esa es, precisamente, la primavera ya avanzada, en torno a Pentecostés y la Caballada. Es en ese tiempo cuando la “peña muy fuort” del Mio Cid se despereza del largo invierno, los campos de cereal aún verdean, salpicados de amapolas y margaritas, y en los montes bajos y en los baldíos pelean por imponer su color el amarillo de las flores de la retama, el blanco de las de la jara, el blanco-rosáceo de las flores de la gayuba y el tomillo y el rosa-violáceo del brezo, entre un sinfín de otros arbustos y flores propios de estas tierras que antaño fueron de marojos y quejigos.

No me cabe duda de que La Caballada sí que volverá más fuerte. Mientras esperamos a ese 23 de mayo del año que viene en que está ya fijada en el calendario la próxima celebración de esta gran fiesta atencina, nos vamos con estos versos de Alberti, de su conocido poema “Galope”, escritos durante la Guerra Civil española, que acabó con tantas vidas y tantas cosas y que aún hoy condiciona nuestras vidas, pero que no pudo con La Caballada. Ésta se celebró los años de la contienda con La única merma en su programa de no poder contar con los gaiteros que acompañan varios de sus actos. Veamos ahora cómo el poeta gaditano utiliza la repetición de palabras y la aliteración como recurso en sus versos, de tal modo que nos hace sentir el galope del caballo. Cerremos los ojos, repasemos a Alberti y sentiremos su caballo cuatralbo a pie de uña por el camino de Atienza que lleva de la villa a la Estrella:

A corazón suenan, resuenan, resuenan
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo,
caballo cuatralbo,
caballo de espuma.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

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