Gaudí, más amor que técnica

                He estado el pasado fin de semana en Barcelona por un asunto familiar -grato, gratísimo- y reconozco que he vuelto reconfortado, no solo por disfrutar intensamente allí con los míos un par de días, sino porque la capital catalana está volviendo a la normalidad y ese es el estado natural de las cosas. Decía Antonio Gaudí, el hombre que más ha hecho por la Barcelona moderna y modernista, que “el gran libro, siempre abierto y que debemos esforzarnos en leer, es el de la Naturaleza”. En ese aserto se basó el genial arquitecto para fundamentar su creatividad pues se inspiró en la naturaleza, en las cosas naturales y que están siempre en su sitio, para crear su extraordinaria obra, entre la que destaca de manera notoria esa excelsa Sagrada Familia que lleva ya casi siglo y medio construyéndose con su proyecto, pero a la que aún le faltan unos años para concluir pues siempre le queda un peldaño que subir a la escalera al cielo.

Cuando hablo de la normalidad a la que está retornando Barcelona no me refiero a la de la postpandemia que se está viviendo en casi todas partes y que aún está por ver si de verdad es ya “post” o no, estoy refiriéndome a esa situación previa al llamado “procés” en la que independentistas y no independentistas, pensionistas y mediopensionistas, catalanes de ocho apellidos y charnegos, turistas y desplazados, migrantes de ahora, de hace años o de hace siglos -todos somos o hemos sido migrantes- convivían razonablemente en una de las ciudades más bellas de España, de Europa y del mundo. Si por algo se caracterizaba Barcelona es por ser una ciudad abierta, receptiva, hospitalaria, tolerante, indulgente y, como el París de Valle Inclán en “Luces de Bohemia”, brillante, muy brillante, no solo por la preciosa luz del Mediterráneo, sino porque es inspiradora como pocas y, por tanto, hábitat natural de artistas y creadores en todas las diciplinas de las artes y las ciencias. El “procés” -que sigue ahí, latente, pero atenuado porque en Cataluña, especialmente en su capital, hay más “seny” (sensatez) que “rauxa” (justo lo contrario)- malició tanto las cosas que fue capaz hasta de oscurecer Barcelona, algo que solo parecía estar en la mano de Dios si decidía apagar el interruptor de esa inigualable luz que viene del mar que está en medio de la Tierra y que los romanos hicieron suyo llamándolo “Nostrum”. Barcelona es tan de todos que no puede ser solo de unos pocos que, además de creerse distintos, se piensan mejores. El nacionalismo radical y excluyente es de todo menos barcelonés porque va justo en el sentido contrario de lo que ha sido y es la ciudad, un rompeolas de razas y de culturas, de ideas y de pensamientos que se han sincretizado en ella y han hecho virtud del eclecticismo. Se que, de vez en cuando, van a seguir llegando noticias desalentadoras de Barcelona provocadas por racistas 3.0 que, para colmo, se disfrazan de progres cuando huelen a rancio y a naftalina -y, con frecuencia, a sudor-, pero he comprobado por mí mismo que la mayoría silenciosa de los barceloneses sigue queriendo convivir en paz y retornar a la tolerancia y la convivencia como señas de identidad de la ciudad abierta que fue, es y será. Barcelona es tan grande y tan fuerte -y no me estoy refiriendo a parámetros físicos- que terminará volviendo a ser la “Ciudad de los prodigios”, como la de la novela de Eduardo Mendoza, y no “La ciudad quemada”, como la de la película de Antoni Ribas.

Y siempre será la ciudad del genio Gaudí, tan genial que en su tiempo fue tachado de loco -algo que también sucedió con Van Gogh, Poe o Newton, por citar tres significativos ejemplos- al adentrase en caminos entonces arriesgadísimos e ignotos para la arquitectura de finales del XIX y principios del XX. Más de un siglo después, sus ideas y conceptos son estrella y camino, como la Virgen del Carmen, a los pies de cuya imagen está enterrado en la cripta de la Sagrada Familia, el templo más alto de la cristiandad, pero que mide un metro menos que la montaña de Montjuic, la cumbre de Barcelona por excelencia, porque Gaudí no quiso superar la altura de la obra de Dios. Sabido es que el gran arquitecto barcelonés está en proceso de beatificación ya que fue un fervoroso cristiano, destacando por sus conocimientos bíblicos y evangélicos -todo en la Sagrada Familia es pura catequesis en piedra, que va desde el durísimo pórfido a la blanda arenisca, pasando por el granito, el basalto y la caliza-, al tiempo que por su piedad. Ejemplo de ella es la escuela para los hijos de los obreros de la Sagrada Familia que él mismo construyó anexa al templo y que se conserva musealizada. En aquella escuela, también adelantándose a la lógica pedagógica que llegó décadas después, niños y niñas asistían juntos a clase y, más que en el aula, aprendían jugando y conviviendo en el patio. Más de medio siglo después, la propia UNESCO puso en marcha el proyecto “Escuela sin pared”, uno de cuyos antecedentes es esa escuela de la Sagrada Familia.

Como ya he dicho al principio, la obra arquitectónica de Gaudí se inspiró en la naturaleza porque en ella siempre encontraba soluciones a sus retos constructivos e inspiración a los decorativos, al tiempo que veía la mano de Dios, a quien consideraba el mejor arquitecto. En la fotografía que acompaña el texto se sintetiza esa creencia gaudiniana pues una buganvilla que se acuesta en la pared de la escuela para hijos de obreros proyectada y hecha por él, busca el cielo a través de las enhiestas torres de la Sagrada Familia que, a su vez, apuntan también a ese cielo, azul, límpido y abierto de Barcelona. Todo lo dicho sobre Gaudí y sobre Barcelona en este artículo, se resume en esta frase del propio arquitecto: “para hacer las cosas bien es necesario: primero, el amor; segundo, la técnica”. Aunque algunos se crean que la ciudad condal es solo técnica, en ella hay más amor que odio. Y, desde el sábado pasado, uno muy especial, el de mis muy queridos sobrinos, Carlos y Cristina.

“Sin libros no somos nada”

Sin solución de continuidad, porque el calendario así lo viene queriendo en nuestra Guadalajara desde hace ya unos cuantos años, el ancho, largo y alto mundo de los libros va a seguir siendo el objetivo táctico de esta “Misión al Pueblo de Desierto” que, si bien muchos no habrán reparado en ello, es como se titula este blog desde que nació, a la par que Guadalajara Diario, hace ya más de nueve años de ello. Lo tomé prestado del título de la última obra de teatro que llevó a escena Buero Vallejo, a quien no solo me unen vínculos familiares y afectivos, sino un respeto y una admiración que, lo confieso, rayan la veneración. Avisados ya, aprovecho que del 12 al 15 de mayo se va a celebrar/se ha celebrado -lo escribo también en pretérito perfecto para quienes lean este post a partir de esa fecha, festividad de San Isidro para más señas- la Feria del Libro en nuestra Guadalajara para reivindicar la vigencia de la obra de Buero y recomendar su lectura. Sí, he dicho bien, su lectura, porque el teatro del dramaturgo alcarreño está escrito para ser representado, por supuesto, pero también leído porque no solo tiene valores escénicos y narra historias a través de actores, sino que además comporta valores literarios intrínsecos sin la ayuda de las tablas. Leer teatro nos permite jugar a directores, actores, escenógrafos, tramoyistas, iluminadores, regidores… y demás roles que el hecho teatral comporta. Buero llevó a escena 28 obras de teatro, desde su célebre “Historia de una escalera” (estrenada en 1949) hasta “Misión al pueblo desierto” (exactamente medio siglo después, en 1999), hizo tres versiones en español de otras tantas obras de grandes autores internacionales como Shakespeare -“Hamlet (Príncipe de Dinamarca)”-, Bertold Brecht –“Madre coraje y sus hijos”- y Henrik Ibsen –“El pato silvestre”-; además, como ya comentamos en un post anterior, también experimentó la poesía y escribió 23 piezas poéticas, dos cuentos y más de 300 ensayos, artículos y prólogos. Como ven, Buero nos dejó mucho escrito y, por tanto, mucho por leer. Lean a Buero, lean y sueñen teatro de y con él porque así entenderán mucho mejor al hombre como ser, independientemente de su género, y al tiempo que se deleitarán, también se inquietarán, como el mismo autor presupuso sobre su obra en el discurso de recepción del Premio Cervantes que le fue concedido en 1986, el primer dramaturgo que lo recibía. Concluyo esta amplia referencia a Buero en el contexto de la celebración de la Feria del Libro de nuestra Guadalajara -repito este pronombre por tercera vez porque una de las ferias del libro internacionales más reputadas es la que se celebra en la Guadalajara de Jalisco-, recordando que fue él quien escribió en 1992 el manifiesto del I Día del Libro de Castilla-La Mancha, diciendo, entre otras sesudas y atinadas cosas, lo siguiente: “(…) precisamos indefectiblemente de lo los libros: hay que escribirlos pero, sobre todo, leerlos. Y el mundo también los necesita. Si nada seríamos sin él, nada sería el mundo sin ellos”.

Tras recomendar encarecidamente la lectura de Buero, por adquisición de su obra o tomada en préstamo en biblioteca, todo un clásico contemporáneo, paso a proponerles también que, si acuden a la cita ferial con el libro en la Concordia -donde cohabitan ejemplarmente la palabra y la naturaleza sin discusiones domésticas-, presten atención a la última novela histórica de otro paisano nuestro: “Tierra vieja”, de Antonio Pérez Henares. “Chani”, que es como le conocemos en su tierra alcarreña y como le llaman sus amigos y conocidos, es un periodista de raza y vieja escuela que militó en el comunismo cuando éste era en España sinónimo de libertad y que hoy es un liberal rebelde porque comunismo y libertad hace tiempo que se divorciaron. O sea que, aunque a algunos les parezca que “Chani” ha cambiado de chaqueta, él sigue llevando la de la libertad con el mismo empeño y dignidad que su gran y personal bigote; son otros los que han transmutado su cuerpo -y abierto nueva cuenta corriente en el banco y en el poder- pero han mantenido sus viejas chaquetas para disimular y conservar clientela.

“Chani”, frecuente y brillante tertuliano de radio y televisión, peleón y polémico donde los haya, sobrado de dialéctica, dice sus verdades como el barquero, gusten o no. Y las dice sin ser el mamporrero ni el recadero de nadie porque solo es portavoz de sí mismo. No hay mejor forma de defender la libertad de expresión que diciendo lo que uno piensa, sobre todo si se piensa lo que se dice. Antonio Pérez Henares, nacido en Bujalaro como Antonio Pérez Gómez y criado en el País Vasco hasta retornar ya de mozo a su tierra castellana, además de un notable periodista es un sobresaliente escritor, especialmente de novela histórica. Los dos períodos en los que más se ha regodeado con su pluma son la prehistoria -que domina como si la hubiera vivido en Nublares, título de una de sus novelas y que es el nombre de una cueva en un roquedal de marga y caliza de su pueblo- y la edad media, en la que también ambienta “Tierra vieja”. Si en las dos novelas históricas medievales anteriores –“La Tierra de Alvarfáñez” y “El rey pequeño”-, habló sobre todo de reyes, nobles, caballeros e infanzones, en esta última se centra en la gente del común o de a pie que repobló la nueva Castilla según avanzó la reconquista en los siglos XII y XIII. “Chani” escribe muy bien y arma sus novelas históricas reinventando la realidad pasada con tramas y subtramas que aportan acción y mucha información del tiempo en que están ambientadas, algo que solo es posible gracias a su pasión por documentarse exhaustivamente. “Tierra vieja” es una novela que, además de entretener e, incluso, persuadir al lector, ayuda a conocer cómo era el día a día de las gentes que repoblaron Castilla y que, por tanto, la construyeron. Los castellanos nacimos en la frontera y siempre tuvimos un ojo puesto en la besana y otro en el horizonte por si el polvo lejano levantado no era del viento de poniente sino de una razzia a uña de caballo. “Chani” presentará/habrá presentado su nueva y gran novela en la Feria del Libro de nuestra Guadalajara que es también la suya, al tiempo que firmará/habrá firmado ejemplares de la obra. Y, como decían Tip y Coll, mañana hablará del gobierno…  

El eterno día del libro

El 23 de abril es una de esas fechas señaladas que tiene el calendario y en la que se conmemoran -o se debían conmemorar- muchos y relevantes hechos y cosas. Este año ha caído en sábado por lo que esta circunstancia ha podido despistar al personal que pone el pie en el estribo para picar al jaco del ocio sin perdonar fin de semana alguno, sumándose a los que les da igual en qué día caiga esta fecha porque tres pepinos les importan Cervantes, Shakespeare, el Día del Libro, Villalar, los comuneros, San Jordi y las rosas, en este caso porque solo ven en ellas las espinas de su tallo, pero no la fragancia y la belleza de sus pétalos.

Este 23 de abril sabatino se ha conmemorado el 501 aniversario -efeméride con números de marca de coñac peleón- de la batalla de Villalar, fiesta oficial de Castilla y León, mientras que Castilla-La Mancha va a celebrar la suya el 31 de mayo, coincidiendo este año con la conmemoración del 40 aniversario de la aprobación del estatuto de autonomía regional. La pátina de antiguo y la fuerza del hecho que se conmemora de la fiesta castellano y leonesa, no tienen parangón con la bisoñez y relevancia solo político-administrativa de la castellano-manchega. Desde que el actual estado de las autonomías la dividió en cinco comunidades autónomas, Castilla y lo castellano -así, sin apellidos- se han diluido, mientras emergían y compactaban otras comunidades de España que no han hecho tanto por ella. Quizá sea ese el precio que ha pagado Castilla por apostar por España en detrimento de sí misma, mientras que otros solo y siempre han apostado y seguirán apostando por sí mismos. En todo caso, ahí queda Villalar como colosal monumento -aunque sea la corona fúnebre tras su derrota- al movimiento comunero, un hecho singular donde los haya pues pocos como él en Europa se levantaron con tanta fuerza durante el antiguo régimen contra un rey, que además era todo poderoso, enarbolando pendones de libertad y justicia. Villalar y el 23 de abril, para mí y se que para muchos más, aunque bastantes de ellos hablen desde el silencio, seguirá siendo la gran fiesta castellana, mientras que el 31 de mayo es, simplemente, una buena ocasión para ir de festivo a un Madrid en jornada laborable.

Pese a que un instituto catalán llamado “Nova Història” -que recibe generosos dineros de la Generalitat y tiene a su servicio el altavoz propagandístico que es TV3-, diga que Cervantes y Shakespeare eran una misma persona y catalana para más señas -el delirio nacionalista es capaz de convertir a don Quijote en el más cuerdo de los personajes literarios-, el 23 de abril se conmemora el Día del Libro porque en esa fecha fue enterrado el escritor alcalaíno y en ella murió el inglés, además del Inca Garcilaso de la Vega, un notable escritor mestizo hispano-peruano de la segunda mitad del XVI y primeros años del XVII. La propuesta de fijar la celebración del Día del Libro a nivel mundial en esta fecha partió de España, que ya la celebraba en ese día desde 1930, y la asumió como propia la UNESCO en 1988. 92 años tiene ya, por tanto, esta celebración en nuestro país en la que los libros son protagonistas de una jornada que en muchos lugares del mundo tiene su propia singularidad, como es el caso de Barcelona donde existe la bonita costumbre de regalar ese día un ejemplar de una obra, al tiempo que una rosa, conmemorándose así también San Jordi, patrón de Cataluña. Los ultramontanos separatistas conmemoran esa fecha de otras formas, pero muchísimo menos bellas.

En la provincia de Guadalajara, si hay un icono que muchos elegiríamos como imagen del Día del Libro, ese, sin duda alguna, sería el Doncel de Sigüenza, la extraordinaria estatua yacente del sepulcro de Martín Vázquez de Arce que se localiza en la capilla de San Juan y Santa Catalina, en la seo seguntina. La estatua del Doncel, de autor anónimo, está considerada por muchos expertos, entre ellos Antonio Herrera Casado -quien, por cierto, este año cumple 50 como Cronista Provincial y habrá que homenajearle por ello como se merece- “como una de las mejores obras de arte de la escultura de todo el occidente europeo”. Incluso el filósofo Ortega y Gasset dijo de ella que era “una estatua de las más bellas de España”. La extraordinaria factura de la efigie del Doncel, sus nítidas líneas renacentistas en un tiempo aún gótico, sus proporciones, su acabado y esa unión, aparentemente, antitética del soldado hombre de letras, nos permiten especular con cierta base que su anónimo autor conociera muy de cerca la escultura auspiciada por los Médicis, en Florencia, en tiempos del “Quattrocento” italiano. El Doncel es Martín Vázquez de Arce, pero bien podría ser Cosme o Lorenzo de Médicis, aguerridos soldados cuando tocaba combatir, pero hombres de artes y letras en el diario vivir. A este respecto cabe recordar la ascendencia que tuvieron los Médicis sobre los Mendoza y la de éstos sobre los Vázquez de Arce. Precisamente, ese hecho excepcional y hasta contradictorio de que la estatua represente a un soldado leyendo, la convierten en una reivindicación pétrea y permanente del libro y la lectura. El castellano, como todos conocemos, es una de las lenguas romances que devino del latín; pues bien, los romanos no comenzaron a practicar la literatura en su nuevo idioma hasta que hicieron suyo el “Mare Nostrum”, anteponiendo la guerra a las letras. “Primun bellum, dein litterae” (“Primero, la guerra, después la literatura”), debieron pensar, de tal forma que, pese a comenzar a forjar su imperio desde el siglo VI a. de. C., hasta finales del siglo III y principios del II, cuando conquistaron Cartago y Grecia, Roma no produjo literatura propia, momento en que Livio Andrónico escribió los primeros poemas en latín. En El Doncel, en nuestro joven soldado lector por los siglos de los siglos, su escultor anónimo fue capaz de unir como nadie la dialéctica y el coraje, como dijo el ya citado Ortega. Sin duda, el Doncel representa el eterno día del libro.

Tiempo de Pasión

Tras dos años de, primero no celebrarse y después hacerlo de manera contenida, en interiores, con limitaciones y sin procesiones ni actos de calle, vuelve la Semana Santa a Guadalajara en 2022 con su formato habitual. El dichoso virus que en marzo de 2020 nos confinó a todos en nuestras casas y nos atemorizó al ver sus graves consecuencias para la salud e, incluso, su briosa letalidad, singularmente entre los mayores, sigue ahí, no termina de irse y busca resquicios entre las mascarillas y las relajaciones para seguir haciendo daño. Las benditas vacunas y los propios sistemas inmunitarios que el cuerpo genera para autodefenderse de agresiones externas, han puesto contra la pared al pertinaz Covid, pero pese a ello, él sigue empeñado en danos algún zarpazo de vez en cuando que en algunos casos todavía es grave e, incluso en otros, mortal. En este contexto de cierto alivio, pero aún de recelo por la pandemia que entró por la fuerza en nuestras vidas y se ha quedado de “okupa” en ellas, vuelven las procesiones de Semana Santa y con ello una cierta sensación de normalidad, una palabra que solo nos acordamos de ella cuando se alteran las circunstancias y los hábitos diarios. ¡Bendita normalidad!, aunque a los inquietos les parezca que bendecir -por lo civil- la calma y el orden, sea una loa al tedio. Yo prefiero caer en la rutina y hacer lo de siempre, incluso estoy dispuesto a pagar el peaje de aburrirme por ello, a ver gente en los balcones cantando el “Resistiré” porque tiene muchas dudas de si va a resistir de verdad.

Salida del Cristo de la Pasión de la iglesia de Santiago, uno de los momentos más espectaculares de la Semana Santa de Guadalajara. Foto Jesús Ropero.

                Esta Semana Santa de Guadalajara de 2022, tan especial porque va a volver a ser relativamente normal, ha tenido un pregonero de excepción, Pedro José Pradillo y Esteban. No es la primera vez que hablo de él en este blog, ni será la última, porque a Pedro le tengo especial afecto -oriundo de la niñez y adolescencia que ambos compartimos en las aulas de los Salesianos- y, sobre todo, le profeso una enorme admiración, ganada por él a base de inteligencia, estudio y trabajo pues estamos ante uno de los historiadores de mayor enjundia que ha dado esta ciudad, faceta que combina con un talento innato para las artes plásticas. De casta de los Pradillo le viene al galgo Pedro… Pradillo es, verdaderamente, una persona -también un personaje por su excentricidad impostada- excepcional y me ha parecido todo un acierto su designación como pregonero de la Semana Santa arriacense de este año. Debía haberlo sido mucho antes, pero la ecuación espacio-tiempo se ha despejado con su nombre en el Viernes de Dolores de 2022, el año cero para este tiempo de Pasión después de la pandemia, pero aún conviviendo con ella. Hemos decidido acostarnos con el enemigo porque se ha hecho ya muy de noche y nos han vencido el cansancio y el sueño.

                El pregón de Pedro fue, como cabía esperar, una auténtica lección de historia y de arte, pero también de filosofía. En poco más de media hora, nos contó, no solo el pasado más destacable de nuestra Semana Santa, sino las causas y el origen de la religiosidad popular en este tiempo universal, con y sin matices localistas. También nos habló de forma exhaustiva y detallada de nuestra imaginería que podríamos llamar, como a la conocida estancia del Congreso de los Diputados, de los pasos perdidos, pues Guadalajara no ha podido, sabido e, incluso, a veces querido conservar gran parte de su antaño notable patrimonio imaginero, hasta el punto de que por nuestras calles no procesionan hoy pasos titulares si quiera centenarios, salvo algunas piezas complementarias de excepción. Finalmente, el pregonero nos imbuyó en esa parte de la filosofía que es la ética y que los cristianos matizamos llamándola moral, cuando terminó citando al Papa Francisco y su reivindicación de los rechazados y de los excluidos de hoy -como lo fue Jesús en su tiempo- y, especialmente, cuando detuvo los aplausos que premiaron su gran pregón para pedir unos instantes de silencio “por las víctimas de esa guerra injusta que está viviendo Europa”.  Sí, compañero y amigo Pedro, ¡ojalá que una de las miles de palomas que a veces tanto nos molestan por su proliferación, su insistente zureo y la suciedad escatológica que comportan, tome una rama de olivo de los Mandambriles, de Cenaoscuras, del Francesillo o de cualquier otro paraje olivarero de la ciudad, la porte en su pico y la lleve hasta Kiev.

                Tras ser muy bien pregonada, Guadalajara vuelve a celebrar su Semana Santa en la calle después de dos años de no poderlo hacer. Vuelve, pleno, este “Tiempo de Pasión”, como he titulado el libro que me encargó mi querida Cofradía de la Pasión con motivo del 75 aniversario de su fundación, editado y presentado el pasado mes de noviembre. La de Nuestro Padre Jesús Nazareno, también está cerrando los actos conmemorativos de esta misma efeméride pues ambas hermandades son coetáneas y se fundaron en 1946, contribuyendo de manera decisiva al inicio del renacimiento de la Semana Santa guadalajareña tras arder por los cuatro costados en 1936. Un renacer lento, muy lento, pero progresivo, el vivido en el tiempo del franquismo y que también atravesó una importante crisis de religiosidad popular desde principios de los años setenta hasta finales de los ochenta, ya en democracia. Baste un dato: solo 379 penitentes desfilaron en la Semana Santa de Guadalajara de 1982, el año de “Naranjito”; incluso alguna cofradía, tan solo reunió 25 capirotes, como la del Santo Sepulcro. Fue ya a principios de los años noventa cuando en la ciudad se comenzó a vivir un notorio reimpulso de sus celebraciones populares en este tiempo de pasión, una dinámica en la que aún está desde entonces, lo que certifica su consolidación. No tenemos una gran Semana Santa si la comparamos con las de otras ciudades castellanas como Cuenca, Zamora o Valladolid, por citar algunas de las más destacadas, pero sin duda la nuestra tiene ya un fondo y unas formas, si no sobresalientes, sí notables, la nota que se merece la dignidad trabajada en el tiempo gracias al compromiso de las cofradías y hermandades arriacenses.

Siguen cayendo bombas en el alcázar

Las obras que se han venido acometiendo en el alcázar medieval de Guadalajara desde hace un año parece que han llegado o están llegando a su conclusión, a juzgar por la retirada de grúa, andamios, maquinaria y materiales que está llevando a cabo en los últimos días la empresa adjudicataria. Se ha invertido en esta actuación 1,2 millones de euros -200 millones de las antiguas pesetas para quienes aún nos acordamos de ellas- y fundamentalmente ha consistido en construir unos grandes muros y rampas de hormigón para hacer un nuevo acceso desde la calle Madrid al parque lineal del Barranco del Alamín. Poco tiene que ver esta actuación, obviamente más urbanística que restauradora, con el alcázar, si bien el proyecto se ha justificado por parte del ayuntamiento en que las toneladas de hormigón que se han utilizado para construir esta gran pasarela van a servir también para recalzar el edificio de data medieval pues estaba en un grave riesgo de colapso y podía acabar desmoronándose hacia la lámina de agua del parque, jorobando su hábitat a los patos que por allí nadan a sus anchas. Aunque luego desarrollaré y procuraré justificar más mi visión crítica de este “hormigoneo” intensivo al que se ha sometido a nuestro monumento más antiguo, que data del siglo IX y es coetáneo del puente árabe, desde el principio he de dejar claro que creo que se podían haber hecho otras y mejores obras en este tan emblemático e histórico edificio que, por estar en ruina evidente, se merece actuaciones más finas y medidas que la gruesa e impactante en él acometida. Han matado moscas a cañonazos, me decía ayer un viejo compañero de colegio a quien me encontré caminando a primera hora por el parque. Puede que ese sea el mejor resumen de lo que se ha hecho en el alcázar: Siguen cayendo bombas sobre él, como las de las dos Españas en la Guerra Civil que terminaron por dejarlo en ruinas en 1936.

Hace un año, en este mismo blog, escribí un post que titulé “La primavera del alcázar” –lo pueden volver a leer en este enlace. A él me remito para documentar brevemente la historia del edificio y la polémica que ya envolvió los previos del inicio de estas obras que han terminado o están a punto de hacerlo, porque una plataforma cívica, denominada “Colectivo Alcázar”, cuestionó su idoneidad, necesidad y oportunidad. No eran, precisamente, unos indocumentados quienes conformaban este grupo, bien al contrario. El colectivo vino a advertir, en resumen, que los muros y rampas de hormigón que se iban a construir impactarían gravemente en el edificio más que reforzarlo, correspondían a una actuación externa al alcázar y de idoneidad y necesidad cuestionables según se había planteado y el proyecto no actuaba arqueológicamente en él, lo que sí consideraban necesario, incluso prioritario. El equipo de gobierno municipal, a través del primer teniente de alcalde y delegado de obras, el portavoz de Ciudadanos, Rafael Pérez Borda, no compartió la posición del colectivo, puso en cuestión sus tiempos e incluso las razones que habían motivado su aparición pública, y apostó por el proyecto según estaba planteado, aduciendo incluso la urgencia de acometerlo para no perder el 75 por ciento de la inversión por una subvención estatal con fondos europeos. Prisas para el alcázar después de siglos de destrucción, décadas de olvido y años de dejación. Recordemos que, aunque hoy solo sea una ruina que incluso muchos guadalajareños desconocen o solo conocen de oídas, es uno de los pocos y más importantes alcázares reales que se conservan en España, ha alojado reyes y cortes castellanas, y en sus muros duerme perezosa la historia de una ciudad que muchos creen que ni siquiera tiene y que nació con los polígonos de descongestión de Madrid, hace cuatro días como quien dice.

No soy arquitecto, tampoco historiador, pero sí creo tener una sensibilidad y un compromiso patrimonialistas que he procurado aflorar en cuantas responsabilidades y oportunidades he tenido hasta ahora en la vida. Por esa sensibilidad y preocupación, imagino que esta cuestionable actuación acometida en el alcázar se ha pretendido justificar en lo contenido en La “Carta Internacional sobre la conservación y restauración de monumentos y sitios” -la conocida como “Carta de Venecia”, datada en 1964-, que en su artículo 10 determina que “Cuando las técnicas tradicionales se muestran inadecuadas, la consolidación de un monumento puede ser asegurada valiéndose de todas las técnicas modernas de conservación (…)”. Pero esa misma carta, en su artículo 13, dispone que “Los añadidos no deben ser tolerados en tanto que no respeten todas las partes interesantes del edificio, su trazado tradicional, el equilibrio de su composición y sus relaciones con el medio ambiente”. En esa dicotomía de la carta de Venecia, tengo la impresión de que, con este proyecto “brutalista” -por el uso y abuso del hormigón- acometido en el alcázar de Guadalajara, algunos han subrayado el artículo 10 de la citada carta, pero han pasado por alto el 13. Como canta Joaquín Sabina, “no quiero París con aguacero, ni Venecia sin ti”.

Si aún no conocen lo que se ha hecho en el alcázar, vayan a verlo. El parque lineal del Barranco del Alamín siempre es una óptima opción para pasear y poder llegar hasta este histórico monumento ya que es en su fachada noreste, la que da a este parque, donde se ha acometido toda la obra. Juzguen por ustedes mismos. Yo ya lo he hecho y, como decía al principio, no me gusta el resultado. Hay casi más hormigón del XXI que restos de las sucesivas fases constructivas del edificio, el muro construido es un gigantesco árbol inerte que impide ver parte del bosque de piedras seculares, no se ha actuado sobre la fachada y hay zonas de ella que lo piden a gritos y, en realidad, ni se ha investigado más a nivel arqueológico ni se ha restaurado nada. Pura y más que cuestionable consolidación de la ruina. Obra de trazo grueso y no fino, de nulo historicismo y funcionalidad cuestionable y que para muchos ya es “el muro de las lamentaciones” porque no pocos se van a lamentar cuando lo vean. Incluso otros dicen que no tardando será un “grafitódromo”, o sea, un paraíso para los grafiteros una vez que ya no les queda un milímetro cuadrado que pintar en los muros del vecino auditorio que jamás lo ha sido. Guadalajara sigue reñida con su patrimonio.

Del precio de dogmas y glorias

Solo el hombre es capaz de tropezar, no una, sino incontables veces en la misma piedra. Ningún animal, supuestamente irracional, tropieza dos veces en el mismo canto. A los animales teóricamente sin raciocinio, el instinto de supervivencia les hace estar ojo avizor cuando se les avienen peligros previamente ya conocidos. El hombre, como especie en conjunto y uno a uno tomado, como decía José Agustín Goytisolo, además de no ser nada, no ser nadie, siempre tropieza en la misma piedra, en la peor de las piedras: la guerra que elimina, resta y divide, la guerra que no suma ni multiplica, la guerra que hiere y mata y en la que doblan por todos las campanas, como escribió Hemingway en nuestra Guerra Civil. La quijada de asno con la que Caín mató a su hermano Abel, ahora es un misil termobárico, o una bomba de racimo o, incluso, una con cabeza nuclear, jugando ya en el borde del precipicio a rememorar Hiroshimasy Nagashakis como si aquellas sombras de destrucción y muerte total fueran malos sueños y no pésimos recuerdos. No hemos aprendido nada. No queremos aprender nada. Cuanto más tenemos, más deseamos. Cuanto más sabemos, más ignoramos. Al mundo supuestamente más civilizado le ha estallado la guerra en sus mismas puertas. El toro blanco que sedujo a Europa y la trajo a su grupa y a nado a esta orilla del Mediterráneo desde las tierras fenicias es ahora un oso hostil con “ushanka” y al que le apesta el aliento a vodka. Y no se conforma con raptarla, quiere violarla primero y masacrarla después. Goliat ha maniatado a David. Si Europa era la tierra extrema del oeste en la historia antigua, ahora ha empezado a morir por el este. Se está poniendo el sol por donde debía amanecer. Allá por la tierra de Rus, como bautizaron los vikingos a la actual Ucrania, siempre espacio de frontera, la guerra ha secuestrado a la paz. Allí nació Rusia y ahora Rusia quiere acabar con ella en el más grave y cruento de los matricidios. El mar Negro es ya infinitamente más bruno porque la locura se ha propuesto bajar hasta el más profundo de sus abismos, donde solo reinan la oscuridad y peces ciegos monstruosos, como en la mente enferma de ese extemporáneo y apócrifo zar moscovita que está jugando peligrosamente a la guerra porque nunca supo jugar a otra cosa y es probable que jamás fuera niño. Y si lo fue, nunca tuvo con quien jugar o jamás quiso jugar con nadie. Putin tiene ojos de loco y rostro anodino. Las campanas de la muerte las suele tañer la vulgaridad porque no hay nada de brillante en ella. La parca es negra y oscura, sin brillo, no es precisamente azabache. La gran Rusia, la que alumbró enormes escritores como Tolstoi, Chéjov o Dostoyevski, la que parió genios de la música como Chaikovski, Shostakóvich o Stravinski, o la que dio al mundo científicos de la talla de Mendeleev, Popov o Sofia Kovalevskaya, la primera mujer en ocupar el cargo de profesora universitaria en Europa, lleva tiempo empequeñeciéndose con este Putin que recuerda demasiado a dirigentes soviéticos de cuyo nombre casi todos nos acordamos. Este hombre oscuro quiere dachas para él y su nomenklatura pero a la mayoría silenciosa la condena a soluciones habitacionales y a la minoría que protesta al gulag. Solzhenitsyn y su archipiélago no han muerto. En Siberia hace demasiado calor para esta pseudodemocracia rusa que ha aprendido lo peor del capitalismo y añora el comunismo cañí. El botón de la invasión de Ucrania lo ha apretado un imperialista acomplejado, pero con una letal maquinaria bélica en su poder. La guerra debería ser un nombre masculino porque si alguien sufre en un conflicto bélico son las madres. No hay nada más duro que ver a una madre enterrar a un hijo. Lo sé bien porque he acompañado dos veces a mi madre a enterrar hijos. Mis queridos hermanos, queridos, como dijo San Pablo en su carta a los Filipenses. Las lágrimas de las madres ucranianas o rusas, son igual de amargas y saladas y maldigo una y mil veces a quien las está provocando. Y un millón por herirles, primero, y matarles después la infancia a los niños. No hay nada más cruel que despojarle de la infancia a un niño. La invasión de Ucrania está provocando que ya no haya niños allí porque ser pequeño no es lo mismo que ser niño; no hay, no puede haber niños donde solo hay miedo, muerte y destrucción y los únicos que juegan son los mayores a ese peligrosísimo juego que es la guerra. Hoy quería hablar de poesía en el entorno de la celebración del Día Mundial de la Poesía, que se celebra el 20 de marzo, pero no hay nada más antipoético que la guerra, aunque algunos de los mejores versos que se han escrito estén hechos con espada en vez de pluma y pólvora en lugar de tinta. Es el caso de estos seis tomados del poema titulado “El hereje”, obra de Taras Shevchenko, literato de la primera mitad del siglo XIX, considerado el más grande de los poetas ucranianos:

(…) Sus dogmas nos imponen… Sangre,

Incendios, guerras y discordias,

¡Cuántos martirios infernales!…

¡Y ríe Roma en su relajo!

Decidme, ¿sus dogmas qué valen?

¿Qué vale su gloria?… (…)

                En el nombre del mundo, paz.

El mirlo lardero

Darío, mi nieto/sol que es más bonito que un San Luis, me llevó el último jueves de febrero a la Concordia, como tantos otros días. Yo creía que éramos los abuelos quienes llevábamos a los nietos a los parques, especialmente al parque de los parques de Guadalajara, pero no, al menos a mí, es él quien me lleva porque es quien pone el día, la hora y el minuto exacto para ir y yo solo pongo mi mano, con la que tomo la suya menuda, y una sonrisa de oreja a oreja. Darío, mi niño de naranja y de miel, nada más llegar al parque, que afortunadamente está muy cerca de casa, comenzó a buscar con la mirada al mirlo macho que frecuentemente anda a saltitos por los macizos ajardinados de la zona de la Concordia que antes daba a los últimos números de la calle del capitán Boixareu Rivera y ahora da a los primeros de María Pacheco. Al que fuera capitán del ejército “nacional” y cuñado de don Pedro Sanz Vázquez le ha sucedido en el callejero la esposa de otro capitán, el comunero toledano Juan de Padilla, cuya vinculación con nuestra ciudad y provincia le viene también dada por su estirpe mendocina pues, aunque nació en Granada, era hija de Íñigo López de Mendoza y Quiñones, conocido como “el Gran Tendilla”. Parece que la milicia, por sí misma o por consortes, está abocada a dar nombre al entorno de la Concordia, lo que a algunos podría parecerles un irónico contrasentido. En todo caso, ha caído un militar del callejero y ha ascendido a él una noble, mujer de innegable coraje y valor que mantuvo encendida la llama comunera en Toledo durante más de un año, después de que el sol de las comunidades castellanas se pusiera en Villalar aquella fatídica tarde abrileña de 1521.

                Volvamos a Darío y su mirlo, que es a lo que iba y lo que de verdad me interesa e importa. Mi pequeño, por mucho que se esforzó ese jueves postrer de febrero en buscar entre las praderas de césped y los arbustos del parque a su pájaro ya amigo, gordito como un puño, de plumaje negro y pico naranja, no pudo dar con él. “No está el mirlo”, me decía, entre decepcionado y sorprendido. “¿Dónde ha ido?”, me preguntaba con la esperanza de que yo tuviera respuesta a tan simple pregunta. La verdad es que en un principio no la tenía, aunque pronto caí en la cuenta de que no es que el mirlo faltara a su cita visual de cada tarde con mi nieto, sino que ese día ni andaba ni revoloteaba un solo pájaro por allí. Efectivamente, tampoco las palomas zureaban, ni los gorriones piaban, las otras dos especies de aves que más abundan en el parque de la Concordia y en casi todas las zonas verdes de la ciudad. La respuesta que buscaba Darío pronto nos la dio un chavaluco joven que pasó junto a nosotros, justo cuando el pequeño me hacía otra pregunta: “¿Por qué hay tanta gente en la ´Cotordia´?”, como él la llama con su lengua de trapo. “Es que hoy dan chorizo gratis”, dijo el muchacho. Al oírlo, inmediatamente recordé que era Jueves Lardero y que ese día, en el parque por antonomasia de la ciudad, se iba a celebrar con una “chorizada” popular. La mayoría de los pájaros, ante el gentío reunido esa tarde al olor de los choricillos, sin duda habían optado por ir a sitios menos concurridos. Imagino que los vecinos parques de San Roque y Adoratrices estarían de bote en bote con aves piantes, unas protestando por tener nuevos vecinos y deber compartir alimento o rama con ellos, y otras bostezando a su modo porque ya se acercaba la hora de ir a los dormideros arbóreos en los que, en cada puesta de sol, se produce un ruidoso concierto de trinos en el que destaca el ensordecedor estruendo de los estorninos.

El mirlo “Piconaranja” entre las ramas de un aligustre en la Concordia.
Foto del abuelo de Darío.

                Los parques son una traslación del campo al corazón de la ciudad, el jardín común de los que no tenemos jardines particulares, pero son tan pequeños por muy grandes que sean que cuanto más los ocupamos los hombres, más desalojamos de ellos a sus residentes habituales, los pájaros, y sin duda también importunamos en mayor medida a sus auténticos dueños, árboles y resto de plantas. Como dijo la antóloga Terri Guillemets, “La naturaleza y el silencio van mejor juntas”. Un parque sin hombres es concebible, pero sin árboles y animales, especialmente aves, no. Es una reflexión que en absoluto pretende criticar el uso del parque para actividades populares, bien al contrario, si hay un lugar idóneo para convocarlas por ser un decorado y un salón natural, es el parque, siempre y cuando la cita no sea multitudinaria y respete el medio. La de Jueves Lardero, sin duda es perfectamente compatible, si el personal no se desmanda y toma los macizos ajardinados para hincarle el diente al chorizo como si estuvieran comiendo barquillos en la pradera de San Isidro el día de la verbena de la Paloma.

                La celebración del Jueves Lardero como el acto que da inicio al ciclo festivo de carnaval se incorporó por primera vez en 2000 al programa festivo de la capital.  Este jueves, también llamado “día de las tortillas” o “jovelardero”, como en forma sincopada se le conoce en Sacedón y otros lugares de la Alcarria, ha sido una cita tradicional de las vísperas de carnaval y del tiempo de cuaresma en las zonas rurales, pero nunca se había asumido en la ciudad, hasta hace poco más de una veintena de años, como un acto municipal. Antaño, muchos colegios, cuando las jornadas lectivas diarias eran dobles, las tardes de Jueves Lardero solían hacer excursiones con los escolares a parajes cercanos de la ciudad –Villaflores, Monte San Cristóbal, Huerta de la Limpia…- donde era costumbre merendar, sobre todo tortilla de patatas y productos de la matanza. En la mayor parte de los pueblos de la provincia, no solo los escolares, sino muchos grupos de familiares y amigos también celebraban de la misma manera esta festividad tradicional, haciendo excursiones y meriendas campestres. Recordemos que el adjetivo lardero es sinónimo de “graso” porque, precisamente, ese día venía a ser una especie de despedida de la alimentación cárnica -fundamentalmente productos de la reciente matanza- al entrarse ya unos días después en el ciclo de los ayunos y abstinencias de la cuaresma. Días de mucho, vísperas de poco.

                En Jueves Lardero, Darío, mi nieto/sol con nombre de poeta, no vio a su amigo el mirlo negro “Piconaranja”, como le hemos bautizado, pero aprendió que cuanto menos se molesta a los pájaros, más cerca están de los hombres.

La banca no volverá a región

Como es notorio, los bancos tienen cada vez menos oficinas abiertas al público y prestan menos servicios presenciales a sus clientes, además de cobrarles por casi todo, incluido el coste de los envíos postales, justificando esa tasa en la sostenibilidad que implica gastar menos papel, un hecho cierto, pero que no practican por convencimiento, sino de forma lucrativa. Por otra parte, o te sabes manejar en la operatividad de los cajeros automáticos y en la virtualidad de las bancas digitales o lo tienes crudo para gestionar cualquier asunto bancario. Quienes más dura tienen esta nueva realidad de no-servicios bancarios son las personas mayores pues sus generaciones están muy lejos de la era digital y sus capacidades de entendimiento y aprendizaje van lógicamente mermando con los años. No hablo de oídas pues yo mismo transito por esa región de la madurez en la que ya se adivina la senectud que, como todas las edades, tiene sus afanes, pero rodeados de árnica.

Me está conmoviendo la lucha de un jubilado que está practicando la rebeldía con causa contra estas prácticas, sin duda abusivas de la banca. Es una especie de James Dean que peina canas, las que jamás pudo peinar el mítico actor que murió demasiado joven en un accidente de tráfico tras haber participado en tres grandes producciones del Hollywood de los años 50: Al este del edén, Gigante y, precisamente, Rebelde sin causa. Carlos San Juan se llama nuestro James Dean en su cruzada contra la banca. San Juan está removiendo Roma con Santiago y yendo de la ceca -literalmente, pues ya saben que las cecas son las instalaciones donde se funde, fabrican y acuñan monedas- a la Meca con el fin de que los bancos atiendan mejor a sus clientes, sobre todo a los mayores. Dice que inició esta lucha cuando vio llorando a una persona muy mayor en la puerta de un banco y le preguntó el motivo de aquel desconsuelo. El anciano le contestó que no podía pagar un recibo porque en la caja del banco no le prestaban ese servicio y debía utilizar los servicios del cajero automático, algo que a él le parecía subir una montaña muy muy alta. El rebelde con causa que le ha cogido la matrícula a la banca ha conseguido con su campaña que ésta sea públicamente notoria, algo que ya en sí mismo es una victoria, pero también ha logrado que algunos bancos comiencen a ampliar el horario de sus servicios presenciales de caja, algo que posibilitará a los bancarios -que son los “mandaos”, no confundir con los que mandan, que son los banqueros- atender más tiempo y, espero que también mejor, a los clientes, especialmente a los regañados con la digitalidad que impera.

Este cibernético tiempo, como el viento por seguir con las analogías cinematográficas, se ha llevado muchas cosas por delante. En el ámbito bancario del que estamos hablando, se ha llevado numerosas oficinas y a miles y miles de empleados, aunque buena parte de éstos se hayan prejubilado en muy favorables condiciones. Antes no había calle, plaza o esquina de referencia en la ciudad que no tuviera una sucursal bancaria, ahora hay zonas en que encontrar una es tan difícil como dar con la última Coca-Cola en el desierto. La fusión de las cajas de ahorro y su conversión en bancos puros y duros, puede haber sido una decisión necesaria de tomar para estabilizar el sistema financiero, pero ha sido una muy mala noticia para los ciudadanos. Los bancos siempre tuvieron una vocación urbanita y de servicios limitados al cliente pues su evidente objetivo de rentabilidad económica para sus accionistas era -y es y seguirá siendo- prioritario y limita mucho sus prestaciones. Ese hecho aún era más evidente en las zonas rurales pues en ellas solo se localizaban sucursales de bancos en pueblos grandes y cabeceras de comarca, mientras que había oficinas de cajas de ahorro en poblaciones con poco más de 500 habitantes e, incluso, en algunos casos con menos. En la provincia de Guadalajara, la desaparecida Caja Provincial e IberCaja llegaron a concentrar el 70 por ciento de la cuota de mercado financiero, precisamente por su expansión en el territorio y su política de prestación de servicios de proximidad y atención personalizada al cliente. Los empleados de ambas cajas no solo esperaban a los clientes en las oficinas, sino que iban a sus propias casas a atenderles, creándose unos vínculos de confianza y hasta de amistad, ahora impensables. Como cantaba Presuntos Implicados, cómo hemos cambiado… Caja de Guadalajara desapareció subsumiéndose como una diminuta compañera de viaje, primero en Cajasol, después en Banca Cívica y, finalmente, en Caixabank, una marca tan poco pegada a la tierra que la conforman dos voces, una catalana y otra inglesa. Por su parte, IberCaja, pese a ser ahora un banco, se ha mantenido dignamente en solitario y ha conservado la marca, pero es evidente que ha perdido cuota de mercado, ha reducido drásticamente oficinas y servicios y se le ha puesto cara de lo que es, un banco más, si bien hay que anotar en su favor que, al menos en la capital, mantiene una plausible continuidad su obra social, aunque poco tenga que ver con la que llegó a tener. En este mismo sentido, la obra social de Caixabank en la provincia ni siquiera tiene una sede física de referencia, como sí la tiene Ibercaja en su edificio de las calles Fleming y Capitán Arenas, si bien periódicamente trae buenas exposiciones itinerantes promovidas por su fundación, además de apoyar algunos proyectos locales, pero igualmente muy lejos de la enorme labor que llegó a tener y hacer la OBS de la Caja Provincial. Por cierto, aprovecho la ocasión para volver a recordar que cuando Caja de Guadalajara se integró en Cajasol -mejor sería decir, desintegró-, el Patronato de la Fundación Cajasol aprobó en 2010 en asamblea la creación de la Fundación Privada Caja de Ahorro Provincial de Guadalajara, pero lo cierto es que esta fundación no llegó jamás a inscribirse en el registro, por lo que en la práctica nunca existió. Eso sí, el patrimonio artístico de la OBS de la antigua Caja de Guadalajara se alberga y aburre en unos almacenes de Sevilla y, mucho me temo, que buena parte de él terminará en subastas y almonedas.

Termino ya comentando que, precisamente, a finales del próximo mes de marzo, se iniciará un curso en la sede de la Fundación Ibercaja en Guadalajara que tiene muy buena pinta, al menos para los curiosos, los nostálgicos y los guadalajareñistas como yo. Se titula: ¿Dónde estabas en los años 40… y 50 en Guadalajara?. Se trata del inicio de una serie que más adelante también abarcará las décadas de los años 60, 70, 80 y 90 del siglo XX. Como el propio título ya apunta, el curso pretende recuperar la memoria de la ciudad en aquellos años, algo que a mí me parece interesante y hasta necesario pues las ciudades que crecen tanto de aluvión como ha crecido Guadalajara suelen tener cataratas en los ojos de la memoria. Evoca que algo queda. Si hay una novela evocadora, además de rupturista en fondo y forma, esa es “Volverás a región”, de Juan Benet. Lamentablemente, la banca marchó de región y jamás volverá a ella.

La banca no volverá a región

Como es notorio, los bancos tienen cada vez menos oficinas abiertas al público y prestan menos servicios presenciales a sus clientes, además de cobrarles por casi todo, incluido el coste de los envíos postales, justificando esa tasa en la sostenibilidad que implica gastar menos papel, un hecho cierto, pero que no practican por convencimiento, sino de forma lucrativa. Por otra parte, o te sabes manejar en la operatividad de los cajeros automáticos y en la virtualidad de las bancas digitales o lo tienes crudo para gestionar cualquier asunto bancario. Quienes más dura tienen esta nueva realidad de no-servicios bancarios son las personas mayores pues sus generaciones están muy lejos de la era digital y sus capacidades de entendimiento y aprendizaje van lógicamente mermando con los años. No hablo de oídas pues yo mismo transito por esa región de la madurez en la que ya se adivina la senectud que, como todas las edades, tiene sus afanes, pero rodeados de árnica.

Me está conmoviendo la lucha de un jubilado que está practicando la rebeldía con causa contra estas prácticas, sin duda abusivas de la banca. Es una especie de James Dean que peina canas, las que jamás pudo peinar el mítico actor que murió demasiado joven en un accidente de tráfico tras haber participado en tres grandes producciones del Hollywood de los años 50: Al este del edén, Gigante y, precisamente, Rebelde sin causa. Carlos San Juan se llama nuestro James Dean en su cruzada contra la banca. San Juan está removiendo Roma con Santiago y yendo de la ceca -literalmente, pues ya saben que las cecas son las instalaciones donde se funde, fabrican y acuñan monedas- a la Meca con el fin de que los bancos atiendan mejor a sus clientes, sobre todo a los mayores. Dice que inició esta lucha cuando vio llorando a una persona muy mayor en la puerta de un banco y le preguntó el motivo de aquel desconsuelo. El anciano le contestó que no podía pagar un recibo porque en la caja del banco no le prestaban ese servicio y debía utilizar los servicios del cajero automático, algo que a él le parecía subir una montaña muy muy alta. El rebelde con causa que le ha cogido la matrícula a la banca ha conseguido con su campaña que ésta sea públicamente notoria, algo que ya en sí mismo es una victoria, pero también ha logrado que algunos bancos comiencen a ampliar el horario de sus servicios presenciales de caja, algo que posibilitará a los bancarios -que son los “mandaos”, no confundir con los que mandan, que son los banqueros- atender más tiempo y, espero que también mejor, a los clientes, especialmente a los regañados con la digitalidad que impera.

Este cibernético tiempo, como el viento por seguir con las analogías cinematográficas, se ha llevado muchas cosas por delante. En el ámbito bancario del que estamos hablando, se ha llevado numerosas oficinas y a miles y miles de empleados, aunque buena parte de éstos se hayan prejubilado en muy favorables condiciones. Antes no había calle, plaza o esquina de referencia en la ciudad que no tuviera una sucursal bancaria, ahora hay zonas en que encontrar una es tan difícil como dar con la última Coca-Cola en el desierto. La fusión de las cajas de ahorro y su conversión en bancos puros y duros, puede haber sido una decisión necesaria de tomar para estabilizar el sistema financiero, pero ha sido una muy mala noticia para los ciudadanos. Los bancos siempre tuvieron una vocación urbanita y de servicios limitados al cliente pues su evidente objetivo de rentabilidad económica para sus accionistas era -y es y seguirá siendo- prioritario y limita mucho sus prestaciones. Ese hecho aún era más evidente en las zonas rurales pues en ellas solo se localizaban sucursales de bancos en pueblos grandes y cabeceras de comarca, mientras que había oficinas de cajas de ahorro en poblaciones con poco más de 500 habitantes e, incluso, en algunos casos con menos. En la provincia de Guadalajara, la desaparecida Caja Provincial e IberCaja llegaron a concentrar el 70 por ciento de la cuota de mercado financiero, precisamente por su expansión en el territorio y su política de prestación de servicios de proximidad y atención personalizada al cliente. Los empleados de ambas cajas no solo esperaban a los clientes en las oficinas, sino que iban a sus propias casas a atenderles, creándose unos vínculos de confianza y hasta de amistad, ahora impensables. Como cantaba Presuntos Implicados, cómo hemos cambiado… Caja de Guadalajara desapareció subsumiéndose como una diminuta compañera de viaje, primero en Cajasol, después en Banca Cívica y, finalmente, en Caixabank, una marca tan poco pegada a la tierra que la conforman dos voces, una catalana y otra inglesa. Por su parte, IberCaja, pese a ser ahora un banco, se ha mantenido dignamente en solitario y ha conservado la marca, pero es evidente que ha perdido cuota de mercado, ha reducido drásticamente oficinas y servicios y se le ha puesto cara de lo que es, un banco más, si bien hay que anotar en su favor que, al menos en la capital, mantiene una plausible continuidad su obra social, aunque poco tenga que ver con la que llegó a tener. En este mismo sentido, la obra social de Caixabank en la provincia ni siquiera tiene una sede física de referencia, como sí la tiene Ibercaja en su edificio de las calles Fleming y Capitán Arenas, si bien periódicamente trae buenas exposiciones itinerantes promovidas por su fundación, además de apoyar algunos proyectos locales, pero igualmente muy lejos de la enorme labor que llegó a tener y hacer la OBS de la Caja Provincial. Por cierto, aprovecho la ocasión para volver a recordar que cuando Caja de Guadalajara se integró en Cajasol -mejor sería decir, desintegró-, el Patronato de la Fundación Cajasol aprobó en 2010 en asamblea la creación de la Fundación Privada Caja de Ahorro Provincial de Guadalajara, pero lo cierto es que esta fundación no llegó jamás a inscribirse en el registro, por lo que en la práctica nunca existió. Eso sí, el patrimonio artístico de la OBS de la antigua Caja de Guadalajara se alberga y aburre en unos almacenes de Sevilla y, mucho me temo, que buena parte de él terminará en subastas y almonedas.

Termino ya comentando que, precisamente, a finales del próximo mes de marzo, se iniciará un curso en la sede de la Fundación Ibercaja en Guadalajara que tiene muy buena pinta, al menos para los curiosos, los nostálgicos y los guadalajareñistas como yo. Se titula: ¿Dónde estabas en los años 40… y 50 en Guadalajara?. Se trata del inicio de una serie que más adelante también abarcará las décadas de los años 60, 70, 80 y 90 del siglo XX. Como el propio título ya apunta, el curso pretende recuperar la memoria de la ciudad en aquellos años, algo que a mí me parece interesante y hasta necesario pues las ciudades que crecen tanto de aluvión como ha crecido Guadalajara suelen tener cataratas en los ojos de la memoria. Evoca que algo queda. Si hay una novela evocadora, además de rupturista en fondo y forma, esa es “Volverás a región”, de Juan Benet. Lamentablemente, la banca marchó de región y jamás volverá a ella.

Botargas en ruta

Guadalajara es una provincia rica en manifestaciones festivas tradicionales como el añorado y querido José Ramón López de los Mozos nos ayudó a conocer con sus notables estudios y recurrentes publicaciones, continuando y aumentando los trabajos que previamente habían hecho al respecto otros investigadores e historiadores como Layna Serrano, Castillo de Lucas, Aragonés Subero, Caro Baroja o García Sanz. Este último, más conocido por su nombre de pila, Sinforiano (“Sinfo”), que por sus apellidos, fue junto al ya citado sobrino de Pío Baroja quien más contribuyó en los años 50 y 60 del siglo XX al estudio, conocimiento y divulgación del personaje más característico, representativo y extendido del folklore provincial que, sin duda alguna, es la botarga. El también recordado “Sinfo”, originario de Robledillo de Mohernando, aunque se avecindó en Madrid desde joven donde regentó una librería de viejo, fue efectivamente determinante en la divulgación de las botargas como personajes singulares del folklore provincial, sobre todo gracias al trabajo titulado “Botargas y enmascarados alcarreños (Notas de Etnografía y Folklore)”, publicado en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, IX (Madrid, 1953). De esa fuente bebió Julio Caro Baroja, reconocido etnógrafo de prestigio nacional, quien realizó varios trabajos sobre ellas, si bien el que más difusión alcanzó fue el reportaje que hizo para el NO-DO en 1965 y que tituló “Las botargas”, visto en toda España (en esta dirección de Internet se puede visionar; merece la pena hacerlo: hhttps://www.rtve.es/play/videos/revista-imagenes/botargas/2889604/ ). El estudio de Sinfo y la amplificación que de él hizo el sobrino del autor de “La Busca” llegó en un momento clave pues apenas pervivían entonces media docena de botargas -en el documental se recogen imágenes de las de Montarrón, Robledillo, Beleña y Retiendas– y tanto las fiestas como los propios pueblos estaban en trance de desaparición pues en esa época se situó el “año 0” de la ahora llamada “España vaciada”.  Hemos hablado antes de la botarga como el personaje por excelencia de nuestro folklore, pero mejor deberíamos hablar de ella en plural porque en muchas manifestaciones locales salen más de una y porque sumadas todas conforman un tiempo, un ciclo y ahora también una ruta que es conocida como de las botargas. Los sustantivos en singular ponen el foco sobre lo que nombran, pero en plural abren encuadre y añaden paisaje y figuras.

               Finalizando enero, en pleno tiempo de botargas pues sabido es que se trata de una celebración festiva de enmascarados pre-carnavalescos y típica del ciclo de invierno, se ha presentado públicamente el trabajo, al tiempo que proyecto, que se ha venido a denominar “Ruta de las botargas”. Lo ha patrocinado la delegación de turismo de la Diputación Provincial y la labor técnica la ha llevado a cabo “La Tradición Oral”, un grupo absolutamente comprometido con la cultura tradicional de la provincia, surgido hace ya una década. Este colectivo conjuga el folklore en todos los tiempos, géneros y números y lo mismo canta villancicos o jotas en la plaza de un pueblo que hace los coros en una misa castellana u organiza talleres de zambombas, de otros instrumentos musicales tradicionales e, incluso, también de botargas, dirigidos a todos los públicos, pero fundamentalmente a escolares. A estos tres ámbitos de actividad principal de “La Tradición Oral” se ha sumado últimamente un cuarto que ha sido realizar un importante, trabajado y riguroso estudio para el conocimiento exhaustivo del conjunto de botargas y otros enmascarados guadalajareños, algo que ha permitido poner número a lo que hasta ahora solo tenía letra: son 38 las citas festivas de este tipo que se celebran actualmente en la provincia y 40 los municipios que las acogen porque dos, doblan cita. Ese estudio ha consistido en la visita detenida, una a una, del conjunto de botargas y enmascarados de la provincia, fuera del tiempo de su celebración festiva, para tomar imágenes y, sobre todo, testimonios de las personas que en cada lugar tienen algo que ver con ellas. Ese arduo trabajo realizado a lo largo y ancho de 2021, va a posibilitar disponer de un valioso documento audiovisual de la realidad actual de nuestras botargas, al tiempo que se va a constituir en una importante fuente de investigación presente y futura en la que comparar similitudes y destacar singularidades de cada una de ellas. Además, el estudio ha devenido en el proyecto, denominado “La ruta de las botargas”, que podrá dar mucho juego al área de turismo de la Diputación y a los propios ayuntamientos anfitriones de estos personajes para promocionar individualmente, agrupadas por zonas o en conjunto estas peculiares celebraciones festivas tradicionales, un importante recurso cultural y de potencial aprovechamiento turístico que siempre ha estado ahí, pero al que no se le ha sacado todo el partido posible.

               En la presentación de “La ruta de las botargas” se anunció que la Junta ha dado ya los primeros pasos para declarar las botargas “Bien de Interés Cultural”. Ya estaba tardando. La verdad es que en Toledo se suelen enterar poco y tarde de las cosas que verdaderamente importan en Guadalajara. Es uno de los inconvenientes que tiene poner el acento en la parte -La Mancha- en vez de en el todo – Castilla-.

               También se hizo público en el acto que es intención futura de los promotores de “La ruta de las botargas” iniciar los pasos para tratar de obtener para ellas la declaración de Patrimonio inmaterial de la humanidad por parte de la UNESCO. Eso ya son palabras mayores, pero como decía Ungarettila meta es partir”. En todo caso, para andar ese largo camino hay que hacer las cosas muy bien, con el voluntarismo no basta. En eso, Sigüenza está dando un buen ejemplo y ha debido y sabido rectificar su inicial voluntad de que la ciudad por sí sola fuera declarada Patrimonio de la humanidad, algo prácticamente imposible en función de los actuales criterios de la UNESCO. Esa pretensión de partida se ha reenfocado y ahora lo que se está intentando que obtenga declaración -precisamente como patrimonio inmaterial- es el “Paisaje dulce y salado de Sigüenza y Atienza” que es el título del proyecto que en noviembre pasado aceptó incluir en la lista indicativa el Consejo de Patrimonio Histórico de España en su propuesta a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, primer paso para tratar de llegar a la meta final que ni está cercana ni será fácil alcanzar.

Ir a la barra de herramientas