Obras son amores…

El equipo de gobierno del Ayuntamiento de Guadalajara se ha apuntado un éxito de gestión incuestionable que ha contestado, de forma contundente y con hechos, las críticas palabras que la oposición ha vertido en los últimos días contra Antonio Román y sus concejales, con ocasión de la valoración que han hecho al alcanzarse el ecuador del actual mandato municipal. Ese éxito tiene nombre: Estrategia de Desarrollo Urbano Sostenible e Integrado (EDUSI), y números: 9,2 millones de euros en inversión, procedentes de los fondos FEDER, que vendrán a Guadalajara entre 2017 y 2022, a los que se sumarán otro 20 por ciento (1,8 millones) que aportará el propio Ayuntamiento.

Decía el portavoz del PSOE, el “sanchista” Daniel Jiménez, entre zaska y zaska a sus compañeros “susanistas”, en su valoración de los dos años transcurridos ya de este mandato, que “Román teledirige el Ayuntamiento” al no dedicarse plenamente a él y que eso es muy malo para el consistorio y para la ciudad. Pues para no cobrar sueldo del Ayuntamiento y solo dedicarle el tiempo que le permite su actividad profesional como médico, la verdad es que el alcalde ha hecho muy bien su trabajo consiguiendo esta pastizara europea para Guadalajara, cuando otros ayuntamientos de la región, con alcaldes dedicados exclusivamente a la política, como Azuqueca de Henares, Puertollano, Talavera de la Reina, Alcázar de San Juan, Seseña, Illescas, Valdepeñas y Villarrobledo -casi todos ellos gobernados por el PSOE y algunos con las marcas de Podemos haciéndoles de “muleta” para alcanzar la mayoría-, han visto rechazados sus proyectos para obtener los fondos FEDER que sí ha logrado Guadalajara.

Valoraba el portavoz de “Ahora Guadalajara”, José Morales, que el equipo de gobierno municipal funciona por “inercia” y que tiene a la ciudad “adormecida”. Vamos, que para el munícipe “podemita”, el tiempo de Román está agotado por cansancio y aburrimiento al llevar ya gobernando la ciudad diez años y eso se transmite a la propia Guadalajara, que, según él, sestea. No es esa mi percepción, precisamente; sestea la Guadalajara que ha sesteado siempre, la espectadora y nunca actora, la que juzga pero no se somete a juicio, la que califica pero no da opción a que la califiquen. Bien al contrario, a mi parecer, y aunque aún quede mucho camino que recorrer en ese sentido, la sociedad civil de esta ciudad, con el Ayuntamiento haciendo su papel de catalizador, impulsor, propiciador y colaborador, está bastante más despabilada que hace unos años. Para botón de muestra de lo que digo, está la continua sucesión de eventos culturales y deportivos que organiza y acoge Guadalajara de un tiempo a esta parte y que, además, no son solo de consumo interno, sino que, gran parte de ellos, son focos de atracción de visitantes que, a falta de tener una ciudad turística de primer orden, sin duda contribuyen a dinamizar la economía local, especialmente en lo que afecta al sector hostelero y comercial. Y, por cierto, he echado de menos que un grupo político como es “Ahora Guadalajara”, con una supuesta especial sensibilidad medioambiental y apuesta por la sostenibilidad, no haya felicitado al equipo de Román por la obtención de estos fondos europeos que, fundamentalmente, tienen por objetivo un desarrollo urbano sostenible a través de la mejora duradera y a largo plazo de las condiciones sociales, económicas y ambientales de un área urbana. Lo dicho parece un discurso de la izquierda, pero a Guadalajara ha traído esta inversión medioambientalista y que envida por la sostenibilidad el alcalde “popular” y “ausente”, Antonio Román, además en su mayor cuantía, pues nuestra ciudad se va a llevar la mitad de los fondos destinados a las tres EDUSI de la región aprobadas, que, además de la nuestra, son la del Ayuntamiento de Toledo (6,8 millones de euros) y la de la Diputación de Albacete para Hellín (3 millones).

Por su parte, Alejandro Ruiz, el portavoz de Ciudadanos -que dio la mayoría a Román para ser alcalde, pero alterna jugar al ratón de ser oposición y al gato de mandar con sus dos decisivos votos-, tras reconocer que Román había cumplido en dos años “el 80 por ciento” de lo pactado con ellos para su investidura, afirmó, en la línea de Morales, que en este equipo de gobierno había “miedo a innovar”. La innovación está muy bien, pero solo si es para implementar un proyecto ya testado o, al menos, suficientemente maduro, no una ocurrencia, y, además, se cuenta con los recursos necesarios para ponerlo en marcha. Y, por cierto, esta Estrategia de Desarrollo Urbano Sostenible e Integrado que va a llevar a cabo el Ayuntamiento tiene mucho de innovación y, además, cuenta con financiación.

Puestos a innovar, se me ocurren no pocas acciones para la ciudad que podrían financiarse con los 148.614,06 euros brutos anuales que suma lo que cobran los portavoces de PSOE, “Ahora Guadalajara” y Ciudadanos en el Ayuntamiento.

Termino diciendo que no estoy de acuerdo con algunas de las cosas que ha hecho el actual equipo de gobierno y hay no pocas que me gustaría que hiciera y no hace, pero creo justo decir que, en las condiciones de mayoría precaria con la que gobierna Román y la falta de recursos inversores por la crisis que aún colea, la moderación impositiva que él practica y que no viene un euro de Toledo, su trabajo por el Ayuntamiento (gratis et amore) merece bastante más reconocimiento del que le concede la oposición (“bien pagá”, como la canción de Miguel de Molina). Y la consecución de estos fondos para la EDUSI es un éxito político incuestionable y de una gran magnitud. Ahora, lo que toca es invertir bien y de forma productiva, no solo gastar. Viendo el programa previsto, me parece que va en la buena línea. Si alguien quiere profundizar en su conocimiento puede hacerlo a través de este enlace:

https://www.guadalajara.es/recursos/doc/Urbanismo/EDUSI/29217_151215122016131936.pdf

 

 

 

 

Escapada a Sigüenza

A las ciudades tan contundentemente histórico-artísticas como Sigüenza no les van las modas, porque son coyunturales, pasajeras, livianas, como las mínimas nubecillas que con su blanco rompen el azul casi infinito del cielo en una mañana plena de verano. Sigüenza tiene la característica de la perdurabilidad, de lo permanente, de lo clásico. Aunque parezca un contrasentido, Sigüenza está siempre de moda o, mejor aún, debería estarlo porque las tendencias no las marcan los destinos, sino quienes los eligen; o sea, los turistas, porque sí, vamos a hablar de turismo, concretamente de turismo rural porque Sigüenza, hace apenas unos días, ha sido elegida “Capital del turismo rural 2017” de España por el 18,8 por ciento del total de 30.427 votantes -que no son pocos- que han participado en una encuesta “on line” de “Escapada rural”, una de las páginas web más prestigiosas y consultadas en el ámbito turístico rural.

Aunque alguno pueda pensar que es mera anécdota que Sigüenza haya ganado ese honroso título al tratarse de una simple encuesta en red y de una web privada comercial, ciertamente no lo es porque la gran participación habida en ella -que supone más de seis veces la población de Sigüenza-, las medidas de control implementadas por “Escapada rural” para evitar hackeos y reiteración de votos desde la misma “IP”, según informa la propia revista, y la entidad como destinos turísticos de los municipios rivales hacen que el resultado de este sondeo trascienda de la anécdota y alcance un relieve significativo. No estoy en condiciones de cuantificar el número de personas que viajarán en los próximos meses a la “Ciudad del Doncel” -que, por cierto, no era tal doncel pues, a pesar de morir joven, tuvo una hija, llamada Ana, que emparentó con la familia Bravo, con raíces en Atienza y Berlanga, como me apunta el sabio amigo Herrera Casado-, pero sí de prever que un importante número de ellas van a querer conocer, o reconocer, si ya la conocen, esa ciudad que se ha ganado el título de “Capital del turismo rural 2017”.

Decía que uno de los factores que dan relevancia al resultado de esta encuesta es la entidad como destino de los municipios rivales de Sigüenza por el título de la capitalidad del turismo rural español en este año. Efectivamente, la ciudad guadalajareña se ha impuesto en esta votación a ciudades y villas como la navarra Elizondo, la capital del Valle de Baztán, a la madrileña Garganta de los Montes, donde el río Lozoya y otros muchos cursos de agua serpentean entre una de las zonas más escarpadas de la Sierra de Madrid, a la cántabra Alfoz de Lloredo, en la que se hermanan el mar y la montaña, o a la gaditana Grazalema, corazón del parque natural de la sierra que lleva su nombre. Sigüenza también se ha impuesto a otras candidatas de peso y renombre en el ámbito del turismo rural como Covarrubias (Burgos), San Joan de les Abadesses (Girona), Torrecilla en Cameros (La Rioja), Onís (Asturias) y Leiro (Orense). Sin duda, coincidirán conmigo en la importancia y altura de esta competencia, lo que, repito, da aún más valor al título obtenido por Sigüenza, aunque no deje de ser honorífico y virtual.

A finales de los años ochenta del siglo pasado, siendo concejal de turismo de Sigüenza el tristemente fallecido hace unos meses, Emilio Pinto, la “Ciudad del Doncel” dio un paso al frente decisivo para promocionarse como destino turístico como fue comenzar a acudir con stand propio a FITUR, la madrileña feria de las ferias turísticas españolas, y mundiales, pues está a la altura de las tenidas como más importantes: Chicago y Berlín. Fue el primer municipio de la provincia, y aún de muchas otras, que dio ese paso, y no me cabe duda alguna que fue decisivo para que, en estos momentos, Sigüenza sea el segundo destino turístico regional tras Toledo, por ella pasen cada año más de 100.000 visitantes y ahora haya obtenido la consideración de “Capital del turismo rural 2017” de España. Fue el propio Pinto quien impulsó un muy buen eslogan turístico para la ciudad, “Búscame en Sigüenza”, que ahora ha evolucionado hacia un “Encuéntrame en Sigüenza”. Es evidente que hay muchos motivos -hasta octubre de este año, uno más e importante: la exposición “Cisneros. De Gonzalo a Francisco”- para buscar y encontrar gente en esa preciosa ciudad que es sede episcopal desde hace, al menos, catorce siglos, fue sede universitaria durante más de cuatro y forma un matrimonio perfecto, no de conveniencia, con el paisaje, ofreciéndose al viajero en tonos oliveños y rosas, los colores que Ortega y Gasset quiso ver en la catedral seguntina, cuando el singular y espléndido templo-fortaleza le pareció “un bajel secular” que bogaba hacia él.

Búscame en Sigüenza. Es probable que me encuentres allí.

El ejército a mi lado y no enfrente

Como es archisabido dado el gran revuelo que se ha montado con ello en la ciudad, el sábado , 27 de mayo, al menos durante 36 minutos, Guadalajara va a estar en el centro de atención y de las miradas de los millones de españoles que se van a sentar delante de la televisión para ver el desfile anual de las Fuerzas Armadas que, este año, se va a celebrar en la capital de nuestra provincia, para regocijo y satisfacción de una gran mayoría de ciudadanos y cabreo de una minoría que, como a George Brassens en su canción aventada por los aires críticos del 68 francés, la música militar nunca les supo levantar.

He tasado en 36 los minutos que Guadalajara va a ser objeto prioritario de atención nacional el día 27 porque es esa la duración exacta que el Ministerio de Defensa ha calculado para la celebración del desfile, concretamente 30 minutos para el terrestre y 6 para el aéreo. Formando parte destacada y vistosa del paso de las aeronaves, estará la famosa Patrulla Águila del Ejército del Aire que a punto estuvo ya de surcar el cielo alcarreño por primera vez hace 15 años, con motivo de la inauguración del monumento a los grandes aviadores, Barberán y Collar, en su primitivo emplazamiento en el Parque de la Concordia; más de una década después, el conjunto escultórico, obra de Luis Sanguino, que rinde tributo al capitán alcarreño y el teniente gerundense que en 1933 cruzaron el Atlántico en el avión “Cuatro Vientos”, entre Sevilla y Camagüey, fue trasladado al restaurado y remodelado antiguo Cuartel del Henares, una vez readaptado su uso a Centro Municipal de Familia.

Precisamente, ese antiguo cuartel, construido en 1920 y que fue taller y almacén de globos del Polígono de Aeroestación Militar de Guadalajara, está situado justo al final del recorrido del desfile, donde el relativamente joven barrio de La Chopera-Río Henares confluye con el más veterano de Los Manantiales. El Cuartel del Henares es una de las muchas huellas materiales que quedan en nuestra ciudad de su histórica vinculación con las Fuerzas Armadas, hecho que, no me cabe duda, ha tenido bastante que ver en que sea elegida como anfitriona de este gran desfile, cuando hay otras muchas capitales españolas, de bastante mayor población, infraestructuras y capacidad de acogida que la nuestra, que aún no han sido sede de este acontecimiento y puede que no lo sean en mucho tiempo. Tampoco me cabe duda alguna que en la elección de Guadalajara como sede del desfile, ha sido decisivo el criterio de la actual Ministra de Defensa, Dolores de Cospedal, quien en esta provincia perdió en 2015 la presidencia de la Junta que aquí había ganado cuatro años antes.

La presencia de unidades militares en Guadalajara alcanzó su mayor apogeo en la primera mitad del siglo XX cuando, dentro de su vieja estructura urbana de ciudad conventual, tenían sede varias e importantes unidades del Ejército, como eran la Academia de Ingenieros (situada frente al palacio del Infantado, donde inició su actividad en 1833), los Talleres y Maestranza de Ingenieros (en el Fuerte de San Francisco), el Regimiento de Aerostación (en el acuartelamiento de San Carlos, popularmente conocido como “Cuartel del Globos”), el ya citado Parque de Aerostación, el Aeródromo (en la carretera de Cabanillas, junto a las vías del ferrocarril), los Colegios de Huérfanos de la Guerra (el femenino en el Palacio del Infantado y el masculino en el antiguo Alcázar) y hasta el Palomar Central Militar (ubicado en uno de los antiguos torreones del Alcázar medieval). Como es conocido, el 9 de febrero de 1924, un terrible incendio destruyó la mayor parte de las instalaciones de la Academia de Ingenieros y obligó a su demolición, lo que terminó suponiendo, ocho años más tarde, la desvinculación definitiva de Guadalajara de esta importante instalación militar.

El impacto social y económico de este hecho, fue tan importante o más que el que, un siglo antes, supuso el cierre de la actividad de la antigua Real Fábrica de Paños, que también tuvo su sede en el mismo lugar que la Academia, el antiguo Palacio de Montesclaros. Entre 1941 y 1948, el actual Colegio de Adoratrices fue sede provisional de la Academia de Infantería, hasta que se restauró y habilitó para ella el Alcázar de Toledo. En la imagen que acompaña esta entrada puede verse un desfile de sus alumnos a su paso por la plaza Mayor, obra del histórico fotógrafo local José Lopez, cuyo fondo se custodia en el CEFIHGU de la Diputación Provincial. Precisamente en Adoratrices tendrá lugar la recepción oficial que seguirá al desfile, presidida, como éste, por los reyes de España, Felipe y Letizia, que acuden como tales por primera vez a la ciudad, tras haberlo hecho en una ocasión como príncipes. Conocí y traté personalmente al actual rey de España en 1991 en Hyères (Francia) y les aseguro que es una persona preparada, sensata y accesible.

Termino diciendo que a mí me parece muy bien que Guadalajara vaya a acoger este desfile, no solo por lo que de gran acontecimiento social y mediático tiene, sino porque nos va a convertir en anfitriones por unas horas de unas Fuerzas Armadas modernas, que garantizan nuestra paz, libertad y seguridad y que están prestando una ayuda impagable en diez misiones internacionales distintas, en otras tantas zonas de conflicto. Desde luego, quiero a mi Ejército a mi lado, antes que tenerlo enfrente, como por desgracia les ocurre a los ciudadanos de países oprimidos por dictaduras, entre ellos a los de Venezuela, por citar un ejemplo.

Vuelve Guadalajoven

Tras varios años de impasse, vuelve Guadalajoven, la olimpiada deportiva y cultural inter-colegios que nació en 1992, el año de los años ya que en él se celebraron la Expo de Sevilla, los Juegos Olímpicos de Barcelona (España) – lo aclaro para que no se confunda con las cerca de treinta ciudades homónimas que hay en el mundo- y la capitalidad europea de la cultura de Madrid. Obviamente, Guadalajoven es una actividad doméstica y alejadísima de la dimensión internacional de los “fastos” -como el entonces todopoderoso mandatario del PNV, Arzalluz, los bautizó- antes referidos, pero para quienes tuvimos algo que ver con esta singular iniciativa que ahora retorna, guardamos con mucha nostalgia, simpatía y no poca afección los muchos y buenos momentos que pasamos por, con y en ella, y nos alegramos de que esté de vuelta. Felicito por ello a Lucas Castillo, el actual diputado-delegado de Deportes de la Diputación y que, no es casualidad sino causalidad, pertenece a la “generación Guadalajoven”, pues fue partícipe de ella en sus tiempos escolares.

Para quienes no conozcan su dinámica, Guadalajoven es una competición entre equipos infantiles de colegios de la provincia, tanto públicos como privados o concertados -con el permiso de Podemos que, como es sabido, quiere que desaparezcan por puro ideologismo, sin medir sus consecuencias, incluso para el propio Estado en el que quieren diluir la sociedad como si de un azucarillo se tratara-. La principal singularidad de Guadalajoven reside en que no solo se celebran dentro de él encuentros de diferentes disciplinas deportivas, algunas de carácter colectivo (baloncesto, balonmano, futbol-sala, voleibol, etc.) y otras individuales (atletismo, natación, ajedrez, etc.), sino que también tiene lugar en cada jornada competitiva una fase cultural con un reglamento parecido al de “Cesta y puntos”, un mítico programa de TVE del que ya sólo nos acordamos los que peinamos canas y los que vieron los primeros capítulos de “Cuéntame”.

La fase cultural de Guadalajoven era -y espero que en su nueva etapa lo siga siendo- el momento más álgido y esperado de cada encuentro entre colegios, por su particularidad, su dinámica, su vistosidad y hasta sus consecuencias para el resultado final pues penalizaba mucho a los equipos que no se la habían preparado, de tal modo que podía terminar imponiéndose en un encuentro un equipo con regulares resultados deportivos, pero óptimos en el evento cultural, si enfrente tenía a un buen equipo en lo deportivo, pero malo en lo cultural. Con ello se pretendía poner en valor la importancia del conocimiento y el saber, incluso en un entorno netamente deportivo y competitivo, al tiempo que reforzar las comunidades escolares allende las aulas, fomentar el trabajo en equipo y la multilateralidad, pues en Guadalajoven se premiaba más a quienes dominaban, de forma aceptable, varias disciplinas que a los que solo eran especialistas en una. Además, gracias a la fase cultural de Guadalajoven, se podía conocer y aprender en los colegios, aunque fuera en tiempo libre y horario extraescolar, no sólo materia y contenidos de cultura general propios de la edad infantil, sino también hechos y datos relacionados con la provincia de Guadalajara -historia, arte, geografía, literatura, naturaleza, costumbres y tradiciones…- algo que, dese hace ya tiempo, sólo se toca de forma tangencial en el ámbito escolar pues se prima el conocimiento del medio autonómico, frente al provincial e, incluso, el local.

Gracias a Guadalajoven, muchos escolares que pasaron por él supieron que el Arcipreste de Hita “sembró avena loca a orillas del Henares”, que el “Viaje a la Alcarria” de Cela acaba en Pastrana,  que no es el Ocejón, sino el Lobo, el pico más alto de Guadalajara, que el Románico Rural es un estilo arquitectónico singular de la provincia, qué es la Arquitectura Negra, que el Hayedo de Tejera Negra es uno de los bosques de hayas más meridionales de Europa, que el Alto Tajo es, fundamentalmente, un gran ecosistema mediterráneo, qué son las botargas o cuándo y dónde se celebran de forma vistosas fiestas como La Caballada, la Octava del Corpus o las Loas y Danzas de la Virgen de la Hoz.

Guadalajoven fue posible gracias al esfuerzo e ilusión de muchas personas, pero sobre todo de los escolares que participaron en sus sucesivas ediciones y que, me consta, muchos de ellos guardan un cálido recuerdo de su paso por él; un esfuerzo y una ilusión que también pusieron los grandes profesionales de la educación que se implicaron en la actividad y que restaron tiempo a su propio tiempo libre y a sus familias para entregárselo generosamente a sus alumnos, “gratis et amore”, por cierto. También hicieron posible Guadalajoven la implicación de las federaciones deportivas provinciales -entonces ya delegaciones, perdiendo su estatus anterior, avanzando ya las autonomías a costa de las provincias- y los colegios de árbitros. Y, por supuesto, fue decisiva la entrega de todos los trabajadores del Polideportivo San José que impusieron a su trabajo no sólo profesionalidad y competencia, sino también ilusión; y ese concepto no está contenido en las nóminas ni pagado. Al frente de todos ellos, Eladio Freijo, el actual concejal de Deportes del Ayuntamiento de Guadalajara y entonces director técnico de este Polideportivo de la Diputación que, con la colaboración de muchos, sí, pero con decidido empeño y entrega personales, llevó a ser todo un referente de actividad, no solo provincial, sino nacional, como ahora está haciendo con la propia ciudad, que es candidata bien situada a ser “Ciudad Europea del Deporte 2018”, algo verdaderamente impensable antes de que él se hiciera cargo de la concejalía.

 

 

El futuro de la tierra molinesa

Hace unos días, la Asociación Cultural “Tierra Molinesa” hizo entrega, en Guadalajara, de los “Premios Emprendedores Molineses” que, cada año, desde hace ya siete, este colectivo de molineses inquietos y comprometidos con el presente y el futuro de su tierra concede a personas, empresas, asociaciones, instituciones y entidades originarias de la zona que se distinguen de manera señalada en su trabajo y que vienen a ser un espejo en el que mirarse, un ejemplo a imitar por otros para coadyuvar en la revitalización social y económica que Molina precisa desde hace ya tanto tiempo que casi nadie ya se acuerda de otros, mucho mejores, que vivió el Señorío. Bueno es, muy bueno diría yo, que se lleven a cabo este tipo de iniciativas que sacan a la luz y reconocen públicamente a molineses verdaderamente ejemplares y que son referentes a seguir.

Los “VII Premios Emprendedores Molineses” de este año han recaído en Florentino García Martínez, teólogo y experto mundial en lenguas muertas, nacido en Mochales; en el Grupo Folk “El Pairón“, creado en 1995 para recuperar la música folk de la comarca molinesa; en Carnicerías Ortega, empresa familiar radicada en la tierra molinesa, y en el Ayuntamiento de Milmarcos por la recuperación del Teatro Zorrilla.

Aunque, como en ocasiones anteriores, fui invitado al acto, mucho lamenté no poder asistir porque siempre me ha tirado mucho la tierra molinesa pues, no en vano, en uno de sus pueblos más pequeños, Otilla, nació mi abuelo paterno y él y mi padre -que circunstancialmente no vio allí su primera luz, pero ejercía de molinés- siempre me inculcaron el afecto por su “patria chica”, de la que, como tantos otros y durante tanto tiempo, tuvieron que marchar en busca de oportunidades en la vida, pero a la que jamás echaron en cara que ella misma no se las diera; bien al contrario, incluso mi abuelo, cuando ya anochecía su vida y las cataratas en los ojos no le dejaban ver más allá de sus aguileñas narices, quiso volver a vivir -más bien a morir- a la casa de Otilla en la que había nacido, a pesar de que de ella apenas quedaban unos muros y un tejado maltrechos, un habitáculo más propio para refugio de ganado que de personas. El poeta checo Rilke decía que “la verdadera patria de los hombres es la infancia”, y decía bien.

A pesar de que, como ya he comentado, no estuve presente en el acto de entrega de estos premios, sí he estado pendiente de él y me consta que el presidente de “Tierra Molinesa”, Ernesto Esteban, originario de Alustante, no solo se limitó a felicitar a los galardonados y a agradecer a las instituciones públicas su presencia -por cierto, estuvieron todas: Gobierno del Estado, Junta de Comunidades, Diputación, Comunidad del Real señorío y su Tierra y los Ayuntamientos de Molina de Aragón y de Guadalajara, lo que es de destacar-, como la buena compostura y la nobleza obligan, sino que lanzó algunos mensajes de calado como la necesidad de impulsar el potencial medioambiental de la comarca molinesa, “desarrollando un grado de gestión que atraiga a jóvenes y propiciar una fiscalidad ventajosa que también cautive a empresas e inversiones a asentarse en la zona”. Esteban también incidió en la necesidad de la colaboración público-privada para impulsar la comarca de Molina, algo en lo que estoy completamente de acuerdo, como sostengo, precisamente, en una colaboración que firmo en la revista que “Tierra Molinesa” acaba de editar con motivo de la entrega de sus premios anuales y cuyos dos últimos párrafos dicen así: “La sociedad civil molinesa, a pesar de su patente debilidad, ha dado muestras en los últimos años de ser capaz de impulsar importantes iniciativas que están redundando en claros beneficios para la comarca, algo por lo que cabe felicitarse y que supone un soplo de esperanza e invita a tomar ese mismo camino en el futuro. Aunque podría poner algún ejemplo más -no muchos, bien es cierto-, quiero destacar en ese sentido la magnífica labor emprendida por la Asociación de Amigos de los Museos de Molina y el Geoparque Comarca de Molina-Alto Tajo, un auténtico ejemplo de la puesta en valor de los recursos histórico-artísticos y naturales del Señorío.

La iniciativa de la propia sociedad molinesa, con la imprescindible colaboración activa y comprometida de las administraciones públicas, es la clave del futuro de Molina, un futuro que hay que ir a buscar y no esperarlo, que hay que intentar construir y no aguardar a que nos lo construyan”.

Me reitero en ello. El futuro de Molina está en manos de los propios molineses, aunque sin las necesarias ayudas públicas es ir “camino de nada”, como cantaba José Antonio Labordeta refiriéndose a la tierra hermana y vecina de Aragón.

Valverde de mis amores

Siendo yo aún bastante niño, la primera vez que vi una foto de Valverde de los Arroyos, hecha por mi padre con su inseparable Voigtländer, me enamoré de este pueblo por la belleza suma y diferente que reúne. Suma porque puede haber otros pueblos castellanos iguales o parecidos a él -pocos, muy pocos-, pero no más bellos. Y diferente, porque en estas tierras de Guadalajara en las que la horizontalidad ocupa gran parte de su piel, la verticalidad tendida y la altura de Valverde ofrecen una belleza singular y alternativa.

El amor de niño es muy puro, no está maleado y es el menos interesado de los amores. Es más, no hay -no debería haber- amores interesados porque el amor químicamente puro está en las antípodas del interés y es incompatible con él. Un amor interesado es como un amanecer vespertino o como un lunes dominical, una contradicción; no es posible y, si lo es, solo como metáfora porque o amanece o atardece, con el mediodía de transición, y es domingo o lunes, con solo un nanosegundo entre un día y otro, a las 12 en punto de la noche.

Como decía, me enamoré de niño de Valverde, de forma leal y desinteresada, aún sin haber estado en él y a través de una fotografía en blanco y negro, una técnica fotográfica insuperable para poner en valor la naturaleza muerta, pero la menos adecuada para realzar la viva. Y Valverde es naturaleza viva incluso en la larga invernada, cuando lo dominan el blanco de la nieve, el negro de la pizarra, el gris oxidado de la cuarcita y el siempre verde de los árboles de pequeño porte y de los arbustos de altura, de las eras y de los escuetos sotos fluviales de los mil y un arroyos que le dan apellido y por los que corre el agua incluso en tiempos como estos en los que apenas cae del cielo.

Sí, me enamoré de Valverde solo a través de una fotografía y que, además, era en blanco y negro, pero aquel amor infantil y a primera vista pronto se convirtió en pasión cuando, poco tiempo después, fui por primera vez a ver ese pueblo cuya belleza tanto me había impactado y, nada más avistarlo en la distancia, tras dejar atrás el espeso bosque autóctono de Palancares, en una intransitada y sinuosa carretera -más bien camino- de macadam, advertí que la foto de mi padre no le había hecho en absoluto justicia y que su belleza no sólo era llamativa, sino sublime. Valverde aparecía allí, bajo el dios de cuarcita, pizarra y agua llamado Ocejón, pegado tanto al paisaje que parecía mimetizarse con él. Desde ese mismo momento supe que mi amor por Valverde no era un capricho infantil, que igual que viene se va, sino que había llegado a mi aún corta vida para quedarse porque tanta belleza no podía serlo solo a los ojos y el corazón de un niño, sino a los de cualquiera y en cualquier tiempo.

Volví por Valverde de niño y adolescente algunas veces, aunque cuando más lo frecuenté fue ya de joven, de la mano de ese hermano que no me encontré en casa, sino en un afortunadísimo recodo de los caminos de la vida, que se llama Javier Borobia y que, como en tantas ocasiones he dicho y seguiré diciendo, es un verdadero perito en Guadalajaras pues, no solo conoce estas tierras como pocos, sino que las comprende y verbaliza como nadie. Si la primera vez que fui a Valverde lo hice de la mano de mi padre, muchas veces más lo hice después de la mano de Javier, percibiendo el afecto fraternal con la misma intensidad que había percibido el paternal y llevándome ambos de manera firme y segura, ayudándome así a ser menos niño y a ser mejor mayor.

Como el hijo pródigo, regresé el pasado domingo de Ramos a Valverde después de mucho tiempo sin ir por allí. Tenía alguna duda sobre la vigencia de mi amor por el pueblo de los arroyos; sabía que me iba a encontrar mucha gente, probablemente demasiada, y que aquel pueblo-pueblo serranísimo, aislado y de muy escasa población que yo conocí, ya no era el mismo porque los árboles de los centenares de turistas que cada fin de semana lo visitan no me iban a dejar ver el bosque verdadero de ese bello lugar que, como decía, está tan pegado al paisaje que es imposible que lo esté más y que solo lo separan de él, lo separamos, quienes vamos allí como el que va a visitar un  parque temático de ruralidad plena. Efectivamente, Valverde estaba abarrotado de gente que iba y venía por todas partes, preferentemente en dirección a las eras y, de ahí, hacía las Piquerinas, Despeñalagua e, incluso, el camino de Majaelrayo y del mismo Ocejón. A pesar del trasiego de personal por esas calles valverdeñas de tan sonoros nombres: Trasiglesia, Ejido, Fragua, Escuelas, Arroyo…  advertí varias circunstancias que me aliviaron sobremanera: el estado de conservación del conjunto urbano -como es sabido, un extraordinario ejemplo de arquitectura negra- supera el notable alto, hay una significativa actividad económica en él, gracias al turismo, que contribuye a su pervivencia, y sigue siendo una comunidad viva, escasamente poblada, pero viva. Este último hecho lo confirmé cuando asistí a la bendición de ramos en el Portalejo, el atrio de la iglesia en el que se escenifican los autos sacramentales de la Octava del Corpus -la gran fiesta de los sentidos valverdeña- que fueron recuperados por José María Alonso Gordo, con la colaboración de Emilio Robledo y Moisés García de la Torre, tras dejar de representarse, mediado el siglo XX, cuando la emigración masiva diezmó Valverde, al igual que a gran parte de los pueblos de la zona e, incluso, de la provincia y aún de casi toda Castilla. Precisamente, en el Portalejo coincidí con José María Alonso, valverdeño militante, quien esperaba, junto a un nutrido grupo de convecinos, la bendición de los ramos -allí, tradicionalmente, son de acebo-, al tiempo que escuchaba una de las tres versiones del cantar del domingo de ramos que, él mismo, junto con José Fernando Benito y Emilio Robledo, recogió en su libro conjunto “Cancionero popular serrano (Valverde de los Arroyos”, que fue Premio de Investigación en 1978 de la Diputación de Guadalajara.

Mucho han cambiado las cosas en Valverde desde que, a través de una foto en blanco y negro, me enamoré de él siendo niño. En todo caso, yo, a pesar de unos cuantos pesares, sigo percibiendo su esencia y su alma. Y le confieso de nuevo la permanencia de mi amor. Ahora sereno, maduro y en color.

Román no aprueba y es malo

La mayoría relativa del PP en el Ayuntamiento, que cuando Ciudadanos se levanta con el pie izquierdo es minoría absoluta, nos está dejando extrañas escenas en el salón de plenos municipal, como las que The Doors nos cantaban y contaban que ocurrían dentro de la mina de oro, en su mítico álbum  “Weird Scenes Inside The Gold Mine”, que data ya de 1972, cuando Munich acogió los Juegos Olímpicos y yo empezaba a despabilarme de la niñez en la calle de la Música, precisamente.

Pocos días hay que no nos desayunemos, almorcemos o cenemos –y, a veces, hasta merendemos- con un bochinche municipal en el que la oposición de izquierdas –PSOE + Ahora Guadalajara, cuyos votos se suelen sumar en un 99 por ciento de las ocasiones-, no pocas veces aliada al partido de centro/izquierda/derecha –Ciudadanos- gana una votación al equipo de gobierno, supuestamente de centro derecha –PP-, sobre una cuestión que, generalmente, no pasa de ser de campanario y pura cohetería, es decir, que hace ruido, pero trae pocas nueces.

La última asonada plenaria ha consistido en que la oposición de izquierdas, con la abstención de la de centro/izquierda/derecha, ha “reprobado” (literalmente) al alcalde, Antonio Román, porque, según le acusan los reprobadores, su equipo de gobierno no colabora con ellos convenientemente, dificultándoles su acceso a la documentación que le requieren e incumpliendo así las más elementales normas de transparencia y, por supuesto, el Reglamento de Organización, Funcionamiento y Régimen Jurídico de las Entidades Locales que, como no podría ser de otra manera, regula el acceso a la información y documentación municipal de todos los ediles, sean gobernantes u opositores.

Uno de los ejemplos que Ahora Guadalajara puso en el pleno para tratar de evidenciar que sus quejas eran ciertas fue el convenio de cesión del campo de fútbol Pedro Escartín que el Ayuntamiento de la capital tiene firmado con el C.D. Guadalajara y que, según José Morales, el portavoz del grupo municipal “podemita”, no les ha sido entregado porque sospecha que, o bien no existe, o ha caducado. Desconozco la situación real y legal de este convenio, pero, casualmente, me he acordado de que, siendo yo concejal del equipo de gobierno del PP en el último mandato de José María Bris (1999-2003) -gran alcalde y mejor persona-, cuando conseguí contratar para las Ferias de 2001 la actuación de “La Oreja de Van Gogh”, año en el que dieron el pelotazo y toda España los quería en sus programaciones, optamos por bajar esta actuación al Pedro Escartín porque el Auditorio Municipal se iba a quedar, no pequeño, sino pequeñísimo, pues tenía una capacidad para poco más de 4000 espectadores, cuando a la actuación del entonces grupo de Amaya Montero terminaron asistiendo 17000. Pues bien, curiosamente, todo el mundo remó a favor de aquella decisión que hasta suponía una modificación contractual por el cambio de escenario, menos la Junta de Comunidades que, de repente y con el único ánimo de tocar las pelotas –con perdón-  al Ayuntamiento y salir en el cartel de “La Oreja”, se sacó de los archivos un viejo documento de la franquista Delegación Nacional de Educación Física y Deportes, con su “pollo”, su yugo, sus flechasy su “una, grande y libre” en el membrete. Según ese documento, el campo era del Estado –que en una fase de transferencias autonómicas lo había cedido a la Junta- y en él solo se podían celebrar eventos no deportivos sin su autorización. Cuando se transfirió la titularidad del Pedro Escartín del Estado a la Junta, en los años 80, ni se renovó, ni se modificó ese convenio, por lo que, con su caspa, olor a rancio, caducidad de hecho y todo, el gobierno regional socialista, que hasta entonces había pasado del Escartín como de comer mierda –con perdón-, lo exhibió sin pudor alguno, con el misérrimo fin de poder exigir que, en un rincón del cartel de la actuación del entonces muy famoso grupo musical donostiarra, pusiera “Colabora: Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha”. Y unas entraditas de “baracalofi” para algunos, claro…

Cuento esta batallita de “viejoven” para darle una pista a José Morales sobre el convenio de cesión del Pedro Escartín al Depor que, al parecer, el equipo de gobierno no le da, aunque el que tenía el “pollo franquista” y que a mí me puso la Junta encima de la mesa para sacarme un logotipo en el cartel del concierto de “La Oreja” –y las entraditas, por supuesto-, dejó de ser de aplicación cuando se suscribió uno nuevo en el mandato 2003-2007, siendo alcalde Jesús Alique y concejal de Deportes, José Alfonso Montes, con ocasión de la cesión de la Junta al Ayuntamiento del campo de fútbol que, por cierto y si mal no recuerdo, en septiembre de este año hará 50 años que fue inaugurado.

Como viceportavoz del Grupo Popular en el Ayuntamiento que fui en el mandato 2003-2007, siendo oposición al equipo de gobierno de Alique, sé muy bien lo que es padecer dificultades para ejercer ese trabajo; y lo dejo ahí, no voy a dar más detalles. Por ello, si es cierto lo que dice la actual oposición al equipo de Román, invito a éste y a sus concejales a que faciliten la labor de aquella, porque la transparencia es esencia de la democracia y el estado de derecho su columna vertebral. Al tiempo, pido a la oposición seriedad, rigor, coherencia y altura de miras, algo que no siempre ha evidenciado pues parece mucho más preocupada en desgastar a Román y su equipo que en mejorar Guadalajara. Y no vale todo para ello.

Termino diciendo que, según el diccionario de la RAE, “reprobar” significa “no aprobar, dar por malo”. O sea que el PSOE y Ahora Guadalajara han votado en el pleno que “no aprueban y dan por malo” a Antonio Román,  algo que me suena a chiquillada, al infantil “no te ajunto”. ¿Y Ciudadanos? Pues siguen con su “yenka” –recuerdan: izquierda/izquierda/derecha/derecha/delante/detrás/un/dos/tres-, haciendo el Don Tancredo en medio del foro politico y, esta vez, absteniéndose y “reprobando” a todos, gobierno y oposición, por ser todos malos y hacer todos mal las cosas. ¡Menos ellos, claro!

 

Cierra una farmacia/biblioteca centenaria

                Dicen que cuando muere un viejo, además de muchas cosas más, lo que desaparece con él es una biblioteca pues en la memoria de los mayores hay tanta sabiduría, conocimiento e información como en los anaqueles en los que se reúnen centenares y centenares de libros. Ese símil podríamos hoy proyectarlo al hecho que se deriva de que, ayer, 14 de marzo de 2017, a las ocho de la tarde, concluyera su actividad y cerrara definitivamente una farmacia centenaria de la ciudad, la situada en el número 11 de la calle Miguel Fluiters, la más cercana a la plaza Mayor de las que actualmente había en Guadalajara, y cuya última titular ha sido Magdalena Alba Jiménez, “Malén”, una gran profesional y mejor persona. Su hermano, Rafa, también magnífico farmacéutico y buena persona, compartía con Malén la atención y gestión del establecimiento, ayudados por Luismi, un “mancebo de botica” extraordinario y que sabía más de fármacos que muchos farmacéuticos, al tiempo que otro gran ser humano que ha estado a su lado nada más y nada menos que 46 años.

Efectivamente, como ya comentaba, si al morir un viejo, muere con él una biblioteca, al cerrar una farmacia centenaria mueren, con el fin de su actividad, los innumerables recuerdos, situaciones, anécdotas, instantes y demás momentos vividos en ella pues, si cualquier comercio de atención directa al público da para generar incontables relaciones personales, el de botica las produce de forma exponencial pues allí no se va a comprar cualquier cosa, sino bienestar, sanación y salud; es decir, vida.

La farmacia que cerró ayer inició su actividad hace más de un siglo pues hay documentos de principios del XX que acreditan, de modo fehaciente, que en el número 7 de lo que entonces se llamaba Calle Mayor Baja -y que corresponde con el 11 de la actual Miguel Fluiters-, ya había una farmacia, de la que era titular don Diego Bartolomé. A principios del siglo pasado tan solo había seis farmacias en la ciudad, que en ese tiempo era habitual que también expendieran productos de droguería, entre otros, incluso de armería, como detalla un anuncio de la época publicado en “Flores y Abejas” en el que se ofrecen: “Específicos de todas clases y drogas al por mayor. Géneros farmacéuticos superiores. Ortopedia. Pólvoras y cartuchería”.

Conforme decíamos, además de la farmacia de Bartolomé, en Guadalajara había, en la década iniciada en 1901 otras cinco “farmacias y droguerías”. Estos eran sus titulares y su ubicación:

–          Mariano Caballero (Plaza de Marlasca, 4, lo que hoy es Plaza de Santo Domingo)

–          Félix García Herreros (Calle Mayor Baja, 22. Entonces la calle Mayor Baja se iniciaba tras la plaza Mayor y, la Alta, discurría hasta llegar a ella desde la de Marlasca)

–          Agapito Núñez Gil (Calle Mayor Alta, 7)

–          Joaquín Sáenz (Plaza Mayor, 19)

–          Antonio Vicenti (Mayor Alta, 15)

farmacia-albaComo habrán podido advertir, las seis farmacias que en aquella época había en la ciudad, estaban todas ellas localizadas en la calle Mayor, Alta o Baja, y en la Plaza Mayor, es decir, se agrupaban todas ellas en menos de 500 metros, lo que confirma algo perfectamente conocido: que el eje vital, social, económico, comercial e institucional de la ciudad comenzaba y terminaba en la calle Mayor, algo que hace ya tiempo que dejó de ocurrir pues, aunque ahora parece que va cambiando el aire, en los últimos años se ha vivido una auténtica crisis comercial y de despoblación en ella. Aún a pesar de esta circunstancia, llama la atención que, hasta el cierre de la farmacia de Magdalena Alba, han sido cinco los establecimientos de este tipo que han seguido prestando servicios en las calles Mayor y Miguel Fluiters.

“Malén” Alba se hizo cargo de la farmacia del número once de Miguel Fluiters en 1976, tomando el relevo de su abuelo, don Abdón Jiménez Encinar, quien, a su vez, se había hecho con la titularidad de la misma en 1940, al comprársela a la viuda de Bartolomé, su primer titular, como ya hemos dicho.

Como conocedor del día y la hora del cierre de esta histórica farmacia, dada mi relación de buena amistad con Malén y Rafa Alba, me acerqué la tarde del día de su cierre a darles un beso y un abrazo -también a Luismi, pues más que un empleado ha sido siempre para ellos un compañero y un amigo, y para los clientes, un atento y competente profesional-, y a echar un último vistazo a la botica para guardarme imágenes irrepetibles en mi cabeza y sentimientos y sensaciones en mi corazón. Allí estaban el viejo despacho del orondo y afable don Abdón, la orla de su promoción, su título universitario -datado en 1924, siendo rey Alfonso XIII-, su ojo de boticario -un pequeño mueble lleno de cajones en el que los antiguos farmacéuticos guardaban las materias primas más valiosas y difíciles de conseguir-, algunos de sus matraces y, por supuesto, varios de sus albarelos, esos botes de cerámica usados en las farmacias que suelen tener el nombre grabado del producto que contienen. Entre otros, pude tomar nota de albarelos de cera vegetal, coralina, cornezuelo del centeno, opio de Esmirna y hasta de esperma de ballena.

  Ha cerrado una farmacia centenaria y, con ella, se ha perdido una biblioteca de recuerdos, vida y corazón. Y vi emocionarse y hasta llorar por ello a más de un cliente, lo que viene a confirmar que allí no sólo se expendían fármacos con profesionalidad, sino también buen trato y amistad.

 

En la fotografía que acompaña estas líneas, Malén y Rafa Jiménez Alba, junto a Luismi, minutos antes de que cerrara definitivamente la histórica farmacia de Miguel Fluiters, 11. Foto: Pedro Sanz Mínguez.

La arqueología es un arma cargada de futuro

                En los últimos días ha tenido amplio eco en la prensa provincial e, incluso, también en la nacional, la noticia de que se ha “descubierto” en Driebes una “ciudad” romana que, muy probablemente, sea Caraca. La ubicación de ésta se estimó durante siglos que podría estar en el entorno de la ciudad de Guadalajara –en la segunda mitad del XIX, el prestigioso arqueólogo alemán, Schulten, incluso se atrevió a decir que estaba en Taracena– y, después y hasta hace bien poco, también se especuló con que su verdadera localización estuviera en Carabaña. Sin duda, se trata de una gran noticia -extraordinaria, incluso- pero cabe matizarla, de ahí que haya entrecomillado dos palabras y ahora voy a tratar de explicar el por qué.

               Vias de Comunicación Romanas En realidad, según expertos, libros y documentos que he consultado antes de escribir esta entrada, no se trata de un “descubrimiento”, sino más bien de la muy probable confirmación de un hecho que ya anticipada el prestigioso catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Alicante, el guadalajareño Juan Manuel Abascal Palazón, en su magnífico estudio titulado “Vías de comunicación romana de la provincia de Guadalajara”, cuya primera edición fue publicada en 1982 por la entonces muy activa y hoy desaparecida Institución Provincial de Cultura “Marqués de Santillana”, dependiente de la Diputación Provincial de Guadalajara. Efectivamente, en ese libro, un en aquel tiempo muy joven Abascal afirma textualmente, tras descartar la ubicación de Caraca en Carabaña, que era hasta ese momento la tenida por buena, que “nosotros proponemos la localización de Caraca más al este de Carabaña de lo que se ha propuesto, en el despoblado de Santiago de Vilillas, jurisdicción de Almoguera, al sur de la provincia de Guadalajara”. Ese despoblado, del que solo quedan visibles sobre tierra los restos de una ermita medieval, efectivamente, se encuentra en el término de Driebes y en el mismo lugar, el Cerro de la Muela, en el que los arqueólogos, Emilio Gamo y Javier Fernández Ortea, responsables de los hallazgos recientes en la zona, sitúan los restos romanos que pueden confirmar que allí estuvo Caraca.

Por otra parte, el hecho de entrecomillar también la palabra “ciudad” en el arranque de este artículo, ha sido para matizar que, en realidad, Caraca no era una ciudad romana propiamente dicha, pues no se trataba ni de un municipio, ni de una colonia ni de una prefectura, que eran los tres tipos de ciudad romana, sino de una “mansio” o mansión que, dicho en gramática parda más que en lenguaje científico, era un gran complejo hostelero para dar acogida y servicio a los viajeros en las principales vías de comunicación romanas. De hecho, las “mansios” se situaban a una distancia prestablecida unas de otras –alrededor de 24 millas romanas-, circunstancia determinante para que los investigadores pudieran especular antaño con sus ubicaciones partiendo ya de un hecho racional y objetivo, lo que, sin duda, facilitó su trabajo. No obstante, como es evidente, daban muchos palos de ciego, a falta de geo-radares como el utilizado ahora en Driebes por Gamo, Fernández Ortea y el resto del equipo de arqueólogos que parecen haber localizado definitivamente Caraca.

Siguiendo el buen criterio de Abascal, al que el tiempo va dando razones y que goza de un importante prestigio como experto en la historia y la cultura romanas en la comunidad científica, además de Caraca había otras cinco “mansios” en el territorio que desde 1833 ocupa y es la provincia de Guadalajara: Arriaca –él se inclina por pensar, a falta del hecho cierto de su localización, que podría estar en el despoblado de Varrecas, próximo al Burgo, al norte de la actual Guadalajara-, Caesada –a la que la historiografía antigua ubicaba en Hita, pero que nuestro paisano defiende que estuvo en el despoblado de Santas Gracias, junto al río Aliendre, cerca de Espinosa de Henares, siguiendo el criterio del cronista Catalina García-, Segontia –cuya ubicación considera “definitivamente establecida en el Cerro de Villavieja, en Sigüenza”, a apenas 2 kilómetros de ésta-, Carae –él opina, al contrario que otros romanistas, que no puede estar en Zaorejas, que es donde se daba por cierta su ubicación, sino en “un lugar a mitad de camino entre Zaorejas y Villanueva de Alcorón, en el paraje conocido como “Los Calderones”- y Sermonae –cuya “probable ubicación”, dice el historiador guadalajareño, “esté en las cercanías de Hinojosa”-. Como verán, aún tienen mucho tajo en la provincia los arqueólogos y los geo-radares.

Termino diciendo que a las importantes noticias arqueológicas que han llegado de Driebes, pronto se podrían sumar otras procedentes de Molina de Aragón –concretamente de su magnífica alcazaba-, de Sigüenza –en este caso de la iglesia de Santiago, que sigue “hablando” en su lento pero firme caminar para convertirse en el Centro de Interpretación del Románico, espero que de ámbito provincial y no solo local o comarcal- y, por supuesto, siempre de Recópolis, el magnífico yacimiento de Zorita del que apenas se ha descubierto hasta ahora poco más de un diez por ciento de su extensión y que ya es un referente europeo como ciudad visigótica de nueva planta, después ocupada por andalusís y castellanos.

Como decía Gabriel Celaya de la poesía, y aunque en un sentido muy diferente al que quiso dar a su expresión el poeta guipuzcoano, la arqueología es un arma cargada de futuro porque, además del valor historiográfico y científico que comporta, la extensión, aprovechamiento y explotación –racionales y sostenibles, por supuesto- que pueden derivarse de su conocimiento y divulgación constituyen un potencial recurso de primer orden para desarrollar zonas rurales. Y, en Guadalajara, entre “mansio” y “mansio” romanas, hay mucho campo. Y muchas huellas de las numerosas culturas que por estas tierras han pasado a lo largo de la historia.

“El Corte Inglés” nos puede quitar lo que nos concedió Enrique IV

El hecho de que haya un establecimiento comercial del prestigio de El Corte Inglés en una ciudad, como sucede a Guadalajara desde 2007, viene a ratificarle de hecho el título oficial de ésta -si lo tiene, como es el caso- y a remarcarla como localidad de referencia en su entorno. Antes, los títulos de ciudad eran honores -más que privilegios- que otorgaban los reyes, diferenciando a las poblaciones favorecidas con ellos de las villas, las aldeas y los lugares que eran rangos de población inferiores. A Guadalajara fue el entonces rey de Castilla, el Trastamara Enrique IV  -predecesor de los Reyes Católicos- quien el 25 de marzo de 1460 le concedió el título de ciudad, tras arrebatársela por las armas a los Mendoza con ocasión de una disputa con el segundo marqués de Santillana, Diego Hurtado de Mendoza, a quien el monarca obligó por la fuerza a salir de ella y refugiarse en Hita, hasta que en 1461 se firmó un acuerdo de amistad entre ambos que permitió al noble regresara

Se da la circunstancia histórica de que la capital de España, Madrid, nunca fue distinguida por rey alguno con el título de ciudad -ni falta que le ha hecho, pues nadie puede dudar que es, de hecho y de derecho, la primera ciudad del Estado-, si bien es villa desde 1123 y villa y corte desde 1561, cuando Felipe II asentó allí la capital del reino, aunque entre 1601 y 1606, en tiempos ya de Felipe III, estuvo provisionalmente en Valladolid.  Curiosamente, durante la época califal, Madrid perteneció a la “cora” de Guadalajara, cuando ésta era la capital de la Marca Media de Al-Andalus.

guadalajara-titulo-ciudadDejándonos de Historia y de cuentos, como reclamaba Gabriel Celaya en su extraordinario poema/proclama de libertad “España en marcha”, que popularizó Paco Ibáñez al ponerle música, se ha sabido a través de algún medio de comunicación en los últimos días que, aunque el título de ciudad de Enrique IV ya no nos lo va a quitar nadie -salvo que lo roben del archivo municipal en el que se custodia, algo improbable dada la profesionalidad y competencia del archivero, Javier Barbadillo–, El Corte Inglés podría cerrar su centro comercial de Guadalajara por ser uno de los de su red que genera pérdidas, circunstancia que, de hecho, nos sacaría de esa lista de ciudades privilegiadas por ser sede de un centro comercial de esta prestigiosa marca.

Efectivamente, según informa elconfidencial.com “El Corte Inglés cerrará este mes de febrero el ejercicio económico de 2016, en el que ha conseguido salvar los muebles con un incremento del 34% de los beneficios netos, aun cuando la cifra de ventas evolucionó más lánguidamente y registró un mínimo aumento del 4,3% sobre 2015. La razón principal de esta situación, que impide al grupo recuperar los niveles anteriores a la crisis, reside en el lastre de alrededor de una cuarta parte de centros comerciales que registran cifras constantes de pérdidas y cuya solución natural pasa necesariamente por medidas drásticas, como pueda ser la venta o, en su defecto, el cierre definitivo y la consiguiente liquidación del negocio”. Y entre esos centros en los que este importante grupo empresarial registra pérdidas año tras año está el de Guadalajara, al igual que los de Leganés (Arroyosur), Jaén, Oviedo, Elche, Talavera, Albacete y Eibar, todos ellos inaugurados después del año 2000. Resulta evidente que sus construcciones y aperturas se activaron gracias a la bonanza económica de aquellos años, de la que principalmente tiró el llamado “boom -más bien suflé- del ladrillo” y, al menos en el caso del centro que está en el Ferial Plaza de la calle Eduardo Guitián, también en las expectativas de crecimiento poblacional que aquí se generaron y que después resultaron un auténtico fiasco. Entre esas perspectivas demográficas alcistas que se preveían para la capital y sus municipios más próximos, especialmente los de El Corredor del Henares, se pueden citar como ejemplo los 28.000 habitantes que se estimaban para Valdeluz, cuando su población actual apenas supera los 2500. No me cabe la menor duda de que con las situaciones económica y demográfica actuales y las previsibles a corto y medio plazo, jamás se hubiera abierto un “Corte Inglés” en Guadalajara.

La causa de que El Corte Inglés aún no haya echado el cierre en ninguno de sus centros reiteradamente deficitarios, entre los que está el de Guadalajara, radica en que su política procura evitar esos cierres, al contrario que otras grandes empresas que, en cuanto los números rojos de un centro dejan de ser coyunturales para pasar a ser estructurales, echan el cierre sin más miramientos, entre ellos el dejar en la calle a un importante número de trabajadores. Para cierta tranquilidad de los de Guadalajara -cuya plantilla se ha reducido notablemente, sobre todo la eventual, como es notorio-, El Corte Inglés, antes de tomar la drástica medida de la venta o del cierre en estos nueve centros deficitarios -a los que pueden sumarse otros que están en números “naranjas”-, parece que se propone dar un giro a su modelo de negocio. La primera alternativa de reconversión que se maneja es apostar por convertirlos en “outlets”, tipo “Las Rozas Village”, apoyándose en el prestigio de la marca, “que contribuye a mantener la tendencia de moda en colecciones que ya se han pasado de temporada; de este modo, los estrategas del negocio tratan de obtener una segunda oportunidad para el ciclo del producto”, según se comenta en el diario digital que dirige el alcarreño Nacho Cardero y que me ha servido de fuente para esta entrada.

Confío en que El Corte Inglés sepa gestionar esta comprometida situación y no cierre su centro de Guadalajara porque lo lamentaría por sus empleados y proveedores locales, directos y diferidos, lo echaría de menos como cliente y, como comentaba al principio, ello contribuiría a que se rebajara nuestra estimación de ciudad al no ser una de las que acogen uno de sus famosos centros, vara con la que en la actualidad se mide más la potencia de una urbe que los títulos que haya merecido en su historia. No en vano, estamos en la época del “homo compratoris”, por decirlo en Latín macarrónico, pero de forma expresiva.

 

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