Los dioses no emigran

   Entre la segunda quincena de enero y la primera semana de febrero se concentran las principales fiestas tradicionales castellanas de invierno, y en la provincia de Guadalajara de manera especial, a pesar de la adversa climatología propia de esta época, demostrándose con ello que a los castellanos nos va más la fiesta de lo que correspondería a nuestra fama de adustos, un arquetipo que, como todos, puede que tenga un punto de razón, pero desde luego no es un traje a la medida de nuestra forma de ser. Aquí, como en todas partes, cada uno somos de nuestra madre y nuestro padre y, como dice nuestro viejo e igualador lema, “nadie es más que nadie”; pero todos somos alguien.

    Fiesta, calor y calle suelen ir de la mano pues el segundo te echa a la tercera y eleva a su máxima expresión la primera. Pero fiesta, frío e interiores también son compatibles, como lleva demostrándose desde hace siglos en esta tierra que, aunque caigan en ella heladas chuzos de punta o copos de nieve como puños, acumula en estas fechas del ecuador del invierno incluso más citas festivas que las muchas que se suelen concentrar en agosto, el ecuador del verano y hábitat natural por excelencia para la fiesta.

   taracena-botarga1-300x534 Nuestras fiestas de invierno, por razones obvias, ni tienen el origen ni se producen con las mismas formas que las de verano, pero no dejan de ser citas remarcadas en nuestra memoria colectiva, muy especialmente en el medio rural. La pena es que muchos de nuestros pueblos llevan tanto tiempo desangrándose y envejeciendo demográficamente, que, más que tener memoria colectiva, padecen una especie de “alzheimer” comunitario que está provocando que muchas costumbres y tradiciones se pierdan entre las nubes oscuras de la desmemoria. No pocos recuerdos de fiesta y labor, de uso y costumbre de las viejas comunidades rurales emigraron también a la ciudad con las personas y allí se han diluido en olvidos, lágrimas y silencios.

      Sin ánimo alguno de invadir terrenos que, más que míos, son bastante más propios de expertos etnógrafos amigos como José Ramón López de los Mozos o José Antonio Alonso, me permito apuntar que la alta concentración de fiestas tradicionales en este tiempo de invierno – San Antón (17 de enero), San Sebastián (20), San Vicente (22), San Ildefonso (23), La Virgen de la Paz (24), La Candelaria (2 de febrero), San Blas (3) y Santa Águeda (5) son algunas de las más destacadas y extendidas- tiene causa en que en las antiguas economías rurales era clave esta época, tanto desde un punto de vista meteorológico como de realización de faenas agrarias, para que las futuras cosechas y recolecciones fueran abundantes. Y, claro, había que tener a favor de sementera a los santos. Hay refranes muy expresivos al respecto de lo que digo: “Enero, llave de granero”, “Cuando nieva en enero, todo el año ha tempero”, “Tantos días pasan de enero, tantos ajos pierde el ajero”, “Quien cava en enero y poda en febrero, tiene buen año de uvero”, “Si no lloviere en febrero, ni buen prado ni buen centeno”.

        No descubro la pólvora si digo que, donde ahora y desde hace ya muchos siglos, hay una festividad cristiana, muy probablemente antes hubiera una pagana. “Los dioses no emigran”, como expresivamente diría mi hermano/amigo Javier Borobia, el gran perito en Guadalajaras y que tanto gustaba de disfrutar de cualquier tiempo festivo, pero especialmente de este de invierno, que llega a contrapelo de la meteorología, lo que le añade un plus de apetencia a un espíritu alegre y festero como el suyo. Un ciclo que es y él llamaba de “pre-carnaval”, pues, efectivamente, lo antecede y nos va metiendo poco a poco en la harina de la mascarada, sobre todo en esta tierra en la que sus botargas ya parecen y son personajes extrapolados de las carnestolendas y adelantados a ellas.

      canfran   Hablaba antes, no sin desazón, ciertamente, de esa especie de “alzheimer” comunitario que llevamos décadas viviendo y que ha devenido por el acusado debilitamiento de las comunidades rurales, conllevando, entre otras circunstancias también negativas, la pérdida de numerosas costumbres y tradiciones. En dirección contraria a esta dinámica regresiva, me complace mucho destacar que este año se han producido dos hechos, en este ciclo festivo de invierno en la provincia, que invitan al optimismo: por un lado, en Taracena -el pueblo de mi madre y, por tanto, el mío-, después de 117 años sin hacerlo, ha vuelto a salir a las calles su tradicional botarga de San Ildefonso -en su día no era una, sino varias, pero todo se andará que principio quieren las cosas- y en Sigüenza, por San Vicente, se ha celebrado la trigésima edición del Certamen de Dulzaina que lleva el nombre de su promotor y fundador, José María Canfrán, una gran persona que tuve el placer de conocer, tratar y disfrutar. Lamentablemente, Jose María se nos murió siendo demasiado joven, pero no solo impulsó este evento, sino que, junto a su inseparable tamborilero, Carlos Blasco, contribuyó decisivamente a la recuperación de la dulzaina en la provincia de Guadalajara, el instrumento musical castellano por excelencia que aquí se había perdido, prácticamente, en las últimas décadas del siglo XX y que solo sonaba, y poco, gracias a los grupos venidos de otras provincias hermanas, generalmente Segovia y Soria, que se contrataban para algunas de nuestras más señaladas fiestas tradicionales. Aquella semilla que sembró Canfrán y que después cultivó adecuadamente, desde la gran inversión de futuro que es la docencia, la Escuela de Folklore de la Diputación, por fortuna sigue creciendo y especialmente en invierno. Como decía el poeta argentino Porchia, “la primavera del espíritu florece en invierno”. A pesar de los pesares, hay motivos para la esperanza, sí.

Fotos: Botarga de Taracena (superior) y José María Canfrán.

Guadalajara en la Conferencia de Presidentes Autonómicos

La VI Conferencia de Presidentes Autonómicos, que se celebrará –o se habrá celebrado, depende de cuando se lea esta entrada- el 17 de enero, va a abordar un total de diez asuntos de Estado, entre los cuales figura por primera vez uno que atañe muy directamente a la provincia de Guadalajara: el compromiso de elaborar una Estrategia Nacional de Demografía de la que se encargará un grupo de trabajo, una comisión, que saldrá de la Conferencia. Según fuentes del propio Gobierno, esta cuestión que tanto afecta especialmente a gran parte de la provincia de Guadalajara y a otras zonas castellanas, leonesas y aragonesas del interior de España e, incluso, a parte de Galicia, como es el envejecimiento de la población y los desequilibrios en su distribución, se ha incorporado por primera vez a la agenda de trabajo de tan alta e importante Conferencia porque en 2015 fallecieron en España 422.276 personas -la cifra más alta desde 1941- y, de mantenerse las gráficas del Instituto Nacional de Estadística, en 2050 habrá casi 5,5 millones de habitantes menos en nuestro país; el desequilibrio se agrava porque la curva de la natalidad apunta hacia abajo al tiempo que se amplía la extensión de las zonas que se van despoblando.

Aunque me preocupa mucho que se cumpla esa frase histórica atribuida a Napoleón que dice que “si quieres que no se resuelva un problema, crea una comisión”, considero que es verdaderamente oportuno y francamente positivo que el gobierno del Estado y los presidentes autonómicos aborden por fin el acusado y grave problema que viene suponiendo, no solo ahora, sino desde hace ya décadas, la progresiva pérdida de población y el envejecimiento de ésta en grandes extensiones del territorio español y que, en el caso de Guadalajara, afecta al 70 por ciento de la provincia. Precisamente al cierre de los datos estadísticos demográficos de 2016, el INE ya ha avanzado que 173 de los 288 municipios de la provincia de Guadalajara tienen menos de 101 habitantes, sumándose tres más –Ciruelas, Henche y Pozo de Almoguera– a los que ya había en 2015 por debajo del centenar de residentes, continuando así la sangría poblacional en el medio rural de la provincia que comenzó hace ya más de seis décadas y que no cesa, como el rayo del poemario de Miguel Hernández. Además, se da la circunstancia de que, incluso algunas de las poblaciones de la provincia que, contrariamente a lo que acontecía en las zonas más alejadas de la capital, han vivido en los últimos años un crecimiento poblacional exponencial gracias a sus nuevos desarrollos urbanísticos durante la época del llamado “ladrillazo”, han comenzado a perder habitantes en 2016, como es el caso de Azuqueca de Henares (- 193) y Pioz (- 73), o han ralentizado mucho su crecimiento; no obstante, la principal sangría demográfica sigue produciéndose fuera del Corredor del Henares y el entorno de la capital, siendo especialmente significativo el descenso de población en cabeceras de comarca que, antaño, frenaron su propia emigración gracias a la inmigración procedente de los pueblos de su zona: Sigüenza (que ha perdido 97 habitantes en 2016 respecto al año anterior), Cifuentes (- 90), Molina de Aragón (- 65) y Brihuega (- 62) son claros exponentes de ello.

Entre otros objetivos, la Conferencia de Presidentes Autonómicos del martes encargará la elaboración de esa Estrategia Nacional sobre Demografía para que ésta contribuya a conseguir más fondos europeos para el medio rural despoblado y envejecido español. Me parece estupendo, pero este hecho me trae al recuerdo que en la provincia de Guadalajara ya llevamos disfrutando de fondos europeos para el desarrollo rural en las zonas más desfavorecidas, especialmente los Leader, desde hace tiempo, en las zonas de Molina de Aragón-Alto Tajo, Sierra Norte y gran parte de la Alcarria, y la despoblación y el envejecimiento continúan siendo los signos de identidad sociodemográficos de esas comarcas, a pesar de los millones de euros invertidos en ellas con fondos europeos, estatales, regionales y provinciales.

Puede que el problema radique en que, en vez de invertirse productivamente esos fondos, gran parte de ellos se hayan gastado de manera improductiva. No es lo mismo invertir que gastar. En todo caso, los grupos de acción local que gestionan esos fondos y las instituciones públicas y los agentes sociales y económicos que se integran en ellos habrán de reflexionar seriamente al respecto pues, sin duda, han de ser muy bien venidos todos los recursos económicos que lleguen a estas zonas; ahora bien, habrá que invertirlos mejor que hasta ahora. Para coadyuvar a ello, es absolutamente necesario que la dirección y gestión de esos grupos de acción local se despoliticen en favor de una adminsitración de carácter mucho más técnico y profesional que la que han venido teniendo hasta ahora. Y siento decir que no soy muy optimista en este sentido.

Termino reflexionando sobre la estratégica ausencia a esta Conferencia de Presidentes Autonómicos del Lehendakari vasco, Iñigo Urkullu, y del Presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont. Aunque el primero actúe y se manifieste habitualmente de una forma bastante más prudente y moderada que el segundo en sus evidentes aspiraciones comunes independentistas para el País Vasco y Cataluña, ambos, con su incomparecencia a esta Conferencia, están mandando por enésima vez el mensaje de que sus respectivas comunidades autónomas son distintas a las demás de España, que tienen derechos superiores y, si me apuran, que son mejores que las demás y por ello quieren ahorrarse la cuota de solidaridad interregional que inspira la Constitución del 78 para así ellos ser aún “más mejores”, si me permiten la expresión. Además, lamento que dos de las regiones de España que fueron destino prioritario de la inmigración interior nacional que diezmó la población de provincias como Guadalajara, no vayan a poner su grano de arena en la elaboración de la Estrategia Nacional sobre Demografía que va a tratar de reactivar social y económicamente a las zonas de España más despobladas y envejecidas. Poco, muy poco, les debe importar cómo estén socialmente las tierras de origen de muchos de sus vecinos –a quienes peyorativamente llaman “maketos” en el País Vasco y “charnegos” en Cataluña-, a pesar de que gracias a ellos sus regiones pudieron progresar a costa de la regresión de aquéllas.

Sé que generalizar no es justo y que no todos los vascos y catalanes son independentistas ni insolidarios, pero las instituciones y las personas que les representan van por los caminos que van, dicen lo que dicen y hacen lo que hacen. Lástima que los independentistas prefieran volver a las tribus previas al “demos” –una circunscripción que agrupaba y asociaba tribus diferentes para organizarse, crecer y beneficiarse mutuamente- de Clístenes, gracias a quien se dio el salto definitivo de las primitivas sociedades de clanes de la época arcaica hacia la democracia de la era clásica.

 

 

La “yenka” de Ciudadanos

Desde las últimas elecciones municipales de junio de 2015 el Ayuntamiento de Guadalajara vive una situación de gobernabilidad compleja pues aunque Ciudadanos permitió –eso sí, solo por pasiva- que gobernara el PP como primera fuerza, y por mucho, del consistorio que es, los de Rivera, lejos de comprometerse con el equipo de gobierno de Román están haciendo un juego político que se parece mucho a una canción-baile sesentera, la Yenka, cuyo cansino estribillo se repetía una y mil veces: “izquierda, Izquierda, derecha, derecha, delante, detrás, un, dos, tres…”. Al menos a mí me recuerda a esa apolillada y un tanto casposa canción esa política poliédrica “anaranjada” de ahora voto con el PP, pero luego con PSOE y Ahora Guadalajara -la marca local de Podemos que en un 75 por ciento controla IU, no nos olvidemos- y hasta le creo al Alcalde una situación tan incómoda como es darle a elegir que, o se libera al cien por cien en el Ayuntamiento, o no le permito que lo haga en un ochenta para seguir ejerciendo “marginalmente” la medicina y así no perder contacto con su vocación y profesión, como es su lógico deseo; que, por cierto, le honra, porque evidencia que está de paso en la política, aunque ya acumule un importante y extenso currículo en ella. Mejor nos iría a todos si hubiera menos profesionales de la política y más profesionales en la política, que parece lo mismo, pero no lo es; la lengua castellana es tan rica que una simple preposición es capaz de cambiar todo el sentido a una frase.

                Estuve ocho años en política activa y siempre he sido y seré político, en el sentido etimológico de la palabra, el socrático, el de estar preocupado y comprometido con las cosas de mi ciudad –la “polis” griega de la que deviene “política”- y he conocido y conozco mucha y muy buena gente que ha trabajado o trabaja en ella, aunque también bastantes mediocres e, incluso, algún rufián. La política es necesaria y conveniente y, por ende, los políticos; hasta me parece una ocupación muy noble y que debería estar mucho mejor considerada por la sociedad de lo que actualmente lo está, aunque también es explicable esa mala fama del oficio político y sus actuales oficiantes porque el partidismo, el sectarismo y el tacticismo que con tanta frecuencia y, a veces, descaro, practican las fuerzas políticas llevan al hastío de la gente, que solo encuentra problemas en quienes ha elegido para que le den soluciones.

Los llamados partidos “emergentes”, venidos supuestamente a practicar la “nueva política”, hace demasiado poco tiempo que han emergido como para que ya se estén liando a mamporros entre ellos -especialmente Podemos, aunque las galletas que se reparten en Ciudadanos no son de Cuétara precisamente- y si venían a sustituir a la “vieja guardia” con un mejor talante y limpieza de sus dirigentes, una mayor transparencia de sus estructuras y unas mucho más comprometidas acciones con los verdaderos problemas de la gente, pronto la realidad les ha comenzado a igualar con la “casta” que repudiaban y de cuyo desgaste se han nutrido electoralmente pues ya han perdido su virginidad política, incluso estando en las puertas del poder y sin haberlas traspasado aún de verdad. Y allá donde gobiernan, ya sabemos cómo se las gastan…

Volviendo a la situación del Ayuntamiento de Guadalajara, parecía positivo el hecho de que, tras dos mayorías absolutas seguidas del PP –la segunda, más que mayoría, multitud, que terminó volviéndose en su contra-, llegara un escenario político en el que fuera necesario alcanzar acuerdos, al menos entre dos fuerzas políticas, para garantizar la gobernabilidad municipal. La investidura de Román por mayoría relativa al no pactar las otras tres fuerzas municipales, parecía indicar que íbamos a asistir a un mandato en el que Ciudadanos tendría influencia en el equipo de gobierno, al tiempo que corresponsabilidad; pero no, al menos de momento, y a pesar de que Román les ha ofrecido una y mil veces cogobernar la ciudad, han optado por tener influencia –y, en ocasiones, imponer su “santa” voluntad, incluso aunque ésta tuviera un punto caprichoso- pero no corresponsabilizarse de nada, o de muy poco. Y esa forma de actuar es puro tacticismo político y, no nueva, sino viejísima política, que es la de arrimar el ascua a su sardina con fines electorales, aunque eso suponga problemas para que el Ayuntamiento tenga un gobierno municipal estable, algo absolutamente necesario pues las arritmias en política son tan malas como las que afectan al corazón de las personas, como muy bien sabe el doctor Román.

La política “yenkista” de los Ciudadanos arriacenses no sé si les va a dar réditos electorales dentro de dos años y medio –empiezo a intuir que no-, pero lo que sí parece evidente es que a la ciudad le está creando problemas y encima no le están saliendo baratos pues si con “la vieja política” había cinco concejales liberados en la oposición, ahora hay diez.

Pueblos con apellidos centenarios

                Utilizando una expresión del gran Miguel de Cervantes -de quien precisamente se ha conmemorado este año el cuarto centenario de su fallecimiento, que coincidió con el del también muy grande Shakespeare– 2016 tiene ya “puesto el pie en el estribo con las ansias de la muerte”. Se nos va, por tanto, un año que, como la feria, cada uno contará según le haya ido y en el que han coincidido varias efemérides relacionadas con destacados literatos, además de las ya nombradas: los en Guadalajara muy sabidos y celebrados centenarios de los nacimientos de Cela y Buero Vallejo, el centenario de la muerte de Rubén Darío o el también cuarto centenario del fallecimiento del Inca Garcilaso de la Vega, entre otros.

                Pero este que ya acaba no solo ha sido un año de efemérides vinculadas a escritores de mucha talla e, incluso, a reyes de relevancia histórica pues igualmente se ha conmemorado el quinto centenario de la muerte de Fernando El Católico y el tercero del nacimiento de Carlos III; en 2016 se ha cumplido también un centenario que para la gran mayoría ha pasado desapercibido pero que tiene una trascendencia históricas señalada para 573 pueblos españoles, entre ellos 29 pertenecientes a la provincia de Guadalajara. Esa efeméride que afecta a tantas localidades es la del centenario del Real Decreto de 27 de junio de 1916, aprobado por el Gobierno de España, cuyo consejo presidía entonces el Conde de Romanones, por el cual se les puso “apellido” a ese medio millar largo de ayuntamientos españoles -luego algunos de ellos dejarían de serlo y pasarían a ser pedanías- para evitar confusiones ya que sus nombres coincidían con los de otros.

Así se justificaba esta, no anecdótica, sino relevante decisión gubernamental en el inicio de la exposición de motivos del Real Decreto, publicado en la Gaceta de Madrid -la cabecera de publicación periódica oficial editada en España desde 1697 hasta 1936 que después dio paso al BOE- número 184, de 2 de julio de 1916: “La Real Sociedad Geográfica ha realizado prolijo y meditado estudio para la reforma de la Nomenclatura geográfica de España, por estimar de conveniencia y verdadera utilidad el cambio de denominación de las entidades de población cabezas de distrito municipal, a fin de que desaparezca la extraordinaria y lamentable confusión originada por el hecho de existir, entre los 9.266 Ayuntamientos que constituyen la Nación, más de 1.020 con idénticos nombres, y éstos sin calificativo ni aditamento alguno que los distinga”. Por esta circunstancia, el ejecutivo romanonista de Alfonso XIII decidió aprobar hace cien años este Real Decreto por el cual se dejó el mismo nombre a las poblaciones de mayor categoría administrativa y, en caso de igualdad, a las de más población, mientras se les ponía un calificativo, un “apellido”, a sus homónimas. Ese complemento nominal se trató que no fuera arbitrario ni caprichoso, sino que se basara “en la tradición, el uso o los afectos de cada localidad”, teniéndose en cuenta sus antecedentes históricos y circunstancias y particularidades geográficas “con especial predilección por palabras que expresan nombres de corrientes de agua, de la montaña y del territorio”.

Como ya hemos adelantado, este Real Decreto afectó a 29 localidades de la provincia de Guadalajara, que son las siguientes: Algar de Mesa, Armuña de Tajuña, Baños de Tajo, Beleña de Sorbe, Castellar de la Muela, Castilblanco de Henares, Cerezo de Mohernando, Cortes de Tajuña, El Cubillo de Uceda, Fuentelahiguera de Albatages, Galve de Sorbe, Gascueña de Bornova, Huérmeces del Cerro, Masegoso de Tajuña, Miedes de Atienza -curiosamente, el apellido que se le dio inicialmente fue “de Pela”, aunque después se modificó por el actual-, Paredes de Sigüenza, Peñalba de la Sierra, Peralejos de las Truchas, El Pobo de Dueñas, Rillo de Gallo, Riofrío del Llano, Robledo de Corpes, Rueda de la Sierra, Saelices de la Sal, Sotoca de Tajo, Tórtola de Henares, Valverde de los Arroyos, Villaviciosa de Tajuña y Yunquera de Henares. Como ejemplo de pueblos hasta entonces homónimos y que a partir de ese norma legal de 1916 dejaron de serlo gracias a sus “apellidos”, podemos citar Peralejos: el único que quedó con ese nombre pertenece a Teruel, mientras que se modificaron sus apelativos en el Nomenclator de municipios españoles Peralejos de Arriba y Peralejos de Abajo, ambos de Salamanca, y el guadalajareño Peralejos de las Truchas.

Aparte de esta modificación nominal que afectó a casi una treintena de municipios de la provincia, tirando de memoria recuerdo otros cambios de nombre -en este caso fallidos- de algunos pueblos de Guadalajara que se produjeron a lo largo del siglo XX, concretamente en 1959 y por iniciativa del entonces Gobernador Civil de la provincia, Pardo Gayoso: a Semillas se le intentó nominar como Secarro al agruparle con Robredarcas y Las Cabezadas -esa propuesta de nombre es un acrónimo formado con las tres sílabas de estos tres pueblos- pero sus vecinos no lo aceptaron y no llegó a adquirir carta de naturaleza legal. Caso idéntico al de Semillas fue el de Riotoví del Valle, el curioso nombre que también Pardo Gayoso pretendió dar en aquel mismo año a la fusión municipal de Riosalido, Torrevaldealmendras y Villacorza. Como es fácilmente deducible y comprobable, Riotoví es igualmente un acrónimo formado con las primeras sílabas de los nombres de estos tres pueblos, aunque a esas pequeñas localidades también se les quería sumar en aquella fusión municipal fallida otras tres mínimas poblaciones limítrofes: Valdealmendras, Bujalcayado y Matas. Sabido es que estos seis pueblos son barrios anexionados a Sigüenza, junto con otros 22, desde hace ya varias décadas.

Y termino con un muy curioso caso de modificación nominal de un pueblo de la provincia: al antiguamente llamado Rata del Ducado, para evitar tan poco agraciado e, incluso, chusco apelativo, se le pasó a denominar oficialmente, a principios del siglo XX, como Santa María del Espino, que es desde hace décadas un núcleo anexionado a Anguita, la localidad en la que, precisamente, el 25 de abril de 1813 se constituyó por primera vez la Diputación Provincial de Guadalajara y cuyo bicentenario se celebró hace apenas tres años.

 

 

Los últimos guadalajareños de Filipinas

                El reciente estreno de la película “Los últimos de Filipinas”, del director Saturnino Calvo, ha traído de nuevo a la actualidad la gesta heroica de los sesenta españoles que resistieron sitiados casi un año en la iglesia del pueblo filipino de Baler, incluso después de firmarse el Tratado de París por el que España cedía sus últimas posesiones de ultramar: Cuba, Puerto Rico y Filipinas a Estados Unidos, concluyendo así la desigual y desastrosa -para los intereses españoles- guerra hispano-americana de 1898. A los protagonistas de esta gesta se les conoce como “Los últimos de Filipinas” porque este fue el título que en 1945 le dio a la primera versión cinematográfica sobre este grupo de héroes el que fuera su director, Antonio Román -quien nada tiene que ver con su homónimo, el actual alcalde de Guadalajara; de hecho en realidad se llamaba Antonio Fernández-Román-, y en la que participaron un elenco de jóvenes actores que después despuntarían: Toni Leblanc, Armando Calvo, José Nieto o Fernando Rey, entre otros.

                ultimos-filipinasSe da la circunstancia de que, entre ese puñado de españoles heroicos que resistieron el largo asedio de un nutrido grupo de insurrectos filipinos, se encontraban dos guadalajareños: el soldado, natural de Alcoroches, Timoteo López Lario (señalado con el número 13 en la foto de ABC), y el fraile franciscano, natural de Pastrana, Juan Bautista López Guillén (foto inferior). Ambos sobrevivieron al sitio y regresaron después a sus lugares de origen; el primero retornando a su oficio de campesino y teniendo una vida longeva, y, el segundo, falleciendo en 1922 en su localidad natal, a la edad de 51 años, tras permanecer algún tiempo como misionero en Filipinas.

La noticia de la heroica resistencia de este reducido grupo de españoles en Filipinas llegó a España nueve meses después de iniciarse el sitio de Baler; fue, en efecto, a finales de abril de 1899 cuando, según informaba “Flores y Abejas”, “telegrafían al general Ríos que en el fuerte de Baler cuarenta españoles valerosos -entonces ya había menguado un tercio la fuerza pues 15 murieron de beriberi o disentería, 2 por heridas de combate, 6 desertaron y 2 fueron fusilados por intentarlo-, al mando de un jefe heroico, mantienen todavía desplegada al viento la bandera española”. Esta noticia fue recibida con tanto alborozo y orgullo patrio -tan decaído en aquél tiempo-, que el entonces redactor del histórico periódico alcarreño, Martín Pérez, concluía así de encendido la información de esta noticia: “¡Gloria eterna a los cuarenta españoles que simbolizan la nobleza y heroísmo de un pueblo a quien solo puede abatir el peso enorme de sus explotadores!”.

La vinculación de Guadalajara con “los últimos de Filipinas” no concluye con la presencia entre ellos de dos naturales de la provincia. Cabe destacar que la fuente documental en la que se basaron, tanto Román como Calvo, para elaborar los guiones de sus respectivas películas fue un libro escrito en 1904 por el teniente Saturnino Martín Cerezo, comandante en jefe de los sitiados tras el fallecimiento del capitán Las Morenas, titulado “El sitio de Baler”, cuya primera edición se imprimió, precisamente, en Guadalajara, en los Talleres Tipográficos del Colegio de Huérfanos de la Guerra. Este centro de acogida y formación se asentaba en el Palacio del Infantado y fue inaugurado en 1898 por la reina regente María Cristina -aunque las obras las inició su esposo, Alfonso XII, en 1979-  para acoger en él a los numerosos huérfanos de militares que habían dejado las cruentas guerras de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. De hecho, fueron tantos los menores que se vio obligado a acoger este hospicio militar que se separó en dos inmuebles: las chicas se quedaron en el palacio y a los chicos se les trasladó al acuartelamiento de San Carlos, también situado en la que entonces era conocida como plaza de la Fábrica, para después pasar a llamarse del Conde (de Romanones, por supuesto) -tras colocarse inicialmente en ella su estatua en 1913, la que ahora está en el jardinillo de Santo Domingo- y que, actualmente, es oficialmente nominada como de los Caídos en la Guerra Civil.

ultimos-filipinas1 El Colegio de Huérfanos también estuvo presente, a través de su entonces Coronel-Director, en el comité que se desplazó hasta la estación de ferrocarril de Guadalajara -en la que también estuvieron presentes comisionados del parque de Aerostación- para rendir honores al paso del expreso que, en marzo de 1904, procedente de Barcelona y camino de Madrid, trasladaba los restos mortales de los héroes de Baler que habían muerto en Filipinas, exhumados, precisamente, por iniciativa del antes referido fraile pastranero, Juan Bautista López Guillén. Y ahí tampoco acaba la vinculación de Pastrana con este hecho histórico nuevamente llevado al cine y, por ello, traído a la actualidad, puesto que en el archivo franciscano ibero-oriental -que hasta 1977 permaneció en el convento de esta orden en Pastrana, trasladándose después a Madrid- se custodiaron durante décadas el diario que sobre este episodio escribió otro franciscano que estuvo en Baler, Fray Félix Minaya, así como la biografía de López Guillén. Aunque aún inédito, el diario de Minaya ha sido, junto con el libro de Martín Cerezo, una fuente indispensable para conocer lo que ocurrió en la iglesia de aquel pueblo entre el 30 de junio de 1898 y el 2 de junio de 1899, que fue el tiempo que los últimos de Filipinas permanecieron defendiendo heroicamente la bandera de España, a pesar de que en diciembre de 1898 nuestro país ya había entregado a Estados Unidos lo poco que le quedaba de aquél imperio en el que, durante siglos, nunca se ponía el sol, expresión acuñada por Felipe II, el poderoso rey en cuyo honor, siendo aún príncipe, se nominó a aquellas islas orientales.

La provincia del crimen

                Es muy probable que al leer el titular de esta nueva entrada muchos lectores hayan pensado que no iba a referirme a la provincia de Guadalajara, sino a la de Cuenca, que es así conocida porque en ella tuvo lugar el famoso “crimen” que llevó al cine Pilar Miró, un asesinato que data de 1918 y que, por cierto, jamás se cometió pues la supuesta víctima, José María Grimaldos López, alias “El Cepa”, un humilde pastor que trabajaba en una finca de la localidad conquense de Osa de la Vega, no murìó, sino que desapareció de allí porque se trasladó a vivir a otro pueblo. Lo que sí hubo fue sentencia condenatoria de un jurado popular a León Sánchez Gascón y Gregorio Valero Contreras, por asesinato, con fines de robo, de “El Cepa”, basándose la carga acusatoria en la confesión de ambos inculpados que, al parecer, se produjo bajo fuertes torturas, como queda crudamente reflejado en la película de Miró que, por cierto, fue una de las últimas que padeció la censura pues se rodó en 1979, pero no pudo exhibirse en salas hasta dos años después porque los tribunales de justicia estimaron que «podía ser delictiva contra el Cuerpo judicial y la Guardia Civil”.

Y dado ya a Cuenca lo que es de Cuenca, vamos a dar a Guadalajara lo que le corresponde en materia de criminalidad pues, como es público y notorio y lleva siendo noticia de alcance nacional desde hace varias semanas, últimamente “la provincia del crimen”, más que la vecina, es la nuestra; y, lamentablemente, ese crimen sí que existió y, además, con unos detalles de truculencia realmente bárbaros: me estoy refiriendo, como ya habrán imaginado, al crimen de Pioz, acaecido a mediados del pasado mes de agosto, en el que murieron los cuatro miembros de una familia brasileña -padre, madre y dos hijos de muy corta edad- a manos de un sobrino del padre que, no contento con acabar con sus vidas, se ensañó con sus restos mortales y los descuartizó. Un asesinato, sin duda, horrendo y que ha causado un impacto tal que, a pesar del tiempo transcurrido desde su descubrimiento, a mediados de septiembre, y de que prácticamente se sabe ya casi todo lo que ocurrió aquel funesto día de agosto en el archi-fotografiado y filmado chalet de Pioz escenario del crimen, sigue siendo noticia porque continúan conociéndose más detalles y de una escabrosidad que asustaría al mejor guionista de películas de terror.

No es grato, aunque sí entendible -pues nada más las noticias impactantes suelen llevar a los pequeños pueblos al telediario- que Pioz haya salido sólo en los medios informativos nacionales en los últimos años, primero por causa del agujero económico abismal de su ayuntamiento -aún colean en internet titulares de prensa que dicen que se tardarán 7000 años en pagarla-, y, después, por este espeluznante crimen. Obviamente, este municipio guadalajareño rayano con Madrid solo ha sido un involuntario y pasivo escenario de un terrible crimen que, para más inri, ha adquirido carácter internacional al ser brasileños tanto el asesino como los asesinados, y no se merece pasar a ser “el pueblo del crimen” que, contrariamente, al de Cuenca de 1918, sí se cometió y de qué manera tan salvaje y brutal. Confío en que pronto se vuelva a hablar más del espléndido castillo de Pioz que de este hecho truculento o de su desmesurada deuda municipal, aunque las piedras, por muy venerables que sean, conmueven bastante menos que la sangre y el dinero.

Tengo mucho cariño a la provincia de Cuenca, con la que me unen entrañables lazos familiares y en la que he vivido grandes momentos personales y pasado allí muchas temporadas descubriéndola y disfrutándola, pero prefiero que siga siendo ella “la provincia del crimen” a que lo sea Guadalajara, porque ya cargamos con bastantes “sambenitos” a nuestras espaldas, que no voy ahora a recordar para no dar pistas a nadie, como para que nos carguen con otro. Y eso que, si el crimen de Cuenca no fue tal, en Guadalajara, además del de Pioz, en apenas unos años se han acumulado otros asesinatos truculentos que han trascendido de la prensa local y también han tenido espacio, y con alarde de titulares, en la prensa nacional, entre ellos el de la violencia extrema de género en Horna, el aún caso abierto de la anciana de 90 años asesinada en Hiendelaencina, o los dos que tuvieron Cifuentes como escenario: el del “carnicero” que no sólo mató sino que también “picó” a su pareja, y el que cometieron dos amigos contra un primo de uno de ellos y que simularon un secuestro. Por cierto, la comisión de asesinatos truculentos en Cifuentes ya tenía un antecedente histórico en el famoso “Crimen de la Cueva del Beato”, que data de 1905, y en el que el bueno de Bibiano Gil, el ermitaño que se recogía y oraba en ese santuario y que pedía limosna para adecentarlo al tiempo que para auxiliar a los pobres, fue asesinado por un pastor envidioso que después arrojó su cadáver al fondo oscuro y profundo de la cueva.

 

Amores imposibles en la “tercera Alcarria”

                La mejor de las amistades posibles -que es la muy generosa y nada interesada- me llevó hace unos días hasta Arbeteta a pasar un buen rato y a disfrutar de ese bello entorno natural de la “tercera Alcarria”, como llamaba a las tierras del sur de Cifuentes Layna Serrano, que en realidad ya son casi sierras y que forman parte del Alto Tajo, ese espléndido macropaisaje guadalajareño que, precisamente, cuando llega la otoñada, se viste con sus mejores galas y ofrece una sinfonía de color o, lo que viene a ser  lo mismo, una paleta de sonidos, incluida la de las grullas en migración, para regalo de la vista y el oído.

Castillo de Arbeteta  Arbeteta nos recibió con una fuerte lluvia en forma de temporal que estaba empapando a la tierra e invitando a los escasos residentes que quedan en el pueblo, incluso en fin de semana, a no desafiarla en la calle, sino a esquivarla al amor de la lumbre baja. Algunos de los pocos lugareños con los que pudimos hablar nos contaron que era el primer día en muchos meses que allí llovía tanto y de manera tan prolongada, pero lejos de quejarse por ello todos daban la bienvenida al agua porque saben que sin ella sería imposible aquel bendito paisaje que la orogenia nos regaló a los hombres, aunque a quienes más han sufrido su dureza en sus propios riñones y en sus menguadas despensas, les haya parecido justo lo contrario, algo que es perfectamente entendible.

Si bien la intensa y pertinaz lluvia condicionó nuestra libertad de movimientos en la grata jornada vivida en Arbeteta, no nos impidió ir hasta el Picazo y disfrutar desde allí de la espléndida vista del castillo roquero que se alza sobre un acantilado de más de medio centenar de metros, en el serpenteante valle que lleva a Valtablado, y que tiene un dominio privilegiado sobre su escarpado entorno. Esta singular y casi inaccesible ubicación –sólo se puede acceder al castillo a pie por el Este-, sin duda fue determinante para que se erigiera allí esta pequeña fortaleza que tiene más pinta de haber sido un torreón-vigía que un gran enclave guerrero y residencial, aunque la evidente presencia en su patio de armas de los restos de un aljibe es prueba irrefutable de que no dejó de ser un espacio vividero.

Mambrú de Arbeteta  Pese a que Arbeteta, y muy especialmente su entorno, tiene muchas cosas que ver, dos son de obligada atención e interés: su espectacular castillo y el famoso “Mambrú”, que es el nombre dado a la veleta que corona el chapitel de la iglesia. Se trata de una figura humana vestida de granadero de la guardia real, con denominación idéntica a la de la cancioncilla popular de “Mambrú se fue a la guerra…”, que parece tratarse de la deformación fonética del apellido del general inglés “Malborouhg”, famoso por su participación en la Guerra de Sucesión española, a principios del siglo XVIII.

Fue el antes ya citado Cronista Provincial, Francisco Layna Serrano, quien se hizo eco en un artículo publicado en 1944 en el Boletín de la matritense Sociedad Española de Excursiones, quien se hizo eco de una bella leyenda popular que habla de los amores imposibles de un humilde mozo de Arbeteta, hijo del sacristán, que marchó a la milicia y regresó de sargento, y una hija del labrador más rico de Escamilla y cuya frustrada relación quedó inmortalizada en las veletas de ambos pueblos, llamándose “El Mambrú” a la de Arbeteta y “La Giralda” a la de Escamilla. La primera, como hemos dicho, representa a un soldado de granaderos y la segunda es una figura de mujer, aunque, según afirma Layna, originalmente representaba al arcángel San Gabriel. Como a la de Arbeteta, un rayó la partió y modificó su primitivo aspecto.

La leyenda aludida contaba que el padre rico de la muchacha de Escamilla había prohibido tajantemente que su hija mantuviera amores con el humilde mozo de Arbeteta que, desolado por ello, entró en la milicia para tratar de mejorar su posición social y sus recursos económicos y así doblegar la voluntad del progenitor de su amada. Pero éste, incluso después de regresar aquél con éxito de su paso por el ejército, mantuvo su negativa inflexible a esa relación, de tal forma que ambos enamorados sólo podían comunicarse ascendiendo a lo más alto de la torre de ambas iglesias para hacerse señales, él agitando una bandera y ella, a través de su amiga la hija del sacristán, moviendo al viento su propio delantal. Como en casi todas las leyendas de amores, la muerte joven de ambos enamorados dio al traste con sus esperanzas y sus vidas.

La resolución de esta leyenda, de la que por razón de espacio he omitido muchos detalles singulares, el propio Layna la contaba de esta forma tan curiosa en su artículo antes referido, que fue reeditado en 1988 por la Diputación de Guadalajara en un opúsculo conmemorativo de la recolocación de una réplica del “Mambrú” de Arbeteta sobre el chapitel de la iglesia, tras haber destrozado un rayo la figura de la veleta original: “Dícese que para perpetuar el recuerdo de aquellos desventurados y de la ingeniosa traza discurrida y practicada por ellos para comunicarse, el vecindario de Escamilla hizo coronar su hermosa torre con una veleta representando personaje celestial con vestimenta que pueda parecer femenina, veleta llamada “La Giralda” y que en el ambiente popular representara y recordara a la mocita desgraciada; como los de Arbeteta remataron el agudo chapitel de su campanario, no con una figura genérica a la cual, por algún detalle y convenio tácito popular se le asignase el recuerdo de determinada persona muy estimada en el lugar, sino que representara a la persona misma o sea la efigie del malaventurado sargento “Mambrú”.

Layna Serrano dixit.

Bienvenidos a la tierra de la tía amancebada de Cervantes

                La Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha sigue confundida y empeñada en confundir al personal, incluso a los turistas con los que pretende ser hospitalaria, afirmando, un día sí y otro también, y aunque a veces sea de forma indirecta, que la provincia de Guadalajara es parte de la comarca de La Mancha, cuando, evidentemente, no lo es y ni siquiera un pacto de Page con Podemos e, incluso, también con el PP, podría cambiar esa realidad. No es opinable, como tampoco lo es decretable, que ni un centímetro cuadrado de las diferentes tierras de Guadalajara son manchegas, esa es una realidad cierta e inmutable desde que la orogenia, en la noche de los tiempos, puso en el sitio en que siguen estando los accidentes geográficos que confieren personalidad y unidad al paisaje y a las comarcas.

                La última ocurrencia regional en la que a Guadalajara se le ha situado en la comarca de La Mancha ha sido la instalación de unos voluminosos y bien visibles carteles publicitarios -la Junta siempre ha sido muy amiga de la cartelería y la propaganda, que no en toda ocasión es publicidad, al menos eficaz-  en varios puntos de la provincia dando a los visitantes la “Bienvenida a la tierra de Don Quijote”. De color rojo intenso y con la imagen de Cervantes como motivo reconocible, estas nuevas señales de supuesta identidad regional -digo supuestas porque, si bien pretenden representar a toda la región, solo lo hacen a una parte- ya han sido colocadas en la entrada a la provincia desde Madrid por la A-2 y próximamente se instalarán en las entradas a ella por esta misma vía desde Aragón, así como en la entrada de Madrid por la N-320.

Tierra-DonQuijote  Sin ser, evidentemente y como ya hemos comentado, parte de su paisaje manchego, la mayor relación que Guadalajara tiene con Don Quijote no se da por el extraordinario personaje literario en sí, sino indirectamente a través de su autor, el gran Miguel de Cervantes, y no sólo por haber nacido éste en la vecina -y hermana, aunque ahora pertenezca a otra comunidad autónoma- Alcalá de Henares. Efectivamente, una curiosa historia de amores pecaminosos vincula al autor del Quijote con Guadalajara, cual es la protagonizada por una tía suya, María, que fue la amante y mantenida de don Martín “El Gitano”, un hijo ilegítimo que el Duque del Infantado tuvo con una cíngara, llamada María Cabrera, que había acudido a Guadalajara con una troupe de su etnia con motivo de las fiestas del Corpus. Una historia concatenada y poliédrica de amoríos supuestamente prohibidos que aún presenta una cara más si recaemos en que el hijo ilegítimo del Duque que tenía por amancebada a la tía de Cervantes era entonces el arcediano de Guadalajara, después de haber ostentando otros títulos eclesiásticos como el arcedianato de Talavera, el curato de Galapagar y las abadías de Santillana y Santander. En cualquier caso, no creo que esta singular anécdota histórica cambie la incierta realidad de que cuando se entra en la provincia de Guadalajara, se haga a “la tierra de Don Quijote”. 

Termino diciendo lo que no debería ser necesario ya decir por tratarse de una verdad de Perogrullo: la provincia de Guadalajara, desde que Javier de Burgos cerrara en 1833 los límites de las actuales provincias españolas, la conforman cuatro grandes comarcas: La Alcarria, la Campiña, el Señorío de Molina y las Serranías del Norte, que podríamos estructurar en otras subcomarcas, pero ninguna de ellas manchega pues La Mancha sólo ocupa una parte de las otras cuatro provincias que conforman Castilla-La Mancha. Aunque también es una obviedad, parece necesario repetirlo ante tanto intento “macheguizador” de Guadalajara: Toda la Mancha es tierra castellana, pero no toda la tierra castellana es manchega.

Sin duda, la improvisación y las prisas con que nació esta región para cerrar el mapa autonómico nacional tras aprobarse la Constitución de 1978 y la fractura de Castilla que esa nueva estructura territorial implicó, han contribuido a esta ceremonia de la confusión que, lamentablemente, va a más. Y no se trata sólo de un problema de errático pero simple nominalismo como es el caso, sino de un focalizar las políticas regionales en esa gran parte, pero no la única, de la región que es la Mancha, desenfocando, cuando no dejando a oscuras, al resto de comarcas y, de entre ellas, muy especialmente a las de Guadalajara. Puede que en mis palabras haya algo de victimismo, no lo niego, pero que eso no oculte que también hay en ellas una gran parte de verdad.

“Buero Vallejo y Guadalajara”, el libro

Después de tres entradas dedicadas a Antonio Buero Vallejo con motivo de la celebración del centenario de su nacimiento, hecho que tuvo lugar el pasado día 29 de septiembre, sin solución de continuidad llega esta cuarta, aunque como podrán advertir los lectores no lleva el mismo título que las tres anteriores ni está acompañada del ordinal correspondiente. La razón es bien sencilla: si bien el protagonista de esta entrega va a seguir siendo el gran dramaturgo arriacense -reivindico, como hizo el propio Buero, la belleza de este gentilicio para referirse a los naturales de esta ciudad-, hoy el foco lo voy a poner en el libro que he escrito sobre él y su vinculación con la capital alcarreña, y al que, sin necesidad de devanarme el seso, he titulado “Buero Vallejo y Guadalajara”.

Efectivamente, acudiendo a la famosa frase acuñada en televisión por el gran Paco Umbral ante la no menos grande Mercedes Milá -grandeza ganada por cada uno en lo suyo-, hoy he venido a hablar de mi libro que, por cierto, es el tercero que presento en un año, formando ese trío al sumarse al dúo anterior: las “Crónicas del Tenorio Mendocino” –presentado en octubre de 2015- y “Viaje a la Alcarria en familia” -junio de 2016-. El dedicado a Buero, si los duendes de la imprenta no hacen de las suyas -que, como las meigas gallegas, haberlos haylos, doy fe y no soy notario, pero sí me he manchado de tinta entre cajas bajas y altas, linotipias e impresoras-, se presentará el próximo martes, 18 de octubre, a las siete de la tarde, en la Sala Multiusos del Centro San José. Avisados e invitados quedan, quedáis todos.

Para mantener la siempre aconsejable reserva sobre el contenido de un libro hasta el mismo día de su presentación y preservar la información detallada sobre éste para premiar a los asistentes a ella -los que acuden a este tipo de actos se merecen eso y mucho más, pues cada vez escasean en mayor número, como las abejas, y ese es también un problemón, pero hoy no toca hablar de él-, me voy a limitar a adelantar una mínimas consideraciones sobre mi nuevo libro que, una vez más, va a patrocinar la Diputación Provincial; “mi” Diputación, pues ya llevo 13.035 días trabajando para ella y me complace y llena de orgullo haberlo hecho y poder seguir haciéndolo. La producción, maquetación y edición electrónica han coorido a cargo del gran Jesús Padín (Intermedio ediciones) -hoy parece que voy regalando este adjetivo, pero les aseguro que no-  con las que estoy encantado. Como lo he estado siempre con los editores responsables de mis anteriores libros, Fernando Toquero (Tres Pasos Comunicación) y Antonio Herrera Casado (Aache ediciones). Aprovecho la ocasión para reiterarles mi agradecimiento a todos ellos pues un buen continente es capaz hasta de hacer parecer menos malos unos contenidos solo regulares. Y no es, al menos no pretende ser, falsa modestia.

Lo que resulta imposible es hablar de un libro sin decir nada de él -eso de hablar sin decir ni pío solo está reservado para algunos políticos; demasiados, diría yo- y, de momento, tan sólo les he adelantado del que he escrito sobre Buero el título, la editorial encargada de su producción material y la fecha de su presentación. Como premio a quienes hayan llegado a leer hasta aquí y como acicate a quienes, sin duda llevados más por la indulgencia de la amistad que por un verdadero y objetivo interés, vayan a acudir al acto de su presentación pública, les voy a adelantar el resumen de intención del libro que aparecerá en el texto de solapa:

buero-antonio-foto“BUERO VALLEJO Y GUADALAJARA no es ni una biografía al uso ni una hagiografía del gran dramaturgo alcarreño, aunque en algunos momentos de la obra así pudiera parecerlo. Fundamentalmente se trata de un relato en el que se narran los vínculos entre Buero y su ciudad natal, en la que vivió su infancia, mocedad y primera juventud, pero con la que siempre mantuvo lazos afectivos, aunque ambos no siempre coincidieran en el mismo espacio y en el mismo tiempo, ni tuvieran la misma pulsión ni respiraran el mismo aire.

Además del tiempo vivido por Buero en Guadalajara, no sólo mientras se avecindó en ella, en este libro se resumen también los tiempos vividos por la propia ciudad en el siglo XX, dado que el escritor nació en 1916, en la segunda década de este siglo, y murió en 2000, el último año de la centuria. Dos vidas paralelas en lo biológico, pero no siempre en lo biográfico. En todo caso, el autor ha pretendido con esta obra acercar a Buero Vallejo a Guadalajara y a Guadalajara a Buero, trasluciendo sus palabras una fuerte carga de afección y emotividad hacia ambos”.

Termino ya con una reflexión del mismo Buero que sirvió de magnífica rúbrica al acto institucional de celebración de su centenario en el Teatro que lleva su nombre y que también forma parte del centenar de frases suyas que, con indudable creatividad, acierto y oportunidad, salpican otro tanto número de escaparates de toda la ciudad con motivo de su centenario: “Duda cuanto quieras, pero no dejes de actuar”. Una locución bueriana que forma parte del libreto de su conocida obra, “La Fundación” (1974), y que, por cierto, continúa así: “No podemos despreciar las pequeñas libertades engañosas que anhelamos aunque nos conduzcan a otra prisión…”. Y hay muchos tipos de prisión y muchas formas de ser y estar prisioneros.

Buero, siempre Buero. Siempre grande. Hoy también.

 

En la imagen se ve a Buero Vallejo andando por la calle Miguel Fluiters, el mismo día en que se descubrió una placa conmemorativa en su casa natal, 11 de diciembre de 1991. Foto. Jesús Ropero

 

 

Buero regresa a su ciudad predilecta (y 3)

Según consta en su acta de bautismo -a la que he tenido acceso- y, supongo, también constará en su asiento de filiación en el Registro Civil -al que no-, exactamente a la una y cuarenta y cinco horas del día 29 de septiembre de 2016 se ha cumplido el centenario del nacimiento de Antonio Buero Vallejo en Guadalajara. Aunque, no sin faltarle razón, el “ABC cultural” del domingo pasado llevaba a su primera página esta efeméride con el titular de “El centenario olvidado” -fundamentalmente por la escasa representación de su obra en los últimos años, de manera sonrojante para los programadores de los teatros públicos-, lo cierto es que en su ciudad y provincia natales se ha trabajado bien y en la buena dirección y, tanto el Ayuntamiento como la Diputación Provincial, han elaborado sendos programas conmemorativos que están a la altura de tan eminente circunstancia y que, además, se complementan adecuadamente, como ya comenté en mi entrada anterior.

Con la conmemoración de centenarios suelo tener, al menos, dos prevenciones: la primera, que pasen injustamente desapercibidos, que por fortuna no es el caso, o que lleguen y transcurran sin dejar huella, que espero que no lo sea. Celebrar, festejar, conmemorar una señalada efeméride como la de Buero -el más importante autor teatral español de la segunda mitad del siglo XX y uno de los más notables de todo el siglo, en el que, recordemos, también escribieron literatos de la talla de Benavente, Valle Inclán o Lorca, por sólo citar a algunos- es obligado, justo y oportuno pues, como dijo el propio dramaturgo cuando en 1997 recibió la medalla de oro de la Universidad Carlos IIInunca está uno demasiado cansado de galardones, por lo menos en un país como España, que arrostrando las más diversas etapas de carácter social, político, ideológico, etc., en todas ellas ostentan su indiferencia, más o menos disfrazada, pero indiferencia, al fin, por el escritor”. Este aserto y reflexión son perfectamente válidos también para valorar los actos conmemorativos de su centenario pues en el fondo no dejan de ser galardones, aunque sean a título póstumo, algo también muy español.

Buero frase Velero 1Como ya adelantaba, la segunda prevención que me asalta cuando se acerca una efeméride relacionada con un escritor es que ésta llegue a su día “d” y hora “h” y pase sin que de ella quede poso alguno, ni siquiera el casi imperceptible que deja el viento solano en quienes, aún sin quererlo, reciben en sus rostros ese aire recalentado y a veces polvoriento, procedente de Levante, que llega a la España del occidente y el septentrión después de haber atravesado las cálidas tierras del interior peninsular. Insisto, no me vale la conmemoración de una efeméride, por muy espectacular que pueda llegar a ser su programación, si los actos que la conforman perviven lo que un fuego de artificio, cuando estalla en la altura entre vencejos y palomas, por muy sonoro y visual que sea el efecto. Prefiero, sin duda alguna, las programaciones que, aun siendo más humildes y menos pretenciosas que las que merecen el calificativo de espectaculares, siembran y abonan el futuro. Y, lo digo porque lo creo justo, sinceramente estimo que los programas del centenario de Buero preparados en la ciudad y en la provincia de Guadalajara, incluso no estando exentos de algún acto de cohetería, fundamentalmente están conformados por convocatorias que no se consumirán en el tiempo presente, sino que se proyectarán en el futuro.

Destaco dos entre ellas: el establecimiento y puesta en marcha de una Sala permanente dedicada a Buero en el Palacio de la Cotilla, iniciativa promovida por el Ayuntamiento de Guadalajara, y la creación de un Centro de documentación y una sección específica sobre el dramaturgo alcarreño en la Biblioteca de Investigadores de la Provincia, que ha anunciado la Diputación. En idéntico buen camino que es sembrar para después poder recoger, van las actividades que en los programas de ambas instituciones están dirigidas a escolares o, incluso, protagonizadas por ellos: la representación y lecturas dramatizadas de obras de Buero a cargo de estudiantes del instituto de educación secundaria que desde 1984 lleva su nombre, organizadas por el Ayuntamiento para los días 30 de septiembre y 6 de octubre, y las sesiones didácticas sobre su vida y obra que ha ofertado la Diputación a todos los colegios de primaria e institutos de secundaria de la provincia. Y, para que lo de sembrar para después recoger no se quede en simple figura retórica, la Diputación se propone plantar un árbol en el jardín que antecede a la fachada principal del palacio provincial, tras la celebración de un acto solemne extraordinario dedicado al escritor en su salón de plenos, que tendrá lugar el 29 de abril de 2017 -fecha en la que se conmemorará el decimoséptimo aniversario de su muerte-, y que vendrá a ser un recuerdo vivo y permanente de Buero en el corazón de la ciudad que le vio nacer y junto a la “casa de la provincia”. Todo un símbolo para homenajear y recordar a quien tan bien cultivó el simbolismo en una parte de su teatro.

En cualquier caso, y como ya he dicho en cuantas ocasiones he tenido oportunidad, la vida del dramaturgo arriacense se apagó ya avanzada la primavera del año 2000, pero la llama de su obra, como la de todos los creadores -y él lo fue en forma sublime- siempre permanecerá encendida; otra cosa ya es su fulgor e intensidad. Nosotros, sus paisanos, desde su ciudad y provincia natales y aún a pesar de nuestra pequeñez y limitaciones como mínima suma poblacional que somos, tenemos la obligación de avivar ese fuego para que el suyo no sea un “centenario olvidado”, como lamentaba en ABC la viuda del propio escritor, Victoria Rodríguez, sino que sirva para reencontrarle, para redescubrirle, porque, según afirmó certeramente el doctor en Filología Hispánica, investigador científico y miembro del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, José Luis García Barrientos, “el conflicto esencial de la dramaturgia bueriana consiste en la lucha del hombre por alcanzar la verdad”. Y, sin verdad, el hombre no es actor, ni siquiera secundario, ni aún figurante de su propia vida, sino, como mucho, espectador y, a veces, apenas un simple y hasta prescindible elemento de atrezo.

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