Un comentario sobre “La Crisis”

                  Acaba de celebrarse la feria chica en la capital y, como dice el refrán, cada uno la contará según le haya ido en ella. Yo, que, parafraseando a Cervantes, tengo ya puesto el pie en el estribo con las ansias de la jubilación, he de decir que no me ha ido en ella ni bien ni mal; simplemente, no me ha ido. Cada tiempo tiene su afán, dice también el refranero, y dice bien, como casi siempre. La feria chica es afán de adolescentes, jóvenes y maduros que se aferran a los veranos de la juventud para retrasar sus propios otoños. Y así es y así deben ser las cosas. Yo no soy de esos que niegan el pan y la sal de la fiesta cuando no festejo; bien al contrario, me alegra la fiesta, aunque yo no participe en ella, siempre y cuando no me la impongan ni me la restrieguen.

                  En Guadalajara, desde que, siendo Javier Irízar alcalde por accidente —gracias a los famosos “tres minutos” que el gobernador Domínguez García de Paredes quitó a la UCD para regalárselos al PSOE, sumados a 12 años de alcaldía, por intentar caciquear la lista municipal de los de Suárez—, las ferias de la ciudad dejaran atrás las reinas de fiestas con papás en el consejo de ministros, la caspa y el confeti del tardofranquismo para ser verdaderamente populares, las peñas han jugado un papel decisivo en su vertebración. Tanto en las de septiembre como en las de mayo que, con el nombre de feria chica, dio a la ciudad el propio Irízar, aunque hubo algunos años en la última década del siglo XX que no se celebraron porque los presupuestos municipales no daban para hacer doblete. Son tan importantes las peñas en las ferias de Guadalajara —sin duda aún más en la chica que en la grande—, que, si no fuera por los grupos de peñistas que el finde pasado he visto por la calle con sus coloridos y coloristas camisetas y pañuelos, casi ni habría caído en que se celebraba la chica. Y eso no va en detrimento de la feria porque la fiesta no es una obligación, es una opción que no debe imponerse a quienes no la eligen, porque no pueden —sea cual sea la causa— o, simplemente, porque no quieren.

                  Las peñas de Guadalajara, incluso desde que solo se insinuaron cuando eran clandestinas, o semi, en los años sesenta y primeros de los setenta, con su obligado “asesor moral” y todo, han contribuido decisivamente a sacar de la modorra festiva provinciana a esta ciudad que, durante mucho tiempo, tuvo que conformarse con desfile de carrozas, “cacharritos” y puestos de morcillas en el recinto ferial, tres tardes de toros de la que una eran caballitos, hípica con apuestas, fuegos artificiales de medio pelo y, eso sí, toros de fuego de verdad. Y poco más. Gracias a las peñas, pulmón y corazón de nuestras ferias desde que se reinventaron a finales de los años 70 del siglo XX, las calles se visten de color y ambiente festivo animoso y animado porque en ellas tienen un lugar en el que estar y un grupo al que pertenecer los jóvenes peñistas. Ciertamente, el sentido de pertenencia, la referencia física de tener una sede como espacio propio compartido y el tiempo pautado a través de programas que te dan casi todo pensado y hecho, son los tres pilares en los que se asienta la atracción, casi irresistible, que para muchos adolescentes y jóvenes supone hacerse de una peña. Si no eres de alguna o, al menos, te acoplas a alguna —algo que, por cierto, está muy mal visto—, es que en realidad vas de muermo y no eres ni estás donde debes. Algo así como: “soy peñista, luego existo; no lo soy, luego me lo tengo que hacer mirar”. La juventud es gregaria y “trendy” —como se dice ahora a estar de moda algo— por definición; si no estás en una panda, en un grupo o en una peña y, además, no haces lo que casi todo el mundo, en realidad no eres joven o estás viviendo una juventud equivocada. Esto último que digo no está en el ADN de un “boomer” como yo, es de primero de filosofía juvenil de las generaciones que nos siguen: la X, la Y —la de los “milenials”— y la Z.

Carátula del LP de Supertramp al que hace referencia el post

                  Y así las cosas, sigo viendo a “La Crisis”, una de las peñas más veteranas y, por ello, históricas de la ciudad, con su lema fundacional plenamente vigente: “Sigue la crisis… sin comentarios”. En realidad, en estos últimos cincuenta años, ha habido tres grandes crisis en España: la económica del bienio 1992-93, acrecentada en las cuentas públicas con los “fastos” de la Expo sevillana y las olimpiadas barcelonesas, la de 2008-2013 —la provocada por la burbuja inmobiliaria y la crisis bancaria— y la más reciente, la de 2020-2021, causada por la pandemia de COVID-19. Pero “La Crisis”, me refiero a la peña, las ha precedido, vivido y superado a todas y, además, sin hacer más comentarios, como reza su lema y proclama su vieja pancarta que tiene ya más ferias que la churrería de “La Giralda”. Ya sabemos que corren tiempos en que la verdad es relativa, mutable, revisable, actualizable, maleable… y solo cuenta el relato —interesado, por supuesto—, pero la gente actual de esta peña que siempre se ha identificado con sus colores rojo y negro, como los de la bandera de la FAI y los de Osasuna, continúa asegurando, cada año desde hace ya medio siglo, que “sigue La Crisis… sin comentarios”. Pues, entonces, nada más que añadir. O sí, porque yo, como Supertramp en su LP de 1975, me pregunto: ¿Crisis? ¿Qué crisis?

El libro que viajó en una maleta de lluvia

La lluvia no faltó a su acostumbrada cita con la Feria del Libro de Guadalajara, aunque este no es un hecho privativo nuestro, sino que, por lo visto y oído, es frecuente en gran parte de las muchas ferias del libro que se celebran en España y que suelen tener lugar en primavera. Los libros, pues, son dados a viajar en maletas de lluvia y envueltos en pijamas de sueños estampados  con nubes y paraguas. Así de ¿poético? lo dije el sábado, 10 de mayo, a mediodía, en la carpa principal de la Feria del Libro arriacense, en el parque de la Concordia, cuando agradecía su presencia al numeroso público que acudió a la presentación de mi libro “Viaje y Nuevo Viaje a la Alcarria en familia”, desafiando a lluvia, rayos y truenos. En el momento de la presentación, apenas llovía ya, aunque recientemente había caído un chaparrón; pero, apenas un par de horas antes de la celebración del acto, en Guadalajara cayó una fuerte tormenta, con abundante aparato eléctrico y sonoros truenos, además de una intensa lluvia que, a mí, me cogió andando por el parque del Henares. Junto a sus aguas aún turbulentas, como las del puente de la canción de Simon y Garfunkel, literalmente me empapé y calé hasta esos huesos que Yehuda Haleví, el gran poeta hebreo del siglo XI, pedía palpar a su amada para así poderla reconocer el día de la resurrección. Para colmo, en medio de la tormenta, iba oyendo música con los auriculares del móvil y, justo cuando más jarreaba y no se veía a dos en un burro, comenzó a sonar en el podcast aleatorio de pop-rock que tenía puesto un tema de Mike Oldfield que se titula “Man in the rain” —“Hombre bajo la lluvia”—. En medio de aquel aguacero con efectos especiales de luz —relámpagos— y sonido —truenos—, «Pepsi» DeMacque, la gran cantante de “Wham!” que colaboró con Oldfield algún tiempo, cantaba esta estrofa en inglés que, traducida al castellano, dice así:

(…) Hay un nuevo día amaneciendo cuando cae una lluvia fría
y ahora es el momento de caminar solo.

No puedes quedarte, no, no puedes quedarte,

no eres un perdedor, todavía hay tiempo para andar en ese tren (…)

Jesús Orea, autor del libro, Jesús Ortega, presidente de FADETA, grupo de desarrollo local editor; y Luis Romero, periodista que actuó como presentador de la obra. Foto Jesús Sanz Gaitán

            Aunque tenía empapado de agua hasta el pensamiento y no había cerca ningún lugar bajo el que guarecerme más que los árboles del bosque de ribera —pero, como dice el refranero, el que se refugia debajo de hojas, dos veces se moja—, aceptando mi suerte, me dejé ir mientras aceleraba el paso camino del puente de los Manantiales que es donde finalmente encontré refugio temporal, como si fuera un sintecho. En realidad, en ese momento lo era. Y bajo ese puente, que fue el segundo sobre el Henares que se construyó en la ciudad —a finales de los años 80— de los cuatro que hay ahora, mientras esperaba que la lluvia cesara o, al menos, amainara lo suficiente para retomar mi camino sin el hostigamiento del jarreo hasta ese momento padecido, me dio por pensar en el peligro que tienen las cookies de las webs de internet y, en general, la IA, porque hace ya mucho tiempo que dejé de creer en las casualidades —aunque haberlas, “haylas”, como las meigas en Galicia— y Mike Oldfield y “Pepsi” no vinieron a mi paseo fluvial simplemente por azar. Como canta Coti, una cosa es la suerte y otra el azar, y yo maldigo mi suerte, al contrario que Antonio Molina, por la chaparrada de agua que me cayó el sábado en la ribera del Henares y en la que, en vez de Gene Kelly con su paraguas de “Cantando bajo la lluvia”, llegó Mike Oldfield. Y no lo hizo, precisamente, con “Tubular bells” —una campana, y menos tubular, no es un buen refugio para la lluvia, pero peor lo es la intemperie— o, mejor aún, con “The song of the sun” —“La canción del sol”— sino que lo hizo con su “Hombre bajo la lluvia”, pero sin el paraguas de Kelly.

Lástima que los paraguas estampados en los pijamas de sueños que acompañan a la lluvia en las maletas donde viajan los libros, no permitan resguardarse de ella.

CODA: Mil gracias a quienes la lluvia, o cualquier otra circunstancia, no les impidió acompañarme en la presentación de este nuevo hijo de papel que no deja de ser un libro y con el que propongo viajar a la Alcarria en familia, siguiendo las indelebles huellas humanas y literarias de Camilo José Cela, un premio Nobel, y no por casualidad, que nos puso en el mapamundi de la literatura universal y ayudó a reconocernos y hasta querernos un poco más a nosotros mismos.

Castilla, canto de desesperanza

            El 23 de abril es una fecha redonda pues en ella coincide la celebración mundial del Día del Libro y, para quienes somos y nos sentimos castellanos, es también el Día de Castilla ya que en este día se rememora la batalla de Villalar, que tuvo lugar en esa jornada abrileña de 1521. El triunfo en esta pequeña villa vallisoletana de las tropas realistas de Carlos de Gante, el nieto flamenco de los Reyes Católicos, hijo de Juana “la Loca” y de Felipe “el Hermoso”, supuso el frustrante final de la bonita historia de los Comuneros que se confirmó tras el ajusticiamiento, allí mismo y al día siguiente, de sus tres grandes capitanes: el atencino de nación y segoviano de adopción, Juan Bravo, el toledano, Juan de Padilla, y el salmantino, Francisco Maldonado. Muchas de las historias más bonitas acaban mal, como es el caso de aquel —a mi parecer, justo y legítimo— movimiento castellano que se rebeló contra el rey Carlos I (de España y V de Alemania) quien quiso pagar con los impuestos de los castellanos su carísimo trono del sacro imperio románico germánico, favorecer a los mercaderes flamencos —él mismo era el más flamenco de todos— a costa de reducir a mínimos el precio de la afamada lana castellana y copar su corte con extranjeros poco respetuosos de las instituciones y los verdaderos intereses de Castilla. “Y desde entonces ya Castilla, no se ha vuelto a levantar; siempre añorando una Junta o esperando un capitán (…)” dice una de las estrofas del bello poema de los Comuneros, compuesto por Luis López Álvarez, pero al que puso música el Nuevo Mester de Juglaría llamando a la canción “Castilla, canto de esperanza”, un tema, verdadero leitmotiv del castellanismo, que los castellanistas hemos asumido como el himno oficioso de Castilla. Y digo oficioso porque ni siquiera Castilla es oficial al estar política y administrativamente dividida en la actualidad en cinco comunidades autónomas y confundida e, incluso, anulada su esencia en algunos de sus históricos territorios que han preferido forzar una nueva personalidad diferenciadora, antes que preservar sus raíces indubitadamente castellanas. No debemos ir muy lejos para comprobar que en Castilla-La Mancha prima lo manchego frente a lo castellano. Y un ejemplo aún más evidente de ello es Cantabria, mi queridísima tierra de adopción y vocación, en la que algunos, sin duda demasiados, andan buscando sus orígenes hasta en sus numerosas e importantes cuevas prehistóricas, confundiendo los conceptos de pueblo, comunidad e, incluso, nación, con el de tribu, algo que es llevar el nacionalismo, efectivamente, al tiempo de las cavernas. ¿Se imaginan a la Alcarria reivindicarse como nación alrededor de la Cueva de los Casares? ¿Conciben una nación de las Serranías de Guadalajara en torno del abrigo de la Malia, en Tamajón, donde hay indicios de población neandertal que remontarían a hace 45.000 años el tiempo ya habitado de la zona? ¿Podría Molina reivindicarse como nación, además de por su tan histórico como decaído Señorío, por poseer la Mingaña, la singular jerga de tratantes y cardadores que se habla en algunos pueblos del norte de su territorio? En Cantabria, sobre todo en la zona occidental, la más próxima a Asturias, además de reivindicar a Corocotta —un bravo hispano, habitante de aquella tierra en el siglo I a. de C, que se enfrentó a los romanos y al que estos no concedieron el título, si quiera, de guerrero, sino el de “ladrón” en la única referencia documentada que hay suya (Dión Casio 56, 43, 3)—, para tener una referencia personal “nacional” cántabra, también andan ahora empeñados en potenciar el “Cántabru”, el dialecto del castellano que se habla en la zona y que se parece mucho al bable astur. Sustituyan las “oes” finales por “úes” de las palabras en castellano y tendrán los vocablos “cántabrus”.

Los Comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo. Siglo XIX. Copia de la pintura original de Antonio Gisbert, de idéntico título, que se guarda en el edificio del Congreso de Diputados . Una réplica de la pintura se custodia en el Museo del Prado.

            Me duele mucho Castilla, cada vez más, porque ni siquiera las provincias castellanas que hoy se dividen en esas cinco comunidades autónomas de las que antes he hablado —Castilla y León, Castilla-La Mancha, Madrid, Cantabria y La Rioja—, tienen una institución común supra autonómica en la que tratar su castellanidad, preservar su identidad histórica y cultural e, incluso, abordar cuestiones prácticas relativas a redes de comunicación, transporte, fomento, servicios públicos, etc. de interés común, dada su territorialidad limítrofe e, incluso, conurbación en algunos casos, como son los notorios del Corredor del Henares y de la Sagra entre Madrid y Castilla- La Mancha. Cierto es que ya hay algunas medidas transfronterizas intercomunitarias adoptadas, como es la lógica y natural pertenencia de Guadalajara al campus de la Universidad de Alcalá, o la red de transportes de cercanías, pero, sin duda, podrían existir aún muchas más —especialmente en materia de obras públicas, sanidad, educación o servicios sociales—, además de potenciarse y cuidar sus identidades castellanas comunes, aunque pertenezcan a comunidades distintas. Ha llegado la hora de reivindicar la creación de unas Cortes Castellanas en las que se reúnan, periódicamente, representantes de los cinco parlamentos de las comunidades con raíces históricas castellanas. Unas Cortes para defender la historia y el pasado comunes desde el sentido común, no para generar un nuevo nacionalismo separatista, centrípeto, ombliguista, endogámico y xenófobo. De esos, ya tiene España demasiados y además van en ominoso aumento. El artículo 145 de la Constitución prohíbe, expresamente, la federación de comunidades autónomas, pero lo que yo propugno no es eso, sino unas Cortes que sean un punto de encuentro de las comunidades castellanas para coordinarse entre ellas y preservar su identidad y valores culturales compartidos. Eso no lo prohíbe la Constitución y lo aconseja el sentido común, ese que siempre presidió el buen hacer de los castellanos hasta estar en la raíz misma de su histórico fuero de albedrío, a través de las fazañas —las sentencias de los jueces pegados al territorio y aplicando la costumbre de cada lugar—, nuestra principal fuente del derecho histórico que, junto con los fueros y las comunidades de villa y tierra, construyeron Castilla, una Castilla tan generosa que se autodestruyó para construir España.

            Dice el poema de los Comuneros, que, como ya hemos dicho, canta ese bendito y queridísimo grupo que es el Mester —¡honor y agradecimiento eterno para ellos!—, que “si los pinares ardieron, aún nos queda el encinar”, una bella alegoría de esperanza para esta Castilla que, hoy, como decía Javier Borobia —¡recordadle siempre pues no conozco mejor castellano que él!—, es solo una “emotividad”, más que cualquier otra cosa. Si no lo remediamos los propios castellanos, Castilla, más que un canto de esperanza seguirá teniendo el del cisne; o sea, el de la desesperanza que antecede al fin de las cosas o, peor aún, el de la resignación.

Cela en el Día del Buero

                Camilo José Cela y Antonio Buero Vallejo podrían ser los arquetipos de las dos Españas de Machado, pero sin helar el corazón ninguna de ellas porque ambos eran lo suficientemente inteligentes como para que su pensamiento político —el del gallego, conservador, y el del alcarreño, de izquierdas— no lastraran la tolerancia y moderación con las que ambos siempre templaron sus respectivas ideas. Eso sí, los dos pagaron caros peajes por sus posicionamientos políticos —sobre todo Buero que hasta estuvo condenado a muerte tras la Guerra Civil—, cobrados por algunos prebostes, más bien mindundis aspirantes a ello, del supuesto bando contrario que, evidentemente, sí estaban lastrados por la radicalidad de sus ideas, la intolerancia y el sectarismo. El odio, en definitiva. Ni Buero ni Cela fueron radicales, intolerantes o sectarios, cada uno en su España. Pudieron no estar en el sitio adecuado y en el momento adecuado, incluso puntualmente podrían haber enviado algunas señales que dieron munición a sus críticos y a los contrarios a sus simpatías políticas y a todo lo radical que se mueve a izquierda y derecha, pero tanto Buero como Cela fueron, además de unos soberbios escritores, dos templadas y buenas personas. El dramaturgo alcarreño siempre fue así considerado por quienes más y mejor le conocieron y trataron, y de esa forma me lo transmitieron cuando documenté el libro titulado “Buero Vallejo y Guadalajara”, quizá mi mejor obra; el propio Buero manifestó públicamente que le gustaría que su epitafio proclamara: “Fue una buena persona”. Y, permítanme que les diga, que “Viaje a la Alcarria” no lo pudo escribir una mala persona, bien al contrario, porque es una obra plena de sensibilidad y ternura, de sensorialidad y belleza, sencilla, pero no simple, naturalista, inocente, elegíaca y nostálgica, como certeramente la calificaba Paco Marquina. Con esos mimbres literarios solo se pueden manejar buenas personas y Cela lo era, no me cabe la menor duda, aunque el personaje que él mismo se creó, porque le encantaba sobreactuar y epatar, a veces emitiera señales en la dirección contraria de la bonhomía.

Participantes en la mesa redonda sobre Cela en el «Día de Buero 2025». Foto Zoilo Notario

                Buero y Cela no pensaban, ni actuaban, igual, evidentemente, pero compartieron muchas más cosas de las que parece, comenzando por el hecho notorio de ser dos de los más importantes literatos españoles del siglo XX, reconocidos ambos con el premio Cervantes, entre otros importantes galardones, además de con sendos asientos en la RAE. En el caso de Camilo José, desde 1957, ocupando el sillón “Q”, y en el de Antonio, desde 1971, ocupando el “X”. Como es sabido, Cela recibió el Nobel de Literatura en 1989, siendo el último escritor español que lo ha obtenido desde entonces, pero hay que hacer notar que, aunque Buero no llegó a recibir nunca este prestigioso reconocimiento mundial, fue propuesto en varias ocasiones para él, estando documentado que en 1974 fue uno de los candidatos que tuvo sobre la mesa la Academia Sueca, como ella misma reconoció al liberar las actas de las deliberaciones del jurado de aquel año. Cela y Buero, además, son coetáneos pues ambos nacieron en 1916; aquél, el 11 de mayo, y éste, el 29 de septiembre. Finalmente, a los dos les unió Guadalajara ya que Buero nació en la capital de la provincia, concretamente en la calle Mayor Baja, lo que desde hace décadas es Miguel Fluiters, en el barrio de Santa Clara, y Cela se avecindó aquí durante una década, primero en un chalet alquilado en El Clavín y, después, en la gran casa que adquirió a la familia Cienfuegos en El Espinar. Esa casona, de estilo inglés, estaba al lado del Cañal, junto a las terreras llamadas de Cervantes, en la ribera del Henares; Dios cría a los grandes escritores y ellos se juntan, pues Paco Marquina también residía allí. En 1997 marchó a vivir a Madrid, no de muy buena gana, como él mismo confesó en un artículo que publicó en ABC. Así las cosas, Buero fue un alcarreño de nación y Cela de adopción y vocación, como él mismo proclamó en público pues siempre mostró muchas simpatías por la capital de la Alcarria, la tierra que él llevó al mapamundi de la literatura mundial ya que de esa obra se han editado casi 11 millones de ejemplares en muchos idiomas, entre ellos el chino mandarín, el bengalí o el japonés. Recordemos que las obras de Cela se han traducido a más de 50 lenguas, un dato solo al alcance de un escritor verdaderamente universal.

                Podríamos concluir esta entrada diciendo que Cela y Buero, o Buero y Cela, que tanto monta, están unidos por más cosas de las que les separan y una prueba evidente de esta circunstancia se ha producido en los últimos días en el propio Instituto de Enseñanza Secundaria de la capital que lleva el nombre del dramaturgo alcarreño. Allí se ha celebrado el “Día del Buero” que, este año, se ha dedicado a Cela y a su “Viaje a la Alcarria”. En esa celebración tuve el placer, y el honor, de ser invitado por el centro a la mesa redonda que tuvo lugar en la mañana del miércoles, 9 de abril, en el salón de actos del centro San José. En ella compartí espacio con la viuda de Cela, la periodista gallega Marina Castaño, el pintor alcarreño Jesús Campoamor, íntimo amigo del matrimonio Cela Castaño, María Dolores García Castro, profesora de Geografía e Historia del propio Instituto, el director del centro, David Montalvo, la concejal delegada de Educación y Universidad, Begoña García Valbuena, y el delegado provincial de Educación y Cultura, Ángel Fernández-Montes. Cada uno aportamos en aquella mesa lo que creíamos que podíamos y debíamos aportar, pero me quedo con la afabilidad con la que regresó Marina Castaño a Guadalajara, manifestando públicamente su afecto y el de su difunto marido a esta ciudad, en particular, y a la Alcarria, en general, y agradeciendo mucho la amistad y el trato que aquí encontraron y recibieron. Algunas amigas, como Ascen de Blas, Cristina Gutiérrez o Delia Pinilla, la mujer de Campoamor, estaban presentes en el acto confirmando que esa amistad pervive aún en la distancia. Marina reivindicó, con pasión, la libertad de “habernos querido muchísimo”, llevándose, además, 40 años de diferencia de edad, superando convenciones y críticas sociales. También sostuvo categóricamente que aquí vivió con CJC “los mejores años de mi vida” y que “fuimos inmensamente felices”; finalmente, avaló, de manera incontestable, lo que yo he afirmado antes: Que Cela “era un ser humano extraordinario, un buen amigo, una persona que se compadecía del débil y que era capaz de sonreír a un niño, a un vagabundo y hasta a un perro”. Y eso solo lo pueden hacer las personas sensibles; entre las buenas, las mejores.

Cela y Buero, Buero y Cela, tan distintos, tan distantes, pero dos hombres buenos que, además, fueron dos formidables escritores, dos figuras destacadas del paisaje de las guadalajaras. ¿Quién ha dicho que la Alcarria es sinónimo de aridez? Los buenos árboles solo crecen en tierra fértil.

Paco Marquina que estás en los cielos

Paco Marquina se nos murió a todos hace tres años. Ya he dicho unas cuantas veces, y las diré todas las que haga falta, que los grandes, como sin duda lo era Paco, no se mueren solo para su familia y amigos, sino que se nos mueren a todos, y, con ellos, nos morimos también un poco los demás, aplicando la apabullante lógica de Hemingway en “¿Por quién doblan las campanas?” —“También están doblando por ti”—. Así, un día de enero, el mes del invierno más profundo en el que algunas mañanas nos despierta la muerte con su cínica sonrisa, como ocurrió en su caso, se nos fue este biólogo, periodista, escritor y poeta madrileño que, cuando ya había cumplido los 37 años, decidió hacerse voluntariamente alcarreño y, además, militante. La propia Diputación Provincial, sensible a esta circunstancia y reconociéndola oficialmente, le nombró “Hijo Adoptivo de la Provincia”, a título póstumo, unos meses después de fallecer. Cuánto hubiera disfrutado Marquina esta distinción en vida, este honor que se le tributó cuando ya reposaba en “Castil de judíos”, el paraje en el que se asienta el cementerio municipal de Guadalajara y que él mismo eligió como su postrer lugar de descanso, su última alcoba. Recordemos que el origen etimológico de la palabra cementerio es, precisamente, dormitorio.

Los hijos de Marquina, Álvaro y Cecilia, junto a Juan Garrido, presidente de la Fundación Siglo Futuro, y los cuatro poetas que recitaron en el el homenaje

                Paco era profesor de biología y, además, de los buenos, como han testimoniado antiguos alumnos suyos que reconocen en él un magisterio no solo especializado en su materia, sino transversal, comprometido, profundo, inteligente, peripatético… Estaba perfectamente ubicado profesionalmente, ejerciendo la docencia, el periodismo y la literatura en Madrid, su Madrid, porque, como ya hemos dicho, él era “gato”, castizo, como se les llama a los madrileños ya con raíces en la ciudad y no recién llegados, como lo somos y parecemos la mayoría cuando vamos a la capital. Marquina, en vez de optar por mantener su estatus profesional y vital en ese Madrid que, pese a su evidente progreso, modernidad y apertura, aún sigue teniendo hechuras de aquel lugar “absurdo, brillante y hambriento” con que lo definió Valle Inclán en “Luces de bohemia”, decidió hacer la maleta, cogerse los bártulos y venirse a la Alcarria a criar truchas y escribir en un paraje bello y bucólico donde los haya: el molino de Caspueñas, cuyo caz abastece el río Ungría. Corría el año 1973, Franco aún vivía —es un decir porque yo creo que su yerno y el ”Movimiento” lo tenían ya momificado— y a Carrero Blanco, su jefe de gobierno y más que probable sucesor de haberse podido dar el caso, era asesinado por ETA en la calle Claudio Coello, volando literalmente su Dodge 3700 GT por los aires. “Operación Ogro” se llamó aquel magnicidio que, probablemente, cambió la historia de España. A nivel internacional, 1973 fue un año en el que destacaron tres acontecimientos: La subida exponencial de los precios del petróleo que derivó en una fuerte crisis económica, la guerra del Yom Kippur entre Israel y Egipto y el golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile.

                Como decíamos, en ese momento personal y en ese contexto nacional e internacional, Paco Marquina se viene voluntariamente a la Alcarria y ya para siempre. Vino detrás de Cela y su “Viaje a la Alcarria” porque el personaje y el literato siempre le interesaron y porque su relato alcarreño le sedujo sobremanera. Paco era un gran seductor, también un embaucador, pero se dejó seducir por la Alcarria y embaucar por Cela para venir a ser uno de nosotros. “Compañero de Alcarrias” me llamaba con frecuencia y yo estaba encantado de que una persona a la que apreciada y un escritor al que admiraba, como era él, me dijera una cosa tan bonita, entre racial y térrea, cómplice en todo caso. Eran proverbiales la inteligencia y sabiduría que Marquina atesoraba, junto a su fina ironía que, a veces, derivaba en sarcasmo, un recurso que solo saben administrar los inteligentes porque la torpeza y la ironía son agua y aceite. Paco era un hombre jovial, que vivía la vida con intensidad y con el lema de “carpe diem”, que amaba a los suyos hasta el extremo, pero dejando correr el aire, que disfrutaba de la naturaleza intensamente, sobre todo de los ríos, su hábitat natural, pues solo cambió el Ungría por el Henares cuando se vino a vivir al “Cañal”. Como buen biólogo, también era un gran conocer y estudioso de los pájaros pues era un ornitólogo profesional, pero sobre todo vocacional. Un hombre que conoce y ama los pájaros como él, ya era poeta antes de escribir su primer verso.

                Tres años después de su muerte, la Fundación Siglo Futuro, demostrando tener memoria y corazón, organizó el pasado día 27 de marzo, aún en el entorno del “Día de la Poesía” que se celebra cada año cuando principia oficialmente la primavera, un sentido y bien dimensionado homenaje dividido en dos tiempos, en dos partes. Primero se inauguró un rincón dedicado a Marquina —con objetos personales suyos, fotografías, diplomas, placas, cartas, originales y libros— en la sede que la Fundación tiene en el edificio central del Campus de la Universidad de Alcalá en Guadalajara. Poco después, la remozada sala de la Fundación Ibercaja se llenó hasta los topes para rendirle tributo de recuerdo, afecto y admiración. Un muy buen espectáculo de música, baile y poesía flamencos, inspirado en la luna que es una de las principales fuentes de inspiración de los poetas, sustanció el homenaje que vertebró el propio homenajeado con su poesía a través de la voz de tres grandes mujeres poetas: Marta Marco Alario, Carmen Niño y María Ángeles Novella, bellas voces a las que, gustosamente, sumé la mía, grave y rota, atendiendo la amable invitación hecha al efecto por Juan Garrido, presidente de Siglo Futuro y artífice de este exitoso, justo y oportuno acto. Decía García Márquez, y decía bien como casi siempre, que  “la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido”. Ciertamente, nadie se muere del todo mientras se le recuerda y, como dije al principio del acto de homenaje antes de que Marta Marco leyera el primero de los poemas de Paco: “Los poetas no mueren nunca. Viven y vivirán siempre a través de su poesía”. Como el Gary Cooper de la película de Pilar Miró, Paco Marquina está, para mí y para muchos, sin duda en los cielos, al menos en los de este nuestro pequeño mundo que es y llamamos la Alcarria. Callo ya yo —sirva esta aliteración como guiño a quien fuera un maestro en el uso de las figuras retóricas— y habla Marquina a través de su poesía, precisamente en una pieza que tituló “Descanso en paz”. ¡Que así sea! O mejor: ¡así es!, que es la verdadera traducción de “amén”.

“Puesta la muerte en su lugar debido,

puedo tomar la vida con más calma

ejerciendo mis vicios de poeta”

Dylan y Springsteen en el puente del Henares

Cuando los griegos antiguos, en la etapa presocrática, andaban filosofando sobre todo lo que les rodeaba y estaban en el tiempo de la cosmología, Heráclito y Parménides reflexionaron sobre el río como metáfora de la vida, pero no tuvieron igual percepción. Mientras que el primero sostenía que el río fluye, como la propia vida, y nunca se repite la misma situación, el segundo afirmaba todo lo contrario y defendía la inmutabilidad de las cosas. O sea que Heráclito distinguía cauce y curso y siempre veía un río distinto, mientras que Parménides pensaba que el río era siempre el mismo. Bob Dylan, el cantautor y poeta norteamericano que fue tan sorprendente, como a mi parecer justo, premio Nobel de Literatura en 2016, se muestra un tanto tibio entre las posturas de Heráclito y Parménides cuando en su conocido tema, compuesto en 1971 y titulado “Watching the river flow” (“Mira como corre el río”), en uno de sus versos dice: “Pero este viejo río siempre corriendo igual. No importa qué haya en su discurrir y hacia dónde sopla el viento”. Dylan identifica la inmutabilidad parmenidiana con la vejez del río, mientras que su correr siempre igual es puro fluir heraclitiano. Por su parte, “The Boss” (“El Jefe”), Bruce Springsteen, “Hijo adoptivo” de Peralejos de las Truchas desde 2014 aunque aún no ha ido a recoger el título ni a conocer la bella capital del altísimo Tajo —él se lo está perdiendo—, también compuso un tema, en 1980, precisamente titulado “The river (“El río”), uno de los más conocidos de su extraordinario repertorio, en el que tampoco se moja entre lo que dicen Heráclito y Parménides: “Vuelvo al río aunque sé que se ha secado”, asegura en un verso. Si se profundiza en la letra de su bonita canción, Bruce vuelve al río, ahora seco, no porque vea en él siempre lo mismo o algo distinto, sino porque allí hizo el amor por primera vez con Mary, su chica de entonces, siendo ambos adolescentes. Es obvio que, por lo que cuenta en la canción, ya no lo son, como el río no es igual pues ahora está seco, pero hay una inmutabilidad en medio de este cambio evidente del río: el amor que allí se hizo físico.

                El río, nuestro río —que, estoy completamente de acuerdo con Heráclito, fluye como la vida y su cauce es siempre el mismo pero su curso y sus aguas nunca lo son—, es el Henares que estos días baja crecido y bravo como pocas veces se ha visto, por causa de las lluvias abundantes y sostenidas que han caído en las últimas semanas y, sobre todo, que han obligado a abrir las compuertas de Beleña para evitar dañinas consecuencias, hecho sumado al desbordamiento de Alcorlo por primera vez, lo que ha aumentado significativamente su caudal. El río Henares, tan histórico y literario, ya es citado en el mismísimo Mío Cid —en el Cantar del Destierro aparece tres veces, la primera en el verso 435: “En el llamado Castejón, el que está junto a Henares”—, pero antes dio nombre a la mansio romana, asentada sobre probable poblado celtíbero, que está en el origen remoto de la actual Guadalajara —“Arriaca”, que parece significar “camino o río de piedras”— y después también a la Wad-al-hayara musulmana, que es la naciente de la actual, y que, como es sabido, significa “río de piedras”. Pues ese Henares, junto a cuyas aguas surgió esta ciudad, llevaba muchos años fluyendo discreto y pasando por la capital casi de puntillas, porque los últimos tiempos han sido escasamente lluviosos. Solo en algún momento puntual, y dado que Beleña tiene una capacidad de embalse muy limitada pese a ser el depósito de Guadalajara y Alcalá y de las poblaciones del Corredor que hay hasta la ciudad complutense, el río, nuestro río, últimamente ha bajado crecido de manera puntual, aunque regresando pronto a su discreto caudal habitual. No siempre esto fue así; hay datadas importantes riadas en 1947, 1961 y 1970 que anegaron el barrio de la Estación e, incluso, las huertas del Ruiseñor y de las carreteras de Cabanillas y Marchamalo, desbordándose también el llamado Arroyo del Robo, que viene de esta última y tributa sus aguas en el Henares, aguas abajo del puente nuevo. Fueron tales los daños de aquellas riadas, especialmente la del 61, que muchos hortelanos perdieron sus viviendas o parte de las construcciones de sus huertas o de sus amos, debiendo ser algunos realojados en la ciudad, varios de ellos en la entonces llamada “Operación Alamín”. A finales del siglo XX también estuvo a punto de desbordarse el Henares, ya con los chalets de las urbanizaciones de Los Manantiales, Rio Henares y La Chopera construidos, lo que puso en riesgo a sus residentes que, no obstante, y como ha ocurrido, aunque solo puntualmente, en esta ocasión, vieron inundarse sus garajes, entiendo que más por el elevado nivel freático del suelo de esa zona que por desbordamiento directo del río. Aquél hecho motivó que el entonces alcalde de Guadalajara, José María Bris, cuya gestión fue de más luces largas de lo que algunos le reconocen, se pegara, casi literalmente, con la Confederación Hidrográfica del Tajo para que se construyera la mota que desde entonces hace de barrera naturalizada entre el río y las tres urbanizaciones antes citadas. Tras la construcción de la mota, primero llegó el parque construido y equipado entre ella y las viviendas que conforma un magnífico espacio verde y recreativo desde entonces, y, finalmente, el paseo paralelo al cauce que se integró en su bosque de ribera, construido siendo alcalde Antonio Román y que es una auténtica gozada. Este paseo se inunda parcialmente cuando crece el río, como en esta ocasión, pero está diseñado y concebido así, de tal manera que, cuando bajan de nuevo las aguas, sus infraestructuras y equipamientos suelen estar intactos.

El Henares, aguas arriba del puente de Los Manantiales. Foto tomada el 15 de marzo, a primera hora

                Guadalajara, a pesar de nacer por y junto a él, casi siempre ha vivido de espaldas a su río. Esa circunstancia ha cambiado a mejor en los últimos años, pero aún queda camino que recorrer para compatibilizar su disfrute con su limpieza, conservación y equilibrio biocenóticos. Y bien es cierto que, cuando el Henares suena, agua lleva, como también es una certeza que, cuando hay muchos mirones en sus puentes observando su espectacular crecida, como ha ocurrido en los últimos días, la noticia es la abundancia de su caudal, no su escasez habitual. Definitivamente, Heráclito tenía razón: el río, como la vida, fluye y no siempre es el mismo, aunque esté en idéntico lugar. Y ahora, me voy a escuchar a Dylan y a Springsteen. Creo haberlos visto en el viejo puente árabe.

Alonso de “Médicid”

La medicina es una ciencia que, generalmente, suele ser estudiada y ejercida por personas muy racionalistas pero que precisa o, al menos, aconseja un elevado perfil humanista pues su fin último es paliar el dolor físico de las personas y sanarlas cuando enferman o sufren heridas y prolongar sus vidas con la mayor calidad posible. Medicina y humanismo han ido siempre de la mano, ya el griego Hipócrates (siglo V a. de C), considerado el padre de la medicina, después el árabe andalusí Averroes y su discípulo, el judío cordobés Maimónides (siglo XII), más tarde el segoviano de cuna, pero guadalajareño de adopción, Andrés Laguna (siglo XVI) —un gran farmacólogo y botánico—, luego otros extranjeros ya en la edad contemporánea, como Albert Schweitzer o Francis Peabody, o el también español, Gregorio Marañón, entre muchos otros, practicaron a lo largo del tiempo lo que se denomina medicina “ad hominem”, o sea, medicina para los hombres, medicina humanista. “Nuestro” Luis de Lucena (siglos XV-XVI) resumió como pocos esa doble faceta de médico y humanista.

En realidad, toda la medicina es, por definición, “ad hominem” pues por y para el hombre trabaja. La historia, igualmente, nos ha regalado un sinfín de médicos ilustrados, no solo humanistas, sino además historiadores y literatos, precisamente dos campos del conocimiento humanos y humanistas donde los haya. No hace falta remontarnos a la noche de los tiempos ni buscar en altas montañas ni en desiertos lejanos para encontrar grandes médicos que se han dedicado, de manera intensa y muy solvente, a la investigación y la divulgación históricas, como también a la creación literaria. Bien cerca tenemos algunos ejemplos proverbiales: los dos últimos cronistas provinciales, el gran Francisco Layna Serrano, y el actual, no menos grande, Antonio Herrera Casado, eran médicos (ambos ORL para más señas), y ambos han sido —en el caso de Antonio, sigue siendo y ojalá por muchos años— dos pilares fundamentales para el estudio, el conocimiento y la divulgación de la historia provincial. Otros médicos, al tiempo que historiadores locales de la provincia, brillaron asimismo por su actividad en la segunda mitad del siglo XX, entre ellos el pastranero, Francisco Cortijo —el célebre Don Paco del “Viaje a la Alcarria”, de Cela—, el seguntino de origen andaluz, Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, y el molinés, Pedro Pérez Fuertes, lamentablemente fallecido mucho antes de lo previsible. A ellos igualmente cabría unir, entre algunos más por los que pido excusas por no citar, a Ricardo Sanz, el médico que se empeñó en defender que Colón había nacido en Espinosa de Henares.

                Dicho todo esto, otro notorio ejemplo de médico, con alma racionalista, corazón humanista y pluma ilustrada, vinculado al campo de la historiografía y la literatura —y a no pocos más pues presenta un perfil polifacético casi renacentista— es José María Alonso Gordo, valverdeño (de los Arroyos), serrano, guadalajareño y castellano militante que hace ya mucho tiempo que nos viene regalando importantes obras de investigación y divulgación, especialmente referidas a su bonito y más que interesante pueblo, y que ahora nos ha obsequiado con una obra absolutamente recomendable: “Camino del Medicid (cicloturismo al ritmo de dulzaina y tamboril)”. Aunque este libro, presentado hace unos días, tanto en Guadalajara como en Valverde, con evidente poder y éxito de convocatoria, lo firma él como como coordinador, aparecen en portada como coautores sus compañeros de camino, los también médicos —todos ellos conocidos por el ejercicio de su profesión, incluso en ámbitos de alta responsabilidad— Juan José Palacios, Octavio Pascual y Carlos Royo, además de José Miguel Llorente, buena gente donde los haya, amigo de los cuatro, dulzainero y sanitario consorte que se unió a ellos. El libro se supone que es de autoría coral, pero creo no equivocarme al afirmar que, en realidad, es obra en gran parte de José María Alonso. Su (buen) estilo es ya inconfundible, algo que muchos escritores perseguimos y no siempre logramos.

Portada del libro «Camino del Medi-cid»

                ¿Y que es el “Camino del Medicid”? Pues una singular, esforzada, divertida y, por momentos, genial aventura de cuatro amigos médicos y un asimilado, con afición cicloturista y sensibilidad por la música tradicional y, en algunos casos, hasta buen tañer sus instrumentos más castellanos, que, en cuatro etapas realizadas en cuatro años distintos, pandemia de Covid por medio, han hecho en bicicleta el llamado “Camino del Cid”. ¿Y qué es el “Camino del Cid? Pues un itinerario cultural y turístico, establecido a finales del siglo XX —en cuyo diseño y configuración tuve el honor y el placer de participar junto a mi compañero y amigo Plácido Ballesteros— y señalizado y promocionado desde principios del XXI, que sigue las huellas de Rodrigo Díaz de Vivar y el poema épico, a él y a los suyos dedicado, por ocho provincias: Burgos, Soria, Guadalajara, Zaragoza, Teruel, Castellón, Valencia y Alicante. Dos mil kilómetros en bicicleta por Castilla, Aragón y el levante valenciano, con dulzaina, tamboril, tambor (y hasta un guitarrico), entre castillos, torreones, ermitas, plazas mayores, picotas, puentes, fuentes, mesones, tabernas, posadas, albergues… y centenares de pueblos, personas y anécdotas que jalonaron ese viaje que han contado (muy bien) en este libro, oportunamente editado por la Diputación. “Historia, paisaje, literatura, poesía, música, humor y deporte constituyen el bagaje” —como sus propios autores explican en la contracubierta— que los ha acompañado y han atesorado en sus corazones y en sus cabezas estos cinco “Medicid”, como ocurrentemente se han autodenominado. Con este sonoro nombre han unido medicina y Cid, al tiempo que han evocado a Los Médici, la poderosa e influyente familia florentina del Renacimiento, grandes mecenas del arte y otras disciplinas de las humanidades, que hasta llegó a reunir entre su parentela nada más y nada menos que cuatro papas.

                “El Camino del Medicid”, cuya lectura recomiendo encarecidamente a cicloturistas, turistas de a pie y motorizados, castellanistas, melómanos, optimistas antropológicos, curiosos, aficionados a la lectura con peso específico y, por supuesto, a cachondos mentales —el habitual rictus de seriedad de José María Alonso de “Medicid” es pura impostura—, nos ofrece 333 páginas de buena literatura, mucha historia y arte, paisajes con figuras, música, amor (por la tierra y sus gentes, por su ayer, su hoy y ¿su mañana?), y humor del bueno, el que practican los inteligentes entre amigos.

¡Buero vive!

                 Aunque el próximo día 29 de abril se cumplirá el 25 aniversario de su fallecimiento, Antonio Buero Vallejo sigue vivo gracias a su extraordinario legado que es el conjunto de su obra, una de las más importantes del teatro español del siglo XX, como lo avala el hecho de que fuera el primer dramaturgo que ganó el Premio Cervantes, entre otros muchos reconocimientos, incluida su candidatura al Premio Nobel en varias ediciones. Pero si Buero sigue, y seguirá, estando vivo gracias a todo su acervo literario, conformado por más de una treintena de obras teatrales, en las últimas semanas ha recobrado especial vitalidad gracias a la reposición de su “Historia de una escalera” en el Teatro Español, la misma sala en la que se estrenó hace 75 años cuando ganó con ella el Premio Lope de Vega, convocado por el Ayuntamiento de Madrid. En ese doble éxito, primero al ganar este prestigioso certamen que se recuperaba tras catorce años sin convocarse y, después, al triunfar inopinada, pero rotundamente, con él en las tablas del Español alcanzando 189 representaciones, se cimentó la reconocida y reputada carrera de nuestro paisano pues, a partir de entonces, pasó a ser una primera figura nacional, lugar que ya no abandonaría hasta su muerte en 2000.

            He tenido la fortuna y el placer de poder asistir recientemente a una de las representaciones de “Historia de una escalera” en el Español y volví reconfortado, casi entusiasmado, de Madrid porque, a pesar de que era la cuarta vez que veía esta obra, me pareció el mejor montaje hecho de ella y la dirección de Helena Pimenta es realmente brillante, sacando el mejor partido posible a un gran libreto. El buen nivel actoral general del elenco, tan importante en esta obra coral donde las haya como era habitual en el Buero de la primera época, y unos adecuados vestuario, caracterización, movimiento e iluminación, sumados a la gran dirección y montaje ya elogiados, han permitido un triunfo en toda regla de esta reposición. Este hecho lo avalan las muy favorables críticas que ha recibido y, sobre todo, el apoyo y reconocimiento del público pues, cuando aún quedan mes y medio de representaciones —la última tendrá lugar el 30 de marzo, si no se prorroga la función—, se han agotado las entradas y cada representación la cierra una cerrada y prolongada ovación.

Cartel de «Historia de una escalera» de Buero Vallejo. Teatro Español, Madrid 2025

            “Historia de una escalera” es una obra que ya es clásica porque su calidad y profundidad han hecho que haya envejecido bien y, a pesar de que se desarrolla en tres momentos temporales concretos y ya lejanos: 1919, 1929 y 1949, la vigencia de su planteamiento es absoluta, a poco que se eliminan los elementos episódicos de la temporalidad. Esa escalera de vecindad en la que conviven varias familias de clase media baja en cuatro décadas diferentes, todas ellas marcadas por un contexto socio-económico desfavorecido, puede ser el rellano de cualquier comunidad de antes de ayer, de ayer, de hoy mismo e, incluso, de mañana y de pasado mañana porque, aunque cambien el entorno y las circunstancias incidentales y materiales, los sueños, las aspiraciones, las frustraciones y las tristezas humanas salen siempre al encuentro de la buscada, y pocas veces encontrada, felicidad. Padres e hijos aspiran y se frustran por lo mismo en un círculo vicioso; ha cambiado solo el tiempo.

Con “Historia de una escalera” estamos ante la primera obra de Buero que triunfó en el escenario, un Buero que había salido de la cárcel apenas tres años antes, tras haber permanecido en prisión siete e, incluso, estar condenado a muerte; además, vivía en una España que le dolía especialmente porque no era, ni podía ser, la suya, ni la de nadie, aunque algunos no lo supieran o no lo quisieran saber. Estas dolientes y dolorosas circunstancias personales del escritor, sin duda condicionaron una visión pesimista de la realidad que está de manera evidente en su obra, pero es que, además, las objetivas también invitaban a la desesperanza; y siguen invitando a ella porque el hombre no cambia esencialmente, lo que cambian son, precisamente, sus circunstancias. Es evidente que el existencialismo está en el fondo de la obra.  No obstante, un costumbrismo contenido con el que plantea y viste las escenas y los diálogos —un tanto cargado en esta versión de Helena Pimenta, probablemente para acercarse al público—, el realismo social que cimenta y vertebra el argumento y el necesario simbolismo en el que Buero milita y con el que sortea a la censura, hacen de ella una pieza que, cuando menos, roza lo magistral, más aún si se tiene en cuenta quién y cuándo la escribió.

Termino ya diciendo que Buero no solo está vivo entre nosotros, los suyos, por el conjunto de su extraordinario teatro y por la particularidad de esta obra con la que está triunfando ahora en el Teatro Español, sino porque también se está demostrando que su dramaturgia está vigente incluso fuera de España, hasta en un país tan alejado y extraño a nuestra cultura como es Corea del Sur. Precisamente allí, en su capital, Seúl, se estrenó en el verano de 2023 un musical basado en otra conocida obra de Buero, “En la ardiente oscuridad”, y que en coreano se titula “Taoleuneun Uh-dum sok-eseo”, traducción fonética del original en español. Más de 35.000 espectadores asistieron a este espectáculo en el que el texto de Buero era escenificado con música de rock gótico. Carlos Buero, hijo de Antonio y tenedor y gestor de sus derechos, elogiaba para ABC hace unos meses el rigor y el acierto con el que había sido traducida, primero al inglés y después al coreano, esta obra de su padre. “Historia de una escalera” también fue exitosamente llevada a musical en Corea y estaban en negociaciones para que se representara en Japón. “Bueromanía en Corea” titulaba el periódico madrileño aquella información que me sorprendió y agradó a partes iguales y que hoy me ha parecido oportuno rescatar para esta “Misión al pueblo desierto” que, por si no han caído en ello, es como titulo mi blog en Guadalajara Diario, precisamente el título de la última obra escrita y representada de Buero, a quien siempre quise por ser de mi familia y a quien siempre he admirado por ser familia de todos. Porque los escritores, sobremanera los más grandes como lo fue Antonio, nos pertenecen a todos y son de los nuestros porque una cosa son las ideas y otra el pensamiento.

Febrero en el país de las botargas

                Febrero es el mes más corto del año, pero solo en un día suyo caben todos los inviernos, como en la rosa de Antonio Gala cabían todas las primaveras. Febrero, al que el sabio refranero castellano acusa hasta de loco “por sacar a su padre al sol y después apedrearlo”, es el tiempo del ecuador del invierno, aunque los días ya alarguen —“por San Blas, una hora y un poco más” (de luz solar)— y la claridad se confunda con el calor, hasta el que aún queda un largo camino que recorrer. El segundo mes del año era el de la purificación en tiempos de los romanos, a quienes se debe precisamente su nombre pues febrero deviene de la voz latina “februarius” que era la época en que tenían lugar las ceremonias de purificación durante las Lupercales, las fiestas en las que se pedía fecundidad para las personas y, sobre todo, la tierra. Ha llovido mucho desde que, en mitad del invierno, los romanos ofrecieran sacrificios a los dioses Pan y Lucina pidiéndoles frutos de vida humana y especialmente terrena, pero, como los dioses no emigran, este sigue siendo el tiempo en que, pese a que la tierra está inactiva y en espera, radica el punto de partida de la tan necesaria fertilidad.

                A pesar de que el campo sea cada vez más lo que hay entre dos ciudades, que es una de las definiciones más urbanitas que conozco de la ruralidad, febrero sigue siendo un mes muy vinculado a los ciclos de producción de la tierra, aunque solo es el de su preparación y no haga falta casi ni que llueva en él pues los hielos bastan para mantenerla húmeda, hasta que el agua ya sí que sea absolutamente necesaria en primavera. Y este tiempo de purificación y espera que los romanos festejaban en sus Lupercales, nuestros antepasados también lo celebraban con importantes fiestas invernales, algo que no deja de ser sorprendente pues la dura climatología del invierno castellano no invita mucho a festejar. Precisamente las circunstancias de que ese tiempo de espera conllevara escasa faena agrícola y que en esta tierra la fiesta siempre fuera más bien escasa y acomodada a los períodos de menos trabajo en el campo, radica el hecho de que, sobre todo este de los últimos días de enero y los primeros de febrero, sea un período de bastante actividad festiva tradicional en muchos pueblos de la provincia. San Antón, San Vicente, San Ildefonso, La Paz, La Candelaria, San Blas, Santa Águeda… son algunas de las más nombradas e importantes celebraciones de esta etapa de mediados de invierno en que se concentran tantas fiestas tradicionales, pese a que suele hace un frío que pela y el hecho festivo matrimonie mejor con el calor. Y, entre estas fiestas en honor a advocaciones marianas y santos cristianos, se cuelan, como los gatos y el viento por las gateras, las salidas de la mayor parte de las botargas, nuestro personaje enmascarado tradicional por excelencia, aunque haya también otros de diferente nominación que nos acerquen ya al carnaval, la fiesta por antonomasia del invierno, vísperas de la Cuaresma y casi ya pregón de primavera.

                Desde el mismo día de año nuevo, con la salida de la de Humanes, ya comienza el ciclo de las botargas guadalajareñas —este gentilicio es más apropiado que el de alcarreñas porque también las hay serranas y campiñeras— que se concentra especialmente en enero, entre el solsticio de invierno y la primera luna llena del año recién estrenado. Este no es un hecho nada casual, sino más bien causal, pues este tipo de personajes, aunque eclosionan en el medievo, tienen sin duda orígenes ancestrales y mucho que ver con el sol y la luna, padre y madre del calor, la luz, la vida y, por ende, la fecundidad. Repetimos, los dioses no emigran, y así, donde hubo un rito pagano, es fácil encontrar otro cristianizado que tiene su origen en aquél.

Creación de Ana Orea inspirada en el pop art sobre máscara de botarga de Arbancón, obra de Hermenegildo Alonso, el famoso “Mere”

                Como ya he comentado en entradas anteriores en este mismo blog, vivimos una etapa de recuperación de muchas botargas perdidas, algo por supuesto positivo, pues bueno es recuperar nuestro patrimonio perdido, en este caso inmaterial; el riesgo radica en que, por imitación e, incluso, por puro y duro socio-centrismo —“yo no voy a ser menos que el pueblo de al lado…”—, más que recuperar se inventen o reinventen botargas con escasa base documental y testimonial directa. No estoy mirando a ninguna en particular y miro a todas las recuperadas en general. Solo la intención de recuperar una fiesta tradicional ya es un hecho muy positivo, que animo y aplaudo como ya lo he hecho en ocasiones anteriores, pero debe hacerse con el mayor rigor y sentido posibles para evitar que, en vez de botargas recuperadas, tengamos patochadas. Una cosa es que los dioses no emigren y otra que los empadronemos en casa.

La tierra de las mil danzas

            A propósito de FITUR, la siempre muy concurrida Feria Internacional de Turismo de Madrid que este año se celebra (celebraba, para quienes lean este post ya pasada la edición) en los pabellones de IFEMA del 22 al 26 de enero, me ha venido al recuerdo un conocido tema musical de principios de los años 60 que lleva por título “La tierra de las mil danzas”. Se trata de una canción escrita y grabada en 1962 por Chris Kenner, un cantante de música góspel de Nueva Orleans, que se inspiró en el evangelio para componerla, pero que hace referencia a 16 bailes distintos, entre ellos el twist que en aquellos momentos hacía furor. Muchos han sido los artistas que han versionado esta canción que bastantes recordarán por el potente y pegadizo tarareo de su estribillo: “Na, na na na na, na na na na, na na na, na na na, na na na na”. No son pocos, desde Bill Haley, el de los Comets y el famoso “rock del reloj”, a Rollings, quienes han hecho “covers”, como se dice ahora, de “La tierra de las mil danzas” y que, hoy, a mí, se me antoja que es Guadalajara por la amplia y rica variedad de comarcas y de parajes, de macro y micro-paisajes que ofrece a los turistas que, cada vez en mayor número, aunque hay un largo camino que recorrer para que aún sean más, vienen a conocer esta mayormente desconocida provincia.

Campo alcarreño de lavanda. Foto de Nacho Abascal hecha con dron

            El turismo no es la panacea que va a resolver el ya endémico problema de la despoblación rural, pero, sin duda, está contribuyendo a paliarlo y en el futuro debe contribuir aún más, si se saben aprovechar las fortalezas y las oportunidades que Guadalajara reúne como potencial destino turístico y se limitan las amenazas y las debilidades, que no son pocas. La principal amenaza que tiene el sector turístico en Guadalajara es la falta de oferta de servicios y de productos en muchos potenciales destinos. Llevar a alguien a un lugar muy bonito o a ver un monumento relevante o a disfrutar de una fiesta tradicional verdaderamente singular, está muy bien, pero, si no consume productos y servicios porque no existen o son mínimos, y, por tanto, no deja un valor económico añadido a su presencia, no podemos hablar de que hemos desplazado a un turista, sino solo a un visitante. El turismo en el medio rural se promociona basándose en los recursos (histórico-culturales y medioambientales, principalmente) que motivan el viaje del turista, pero, ciertamente, no podemos hablar de turismo si la persona que se desplaza a un lugar para disfrutar de unos bienes singulares no puede allí consumir y adquirir servicios y productos. Los objetivos que todo destino turístico debe tener para obtener verdaderos beneficios económicos son: primero, atraer al turista con sus recursos, cuanto más singulares, más atractivos; segundo, no defraudar expectativas porque no hay nada más contraproducente que alguien vaya expresamente a un lugar esperando mucho y después no encuentre nada o casi nada; tercero, tratar de prolongar la estancia del turista en el destino porque así se le generarán necesidades (comer, dormir, comprar…) y, cuarto, procurar que el impacto antrópico sobre un destino frágil (en el medio rural, casi todos lo son) sea el menor posible, persiguiendo así su sostenibilidad. El turismo en el medio rural, por definición, no es, o mejor, no debe ser, de masas, por lo que nunca hay que exceder y sobreexplotar la capacidad de carga de un lugar. Sobrecargar es siempre pan para hoy y hambre para mañana. A esa gran amenaza que para el turismo rural en Guadalajara aún sigue suponiendo la ausencia o precariedad de los servicios y productos que se ofrecen en amplias zonas y numerosos pueblos de nuestra provincia —algo que, afortunadamente, han superado ya algunos destinos que van viento en popa, como Sigüenza y Brihuega como más notorios ejemplos—, cabe contraponer la fortaleza que supone que tengamos una tierra de mil danzas, y no me estoy refiriendo a bailes tradicionales, que también. Guadalajara es una tierra mil bailarina porque en primavera sus bosques caducifolios atlánticos —como el del Hayedo de Tejera Negra— y mediterráneos —como el del Alto Tajo— bailan el twist cada mañana, a poco que el sol les anima a crecer y florecer; en verano, los campos de lavanda de los llanos de la Alcarria bailan el rock and roll cuando el viento solano, soplando fuerte y racheado, mece sus tallos como si fueran caderas humanas en un concierto de Elvis; en otoño, los amarillos, ocres y rojos de hojas y frutos de las mil y una campiñas y sotos fluviales que hay en esta tierra, caen o son tomados al ritmo de un rigodón con música de Vivaldi. Y en invierno, la fría luz cegadora del solsticio decembrino y el plenilunio de enero, pone en el foco y hace bailar a ritmo de hip hop los centenares de castillos, torreones, palacios, casonas, monasterios, iglesias, ermitas, picotas y pairones de las guadalajaras, que no son una, sino muchas, de ahí el plural para esta tierra tan singular. De las mil danzas, sí.

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