Decía José Agustín Goytisolo a su hija, Julia, en sus inolvidables y hermosas palabras a ella dedicadas, que “la vida ya te empuja como un aullido interminable”. Puede haber, de hecho las hay, metáforas de la vida también muy bellas como ésta, pero no más expresivas. Ciertamente, la vida es y puede ser muchas cosas, infinitas cosas, pero cuando corre que se las pela, y siempre está corriendo desde que vemos la primera luz, parece un aullido de lobo en la noche, amedrentador e interminable. Esa es, al menos, la sensación que me produce el hecho de que, un año más, ya estemos en Navidad, un tiempo que tarda muy poco en llegar y menos aún en pasar por lo que parece que siempre estemos en él, esperándolo o ya metidos de lleno en sus días de espumillón y cava, de langostino y roscón, de lotería y otros afanes y azares.

Cualquiera que haya leído este primer párrafo pensará, como pensaba mi padre, que estoy haciendo apología de que lo mejor que le puede pasar a la Navidad es que pase lo antes y más rápido posible. Y no es que él fuera una especie de “Grinch” que quisiera acabar con el espíritu y las formas navideñas, sencillamente es que echaba a muchas personas de menos en este momento festivo culmen del Adviento en que, al menos antes, la familia era el epicentro de todo y lo que daba sentido a casi todo. Por eso, cuantas más personas le fueron faltando a mi padre en Navidad, antes quería que pasase, porque los recuentos, cuando son en negativo por dolorosas ausencias, dejan de ser matemáticas y pasan a ser necrológicas. Pese a lo que pudiera parecer, a Juanjo, que es como llamábamos en familia y entre amigos a mi padre, le gustaba mucho la Navidad y hasta, ya camino de nonagenario, cantó villancicos incluso unos días antes de su muerte, que le sobrevino, inesperada y repentina, un 9 de enero. Cuando las navidades comenzaron a ser más de luto que de pañales, él dimitió de su entusiasmo por ellas y le pedía a este tiempo que se dejara de aullidos y que las horas no fueran interminables y se consumieran en minutos. Paradojas de la vida, vino a morir nada más terminar su última Navidad que él mismo quiso que discurriera lo más breve y rápida posible, puede que porque ya tuviera, como decía Cervantes, puesto el pie en el estribo con las ansias de la muerte.
No era mi intención, cuando he comenzado a escribir este artículo, que derivara en un planteamiento tan sombrío porque, aunque echo de menos a mucha gente muy querida y entre la que hay algunos que se marcharon bastante antes de lo que era razonable, tengo importantes motivos para mirar hacia adelante, fundamentalmente que en mi casa hay dos niños, Darío y Diego, y la Navidad es tiempo de cuna, hogar y calor familiar, de niños y esperanza. También de fe y de caridad, por supuesto, las tres apoyaturas que el cristianismo llama virtudes teologales. Tres puntos siempre definen un plano perfecto, garantizando que se apoye firme sin tambalearse.
Mi padre fue, con todos sus defectos, un maestro casi perfecto. Era un pedagogo vocacional, transversal e integral, y su didáctica, apabullante. Enseñaba siempre, siempre estaba enseñando, incluso con sus silencios. Mucho de lo que soy se lo debo a él y todo lo demás, que es muchísimo, se lo debo a mi madre: a Pilar, a Pili. Pero no quiero que las navidades sean tan breves como la visita de un médico, como Juanjo las quería, las prefiero como las asumía mi madre, con la bondad y ternura que le caracterizaban y que tenían un gráfico e irrepetible momento cuando montaba su belén. Un belén que instaló hasta dos meses antes de morir, cuando ya tenía 95 años y el corazón desgarrado por la muerte de dos hijos, cuchillo aún más hiriente que el de la senectud. Si hay algo terriblemente doloroso para una madre, doy fe porque he sido testigo directísimo de ello, es la muerte de un hijo; más aún la de dos como le sucedió a ella. A pesar de su dolor, a pesar de su avanzada edad, a pesar de todos los pesares, que fueron muchos, mi madre siguió montando su belén hasta en sus últimas navidades en 2022. Su belén, más que una geografía galilea, era casi un zoológico pues estaba lleno de animales: ovejas, cabras, gallinas, conejos, palomas… que ella colocaba con mimo y cariño para dar calor a ese niño Jesús precioso de su nacimiento, tan bello que su cara parecía un trozo de una luna caída en medio de la plaza, de cualquier plaza despoblada de la provincia, como dice una bonita seguidilla de Pastrana. Pili se comía a besos a su niño Jesús. Siempre se comió a besos a sus niños, también al de su singular belén que ella montaba con ilusión, incluso cuando la vida le había arrebatado casi todas las ilusiones. Más que en el belén de mi madre, está en mi propia madre el ejemplo de la mejor Navidad. Dios nace de verdad, todos los días y a todas horas, en corazones como el suyo. Y a quienes no crean en él y vayan a celebrar solo una Navidad por lo civil, hartos de casi todo lo material, pero vacíos espiritualmente, quiero que reflexionen sobre estos versos de la poeta bilbaína, Ángela Figuera, que dicen que “Cuando nace un hombre / todos tenemos un hermano”. Navidad es un apócope de natividad y es la historia de un niño muy especial que nace cada año, incluso en los corazones de quienes no le esperan.



