Archive for diciembre, 2025

Hermano Jesús, hermana luna

Decía José Agustín Goytisolo a su hija, Julia, en sus inolvidables y hermosas palabras a ella dedicadas, que “la vida ya te empuja como un aullido interminable”. Puede haber, de hecho las hay, metáforas de la vida también muy bellas como ésta, pero no más expresivas. Ciertamente, la vida es y puede ser muchas cosas, infinitas cosas, pero cuando corre que se las pela, y siempre está corriendo desde que vemos la primera luz, parece un aullido de lobo en la noche, amedrentador e interminable. Esa es, al menos, la sensación que me produce el hecho de que, un año más, ya estemos en Navidad, un tiempo que tarda muy poco en llegar y menos aún en pasar por lo que parece que siempre estemos en él, esperándolo o ya metidos de lleno en sus días de espumillón y cava, de langostino y roscón, de lotería y otros afanes y azares.

Belén de la iglesia de Santa María de la Peña, Brihuega, 2025.


Cualquiera que haya leído este primer párrafo pensará, como pensaba mi padre, que estoy haciendo apología de que lo mejor que le puede pasar a la Navidad es que pase lo antes y más rápido posible. Y no es que él fuera una especie de “Grinch” que quisiera acabar con el espíritu y las formas navideñas, sencillamente es que echaba a muchas personas de menos en este momento festivo culmen del Adviento en que, al menos antes, la familia era el epicentro de todo y lo que daba sentido a casi todo. Por eso, cuantas más personas le fueron faltando a mi padre en Navidad, antes quería que pasase, porque los recuentos, cuando son en negativo por dolorosas ausencias, dejan de ser matemáticas y pasan a ser necrológicas. Pese a lo que pudiera parecer, a Juanjo, que es como llamábamos en familia y entre amigos a mi padre, le gustaba mucho la Navidad y hasta, ya camino de nonagenario, cantó villancicos incluso unos días antes de su muerte, que le sobrevino, inesperada y repentina, un 9 de enero. Cuando las navidades comenzaron a ser más de luto que de pañales, él dimitió de su entusiasmo por ellas y le pedía a este tiempo que se dejara de aullidos y que las horas no fueran interminables y se consumieran en minutos. Paradojas de la vida, vino a morir nada más terminar su última Navidad que él mismo quiso que discurriera lo más breve y rápida posible, puede que porque ya tuviera, como decía Cervantes, puesto el pie en el estribo con las ansias de la muerte.
No era mi intención, cuando he comenzado a escribir este artículo, que derivara en un planteamiento tan sombrío porque, aunque echo de menos a mucha gente muy querida y entre la que hay algunos que se marcharon bastante antes de lo que era razonable, tengo importantes motivos para mirar hacia adelante, fundamentalmente que en mi casa hay dos niños, Darío y Diego, y la Navidad es tiempo de cuna, hogar y calor familiar, de niños y esperanza. También de fe y de caridad, por supuesto, las tres apoyaturas que el cristianismo llama virtudes teologales. Tres puntos siempre definen un plano perfecto, garantizando que se apoye firme sin tambalearse.
Mi padre fue, con todos sus defectos, un maestro casi perfecto. Era un pedagogo vocacional, transversal e integral, y su didáctica, apabullante. Enseñaba siempre, siempre estaba enseñando, incluso con sus silencios. Mucho de lo que soy se lo debo a él y todo lo demás, que es muchísimo, se lo debo a mi madre: a Pilar, a Pili. Pero no quiero que las navidades sean tan breves como la visita de un médico, como Juanjo las quería, las prefiero como las asumía mi madre, con la bondad y ternura que le caracterizaban y que tenían un gráfico e irrepetible momento cuando montaba su belén. Un belén que instaló hasta dos meses antes de morir, cuando ya tenía 95 años y el corazón desgarrado por la muerte de dos hijos, cuchillo aún más hiriente que el de la senectud. Si hay algo terriblemente doloroso para una madre, doy fe porque he sido testigo directísimo de ello, es la muerte de un hijo; más aún la de dos como le sucedió a ella. A pesar de su dolor, a pesar de su avanzada edad, a pesar de todos los pesares, que fueron muchos, mi madre siguió montando su belén hasta en sus últimas navidades en 2022. Su belén, más que una geografía galilea, era casi un zoológico pues estaba lleno de animales: ovejas, cabras, gallinas, conejos, palomas… que ella colocaba con mimo y cariño para dar calor a ese niño Jesús precioso de su nacimiento, tan bello que su cara parecía un trozo de una luna caída en medio de la plaza, de cualquier plaza despoblada de la provincia, como dice una bonita seguidilla de Pastrana. Pili se comía a besos a su niño Jesús. Siempre se comió a besos a sus niños, también al de su singular belén que ella montaba con ilusión, incluso cuando la vida le había arrebatado casi todas las ilusiones. Más que en el belén de mi madre, está en mi propia madre el ejemplo de la mejor Navidad. Dios nace de verdad, todos los días y a todas horas, en corazones como el suyo. Y a quienes no crean en él y vayan a celebrar solo una Navidad por lo civil, hartos de casi todo lo material, pero vacíos espiritualmente, quiero que reflexionen sobre estos versos de la poeta bilbaína, Ángela Figuera, que dicen que “Cuando nace un hombre / todos tenemos un hermano”. Navidad es un apócope de natividad y es la historia de un niño muy especial que nace cada año, incluso en los corazones de quienes no le esperan.

El puente sin pecado original

Lo que suele pasar por debajo de un puente es agua o, cuando menos, entre sus ojos, pilares y tajamares debe haber un cauce si estamos en tiempos de sequía, algo que parece ser progresivamente más pertinaz, aunque de vez en cuando la excepción de la lluvia confirme la regla de la notoria falta de ella. Pero hay puentes, como el reciente de la “Inmaculada Constitución” —permítaseme esta licencia de sincretizar ambas fiestas con apenas 24 horas de distancia entre ellas, una por lo religioso y la otra por lo civil, que el calendario nos brinda cada año en vísperas de Navidad como su antesala—, por los que debajo de ellos no pasa el agua, sino una especie de ensayo de lo que está por venir —que eso y no otra cosa significa el tiempo litúrgico del Adviento— y que es la celebración del cumpleaños del niño Jesús, como dice mi nieto, Darío, mi pequeño precioso, mi cómplice, mi aliado con nombre de poeta y luces largas en los ojos.

                La de la Inmaculada, o la de la Purísima que tanto da, es la festividad más entusiastamente española de cuantas hay en el calendario cristiano. La cada vez menos católica España —al menos en número de practicantes, según confirman estudios y encuestas, pero que durante siglos estuvo considerada, junto con Irlanda e, incluso, por delante de Italia, como “la reserva espiritual de occidente”— fue la nación que, a través de su entonces muy influyente iglesia local, más empeño puso para que se declarara la virginidad de María como dogma. Fue el concilio de Trento, mediado el siglo XVI, el que ya proclamó que la Virgen estaba “libre de pecado”, si bien el dogma de la Inmaculada no fue confirmado oficialmente por el Vaticano como tal hasta mediado el siglo XIX cuando el Papa Pio IX, en la bula “Ineffabilis Deus”, así lo promulgó el 8 de diciembre de 1854, de ahí que se fijara en esta fecha la celebración de su festividad. Previamente, desde 1760, la Inmaculada Concepción de María ya fue declarada patrona secundaria de España; la primera, obviamente, era y es la Virgen del Pilar, aparecida según la tradición al apóstol Santiago en Zaragoza cuando éste ya desesperaba al ver que los pueblos ibéricos no renunciaban a sus dioses tribales y se negaban a aceptar a Jesucristo como su único Dios y Salvador.

Monumento a la Purísima Concepción, obra de José del Sol, en Taracena

Según he comentado, la iglesia española siempre fue muy entusiasta de este dogma que otras iglesias cristianas heterodoxas, como la protestante o la anglicana, cuestionan y se ciñen a hablar de él como de una tradición o lo limitan a estimarlo una advocación mariana más de tantas como hay. La españolidad, valga la expresión, del dogma de la Inmaculada es tan reconocida en Roma que hasta la llamada “Columna de la Inmaculada Concepción”, que data del siglo XIX y representa a la Virgen María, está situada en el centro de la capital italiana, en la Piazza Mignanelli, en la parte sureste de la popular Plaza de España, frente a la embajada de nuestro país. Incluso algunos Papas, como Pio XII y Juan Pablo II, se refirieron siempre a España como “la tierra de María” por la evidente devoción mariana de nuestro país, con infinidad de advocaciones locales extendidas por todo el territorio y, expresamente, por su fervor hacia el dogma de la Inmaculada. De hecho, la del 8 de diciembre, es una de las pocas fiestas nacionales religiosas “no sustituibles”, cuando en España cada vez son más reemplazables casi todas las fiestas —y otras cosas de guardar— por el centrifugado autonómico que prefiere festejar a sus propios “dioses”, santos y fastos tribales antes que los asumidos y compartidos con los demás pueblos hispanos, siempre vecinos y hasta hace poco también hermanos, pero que ahora ya no pasan de primos. Y cada vez más lejanos. Traza hoy una simple línea en un mapa que mañana será una frontera.

                Si, como hemos visto, la Inmaculada o la Purísima Concepción es una advocación muy española, también lo es muy guadalajareña. Esta afirmación es avalada por el hecho de que 28 pueblos de la provincia tengan dedicadas sus iglesias parroquiales a este dogma mariano; a ello se suman 8 ermitas con esta advocación, dos monasterios activos —las concepcionistas franciscanas de Guadalajara y Pastrana—y dos ya exclaustrados —Almonacid y Budia—. Curiosamente, las tres actuales cabezas de partido judicial de la provincia: Guadalajara, Molina de Aragón y Sigüenza, albergan monumentos dedicados a la Inmaculada o la Purísima Concepción, al igual que Taracena —el pueblo de mi madre y, por tanto, el mío, como siempre que tengo ocasión proclamo—, donde una extraordinaria imagen de la Virgen, obra de José del Sol, preside el atrio y dialoga con la iglesia a ella dedicada. Otras ocho localidades provinciales también tienen vínculos significativos con la Inmaculada, entre los que destacan que Molina celebre, en la víspera de su festividad, entre otros actos presididos por el fuego, la primera “misa del gallo” del tiempo de Adviento, gracias a una bula de León X que data de 1518, y Horche acoja sus doce “Hogueras de la Purísima”, tantas como hermanos tiene la cofradía de igual nombre cuya historia se remonta al siglo XVII. En Romanones, igualmente en la noche del 7 de diciembre, tienen lugar las hogueras o luminarias de la Purísima, un evidente rito purificador en el que los jóvenes saltan el fuego mientras dan vivas a la Virgen por su pureza y después se entregan a la pitanza comunitaria.

                Pasado su puente, hemos hablado de la Inmaculada, pero ¿y de la Constitución? Como a la rosa del poema más breve y bello de Juan Ramón Jiménez, “no le toquéis ya más” que así es ella.

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