La casa del Duque en su viejo palacio

​Como es sabido, los Arteaga y Martín, titulares del ducado del Infantado y de su patrimonio, han solicitado la ejecución de una sentencia que les daba la razón en el contencioso-administrativo que plantearon hace ya tiempo por el que reclamaban que se habilitara dentro del palacio del Infantado una vivienda para la familia, de acuerdo con el convenio que en los años sesenta firmaron con el Estado por el cual cedían la mayor parte del uso y propiedad del histórico edificio para su restauración y posterior reutilización como continente de actividades culturales. Ese convenio, firmado hace ya más de 50 años, permitió que el palacio que a Cela le pareció en 1946 -cuando hizo su viaje a pie a la Alcarria que dos años después convertiría también en literario- un “edificio hermoso” y “grande como un convento o un cuartel”, pero que estaba “en el suelo”, pudiera levantarse y recuperar su imagen y dignidad como el edificio más representativo y emblemático de la ciudad que es. Su restauración permitió, no solo poner en pie el palacio, sino también darle usos culturales de referencia, fundamentalmente como Biblioteca Pública, Museo y Archivo Histórico Provincial, una intervención recuperadora en la que, por cierto, como asesor histórico, participó muy activamente el entonces Cronista Provincial, Layna Serrano, cuya labor no estuvo exenta de polémica al recomendar una serie de cambios, especialmente en la fachada, que no gustaron a todos por ser muy notorios respecto a la original.
​Restaurado el edificio con mayor o menor acierto, el caso es que el Ducado del Infantado cumplió su parte del convenio y la Administración gran parte de la suya, pero no toda, como la justicia ha reconocido a los Arteaga -herederos de los viejos y poderosos Mendoza- concediéndoles derecho a tener una vivienda de uso privativo en el que fuera el palacio mendocino más señero en la ciudad, aunque no el único, como es bien sabido. En varias ocasiones y con varias propuestas, intentándolo de forma negociada y no forzada por orden judicial, la familia ha pretendido hacer valer su derecho habitacional en el Infantado, pero hasta ahora no se ha concretado, por lo que han decidido pedir la ejecución de la sentencia. Como también es conocido, ante este hecho se ha constituido una plataforma ciudadana, bajo el nombre de “Abraza el palacio”, que se opone frontalmente a que el Duque del Infantado actual tenga una vivienda en el que fuera palacio de su familia. Las últimas noticias al respecto de este tema, hechas públicas por el propio alcalde de la ciudad, Antonio Román, apuntan a que el Ayuntamiento va a denegar al Duque la licencia de obras que ha presentado por incumplir las vigentes ordenanzas municipales. El motivo en que se basaría la denegación de la licencia es en la existencia de una incompatibilidad urbanística, recogida en la ordenanza 09 del actual Plan de Ordenación Municipal (POM), entre el uso público del palacio y la existencia de una vivienda privativa dentro del edificio, puesto que la ordenanza solo establece la opción de residencia para guardeses o personal del Palacio.
​Ante esta situación de bloqueo del asunto, caben dos caminos: que el Duque renuncie a su derecho a vivienda en el palacio, a título gratuito -me da que va ser que no- u oneroso -mediante indemnización- o, como ha sugerido el alcalde tras consultar a los técnicos municipales, que se habilite esta residencia en los espacios que ya ocuparon en su día las dos viviendas que había en el edificio, una usada durante muchos años, en su calidad de directora de la Biblioteca, por Blanca Calvo -por cierto, una de las personas que más se han significado en apoyar “Abraza al Infantado”- y otra por el director del Museo, cuando lo fue Dimas Fernández-Galiano, que solo residió un tiempo en ella. Entiendo que para que se de esta posibilidad, habría de modificarse puntualmente la ordenanza pues, evidentemente, el Duque ni es “guardés” ni “personal” del Palacio.
​Sería un gran gesto para la ciudad que el Duque renunciara a su vivienda de uso privativo en el palacio del infantado, pero, obviamente, eso solo depende de él. Si no declinara el derecho que le ha otorgado la justicia, me parece razonable la propuesta que ha hecho Román porque, lógicamente, apenas se impactaría en la arquitectura del palacio si se recupera un espacio para vivienda que ya lo fue durante muchos años y este mismo hecho avala que es perfectamente compatible un uso predominantemente cultural en el edificio, con uno residencial residual. Llegados a este punto quiero recordar y resaltar que la propiedad privada es un derecho constitucional que ya recogía nuestra primera carta magna, la liberal “Pepa”, de 1812, que en su artículo 4 señala que la Nación está obligada a conservarla y protegerla «por leyes sabias y justas». Al igual que Blanca Calvo ejerció su derecho al uso de una vivienda en el palacio durante muchos años por ser directora de la Biblioteca Pública Provincial, que entonces tenía allí su sede y así lo contemplaba el entonces vigente Reglamento de la Función Pública, el Duque del Infantado puede ahora ejercer el suyo a tenerla en propiedad porque una sentencia judicial se lo ha otorgado, aunque, está claro, respetando las ordenanzas municipales y las leyes del patrimonio que sean de aplicación.
​Termino diciendo que a mí lo que, de verdad, me preocupa del palacio es que se restaure, mejore y renueve, lo antes y lo mejor posible, todo lo mucho que hay que restaurar, mejorar y renovar en el edificio y que el Museo que acoge, hace ya un tiempo en exclusiva tras salir de él la Biblioteca y el Archivo, deje de estar entre los provinciales de bellas artes menos visitados de España y que menos piezas de valor histórico-artístico reúne. Solo con el material procedente de Guadalajara que está en los almacenes, sin exhibirse al público, en museos como el Prado, el de Arqueología Nacional, el del Ejército, el Cerralbo y otros, ya aumentaría en mucho el interés y el valor de nuestro Museo Provincial.

¡Qué fuerte lo del Fuerte!

Como comentaba en mis dos entradas anteriores, el asunto de la no-independencia y la no-república de Cataluña podía dar para un hilo interminable, como la fantástica historia fantástica de Michael Ende, pero yo ya lo dejo en este punto porque no quiero contribuir ni un post más a hacerle el juego a la “gallineta” de Puigdemont, un personaje más cerca de lo bufonesco que de un político serio que, eso sí, ha hecho mucho daño a Cataluña y a España y parece empecinado en “sostenella y no enmendalla” para seguir haciéndolo. Asumo como propio el titular del “Periódico de Cataluña”, de 1 de noviembre: “President, déjelo ya”. Corto y cambio.

Ni es el momento -porque el asunto catalán está contaminando de ruido la cuestión- ni este el lugar -por limitaciones de espacio- para reflexionar sobre las consecuencias del Estado de las autonomías que devino con la Constitución del 78, buena pero imperfecta, claro está. Las causas de que surgiera esa estructura territorial son de todos conocidas: dar respuesta y cauce a las reivindicaciones de descentralización de las comunidades llamadas “históricas”, pero, repito, las consecuencias del “café para todos” -o sea, autonomía para todas las regiones, incluidas las inventadas, como Castilla-La Mancha-, evidentemente no han sido todas malas, pero sí han traído algún grave mal, fundamentalmente la creación de 17 nuevos centralismos y el surgimiento de fronteras, si no físicas, sí administrativas entre esas autonomías. Un mal que cada día padecemos más los ciudadanos, sobre todo los que vivimos en una región del vagón de cola del tren del progreso nacional, como es la nuestra, pero al lado de una potente locomotora como es la vecina Madrid. Meco es hoy casi más frontera para Guadalajara que La Junquera entre España y Francia.

Como ejemplo de lo que estoy diciendo podría poner muchos en los ámbitos de la sanidad, la educación, los servicios sociales, etc., pero hoy quiero abordar, aunque solo sea someramente, un hecho político que el centralismo toledano urdió hace ya 15 años y que aún colea, incluso en los tribunales de justicia: la declaración de los terrenos y los edificios del Fuerte de San Francisco, en Guadalajara, como “Proyecto de Singular Interés”. Así se produjeron los hechos, de forma muy resumida: Por acuerdo del Consejo de Gobierno de la Junta de Comunidades, de 26 de noviembre de 2002, este órgano prestó conformidad a la propuesta urbanística de la Consejería de Obras Públicas para la construcción de 665 viviendas protegidas, dotaciones y equipamientos en El Fuerte de San Francisco. Este acuerdo manifestaba “el interés regional de la propuesta como soporte para la ejecución de la política regional en materia de vivienda sujeta a protección pública, así como para la obtención de dotaciones y equipamientos destinados a la provisión de los correspondientes servicios públicos para los ciudadanos”. O sea, en cuanto los militares se marcharon del Fuerte tras siglo y medio de presencia en él -1 de enero de 2000- y el Ayuntamiento de Guadalajara se proponía actuar en el conjunto de esos terrenos tras firmar un convenio con el Ministerio de Defensa, la Junta decidió tirar de un artículo de la LOTAU -la Ley de Ordenación del Territorio y la Actividad Urbanística de la región- que hasta ese momento jamás se había aplicado y, sin contar con el ayuntamiento de la ciudad, en una maniobra política centralista y centralizadora, decidió declarar el Fuerte como Proyecto de Singular Interés, con la intención de construir 665 viviendas protegidas, al tiempo que con la obligación de dotar al sector de equipamientos públicos y de rehabilitar y poner en disposición de uso también público los edificios históricos del viejo cantón militar.

La música de aquel PSI sonaba bien, pero ¿la letra, se cumpliría la letra? Como todo esto llegó unos meses antes de las elecciones locales y autonómicas de 2003, este proyecto fue descaradamente instrumentalizado por el PSOE para intentar arrebatar al PP el ayuntamiento de la capital, que gobernaban los populares desde 1992, al tiempo que para relanzar las opciones de Barreda en la provincia, que ni era Bono ni se le parecía como candidato. Hasta folletos se hicieron -que pagamos todos- vendiendo que en el Fuerte se iban a hacer, no solo viviendas protegidas y a precios de baratillo, sino equipamientos como residencias de mayores, de estudiantes, centros culturales, sociales, instalaciones deportivas… y, por supuesto, se rehabilitarían y pondrían en uso los edificios históricos del Fuerte. Aquello no parecía perfecto, sino pluscuamperfecto.

Hoy, quince años después de aquel “toledanazo” -o pelotazo toledano, como prefieran- hagamos balance del PSI del Fuerte: es evidente que se han construido las viviendas -el proyecto en el que trabajaba el ayuntamiento contemplaba., incluso, la construcción de más-, pero la Junta, lejos de poner un euro, fue quien vendió los terrenos y obtuvo su lucro correspondiente. De los equipamientos públicos previstos en el proyecto, solo hemos visto hasta ahora la construcción del “Espacio TYCE” y, de la rehabilitación de los edificios históricos, tan solo se han restaurado la iglesia y, parcialmente, la cripta de los Mendoza; y no solo con fondos regionales, sino también estatales. ¿Y a lo demás, o sea, el antiguo monasterio franciscano, el taller de forja y el resto de naves del antiguo TYCE, cuándo les llega su hora? Como recordó el alcalde de Guadalajara en la última sesión municipal acerca del “estado de la ciudad”, celebrada hace unos días, el ayuntamiento se vio obligado a denunciar a la Junta por el incumplimiento del convenio que firmó con el consistorio y por el que se comprometía a abordar estas inversiones como promotora que era del conjunto del sector y una reciente sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha ha condenado a la administración regional a llevarlas a cabo e, incluso, a pagar las costas del pleito.

En ese ejercicio de despotismo que fue el PSI del Fuerte –“todo para Guadalajara, pero sin Guadalajara”-, la Junta hizo más política que verdadera gestión de interés público, pero lo vendió bien, como si el antiguo enclave militar, de su mano y no de la del ayuntamiento, fuera a convertirse en una ínsula Barataria. Pasado el tiempo -mucho, demasiado- se ha comprobado que la administración regional asumió los beneficios de aquel proyecto, pero no las cargas que conllevaba. Y no lo digo yo, lo ha dicho una sentencia judicial ¡Qué fuerte!

La gallineta segur que tomba

(La gallinita seguro que cae)

Esta nueva entrada podría haberse titulado “¿y ahora qué? (2)” y, dada la incertidumbre presente y previsiblemente también futura que envuelve al ya bautizado como “problema catalán”, es muy probable que le pudieran seguir muchas otras con el mismo título y ordinales in crescendo. Si tras el no-referéndum proindependentista del 1 de octubre nos preguntábamos qué iba a ocurrir a partir de ese momento por la confusión del estado de cosas y la reiterada desobediencia legal en que el gobierno de la Generalitat se había instalado, hoy nos lo volvemos a preguntar después de conocer la ambigua -y cínica- respuesta que Puigdemont ha dado al ultimátum que le había planteado Rajoy para que aclarara si el pasado 10 de octubre había declarado o no la independencia en el parlamento catalán, aunque luego la suspendiera ipso facto.

Los estereotipos adjudicados a los caracteres y rasgos personales de los habitantes de un determinado lugar, pongamos que hablo ahora de regiones, suelen ser muy injustos porque juzgan e igualan a todo el mundo por el mismo rasero, cuando las personas, por definición, independientemente del solar donde radiquen nuestra cuna y/o habitación, somos diferentes, incluso dentro de una misma familia. Prueba de lo que digo es que si los gallegos son tenidos por ambiguos y los catalanes por poseer mucho “seny” -sentido común-, las actuaciones del, solo protocolariamente, “molt honorable” presidente de la Generalitat de los últimos tiempos parecen ser más propias de un gallego que de un catalán pues son muy ambiguas y están muy alejadas del sentido común, que Dios me libre de negar a los gallegos. Efectivamente, Puigdemont hizo todo un alarde de ambigüedad -y de hipocresía- en la sesión del parlamento catalán en la que, supuestamente y según las ilegales “leyes de desconexión”, previamente aprobadas a la búlgara, iba a declarar “de forma solemne” la independencia de Cataluña y su constitución como república, quedándose en una declaración meramente retórica. Además, para llevar su ambigüedad -y doblez- a límites extremos, suspendía unos segundos después esa no-declaración para abrir “un período de diálogo”, intentando vender una buena voluntad y un buen rollito tipo “flower power” que jamás han tenido, ni él, ni los socios que le acompañan en esta, llamémosle por su nombre, traición a España y a los españoles y, por tanto, a Cataluña y los catalanes, aunque muchos de ellos sean colaboradores necesarios en esa felonía. Ante las dudas creadas por Puigdemont en su declaración -o no- de la independencia de Cataluña, el gallego presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, le emplazó con fecha y hora límites a que aclarara si había declarado o no a Cataluña independiente, a lo que, vencido el plazo, el supuestamente “molt honorable” ha vuelto a responder de forma ambigua, más a la gallega que a la catalana si recurrimos a los estereotipos, aunque hace ya tiempo que a Cataluña no la conoce ni la madre que la parió y está más en la “rauxa” -el arrebato, la subversión- que en el “seny”. Mala elección esta de la Cataluña bifronte, como Jano.

El ambiguo texto de la contestación que el presidente catalán ha dado a Rajoy cuando éste le pedía una respuesta breve y concreta es una prueba más del dislate y la huida hacia adelante en las que el “govern” lleva instalado desde que las radicales y antisistema CUP sumaran sus escaños a los de “Junts pel sí” para caminar de la mano contra el derecho y la razón, contra viento y marea, hacia una independencia que no quieren, al menos, la mitad de los catalanes ni la inmensa mayoría de los españoles y de los europeos, con lo que, además de ser legalmente imposible, es racionalmente inaceptable que se persiga de esta forma. Esta no-respuesta de Puigdemont, además de ambigua y errática, es muy cobarde, muy gallina, porque con ella no busca un diálogo “sincero”, al que apela en ella de forma cínica e hipócrita, sino seguir eludiendo sus responsabilidades penales y civiles, que son aún más graves que las políticas, pero que, más pronto que tarde, el estado de derecho le debe hacer pagar si no rectifica, algo ya improbable. Pedir diálogo fuera de la ley al gobierno central es de locos, máxime si lo piden quienes ni siquiera lo han practicado con la oposición en el parlamento catalán cuando han tramitado sus “leyes de desconexión”, saltándose a la torera -y eso que están prohibidos los toros en Cataluña– la Constitución española, el Estatuto catalán, el reglamento del parlamento autonómico y las más elementales normas que han de regir una cámara legislativa mínimamente democrática. Los hechos de los independentistas han enmerdado tres palabras con las que se llenan la boca: democracia, diálogo y paz, al tiempo que les han hecho nada fiables por no reconocer ni respetar las leyes que no les gustan; mal bagaje para ir a ninguna parte.

Me dio mucha pena oír decir hace algunas semanas al cantautor independentista Lluis Llach que habría que castigar a los funcionarios que no acataran el “procés” de autodeterminación; o sea, él que fue uno de los referentes de la “nova cançó”, que tanto admiramos algunos y cuyas canciones creíamos que eran puertas abiertas a la libertad, resulta que quiere atar a la “estaca” de la república catalana a los catalanes que no piensan como él y al resto de españoles al pretender robarnos la soberanía nacional; pero seguro que ese despropósito en fondo y forma “tomba, tomba, tomba” (cae, cae, cae), como proclamaba su propia canción, precisamente titulada “La estaca”, por la fuerza de la ley y la de la razón. Termino ya con otra de las más conocidas canciones de Llach, “La gallineta”, que me ha recordado mucho la cobarde actitud de Puigdemont al refugiarse en tablas, como los toros mansos, a la hora de contestar a Rajoy: “La gallina ha dit que no, visca la revolució” (la gallinita ha dicho que no, viva la revolución). Aunque, bien mirado, esta gallineta no ha dicho ni que sí ni no, si bien todos sabemos que lo que ha querido decir es que sí, aunque no se ha atrevido. Y lo de “visca la revolució” se lo cantarán las CUP mientras los de ERC harán los coros.

P.D.- En vez de hablar del “problema catalán” -en realidad es español-, me hubiera gustado dedicar este post a tratar sobre la declaración de Guadalajara como “Ciudad Europea del deporte 2018”, una extraordinaria noticia que viene a hacer justicia al magnífico trabajo que Eladio Freijo viene haciendo al frente de la concejalía de Deportes desde hace ya diez años. Concejales como él dignifican la política y la hacen muy muy grande. Vayan también mis felicitaciones a todos los que han colaborado con Eladio para que se haya producido este importante reconocimiento, desde el alcalde y resto de concejales hasta el empleado más novel del Patronato de Deportes y, por supuesto, a las gentes del deporte de la ciudad: federaciones, clubs, colegios de árbitros, centros escolares, asociaciones, voluntarios, practicantes activos y aficionados en general.

¿Y ahora qué?

¿Y ahora qué? Esa es la pregunta que nos hacemos tras el “domingo triste” que vivimos ayer todos los españoles, incluso quienes quieren dejar de serlo, por causa del referéndum ilegal que el gobierno catalán se empeñó en celebrar y el español en que no se celebrara, quedando los empeños de uno y otro a mitad de camino, aunque la ley estuviera y siga estando de parte del segundo y la ilegalidad y la obcecación continuadas de parte del primero. Por si a alguien le entra la duda de mi posible equidistancia en este asunto por lo que llevo escrito, se la disipo ya mismo: estuve, estoy y estaré, como demócrata, con la legalidad, y rechacé, rechazo y rechazaré a los que la pretenden alterar por la vía de los hechos y no del derecho; esos sí que son fascistas -vean su definición si no en el diccionario de la RAE-, “fachas” si lo prefieren, y no quienes portamos banderas de España, aunque sea sin tremolarlas a más viento que el del corazón, como es mi caso.

Si bien los principales culpables políticos -y responsables civiles y penales, por supuesto- de todo lo que ocurrió ayer en Cataluña son el gobierno catalán y sus socios antisistema y ácratas de la CUP, sinceramente creo que el gobierno de Rajoy debía haber medido mejor los tiempos y no dejar que las cosas llegaran hasta donde lo hicieron porque, aunque sin duda lo hizo por sensatez, prudencia y moderación, intentando devolver a ellas a Puigdemont y sosias, los antecedentes en el comportamiento de esta “tropa” dejaban entrever que no se bajarían del burro -de raza catalana, por supuesto, o sea, robusto y cabezón- y que echarían un pulso al Estado que, aunque lo perdieran en el fondo, algo de rédito les dejaría en las formas. Ese rédito se lo llevan cobrando desde primera hora de la mañana del domingo en que comenzaron a aparecer en los medios de comunicación y las redes sociales las imágenes de unos queriendo votar a la fuerza y la Policía y la Guardia Civil -la gran mayoría de los Mossos estuvieron ayer en Belén, con los pastores, y espero que no les salga gratis- tratándoselo de impedir, también a la fuerza. Y aquí tampoco cabe la equidistancia porque las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado cumplían las órdenes de los jueces y del gobierno, mientras que quienes se enfrentaron a ellos querían pasarse el estado de derecho por el forro de la entretela de sus barretinas, tan caladas hasta los ojos que no ven, mejor dicho, no quieren ver lo que no les apetece ver.

Pero sí, fue un domingo triste porque no es agradable ver escenas tan crispadas y violentas como las que ayer se produjeron en algunos colegios y que están sirviendo para nutrir el victimismo de los independentistas y, con ello, cargar con algo de razón su sinrazón; a ello están contribuyendo algunos medios de comunicación nacionales y bastantes internacionales. En el primer caso, por línea editorial y/o intereses empresariales, pero, en el segundo, simplemente porque es más noticia la sangre corriendo por la cara de un independentista golpeado por un policía que informar a los lectores del articulado de la Constitución española que dice que, si ésta no se reforma, no es posible la independencia de ninguna región, ni poner en marcha ningún proceso que encamine a ello. Y, de paso, recordar también que, si no se respeta la ley, no hay democracia, porque reducirla al simple ejercicio del voto, como los del “procés” pretenden, es tan mendaz y avieso como juzgar a todos los catalanes por un mismo rasero. En todo caso, esa es la batalla que ganaron los independentistas en su “referéndum” paranoico: hacerse visibles ante el mundo -ayer colocaron Cataluña en el mapa y conocieron las reivindicaciones de los independentistas muchos millones de personas- y, además, como víctimas de un Estado que les “oprime” y del que se quieren ir, entre otras razones, porque, precisamente, les oprime y “no les deja ser libres”, un discurso que vende mucho pero que es más tramposo y felón que la voluntad de diálogo del gobierno catalán. El nacionalismo, que es el independentismo disfrazado, es experto en la manipulación y en dar la vuelta a las cosas hasta situarlas donde le conviene.

Hablaba antes del eco que tuvo ayer el pseudo-referéndum catalán en la prensa internacional y he recordado un artículo sobre esta cuestión que apareció el día 21 de septiembre en el prestigioso diario francés Libération -fundado por Jean Paul Sartre, pro-marxista en su inicial línea editorial, pero actualmente situada en el centro izquierda- y que, por su interés y oportunidad, me hizo llegar el sábado un buen amigo. No tiene desperdicio la pieza porque pone los puntos sobre las “íes” al “procés” y califica al separatismo catalán de “nacionalismo obtuso, racista y excluyente”, además de considerarle un grave peligro para Europa. El artículo es realmente contundente, pero este párrafo, demoledor: “El relato hábilmente desplegado por el campo separatista está a mil leguas de este movimiento cultural y democrático, europeo y abierto. Se encuentran, repetidos como un mantra, todos los clichés del nacionalismo más obtuso, teñidos de racismo, de desprecio de clase, incluso de una forma de supremacismo cultural: de un lado el “nosotros”, un pueblo educado, trabajador, progresista, honesto, republicano y europeo. Del otro, “ellos”, canalla ibérica retrógrada, perezosa y corrupta, atada a una monarquía desacreditada a fuerza de escándalos y perpetuamente retrasada respecto a la hora europea”. El artículo del diario francés acaba con este pronóstico, que asumo como propio y da respuesta, aunque sea de forma indirecta, a la pregunta que encabeza este post: “Si un solo régimen constitucional -húngaro, polaco u hoy español- es derrocado por la subversión de las reglas democráticas en beneficio de un partido o coalición con pretensión hegemónica y mesiánica, habrá que escribir la necrológica de Europa como espacio fundado sobre la separación de poderes y el imperio de la ley”.

Nuestra Constitución tiene la característica de ser rígida, pero ni está petrificada ni es inmutable. Es posible reformarla -el Título X está dedicado a ello-, pero no al gusto y el antojo de unos cuantos españoles, por muchos que sean y mucho ruido que hagan, sino al de una amplia mayoría porque esa es la única forma de que tenga vigencia y de ella se saque el provecho que la del 78 nos ha aportado: casi 40 años de democracia, libertad, justicia y paz.

Ciclos

Cuando me he dispuesto a escribir esta nueva entrada, ha venido a mi recuerdo un gran trabajo discográfico de un mítico grupo musical español, “Canarios”, concretamente el que tituló “Ciclos” y que estaba inspirado en una de las composiciones de música clásica más populares y reconocidas: “Las cuatro estaciones”, de Vivaldi. Aunque es la parte dedicada a la primavera la más conocida y reproducida de las cuatro estaciones, tanto de Vivaldi como de “Canarios”, a mí siempre me han gustado especialmente, tanto en la versión original como en la variación inspirada en ella, las referidas al otoño que, si se comparan unas con otras, no dejan de ser a su vez unas variaciones de la primavera porque, en el fondo, ambas estaciones son la cara A y la B de un mismo tiempo, el amanecer y el ocaso de un mismo día, la luz y la sombra que emana del pábilo de una vela que encendida o apagada.

Dando por hecho que una gran mayoría de lectores han escuchado muchas veces la versión clásica de “Las cuatro estaciones” y que tienen perfectamente interiorizada, al menos, la melodía básica de “La primavera”, propongo a quienes no hayan escuchado nunca la moderna que hizo “Canarios” que traten de hacerlo porque, si bien para gustos están, no solo los colores sino también las músicas -y, afortunadamente, muchas cosas más-, “Ciclos” es un buen trabajo musical de un grupo español de los 70 que quiso ir, y fue, mucho más allá de lo que se hacía en nuestro país en esos años. El rock sinfónico de Canarios, grupo liderado por Teddy Bautista -sí, el del reciente follón con las cuentas de la Sgae-, sublimado en “Ciclos”, tenía su referente en grupos muy importantes y de reconocido prestigio a nivel mundial, como Emerson, Lake and Palmer o Focus y, aunque no alcanzaron ni su nivel, ni su fama, ni su longevidad, su trabajo fue más que digno y, sobre todo, valiente, no osado. Este trabajo de “Canarios”, como decía, está basado en “Las cuatro estaciones”, de Vivaldi, pero no es una interpretación de ésta con instrumentos electrónicos, sino que desarrolla melodías que la integran. En “Ciclos”, la primavera, el verano, el otoño y el invierno del año solar son sustituidas por cuatro “actos o transmigraciones” -así se denominan en el álbum original- dedicados al nacimiento, juventud, madurez y vejez de las personas.

¿Y a qué viene este canto a Vivaldi y, sobre todo, a Canarios? Como ya anticipaba al principio, ha sido ponerme a escribir y la inspiración llevarme a los “Ciclos”, tanto del gran compositor italiano como del grupo español, porque si hay un ciclo que en Guadalajara termina, da paso a otro y se acusa de forma remarcada es, precisamente, el que estamos viviendo en estas horas que llegan tras el final de las Ferias de la ciudad. Con la última explosión de luz, color y sonido de los fuegos artificiales que el domingo, 17, pusieron el colofón a las fiestas de la capital ha caído el telón del verano y, con él, lo que este tiempo conlleva, resumidamente calor, vacación y fiesta. Ahora ya toca frío -de momento solo fresco, como aquí llamamos al mismo frío cuando lo hace de verdad, en un ejercicio casi eufemístico-, trabajo -ojalá fuera para todos y, además, bien remunerado- y hábitos de diario, que tienen su virtud, pero casi siempre la lastran la monotonía y el aburrimiento.

Si cuando llega el final de las vacaciones de verano, sea en julio, agosto o septiembre, los cuerpos lo acusan de aquella manera y, cada vez con mayor frecuencia, más que carne de cañón, son carne de diván de psicólogo para aliviar el llamado “síndrome posvacacional”, el final del verano, producido al tiempo que el de las fiestas de la ciudad, es una dura coincidencia que, para muchos, sobre todo los más jóvenes, termina de rematar el hecho de, acabado lo bueno de golpe, tener que reiniciar la disciplina y rutina del estudio o, peor aún, de la búsqueda de trabajo, que a veces parece la del unicornio, un mito irreal e inalcanzable.

Ya ven que, a pesar de que peino canas, de que mis vacaciones las terminé antes de comenzarlas y de que las Ferias apenas me han rozado, mi cuerpo y mi espíritu están aquejados del palo que para ellos trae este tiempo en el que se nos va un ciclo de exteriores y de expansión y se aviene otro de interiores y de regresión; y no me estoy refiriendo a la lineal múltiple, como los matemáticos y afines bien saben. Para mi consuelo, y el de quienes esté contribuyendo a hacer caer en la melancolía propia de este tiempo, me agarro al clavo de que el otoño es la primavera adulta y madura, especialmente en esta provincia en la que las tierras se visten en tonos amarillos, ocres y cobrizos que solo se hayan en las paletas de los mejores pintores. Y para quienes, como “Canarios”, ven en el otoño, no sólo la madurez del año solar, sino la de las propias personas, vaya este verso de Luis de Góngora, un gran poeta español al que el tiempo y el grandioso rival con el que osó discrepar y retarse literariamente, Quevedo, han difuminado en exceso su obra:

Mozuelas las de mi barrio,

Loquillas y confiadas,

Mirad no os engañe el tiempo,

La edad y la confianza.

No os dejéis lisonjear

De la juventud lozana,

Porque de caducas flores

Teje el tiempo sus guirnaldas.

Como verán, en realidad no se trata de una oda a la madurez, sino a la vejez; o sea, al invierno de “Canarios”. Pero denle tiempo al tiempo, que todo llega. Y pasa.

Las Ferias de la Follolla

Como hemos comentado en otras ocasiones por estas mismas fechas, las Ferias de Guadalajara hace ya años que se hicieron tránsfugas del otoño y pasaron a ser de verano, después de nada más y nada menos que siete siglos de celebrarse una semana antes y una semana después de San Lucas (18 de octubre), como concedió en un privilegio otorgado a la entonces villa el rey “Sabio” Alfonso X, en 1260. De aquellas ferias de ganado que se celebraron durante casi 700 años en otoño, casi siempre pasadas por mucha agua y bastante frío, en apenas unas décadas, las cuatro finales del siglo XX, han dejado de ser pecuarias, se han alejado no solo de la festividad de San Lucas, sino también de las del Pilar y de San Miguel, en torno a las que se celebraron algunos años, y se han hecho de verano buscando el calor y el manto siempre protector de la patrona, la Virgen de la Antigua. Una tradición secular y venerada advocación mariana de la ciudad, pero un patronazgo reciente pues data de 1883 y al que precedieron otros, como los de San Agustín y su madre, Santa Mónica, con quienes la ciudad mantuvo votos de patronazgo desde 1364 hasta finales del XIX. Un patronazgo éste que, por cierto, salió de un sorteo, pero esa es ya otra historia.

La verdad es que siempre que se acercan las Ferias echo la vista atrás y me vienen al recuerdo, sobre todo, las que disfruté de niño, en los años sesenta y principios de los setenta, cuando se celebraban en el Parque de la Concordia, en el que las atracciones se disponían siempre en idéntico lugar y era todo un acontecimiento que llegara una nueva porque lo habitual es que se repitieran siempre las mismas. De muy crío sentía una inclinación especial por “El Tren de la Bruja”, que se instalaba junto al kiosco de música; el miedo, controlable y controlado, que me producían aquellas brujas que fustigaban con su escoba a pasajeros y mirones tenía su punto iniciático, precisamente por poder superarlo. Los puestos de tiro, que se situaban en el llamado “Paseo de los curas” -la zona del parque paralela a “La Carrera”– también me atraían mucho, sobre todo aquellos en que, si acertabas a dar con la escopetilla de plomos al pomo de unas coloridas puertas, éstas se abrían y por un carril bajaba una muñeca; el premio por acertar no era la muñeca, no, sino una copa de moscatel, menta, anís o coñac, o un pincho de pepinillo con anchoa, que era lo que nos daban a los menores. O no.

A la adolescencia se llegaba cuando dejabas atrás a la bruja y su tren y las horas muertas se las dedicabas a los coches de choque, los “Skooter Tyris” zaragozanos, que siempre se situaban en la parte baja del parque, cerca de la calle Marqués, que es una de las tres que enlazan Boixareu Rivera con el Arrabal del Agua. En los coches de choque de los años del final de mi niñez y el principio de mi adolescencia, había todo un pase de modelos en los que abundaban los pantalones de campana, los jerseys estrechos y cortos, muchos de cuello vuelto, y los pelos largos, mientras sonaban a tope canciones de Los Bravos, los Brincos, Fórmula V…, como productos nacionales, y Los Archies -y su conocido “Sugar sugar”-, los Bee Gees -entonces con su “Massachussets”, el meloso tema que precedió a su etapa que llevó a las discotecas del mundo la fiebre del sábado noche- y, por supuesto, Beatles y Rolling Stones, como productos de importación de referencia en aquella época en que, al contrario que en el “American Pie” de Don McLean, la música no murió, sino que vivió un impulso decisivo. Un empuje que devino gracias a la radio y, sobre todo, a los equipos compactos reproductores de música -llevándose la palma los de la marca Bettor- y los discos de vinilo, que siempre constituían la primera compra con el primer sueldo de cualquier joven. Entre los coches de coche y el Tren de la Bruja, la Ola; frente a ella, el laberinto de los espejos; un poco más arriba, La Noria, siempre cerca del güitoma y de los caballitos del señor Paco, una persona muy entrañable y que estuvo feriando en Guadalajara hasta muy avanzada edad, pasando por sus cachivaches varias generaciones de guadalajareños. Y no podían faltar, y no faltaban, las tómbolas, las churrerías -recuerdo especial para “La Giralda”– y los numerosos puestos de pinchos -de chorizo, morcilla y lomo, sobre todo- que siempre estaban abarrotados y que se solían situar en la zona del parque más próxima a los números altos de Boixareu Rivera, que son los que van desde la zona que da al paseo de San Roque, el Asilo y las viviendas que están al costado de la calle Amparo, en lo que antiguamente se llamaba el Arrabal de Santa Catalina.

Echada la vista atrás, sin nada de ira y con mucha nostalgia, termino esta entrada con una doble y muy sincera felicitación: Por un lado, a ese gran periodista que hace ya tiempo que es Antonio Herráiz, por el magnífico, emocionante y rabiosamente guadalajareñista pregón de Ferias que ha preparado -y que he tenido ya el privilegio de leer de forma anticipada, lo que le agradezco sumamente- y, por otro, a Armengol Engonga, el concejal de Cultura y Festejos, porque, junto con el competente y profesional equipo de técnicos de protocolo y festejos del Ayuntamiento, ha elaborado un buen programa, a pesar de los recortes que no cesan, y, este año, especialmente, por haber tenido la sensibilidad y el acierto de restaurar de nuevo la comparsa de gigantes y cabezudos. Una comparsa que es historia viva de la ciudad pues su origen se remonta al siglo XVI, cuando formaba parte de la procesión del Corpus, y que, tras ser excluida de ella, durante mucho tiempo pareció ser definitivamente desplazada de nuestras calles y olvidada para siempre, pero que se incorporó a las Ferias por primera vez en 1900 y constituye una de sus más emblemáticas señas de identidad.

A algunos les llamarán mucho más la atención los grandes eventos festivos del programa, pero, aunque hace ya mucho tiempo que dejé de ser niño, lo primero que busco en el programa de Ferias de cada año son los días y las horas en que los gigantes y los cabezudos vuelven a salir a la calle porque, como Saint Exupery, el padre del “Principito”, creo que “el mundo es una cosa muy grande, pero llena de pequeñas cosas hasta los bordes”. Y, con esa filosofía, a mí me parecen aún más grandes de lo que ya son los gigantes que representan a los chinos de la Cotilla, los alcarreños –Roque y Antigua-, los reyes cristianos –Alfonso VI y Constanza de Borgoña-, los africanos –Al Faray y la Princesa Elima– y los americanos –Moctezuma y Malinche-, el Marqués de Santillana y la Princesa de Éboli. También me resultan tremendamente familiares y emotivos los cabezudos del Mañico, Pachi, el Bandolero, Drácula, el Demonio, la Española, la Mestiza, Don Quijote y Sancho -estos dos, representación exacta de los que salieron como gigantes en 1900-, el Visera loca, el Corregidor, Mangurrino -incorporado en 2001 en recuerdo y homenaje al apreciado personaje popular del mismo nombre- y Don Agapito, el más reciente, donado hace diez años a la ciudad por la peña del mismo nombre. Y dejo para el final un cabezudo muy conocido, el de la Vieja, cuya imagen está inspirada, al igual que la de Mangurrino, en un personaje popular de la ciudad -aunque no tan querido como él- que vivió a principios de siglo y a la que se conocía con el nombre de “La Follolla”. Precisamente, la imagen que acompaña este texto, es una fotografía de ella que se publicó en “Flores y Abejas” en 1912.

¡Felices fiestas, paisanos!

El PSOE, Podemos y el marxismo de Groucho

Hay muchas definiciones de lo que es la política pero un par de ellas me han venido a la mente en las últimas semanas, según han ido evolucionando las circunstancias y los acontecimientos que, finalmente, han cuajado en el pacto de gobierno de Castilla-La Mancha entre el PSOE y Podemos, un acuerdo que el mismo Page dice que es puntual y coyuntural  y, por ende, no exportable al gobierno de España, pero que, por el contrario, sus nuevos socios en Fuensalida, a través de su secretario de organización, el argentino-aragonés, Pablo Echenique, dicen que esperan que sea «extrapolable» al conjunto del Estado. Ni soy ni poseo dotes de adivino, pero tengo muy claro que, en el futuro, desde la vuelta al poder en el PSOE de Pedro Sánchez, cual Mc Arthur regresando a Filipinas, si a los socialistas y a Podemos les salen los números para gobernar, gobernarán juntos lo que haga falta: aldeas, villas, ciudades, comunidades autónomas históricas, inventadas y mediopensionistas, naciones pluri-regionales, estados plurinacionales,… hasta comunidades de vecinos  de llegar el caso.

Y vayamos con esas definiciones de política que me han recordado lo visto y oído en las últimas semanas, cuando se estaba gestando el pacto socialista-podemita regional , apenas unos meses después de que los de Pablo Iglesias le negaran a Page su voto hasta para aprobar los presupuestos regionales.

«La política es el arte de lo posible» (Frase atribuida a Aristóteles, Maquiavelo, Bismarck o Churchill)

Como aventajado alumno del ínclito y nunca bien ponderado José Bono que es Emiliano García Page, éste se ha agarrado al posibilismo puro y duro para llegar a este pacto con Podemos cuando, precisamente, era uno de los «barones» socialistas que más apostaba por diferenciarse y distanciarse de los de Pablo Iglesias, especialmente en asuntos como la concepción territorial y nacional de España. El posibilismo de Page, alquilando a Podemos parte del gobierno y sus políticas a cambio de seguir siendo presidente regional -y con ello mantener mucho poder, cargos y sueldos para él y los suyos-,  se ha impuesto a lo que verdaderamente demandaba la situación creada en la región cuando Podemos no apoyó los presupuestos regionales y puso contra las cuerdas al gobierno socialista: disolver las Cortes regionales y convocar nuevas elecciones. Page se limitó a amagar con esa opción y las encuestas hicieron el resto puesto que ninguna les garantizaba que fueran a mantener el gobierno, incluso con el apoyo de Podemos. Éstos, por su parte, también practicaron el posibilismo y decidieron pactar con Page el gobierno, cuando apenas unos meses antes ni siquiera se habían puesto de acuerdo para aprobar los presupuestos.

«La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados» (Groucho Marx)

Es público y notorio que no soy marxista (de Carlos), pero me reconozco un marxista (de Groucho) absolutamente entregado a la genialidad del actor y cómico estadounidense, innumerables veces acreditada en los guiones de las memorables películas que hizo con sus hermanos, pero también en frases que acuñó a lo largo de su vida y que hizo públicas a través de diversos medios. Una de ellas es la que encabeza este párrafo y que, evidentemente, no hay que tomarla en su estricto sentido, sino valorarla con el tono de irónica e inteligente acidez que el hermano mayor de los Marx imprimía a la mayor parte de sus palabras. No obstante, esta frase de Groucho, traída al caso del pacto de gobierno regional que el supuestamente «moderado» Page ha suscrito con los que él mismo ha calificado de radicales en no pocas ocasiones, podríamos decir que la no aprobación de Podemos a los presupuestos de Page hace unos meses -tras negociarlos y parecer que sí los iban a apoyar- fue buscar y encontrar un problema, diagnosticar falsamente que ese hecho obligaría a convocar elecciones de dudoso resultado y, finalmente, aplicar un remedio equivocado: antes que perder el gobierno regional -y con ello, repito, mucho poder, cargos y sueldos-, pactar con Podemos lo que haga falta, inclusive la barbaridad de dar privilegios en su carrera profesional a los políticos que, siendo funcionarios públicos, se dediquen un tiempo exclusivamente a la política. De momento y ante el lógico escándalo y fuerte contestación que había provocado, se ha paralizado, pero que no tengo claro que quede definitivamente aparcado porque los de Podemos, cuando pueden, es que pueden de verdad.

Este pacto posibilista por el gobierno de Castilla-La Mancha entre el PSOE y Podemos va a garantizar que Page siga siendo presidente regional dos años más y que muchos podemitas se coloquen, muy bien colocados, en la Junta, pero también va a traer no pocos problemas de entendimiento en muchos ámbitos y aspectos, entre ellos las relaciones  con la iglesia pues no va a ser fácil que el católico practicante confeso, Emiliano García Page, conviva a diario con un partido cuyos militantes, como por ejemplo los de Vindel, un minúsculo pueblecito de la Alcarria de Cuenca, tuitean cosas como estas: «Exigimos el FIN de las procesiones. Son actos que atrasan nuestra sociedad y ofenden a nuestros hermanos musulmanes«. Por cierto, un tuit completado con el símbolo del martillo y la hoz comunista.

Cinco apellidos guadalajareños

La estadística -mentira relativa muchas veces, pero verdad absoluta muchas más- acaba de dar un disgusto morrocotudo a los nacionalistas más requeté-nacionalistas y que dicen ser menos españoles de todas las “naciones” –Sánchez dixit- que aspiran a ser independientes del Estado español, especialmente los catalanes, que son los que últimamente más buscan sus “muntanyes nevades” diferenciadoras y tratan de poner bien prietas sus “files” para lograr su (des) propósito. Resulta que los cinco apellidos que más proliferan en Cataluña son, en este orden: García, Martínez, López, Sánchez y Rodríguez. Los Pujol, Mas, Puigdemont, Junqueras… aparecen muy retrasados en la relación de apellidos catalanes más frecuentes, aunque, bien pensado, no sé si para disgusto o para regusto de quienes los portan y hacen gala de ellos como si fuera la “prueba del 9” de su catalanidad diferenciadora. En todo caso, siendo tan manipuladores y poliédricos como son los nacionalistas más extremos, seguro que sacan también partido a su favor a esta circunstancia objetiva y curiosa que, simplemente, evidencia que, después de muchos siglos de coexistencia y convivencia en un mismo territorio, de pertenencia a un mismo Estado, de forja de una gran nación común y de numerosos movimientos migratorios internos, los españoles, incluidos los que reniegan de su condición y pretenden elevar sus patrias chicas a naciones y estados, compartimos más cosas de las que nos separan.

Por seguir ahondando en los datos que ha aportado ABC -el diario que ha hecho público recientemente este estudio estadístico sobre los apellidos de los españoles, aunque su origen es oficial pues está fundamentado en las bases documentales del INE-, resulta que los guadalajareños tenemos en común con los barceloneses, no solo que somos españoles, ellos catalanes y nosotros castellanos, sino también que cuatro de los cinco apellidos más comunes en ambas provincias son los mismos: García, López, Martínez y Sánchez, con la única variación de que López es el segundo apellido que más abunda en Guadalajara, mientras que en Barcelona es Martínez, ocupando allí López el tercer lugar. García es el apellido más común, tanto en nuestra provincia como en Barcelona, y los Sánchez son –somos, en mi caso- los cuartos apellidos que más proliferan en ambas provincias. Un hecho sí juega a favor de las tesis diferenciadoras de los independentistas catalanes: mientras el quinto apellido más abundante en Guadalajara es Pérez, en Barcelona es Rodríguez.

Ironías aparte -que ponen muy baratas muchos de los hechos, dichos y silencios del ultranacionalismo de barretina calada al que asistimos-, da mucha pena ver como una de las regiones que siempre ha sido locomotora del progreso de España y a la que, por ello, han ido a trabajar y a vivir numerosos españoles procedentes de otras regiones de peor fortuna, llevando no solo sus brazos y sus hombros, sino también sus apellidos, lleva ya mucho tiempo, demasiado, padeciendo el monotema del independentismo. Un monotema que está dejando de lado muchos otros temas de relevancia: trabajo y prestaciones sociales, sanidad, educación, libertad, seguridad, etc y en el que, sorpresivamente, están empecinados y colaboran opciones políticas y sociales tan radicalmente distintas como PDCAT, la nueva marca de la vieja CiU –un partido de raíces burguesas y que antes bebía en las fuentes del liberalismo y la democracia cristiana-, ERC –la vieja izquierda republicana, rival y enemiga íntima histórica de CiU y de lo que representaba- y hasta la CUP, un batiburrillo de radicales antisistema que han renunciado al internacionalismo de base ácrata que teóricamente inspiró su eclosión para abrazarse al nacionalismo más casposo y trasnochado. Pues bien, estas tres fuerzas políticas, cuya militancia e ideología de base se parecen lo mismo que un huevo a una castaña, se han puesto de acuerdo, no para sacar a Cataluña de la crisis en la que ha estado y sigue estando, aunque parece que va remitiendo, España entera, sino para poner a esa comunidad autónoma patas arriba y, ciertamente, no la conozca ni la madre que la parió.

De estos polvos requeté-nacionalistas solo pueden venir lodos porque no se puede soplar y absorber a la vez, facultad solo accesible a los gallegos de cinco apellidos galaicos. Y resulta que en Galicia los cinco apellidos que más abundan son García, López, Rodríguez, Fernández y González.    

                 

Crónica de un no-viaje y de un pájaro amarillo

El lector asiduo de este blog -a quien aprovecho la ocasión para agradecer su fidelidad, virtud hoy en desuso-, probablemente estaría ya esperando mi entrada de finales de julio que, habitualmente, suelo dedicar a Comillas, la maravillosa villa cántabra que desde hace ya muchos años me tiene ganado el corazón, reconforta mi alma y dilata mis pupilas sin necesidad de colirios, ante la acumulación de belleza que ofrece a mis ojos cada verano cuando regreso a ella para vacacionar con mis queridísimas chicas. Este año, por circunstancias inesperadas que te aguardan en los recodos del camino de la vida emboscadas como bandidos, más que una crónica de un viaje a Comillas, me veo obligado a escribir una contracrónica; o, mejor dicho, la crónica de un no-viaje, porque, de momento, no voy a poder volver a ese lugar que, si aún no lo he hecho, hoy lo proclamo, hace ya tiempo que considero mi patria de adopción, sin renunciar, por supuesto, a la de nación, pues bien sabido es que ejerzo de guadalajareño militante.

No sé cuántas crónicas de un no-viaje se han escrito, supongo que no demasiadas, porque es poco menos que intentar jugar al absurdo o tratar de hacer posible lo imposible; pero, como empeño y voluntad no me faltan y no estoy de acuerdo con Ungaretti en eso de que “la meta es partir”, aún sin salir de Guadalajara y poder poner proa al norte a amarrar mis vacaciones en uno de los tres puertos históricos de Cantabria -título que Comillas comparte con Laredo y Castro Urdiales-, voy a viajar hasta allí con el pensamiento y la palabra, aunque a éste le va a transportar un avión llamado “El pájaro amarillo”. Este pájaro de metal puede ser considerado un primo hermano mayor, en gesta pionera aeronáutica, del “Cuatro Vientos”, el aeroplano con el que el guadalajareño, capitán Barberán, y el gerundense, teniente Collar, cruzaron el Atlántico, entre Sevilla y Camagüey (Cuba), en 1933. Lean, lean la historia de estos dos pájaros metálicos porque con ellos viajarán conmigo desde Guadalajara a Comillas, sin necesidad de mover más músculo que los que activan los dedos y los ojos.

“El pájaro amarillo” era el nombre del avión que, sorpresivamente, aterrizó en la playa de Oyambre -un bellísimo parque natural situado entre Comillas y San Vicente de la Barquera, en el término de Valdáliga- el 14 de junio de 1929, cuando sus tripulantes, Armand Lotti, Jean Assollant y René Lefebvre, acompañados del primer polizón de la  historia de la aeronáutica, Arthur Schreiber, se vieron obligados a tomar tierra allí pues el combustible que tenían en el depósito no les daba para llegar a su destino, París. Habían partido del aeródromo de Old Orchard, en el estado americano de Maine, 30 horas antes de aterrizar forzosamente en Oyambre, y su viaje ha quedado enmarcado con letras de oro dentro de los hitos de la aeronáutica pionera pues supuso repetir la hazaña, pero con cuatro miembros a bordo, que Lindbergh había protagonizado en solitario, apenas dos años antes, cuando consiguió unir por primera vez América y Europa en un vuelo sin escalas tripulando el mítico “Espíritu de San Luis”.El Pájaro amarillo” no llegó a su destino parisino, no por error en el cálculo del combustible necesario por parte de su tripulación ni por un despiste en la orientación de ésta, sino porque el peso del polizón que les acompañó y que descubrieron cuando ya no era posible regresar a Maine, incrementó notablemente el consumo de gasolina del avión, de tal forma que se vieron obligados a virar hacia el sur y buscar el norte de España porque, de intentar llegar a París, probablemente habrían caído al Atlántico. Es fácil imaginarse, primero, la sorpresa, y la expectación, después, de los santanderinos que disfrutaban de la playa el día que aterrizó en Oyambre este pájaro inesperado, hecho del que se guarda memoria en la zona y que lo recuerda un monolito de piedra situado en la propia playa. Por cierto, “El pájaro amarillo” permaneció unos días allí, hasta que pudieron traer de Madrid la gasolina necesaria para reemprender el vuelo y concluir su viaje a la capital francesa, donde fueron recibidos con gran alborozo e interés mediático, pero no con tanto calor y hospitalidad como en Comillas, según reconoció y agradeció públicamente la tripulación.

No corrieron la misma suerte nuestro paisano, Barberán, y su compatriota catalán, Collar, con su “Cuatro Vientos”, el avión que ambos tripularon y que partió del aeródromo de Sevilla el 8 de junio de 1933 para aterrizar tres días más tarde en Camagüey (Cuba), batiendo en ese momento el récord de distancia recorrida en aeroplano en un vuelo sin escalas, al cubrir los 7.895 kilómetros que hay entre la capital andaluza y la ciudad cubana. Esta gesta apenas la pudieron saborear Barberán y Collar pues, tras despegar de La Habana con destino a Ciudad de Méjico nueve días después de llegar a Cuba, su avión jamás alcanzó su destino, perdiéndose su rastro ya en territorio mejicano, en el estado de Tabasco. Los restos del avión y de sus tripulantes nunca fueron encontrados, lo que aún constituye un misterio. Hace alrededor de veinte años, unos investigadores mejicanos vinieron a España, incluida la capital alcarreña, sosteniendo la tesis de que habían aparecido algunos restos del “Cuatro Vientos” en la sierra de Mazateca (Oaxaca), trayendo, incluso, una mínima parte de ellos a Guadalajara, que mostraron al entonces alcalde de la ciudad, José María Bris. Esos restos no se ha confirmado científicamente que correspondieran al siniestro del “Cuatro Vientos”; más bien, se ha descartado.

“El pájaro amarillo” y el “Cuatro vientos”, América y Europa, Comillas y Guadalajara unidos a través de dos de las más grandes gestas de la aeronáutica mundial y cuyo recuerdo me ha permitido escribir esta crónica de un no-viaje contradictoriamente sustentada en dos viajes mayúsculos. Por cierto, decía al principio que no sabía cuántas crónicas de no-viajes se habían escrito, pero sospechaba que pocas; pues he de rectificar porque acabo de recordar que uno de los más grandes escritores de la literatura de viajes y aventuras de la historia, el italiano Emilio Salgari, a pesar de ser marinero, en realidad parece que no surcó más que las aguas del doméstico Adriático y, sin embargo, fue capaz de escribir algunas de las obras más importantes de este género, ambientadas en el exótico y lejano Índico y, por tanto, muy alejadas del Mediterráneo, entre ellas las que tenía por protagonista a “Sandokán”, “el Tigre de Mompracem” o de Malasia. Ciertamente, para viajar no hacen falta maletas y ni siquiera partir; basta con querer llegar a un destino, aunque sea sin salir de casa. La meta, Ungaretti, está siempre al final del camino, otra cosa es el medio de transporte -o no-medio- con el que lo hagamos.

 

Foto: Playa de Oyambre./ S. Barra.

Guadalajara y el turismo de estrellas, aire limpio y miel

 

Hace muy poco nos felicitábamos en este mismo blog -que, por si alguien no ha recaído en ello, lleva el bueriano, al tiempo que guadalajareño, título de “Misión al pueblo desierto”- porque Sigüenza había sido elegida “Capital del turismo rural español 2017” a través de una votación realizada por varios millares de usuarios de “Escapada rural”, una de las páginas webs más importantes especializadas en este tipo de turismo. Pues bien, a esa buena noticia relacionada con el turismo rural que, fundamentalmente, atañía a nuestra “joya” en ese ámbito por excelencia, como es la “Ciudad del Doncel”, le ha seguido otra no menos buena que incumbe al conjunto de la provincia: Guadalajara ha sido la tercera provincia más dinámica de España en demanda de turismo rural en los cinco primeros meses del año, al haber acogido en sus alojamientos rurales un total de 5.060 viajeros, una cifra que supone un 10,8 por ciento sobre el mismo mes en de 2016. Estos viajeros realizaron un total de 13.061 pernoctaciones en este tipo de establecimientos, una cifra muy respetable ya que es, con diferencia, la mayor de todas las provincias de la región: Albacete (8.700), Ciudad Real (5.400), Cuenca (10.200) y Toledo (9.700). Evidentemente, aún estamos muy lejos de ofrecer cifras como las de provincias de “primera división” en el mercado turístico rural, como por ejemplo Asturias -39.000 pernoctaciones-, pero no andamos ya muy lejos de otras que, si no están en la primera, sí están en la segunda en este ámbito y con muchas opciones de ascender, como Ávila -15.200- o Huesca -14.500-. Incluso el dato de Madrid no queda excesivamente lejano del nuestro pues en mayo se produjeron en la comunidad vecina 19.500 pernoctaciones, “solo” 6.000 más que en nuestra provincia.

Aunque, como señala el dicho inglés, “el 91 por ciento de las estadísticas son falsas, inclusive este mismo dato“, no cabe duda que las cifras sobre el dinamismo del mercado turístico en la provincia que hace unos días se han hecho públicas por parte del INE, al dar a conocer los resultados del período enero-mayo 2017 de la “Encuesta de ocupación en alojamientos de turismo rural”, son realmente favorables pues no han venido solas, sino acompañadas de otro buen parámetro: En los cinco primero meses del año la provincia ha experimentado un incremento del 13,2 por ciento en número de turistas llegados a instalaciones hoteleras y un 16,2 por ciento en pernoctaciones en este tipo de establecimientos, en relación con el mismo periodo del año anterior. Otro dato favorable significativo relacionado con el sector turístico es que las visitas al castillo de Torija, la oficina de turismo provincial virtual y real que comparte este histórico recinto con el Museo del Viaje a la Alcarria -cuyos fondos pronto se van a engrosar gracias al convenio recientemente suscrito por la Diputacion con la Fundación Charo y Camilo José Cela-, han crecido un 26,79 por ciento, y eso que hay que pagar por entrar, un hecho a tener en cuenta.

Estas buenas cifras no son aisladas, sino que vienen proyectándose en el tiempo, lo que evidencia que, efectivamente, el dinamismo del turismo rural en la provincia no es meramente coyuntural, sino que comienza ya a ser tendencia, una circunstancia que, no obstante, no ha de servir para acomodarse sino, bien el contrario, para reinventarse cada día porque la competencia de otras provincias en este ámbito es cada vez mayor. Es una realidad palmaria que el turismo se ofrece como una de las pocas y más importantes opciones de desarrollo que le quedan al medio rural y que, a pesar de la sangría poblacional que éste ha vivido en la segunda mitad del siglo XX, el impulso de esta actividad en los últimos años está contribuyendo significativamente a frenar esa migración hacia núcleos urbanos. Nuestra provincia ofrece al turista rural un amplio y variado abanico de recursos, especialmente medioambientales e histórico-culturales, y está muy cerca de uno de los principales mercados nacionales demandantes de este tipo de turismo que es Madrid. Pero, como decía antes, nuestra principal competencia -fundamentalmente las provincias más cercanas a la capital, aunque también las de interior que están a media distancia- es mucha y activa, por lo que, si nos limitamos a congratularnos de nuestra buena dinámica actual, seguramente otros se aprovechen de esa complacencia y pasividad. El turismo rural no es solo alojamiento y restauración, es mucho más, cada vez más: actividades de aventura, senderismo, turismo especializado, nuevas formas de turismo… Y en ellas -además de procurar mejorar la calidad de su oferta y sus canales de distribución y promoción-, es donde Guadalajara debe innovar y buscar sus propios yacimientos de turismo especializado. Entre ellos, yo me permito apuntar y justificar mínimamente algunos:

Astroturismo (Turismo estelar o de astronomía popular): Los cielos de gran parte de la provincia tienen muy poca contaminación lumínica y ya hay un sector emergente de aficionados a este tipo de turismo que consiste en la observación de los cielos, su estudio y fotografía. Hay lugares, como el entorno del embalse de La Tajera, por ejemplo, entre otros de las zonas de la Alcarria, Molina de Aragón y las Serranías del Norte que son excepcionales para practicar este tipo de novedoso turismo. No por casualidad está en Yebes el Centro Astronómico mayor y más importante del Instituto Geográfico Nacional.

Turismo de Aire Limpio: Se da la circunstancia de que Campisábalos es la población con el aire más limpio de España y el tercero del mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Son varios los factores que influyen en ello: Alejamiento de zonas industriales, dirección de los vientos dominantes, altitud, población, etc. El aire limpio es una constante no solo en este municipio y en los próximos de la Sierra de Pela, sino en una gran parte de la Guadalajara rural. Un dato muy vendible con un buen marketing para el llamado turismo verde y de salud.

Geoturismo: Es un término y un concepto de turismo novedoso que disfruta del patrimonio geológico, la geodiversidad y la biodiversidad singulares. Gran parte de la provincia ofrece en estos ámbitos grandes recursos, con especial mención al Señorío de Molina-Alto Tajo y su geoparque, así declarado oficialmente por la UNESCO.

Apiturismo: Por razones conocidas, la provincia de Guadalajara dispone en este ámbito de un gran potencial. Ya en 2015 se puso en marcha en torno al Ocejón una “Ruta de Flora y Miel”, a cargo de la Fundación “Amigos de las Abejas”. En España solo hay cuatro mieles con denominación de origen protegida y una con indicación de origen protegida (la de Galicia). Las únicas mieles con D.O. son la de la Alcarria (Guadalajara y Cuenca), la de Liébana (Cantabria, León Y Palencia), la de Granada, la de Villuercas-Ibores (Cáceres) y la de Tenerife. De todas ellas, la nuestra es la más afamada; además, ya hay algunas infraestructuras y convocatorias en torno a la apicultura y la miel que pueden ser potenciadas y vertebrar rutas y actuaciones: Centro apícola de Marchamalo, Observatorio apícola de Mantiel, Aula apícola de Azuqueca de Henares, Museo de la Miel de Peñalver y, por supuesto, la Feria Internacional Apícola de Pastrana.

                Innovar en materia turística, más que inventar, es saber aprovechar, promover y emprender y, por tanto, arriesgar. Pero con sentido común, profesionalidad y rigor.

 

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