
Las recurrentes lluvias de las últimas semanas, que han encharcado los suelos al elevarse mucho los niveles freáticos de la tierra, y los fuertes vientos de las últimas jornadas, factores atmosféricos unidos a la notoria inclinación que ya presentaba y a su evidente vejez, han provocado la caída del único y señero pino de gran porte que quedaba en la plaza de España de Guadalajara. Fue el viernes, 13, a las 13 horas aproximadamente. Datos puntuales para la estadística y hasta para la especulación de quienes quieren ver lo que no es posible y se rinden o, cuando menos, juegan a la superstición.
Poco después de la caída del pino (de la especie halepense, o sea, carrasco para más señas), los operarios de la SAV, la eficiente y profesional empresa valenciana que gestiona los parques y jardines de Guadalajara, procedieron a trocear el árbol caído —como el nombre anterior que tenía la plaza, aunque aquellos caídos no eran vegetales, sino de carne, hueso, sudor y lágrima— y a llevar sus restos a vertedero. Guadalajara tiene un viejo sesentón y gran árbol menos en sus calles y plazas, y un tocón troceado y unas ramas repletas de agujas aún verdes, en el lugar donde se entierran, sin funerales, las cosas materiales al acabar su vida útil y los seres vivos, animales y vegetales, cuando mueren. Porque si también se muere el mar, como en la novela de Fernando Morán, el ínclito ministro de Exteriores de Felipe González —a quien ahora quieren cancelar quienes empequeñecen el partido que él mismo engrandeció—, igualmente se mueren las cosas de tierra adentro y mar afuera.
El último gran pino que quedaba en la plaza de España de Guadalajara de los que allí se plantaron hace más de seis décadas, ya es historia biológica y visual. Hasta poco después del mediodía del viernes, 13 de febrero de 2026, llegó su historia biológica, pero también la biográfica. Fueron más de seis décadas las que este árbol se constituyó en una figura notable del paisaje de esta plaza en la que se enseñorea el palacio del Infantado, pero en la que también estuvo en su día la histórica Academia de Ingenieros, abrasada y arrasada por un pavoroso incendio en 1924, el convento e iglesia de los Remedios y el viejo cuartel de Globos, albacara, casi adarve del Alcázar medieval que sigue muriéndose de olvido tras una última intervención brutalista en la que le pusieron un cinturón de hormigón para construir una pasarela que no lleva ni va a ninguna parte.
Un árbol, en este caso, el gran pino de más de 16 metros de altura, un perímetro troncal de 3 y otro de copa de 10, que se han llevado el viento —como la vida en la hacienda de Tara de Escarlata O´Hara y el capitán Rhett Butler— y el agua, mortalmente aliados con su inclinación previa y vejez, no es solo un elemento vivo del mobiliario urbano, es paisaje y memoria individual y colectiva. Quienes han visto ese pino carrasco y lo han asociado e, incluso, asimilado a su entorno, quienes se han refugiado bajo su sombra en verano o de la lluvia —pese a mojarse dos veces al hacerlo—, cuando ha llovido —no siempre y al gusto de todos—, seguirán manteniendo vínculos de familiaridad e, incluso, de afectividad, con ese árbol que hoy ya es pasto de vertedero tras un vendaval y varios aguaceros en esta tierra en la que nunca falta el sol, pero tantas veces se echa de menos el agua. Si así, tomados uno a uno los ciudadanos, como en las bellísimas “palabras para Julia” de José Agustín Goytisolo, con el pino caído van a morirse poco a poco los recuerdos que de él se tenían en individuales paisajes vitales, también se irá borrando, despacio pero inexorablemente, la memoria colectiva de quienes, de muchos en muchos tomados, allí vivieron, junto o cerca del árbol caído, momentos compartidos. Las plazas, las calles y lo que hay en ellas, no son solo espacios de tránsito o estanciales, son salón colectivo unas veces, jardín otras, y, siempre, paisaje, el lugar en el que transcurre la vida y suceden las cosas. Y quienes deambulamos por o estamos en ellos somos las figuras que completan esa escenografía urbana en la que pasa la vida, casi siempre de largo.
El añoso y gran pino de la plaza de España de Guadalajara que se han llevado el viento y el agua, en mortal alianza con su previa inclinación y acusada vejez, ya es solo un recuerdo. Podrán sustituirlo por otro árbol, de la misma especie o distinta, incluso el repuesto podrá adquirir tanto porte y vivir todavía más años que el que acaba de caer, pero ya no será el mismo árbol. Los árboles talados no se van para volver, como las oscuras golondrinas de Bécquer. Este, que, al contrario del árbol de la obra teatral de Alejandro Casona, no ha muerto de pie, este, ya no volverá.



