Archive for marzo, 2026

Sigüenza (y Atienza), patrimonio mundial dulce y salado

            No es la primera vez, ni será la última, que afirmo que hay lugares a los que siempre se vuelve porque, en el fondo, una vez que los conoces, te ganan, te calan hasta los tuétanos y ya no te marchas nunca de ellos, aunque no siempre estés allí. Es el caso de Sigüenza, una ciudad que seduce a cuantos la visitan porque su urbanismo medieval en las Travesañas es envolvente, evocador y cuasi perfecto, porque sus calles son un museo vivo al aire libre, porque la historia se respira por todas partes y porque su monumentalidad, sobremanera su catedral y su castillo-parador, es tan contundente y bella que abruma hasta al más viajado.

            Como ya recogí en la parte introductoria del librito didáctico que titulé “Catedral de Sigüenza. 850 años de piedra viva”, editado en 2019 con motivo del 850 aniversario de su dedicación litúrgica, son muchos y muy notables los escritores a lo largo de la historia que, tras visitar Sigüenza y especialmente su catedral, se rindieron a su belleza. Fue el proverbial caso de Hieronymus Münzer, el primer viajero extranjero que llegó a Sigüenza en la Edad Moderna, quien dijo: “La catedral de Sigüenza es bellísima y bastante rica”. A finales del XIX, Emilia Pardo Bazán, escribió así sobre la “fortis” seguntina: “(…) la fortaleza era iglesia y de las más severas y nobles que conozco. Es un templo alto, majestuoso, claro, sobrio, que perpetúa la austeridad de la época románica y del carácter celtibérico”. Unos años después, los dos filósofos-escritores españoles más importantes del siglo XX, José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno, también se rindieron a los encantos de la catedral de Sigüenza con estas encendidas palabras: “La catedral de Sigüenza, toda oliveña y rosa a la hora del amanecer, parece sobre la tierra quebrada y tormentosa, un bajel secular que llega bogando hacia mí (…)”  (Ortega y Gasset). “Fui a dar a la catedral con fachada de fortaleza (…). Allí dentro se había estancado el río de la historia (…). Todo era de piedra dentro de la catedral de Sigüenza, todo”.(Unamuno). Sigüenza, ciertamente, no es solo su catedral, aunque convendrán conmigo en que es el principal referente monumental de la ciudad (y de la comarca y aún de toda la provincia) y que, en torno a ella, además de surgir y crecer en su enclave actual desde el primer cuatro del siglo XII y de ser la sede y cátedra del obispo diocesano, ha supuesto su auténtico motor de desarrollo social y económico.

Cartel de la candidatura de Sigüenza a Patrimonio Mundial con la catedral al fondo vista desde la calle San Roque. Foto: Santiago Martínez Blas

            En Sigüenza el tiempo parece estar detenido, pero eso solo es una percepción que avala el buen estado general de conservación de su casco histórico que, además, poco a poco, se va mejorando y cuidando más, incluso la gestión de su movilidad en él, algo verdaderamente importante para este tipo de ciudades monumentales. Si bien las piedras, pese a estar vivas como titulé en mi libro antes citado, son por definición inertes y parecen haberse estancado en el tiempo, como le pareció a Unamuno, es una realidad palmaria que en Sigüenza hace ya tiempo que se está moviendo algo importante y se están haciendo bien las cosas. Eso se nota en el progresivo aumento de visitantes que tiene, siendo ya, tras Toledo, la segunda población de Castilla-La Mancha en número de turistas. Eso es mucho decir y hasta el gobierno regional, tan perezoso y cicatero para muchas cosas con esta provincia, sobremanera con la capital, así lo está reconociendo, especialmente con sus inversiones en la ciudad, las grandes exposiciones en la catedral que ha impulsado y su decidido apoyo a la candidatura del proyecto “El paisaje Dulce y Salado de Sigüenza y Atienza” para ser declarado “Patrimonio Mundial”, algo que parece ir por muy buen camino. Otra forma de reconocer que en Sigüenza se está trabajando bien es haber nombrado directora general de Turismo de la región a Arancha Pérez Gil, la concejal responsable de turismo del ayuntamiento seguntino y ex diputada provincial del ramo, una gran profesional del sector que ha llegado a la política con un buen currículo y bagaje. ¡Que cunda el ejemplo!

            Fue el anterior alcalde de Sigüenza, José Manuel Latre, quien también presidió la Diputación Provincial entre 2015 y 2019, el que dio los primeros pasos para procurar que Sigüenza fuera designada “Ciudad Patrimonio de la Humanidad” por la UNESCO. María Jesús Merino Poyo, su sucesora al frente de la Alcaldía desde 2019, dio un impulso y un giro adecuados a aquel proyecto que entonces no pasaba de ser una mera intención, algo decisivo para que haya llegado al buen punto en que está actualmente el proceso. Desde el consenso político, social y económico, Merino creó un consejo rector, apoyado decididamente por la Junta, y al frente del cual se situó a Antonio Fernández-Galiano Campos, hijo del primer presidente preautonómico de Castilla-La Mancha, con fuertes raíces y vínculos seguntinos, y, sobre todo, un prestigioso e influyente empresario de la comunicación, algo decisivo para que Sigüenza, hoy, esté muy cerca de lograr su objetivo. El consejo rector, con buen criterio, decidió contratar un equipo técnico con experiencia en este tipo de procesos para suplir lo que hasta entonces era mero voluntarismo por profesionalidad, siempre tan conveniente. Ese paso fue determinante para que se modificara la inicial intención de solicitar a la UNESCO la declaración de “patrimonio mundial” (nuevo nombre sustitutivo del anterior) únicamente para Sigüenza, porque las posibilidades eran casi nulas al haberse cerrado este organismo a declarar como tales más ciudades españolas, italianas o francesas de las que ya estaban declaradas en ese momento. La nueva línea de la UNESCO era promover como patrimonio mundial a más proyectos culturales (mejor si estaban combinados con valores medioambientales) inmateriales que materiales, a entornos e ideas más que a ciudades o monumentos puntuales (por eso, fundamentalmente, decayó la candidatura del palacio del Infantado). Ahí nace, muy razonada y razonablemente, el proyecto del “Paisaje Dulce y Salado de Sigüenza y Atienza” que, tras lograr, a finales de 2021, entrar en la Lista Indicativa de España para ser Patrimonio Mundial de la UNESCO, un paso decisivo, desde entonces ha seguido avanzándose en el propio proyecto y en mejorar la ciudad (en restauración patrimonial, movilidad, accesibilidad, urbanismo…), hasta el punto de que, a primeros de marzo de este mismo año, el consejo rector de la candidatura dio luz verde al envío del expediente al Ministerio de Cultura y Deporte. Y los próximos días 9 y 10 de abril, tendrá lugar la evaluación de ese expediente (y de la propia ciudad, de Atienza y el resto del territorio incluido en el proyecto) por parte del Consejo Nacional de Patrimonio Histórico, reunión en la que expertos independientes revisarán la candidatura. Otro paso absolutamente clave y decisivo, una vez internacionalizado el proceso si la candidatura llega a París, será la evaluación del ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios), una organización internacional no gubernamental, fundada en 1965, que actúa como principal asesor técnico de la UNESCO en la conservación, protección y gestión de sitios y monumentos de patrimonio cultural mundial. Si, como es previsible, el proyecto llega al ICOMOS y éste simpatiza con él, el “Paisaje Dulce y Salado de Sigüenza y Atienza” podría ser “patrimonio mundial” incluso en un máximo de un par de años. Así lo deseo porque esa declaración, no solo supondría un reconocimiento, también conllevaría un obligado compromiso para Sigüenza, Atienza y el territorio que une a ambas históricas ciudades, —vertebrado por dos ríos, uno de alta salinidad y el otro justo lo contrario—, de preservación de los valores históricos, artísticos y medioambientales que han impulsado su candidatura.  

La bandera de la Alcarria

Fueron mis maestros en el periodismo, y amigos siempre, Salvador Toquero y Santiago Barra, quienes con su obra titulada “Buscando a Cela en la Alcarria”, editada en 1982, siguieron por primera vez, y con mucha intención, las huellas personales y literarias de CJC en nuestra comarca más singular, 36 años después de que lo hiciera el propio escritor gallego que en 1989 obtuvo el premio Nobel de literatura, noticia que conoció en Guadalajara, donde entonces residía. Aquella obra de Toquero y de Barra, de Barra y de Toquero que tanto monta pues doy fe que fue escrita al alimón y con una participación similar de ambos en ella, abrió el camino a muchas otras que reandaron la Alcarria por la que Cela viajó en 1946. Dos años después, en 1948, tras publicarse parcialmente algún capítulo inicial en revistas, se editó la obra completa de “Viaje a la Alcarria”, convirtiéndose en una de las novelas de viajes más leídas del mundo, por su calidad literaria integral y, especialmente, por inaugurar una nueva narrativa viajera en la que los personajes de ficción y los de carne y hueso conviven en un paisaje que también es tratado como personaje. No lo digo yo, lo dicen las actas de la academia sueca que le concedió a Cela el Nobel y es opinión generalizada entre los expertos, “Viaje a la Alcarria”, junto con “La Colmena” y “La familia de Pascual Duarte”, conforman el trío principal de obras que más pesaron en la balanza que inclinó el premio de los premios literarios mundiales en favor del escritor español, el último nacional en ganarlo, por cierto.

Toquero y Barra buscaron a Cela en la Alcarria y siguieron las huellas de los 39 personajes principales que aparecen reflejados en su viaje literario, unos ya fallecidos cuando tuvieron noticias de ellos, muchos ya mayores, contactando y hablando con los que pudieron, y otros que solo existieron en la mente del futuro Nobel, pero que adquirieron corporeidad y eternidad en su obra. El propio Cela calificó de “magnífico y emocionante” el reportaje literario de Toquero y de Barra, con extensión y formato de libro, cuando se lo remitieron a su casa de la Bonanova, en Palma de Mallorca. Incluso les pidió más ejemplares y hasta el original de la portada, realmente magnífica, obra de Antonio Burgos. De lo que no me cabe la más mínima duda es de que “Buscando a Cela en la Alcarria” motivó el “Nuevo viaje a la Alcarria” que el propio Cela emprendió y escribió, con choferesa negra, Rolls marrón, juglares, periodistas, fotógrafos y un acompañamiento casi cortesano, en 1985, editado un año después, primero en tres entregas en formato de opúsculo por la revista Motor 16, patrocinadora del viaje, y después ya en edición completa en formato libro. Este nuevo viaje de Cela a la Alcarria, obviamente escrito con su acreditado oficio, nada tiene que ver con el primero, cuya principal virtud es la sencillez, la cercanía, el lirismo y la humanidad que desborda, mientras que en el segundo hay mucho ruido alrededor y es de todo, menos sencillo y humano.

Tras seguir Cela sus propias huellas y las de Toquero y Barra por la Alcarria, Paco Marquina, uno de los mejores escritores y poetas que Guadalajara ha dado en las últimas décadas —aunque él nació en Madrid, los de Guadalajara, como los de Bilbao, nacemos donde nos viene en gana—, aportó también tres buenas obras que seguían ese mismo camino: “Guía del Viaje a la Alcarria”, “La Alcarria, el libro” y “Cela: Retrato de un Nobel”. Estas publicaciones de Marquina, de recomendable lectura al igual que la de Toquero y Barra, no son ni novelas ni reportajes, aunque parcialmente tengan algunas de sus características. Son, o al menos a mí me lo parecen, ensayos (en gran medida biográficos) en los que se exploran cuestiones y aspectos específicos desde la subjetividad y exponen los puntos de vista sobre ellos personales del autor, apoyándose en análisis, argumentos, reflexiones y conclusiones.
Con total humildad, incorporo a la nómina de obras inspiradas en el viaje alcarreño de Cela dos que he escrito yo mismo: “Viaje a la Alcarria en familia”, editada en 2016 con motivo del centenario del nacimiento del Nobel, y “Viaje y Nuevo Viaje a la Alcarria en familia”, nueva edición y secuela ampliada de la primera, editada por FADETA, con fondos europeos, a finales de 2024. En ambas obras sigo los pasos de Cela por la Alcarria, resumiendo lo que escribió de cada lugar por el que pasó, dando detalle de la historia, la geografía y los recursos de todo tipo que ofrecen a día de hoy esos pueblos y lugares, completando cada capítulo con un apéndice didáctico para motivar y entretener a menores si se viaja con ellos, de ahí el título de la obra. El texto es mío, las ilustraciones son de Nora Marco y la maqueta y edición es de Aache, dos extraordinarios compañeros de camino, nunca mejor dicho.

Además de las obras ya citadas, la bibliografía más completa de “Viaje a la Alcarria”, hasta el momento de ser publicada, se la debemos a Fernando Huarte Morton y fue editada por la Diputación de Guadalajara en 1973. A todas estas obras, y a alguna más que se nos quede en el tintero, cabe sumar y destacar también como tributaria del viaje celiano a la Alcarria, la novela recientemente publicada por Paco Bogliolo y Santiago León, titulada “Pasar otra vez por el Cifuentes”. La ha editado, magníficamente, como siempre, Aache, y he tenido el placer de escribir el prólogo. Y he dicho placer, no gratuitamente, sino porque de verdad disfruté leyendo el original de esta obra liderada por Bogliolo, un catedrático francés de literatura comparada con casi tanta geografía a sus espaldas que el mismísimo mapamundi, nacido en Argelia, pero de orígenes alcarreños en Buendía y avecindamiento temporal en Sacedón. Santiago León, comercial y deportista de trail, escritor en camino, aporta su empatía y mucho trabajo de campo y relacional, en busca de personajes y lugares por los que discurrió el Reto Cooperativo “Viaje a la Alcarria” en su edición de 2025, hilo conductor de la obra. Han hecho un buen tándem y de él ha salido una novela con alma de ensayo, bien planteada, anudada y desenlazada, en la que, además de un relato entretenido, se aporta importante investigación y detalle de aspectos hasta ahora desconocidos, u obviados, del viaje de Cela a la Alcarria y de los lugares por los que transita, realmente interesantes. Además, en ella se contienen varios juegos literarios, tan del gusto de Borges, desde un liposoma de libro, nunca mejor dicho, con una traba que consiste en no emplear en toda la obra dos verbos y adverbios modales de uso muy común en el castellano, a que el hilo conductor de la novela sea buscar una singularísima planta microendémica de un lugar muy puntual de la Alcarria, como si de un edelweiss en alguna montaña alpina se tratara. Por mi parte, sumándome a esos juegos o divertimentos que Bogliolo y León nos proponen en su novela, al estilo del “Oulipo”, los juegos de literatura potencial que en los 60 crearon con ese acrónimo los autores galos Queneau y Le Lionnais, planteo al lector en el prólogo, y ahora lo comparto en mi blog, que de la literatura surja una bandera de la Alcarria. La tienen en la imagen que acompaña este texto y en ella se unen los dos colores básicos alcarreños: el ocre de la tierra (“color tierra”, pleonasmo y redundancia del propio Cela para describir la piel de esta comarca al pasar por Taracena) y el azul de su cielo y, sobre todo, del agua de sus ríos. Resulta curioso que, una tierra aparentemente árida como ésta, la vertebren tantos cursos fluviales, hasta el punto de que en cinco de los once capítulos en que se estructura “Viaje a la Alcarria” se citen ríos o arroyos. Y como escudo para mi propuesta de bandera alcarreña, en homenaje a mis amigos Bogliolo y León y a su búsqueda literaria en pos de la flor más genuinamente alcarreña, propongo que sea la “Acelguilla de Pastrana” (Limonium erectum) la que ocupe su mismo centro. Nuestro particular “plus ultra” serían así los vistosos pétalos de una flor, muy alcarreña y especial, de las 1.258 especies diferentes que según David Trijueque se pueden encontrar en esta tierra. ¿Alguien se puede extrañar de que las abejas consideren la Alcarria su auténtico paraíso?

El teletrabajo de Dios en el pueblo negro

Rufino Sanz Peinado, solvente abogado y jurista de largo recorrido, incluyendo en ese camino importantes puestos y cargos en diferentes administraciones públicas, nos ha vuelto a sorprender en su faceta de escritor con la reciente publicación de una novela deliciosa —permítaseme este adjetivo culinario para calificarla pues me ha dejado un regusto exquisito su lectura— a la que ha titulado “Cuando Dios gobierna de lejos”. Un gran título para una gran obra que tiene como paisaje su querido Robleluengo natal y como figuras, reales y de ficción, a sus antepasados, familiares, vecinos y amigos de este pequeño pueblo de la zona de la Arquitectura Negra, barrio anexionado a Campillo de Ranas. Sanz Peinado ya nos había sorprendido grata y previamente con la publicación de dos novelas anteriores, “Viento tingitano” y “Mil yenes”, en las que pone de manifiesto que es un notable escritor —no solo voluntarioso, de los que tanto abundan en estos tiempos—, con personalidad literaria, que sabe urdir, tramar y trabar argumentos, desarrollarlos y desenlazarlos con buen estilo y eficacia. Además, estas tres obras son un ejercicio continuado de conocimiento, de vasta cultura y capacidad de exposición —incluso también de proyección— y análisis, lo que sin duda contribuye a interesar y satisfacer al lector. Publicar, ya puede publicar casi quien quiere, pero escribir bien no está a la altura de cualquiera. Rufino Sanz Peinado es, sin duda, un buen escritor que, además, publica. Y, por cierto, esta última obra en Aache Ediciones que, una vez más, ha hecho un trabajo editorial de excelencia.

                “Cuando Dios gobierna de lejos” comienza siendo ya una obra notable desde el título mismo. Nada irreverente, por cierto, y lo digo por si alguien puede así interpretarlo sin haberla leído. Más bien al contrario, esa lejanía de Dios que proclama el título es una metáfora para reflejar la verdad histórica, geográfica y, sobre todo, social y económica de Robleluengo y su entorno. El de la Arquitectura Negra, o de los Pueblos Negros como prefiramos llamarlo, es un paisaje, sin duda, bellísimo, pero terriblemente duro para sus habitantes dada la cortedad e intensidad de sus veranos y la extensión y dureza de sus inviernos. Los equinoccios de otoño y primavera, apenas se insinúan allí, pues estos tiempos moderados de transición se precipitan, como si tuvieran prisa, para buscar con celeridad la radicalidad de los solsticios. Decía Ortega y Gasset, con otras palabras, que las circunstancias son las compañeras de vida y viaje del hombre. En Robleluego y su entorno, esas circunstancias —ahora nos estamos refiriendo sobre todo a las geográficas y socioeconómicas—, han pesado y lastrado mucho a los hombres, mujeres y niños de aquella tierra extrema, dura y extrema, sí. Como la meridional y occidental Extremadura, a la que cada año, desde octubre y hasta mayo del siguiente, partían en trashumancia, con miles de ovejas, un grupo de mayorales, pastores y zagales serranos en busca de los amplios y verdes pastos que en su propia tierra cubría la nieve y acotaban hazas y prados privativos con sus tapiales de pizarra, auténticos homenajes al minifundio que imprimen personalidad al paisaje zonal. La trashumancia es tan dura en el camino como en el destino: noches de lobos y miedo al raso o en un chozo desarmado ante chasquizas, zoruza y aguaceros, durmiendo en suelo duro con una pelliza, unos zahones y una manta de sayal como único abrigo ante las recurrentes inclemencias.

Portada de la novela de Rufino Sanz Peinado «Cuando Dios gobierna de lejos» AACHE Ediciones

                Como ya he comentado, “Cuando Dios gobierna de lejos” está ambientada en el entorno de los pueblos de la Arquitectura Negra, concretamente en “Aldeanegra”, nombre ficticio que Sanz Peinado ha querido dar a Robleluengo en su novela, al igual que ha llamado rio “Roquedo” al Jarama, “Cantalashayas” a Cantalojas y Rioca a Riaza. Y el tiempo en el que transcurre la acción parte de finales del XIX, cuando España perdió sus últimas posesiones de ultramar, y en Cuba, Puerto Rico y Filipinas cayeron no pocos serranos, víctimas de las balas nativas insurgentes, de las de los imperialistas yankis o de las aún más mortales epidemias tropicales. Y cuando acabó la Guerra de Cuba, vino la de Marruecos, con sus sucesivas y también cruentas fases que se llevó también por delante a otro puñado de serranos cuyas familias no podían pagar el dinero necesario para que otros hicieran el servicio militar por ellos. Y cuando acabó la de Marruecos, y tras la dictadura de Primo de Rivera y la “dictablanda” de Berenguer, llegó también la Guerra Civil, en la que “Aldeanegra” se sitúa como puerto franco en el que siembran el horror y a muerte, ora milicianos venidos del sur, ora fascistas procedentes del norte. Por todos los lados les dieron a los serranos en todas las guerras que en España fueron entre la de Cuba y la Civil, sumándose a las balas el siempre terrible impacto, con sabor a hiel y no a plomo, del hambre, el frío y la necesidad. También la injusticia. De todo ello nos habla y cuenta casos y cosas esta gran novela de Rufino Sanz Peinado, en la que se advierten una humanidad y estilo de vecindad a Delibes en su cercanía a la naturaleza y la tierra, proximidad a Azorín por su minuciosidad en la descripción de estancias y objetos, familiaridad y casi paisanaje con Andrés Berlanga cuando, como éste en su “Gaznápira”, hace un alarde de conocimiento de jergas y localismos serranos. Y tributario de Cela al alternar hechos reales y personajes de carne y hueso con otros de ficción en una novela viajera pues en ella el hombre (tomado como ser, no como género) siempre está en camino. Incluso cuando Dios teletrabaja que es una forma de actualizar el viejo y sabio refranero castellano cuando dice que una tierra y unas gentes están dejadas de su mano, como lo estuvieron éstas de nuestras serranías en tiempos aún relativamente recientes y que tan de lejos gobernó después de derramar en ellas una belleza extrema.

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