El teletrabajo de Dios en el pueblo negro

Rufino Sanz Peinado, solvente abogado y jurista de largo recorrido, incluyendo en ese camino importantes puestos y cargos en diferentes administraciones públicas, nos ha vuelto a sorprender en su faceta de escritor con la reciente publicación de una novela deliciosa —permítaseme este adjetivo culinario para calificarla pues me ha dejado un regusto exquisito su lectura— a la que ha titulado “Cuando Dios gobierna de lejos”. Un gran título para una gran obra que tiene como paisaje su querido Robleluengo natal y como figuras, reales y de ficción, a sus antepasados, familiares, vecinos y amigos de este pequeño pueblo de la zona de la Arquitectura Negra, barrio anexionado a Campillo de Ranas. Sanz Peinado ya nos había sorprendido grata y previamente con la publicación de dos novelas anteriores, “Viento tingitano” y “Mil yenes”, en las que pone de manifiesto que es un notable escritor —no solo voluntarioso, de los que tanto abundan en estos tiempos—, con personalidad literaria, que sabe urdir, tramar y trabar argumentos, desarrollarlos y desenlazarlos con buen estilo y eficacia. Además, estas tres obras son un ejercicio continuado de conocimiento, de vasta cultura y capacidad de exposición —incluso también de proyección— y análisis, lo que sin duda contribuye a interesar y satisfacer al lector. Publicar, ya puede publicar casi quien quiere, pero escribir bien no está a la altura de cualquiera. Rufino Sanz Peinado es, sin duda, un buen escritor que, además, publica. Y, por cierto, esta última obra en Aache Ediciones que, una vez más, ha hecho un trabajo editorial de excelencia.

                “Cuando Dios gobierna de lejos” comienza siendo ya una obra notable desde el título mismo. Nada irreverente, por cierto, y lo digo por si alguien puede así interpretarlo sin haberla leído. Más bien al contrario, esa lejanía de Dios que proclama el título es una metáfora para reflejar la verdad histórica, geográfica y, sobre todo, social y económica de Robleluengo y su entorno. El de la Arquitectura Negra, o de los Pueblos Negros como prefiramos llamarlo, es un paisaje, sin duda, bellísimo, pero terriblemente duro para sus habitantes dada la cortedad e intensidad de sus veranos y la extensión y dureza de sus inviernos. Los equinoccios de otoño y primavera, apenas se insinúan allí, pues estos tiempos moderados de transición se precipitan, como si tuvieran prisa, para buscar con celeridad la radicalidad de los solsticios. Decía Ortega y Gasset, con otras palabras, que las circunstancias son las compañeras de vida y viaje del hombre. En Robleluego y su entorno, esas circunstancias —ahora nos estamos refiriendo sobre todo a las geográficas y socioeconómicas—, han pesado y lastrado mucho a los hombres, mujeres y niños de aquella tierra extrema, dura y extrema, sí. Como la meridional y occidental Extremadura, a la que cada año, desde octubre y hasta mayo del siguiente, partían en trashumancia, con miles de ovejas, un grupo de mayorales, pastores y zagales serranos en busca de los amplios y verdes pastos que en su propia tierra cubría la nieve y acotaban hazas y prados privativos con sus tapiales de pizarra, auténticos homenajes al minifundio que imprimen personalidad al paisaje zonal. La trashumancia es tan dura en el camino como en el destino: noches de lobos y miedo al raso o en un chozo desarmado ante chasquizas, zoruza y aguaceros, durmiendo en suelo duro con una pelliza, unos zahones y una manta de sayal como único abrigo ante las recurrentes inclemencias.

Portada de la novela de Rufino Sanz Peinado «Cuando Dios gobierna de lejos» AACHE Ediciones

                Como ya he comentado, “Cuando Dios gobierna de lejos” está ambientada en el entorno de los pueblos de la Arquitectura Negra, concretamente en “Aldeanegra”, nombre ficticio que Sanz Peinado ha querido dar a Robleluengo en su novela, al igual que ha llamado rio “Roquedo” al Jarama, “Cantalashayas” a Cantalojas y Rioca a Riaza. Y el tiempo en el que transcurre la acción parte de finales del XIX, cuando España perdió sus últimas posesiones de ultramar, y en Cuba, Puerto Rico y Filipinas cayeron no pocos serranos, víctimas de las balas nativas insurgentes, de las de los imperialistas yankis o de las aún más mortales epidemias tropicales. Y cuando acabó la Guerra de Cuba, vino la de Marruecos, con sus sucesivas y también cruentas fases que se llevó también por delante a otro puñado de serranos cuyas familias no podían pagar el dinero necesario para que otros hicieran el servicio militar por ellos. Y cuando acabó la de Marruecos, y tras la dictadura de Primo de Rivera y la “dictablanda” de Berenguer, llegó también la Guerra Civil, en la que “Aldeanegra” se sitúa como puerto franco en el que siembran el horror y a muerte, ora milicianos venidos del sur, ora fascistas procedentes del norte. Por todos los lados les dieron a los serranos en todas las guerras que en España fueron entre la de Cuba y la Civil, sumándose a las balas el siempre terrible impacto, con sabor a hiel y no a plomo, del hambre, el frío y la necesidad. También la injusticia. De todo ello nos habla y cuenta casos y cosas esta gran novela de Rufino Sanz Peinado, en la que se advierten una humanidad y estilo de vecindad a Delibes en su cercanía a la naturaleza y la tierra, proximidad a Azorín por su minuciosidad en la descripción de estancias y objetos, familiaridad y casi paisanaje con Andrés Berlanga cuando, como éste en su “Gaznápira”, hace un alarde de conocimiento de jergas y localismos serranos. Y tributario de Cela al alternar hechos reales y personajes de carne y hueso con otros de ficción en una novela viajera pues en ella el hombre (tomado como ser, no como género) siempre está en camino. Incluso cuando Dios teletrabaja que es una forma de actualizar el viejo y sabio refranero castellano cuando dice que una tierra y unas gentes están dejadas de su mano, como lo estuvieron éstas de nuestras serranías en tiempos aún relativamente recientes y que tan de lejos gobernó después de derramar en ellas una belleza extrema.

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