Como continuación a mi post anterior y siguiendo la acertada y oportuna sugerencia de mi admirado y querido amigo Chema Sanz Malo, aún mejor persona que apasionado diletante, voy a dedicar este artículo al teatro, cuyo día mundial se celebró el pasado 27 de marzo, hace por tanto un mes. El inicio de la primavera, la estación en la que calla el silencio del invierno, es un tiempo muy propicio para el comienzo de casi todas las cosas que tengan que ver con la creación porque en él se despereza la biología y es época naciente, como el sol que viene del Japón con los ojos rasgados por sus cegadores rayos. Y en esos inicios de la primavera biológica, también brota, se acuna y acomoda la primavera biográfica, de ahí que en su mismo principio se celebre el día mundial de la poesía (21 de marzo), un día antes el de la narrativa oral (20 de marzo), una semana más tarde, el del teatro, y apenas un mes después el del libro (23 de abril), como ya comenté en mi anterior entrada, dedicada fundamentalmente al mundo editorial que, también en primavera, tiene su particular fiesta comercial en las ferias del libro que se celebran en numerosas ciudades e, incluso, pueblos, algunos con tan escasa población como Bustares. Mención especial merece la feria del libro de esta pequeña localidad serrana, que está a los pies del Santo Alto Rey en su Majestad —nombre completo de esta señera montaña, auténtico ejemplo de litolatría pues su misma cumbre es altar— ya que, pese a tener muy escasa población, ya lleva cinco ediciones y en la de este año, celebrada el pasado día 19 de abril, hubo 30 casetas, además de un completo y variado programa de actos. Venía a decir Antonio Gala, el escritor con el verbo más cálido y brillante y que mejor comunicaba, que la verdadera cultura no es la de las élites, ni la que se practica en las urbes, muchas veces impostada y como mera pose social, la verdadera cultura es la congénita y está en la raíz del pueblo, en sus señas de identidad y en su hacer sencillo. Bustares y su feria del libro le habrían servido de ejemplo al autor del “Manuscrito carmesí” para corroborar esa reflexión sobre la verdadera naturaleza de la cultura.
Dicen las estadísticas más recientes que el teatro en España vive un auténtico boom ya que fueron más de diez los millones de espectadores que asistieron el año pasado a espectáculos teatrales —incluidos los musicales, que también están en un punto álgido— y que cada vez es más difícil encontrar entradas para asistir a las funciones más relevantes. Doy fe de ello pues soy un asiduo espectador, sobre todo de la oferta madrileña, y como no te espabiles, te quedas sin poder ver muchas de las funciones más atractivas de su cartelera. Me ha pasado en varias ocasiones y estuvo a punto de pasarme, lo que nunca me habría perdonado, con la reposición, en el primer trimestre de 2025, en el teatro Español, de la “Historia de una escalera”, de nuestro paisano, Antonio Buero Vallejo. Además, no pudo prorrogarse la gran versión de la obra de Buero que dirigió Helena Pimenta por los compromisos de programación previos del teatro ubicado en la plaza de Santa Ana, por lo que fueron muchos los espectadores que se quedaron con ganas de verla. Tengo entendido que, ante el éxito de Buero en su regreso al Español —sala en la que comenzó su éxito teatral en 1949 con esta misma obra, ganadora del premio “Lope de Vega”—, es muy probable que pronto se repongan otras obras suyas, lo que avala la vigencia de su teatro, pese a quienes se empeñan en decir que su inspiración se opacó cuando murieron Franco y la censura. Por cierto, Buero murió el 29 de abril de 2000, por lo que también esta efeméride aconteció en primavera y está enmarcada en este tiempo en que la creación literaria brota cual semilla en el tiempo de la maduración.

Como habrán comprobado, ha sido pretender hablar de teatro y el consciente, que no el subconsciente y menos aún el inconsciente, me ha llevado rápidamente a Buero, y no solo porque mi abuela materna fuera prima hermana de su madre e, incluso, estuviera en el parto de Antonio en su casa de la calle Miguel Fluiters, frente al viejo convento de las clarisas que, apenas cuatro años antes de nacer él, habían abandonado el cenobio alcarreño para marcharse a otro ubicado en un pueblo de Valencia; no, si me he ido directamente a Buero al hablar de teatro en el contexto de la reciente celebración de su día mundial, es porque él y el teatro conforman un binomio indisoluble, máxime en el paisaje de Guadalajara, su “ciudad predilecta” como él mismo proclamó, en justa correspondencia, cuando el ayuntamiento capitalino le otorgó el título de “Hijo predilecto” y la medalla de oro de la ciudad en 1986, aunque ambas distinciones las recibió ya en 1987. Al binomio Buero y el teatro, cabe sumarle un elemento más y convertirlo en trinomio: Buero, teatro y Guadalajara. Yo mismo le dediqué a esa tríada un libro —además, puede que sea del que más satisfecho me sienta— sencillamente titulado “Buero Vallejo y Guadalajara”, editado por la Diputación en 2016 con motivo del centenario del nacimiento del dramaturgo. Su edición se agotó en poco tiempo, lo que no solo me satisface, sino que me llena de orgullo, más que por el éxito editorial que supuso, por la contribución que hice para unir a Buero con su patria chica y su infancia, “la verdadera patria de los hombres”, como dijo Rilke. Los amores reñidos son los más queridos y Buero y Guadalajara no siempre convergieron en sus caminos ni respiraron el mismo aire, pero se quisieron, a su modo, pero se quisieron.
Aunque Buero es mucho Buero para el teatro, y para Guadalajara, esta es una ciudad que no descubrió el teatro con él, lo que sí ocurrió es que él puso a Guadalajara en el mapa del teatro cuando triunfó y se convirtió en uno de los dramaturgos más importantes de España en el siglo XX, sobre todo en su segunda mitad. Pedro José Pradillo ya documenta a partir de 1454 la representación continuada de autos sacramentales en la ciudad. Desde 1579 también llega a la ciudad, de la mano de la influyente y poderosa familia Mendoza, el teatro cortesano. El antiguo hospital de San Juan de Dios, reconvertido en escuela normal de magisterio mediado el XIX, fue corral de comedias desde finales del XVI y durante buena parte de los siglos XVII y XVIII. En la segunda mitad del XIX y primeras décadas del XX, el teatro vive en Guadalajara un gran impulso a través de las numerosas sociedades y ateneos que surgen en esa época. De ello nos habla con gran detalle y rigor el ya citado Pradillo en uno de sus mejores trabajos de investigación, titulado “Las musas en el Henares”. Y de la revitalización que el teatro vivió en la Guadalajara de posguerra, nada que ver con la etapa anterior, pero un impulso meritorio dadas las limitaciones económicas y los frenos sociales y políticos de la época, nos habla con profundidad y muy buena metodología Alba Gómez García en su trabajo titulado “El teatro en Guadalajara durante la posguerra (1939-1951)”. Después, ya saben: lo dicho, Buero pone a Guadalajara en el mapa del teatro y aquí se enciende una “Antorcha”. Y, tras el cierre del Liceo en los años 60 —el Principal ya se había cerrado en los 20— y el del Coliseo Luengo en los 90, todo lo cambia, a mejor, a mucho mejor, la construcción e inauguración en 2002 del magnífico teatro que lleva el nombre de Buero, la reforma del Moderno como teatro para espectáculos de reducido formato, y el trabajo de grupos como ATA y Gentes de Guadalajara, además de compañías profesionales como Fuegos Fatuos o Ultramarinos de Lucas, entre otros, además de grupos aficionados, y la importante programación de la Fundación Siglo Futuro en la que suele haber mucho arte escénico, sobre todo en su programa “Cultura en ruta”. Todo esto, dicho a trazo grueso porque si lo hiciéramos con fino y al detalle, sin olvidarnos de ningún nombre importante, este artículo tendría que extenderse mucho más.
Termino con el precitado Antonio Gala, dándole la vuelta a su conocida frase de que le gustaría darle una patada al teatro para que despertara. Ya se la debieron dar porque el teatro ha despertado hace tiempo, y en Guadalajara también, aunque, eso sí, hay mucha gente que aún no lo sabe. Demasiada.


