Archive for abril, 2026

Tiempo de teatro

Como continuación a mi post anterior y siguiendo la acertada y oportuna sugerencia de mi admirado y querido amigo Chema Sanz Malo, aún mejor persona que apasionado diletante, voy a dedicar este artículo al teatro, cuyo día mundial se celebró el pasado 27 de marzo, hace por tanto un mes. El inicio de la primavera, la estación en la que calla el silencio del invierno, es un tiempo muy propicio para el comienzo de casi todas las cosas que tengan que ver con la creación porque en él se despereza la biología y es época naciente, como el sol que viene del Japón con los ojos rasgados por sus cegadores rayos. Y en esos inicios de la primavera biológica, también brota, se acuna y acomoda la primavera biográfica, de ahí que en su mismo principio se celebre el día mundial de la poesía (21 de marzo), un día antes el de la narrativa oral (20 de marzo), una semana más tarde, el del teatro, y apenas un mes después el del libro (23 de abril), como ya comenté en mi anterior entrada, dedicada fundamentalmente al mundo editorial que, también en primavera, tiene su particular fiesta comercial en las ferias del libro que se celebran en numerosas ciudades e, incluso, pueblos, algunos con tan escasa población como Bustares. Mención especial merece la feria del libro de esta pequeña localidad serrana, que está a los pies del Santo Alto Rey en su Majestad —nombre completo de esta señera montaña, auténtico ejemplo de litolatría pues su misma cumbre es altar— ya que, pese a tener muy escasa población, ya lleva cinco ediciones y en la de este año, celebrada el pasado día 19 de abril, hubo 30 casetas, además de un completo y variado programa de actos. Venía a decir Antonio Gala, el escritor con el verbo más cálido y brillante y que mejor comunicaba, que la verdadera cultura no es la de las élites, ni la que se practica en las urbes, muchas veces impostada y como mera pose social, la verdadera cultura es la congénita y está en la raíz del pueblo, en sus señas de identidad y en su hacer sencillo. Bustares y su feria del libro le habrían servido de ejemplo al autor del “Manuscrito carmesí” para corroborar esa reflexión sobre la verdadera naturaleza de la cultura.

Dicen las estadísticas más recientes que el teatro en España vive un auténtico boom ya que fueron más de diez los millones de espectadores que asistieron el año pasado a espectáculos teatrales —incluidos los musicales, que también están en un punto álgido— y que cada vez es más difícil encontrar entradas para asistir a las funciones más relevantes. Doy fe de ello pues soy un asiduo espectador, sobre todo de la oferta madrileña, y como no te espabiles, te quedas sin poder ver muchas de las funciones más atractivas de su cartelera. Me ha pasado en varias ocasiones y estuvo a punto de pasarme, lo que nunca me habría perdonado, con la reposición, en el primer trimestre de 2025, en el teatro Español, de la “Historia de una escalera”, de nuestro paisano, Antonio Buero Vallejo. Además, no pudo prorrogarse la gran versión de la obra de Buero que dirigió Helena Pimenta por los compromisos de programación previos del teatro ubicado en la plaza de Santa Ana, por lo que fueron muchos los espectadores que se quedaron con ganas de verla. Tengo entendido que, ante el éxito de Buero en su regreso al Español —sala en la que comenzó su éxito teatral en 1949 con esta misma obra, ganadora del premio “Lope de Vega”—, es muy probable que pronto se repongan otras obras suyas, lo que avala la vigencia de su teatro, pese a quienes se empeñan en decir que su inspiración se opacó cuando murieron Franco y la censura. Por cierto, Buero murió el 29 de abril de 2000, por lo que también esta efeméride aconteció en primavera y está enmarcada en este tiempo en que la creación literaria brota cual semilla en el tiempo de la maduración.

Portada del libro `Buero Vallejo y Guadalajara´. Fotografía de Jesús Ropero.

Como habrán comprobado, ha sido pretender hablar de teatro y el consciente, que no el subconsciente y menos aún el inconsciente, me ha llevado rápidamente a Buero, y no solo porque mi abuela materna fuera prima hermana de su madre e, incluso, estuviera en el parto de Antonio en su casa de la calle Miguel Fluiters, frente al viejo convento de las clarisas que, apenas cuatro años antes de nacer él, habían abandonado el cenobio alcarreño para marcharse a otro ubicado en un pueblo de Valencia; no, si me he ido directamente a Buero al hablar de teatro en el contexto de la reciente celebración de su día mundial, es porque él y el teatro conforman un binomio indisoluble, máxime en el paisaje de Guadalajara, su “ciudad predilecta” como él mismo proclamó, en justa correspondencia, cuando el ayuntamiento capitalino le otorgó el título de “Hijo predilecto” y la medalla de oro de la ciudad en 1986, aunque ambas distinciones las recibió ya en 1987. Al binomio Buero y el teatro, cabe sumarle un elemento más y convertirlo en trinomio: Buero, teatro y Guadalajara. Yo mismo le dediqué a esa tríada un libro —además, puede que sea del que más satisfecho me sienta— sencillamente titulado “Buero Vallejo y Guadalajara”, editado por la Diputación en 2016 con motivo del centenario del nacimiento del dramaturgo. Su edición se agotó en poco tiempo, lo que no solo me satisface, sino que me llena de orgullo, más que por el éxito editorial que supuso, por la contribución que hice para unir a Buero con su patria chica y su infancia, “la verdadera patria de los hombres”, como dijo Rilke. Los amores reñidos son los más queridos y Buero y Guadalajara no siempre convergieron en sus caminos ni respiraron el mismo aire, pero se quisieron, a su modo, pero se quisieron.

Aunque Buero es mucho Buero para el teatro, y para Guadalajara, esta es una ciudad que no descubrió el teatro con él, lo que sí ocurrió es que él puso a Guadalajara en el mapa del teatro cuando triunfó y se convirtió en uno de los dramaturgos más importantes de España en el siglo XX, sobre todo en su segunda mitad. Pedro José Pradillo ya documenta a partir de 1454 la representación continuada de autos sacramentales en la ciudad. Desde 1579 también llega a la ciudad, de la mano de la influyente y poderosa familia Mendoza, el teatro cortesano. El antiguo hospital de San Juan de Dios, reconvertido en escuela normal de magisterio mediado el XIX, fue corral de comedias desde finales del XVI y durante buena parte de los siglos XVII y XVIII. En la segunda mitad del XIX y primeras décadas del XX, el teatro vive en Guadalajara un gran impulso a través de las numerosas sociedades y ateneos que surgen en esa época. De ello nos habla con gran detalle y rigor el ya citado Pradillo en uno de sus mejores trabajos de investigación, titulado “Las musas en el Henares”. Y de la revitalización que el teatro vivió en la Guadalajara de posguerra, nada que ver con la etapa anterior, pero un impulso meritorio dadas las limitaciones económicas y los frenos sociales y políticos de la época, nos habla con profundidad y muy buena metodología Alba Gómez García en su trabajo titulado “El teatro en Guadalajara durante la posguerra (1939-1951)”. Después, ya saben: lo dicho, Buero pone a Guadalajara en el mapa del teatro y aquí se enciende una “Antorcha”. Y, tras el cierre del Liceo en los años 60 —el Principal ya se había cerrado en los 20— y el del Coliseo Luengo en los 90, todo lo cambia, a mejor, a mucho mejor, la construcción e inauguración en 2002 del magnífico teatro que lleva el nombre de Buero, la reforma del Moderno como teatro para espectáculos de reducido formato, y el trabajo de grupos como ATA y Gentes de Guadalajara, además de compañías profesionales como Fuegos Fatuos o Ultramarinos de Lucas, entre otros, además de grupos aficionados, y la importante programación de la Fundación Siglo Futuro en la que suele haber mucho arte escénico, sobre todo en su programa “Cultura en ruta”. Todo esto, dicho a trazo grueso porque si lo hiciéramos con fino y al detalle, sin olvidarnos de ningún nombre importante, este artículo tendría que extenderse mucho más.

Termino con el precitado Antonio Gala, dándole la vuelta a su conocida frase de que le gustaría darle una patada al teatro para que despertara. Ya se la debieron dar porque el teatro ha despertado hace tiempo, y en Guadalajara también, aunque, eso sí, hay mucha gente que aún no lo sabe. Demasiada.

Tiempo de letras y libros

La primavera es la estación del año más asociada con la literatura. Es, sin duda, el tiempo de letras por excelencia; de hecho, su inicio mismo coincide con la celebración del “Día de la Poesía” (21 de marzo) y apenas un mes después se celebra el “Día del Libro” (23 de abril), en este caso por ser esta la fecha en la que murieron Cervantes y Shakespeare, los dos escritores más célebres de las dos lenguas literarias más importantes del mundo, el inglés y el español. Que el día dedicado a la poesía caiga en el mismo inicio de la primavera, tampoco es casual, sino verdaderamente causal, pues cuando la UNESCO fijó el 21 de marzo —siguiendo una tradición española— como fecha para su conmemoración anual a nivel mundial, tuvo muy en cuenta que era el inicio de esta estación en la que tanto biológica como metafóricamente crecen, no solo árboles, plantas y, especialmente, flores, sino que también maduran frutos literarios, o sea, libros. De hecho, las editoriales manejan dos temporadas al año como las más idóneas para editar nuevas publicaciones por ser las que más y mejores opciones comerciales ofrecen: la de la primavera (de febrero a junio) y la de otoño (de octubre a diciembre). Varios son los factores que favorecen la publicación de libros en primavera, sobre todo la oportunidad e idoneidad de, acabado el invierno, poner en marcha los planes de marketing y comunicación del nuevo libro, poder hablarse de él de forma sostenida y beneficiarse de la promoción boca-oído, organizar presentaciones y estar presente en las numerosas ferias del libro que suelen tener lugar en la segunda mitad de la primavera. De hecho, la de nuestra Guadalajara —lo digo así por no confundir con la FIL, la famosísima feria del libro de la ciudad homónima de Jalisco que tiene lugar en otoño—, este año tendrá lugar del 7 al 10 de mayo, en el parque de la Concordia. La de Madrid, que también es la nuestra por su tradición (ésta será ya la 84ª edición), categoría, amplísima oferta y cercanía, se celebrará del 30 de mayo al 15 de junio, en su habitual emplazamiento del parque del Retiro. Aprovecho la ocasión para comentar que estaré presente en ambas con mi nuevo poemario, titulado “El país de la palabra”, cuya edición está ultimando en Granada la editorial Valparaíso —la misma que ya editó mi anterior poemario intimista, “Ha callado el silencio”—, dentro de su importante colección de poesía; lo presentaré en la de Guadalajara, porque así lo he querido expresamente, y después acudiré un día con él a la de Madrid, a la caseta de la editorial, para firmar ejemplares a quienes lo deseen.

Guadalajara lleva ya un tiempo viviendo una etapa de una notable actividad editorial y, especialmente, literaria. Debemos congratularnos por ello y aprovecharlo porque, cuando yo moceaba y tanto el periodismo como la literatura ya me atraían sobremanera, que aquí se editara un libro era casi un acontecimiento porque muy pocos eran los que salían de imprenta y, generalmente, quienes lo hacían eran las instituciones públicas y las obras sociales de las cajas de ahorro. La que más, la cataléptica —lo digo así porque lleva mucho tiempo sin actividad, pero no está formalmente extinta— Institución de Cultura “Marqués de Santillana”, dependiente de la Diputación Provincial, que a finales de los años setenta, en la etapa de la Transición, impulsó su previamente ya notoria labor de promoción y difusión cultural en la provincia, con un progresivo aumento de la edición de publicaciones, gran parte de ellas de enjundia e interés. Esa labor editorial la sigue haciendo actualmente la Diputación, directamente a través de su Servicio de Cultura, publicando tanto libros en papel como electrónicos, si bien ya no está sola, o casi, en el panorama pues otras instituciones, especialmente el Ayuntamiento de la capital, pues la Junta apenas publica obra de carácter provincial, también han ido aumentando su presencia en el mundo editorial, aunque aún cabría pedirles un mayor esfuerzo. Por el contrario, las obras sociales de las cajas de ahorro, antaño tan activas en materia editorial, sobre todo Ibercaja y Caja de Guadalajara, apenas publican ahora libros de interés prioritariamente provincial pues el mundo financiero se ha centralizado y globalizado tanto que las entidades no están tan pegadas al territorio como antes, sino a los beneficios puros y duros y, claro está, Guadalajara es una provincia pequeña que no puede aportar grandes beneficios.

Un hecho verdaderamente diferencial sí que ha cambiado y favorecido el mundo editorial en la provincia en las últimas tres décadas: el nacimiento en 1993 de la editorial Aache, fundada por Antonio Herrera Casado y actualmente gestionada por su hija, Águeda Herrera Bachiller. Aache es un feliz invento del actual cronista provincial, un hombre inteligente, culto, metódico y trabajador que, a la vez, ha demostrado ser un gran emprendedor, algo que no suele ser muy habitual en el entorno de hombres de letras y humanidades como es él. Aache, 33 años después, lleva ya publicados más de ochocientos libros, en sus distintas colecciones, todos ellos vinculados, por razón de contenido, autoría o relación histórica con la provincia de Guadalajara. Además de diseñar, editar, promocionar y distribuir muy bien, Aache es una estupenda opción para quienes dudan entre la autoedición pura y dura o la edición a través de un tercero. La autoedición, cada vez más de moda, es una buena opción y además barata, para quienes se inician en el mundo del libro, pero tiene el problema de que suelen ser mejorables la calidad, tanto de la maqueta como de la edición, y, sobre todo, la distribución de las publicaciones autoeditadas. Editar un libro está muy bien y cada vez más al alcance de cualquiera, pero nada se ha escrito ni se ha publicado si no es leído por un mínimo razonable de público objetivo. Dicho esto, termino diciendo que, si no existiera Aache, centenares de obras de autores y temática provincial no habrían visto la luz editorial y eso implicaría que no se habrían escrito. Y eso es dejar mucho tiempo y muchas palabras en el tintero.

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