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Planeta Guadalajara

            La autoestima desmedida jamás ha sido un atributo propio de los guadalajareños, más bien todo lo contrario. Probablemente porque somos una provincia de población escasa –aunque la tendencia haya cambiado en los últimos años por el desarrollo económico y residencial del Corredor del Henares, dinámica justamente inversa a la despoblación que no cesa desde hace décadas en las zonas rurales-, con pocos municipios de peso específico en el contexto nacional y que tenemos una de las capitales menos conocidas y visitadas de España, entre otras circunstancias no especialmente favorables para poder sacar mucho pecho, no ofrecemos el “mapamundide Guadalajara en nuestras oficinas de turismo, como dice el chiste que hacen los de Bilbao en las suyas, sino algún folletito de andar por casa. Sea lo dicho sin ánimo de crítica alguna a los soportes impresos de información turística provincial –tanto los editados por la Junta como por la Diputación y los ayuntamientos-, mejorados pero mejorables, y en los que, con más voluntad que medios y más ilusión que acierto, trabajé en su día por razones de destino profesional. Un trabajo que siempre desarrollé convencido de que Guadalajara tenía mucho más que ver y conocer de lo visto y conocido y que se merecía más atención de los turistas que la que éstos le prestaban. Y he dicho turistas, no “domingueros, pirómanos y tira-botes” –expresión textual de una “sui-géneris” cuña de promoción de la provincia que mi amigo/hermano, Javier Borobia y yo, emitíamos en “El Guardilón”, nuestra querida y recordada tertulia radiofónica en Rueda Rato, luego Onda Cero– que esos vienen sin llamarles, no dejan más que mierda por donde van y arrasan con casi todo.

ClaraSanchez1-375x246 Aunque, tras esta larga parrafada pudiera parecerlo, hoy no tengo intención de extenderme en hablar ni de la autoestima ni del turismo provinciales, sino de la destacable y feliz circunstancia de que nuestra paisana guadalajareña, Clara Sánchez, acaba de ganar el prestigioso Premio Planeta con su novela “El cielo ha vuelto”, el galardón literario mejor dotado de los convocados en lengua española, con 601.000 euros -100 millones de las antiguas pesetas-, y que, además, tiene los valores añadidos de elevar notoriamente los niveles de conocimiento y prestigio de sus ganadores y de garantizar una venta masiva de ejemplares de sus novelas premiadas.

Clara Sánchez, como ella mismo dijo la misma noche en que fue proclamada ganadora del Planeta, ya ha entrado por la “puerta grande” de la literatura al ganar este premio, un premio que viene a sumarse a otros dos que ya había conquistado antes y que conforman la gran trilogía de los premios literarios españoles en la actualidad: el Alfaguara –en 2000, con la novela “Últimas noticias del paraíso”- y el Nadal –en 2010, con su obra “Lo que esconde tu nombre”-. Salvo error u omisión, ningún escritor español puede presumir, como ya puede hacerlo Clara Sánchez, de haber ganado estos tres importantes premios; algunos han ganado dos de ellos, como Manuel Vicent -el Nadal (1986) y el Alfaguara (1999) – y Lucía Etxebarría –el Nadal (1998) y el Planeta (2004) -, pero ninguno los tres, hecho que certifica definitivamente que Clara Sánchez es una extraordinaria escritora y que, de confirmar su trayectoria en próximas entregas, algo previsible, puede llegar a alcanzar el cenit de las letras españolas y llevarla a ser candidata a premios literarios de prestigio internacional que ni me atrevo a nombrar para no gafarla.

No se si es provincianismo de vía estrecha, pero como guadalajareño me siento muy orgulloso de que una doble paisana mía –nació en Guadalajara en 1955, seis años antes que yo, pero desciende de Galápagos, pueblo en el que viví los primeros meses de mi vida- haya obtenido un premio literario de tanto prestigio y repercusión como es el Planeta, siguiendo, por cierto, el camino que en su día transitó otro guadalajareño, natural de Baides, Ángel María de Lera –fallecido hace ya casi 30 años-, quien en 1967 ganó este mismo premio con su excelente novela titulada “Las últimas banderas”. El mejor homenaje que podemos hacer a ambos es leer sus libros, no porque sean guadalajareños, una provincia injustamente tenida por quienes la desconocen como de segunda e, incluso, de tercera, sino porque su literatura es de primera.

Puede que esta tierra sin apenas gentes y además mayores, de soles y fríos extremos, de vientos solanos y airones, de aguas con vocación atlántica que acaban en el Mediterráneo, de altos páramos y pequeñas sabinas, de anchas alcarrias y menudos chaparros, de estrechos valles y profundos barrancos cortados a tajo, tajuña y hoz, de tierras de barro y piedra, ocres de arcilla, escarlatas de rodeno y negriazuladas de pizarra,… puede que estas tierras, por no tener, no tengan ni los turistas que se merecen, pero ¡ellos se lo pierden!, porque del silencio y la soledad nacen las mejores inspiraciones y las plumas encuentran palabras aún con el tintero seco. Aunque se viva en Madrid porque el silencio y la soledad, aunque inspiradoras, son muy malas compañías y no dan de comer.

P. D. 1.- La “sui-géneris” cuña de promoción de la provincia a la que me he referido decía textualmente: “Provincia despoblada, pero rica en soles y vientos, precisa personal para recogerlos. Domingueros, pirómanos y tira-botes, abstenerse. Preguntar por Guadalajara. Máxima discreción”  (Busquen en Internet el precioso tema instrumental de “La Tejadilla”, del Nuevo Mester de Juglaría, y lean con voz solemne y pausada ese  texto con su música de fondo y recompondrán aquella cuña que Javier y yo emitíamos en nuestro programa “gratis et amore”, porque como decía Facundo Cabral, “lo mejor de la vida es gratis”).

 P. D. 2.- En la página web de Antena 3 se dan dos noticias referidas a Clara Sánchez con ocasión de haber sido premiada con el Planeta, en las que, textualmente, se refieren a ella de las dos siguientes y diferentes maneras: “escritora madrileña de origen alcarreño” y “escritora manchega”. Es evidente que algunos sueltan los gentilicios como los perdigones que a otros se les escapan al hablar. O a ellos mismos. 

Cayó el Imperio

             Aunque hacía ya diecisiete años que había cerrado sus puertas al público, el local que ocupaba el viejo “Cine Imperio” de Guadalajara ha comenzado hace unos días a ser derribado, ante el estado de ruina que presentaba el inmueble, con la correspondiente licencia municipal. Aunque me consta que hace unos años la propiedad estuvo negociando con un promotor la posibilidad de la venta del edificio para construir un hotel y unos apartamentos, de momento al derribo le va a suceder un solar vallado, uno más que sumarse a los que proliferan por el centro de la ciudad. Es larga la relación de este tipo de solares/heridas de nuestro casco antiguo: el que sobrevino al demolerse los edificios que albergaban en sus bajos la tradicional pescadería Maragato y la antigua zapatería Marelvi, en la mismísima plaza Mayor; el de la plaza de Prim, esquina a Bardales; el que hay enfrente del palacio de la Diputación, en la plaza de Moreno; o el de la antigua Imprenta “La Aurora”, en la plaza de San Esteban, últimamente ocupado por el bar “El Boquerón”, en los bajos de lo que en su día fuera el Palacio del Vizconde de Palazuelos, y que ha sido el último de los muchos palacios y de los no pocos conventos, iglesias y otros antiguos edificios de esta ciudad, eminentemente conventual y palaciega en su urbanismo histórico, que han sucumbido por derribo. Lo cierto es que Guadalajara es una ciudad que, entre las bombas de la artillería y la aviación militar, los piquetazos de la desidia y la incompetencia y los mazazos de la especulación, más que antigua parece vieja y muchos de los edificios modernos que se han construido en su casco histórico y el que lo circunda, bien por sus alturas, bien por sus materiales de construcción o por el diseño de sus fachadas, son auténticos homenajes al mal gusto.


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Pero hoy no quiero hablar de las arquitecturas de la ciudad, ni de las pocas históricas que aún quedan en pie, ni de las muchas de las que apenas quedan unos planos, unos grabados, unas fotos o tan sólo el recuerdo, ni de las “modernas” ni de las “posmodernas”, que ahí están para defenderse solas (o lo contrario); hoy quiero hablar de ese Cine Imperio que, aunque proyectó su última película en 1996 –por lo que llegó a convivir en el tiempo, en lucha desigual, con los Multicines del Alamín, inaugurados en 1995-, está siendo demolido en estos días, dado su estado de evidente ruina pues su cubierta se había derrumbado hacía tiempo y ya se sabe que la ruina de las casas entra por el tejado. 102 años ha durado este edificio que en 1911 fue el primero de los de la ciudad expresamente construido para ser Teatro-Cine; de hecho, su primer nombre comercial fue el de Teatro Cómico/Cine Impero, pasando a llamarse Cine Novelty en la República, aunque popularmente era conocido como “La Bombonera”. Tras ser rehabilitado después de un incendio, en 1936 pasó a llamarse por un tiempo Cine Isabelo Romero, recuperando después su primitiva denominación como Cine Imperio, que fue con la que cesó su actividad en 1996.

Al edificio del Cine Imperio lo han llevado al derribo el tiempo, el desuso y la falta de conservación. Pero al Imperio lo llevó al cierre la durísima competencia que para un cine de sala única y vetusta le representó la llegada a Guadalajara de los Multicines del Alamín, con sus siete modernas salas, su ambigú bien abastecido y su pequeño entorno comercial y de hostelería, con su aparcamiento y todo. Y si al Cine Imperio le llegó su hora  -por utilizar un símil del título de un conocido western- por la competencia de los Multicines de la Avenida de Barcelona, a éstos les llegó la suya cuando se inauguraron los del Ferial Plaza, con sus 14 salas a la última de medios y comodidades, su gran ambigú y su espectacular y amplio entorno comercial y de ocio.

Mis recuerdos personales del Cine Imperio se centran, fundamentalmente, en los años setenta, cuando ya moceaba, como diría mi maestro y amigo Lahorascala. De niño, mi cine era el de los Salesianos, al que podíamos acceder gratuitamente los alumnos del colegio los domingos por la tarde, pero eso sí, siempre que tuviéramos debidamente sellado el carnet del “Oratorio de Santo Domingo Savio”, que consistía en ir a misa los domingos por la mañana y, después, en participar en actividades lúdicas y deportivas en los amplios patios del centro, en las que siempre disfruté como el enano que entonces era -tampoco es que haya crecido mucho después, la verdad sea dicha-. Y allí no sólo vi películas de aventuras, de romanos, de piratas o del oeste, sino que también descubrí el mejor cine de la época, como por ejemplo “2001: Una odisea del espacio”, película de la que fue director Stanley Kubrick quien, por cierto, rodó entre Taracena, mi pueblo, e Iriépal, en 1960, algunas de las escenas de “Espartaco”. El mundo es un pañuelo y el del cine aún más pues, además de pliegues, está lleno de ilusiones y fantasías, como la de convertir el pequeño cerro llamado el “Cogorro” de Taracena en el gran Vesubio. Aprovecho que en las laderas del Vesubio/Cogorro ganaron la primera batalla los gladiadores de Espartaco a las tropas romanas, para subrayar el impagable papel que el Cine Club Don Bosco, con sede en Salesianos, desempeñó para promocionar el cine de autor en Guadalalajara –de arte y ensayo se le llamaba entonces-, como antecedente directo del Cine-Club Alcarreño, que aunque va a retomar su actividad en una sala de los Multicines del Ferial Plaza, debe retornar muy pronto a un Teatro Moderno abierto y en uso como centro de cultura activa de la ciudad, algo que debe hacerse posible ya mismo, querido excompañero y sin embargo amigo, Antonio Román.

Decía que mis recuerdos del Imperio son de mocedad y, efectivamente, de los años setenta datan, cuando de niño pasé a adolescente, una etapa naturalmente inquieta y movida de mi vida que coincidió con el inicio de la Transición política en España y con mi propia transición personal, cuando me gustaba bastante más ver “en pelotas” a la Cantudo, aunque fuera a través de un espejo, en “La Trastienda” (1976), en el tenido por el primer desnudo integral femenino del cine español, que a Fantomas volando en su Citroen Tiburón o, incluso, a Espartaco venciendo en el Vesubio a los romanos, y más sabiendo que era el “Cogorro” de mi pueblo. El Imperio vino a mi vida cuando yo me espabilaba, al tiempo que se espabilaba España, con aquél cine llamado del “destape” que, por lo general, lo conformaron películas muy malas pero que, a quienes andábamos por aquél tiempo con las hormonas haciendo la ola, nos daba igual porque sólo estábamos pendientes de las escenas con chicas desnudas… eso sí, siempre por “exigencias del guión”.

Quiero terminar este post siendo justo con el Cine Imperio porque, en mi época, no sólo se proyectó allí casi todo el cine de destape español, incluidas las películas clasificadas “S” –un paso intermedio entre el simple destape y el porno, y en las que se advertía al público que esos filmes “por su temática o contenido, podían herir la sensibilidad del espectador”-, sino que también tuvimos la oportunidad de ver en él muy buenas películas, entre las que especialmente recuerdo “El gran dictador”, de Charles Chaplin, o “Viridiana” y “La vía láctea”, de Luis Buñuel, cuando la censura se relajó, que se relajó antes y más para permitir que al cine español se le cayera el sujetador que para dar paso a películas de autor y de especial contenido social y/o político. Pero cayó el Imperio.

 

¿Se puede ser Mas cabrón?

 

            Artur Mas, el presidente de la Generalitat de Cataluña, es un cabrón con pintas. Y, por supuesto, no le llamo “cabrón” en la segunda acepción de esta voz en el Diccionario de la RAE, sino en la primera: “Dicho de una persona, de un animal o de una cosa: Que hace malas pasadas o resulta molesto”. Evidentemente, Mas no es ni un animal –aunque, a veces, haga alguna animalada política- ni una cosa, así que lo llamo cabrón porque a mi me parece que es una persona que hace malas pasadas y resulta molesto.

Ya se que suena muy fuerte lo de decir o escribir “cabrón” y que, habitualmente, se utiliza esta palabra como insulto, incluso de los gruesos, pero no es esa mi intención puesto que insultar es “ofender provocando a alguien” –la RAE, de nuevo, dixit– y la verdad ni puede ofender, ni menos aún provocar, como la “exceptio veritas” anula la existencia de cualquier presunta injuria o calumnia vertida contra alguien porque la verdad, aunque duela, nunca puede hacer incurrir a quien la proclama en delito de injurias o de calumnias.

Que Artur Mas, desde que se echó al monte e impulsó su delirante deriva soberanista, está haciendo malas pasadas, una tras otra, a Cataluña y España, es tan verdad como que mañana va a amanecer, salvo que en las horas que restan para la próxima albada llegue el Apocalipsis, o sea, la “liquidación de los tiempos”, según palabras del gran Ortega y Gasset, autor, entre otras muchas buenas obras, de “La España invertebrada”, esa gran reflexión sobre nuestra patria en la que el filósofo existencialista decía que España “padece el mal del particularismo”, que se manifiesta tanto en el ámbito territorial como en el social, y que alimenta “los separatismos”, y en la que “las distintas clases sociales solo actúan buscando intereses particulares”, o sea que cada grupo busca lo suyo sin importarle lo de los demás. La tesis final de Ortega en esta obra de referencia sobre la vertebración territorial y social de España, escrita hace 92 años, pero de plena vigencia en gran parte, incide en que “nos falta un gran proyecto colectivo, un proyecto unificador”. Vamos, que a España, o a “las españas”, como el propio Ortega bautizó a la diversidad unida de los territorios que la conforman, le conviene más conjugar el verbo unir que el separar, sumar que restar, multiplicar que dividir.

Efectivamente, Mas está propiciando que tanto Cataluña como el resto de España lo pasen mal, porque, con maniqueísmo de manual nacionalista, está dividiendo a la sociedad catalana entre “catalanes buenos” – a su entender y el de sus socios, los separatistas, por supuesto- y “catalanes malos” –los no separatistas-, o sea, los “charnegos” –como llaman algunos en Cataluña a los inmigrantes despectivamente-, aunque sean del mismo Santa María de Palautordera (B), de Valls (T), de Les Borges Blanques (LL) o de Palafrugell (GI) de toda la vida, o, al menos, desde que Felipe V ganara la Guerra de Sucesión Española, en 1714, que es cuando acabó el “capítulo catalán” de esta guerra, año en el que los nacionalistas asientan “el día cero” de sus reivindicaciones independentistas, que ni mucho menos se jugaban en aquella guerra entre partidarios de los Borbones y de los Austrias en medio de una Europa también en armas, con tropas extranjeras por medio tratando de pillar cacho –Menorca y Gibraltar trincaron los ingleses-, para hacerse con el trono de España, dejado vacante por Carlos II, llamado “el Hechizado” por su precaria salud, y último monarca de la dinastía Austria en España, a la que, por cierto, apoyaron los catalanes en aquella Guerra, repito, de sucesión, aunque algunos quisieran que hubiera sido de independencia. De la catalana, por supuesto, puesto que, curiosamente, el País Vasco apoyó a los Borbones y, por ello, los nacionalistas vascos ni mientan al de Anjou y su triunfal guerra que le llevó al trono español y sitúan su particular “zona cero” independentista en las barbaridades racistas y fascistoides escritas por el fundador del PNV, Sabino Arana, a finales del siglo XIX, tras conocer, por cierto, los movimientos “regionalistas” catalanes de la época.

Fomentar la animadversión contra el resto de España en las escuelas y en la vida pública, manipular y tergiversar la historia a capricho, arrinconar la lengua castellana como Franco arrinconó la catalana, dividir Cataluña en “buenos” y “malos”, alentar a quienes nos insultan al resto de los españoles afirmando injustamente que “España nos roba”, elevar el cinismo a la enésima potencia diciendo que “Cataluña ama a España, pero desconfía del Estado”, tratar de saltarse a la torera –perdón, que allí están prohibidos los toros, no por cornudos, sino por españoles-, mejor dicho, pues, tratar de hacer una butifarra de la Constitución que en 1978 aprobaron el 90,46 por ciento de los catalanes que acudieron a las urnas (el 67,90 del censo), gastarse lo que haga falta en embajadas, televisiones, “col-legis”, proclamas, gestos y actos independentistas mientras muchos catalanes no tienen un “calçot” que llevarse al plato, etc. etc. etc. como está haciendo y/o permitiendo Artur Mas, no me digan que no es molestar y hacer malas pasadas a muchos catalanes y, por tanto, a muchos españoles, no sólo catalanes. ¿Se puede, entonces, ser más cabrón, según la primera acepción de esta entrada en el Diccionario de la RAE, que lo está siendo Mas con Cataluña, en particular, y con España, en general?

El problema es que este “gasto” lo ha contraído Mas, pero la “factura” la pagaremos todos, una factura cuyo “IVA” no será otro que fracturar la sociedad catalana por muchos años, al tiempo que alentar el antiespañolismo en Cataluña y el anticatalanismo en España. O sea, la mayor cabronada de lo que está haciendo Mas es que sabe que ahora no es posible separar a Cataluña de España, pero está contribuyendo, decisivamente, a que un día, más pronto que tarde, sí lo sea. ¡Qué cabrón!

 

No a una sanidad por favor

            Desde la perspectiva de un castellano de Guadalajara que vive en la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha, región artificial donde las haya, nacida de urgencias –por el llamado “café para todos”- y oportunistas componendas políticas -¿qué carajos pinta Guadalajara en una región en la que no está Madrid?-, algunas de ellas a caballo entre el sainete y el vodevil, las comunidades autónomas sólo tienen sentido si, de verdad, acercan la administración al administrado y son útiles a los ciudadanos. En otros lugares de España –sí, de España-, puedo entender –y entiendo, aunque dentro de sus justos términos, no de manera exacerbada, radical, injusta e insolidaria- que haya un componente de identidad y emotividad regionales que sumar a la valoración que para sus ciudadanos tienen las comunidades autónomas, concepto de organización territorial recogido en la Constitución de 1978, sin duda heredero del de las “regiones autónomas”, pero dentro del “estado español integral” –repito, integral, o sea, único-, que por primera vez se reconocieron en la Constitución republicana de 1931, lo que posibilitó la aprobación de los dos primeros estatutos regionales autónomos españoles, el de Cataluña y el País Vasco –bastante más limitados en competencias que los actuales, por cierto-, y el inicio de la tramitación del de Galicia, que casi coincidió con el comienzo de la Guerra Civil en 1936, quedándose en simples borradores, aún muy en mantillas como para llegar, si quiera, a poder ser considerados anteproyectos, los estatutos regionales de Andalucía, Aragón y Valencia.

A pesar de lo que pueda intuirse en el largo párrafo inicial de este post, mi intención no es dedicarlo a hablar del preocupante momento separatista que se vive hoy en Cataluña –y siempre en el País Vasco, pues la tregua de ETA y la presencia de los abertzales/brazos políticos de la banda aún armada en las instituciones públicas son dos caras de la misma moneda- y en el que espero altura de miras de la clase política catalana, en particular, y española, en general, pues, como decía el Guerra torero, “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”, o sea, que ni la celebración de un referéndum pro-independentista ni la independencia misma caben en la vigente Constitución española, como hasta los dos últimos presidentes socialistas del gobierno español, Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, han manifestado públicamente, al tiempo que apostaban por una reforma de la Carta Magna para hacer posible el federalismo en España, algo que ya es prácticamente un hecho, pero que si también es un derecho terminará por ser una mullida alfombra para alimentar el ya sobrealimentado separatismo, al tiempo que una encrucijada política cercana al esperpento pues, ¡qué quieren que les diga: yo no veo ni en pintura, ni a Castilla-La Mancha ni a otras comunidades, como un estado federado al Estado español, ni mucho menos aún que haya estados federados y otras regiones sean sólo eso, regiones, o sea, que lleguemos al llamado “federalismo asimétrico”, invención del socialista catalán Pascual Maragall, y que en el fondo es una propuesta de que unos españoles sean y tengan más que otros!

Volviendo al principio, es una evidencia que, incorporándose Guadalajara a Castilla-La Mancha, la administración, lejos de acercarse, se nos ha alejado, pues si con el estado centralista de Franco la teníamos en Madrid –nuestra capital nacional de derecho y regional de hecho-, ahora con el estado autonómico la tenemos en Toledo y, lamentablemente, en vez de descentralizarse el poder que allí se ha ido concentrando con las transferencias, a lo más se ha desconcentrado –yo creo que ni eso-, que es un concepto bien distinto del de descentralización, como sabe hasta un alumno poco aplicado de Derecho. O sea, que las decisiones de calado se toman en Toledo, allí se ingresan y reparten los cuartos y aquí sólo se hace burocracia.

El concepto de utilidad al que también me he referido antes, tan clave en economía, podemos examinarlo muy gráficamente en su aplicación práctica en Castilla-La Mancha con lo que ocurre en la sanidad, como oportuna y sensatamente ha reflexionado, hace tan sólo unos días, Ramón Ochoa, presidente del Colegio de Médicos de Guadalajara –perdón, que ahora los antiguos colegios oficiales de las provincias son meras “delegaciones” del regional- y del de Castilla-La Mancha: «Las autonomías se han hecho para beneficio de los españoles, no puede ser que se conviertan en un obstáculo”, ha dicho, con buen criterio, el doctor Ochoa, a raíz del anuncio hecho por la ministra Ana Mato de la puesta en marcha de la tarjeta sanitaria única para toda España, algo que debería haber sido operativo desde el mismo momento en que se comenzaron a realizar las transferencias sanitarias a las comunidades autónomas y así nos habríamos evitado -es tan sólo un ejemplo- el bochorno que vivió una familia guadalajareña que acudió a las urgencias de un centro de salud andaluz el pasado verano y les atendieron al acabar las consultas, sin registrar documentalmente la atención “y por favor”, porque su tarjeta del SESCAM no era válida allí. Y para que les hicieran una receta, tuvieron que dedicar dos mañanas al papeleo y adelantar el pago del medicamento de su bolsillo. Tan mal lo pasaron, que estaban decididos a, al año que viene, sacarse la tarjeta sanitaria europea, como si, en vez de a Almuñécar, fueran a veranear a Mikonos.

Sin salir de Castilla-La Mancha, y como el propio doctor Ochoa comentaba, no es precisamente razonable que “para hacerse una prueba de Medicina Nuclear, un guadalajareño tenga que ir a Ciudad Real, teniendo Madrid a treinta minutos, o que en unas comunidades autónomas sean gratis unas vacunas y en otras no”. Se mire como se mire y por mucho que se quiera coger el rábano por las hojas para tratar de justificar lo injustificable, estos hechos, reales como la vida misma y que a diario padecemos los guadalajareños, se alejan sideralmente del espíritu y la letra del artículo 14 de nuestra Constitución que, literalmente, dice: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

Antes de modificar la vigente Constitución, y menos aún para abrir definitivamente la puerta a que haya españoles de primera, de segunda y de tercera, lo que hay que hacer es cumplirla y hacerla cumplir, que es lo que juran o prometen los políticos cuando acceden a cargos públicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

La tierra color tierra y el cielo color cielo

            Si hay un día al año especialmente pestoso para los habitantes de Guadalajara capital ese es el siguiente al de la finalización de las Ferias y Fiestas, o sea, hoy, fundamentalmente porque significa el final del ciclo del estío, con lo que ello conlleva –fin de vacaciones, buen tiempo, fiestas, etc.- y el inicio del otoño, un tempero estupendo para el variado paisaje de nuestra tierra, pero no tanto para nuestros cuerpos serranos, alcarreños, campiñeses o molineses pues los días acortan que es una barbaridad, el fresco –como llaman en las serranías del norte y en las parameras de Molina al frío- se nos va metiendo en el cuerpo, y los amaneceres para los que trabajamos o estudian son espesos pero, para los que no trabajan y quieren trabajar, directamente frustrantes de tantos “lunes al sol”; y, como decía, más en éste que sigue al domingo final de Ferias que, para colmo, y según veo con coña en el calendario de mesa, es la festividad de San Cornelio.

Como decía la canción de esa pedazo de artista que es, incluso ya mayor, Paloma San Basilio, “la fiesta terminó” –pocas quedan ya por celebrarse en la provincia, aunque entre ellas las de Azuqueca, que siempre cogen el relevo a las de la capital- y nos toca guardar el traje festivo en el armario y ponernos el hato de diario para retomar nuestras rutinas, hecho que también tiene su puntito placentero de relax y dejarse llevar, pero nada que ver con el que al cuerpo le da lo de estar de vacación y de fiesta, por muy cansado que termine siendo, sobre todo a ciertas edades, algo que voy comprobando con el paso del tiempo, que “me lo decía mi abuelito, me lo decía mi papá”, como escribió José Agustín Goytisolo y cantaba Paco Ibáñez, y que “me lo dijeron muchas veces pero lo olvidaba muchas más”.

Hoy, pues, festividad de San Cornelio –y de San Cipriano y de algunos santos, beatos y mártires más-, la ciudad de Guadalajara comienza su nuevo ciclo de otoño/invierno, aunque aún le queden oficialmente al verano seis días por consumir –oficialmente acaba el día 22- y su tercera y última luna llena, que tendrá lugar el 19 de septiembre. Pero, como decía antes, aunque el otoño se identifique con una etapa de regresión en lo climatológico, en Guadalajara, si viene templado y progresivo y no frío y de golpe, nos brinda algunos de sus mejores momentos de todo el año, especialmente en los paisajes de hojas caducifolias, de entre los que destaca de manera sobresaliente el Hayedo de Tejera Negra, pues el color pardo o rojizo que adquieren sus hojas por la disminución de la luz, combinado con el multicolor de los abundantes frutos de este tiempo y el de las hojas de otros árboles que conviven con las hayas –como acebos, tejos, robles, abedules y pino silvestre,…- configuran una paleta de colores que sería un festín para los mejores pintores impresionistas, los amos del arco iris, con el permiso del sol y la lluvia.

El otoño no le sienta demasiado bien a los hombres, o sí, pero a pocos nos gusta ir a menos, o parecer que vamos a menos, pero a la tierra de Guadalajara el otoño le suele sentar como un anillo a un dedo, sin duda porque a la tierra color tierra que Cela dijo que era la de la Alcarria a su paso viajero por Taracena (“A la tierra color tierra / le maduró un sarpullido. / Bajo el sol de Taracena / cuelga la vida de un hilo), le gusta romper la monotonía del ocre térreo con el verde, el amarillo y el rojo arbóreos y el azul del cielo que, en los días claros de este tiempo en nuestra tierra, compone un cielo color cielo que puede ser igualado por el de otras tierras, pero no superado.

Contra el síndrome “pos-vacacional”, “pos-veraniego” o “pos-festivo”, el mejor antídoto en Guadalajara es darse un baño de tierra y cielo, dejarse de holgazanear en el sillón y de remolonear por los pasillos y echarse a los mil y un caminos de esta tierra por la que, no en vano, han pasado casi todas las civilizaciones que históricamente llegaron a la Península, dejando en ella su huella hasta el punto de que algunos lingüistas estiman que uno de los posibles orígenes etimológicos de la voz “Alcarria” –que es una tercera parte, pero no el todo de las guadalajaras– significa “el camino”. ¡Póngamonos a él y andémosle!

Las Ferias de hoy, ayer y siempre

 

            Las Ferias de Guadalajara han cambiado más entre la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI que desde que Alfonso X concediera a la ciudad, en 1260, el “Privilegio Real” de la celebración de dos ferias: unas se celebraban en primavera, “durante los 11 días siguientes a la Pascua de Quincuagésima”, y otras en otoño, exactamente “ocho días antes y ocho después de San Lucas”, o sea, en la segunda mitad de octubre. Aquellas primigenias ferias de otoño han ido moviéndose en el calendario, casi siempre adelantándose en busca de un tiempo más bonancible, hasta llegar a celebrarse, como ocurre ahora y desde hace ya unos años, a finales de verano. Por seguir haciendo un guiño historicista a las ferias de la capital, cabe recordar que, gracias a la cédula que en tal sentido expidió Felipe V en 1707, Guadalajara mantuvo el privilegio de celebrar dos ferias al año, las de primavera, en marzo, exactamente el “día del Ángel de la Guarda”, primero de mes, y las de otoño, casi ya en diciembre, el día 25 de noviembre, festividad de Santa Catalina.

Decía que las Ferias de Guadalajara han cambiado mucho en las últimas décadas, y no sólo de fecha de celebración, y creo que decía bien porque durante casi siete siglos, las de la capital eran ferias puras y duras, concretamente de ganado, que se completaban y complementaban con ofertas puntuales de ocio, comida y bebida para dar satisfacción a las personas que acudían a mercadear en torno a la feria ganadera. Desaparecida la feria de ganado, bien entrado el siglo XX, ésta fue sustituida, a principios de los años sesenta, por la llamada “Feria de Muestras del Comercio y la Industria”, que organizaba la Cámara de Comercio, con años de especial éxito de expositores y público cuando se celebraba en los terrenos que hoy ocupa el magnífico parque de Adoratrices y que, durante tres décadas, las dos últimas del XX y la primera del XXI, tras dejar de celebrarse allí la “Feria de Muestras”, fue el recinto ferial de la ciudad, hasta que éste se desplazó al nuevo recinto al otro lado de la A-2, junto al Centro Comercial Ferial Plaza y El Corte Inglés. Aunque muchos no lo sepan o no hayan caído en ello, el nuevo ferial se localiza en la oficial y adecuadamente llamada “Avenida del Ocio”, pues allí se concentra la mayor oferta comercial, recreativa y de servicios de hostelería de toda la ciudad, no sólo en ferias, sino durante todo el año.

De las originarias ferias de ganado que desde el siglo XIII se celebraban en Guadalajara, se pasó a las llamadas “ferias y fiestas”, denominación que se mantiene en la actualidad, si bien el concepto de feria ya no lo aporta una cita comercial específica anual, y menos aún de ganado, sino las atracciones lúdicas y recreativas que se instalan en el recinto, complementadas por una amplia oferta de puestos de restauración, eufemismo que quizá le venga un poco grande a los típicos puestos de chorizos, morcillas y demás viandas “colesteroleras” que, esos sí, siempre han estado en nuestras ferias, fueran de ganado, de “Mielitos” –ese riquísimo trigo hinchado y endulzado con miel que se producía en Humanes, dignísimo antecedente de los americanos “Kellogs”, y producto estrella de las viejas “Ferias de Muestras”- o de tómbolas, tiros, “güitomas”, caballitos, barcas, norias, coches de choque y demás cachivaches y atracciones que reinan, desde hace ya décadas, en el recinto ferial, supliendo a las mulas, los bueyes, las ovejas y las cabras, para cuyo mercadeo concedió su privilegio a la ciudad el rey “Sabio”. Incluso hubo un pregonero que, festiva pero atinadamente, se atrevió a decir desde el balcón del Ayuntamiento en la plaza Mayor de la ciudad que la “sabiduría” le vino reconocida a Alfonso X, no por sus valiosas aportaciones a las primeras fuentes del derecho español, ni al juego del ajedrez, ni a la literatura y a otras artes, que fueron muchas, sino por haber concedido a Guadalajara ese “privilegio” de celebrar, no una feria, sino dos. Ese pregonero fue y es un excelente periodista y un gran amigo, Santiago Barra.

Aunque a quienes no lo hayan vivido, bien por razones de edad, bien de avecindamiento, les cueste creerlo, hasta 1978 las ferias de Guadalajara se celebraron en el parque de la Concordia, emplazamiento que sucedió al paseo de las Cruces y a la plaza de Santo Domingo. La verdad es que las ferias en la Concordia tenían un encanto muy especial, alternándose cachivaches y puestos entre la abudante vegetación del parque, pero hizo muy bien el entonces alcalde, Agustín de Grandes –por iniciativa de ese extraordinario concejal de parques y de cementerio que fue Francisco Borobia-, llevándoselas a Adoratrices, porque la Concordia quedaba, año tras año, literalmente arrasada, como hizo muy bien hace unos años el actual alcalde, Antonio Román, llevándoselas a la Avenida del Ocio porque las redes eléctricas y de saneamiento del viejo ferial de Adoratrices estaban ya en un precario peligroso, el polvo y el ruido impactaban muy negativamente en vecinos y visitantes y, sobre todo, porque el solar que ocupaban las ferias durante siete días al año, era un descampado degradado durante los otros 358 días, en vez del bonito parque que ahora lo ocupa siempre, con parking subterráneo incluido.

Lo que nunca ha cambiado ni cambiará es que, cuando acabe, cada uno contará la feria según le haya ido en ella. Ese dicho, que tiene su origen en el éxito o el fracaso de ventas de los feriantes –como hemos dicho, en su día, de ganado, hace ya tiempo que sólo de atracciones y puestos-, sigue siendo plenamente vigente por lo que espero y deseo que todos los lectores de GD encontréis en las ferias próximas a celebrarse motivos sobrados para recordarlas y contarlas con agrado, especialmente los adolescentes, pues nuestras ferias siempre han tenido un componente casi iniciático en los primeros amores.

Biología y biografía de La Concordia

Me parece muy bien que el Ayuntamiento de Guadalajara vaya a invertir 600.000 euros en reparar, reformar y mejorar el Parque de la Concordia como ha anunciado el equipo de gobierno a través del segundo teniente alcalde de la ciudad, mi excompañero y sin embargo amigo, Jaime Carnicero. La Concordia, objetivamente, hace tiempo que demandaba una actuación en él, incluso de mayor calado que la que se va a acometer, pero entiendo que los tiempos no están para hacer lo que se quiere, sino lo que se debe y se puede. Ahora confío en el buen hacer de los técnicos municipales para que el proyecto sea lo más adecuado posible y se actúe de manera eficiente en los problemas más acuciantes del parque que, efectivamente, como ya anunció públicamente Carnicero, radican en la necesidad de mejorar la recogida de aguas pluviales, el drenaje y adecuada compactación de los paseos de tierra, muy afectados por las escorrentías, la mejora de los parterres y las praderas de césped, incluido su abordillamiento, bastante deteriorado en algunas zonas, la aplicación de las nuevas tecnologías a la red de riego automático, la renovación del mobiliario urbano, especialmente los juegos infantiles, y, por supuesto, un tratamiento adecuado de los árboles y arbustos que completan la floresta del parque, reponiendo marras, realizándose nuevas plantaciones y creando nuevos macizos para la plantación de flores de temporada, algo que se está haciendo muy bien en algunas glorietas de la ciudad, especialmente en la Avenida del Ejército. Si el presupuesto diera para ello, o habilitándose uno complementario, creo que también sería conveniente que se renovara la fuente luminosa que está en el eje del parque y que se tratara adecuadamente el entorno de las estatuas que hay en él, incluida su iluminación monumental.

Reconozco mi debilidad personal por el parque de la Concordia, debilidad que tiene su origen en que, desde que nací en 1961, cuando Guadalajara era una cuarta parte de lo que es ahora, siempre he vivido junto a él.  Y a él fui de la mano de mis padres incontables veces cuando era pequeño, allí dejé de ser niño y me hice adolescente mientras correteaba, jugaba a las chapas o leía a Tintín en la biblioteca de préstamo de libros que había junto al kiosco de música, después lo anduve hasta desgastar no pocas suelas de zapato y comer muchas bolsas de pipas, cogido de la mano de alguna chica a la que siempre llevaba al “árbol del amor” que aún pervive cerca de la Mariblanca, en él paseé a mis hijas y las llevé de la mano adonde me llevaron a mi y en él vi otoñar a mi padre mientras caminaba, al tiempo que leía, subrayaba y hasta corregía las erratas del periódico, como si fuera uno más de los miles y miles de exámenes que evaluó en los más de cuarenta años que ejerció de maestro. En La Concordia hay una estatua invisible de mi padre, a la que guiño el ojo y sonrío cuando paso cerca de ella.

Parque_de_la_Concordia_1910Por todo ello y mucho más –como, por supuesto, el hecho de que desde 1999 a 2003 yo fuera el responsable de su mantenimiento y conservación como Concejal delegado de Parques y Jardines de la ciudad-, la Concordia es para mí mucho más que un parque, un sentimiento que, estoy seguro, no es privativo mío por las muchas circunstancias que me vinculan a él, sino que comparten la inmensa mayoría de los habitantes de Guadalajara pues ésta, aunque afortunadamente sea una ciudad con muchas zonas verdes, tiene a la Concordia no sólo como un parque, así en indeterminado, sino como el parque por excelencia, no en vano es el más antiguo –data de 1854-, el más céntrico, el más concurrido y el más emblemático.

Hay una cita de Ortega y Gasset –puede que sea el español más citado, ¡por algo será!- que dice que “el hombre, más que biología, es biografía”. Tomando esa extraordinaria reflexión prestada, creo que la Concordia, más que biología, rica y diversa, es, efectivamente, biografía pues lo han vivido intensamente y asumido como propio todas las generaciones de guadalajareños, desde mitad del siglo XIX, cuando sobre lo que fueron las “Eras Grandes” de la ciudad, entre el Arrabal del Agua y el de Santa Catalina –zona de la actual C/ Nuño Beltrán de Guzmán-, el Paseo de San Roque –también llamado popularmente “Carrahorche”- y la Carrera de San Francisco –así nominada por los alardes a caballo que en ella se celebraban-, nació este parque que fue llamado de la Concordia “en testimonio de la que felizmente reina en esta muy noble y muy leal ciudad “.

Acabo citando a un tal Jesús Orea –al contrario que ocurre con Ortega, a mí solo me cito yo mismo- en un emotivo artículo que publicó el 16 de septiembre de 1987 en su querido y recordado periódico “Flores y Abejas” y que se titulaba “Elogio y nostalgia de La Concordia”: “Todos los niños del mundo deberían tener a la puerta de su casa un parque tan amplio, denso y bonito como La Concordia; incluso, tendría que ser un derecho del niño a añadir a la relación de los que la ONU aprobó en 1959 y a la que, en muchos países, no hacen ni puñetero caso, por cierto”.

 

Gráfico: Planos originales del parque de La Concordia/ Archivo Ayto. de Guadalajara.

Provincia abierta por vacaciones

El “Caso Bárcenas” no ha dado mucho de sí esta semana, a pesar de los empeños del flojísimo secretario de organización del PSOE, Oscar López, en forzar titulares que pueden costarle hasta una querella por calumnias; por otra parte, a UGT de Andalucía le han pillado malversando (presuntamente, of course) fondos públicos al derivar partidas de formación de desempleados a gastos de publicidad y propaganda –siempre va la burra al trigo…-. Y hablando de burras/dinero público y de trigo/propaganda: Arturo Mas se va a gastar más de 100.000 euros en la prensa escrita –es fácil adivinar qué cabeceras se van a llevar la magra- para publicitar la “Diada” catalana del próximo 11 de septiembre y ya se han presupuestado diez veces más, o sea un millón de “pavos”, para la del año que viene, puesto que entonces se conmemorará el tricentenario del triunfo de la dinastía Borbón frente a la de los Austria en la Guerra de Sucesión Española –la Batalla de Villaviciosa fue clave en su discurrir-, que es uno de los hitos históricos en los que se asienta el nacionalismo catalán, por considerar que tuvo unas muy negativas consecuencias para Cataluña, como si para el resto de las regiones de España la llegada del rey de origen francés en 1714 hubiera sido el bálsamo de Fierabrás para todos sus males; por cierto, que habría que revisar el por qué de este hecho, ya que Felipe V, antes de su victoria militar, llegó a acudir hasta las Cortes catalanas, a hablar en ellas en catalán y a pactar con los catalanes,… ¿podrían tener causa esas supuestas negativas consecuencias en algo que éstos después no cumplieron?-; ¡ahí lo dejo! El caso es que el nacionalismo radical, además de endogámico, sectario, centrípeto, aldeano y excluyente suele jugar con la historia a su conveniencia, silencia capítulos, amplifica otros y manipula casi todos. Y acostumbra ser muy caro…

En fin, que yo me proponía escribir hoy un post descargado de política, aunque sólo fuera por evitarme una sudada mental extra en estos días de sofoco agosteño, pero he terminado haciendo caso omiso a lo que se cuenta que Franco aconsejaba a quienes le iban a protestar al Pardo por alguna decisión de sus ministros: “¡haga usted lo que yo, no se meta en política!”, una frase que por su enorme calado merecería haber sido pronunciada de verdad por el “Generalísimo”.

IMG-20130821-WA0000Metido ya suficientemente en política por hoy, la segunda parte de este post la voy a dedicar a escribir de lo que verdaderamente me apasiona, que es mi provincia, especialmente sus zonas rurales, ahora que nuestros pueblos apuran sus últimos días del mes en el que, contrariamente a lo que ocurre durante el resto del año, excepción hecha de Semana Santa y algún fin de semana, la mayor parte de sus casas están abiertas, en sus calles no se escucha el silencio y la soledad no es la única compañera de los mayores que quedan  en ellos, cada vez menos y cada vez más mayores.

Agosto es a Guadalajara lo que el domingo a la semana. Es sinónimo de fiesta, antes de baño semanal en balde con agua soleada y ahora de ducha con agua corriente, pero no pocas veces traída al depósito por camiones de la Diputación porque los manantiales, como las lágrimas de las abuelas, hace tiempo que ya se secaron. Y no hay mayor dolor y desconsuelo que querer llorar y no poder. Como no hay mayor injusticia que ver el agua caída en tu tierra camino de otras de mayor fortuna, mientras tú te quedas con tu secano y tu sed.

Agosto es a los pueblos de la Guadalajara rural, que es la que ocupa un ochenta por ciento de su extensión pero sólo reúne a un veinte por ciento de su población, lo que el canto de los gallos picajosos a las albadas; el final de la noche, la amanecida, ese momento en el que tras una noche de bochorno en un mar de sudor y sábanas arrugadas, una fresca y aliviante brisa se cuela por las ventanas de las alcobas incitando a retomar el sueño y la pereza. En agosto, Guadalajara está de fiesta y es una fiesta total, sin duda porque no hay mayor fiesta que la del regreso y el reencuentro, que la de los pueblos llenos de gentes y además alegres, aunque sólo sea por unos días, porque el silencio y la soledad ya no habrán de faltar los otros once meses del año en los que podría colgarse un gigantesco cartel que gritara a la escarcha, al hielo y al viento solano: “Provincia cerrada por no vacaciones”.

No quiero terminar este artículo sin tratar de ponerle un buen punto y final –aparte mejor, que los finales son tajantes y excluyentes- con un poema del viajero que mejor cantó a la Alcarria, Camilo José Cela, y que por un tiempo hasta se avecindó en ella; gustoso, me consta. Se trata de la “Cancioncilla de los cuatro ríos”, que forma parte del “Cancionero del Viaje a la Alcarria”. Lean y disfruten:

 

Por el Jarama

va un negro toro.

                                               Una señora

                                               y  un caballero.

Muy de mañana

el río es de oro.

                                               Corre la aurora

                                               por el sendero.

El río Henares

lleno de agua.

                                               Un caballero

                                               y una señora.

Negros pesares

y alba la enagua.

                                               Vuele el sombrero!

                                               Cante la alondra!

Pasa el Tajuña

lindando huertas.

                                               Una señora

                                               y un caballero.

Gata garduña

la barbechera.

                                               Marca una hora

                                               sobre el pañuelo.

El río Tajo

como un lebrel.

                                              Un caballero

                                               y una señora.

Ni alto ni bajo:

plomo y cordel.

                                               Sobre el estero

                                               va una amazona.                                

“Poderoso caballero es don dinero” (fin de la cita)

            Para mí, hoy, no es lo mismo decir “se cierra Comillas” que “fin de la cita”, aunque puedan ser dos expresiones sinónimas en la mayoría de las ocasiones en que se emplean, sobre todo si la voz “comillas” se escribe con minúscula. Y digo para mí –o sea, que hago de ello una cuestión personal- porque, como ya dejé dicho en mi post anterior, cerrarse este año Comillas, así, con mayúscula, significa que, bien a mi pesar, se me han acabado las vacaciones disfrutadas en esta preciosa villa castellana vieja y cántabra, a la que renuevo mi afecto y fidelidad, y a la que me propongo el próximo verano volver a volver que, aunque pueda parecer un silogismo más que una redundancia, no es lo mismo que revolver, por mucho que el prefijo “re” indique repetición de la acción a la que precede. Me cito a mi mismo en una de las “125 Luces de Bohemia”: “Sólo se regresa al punto de donde se parte; a los demás sitios, simplemente se va”. Y créanme, cuando fui por primera vez a Comillas tuve la sensación de que regresaba, no de que iba por primera vez.

El lector avisado, que doy por hecho que lo son todos ustedes porque no es fácil que uno despistado se pase por aquí y, menos aún, que regrese, ya habrá intuido que no voy a escurrir el bulto por mi pasado pepero, del que ni reniego ni renegaré –y mi presente, porque mi pensamiento político liberal forma parte del ideario básico del PP aunque algunos de sus dirigentes no se enteren o no se quieran enterar, que es peor-, y que voy a volver a hablar del espinoso tema del “Caso Bárcenas”, que se está enmarañando y comprometiendo a los populares cada vez más y, especialmente, a su presidente, que es también presidente del gobierno español, Mariano Rajoy. Esa ya célebre expresión de “fin de la cita” -sinónima de “se cierran comillas” pero no de “se cierra Comillas”-, pronunciada por Rajoy en voz alta en su discurso de comparecencia ante el Congreso el pasado 1 de agosto, cuando era una acotación al margen escrita para no ser leída, es muy gráfica de la desorientación que, a mi juicio y al de muchísimos más, informan desde hace meses la actuación del PP con el follón que les está montando su “bien pagao” particular, que no es otro que su extesorero, Luis Bárcenas. Porque no me digan que no está bien pagao cobrar más de 18.000 euros al mes, como él cobraba del PP, según demostró ayer El Mundo publicando su nómina de mayo de 2012. Y lo que es peor: no es que 18.000 euros mensuales sea un sueldo obsceno por llevar las cuentas de un partido, que lo es, sino que además demuestra que el señor Bárcenas estaba en esa fecha vinculado contractualmente con los populares, con su alta en la Seguridad Social y todo, cuando Rajoy había afirmado, literalmente, en su comparecencia agosteña que, desde que él era presidente del gobierno –diciembre de 2011-, “Luis Bárcenas no estaba ya en el partido”, manipulando encima la realidad porque, efectivamente, éste había dejado de ser militante a petición propia, pero seguía siendo el empleado que más cobraba de Génova, 13 aunque ya ni si quiera era tesorero, sino simplemente “licenciado” al servicio  de los populares. Cuando de las universidades españolas salen “licenciados” como churros que, o se van directamente al paro o, los que tienen suerte, a trabajar como burros por una beca de 500 euros, que el partido del gobierno pagara 18.000 euros a su “licenciado” Bárcenas clama al cielo. Y más allá.

Creo que Mariano Rajoy es una persona honrada, sensata y cabal; incluso pienso que está siendo un, relativamente, buen presidente del gobierno de España para la difícil etapa que vivimos, y que el tiempo le recompensará aciertos que hasta ahora se le niegan, pero lo que es una verdad como un puño porque está probada es que, si no ha mentido del todo, como mínimo no ha dicho toda la verdad en sede parlamentaria sobre el “Caso Bárcenas”, lo que acabará siendo un lastre muy pesado que minará su credibilidad, disminuirá su moral y la de su tropa y terminará diluyendo el rédito político que pudiera obtener en el futuro, según vaya mejorando la situación económica de España, como parece que va a mejorar si se cumplen las previsiones de la mayoría de los observadores cualificados, FMI, OCDE y UE incluidos.

Y todo este embrollo del “Caso Bárcenas”, que parece un culebrón con más capítulos que “Amar en tiempos revueltos”, se resume muy fácilmente: El PP está metido en un lío colosal por la irregular forma –les competerá a los jueces determinar si, además de irregular, fue ilegal- en que se financió en tiempos pasados y por los sueldos y sobresueldos que se pagaron en su sede.

Hoy se publica en ABC que “Rajoy renovará el PP en otoño tras el caso Bárcenas” y que “él y Cospedal preparan cambios en la estructura que podrían afectar a nombres de la vieja guardia”. Más de la “vieja guardia” que Rajoy hay pocos en el PP y más comprometidos por el “Caso Bárcenas” que él –por acción o por omisión; por hechos, por dichos o por silencios-, tampoco. Y veremos cómo sale de ésta Cospedal, aunque en su favor siempre quedará el hecho cierto de haber sido la primera secretaria general del PP que se enfrentó a Bárcenas y le quitó su poder que, por lo visto, era omnímodo pues, como decía Quevedo, “poderoso caballero es don dinero”.

¡Puesto el pie ya en el estribo con las ansias de…Comillas!

    

Parafraseando a Cervantes, tengo ya “puesto el pie en el estribo con las ansias de…” las vacaciones, que lo de la muerte que decía el autor del Quijote en su frase original no me pone ni siquiera mentarlo. ¡Bicha…!

Si Dios quiere y la gastroenteritis que he pillado a última hora me da una mínima tregua, desde el jueves, 25 de julio, festividad de Santiago, patrón de España pero al que la autoridad civil no le da rango de día festivo, cuando en tiempos era una de las fiestas más esperadas y celebradas en todo el país –por cierto, la hiperactiva Cofradía de la Pasión, con sede en parroquia de Santiago, sigue empeñada en recuperar esta fiesta y ha programado algunos actos en torno a ella-, volveré a Comillas, esa preciosa villa marinera cántabra –a mi me gusta más decir que santanderina, incluso castellana vieja, porque lo de “Cantabria” tiene casi tanto de invento como lo de “Castilla-La Mancha” y otras regiones que nacieron en el famoso “café para todos” de Clavero Arévalo–  que está a caballo entre Asturias y la región cántabra, que es lamida por el mar en buenas playas, como la de la propia villa y, especialmente, la de Oyambre, que forma parque de un magnífico parque natural, que está a los mismos pies de los Picos de Europa, que es punto de paso obligado de la ruta norte del Camino de Santiago, que puede presumir de ser, junto con Astorga, uno de los dos únicos lugares en los que el genial Antonio Gaudí dejó obra fuera de Cataluña -en el caso de Comillas el llamado “Capricho”-, que lucha activamente contra los malos tiempos financieros que corren para hacer revivir su extraordinaria Universidad Pontificia, como referencia del estudio del español para extranjeros, que presenta muchas preciosas postales, entre ellas la espectacular de la campa, infinitamente verde, que se asienta delante del Palacio de Sobrellano, un magnífico ejemplo de la arquitectura ecléctica de finales del XIX, en este caso de estilo inglés, que…

¡Punto y aparte para respirar y quieto parao que veo que ya me he lanzado y no hay quien me pare, porque si siento hasta los tuétanos a Guadalajara, ciudad y provincia, como propias e insustituibles, a Comillas la empecé a querer desde el mismo día que la conocí, hace ya más de diez años, y, si no me echan de allí, que espero que no, seguirá siendo muchos años el referente de mi descanso y de mis vacaciones en familia porque, además, tengo la suerte de que los míos, mejor dicho, las mías- se han quedado también prendados de Comillas, de ese macropaisaje espectacular de suelo verde y cielo azul que envuelve a uno de los pueblos marineros más monumentales y bonitos de todo el norte de España, que está cerca de casi todas partes: Santander, San Vicente de la Barquera, Santillana del Mar, Suances, Cabezón de la Sal, Unquera, Potes y Panes, por citar sólo algunos de los lugares más renombrados del occidente cántabro! y en que el verbo pasear tranquilo, disfrutar de la historia, de la geografía, del arte, de las costumbres y de las tradiciones, y de comer buenas viandas se conjuga en las tres personas, tanto del singular como del plural.

Hoy me había propuesto escribir en positivo y olvidarme de Bárcenas y el PP, de los ERES fraudulentos en Andalucía y el PSOE, del Caso Palau en Cataluña y de CIU, del Caso Velódromo en Palma y del resto de golfadas que nos tienen helados a los españoles, a pesar de estar en el ecuador del verano, y casi lo he conseguido. Permítanme que vuelva de Comillas sólo un minuto y les diga que el uno de agosto, fecha en la que comparecerá Rajoy en el Congreso de los Diputados para dar su “versión” sobre el Caso Bárcenas, seguramente estaré paseando por la playa de Oyambre, comiendo caracolillos (bígaros), tomando una cerveza fresquita y leyendo el Marca a ver si ya hemos fichado entonces al galés ese que dicen que es muy bueno pero que va a costar casi el doble del presupuesto del Ayuntamiento de Guadalajara para un año. Y espero que Rajoy -y lo digo de corazón y no con ironía pues yo he confiado en él y le he votado siempre como candidato a presidente del gobierno- dé ese día unas explicaciones convincentes, bien claritas y entendibles por todos, que dejen a Bárcenas a la altura del betún, a la oposición como carroñeros y el PP recobre su “honor” perdido, tan difícil de recuperar como ya referí en mi post anterior. Y si no es así, ¡que dimita ya mismo y se vaya, que deje el gobierno a alguien de comportamientos éticos intachables y sin pasados sobre-cogedores y que pueda refundar un partido que, hoy en día, está bajo sospecha y, lo peor, es que alguna ya está fundada.

¡Feliz verano a todos!

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