La movida (alcarreña) se mueve

                La sociedad civil de Guadalajara —esa parte de nosotros que se mueve sin que toquen el silbato ni lo ordenen las instituciones públicas—, apática y diluida habitualmente, de vez en cuando se despereza y es capaz de sorprendernos con la organización de actividades socio-culturales de calidad, bien medidas y, por oportunas, necesarias. Todo lo que es oportuno es necesario, aunque si no se hace, no pasa nada. Nunca pasa nada, hasta que pasa.

                De la mismísima sociedad civil, a través de la asociación “Quadrophenia” —¡Qué nombre más total!, el de la mítica ópera rock de The Who, producida en 1973, que a través de la mejor de las músicas de aquel tiempo, feroz y feraz, nos contaba las historias de Jimmy, un joven con problemas en medio de “mods” y de “rockers”; o sea, sencillamente un joven— ha partido la buena y oportuna idea de organizar un amplio programa de actividades para recordar los tiempos de “La movida alcarreña” que, haberla, húbola. La más conocida de las movidas fue la madrileña, aquel ya mítico movimiento musical que, sobre todo, bebió en las fuentes de la “new wave”, la nueva ola, y el punk ingleses; aquella, popera, “mod” y formalita, éste, rockero y transgresor. El inicio de la movida madrileña tuvo lugar a finales de los años 70 y principios de los 80 del siglo XX, tan cerca y cada vez más lejos al mismo tiempo. El final del franquismo y la transición democrática que entonces estaba en su punto más álgido y con todas sus inquietudes y anhelos de libertad sin ira, en esperanza y en concordia que conllevó, fue el caldo de cultivo ideal para este movimiento contracultural que no solo afectó al mundo de la música, sino que también influyó, y de forma evidente, en otros campos artísticos y creativos como el cine, la fotografía, el comic, etc. Eso sí, la música fue la fachada de la movida y la locomotora que tiró de aquel tren de modernidad. Estos son algunos de los nombres propios de aquella movida madrileña que también tuvo una sucursal alcarreña, como más adelante veremos: Kaka de Luxe —del que luego surgieron otras formaciones como Alaska y los Pegamoides—, y otros grupos pioneros como Radio Futura, Nacha Pop, Los Secretos, Paraíso o Mermelada, por citar solo algunos de los principales referentes pues la lista podría extenderse mucho más.

Cartel del Festival con el que arrancó la «Movida alcarreña»

                Como decía al principio, para recordar y evocar e, incluso, homenajear aquellos tiempos jóvenes de quienes ya peinamos canas y poner nombres propios a los protagonistas de “La movida alcarreña”, la asociación “Quadrophemia”, con Darío Bueno y Nacho Rupérez al frente de ella, ha organizado un programa de actividades en torno a ella que se iniciaron el pasado 10 de octubre con la inauguración de una exposición en el “Espacio Medarde”, en la tercera planta del Mercado de Abastos, en colaboración con la concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Guadalajara. El comisario de la muestra y agitador y cómplice de Darío y Nacho en el conjunto del programa de esta actividad es José de Lucas, “Luqui” o, simplemente José, el hermano pequeño que todos querríamos tener porque, además de ser un músico como la copa de un pino, es una extraordinaria persona que tiene en su cabeza y en su corazón la historia musical de Guadalajara de las últimas cuatro décadas ya largas. José, actualmente líder de “Estudio 80”, una banda que recuerda con muy buen nivel y hacer aquella música ochentera de la movida, ha pasado ya por muchos grupos y en todos ellos dejado huella, incluso en alguno, aún sigue dejándola: Scooters, Decadentes, 40 Grados, Antifaces, Daltónicos, Asunto Tornasol, La Traición, Xúcar, El nombre de la rosa, Templo, el ya citado Estudio 80, Nueva Ola, La Década Prodigiosa, Cadillac, Pistones y Mercedes Ferrer han disfrutado —y, repito, algunos siguen disfrutando— de la buena guitarra, el buen rollo y la buena gente que es José. La exposición de “La movida alcarreña” que ha comisariado la conforman fotografías, discos, carteles, instrumentos y objetos originales, muchos de ellos de su propiedad pues, como decía, es la memoria viva y activa de ese histórico tiempo musical que en Guadalajara tiene hasta fecha exacta de nacimiento. Efectivamente, si en Madrid se considera el homenaje a Canito, el batería fallecido en accidente del grupo Tos —banda de los hermanos Urquijo que después pasó a llamarse Los Secretos, ya con “nuestro” recordado Pedro A. Díaz como batería— y que tuvo lugar en la Escuela de Caminos de la Universidad Politécnica madrileña el 9 de febrero de 1980, como el punto de arranque de “La movida madrileña”, la alcarreña también tiene una fecha exacta de partida: el 18 de diciembre de 1982, cuando siete grupos locales —Loza, Antifaces, Zhenit, Shema, Scooters, Sáhara y Skaiber— tocaron en los Salesianos a beneficio de los damnificados en unas fuertes inundaciones en Levante. Aquellos músicos, y quienes les jaleamos y aplaudimos, hemos cambiado mucho, y hasta hecho mayores, incluso algunos se quedaron en el camino siendo demasiado jóvenes, pero lo que ahora llaman DANAs ya hacían estragos entonces con nombres sin acrónimos para los mismos fenómenos atmosféricos.

Cartel del programa la «Movida Alcarreña» organizado por Quadrophenia

                El programa de “La movida alcarreña” que “Quadrophenia” nos ha regalado, no comienza y termina con esta exposición que estará abierta hasta primeros de diciembre y a la que aconsejo encarecidamente ir pues no solo recrea, también enseña y hasta explica un tiempo de esta ciudad que, a veces, parece tener detenido el reloj o, peor aún, en la que casi nunca pasa nada; hasta que pasa. Como no podía ser de otra manera, la actividad la completan mesas redondas con protagonistas de aquella “Movida”: músicos, djs, dueños de bares también míticos o casi —sí, “bares, qué lugares…”—, periodistas, etc. Y actuaciones en vivo con música, muy buena música con muchos reencuentros de amigos que se unieron a través de ella y que vuelven a reunirse en su derredor, cuarenta y pico años después. Ya libres, pero lastrando el plomo del paso del tiempo (y de alguna decepción) en las alas.

Arde la verdadera patria de mi padre

Vista del entorno del pico del Lobo desde Cabida.- Foto Nacho Abascal

Lleva más de una semana ardiendo, parece ser que por causa de un rayo, una extensa parte de la (mal) llamada “Sierra Pobre” de Guadalajara que, desde el punto de vista de la geografía humana, ciertamente es paupérrima porque es casi un desierto poblacional, pero no en la física y la natural pues se trata de una escarpada y bella zona montañosa, que es el techo de Guadalajara y de la región, y reúne unos ecosistemas con una rica y singular biodiversidad. Por allí abunda el matorral de alta montaña, sobremanera el brezo y la retama, pero, si el fuego no se termina de controlar, podría llegar a bosques de hayas, robles, serbales, castaños y tejos relativamente cercanos, como son los de Montejo de la Sierra, en Madrid, o el guadalajareño del Hayedo de Tejera Negra. El hayedo de Cantalojas, que es la joya de la corona del extenso parque natural de la Sierra Norte de Guadalajara, ha sido cerrado al público para prevenir impactos antrópicos que complicarían aún más la situación y para preservar a sus visitantes del humo que está llegando hasta allí. Según ha informado Ecologistas en Acción en un comunicado muy crítico con la gestión del incendio en particular y de los montes y el INFOCAM en general, especies amenazadas como el topillo nival, aves de montaña como el pechiazul y anfibios e invertebrados endémicos están en grave riesgo en este incendio que tiene al pico del Lobo (2274 m. de altitud) y el río Berbellido como ejes físicos del desarrollo y evolución de las llamas. Cuando escribo este artículo, lunes, 29 de septiembre, ya han ardido más de 3000 hectáreas en el entorno de Peñalba de la Sierra, pueblecito que junto con el vecino Cabida fueron desalojados el viernes pasado ante el riesgo de que el fuego llegara a ambas poblaciones, mínimamente habitadas las dos, como el resto de la zona. Poco después fueron también desalojados el municipio segoviano de Cerezo de Arriba y la urbanización de “La Pinilla”. Recordemos que en la cara norte del pico del Lobo se ubica la estación de esquí del mismo nombre. El norte y el sur, siempre una dualidad antagónica, incluso siendo limítrofes como en este caso.

El municipio que hace de cabecera de la parte guadalajareña de esta zona es El Cardoso de la Sierra, del que dependen los ya citados Peñalba y Cabida, además de Bocígano, Colmenar de la Sierra y Corralejo. Sumados los censos de estos seis pueblos serranos, apenas reúnen medio centenar de habitantes. En Semana Santa, fines de semana de otoño y primavera y agosto, como ocurre en toda la Guadalajara vaciada, aumentan los residentes temporales, casi todos ellos con raíces comarcanas. Esta zona que lleva ardiendo más de una semana tiene la densidad de población menor de toda España: apenas 0,26 habitantes por kilómetro cuadrado. Hay áreas de Laponia más pobladas que la Sierra Pobre de Guadalajara. Y menos olvidadas también.

No es el objeto principal de esta columna profundizar en la polémica surgida en torno a la gestión del incendio, fuertemente criticada por la antes citada asociación ecologista, al tiempo que por el PP y Vox. No obstante, en aras de enfocar el estado de la cuestión, creo necesario recoger que Ecologistas en Acción ha dicho en un comunicado, entre otras cosas, que “de acuerdo con las declaraciones de trabajadores y sindicatos del GEACAM, no se respetaron las recomendaciones de haberse mantenido los servicios forestales de extinción hasta al menos el 30 de septiembre, decisión que se ha tomado por criterios puramente económicos y que no tiene en cuenta la gravísima crisis climática en la que nos encontramos”. Los populares, por su parte, consideran que, si se hubiera actuado con mayor celeridad y diligencia en las primeras horas tras declararse el incendio, éste podría haberse controlado rápidamente y no tener las devastadoras consecuencias que está teniendo, una vez expandido. Anuncian que solicitarán información en las Cortes regionales sobre las primeras llamadas de un vecino al 112, sobre las cinco de la mañana del domingo, día 21, cuando la Junta sostiene que no fue hasta las 8 cuando fueron alertados los servicios de emergencia. Sin duda, esas tres horas de diferencia pudieron ser claves para controlar el incendio en sus inicios, así como el número de efectivos personales y materiales para combatirlo, ya que, al parecer, unos estaban ya de baja laboral desde el 20 de septiembre —exactamente el día de antes, ¡vaya por Dios!— al acabar la temporada de verano y, otros, empleados en otras acciones y lugares para no perderse fondos de la UE. Finalmente, Vox ha criticado la “ineficacia” de la Junta al abordar la lucha contra este incendio y ha pedido que haya retenes durante todo el año y no solo en la campaña de verano. El gobierno regional, por su parte, no ha asumido aún ningún error ni responsabilidad en la gestión de este voraz incendio y culpa al viento y a lo escarpado de la zona del hecho de que todavía no haya podido ser sofocado. Como dijo Zapatero cuando fue presidente del gobierno: “la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”. “Amen Jesús churruschuschús”, como sonora y gráficamente decía mi padre…

Hablando de mi padre, recuerdo que él vivió gran parte de su infancia y mocedad en esta zona, concretamente en Colmenar de la Sierra, durante los años finales de la dictadura de Primo de Rivera, la dictablanda de Berenguer y toda la segunda república. Mi abuelo paterno era entonces el comandante de puesto de la Guardia Civil, el último allí destinado ya que después de la guerra civil se cerró el cuartel, y mi abuela era la maestra del pueblo. Por derecho de consortes compartieron destino durante casi una década en aquellos lejanos y aislados parajes, tan altos que a poco que te aúpes puedes hacerles cosquillas a las nubes, frecuentemente presentes. Teniendo yo poca más edad que la que tenía mi padre cuando vivió en aquella sierra que ahora está en llamas en su zona noreste, la visité con él por primera vez. El paisaje era espectacular, pero apenas vivía ya gente. Aquello era una auténtica alegoría del silencio y la soledad extremos. La mayoría de sus habitantes habían emigrado al norte de la periferia de Madrid: San Sebastián de los Reyes, Alcobendas e, incluso, Torrelaguna y pueblos de alrededor de cierta población fueron los destinos de aquél acusado movimiento migratorio vivido en los años sesenta y setenta, como en tantos otros pueblos de la provincia. Recuerdo Colmenar completamente vacío, con el edificio consistorial abierto de par en par y semi vandalizado, libros y papeles oficiales volando al viento, ese dueño de la tierra que siempre se lleva más que trae. Colmenar y su sierra, pobre, paupérrima en población, pero rica, muy rica, en naturaleza y paisaje, me impresionaron y ganaron ya para siempre. Decía Rilke, el poeta que murió de una leucemia que dio la cara tras pincharse con la espina de una rosa, que “la verdadera patria de los hombres es la infancia”. Buero, nuestro Buero, que hoy, festividad de San Miguel, precisamente cumpliría 109 años, también decía que “de la infancia procede casi todo”. Siguiendo la lógica de ambos enormes literatos, está ardiendo la verdadera patria de mi padre y, por ello, también la mía pues la mejor herencia que he recibido de mis padres ha sido inmaterial e intangible. Y ahora mismo, más que en los hombres —entre los que abunda la necedad y la incompetencia—, confío en el viento y en la lluvia para que cese ese fuego abrasador que inició un rayo, lo que puede parecer una metáfora siniestra del “Rayo que no cesa” de Miguel Hernández. Concluyo con su soneto final: “Por difundir su alma en los metales, / por dar el fuego al hierro sus orientes, / al dolor de los yunques inclementes / lo arrastran los herreros torrenciales”.





Buero, peñista de la Hueva

Guadalajara es una ciudad de pocas estatuas y, las estatuas, además de ser mobiliario y decoración urbana con nombres y apellidos, valoran méritos y aportan reconocimiento y memoria colectiva. Me lo decía, con otras, pero parecidas palabras, mi apreciado y recordado amigo Antonio Marqueta Fernández en una de las muchas ocasiones en que, pese a nuestra notoria diferencia de edad, tuve el placer de charlar con él sobre Guadalajara, la ciudad a la que quería y le dolía a partes iguales. Algo que sigo compartiendo con él. Antonio era un guadalajareño de toda la vida, un “GTV”, pero, como una gran parte de los que somos guadalajareños de toda la vida, tenía sus raíces fuera de la ciudad. Las suyas procedían de Brea de Aragón, provincia de Zaragoza, de donde vinieron los primos Borobia y Marqueta a Guadalajara, a principios del siglo XX, para establecer aquí sus comercios relacionados con el cuero y asimilados: los Marqueta, la popular tienda que durante más de un siglo regentaron en la Cuesta del Reloj, y los Borobia, la también conocida zapatería de la calle Miguel Fluiters, cerrada hace ya décadas, y en cuyo antiguo local hay actualmente un comercio de productos dietéticos naturales. No obstante, el (buen) rastro de ambas familias, ahora ya alejado del comercio relacionado con el cuero, sigue estrechamente ligado a Guadalajara, ciudad en la que se arraigaron y con la que se comprometieron desde el mismo momento de su llegada a ella. Técnicamente fueron inmigrantes en su primera generación, pero, ya en la segunda, se identificaron tanto con esta ciudad y su idiosincrasia, que pasaron a ser “GTV” pese a tener más apellidos aragoneses que castellanos. Hasta el hermano mayor de Antonio Marqueta, el también muy recordado y querido Vicente, fue durante décadas el titular del “rostro” de Santiago Apóstol en la tradicionalísima y arriacense militante Cofradía de los Apóstoles, y, lo que es aún más significativo, también fue durante muchos años el Hermano Mayor de la Cofradía de la Virgen de la Antigua, patrona de la ciudad desde 1883, como ya recordaba en mi anterior post, pero advocación aquí ya venerada desde tiempos remotos, como su propio nombre indica y certifica. Este es un paradigmático ejemplo de que Guadalajara es una ciudad fundamentalmente abierta, aunque no deje de tener algunos tics provincianos con un punto endogámico que indiquen justamente lo contrario. Esta es una ciudad que tiene muchos defectos y quizá el primero y más notorio sea el hecho de no gustarse a sí misma, como ya he dicho tantas veces, siguiendo la reflexión, precisamente, de mi, más que amigo, hermano, Javier Borobia —primo de Antonio Marqueta, por cierto—, “GTV” de primerísima clase, castellano militante, aunque aragonés de raíz por vía paterna. Y otro de los defectos de esta ciudad, como con tan buen tino señalaba Antonio Marqueta, hombre sensato y cabal donde los hubiera, era precisamente el no haber querido, sabido —o podido— reconocer los méritos de sus más destacados prohombres y “promujeres” mediante la erección —ese es el término exacto, que las mentes calenturientas se contengan— de estatuas que perpetuaran su memoria. Cuando Marqueta me dijo esto, la ciudad apenas tenía en pie cinco estatuas nominales: la de Franco en la plaza de Beladíez, las de Fernando Palanca —apenas un busto que ahora ya solo conserva su pedestal—, las del General Vives y José Antonio Primo de Rivera en la Concordia, y la del Conde de Romanones en la plaza de Santo Domingo. A esta última, de forma un tanto iconoclasta y jocosa por los personajes desnudos que rinden pleitesía al Conde en el conjunto escultórico, la conocíamos como “El Pelotas”, lugar que fue de quedada general de la juventud local en los años sesenta y setenta. El panorama de las estatuas de Guadalajara, en apenas unos años, cambió radicalmente: cayeron las de Franco y José Antonio por el paso y el peso del tiempo, siendo Alcalde Jesús Alique, pero se erigieron nuevas en honor del Cardenal Mendoza, de San Juan Bosco, del Papa Juan Pablo II y de los aviadores Barberán y Collar, y, hasta en uno de los paseos más señeros de la ciudad, el popularmente conocido como de las Cruces, se instalaron nueve bustos que constituyen un auténtico deambulatorio de la historia: las de Izraq Ibn Muntil (Siglo XI) —Nacido en Guadalajara y primer gobernador (Wali) de la ciudad árabe—, Alvarfañez de Minaya (Siglos XI y XII) —a quien la tradición atribuye la “reconquista” de la ciudad que, en realidad, sería conquista pues la fundaron los árabes—, Mosen Ben Sen Tob de León (Siglos XIII y XIV) — Judío sefardita aquí nacido, rabino, autor del “Zohar” o “Libro del ‘Esplendor”—, Íñigo López de Mendoza (Siglos XIV y XV), —I Marqués de Santillana. Poeta, bibliófilo y militar, especialmente recordado por sus serranillas—, Nuño Beltrán de Guzmán (Siglos XV y XVI) —Natural de esta ciudad castellana. Conquistador y cofundador de la Guadalajara de Méjico en 1542—, Francisco Fernández Iparraguirre (Siglo XIX) —Igualmente, guadalajareño. Farmacéutico, botánico, lingüista, impulsor del proyecto de idioma internacional llamado Volapük y fundador del Ateneo Científico—, María Diega de Desmaisieres y Sevillano (Siglos XIX y XX) —Duquesa de Sevillano y Condesa de la Vega del Pozo. Benefactora de la ciudad, construyó el complejo de Adoratrices, incluido el soberbio Panteón en el que está enterrada—, Antonio Buero Vallejo (Siglo XX) —nacido en Guadalajara; académico de la RAE, premio Cervantes, y considerado como uno de los más importantes dramaturgos españoles del siglo XX— y Camilo José Cela (Siglos XX y XXI) —gallego de cuna, pero guadalajareño de adopción y residencia temporal. Premio Nobel de Literatura en 1989 y autor de “Viaje a la Alcarria”, la obra que situó a nuestra señera comarca en el mapamundi de la literatura mundial—. Era Alcalde de la ciudad José María Bris cuando, a principios del siglo XX, se erigieron estas nueve estatuas, obras todas ellas del gran escultor Luis Sanguino, que aliviaron el pesar y le dieron la razón a Antonio Marqueta, un guadalajareño de toda la vida descendiente de Aragón. Años después, siendo Alcalde Antonio Román, se erigieron tres conjuntos escultóricos, no nominativos, en homenaje a la Semana Santa de Guadalajara —al lado de Santa María—, al Maratón de los Cuentos —junto a la Biblioteca de Dávalos— y al Tenorio Mendocino —a las puertas de la iglesia de Santiago—. La imagen tomada para esta última escultura es la de Javier Borobia, vestido de Comendador en la obra de Zorrilla, el papel que tantos años hizo y bordó en el Mendocino, además de ser su impulsor y el de tantas cosas buenas más en el campo de la cultura local y provincial. Se que para mí y muchos más, esa estatua es, realmente, el merecido homenaje en bronce de la ciudad a Javier.

CODA. Aprovechando la curiosa imagen que complementa este texto, en la que se ve, precisamente, el busto de Buero Vallejo en el paseo de las Cruces con un pañuelo festivo de la ciudad al cuello, si alguien me preguntara a qué peña, de vivir hoy, pertenecería nuestro ilustre dramaturgo, la respuesta la tendría muy fácil: a la Peña Hueva pues, no en vano, su madre, María Cruz Vallejo Calvo, era natural de Taracena y ese señero y alcarreñísimo monte es, junto con el Pico del Águila, el paisaje más reconocible de este cercano pueblo que, desde finales de los años sesenta del siglo XX, es barrio de la capital. Y lo repito para quienes no se hayan dado por enterados hasta el momento: mi pueblo es Taracena y, mi ciudad, Guadalajara.

Busto de Buero Vallejo en el paseo de las Cruces. Ferias 2025

Antiguos y viejos patronazgos

                  Ni las ferias de Guadalajara han sido siempre de la Antigua, ni la propia Virgen de la Antigua ha sido siempre la patrona de Guadalajara pues sólo lo es oficialmente desde 1883, sucediendo en el patronazgo de la ciudad a Santa Mónica y San Agustín, que fueron patronos de ella durante más de cinco siglos, a través de votos suscritos desde 1364 y renovados sucesivamente por el consistorio local hasta bien entrado el siglo XIX. Si nos atenemos a criterios estrictamente históricos, más bien historicistas, las ferias de otoño de la ciudad, que hace solo unos lustros pasaron a celebrarse a finales de verano pero que durante siglos tuvieron lugar a mediados de octubre, en realidad serían de San Lucas y no de la Antigua, como hace años ya se nominan al haberse acercado, hasta casi fundirse, las fechas de su celebración con el día de la festividad de la Virgen (8 de septiembre). San Lucas (cuya fiesta se celebra el 18 de octubre) —del que no consta que exista en la ciudad ninguna imagen suya más allá de que, como uno de los cuatro evangelistas que fue, aparezca en algún fresco o cuadro en alguna iglesia o capilla—, está vinculado a las ferias arriacenses desde que el rey Sabio, Alfonso X, las concediera a la ciudad en 1260 a través de un privilegio rodado cuyo original se conserva en el archivo municipal. En ese histórico documento, firmado en Córdoba, el rey que tanto fomentó la celebración de ferias y mercados en Castilla, que dio origen al primer gran cuerpo normativo castellano con las Partidas, que promovió la poetización a Santa María, gracias a la que se recopilaron más de 400 Cantigas, y que tanto contribuyó al conocimiento y expansión del oriental juego del ajedrez en el mundo occidental, dice literalmente: “(…) Damosles e otorgamoles que fagan dos ferias en la villa sobredicha de Guadalfaiara por siempre iamas, e que las fagan dos veces en el año, la una fferia por Cinquesma Onze días, la otra feria que sea por Sant Lucas e comience ocho días después”.  La primera feria a la que se refiere este documento, y que se celebraba cincuenta días después de Pascua de Resurrección —alrededor del Corpus—, ya había sido concedida su celebración a la ciudad por Alfonso X siete años antes, en 1253, si bien no a los cincuenta días de la Pascua, sino en la propia Pascua.

                  Así las cosas, durante siete siglos, las ferias de Guadalajara, que eran eminentemente ganaderas, se celebraron en octubre y siempre en torno a la festividad de San Lucas, una semana antes o una después de su festividad. Por tanto, podríamos perfectamente decir que las ferias de Guadalajara eran las de San Lucas, si bien ahora nadie cae en ello y hasta casi todo el mundo considera más lógico que lo sean en honor de la Virgen de la Antigua, la patrona de la ciudad desde hace 142 años. Desde 1883 en que Guadalajara asumió el patronazgo de la Virgen de la Antigua, y hasta los años setenta del siglo pasado, las ferias se seguían celebrando en octubre, en torno al día de San Lucas, y unas semanas antes, el día 8 de septiembre —festividad de la Natividad de la Virgen—, tenían lugar las fiestas de la Antigua que solo poseían un carácter religioso, vertebrado a través de una función litúrgica solemne por la mañana y procesión vespertina. En los años sesenta y setenta del siglo XX se fueron adelantando los días de celebración de las ferias buscando el “veranillo de San Miguel” de finales de septiembre, pues en las tradicionales fechas de mediados de octubre las jornadas acortaban ya mucho y la lluvia e, incluso, el frío, solían condicionar negativamente su celebración. Fue en los inicios de la actual etapa democrática, siendo alcalde Javier de Irízar, cuando ya dejaron de celebrarse definitivamente en octubre e, incluso, en vez de tener lugar en la última semana de septiembre, como ocurrió durante unos años, se adelantaron a la tercera, dejando ya de ser de otoño, algo que definitivamente se consolidó siendo alcalde José María Bris cuando se comenzaron a celebrar el lunes siguiente al día de la celebración de la patrona, algo que, salvo alguna edición puntual, se ha venido manteniendo hasta ahora. Por tanto, de las ferias de San Lucas pasamos a las ferias y fiestas de la Antigua, algo que la ciudad parece haber asumido como un hecho, no sólo normal, sino incluso lógico y razonable, al unirse y celebrar fiesta y ferias en un mismo ciclo y en un tiempo, además, teórica y prácticamente más bonancible.

Grabado de la Virgen de la Antigua, de autor anónimo, siglo XVIII

                  Entre tanto, del culto a Santa Mónica y San Agustín, con quienes, como ya he dicho, tuvo votos de patronazgo la ciudad durante más de siete siglos, apenas queda memoria en archivos y bibliotecas, ni siquiera permanece en la colectiva de las gentes, pues desde finales del siglo XIX la fuerza con la que irrumpió el patronazgo de la Antigua opacó la tradición de la celebración de la festividad de ambos santos, madre e hijo, que tenía lugar el 4 de mayo. Este patronazgo local se solía celebrar con un gran novenario, misa solemne, procesión desde Santiago a San Miguel del Monte —de esta iglesia ya solo se conserva la capilla de Luis de Lucena— y prendimiento de una “cerca” de velas en Santa María. El origen de estos votos con Santa Mónica y San Agustín radica en una epidemia de langosta que sufrió la ciudad —y toda Castilla— entre 1363 y 1364, que asoló los campos y cuyos devastadores efectos se sumaron a los de la “peste negra” que también acaeció en aquel tiempo. La ciudad, para tratar de erradicar aquella plaga, decidió elegir por sorteo el patronazgo al que encomendarse. Por tres veces, el azar quiso que fuera San Agustín el patrón elegido, hecho tenido por milagroso, máxime cuando tras encomendarse a él, la plaga cesó el día 4 de mayo, fecha en la que se celebraba la festividad de Santa Mónica, su santa madre, nunca mejor dicho. Más de siete siglos de fidelidad de la ciudad a estos votos de patronazgo familiar y doble, y ya siglo y medio de olvido, últimamente paliado por la notoria presencia de la orden de los Agustinos en la ciudad, que gestiona dos colegios, el Agustiniano y el Sagrado Corazón. Este año, además, se suma que el nuevo Papa, León XIV, es agustino y, si el obispado de Sigüenza-Guadalajara no ha cambiado de opinión, hace años que se decidió que la futura nueva iglesia de la zona de los Valles se consagre a los santos, madre e hijo, que durante tanto tiempo fueron patrones de la ciudad.

                  Dicho todo esto, pongámonos un año más bajo el amparo de la Virgen de la Antigua, lo que no solo es un guiño sincretista a la histórica —y ya, afortunadamente, superada— rivalidad de ambas advocaciones marianas locales, sino una renovación personal del voto comunitario de patronazgo que la ciudad mantiene desde 1883. Además de correr, fiémonos de la Virgen. Una madre siempre espera y nunca falla.

El distinto sofoco de dos grandes parques

            Este tiempo de mediados de agosto siempre es sinónimo de fiesta y calor. De mediodías de sol picajoso, ya antes de la hora del vermú, y de tardes de bochorno, melón y moscas. Este año, además, el ecuador festero de agosto, con la Virgen de la Asunción y San Roque como hitos referenciales, ha llegado con una ola de calorina en su misma cresta. Noches de sábanas empapadas en las que, hasta Morfeo, el dios griego del sueño, mira de reojo al botijo con ansia del agua refrescada en su vientre de loza. Los ventiladores, incluso el aire acondicionado, están muy sobrevalorados; yo soy más de abanico y botijo cañí, como aquella España que tomaba la fresca en corros a las puertas de las casas, cada uno poniendo su propia silla, y que mandaba a la gente a acostar cuando ya iban haciendo falta las toquillas e, incluso, las rebecas. En las últimas noches, que me han recordado a las de Cabiria, la película de Fellini en la que la prostituta que le da título es todo calor y solo es retribuida con el frío de la humillación, el sofoco extremo me ha recordado aquellos veranos sesenteros en la Concordia, con su caseta para préstamos de libros y cómics, y su templete-kiosco en el que, las noches de los sábados, se enseñoreaba la banda de música provincial dirigida por el maestro Simón. El Remo, el bar que completaba entonces los equipamientos de servicios del parque, ponía los refrescos —Pepsi Cola y Mirinda que la Coca-Cola y la Fanta tardaron lo suyo en llegar—, las gaseosas —de marca La Industrial, o sea, de kilómetro cero pues se producían a dos centenares de metros, en la esquina del parque Sandra con el Arrabal del Agua— y las cervezas de El Águila, aunque yo siempre fui más de Mahou y por ello agradecí que trasladaran su vieja planta de Madrid a Alovera. Así, la montaña se acercó un poco a Mahoma. Aunque la Concordia de hoy es más un patio de monipodio que ese entrañable jardín de mi infancia que yo recuerdo, no deja de ser el parque de los parques de esta ciudad que, siento mucho decirlo, cada vez hace menos por gustarse un poco más a sí misma.

Comparsa de gigantes y cabezudos de Sigüenza partiendo de la plaza Mayor

            Esto último que he dicho puede confundir a unos pocos, molestar a algunos y dejar indiferentes a la mayoría porque Guadalajara es más ciudad de desafectos que de afectos, de noes que de síes, de ya haremos que de vamos a hacer ya mismo. En eso envidio a Sigüenza, que, pese a llevar décadas desangrándose poblacionalmente, hasta el punto de haber descendido hace tiempo de los 5000 habitantes, sumándose a ellos los escasos que se reúnen en las 28 pedanías que dependen del municipio, cada vez que voy allí encuentro más motivos para seguir volviendo. Ya nos gustaría que la Concordia arriacense tuviera en verano el ambiente de la Alameda seguntina. Sin entrar a valorar el acierto o no de la reforma que se llevó a cabo en ella hace un par de años, los varios kioscos que prestan servicios de hostelería, con el histórico y señero “Triunfo” a la cabeza, son un punto de encuentro y asueto para residentes y veraneantes que dan color y calor al parque. Mientras tanto, en la Concordia, el único negocio de hostelería que hay instalado, pese al mucho volumen y espacio que ocupa y la innegable voluntad y vocación de servicio de sus actuales adjudicatarios, hay veces que, por la escasa presencia de clientes en él, parece una estación de ferrocarril en medio de ninguna parte. Eso sí, cada vez hay más gente consumiendo alcohol y otras bebidas en las praderas de césped, en los bancos y en las mesas, incumpliéndose así dos ordenanzas municipales: la de parques y jardines y la de convivencia. Y, por lo que he visto con mis propios ojos y como ya he anticipado, mucho me temo que la Concordia de hoy está más cerca de ser el patio de monipodio cervantino de “Rinconete y Cortadillo” que de ser el leído y refrescante parque del Retiro galdosiano. Ya sé que Sigüenza es una ciudad receptora de veraneantes y Guadalajara es emisora, pero eso no es óbice para que el histórico parque de la capital, pese a tener un aceptable —aunque claramente mejorable— nivel de limpieza y mantenimiento, se convierta en un lugar en el que muchos, cada vez más, hacen literalmente lo que les viene en gana.  Incluso hay algún juego infantil que ya está en edad bien adulta. Y llegarán las ferias y, además, se le volverá a someter a una nueva prueba de estrés con casi una decena de peñas campando por él a sus anchas…

            Así las cosas, con la cabeza caliente y los pies también, fui a pasar unas horas a Sigüenza el día de la Asunción de la Virgen, que allí se celebra bajo la advocación de Nuestra Señora de La Mayor, día grande donde los haya, con la tradicional ofrenda foral en esa jornada y la vistosa procesión de los Faroles, como colofón, dos días después. Y me reencontré con esa ciudad que tanto me gusta y admiro. Cada vez más. En esta ocasión, en plena fiesta que, además, se notaba de verdad en la calle, pese a que el justiciero sol que hizo aquel día invitaba, más que a estar en ella, a refugiarse en interiores o, cuando menos, a la sombra. Camisetas arlequinadas por todas partes ponían el color rojiazul local a la fiesta, al tiempo que un poco novedoso, pero arraigado, programa de actos populares y religiosos. No dejé de disfrutar de la comparsa de gigantes y cabezudos —humilde y mejorable; en eso la capital es un referente—, y de los bailes vermús de las peñas en la Alameda —con el extraordinario colofón de la actuación del gran “Panchito” Varona organizada por la peña “El Golpe”—. Las actividades vespertinas y nocturnas las perdoné porque el calor extremo me aconsejó regresar lo antes posible a Guadalajara… a reencontrarme aquí con él y, además, sin Alameda y sin fiesta. Y con la Concordia sofocada.   

Comillas tuvo que ser

            El sol en ocaso de Comillas, con su rayo verde y todo, no es la “lunita plateada” de Sevilla en esa preciosa canción de Carmelo Larrea que es “Dos cruces” y que han interpretado cantantes y grupos de mucha categoría, como José Feliciano, Diego el Cigala o Los Sabandeños, la auténtica voz coral y popular de Canarias, gofio musical del mejor en tonadas de isa y folía. Si Sevilla tuvo que ser con su lunita plateada la testigo de aquel amor imposible que narra la canción de Larrea, Comillas, en el crepúsculo de un día inopinadamente despejado, no solo tuvo que ser, sino que fue, es y será, más que testigo, objeto del amor de muchas miradas. Entre otras, la mía. La bella fotografía que acompaña este artículo, tomada por mí mismo con un teléfono chino solo reguleras —que no es un Huawei, por cierto, así que a mí que no me miren ni Trump ni el CNI—, es la prueba palpable de que, detrás de los ojos que estaban detrás de la cámara de mi móvil, había mucho amor. Casi tanto como el de la canción de Nena Daconte. En la imagen capté los últimos minutos del sol cuando el pasado 3 de agosto ya se acostaba en el mar Cantábrico, entre urros, algún botuco al verdel, un par de gaviotas despistadas y olas espumantes como el champán cuando se descorcha, pero no tiene la fuerza del viento del norte, como sí la tiene el de la preciosa canción de Nando Agüeros que quiero que me canten cuando a mí me entierren. Será el vientre claro y fresco de mi vasija de barro. Y entre un cielo despejado acunando al sol y la mirada de la óptica de mi móvil chino que, repito, no es marca Huawei, está la imagen al contraluz del imponente cementerio de Comillas, ruina venerable de un antiguo convento gótico que salvó sus muros para ser el dormitorio de los muertos comillanos, que eso, y no otra cosa, significa y es cementerio. Sobre el muro sur, vigilante y atemorizador, se erige el extraordinario ángel que esculpiera Josep Llimona, cuando el modernismo viajó desde Barcelona a Comillas de la mano de Antonio López y López, el primer marqués de esta histórica villa cántabra que fue la primera de España que tuvo alumbrado público de fuente eléctrica. Corría el año 1881 y fue para iluminar con la moderna electricidad, y no con el vetusto gas como se hacía hasta entonces, los pasos de Alfonso XII por las calles y plazas de este antiguo puerto ballenero en el que hoy apenas faenan tres barcos de pesca de artes menores. Comillas vive gracias al mar —y a la montaña y al modernismo…— pero de espaldas a él, y no lo digo en sentido figurado, sino también literal pues su puerto tiene muy pocos amarres y su playa y reducido paseo marítimo se van a acostar antes que la familia “Telerín”. Los “boomers” como yo entenderán lo que digo. Los demás, se lo imaginarán.

Anochecer del 3 de agosto en Comillas desde el Mirador del Marqués

            En estos tiempos de cancelación que corren, incluida la del primer Marqués de Comillas al que la alcaldesa Colau bajó su estatua del pedestal que tenía en Barcelona porque se ha sabido que algunos de sus barcos transportaron esclavos —o sea, que el modernismo arquitectónico y escultórico, incluido Gaudí, tuvieron como mecenas a un esclavista, pero nadie cancela la Sagrada Familia, el parque Güell, la Pedrera o la Casa Batlló—, Comillas solo mira al mar soñando, como dice la bonita canción de Jorge Sepúlveda, pero no faenando en él. Los miradores en altillo desde los que se avistaban los rorcuales ya no tienen observadores para verlos resoplar y alertar a la población para ir en esquife a remo tras ellos, ahora los han reciclado y sirven medio de farolas, medio de faros; faretes o faritos, más bien. Hablando de cancelación, en Comillas se ha cancelado hasta la Universidad Pontificia/Seminario que ahora es el CIESE (Centro Internacional de Estudios Superiores del Español), al que le está costando arrancar su actividad, y que está restaurándose poco a poco, pero con buen criterio y gusto. Doy fe de ello porque en mi última y reciente estancia allí asistí a un extraordinario concierto en la recién restaurada iglesia del antiguo seminario y pude disfrutar del gran trabajo que se ha hecho, especialmente en la recuperación de paramentos y elementos decorativos. También allí disfruté, y mucho, de un magnífico y espectacular concierto del cuarteto “Medicea” —tres violines y chelo— a la única luz de centenares de velas, con música de “Coldplay”, el pop rock que compondrían ahora los más notables clásicos. Oir “Yellow”, sin la voz de Chris Martin pero con su música, en ese lugar y ambiente tan especiales ha sido, sin duda, uno de los momentos cumbre de mi verano comillano de 2025. Junto a la exposición de Maruja Mallo en el Centro Botín, de Santander, y la fabada y el arroz con leche caramelizado de Casa Gerardo, en Prendes, cerca de Gijón, ya en Asturias, la tierra hermana de Cantabria. Del País Vasco solo es prima porque los vascos tienen su propio cupo y esa es ya otra forma de familiaridad.

            Lo dicho: Comillas tuvo que ser, y será, mi lugar adoptado en el mundo. Si no me echa la alcaldesa y la cuida y limpia un poco mejor.

Quince noches de versos en Torija

Mientras maldecía a quienes se la tomaban solo “como un lujo cultural”, Gabriel Celaya afirmaba que “la poesía es un arma cargada de futuro”. Él fue uno de los mejores poetas “sociales”, la generación que surgió mediados los años 50 del siglo pasado y que practicó el posibilismo denunciando, gracias a perífrasis, metáforas y alegorías, y hasta donde les dejó la censura franquista, la doliente España en blanco y negro de aquella difícil hora de la posguerra civil. Aunque vasco de nacimiento, Celaya extendió y publicó su poesía por todos los lugares en los que encontró la posibilidad de darla a conocer, entre ellos Guadalajara, entonces una ciudad minúscula y “muy jodida”, con perdón, pero es una gráfica expresión del maestro Josepe Suárez de Puga que me parece, más que una palabra, un dardo en el centro de la diana. Efectivamente, en aquella Guadalajara machacada por la Guerra Civil y remachada por la posguerra, surgió un grupo poético inicialmente postista, liderado por Antonio Fernández Molina, un agitador cultural y poeta, manchego de origen, que vino a ejercer el magisterio en la provincia y después se arraigó, primero en Mallorca, y, finalmente, en Zaragoza, donde alcanzó su mayor vínculo y renombre. Fernández Molina fundó, a principios de los 50, una tertulia literaria denominada “Vino y pan”, con sede en el desparecido y recordado “Bar Soria”, que fue una especie de edelweiss, de flor que nacía en una altura ya casi incompatible con la vida, o de un oasis en medio del desierto. En definitiva, aquella tertulia fue un espacio y un tiempo para el arte y la literatura en medio de la casi nada que, entre otros frutos, creó la revista “Doña Endrina” en la que publicaron sus obras poetas y artistas plásticos, que después alcanzaron relieve incluso internacional, como Gabriel Celaya, Francisco Nieva, Gregorio Prieto, Paúl Eluard, Mathias Goeritz, Jean Poilvet, Félix Casanova o Alejandro Busuloceanu. Y de entre los nuestros, un entonces muy joven Suárez de Puga que, desde el primer momento, destacó por su talento y brillantez como poeta. Lástima que no siempre la inspiración le haya cogido trabajando —parafraseando a Picasso— porque, andado mucho tiempo desde entonces, apenas ha publicado obra poética para su talento y potencialidad. Son muchos los poemarios que Josepe se ha dejado en el tintero y este hecho lo acusa la poesía alcarreña que, a pesar de haber tenido y tener notables referentes, no se puede permitir el lujo de la baja productividad de algunos de sus mejores poetas, como sin duda lo es él.

A Suárez de Puga, cuya avanzada edad ya no le permite cortejar a la noche que antes era su hábitat natural, y a otros grandes poetas que se nos han ido, como Alonso Gamo, Paco Marquina o Ramón Hernández, entre otros, les echamos mucho de menos el viernes pasado, 18 de julio, en la “Noche de versos” de Torija que celebraba ya su decimoquinta edición. Para quienes somos poetas, al menos en ciernes o en camino como yo me declaro, y para quienes lo son de verdad, es un motivo de satisfacción que una velada poética como esta de Torija alcance ya década y media de vida. Porque, pese a lo que decía Celaya, la poesía de hoy no es precisamente “un arma de futuro” y, como cantaba Germán Coppini, siguen corriendo “malos tiempos para la lírica”. Si la llamada “poesía social” fue, sin duda, un arma —eso sí, con una flor en la recámara en vez de una bala— para luchar por la libertad y la justicia cuando Franco las guardaba bajo siete llaves en un arcón en El Pardo, en los tiempos que corren, de libertad vigilada y justicia, a veces, en huelga de venda en los ojos caída, la poesía es más bien un “lujo cultural”. Por ello, que en Torija se sigan haciendo sus “Noches de versos” mediado julio es, eso, un lujo cultural sin comillas que hay que agradecer a su ayuntamiento, pero, sobre todo, a Jesús Campoamor, torijano de adopción, y, sobre todo, gran artista plástico, pintor de estilo muy personal y definido, inspirado escultor ocasional, y, para redondear su perfil cuasirrenacentista, también escritor y poeta. Gracias a Campoamor han ocurrido muchas cosas, porque es, como lo fue Fernández Molina en su día, no solo un creador, también es un agitador cultural. De uno de los “cócteles” de Jesús, combinado de palabras y angostura de amistad, surgió esta “Noche de versos” que se celebra cada año en la recoleta plazuela de la Iglesia de Torija, al pie de dos cipreses, uno de ellos mocho, y con un mosaico de telón de fondo que reproduce un soneto del diplomático y poeta torijano, José María Alonso Gamo, también con raíces en Tamajón por parte de madre.

Jesús Campoamor recitando en la Noche de Versos de Torija 2025.

En su XV edición, el propio Campoamor, un año más, participó en su “Noche de versos”; superado por la emoción, dejó la tinta a un lado y escribió con sangre brotada del corazón su mejor verso: “Os quiero”, nos dijo a todos los presentes, que llenábamos la plaza de Torija convocados en la noche por los versos. Diez poetas y un buen cantautor, el mondejano Javier Jiménez, nos subimos en esta ocasión al escenario para poner versos y música a la cálida, tanto en sentido literal como figurado, noche torijana. Jesús de Andrés, el alcarreño que es uno de los vicerrectores de la UNED, nos volvió a hacer pensar con sus breves, pero intensas y profundas piezas, como fogonazos, que acostumbra escribir con tan buen tino como tono. Greguerías 3.0 me parecieron. Gloria Celada, con su íntima y personal poesía, retó y venció al Mercurio retrógrado que aún amenaza con chafar planes hasta finales de mes. Carlos Doñamayor, el médico poeta o el poeta que también es médico, nos regaló un año más su mucho talento y su buen talante, en esta ocasión sorprendiéndonos con un excelente poema de amor que, en realidad, era de desamor. Marta Marco Alario volvió a pasar por Torija como el torbellino personal que es, una gran poeta y mujer de boca y corazón grandes. Carmen Niño, el perejil de todas las salsas poéticas —dicho esto con afecto y como reconocimiento a su impagable labor—, además de reunirnos y presentarnos a todos con su habitual buen hacer, compartió con nosotros los últimos latidos de su madre y después su propia biografía, a ritmo de sentidos y hondos versos. Pura poesía epidérmica. Mari Carmen Peña se sacó del bolso su encendido corazón de abuela y lo puso encima de la mesa frailuna —“benedictina” la llamó ocurrentemente Marta Marco— que se nos ofrecía a los poetas como espacio sedente para recitar. Juan Carlos Pérez Arévalo, mi querido “hermano menor” Juanky, dejó en Torija, además de su bonhomía y espíritu de trabajo y colaboración habituales, sus inteligentes y creativos juegos de palabras y un auténtico “poemón” de la tierra que rezumaba guadalajareñismo del mejor por todos sus costados. Y encima me lo dedicó a mí, lo que me honra y agradezco de corazón. Finalmente, Jesús Sánchez, el párroco de Torija y pueblos vecinos, también se sumó un año más a esta fiesta de la palabra al caer la noche del ecuador de julio con su particular forma de versear, en esta ocasión inspirándose en Miguel Ángel Buonarotti y Hans Christian Andersen, que cumplían efemérides. En lo que a mí respecta, cuando me tocó recitar, tras homenajear a Campoamor con un soneto, traté de callar el silencio y de viajar al país de la palabra, con la piel a mi cosida, al tiempo que entregué a la Alcarria mi/su suite del viento.

Si la poesía ya no es un arma de futuro, eso que se perderá el futuro.

Réquiem por un buen maestro

            Dice un proverbio africano que «cuando un anciano muere, una biblioteca arde». Y es una verdad como un templo porque la sabiduría que acumula una persona mayor solo es equiparable con el conocimiento que engloban grandes colecciones de libros. Las cenizas de los hombres muertos son, pues, comparables a las de los libros quemados, y viceversa. Y no infravaloremos las cenizas, ni las de los hombres ni las de los libros ni siquiera las de los anaqueles que los soportan, porque, como decía Robert Walser, el gran literato paseante, las cenizas son humildes, sí, intranscendentes y faltas de valor y, además, ellas mismas se auto juzgan como algo inapreciable, pero, por el contrario, son transigentes, pacientes y obedientes, buena prueba de ello es que las soplas y se dispersan volando, sin que una mínima pavesa se niegue a hacerlo. La ceniza, en fin —dice Walser— “no tiene carácter y está más alejada de todo tipo de madera de lo que está la alegría desbordante de la depresión”.

                Con esta reflexión tan filosófica sobre la importancia y la grandeza de lo que aparenta nimiedad y parafraseando el proverbio africano con el que he comenzado este artículo, afirmo con rotundidad que, cuando un maestro se muere, él no se muere del todo porque va a vivir siempre en la razón —y no pocas veces también en el corazón— de sus alumnos. No obstante, cuando muere un maestro, se mueren con él todos los alumnos que no ha tenido y, por ello, no han podido aprovecharse y disfrutar de su magisterio. Antonio Machado decía —y decía bien y además bonito, como era costumbre en uno de nuestros más grandes poetas de siempre—, que un maestro no solo es un transmisor de conocimientos, sino fundamentalmente un guía. Inolvidable poema el del “Recuerdo infantil” del poeta sevillano enterrado en Colliure sobre aquella escuela, una “tarde parda y fría” de “monotonía de lluvia tras los cristales” en la que el maestro, “un anciano mal vestido, enjuto y seco”, “lleva un libro en la mano”. Los maestros siempre llevan, en sentido literal o figurado, un libro en la mano; antes y después de morir, porque los libros no enseñan solos, necesitan a los maestros para que se cumpla el circuito de la comunicación pues ellos son el medio, el guía machadiano, entre emisor y receptor. Como decía McLuhan: El medio es el mensaje.

                Como ven, sigo filosofando, como si no supiera de qué escribir y estuviera divagando y yéndome por las ramas hacia los cerros de Úbeda. Pero eso no es así; pocas veces he tenido tan claro un tema como lo tengo hoy: se nos ha muerto un maestro como la copa de un pino, de los mejores entre los buenos, Don Benito Mateo Muñoz. Para mí siempre fue Benito, pero si hay alguien que se merece el don por delante es un maestro y él lo fue de manera proverbial porque, no sólo puso su evidente conocimiento y profesionalidad a su labor, también sumó pasión y carácter. Mucho carácter porque eso era Don Benito —homónimo del conocido pueblo de Badajoz, como yo bromeaba siempre con él—, un hombre con mucho genio que, si no le conocías y descontabas su nobleza y bondad intrínsecas, pasaría por ser un aragonés tozudo. Como aquel pastor de la película de 1935 titulada “Nobleza baturra”, interpretado por Miguel Ligero, que estaba con las ovejas pastando sobre las vías del ferrocarril y, al oír el silbato de un tren que se acercaba, decía impertérrito: “chufla, chufla, que como no te apartes tú…”.  Don Benito, mi querido amigo Benito, era terco, sí, pero noble y bondadoso hasta el extremo, además de un buen compañero y una persona trabajadora, activa, polifacética e incansable como he conocido a pocas.

Benito Mateo en Oporto cuando realizaba el tramo portugués del Camino de Santiago

                Don Benito se nos ha muerto con 82 años, una edad avanzada para casi todos, pero aún joven para él porque era absolutamente vital. Nació en Concud, un pueblecito pegado a Teruel capital, del que se sentía orgulloso, no, lo siguiente, como también se sentía un orgulloso guadalajareño de adopción y además militante, pues en nuestra provincia echó las raíces más profundas, que son las familiares. Aquí ejerció toda su carrera profesional, con huellas imborrables de él en Azuqueca, Brihuega, Cantalojas y Guadalajara, donde dio clases en el Instituto Brianda de Mendoza y el colegio Isidro Almazán y, especialmente, en el Rufino Blanco, el centro escolar de infantil y primaria más antiguo de la capital, inaugurado en 1912, y en el que más tiempo ejerció y se jubiló. Don Benito, mi recordado y querido amigo Benito, fue durante muchos años el carismático profesor de “gimnasia” de este histórico centro escolar que, ahora, es irónica, que no despectivamente —yo, al menos, no lo consentiría, pues por más de una razón le considero mi “cole”, aunque nunca estuve matriculado en él—, conocido como la “ONU” porque en sus aulas conviven escolares de casi todas las nacionalidades de migrantes que han llegado en los últimos años a Guadalajara, que no son pocas precisamente. Don Benito perteneció a la primera y carismática generación local de profesores de educación física de primaria, a la que podríamos incorporar otros nombres, como Augusto del Castillo Abascal o José Luis Antoral, que hicieron que la “gimnasia” dejara de ser una asignatura “maría” para pasar a ser un tiempo de actividad realmente física y, sobre todo, una oportunidad pedagógica de cultivar los valores del deporte: esfuerzo, trabajo en equipo, compañerismo, espíritu de superación… El deporte escolar y esa maravillosa competición deportiva y cultural que fue “Guadalajoven” les deben mucho a ellos y a los profesores de educación física que les siguieron —y también a no pocos de otras materias que se sumaron con gusto al fomento de la actividad deportiva en sus centros— y que, con profesionalidad e ilusión, quitaban tiempo a sus familias para dárselo a sus alumnos. Las matemáticas de la generosidad, la deontología y el compromiso profesionales le llamo yo a eso. Restar a los tuyos para dar a los demás.

                Se nos ha muerto Don Benito, mi admirado amigo Benito, guadalajareño de Concud, turolense de Guadalajara, maestro de escuela, deportista y deportivo, pescador andarríos, montañero, hortelano, setero de los mejores… Y muchas cosas más. Estoy seguro que son centenares, incluso miles, los hogares en los que han doblado también las campanas por él. En mi corazón aún redoblan y dejaré su pérdida como herida abierta porque las cicatrices ya cerradas son epitafios, pura palabrería oxidada, y yo a Don Benito, a mi ya añorado amigo Benito, lo quiero seguir teniendo a piel abierta, aunque duela.

                Benito ya es ceniza. Pero que no la sople nadie porque se negará a volar.

Toledo locuta, causa finita

                Parafraseando el último parte de la Guerra Civil emitido desde el cuartel general (ísimo) de Franco, “gravemente contaminado por corruptos y puteros muy cercanos, Pedro Sánchez ha alcanzado los límites más insospechados. Su gobierno, ha terminado”, aunque él se niegue a aceptarlo porque, es tal su apego al poder, que, o se lo arrancan (democráticamente, por supuesto), o él no lo entrega voluntariamente, pese a que haga ya mucho tiempo que tiene sobrados motivos para hacerlo. Permítanme que haya comenzado esta “Misión al pueblo desierto” con una paráfrasis, en clave jocosa, del parte emitido por la entonces naciente Radio Nacional de España, el 1 de abril de 1939, desde el cuartel general del ejército de Franco en Burgos y con el que se daba por concluida la fratricida guerra que perdimos todos. Así, al menos, podré atenuar el malísimo rollo que me están produciendo las escandalosas noticias que afectan al gobierno de Sánchez y sus variopintos y aprovechados aliados (también ya cómplices) que, sin solución de continuidad, vienen apareciendo en la prensa desde hace meses, si bien han alcanzado ya niveles tóxicos en los últimos días. Y lo peor de todo no es que la noticia de cada jornada supere en hechos escabrosos, desvergüenza y golfería a la de la anterior, lo pésimo es la reacción del presidente del gobierno que intenta minimizar la escandalera calificándola de “anécdota” y, para tratar de justificar lo injustificable, recurre a las más viejas y torpes excusas del culpable pillado infraganti, a los tópicos y decepcionantes “no es lo que parece”… “y tú más”. Sánchez hace ya mucho tiempo que debía haber dimitido y hasta podría haber procurado controlar eso que tanto le gusta, el relato, diciendo que había intentado un gobierno de “progreso” —obviamente, sobre todo para sus más allegados y sus socios—, pero que no le habían dejado ni la (ultra) derecha que para él es todo lo que no está a su izquierda, pretendiendo convertirnos en “fachas” a muchos que no lo somos—, ni los poderes fácticos. Que más que los poderosos de siempre, ahora lo son quienes, gracias a la matemática electoral, a veces tan perversa, lideran los partidos que le encumbraron al poder, no porque les gustara, sino por su manifiesta debilidad para poder sacarle los higadillos. A España, claro. Él hace tiempo que se extirpó los propios para no hacer ascos a nada que le ayudara a permanecer en la Moncloa al precio que fuera. Jamás había detentado el gobierno de la España de mi tiempo un personaje más maquiavélico que él y eso que Zapatero no “cejó” en el empeño. Para Sánchez, el fin no solo justifica los medios; medios y fin son una misma cosa.

Cartel del Corpus de Toledo de 2025

                               Para no condenarme más de lo que estoy ante la desvergüenza de las fechorías que cada día se van conociendo del entorno más cercano de Sánchez, decidí yo mismo aplicar a la actualidad política eso que el sectarismo, tan instalado hoy en nuestros partidos e instituciones públicas, llama “cordón sanitario”. Pasando ampliamente de las noticias de la tele, la radio y los periódicos, tanto en papel como virtuales, conseguí sobrevivir a la festividad del Corpus Cristi por lo civil que el calendario laboral marcaba el 19 de junio pasado, en el tradicional jueves, pese a que la propia iglesia católica lo viene celebrando al domingo siguiente desde 1989, lo que no deja de ser una evidencia más de que el sentido común cada vez es menos común y tiene menos sentido. ¿Es entendible, y razonable, que el poder civil celebre una fiesta religiosa que la iglesia no celebra ese día…?  Creo recordar que fue José María Barreda, en su último año de mandato al frente de la Junta, y cuando ya se barruntaba que caía del poder como fruta madura pues su gobierno debía hasta callarse, quien declaró festivo el Corpus en la región en su emplazamiento tradicional del jueves. Sin duda aquella decisión fue un guiño dirigido, de manera expresa, a la capital toledana en la que, ciertamente, el Corpus es una fiesta señaladísima en la memoria colectiva y verdaderamente espectacular desde un punto de vista religioso y civil, eucarístico, material y formal. Bellísima, sin duda. En Guadalajara, como ya lo he comentado en numerosas ocasiones, el Corpus también es una fiesta mayor —aunque aquí todo lo mayor siempre parece menor porque no nos queremos como somos— cuyas raíces se remontan, al menos, a mediados del siglo XV, si bien no es comparable, ni en dimensión y piedad popular ni en estética, con la potencia que tiene su celebración en Toledo. Barreda declaró festivo el Corpus en toda la región porque en los años anteriores dejó de ser una fiesta estatal, como lo había sido tradicionalmente, y el ayuntamiento de Toledo se vio obligado a declararla fiesta local para poder mantenerla en su habitual emplazamiento del jueves, exactamente a los 60 días del Domingo de Pascua de Resurrección, como marca el calendario litúrgico cristiano. A Barreda le sustituyó Dolores de Cospedal quien, con un gobierno economicista y poco empático que no cuajó, pero con mantilla y todo, se sumó con entusiasmo a continuar declarando festivo en la región el Corpus en su tradicional emplazamiento del jueves para que Toledo no tuviera que gastar una fiesta local de las dos que la ley reserva anualmente a los municipios. Cuando Emiliano García Page, alumno aventajado de José Bono y más papista que el Papa, sucedió a Cospedal, igualmente decidió mantener el jueves del Corpus como fiesta por lo civil en toda Castilla-La Mancha, mientras que solo era y es religiosa también en la capital regional pues así lo permite la iglesia dada su singular dimensión, no así en el resto de los municipios en que se sigue celebrando en domingo. Termino ya con otra paráfrasis, en este caso en latín y vinculada a la antigua Roma, capital imperial como la regional: “Toledo locuta, causa finita”. O sea que, si Toledo habla, pues no hay más que hablar. Amén (por lo civil, claro).

El Infantado napolitano

Acabo de regresar de un viaje a Nápoles —“neapolis”, la “ciudad nueva” que fundaron los griegos— con un pequeño grupo de buenos amigos cuando he caído en la cuenta de que debía renovar el post de mi blog si no quería que se “petrificara” el último publicado. Lo suelo hacer cada quince días porque la vida no me da para mucho más pues estoy en esa etapa en la que he de combinar la función de padre con la de abuelo y, hasta hace bien poco, también con la de hijo, además de compaginar mi vida laboral aún activa —aunque en cuarto menguante, como la luna cuando va camino de renovarse— con una edad que pronto será ya la tercera, el eufemismo empleado para sortear nominalmente la vejez.
Pese a que viajar está muy sobrevalorado en estos tiempos que corren de maletas siempre hechas o pendientes de deshacer, la verdad es que se trata de una actividad que, aunque cansada si la practicas con excesiva frecuencia, es realmente enriquecedora. Viajar da perspectiva, abre grandes angulares, combate la rutina y aporta conocimiento y divertimento, entre otros muchos beneficios. Los perjuicios, que también los tiene, se los dejo a quienes ya se han cansado de viajar, no quieren viajar y, sobre todo, a los que no pueden. A todos ellos les entiendo cuando defienden que no moverse de casa es el mejor viaje posible.
Mi reciente viaje napolitano ha sido realmente satisfactorio, en primer lugar por la buena compañía con la que lo he hecho —algo fundamental cuando viajas—, y en segundo por el destino elegido —igualmente fundamental—: Nápoles, la capital de la Campania italiana, la región al sur del Lazio en la costa mediterránea y a la que después siguen la Basilicata y Calabria, ya en la punta de la bota italiana más meridional.
Nápoles es la mayor ciudad del sur de Italia. En su núcleo municipal principal tiene cerca de un millón de habitantes que llegan hasta los cuatro si sumamos toda su área metropolitana. La bahía de Nápoles tiene más de 180 kilómetros de costa, una ensenada bellísima en la que destacan tres “costieras” (costas): la amplia napolitana, la sorrentina y la amalfitana. La primera es fundamentalmente un avispero de gente que mira de soslayo al mar y que, a veces, incluso parece vivir a espaldas de él. La segunda es realmente bella, con Sorrento como capital y referente, un verdadero paraíso vacacional que mira de frente al mar desde sus acantilados y aprovecha cualquier concesión de estos para establecer zonas de baño con un punto de exclusividad y hasta glamour, un tanto demodé, eso sí. Además, esta es una tierra con un suelo tan fértil que allí los limones, más que del sur de Italia, parecen del norte de España, o sea de Bilbao, que no tiene una geografía proclive a los cítricos, pero es una ciudad en la que los tamaños de todo son tales que hasta los planos turísticos son “mapas mundi”. La capital de Vizcaya es la pera limonera, vamos, aunque la sorrentina es verdaderamente la de los limones, por el enorme tamaño que tienen los que allí se producen y por su intenso sabor ácido, ese al que Peter, Paul & Mary hacían referencia en su precioso tema titulado “Lemon tree” (“Limonero”), cuyo estribillo decía que “El limonero es muy bonito y la flor del limón es dulce, pero el fruto del pobre limón es imposible de comer”. Con los solemnes limones de Sorrento se fabrica el famoso “limoncello”, un aguardiente de alta graduación alcohólica —entre 25 y 30 grados— y ácido sabor que, tomado muy frío, entra por la garganta estupendamente, aunque pronto se sube a la cabeza si no se consume con tiento y mesura. Volveré a Sorrento, como proclama la bellísima canción titulada “Torna a Surriento” que compusieron los hermanos De Curtis a principios del siglo XX cuando un presidente italiano visitó la ciudad y el alcalde quiso agasajarle hasta con un tema expresamente dedicado a él, para ver si así se conmovía y les ponía por fin una oficina de correos. Desde entonces, Sorrento no solo es la “terra de l’ammore”, como dice la canción, también tiene oficina postal. Y una fábrica de “limoncello” en la que paran todos los autobuses que van a la costa sorrentina y a la amalfitana y, a cambio de ver durante un minuto cómo se produce este aguardiente cítrico, y de probar un culín de producto, después les intentan vender todo un surtido de productos con los limones de protagonistas. Como decía Michele, el competente y divertido guía que nos enseñó Pompeya al ritmo y estilo de un monólogo de Leo Harlem, en este caso desde los fenicios, “no hemos inventado nada”.

Iglesia napolitana de Gesú Nuovo con su fachada de puntas de diamante que recuerdan a las del palacio del Infantado

Ni quiero, ni debo, concluir este post sin hacer una referencia expresa a la iglesia de Gesú Nuovo de Nápoles, cuya imagen acompaña este texto. Como podrán advertir en la foto, la fachada de este templo que está al lado del monolito napolitano a la Inmaculada Concepción —el más español de los dogmas católicos— y del convento de Santa Chiara —cuyo atrio con columnas revestidas de cerámica es una verdadera joya monumental— está decorada con puntas de diamante, colocadas en sebka —conjunto de rombos dispuestos de forma geométrica transmitiendo simetría, decoración típicamente mudéjar— lo que inmediatamente me llevó a recordar a nuestro palacio del Infantado. Ciertamente, se trata de una ornamentación similar la de ambos edificios —el nuestro, gótico isabelino, y el de allí, tardo-renacentista y pre-barroco—, si bien la piedra del de Nápoles es de origen volcánico y, por ello, oscura, mientras que la del edificio alcarreño es blanca tirando a dorada, procedente de las canteras de Tamajón. Aunque Gesú Nuovo es una iglesia de los jesuitas —la que tenían en Guadalajara era la de San Nicolás, cuyo primitivo templo estaba enfrente del actual—, previamente fue un palacio en el que llegó a hospedarse el rey Carlos I (de España). Recuerden que Nápoles perteneció al reino hispano entre los siglos XVI y XVIII y nuestra huella es allí tan señera que hasta hay un barrio llamado “español” que, por cierto, es el más castizo, pero el más degradado y abandonado en todos los sentidos. Sus vetustos y mal conservados edificios y sus calles llenas de suciedad son dos de sus señas de identidad, a las que cabe sumar las clases sociales bajas que allí habitan, agregándose últimamente a ellas la inmigración africana que allí es abundante y se hace notar en calles y plazas (sobre todo en la de Garibaldi).
Al regresar a Guadalajara tras disfrutar de las espectacularmente bellas “costieras” sorrentina y amalfitana, de troncharme de risa mientras descubría la antigua Roma congelada en el tiempo que es Pompeya, de sobrecargarme los gemelos y henchir corazón y pulmones subiendo al Vesubio y de visitar Capri dándome de codazos con muchos miles de personas que, como yo, habían pagado cinco euros solo por la tasa de desembarco, pensé que, si lo mejor de un viaje, más que el destino, es el camino, volver a casa no tiene precio. Ni tasa. Y me ha salido un pareado sin haberlo planeado.

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