Antiguos y viejos patronazgos

                  Ni las ferias de Guadalajara han sido siempre de la Antigua, ni la propia Virgen de la Antigua ha sido siempre la patrona de Guadalajara pues sólo lo es oficialmente desde 1883, sucediendo en el patronazgo de la ciudad a Santa Mónica y San Agustín, que fueron patronos de ella durante más de cinco siglos, a través de votos suscritos desde 1364 y renovados sucesivamente por el consistorio local hasta bien entrado el siglo XIX. Si nos atenemos a criterios estrictamente históricos, más bien historicistas, las ferias de otoño de la ciudad, que hace solo unos lustros pasaron a celebrarse a finales de verano pero que durante siglos tuvieron lugar a mediados de octubre, en realidad serían de San Lucas y no de la Antigua, como hace años ya se nominan al haberse acercado, hasta casi fundirse, las fechas de su celebración con el día de la festividad de la Virgen (8 de septiembre). San Lucas (cuya fiesta se celebra el 18 de octubre) —del que no consta que exista en la ciudad ninguna imagen suya más allá de que, como uno de los cuatro evangelistas que fue, aparezca en algún fresco o cuadro en alguna iglesia o capilla—, está vinculado a las ferias arriacenses desde que el rey Sabio, Alfonso X, las concediera a la ciudad en 1260 a través de un privilegio rodado cuyo original se conserva en el archivo municipal. En ese histórico documento, firmado en Córdoba, el rey que tanto fomentó la celebración de ferias y mercados en Castilla, que dio origen al primer gran cuerpo normativo castellano con las Partidas, que promovió la poetización a Santa María, gracias a la que se recopilaron más de 400 Cantigas, y que tanto contribuyó al conocimiento y expansión del oriental juego del ajedrez en el mundo occidental, dice literalmente: “(…) Damosles e otorgamoles que fagan dos ferias en la villa sobredicha de Guadalfaiara por siempre iamas, e que las fagan dos veces en el año, la una fferia por Cinquesma Onze días, la otra feria que sea por Sant Lucas e comience ocho días después”.  La primera feria a la que se refiere este documento, y que se celebraba cincuenta días después de Pascua de Resurrección —alrededor del Corpus—, ya había sido concedida su celebración a la ciudad por Alfonso X siete años antes, en 1253, si bien no a los cincuenta días de la Pascua, sino en la propia Pascua.

                  Así las cosas, durante siete siglos, las ferias de Guadalajara, que eran eminentemente ganaderas, se celebraron en octubre y siempre en torno a la festividad de San Lucas, una semana antes o una después de su festividad. Por tanto, podríamos perfectamente decir que las ferias de Guadalajara eran las de San Lucas, si bien ahora nadie cae en ello y hasta casi todo el mundo considera más lógico que lo sean en honor de la Virgen de la Antigua, la patrona de la ciudad desde hace 142 años. Desde 1883 en que Guadalajara asumió el patronazgo de la Virgen de la Antigua, y hasta los años setenta del siglo pasado, las ferias se seguían celebrando en octubre, en torno al día de San Lucas, y unas semanas antes, el día 8 de septiembre —festividad de la Natividad de la Virgen—, tenían lugar las fiestas de la Antigua que solo poseían un carácter religioso, vertebrado a través de una función litúrgica solemne por la mañana y procesión vespertina. En los años sesenta y setenta del siglo XX se fueron adelantando los días de celebración de las ferias buscando el “veranillo de San Miguel” de finales de septiembre, pues en las tradicionales fechas de mediados de octubre las jornadas acortaban ya mucho y la lluvia e, incluso, el frío, solían condicionar negativamente su celebración. Fue en los inicios de la actual etapa democrática, siendo alcalde Javier de Irízar, cuando ya dejaron de celebrarse definitivamente en octubre e, incluso, en vez de tener lugar en la última semana de septiembre, como ocurrió durante unos años, se adelantaron a la tercera, dejando ya de ser de otoño, algo que definitivamente se consolidó siendo alcalde José María Bris cuando se comenzaron a celebrar el lunes siguiente al día de la celebración de la patrona, algo que, salvo alguna edición puntual, se ha venido manteniendo hasta ahora. Por tanto, de las ferias de San Lucas pasamos a las ferias y fiestas de la Antigua, algo que la ciudad parece haber asumido como un hecho, no sólo normal, sino incluso lógico y razonable, al unirse y celebrar fiesta y ferias en un mismo ciclo y en un tiempo, además, teórica y prácticamente más bonancible.

Grabado de la Virgen de la Antigua, de autor anónimo, siglo XVIII

                  Entre tanto, del culto a Santa Mónica y San Agustín, con quienes, como ya he dicho, tuvo votos de patronazgo la ciudad durante más de siete siglos, apenas queda memoria en archivos y bibliotecas, ni siquiera permanece en la colectiva de las gentes, pues desde finales del siglo XIX la fuerza con la que irrumpió el patronazgo de la Antigua opacó la tradición de la celebración de la festividad de ambos santos, madre e hijo, que tenía lugar el 4 de mayo. Este patronazgo local se solía celebrar con un gran novenario, misa solemne, procesión desde Santiago a San Miguel del Monte —de esta iglesia ya solo se conserva la capilla de Luis de Lucena— y prendimiento de una “cerca” de velas en Santa María. El origen de estos votos con Santa Mónica y San Agustín radica en una epidemia de langosta que sufrió la ciudad —y toda Castilla— entre 1363 y 1364, que asoló los campos y cuyos devastadores efectos se sumaron a los de la “peste negra” que también acaeció en aquel tiempo. La ciudad, para tratar de erradicar aquella plaga, decidió elegir por sorteo el patronazgo al que encomendarse. Por tres veces, el azar quiso que fuera San Agustín el patrón elegido, hecho tenido por milagroso, máxime cuando tras encomendarse a él, la plaga cesó el día 4 de mayo, fecha en la que se celebraba la festividad de Santa Mónica, su santa madre, nunca mejor dicho. Más de siete siglos de fidelidad de la ciudad a estos votos de patronazgo familiar y doble, y ya siglo y medio de olvido, últimamente paliado por la notoria presencia de la orden de los Agustinos en la ciudad, que gestiona dos colegios, el Agustiniano y el Sagrado Corazón. Este año, además, se suma que el nuevo Papa, León XIV, es agustino y, si el obispado de Sigüenza-Guadalajara no ha cambiado de opinión, hace años que se decidió que la futura nueva iglesia de la zona de los Valles se consagre a los santos, madre e hijo, que durante tanto tiempo fueron patrones de la ciudad.

                  Dicho todo esto, pongámonos un año más bajo el amparo de la Virgen de la Antigua, lo que no solo es un guiño sincretista a la histórica —y ya, afortunadamente, superada— rivalidad de ambas advocaciones marianas locales, sino una renovación personal del voto comunitario de patronazgo que la ciudad mantiene desde 1883. Además de correr, fiémonos de la Virgen. Una madre siempre espera y nunca falla.

El distinto sofoco de dos grandes parques

            Este tiempo de mediados de agosto siempre es sinónimo de fiesta y calor. De mediodías de sol picajoso, ya antes de la hora del vermú, y de tardes de bochorno, melón y moscas. Este año, además, el ecuador festero de agosto, con la Virgen de la Asunción y San Roque como hitos referenciales, ha llegado con una ola de calorina en su misma cresta. Noches de sábanas empapadas en las que, hasta Morfeo, el dios griego del sueño, mira de reojo al botijo con ansia del agua refrescada en su vientre de loza. Los ventiladores, incluso el aire acondicionado, están muy sobrevalorados; yo soy más de abanico y botijo cañí, como aquella España que tomaba la fresca en corros a las puertas de las casas, cada uno poniendo su propia silla, y que mandaba a la gente a acostar cuando ya iban haciendo falta las toquillas e, incluso, las rebecas. En las últimas noches, que me han recordado a las de Cabiria, la película de Fellini en la que la prostituta que le da título es todo calor y solo es retribuida con el frío de la humillación, el sofoco extremo me ha recordado aquellos veranos sesenteros en la Concordia, con su caseta para préstamos de libros y cómics, y su templete-kiosco en el que, las noches de los sábados, se enseñoreaba la banda de música provincial dirigida por el maestro Simón. El Remo, el bar que completaba entonces los equipamientos de servicios del parque, ponía los refrescos —Pepsi Cola y Mirinda que la Coca-Cola y la Fanta tardaron lo suyo en llegar—, las gaseosas —de marca La Industrial, o sea, de kilómetro cero pues se producían a dos centenares de metros, en la esquina del parque Sandra con el Arrabal del Agua— y las cervezas de El Águila, aunque yo siempre fui más de Mahou y por ello agradecí que trasladaran su vieja planta de Madrid a Alovera. Así, la montaña se acercó un poco a Mahoma. Aunque la Concordia de hoy es más un patio de monipodio que ese entrañable jardín de mi infancia que yo recuerdo, no deja de ser el parque de los parques de esta ciudad que, siento mucho decirlo, cada vez hace menos por gustarse un poco más a sí misma.

Comparsa de gigantes y cabezudos de Sigüenza partiendo de la plaza Mayor

            Esto último que he dicho puede confundir a unos pocos, molestar a algunos y dejar indiferentes a la mayoría porque Guadalajara es más ciudad de desafectos que de afectos, de noes que de síes, de ya haremos que de vamos a hacer ya mismo. En eso envidio a Sigüenza, que, pese a llevar décadas desangrándose poblacionalmente, hasta el punto de haber descendido hace tiempo de los 5000 habitantes, sumándose a ellos los escasos que se reúnen en las 28 pedanías que dependen del municipio, cada vez que voy allí encuentro más motivos para seguir volviendo. Ya nos gustaría que la Concordia arriacense tuviera en verano el ambiente de la Alameda seguntina. Sin entrar a valorar el acierto o no de la reforma que se llevó a cabo en ella hace un par de años, los varios kioscos que prestan servicios de hostelería, con el histórico y señero “Triunfo” a la cabeza, son un punto de encuentro y asueto para residentes y veraneantes que dan color y calor al parque. Mientras tanto, en la Concordia, el único negocio de hostelería que hay instalado, pese al mucho volumen y espacio que ocupa y la innegable voluntad y vocación de servicio de sus actuales adjudicatarios, hay veces que, por la escasa presencia de clientes en él, parece una estación de ferrocarril en medio de ninguna parte. Eso sí, cada vez hay más gente consumiendo alcohol y otras bebidas en las praderas de césped, en los bancos y en las mesas, incumpliéndose así dos ordenanzas municipales: la de parques y jardines y la de convivencia. Y, por lo que he visto con mis propios ojos y como ya he anticipado, mucho me temo que la Concordia de hoy está más cerca de ser el patio de monipodio cervantino de “Rinconete y Cortadillo” que de ser el leído y refrescante parque del Retiro galdosiano. Ya sé que Sigüenza es una ciudad receptora de veraneantes y Guadalajara es emisora, pero eso no es óbice para que el histórico parque de la capital, pese a tener un aceptable —aunque claramente mejorable— nivel de limpieza y mantenimiento, se convierta en un lugar en el que muchos, cada vez más, hacen literalmente lo que les viene en gana.  Incluso hay algún juego infantil que ya está en edad bien adulta. Y llegarán las ferias y, además, se le volverá a someter a una nueva prueba de estrés con casi una decena de peñas campando por él a sus anchas…

            Así las cosas, con la cabeza caliente y los pies también, fui a pasar unas horas a Sigüenza el día de la Asunción de la Virgen, que allí se celebra bajo la advocación de Nuestra Señora de La Mayor, día grande donde los haya, con la tradicional ofrenda foral en esa jornada y la vistosa procesión de los Faroles, como colofón, dos días después. Y me reencontré con esa ciudad que tanto me gusta y admiro. Cada vez más. En esta ocasión, en plena fiesta que, además, se notaba de verdad en la calle, pese a que el justiciero sol que hizo aquel día invitaba, más que a estar en ella, a refugiarse en interiores o, cuando menos, a la sombra. Camisetas arlequinadas por todas partes ponían el color rojiazul local a la fiesta, al tiempo que un poco novedoso, pero arraigado, programa de actos populares y religiosos. No dejé de disfrutar de la comparsa de gigantes y cabezudos —humilde y mejorable; en eso la capital es un referente—, y de los bailes vermús de las peñas en la Alameda —con el extraordinario colofón de la actuación del gran “Panchito” Varona organizada por la peña “El Golpe”—. Las actividades vespertinas y nocturnas las perdoné porque el calor extremo me aconsejó regresar lo antes posible a Guadalajara… a reencontrarme aquí con él y, además, sin Alameda y sin fiesta. Y con la Concordia sofocada.   

Comillas tuvo que ser

            El sol en ocaso de Comillas, con su rayo verde y todo, no es la “lunita plateada” de Sevilla en esa preciosa canción de Carmelo Larrea que es “Dos cruces” y que han interpretado cantantes y grupos de mucha categoría, como José Feliciano, Diego el Cigala o Los Sabandeños, la auténtica voz coral y popular de Canarias, gofio musical del mejor en tonadas de isa y folía. Si Sevilla tuvo que ser con su lunita plateada la testigo de aquel amor imposible que narra la canción de Larrea, Comillas, en el crepúsculo de un día inopinadamente despejado, no solo tuvo que ser, sino que fue, es y será, más que testigo, objeto del amor de muchas miradas. Entre otras, la mía. La bella fotografía que acompaña este artículo, tomada por mí mismo con un teléfono chino solo reguleras —que no es un Huawei, por cierto, así que a mí que no me miren ni Trump ni el CNI—, es la prueba palpable de que, detrás de los ojos que estaban detrás de la cámara de mi móvil, había mucho amor. Casi tanto como el de la canción de Nena Daconte. En la imagen capté los últimos minutos del sol cuando el pasado 3 de agosto ya se acostaba en el mar Cantábrico, entre urros, algún botuco al verdel, un par de gaviotas despistadas y olas espumantes como el champán cuando se descorcha, pero no tiene la fuerza del viento del norte, como sí la tiene el de la preciosa canción de Nando Agüeros que quiero que me canten cuando a mí me entierren. Será el vientre claro y fresco de mi vasija de barro. Y entre un cielo despejado acunando al sol y la mirada de la óptica de mi móvil chino que, repito, no es marca Huawei, está la imagen al contraluz del imponente cementerio de Comillas, ruina venerable de un antiguo convento gótico que salvó sus muros para ser el dormitorio de los muertos comillanos, que eso, y no otra cosa, significa y es cementerio. Sobre el muro sur, vigilante y atemorizador, se erige el extraordinario ángel que esculpiera Josep Llimona, cuando el modernismo viajó desde Barcelona a Comillas de la mano de Antonio López y López, el primer marqués de esta histórica villa cántabra que fue la primera de España que tuvo alumbrado público de fuente eléctrica. Corría el año 1881 y fue para iluminar con la moderna electricidad, y no con el vetusto gas como se hacía hasta entonces, los pasos de Alfonso XII por las calles y plazas de este antiguo puerto ballenero en el que hoy apenas faenan tres barcos de pesca de artes menores. Comillas vive gracias al mar —y a la montaña y al modernismo…— pero de espaldas a él, y no lo digo en sentido figurado, sino también literal pues su puerto tiene muy pocos amarres y su playa y reducido paseo marítimo se van a acostar antes que la familia “Telerín”. Los “boomers” como yo entenderán lo que digo. Los demás, se lo imaginarán.

Anochecer del 3 de agosto en Comillas desde el Mirador del Marqués

            En estos tiempos de cancelación que corren, incluida la del primer Marqués de Comillas al que la alcaldesa Colau bajó su estatua del pedestal que tenía en Barcelona porque se ha sabido que algunos de sus barcos transportaron esclavos —o sea, que el modernismo arquitectónico y escultórico, incluido Gaudí, tuvieron como mecenas a un esclavista, pero nadie cancela la Sagrada Familia, el parque Güell, la Pedrera o la Casa Batlló—, Comillas solo mira al mar soñando, como dice la bonita canción de Jorge Sepúlveda, pero no faenando en él. Los miradores en altillo desde los que se avistaban los rorcuales ya no tienen observadores para verlos resoplar y alertar a la población para ir en esquife a remo tras ellos, ahora los han reciclado y sirven medio de farolas, medio de faros; faretes o faritos, más bien. Hablando de cancelación, en Comillas se ha cancelado hasta la Universidad Pontificia/Seminario que ahora es el CIESE (Centro Internacional de Estudios Superiores del Español), al que le está costando arrancar su actividad, y que está restaurándose poco a poco, pero con buen criterio y gusto. Doy fe de ello porque en mi última y reciente estancia allí asistí a un extraordinario concierto en la recién restaurada iglesia del antiguo seminario y pude disfrutar del gran trabajo que se ha hecho, especialmente en la recuperación de paramentos y elementos decorativos. También allí disfruté, y mucho, de un magnífico y espectacular concierto del cuarteto “Medicea” —tres violines y chelo— a la única luz de centenares de velas, con música de “Coldplay”, el pop rock que compondrían ahora los más notables clásicos. Oir “Yellow”, sin la voz de Chris Martin pero con su música, en ese lugar y ambiente tan especiales ha sido, sin duda, uno de los momentos cumbre de mi verano comillano de 2025. Junto a la exposición de Maruja Mallo en el Centro Botín, de Santander, y la fabada y el arroz con leche caramelizado de Casa Gerardo, en Prendes, cerca de Gijón, ya en Asturias, la tierra hermana de Cantabria. Del País Vasco solo es prima porque los vascos tienen su propio cupo y esa es ya otra forma de familiaridad.

            Lo dicho: Comillas tuvo que ser, y será, mi lugar adoptado en el mundo. Si no me echa la alcaldesa y la cuida y limpia un poco mejor.

Quince noches de versos en Torija

Mientras maldecía a quienes se la tomaban solo “como un lujo cultural”, Gabriel Celaya afirmaba que “la poesía es un arma cargada de futuro”. Él fue uno de los mejores poetas “sociales”, la generación que surgió mediados los años 50 del siglo pasado y que practicó el posibilismo denunciando, gracias a perífrasis, metáforas y alegorías, y hasta donde les dejó la censura franquista, la doliente España en blanco y negro de aquella difícil hora de la posguerra civil. Aunque vasco de nacimiento, Celaya extendió y publicó su poesía por todos los lugares en los que encontró la posibilidad de darla a conocer, entre ellos Guadalajara, entonces una ciudad minúscula y “muy jodida”, con perdón, pero es una gráfica expresión del maestro Josepe Suárez de Puga que me parece, más que una palabra, un dardo en el centro de la diana. Efectivamente, en aquella Guadalajara machacada por la Guerra Civil y remachada por la posguerra, surgió un grupo poético inicialmente postista, liderado por Antonio Fernández Molina, un agitador cultural y poeta, manchego de origen, que vino a ejercer el magisterio en la provincia y después se arraigó, primero en Mallorca, y, finalmente, en Zaragoza, donde alcanzó su mayor vínculo y renombre. Fernández Molina fundó, a principios de los 50, una tertulia literaria denominada “Vino y pan”, con sede en el desparecido y recordado “Bar Soria”, que fue una especie de edelweiss, de flor que nacía en una altura ya casi incompatible con la vida, o de un oasis en medio del desierto. En definitiva, aquella tertulia fue un espacio y un tiempo para el arte y la literatura en medio de la casi nada que, entre otros frutos, creó la revista “Doña Endrina” en la que publicaron sus obras poetas y artistas plásticos, que después alcanzaron relieve incluso internacional, como Gabriel Celaya, Francisco Nieva, Gregorio Prieto, Paúl Eluard, Mathias Goeritz, Jean Poilvet, Félix Casanova o Alejandro Busuloceanu. Y de entre los nuestros, un entonces muy joven Suárez de Puga que, desde el primer momento, destacó por su talento y brillantez como poeta. Lástima que no siempre la inspiración le haya cogido trabajando —parafraseando a Picasso— porque, andado mucho tiempo desde entonces, apenas ha publicado obra poética para su talento y potencialidad. Son muchos los poemarios que Josepe se ha dejado en el tintero y este hecho lo acusa la poesía alcarreña que, a pesar de haber tenido y tener notables referentes, no se puede permitir el lujo de la baja productividad de algunos de sus mejores poetas, como sin duda lo es él.

A Suárez de Puga, cuya avanzada edad ya no le permite cortejar a la noche que antes era su hábitat natural, y a otros grandes poetas que se nos han ido, como Alonso Gamo, Paco Marquina o Ramón Hernández, entre otros, les echamos mucho de menos el viernes pasado, 18 de julio, en la “Noche de versos” de Torija que celebraba ya su decimoquinta edición. Para quienes somos poetas, al menos en ciernes o en camino como yo me declaro, y para quienes lo son de verdad, es un motivo de satisfacción que una velada poética como esta de Torija alcance ya década y media de vida. Porque, pese a lo que decía Celaya, la poesía de hoy no es precisamente “un arma de futuro” y, como cantaba Germán Coppini, siguen corriendo “malos tiempos para la lírica”. Si la llamada “poesía social” fue, sin duda, un arma —eso sí, con una flor en la recámara en vez de una bala— para luchar por la libertad y la justicia cuando Franco las guardaba bajo siete llaves en un arcón en El Pardo, en los tiempos que corren, de libertad vigilada y justicia, a veces, en huelga de venda en los ojos caída, la poesía es más bien un “lujo cultural”. Por ello, que en Torija se sigan haciendo sus “Noches de versos” mediado julio es, eso, un lujo cultural sin comillas que hay que agradecer a su ayuntamiento, pero, sobre todo, a Jesús Campoamor, torijano de adopción, y, sobre todo, gran artista plástico, pintor de estilo muy personal y definido, inspirado escultor ocasional, y, para redondear su perfil cuasirrenacentista, también escritor y poeta. Gracias a Campoamor han ocurrido muchas cosas, porque es, como lo fue Fernández Molina en su día, no solo un creador, también es un agitador cultural. De uno de los “cócteles” de Jesús, combinado de palabras y angostura de amistad, surgió esta “Noche de versos” que se celebra cada año en la recoleta plazuela de la Iglesia de Torija, al pie de dos cipreses, uno de ellos mocho, y con un mosaico de telón de fondo que reproduce un soneto del diplomático y poeta torijano, José María Alonso Gamo, también con raíces en Tamajón por parte de madre.

Jesús Campoamor recitando en la Noche de Versos de Torija 2025.

En su XV edición, el propio Campoamor, un año más, participó en su “Noche de versos”; superado por la emoción, dejó la tinta a un lado y escribió con sangre brotada del corazón su mejor verso: “Os quiero”, nos dijo a todos los presentes, que llenábamos la plaza de Torija convocados en la noche por los versos. Diez poetas y un buen cantautor, el mondejano Javier Jiménez, nos subimos en esta ocasión al escenario para poner versos y música a la cálida, tanto en sentido literal como figurado, noche torijana. Jesús de Andrés, el alcarreño que es uno de los vicerrectores de la UNED, nos volvió a hacer pensar con sus breves, pero intensas y profundas piezas, como fogonazos, que acostumbra escribir con tan buen tino como tono. Greguerías 3.0 me parecieron. Gloria Celada, con su íntima y personal poesía, retó y venció al Mercurio retrógrado que aún amenaza con chafar planes hasta finales de mes. Carlos Doñamayor, el médico poeta o el poeta que también es médico, nos regaló un año más su mucho talento y su buen talante, en esta ocasión sorprendiéndonos con un excelente poema de amor que, en realidad, era de desamor. Marta Marco Alario volvió a pasar por Torija como el torbellino personal que es, una gran poeta y mujer de boca y corazón grandes. Carmen Niño, el perejil de todas las salsas poéticas —dicho esto con afecto y como reconocimiento a su impagable labor—, además de reunirnos y presentarnos a todos con su habitual buen hacer, compartió con nosotros los últimos latidos de su madre y después su propia biografía, a ritmo de sentidos y hondos versos. Pura poesía epidérmica. Mari Carmen Peña se sacó del bolso su encendido corazón de abuela y lo puso encima de la mesa frailuna —“benedictina” la llamó ocurrentemente Marta Marco— que se nos ofrecía a los poetas como espacio sedente para recitar. Juan Carlos Pérez Arévalo, mi querido “hermano menor” Juanky, dejó en Torija, además de su bonhomía y espíritu de trabajo y colaboración habituales, sus inteligentes y creativos juegos de palabras y un auténtico “poemón” de la tierra que rezumaba guadalajareñismo del mejor por todos sus costados. Y encima me lo dedicó a mí, lo que me honra y agradezco de corazón. Finalmente, Jesús Sánchez, el párroco de Torija y pueblos vecinos, también se sumó un año más a esta fiesta de la palabra al caer la noche del ecuador de julio con su particular forma de versear, en esta ocasión inspirándose en Miguel Ángel Buonarotti y Hans Christian Andersen, que cumplían efemérides. En lo que a mí respecta, cuando me tocó recitar, tras homenajear a Campoamor con un soneto, traté de callar el silencio y de viajar al país de la palabra, con la piel a mi cosida, al tiempo que entregué a la Alcarria mi/su suite del viento.

Si la poesía ya no es un arma de futuro, eso que se perderá el futuro.

Réquiem por un buen maestro

            Dice un proverbio africano que «cuando un anciano muere, una biblioteca arde». Y es una verdad como un templo porque la sabiduría que acumula una persona mayor solo es equiparable con el conocimiento que engloban grandes colecciones de libros. Las cenizas de los hombres muertos son, pues, comparables a las de los libros quemados, y viceversa. Y no infravaloremos las cenizas, ni las de los hombres ni las de los libros ni siquiera las de los anaqueles que los soportan, porque, como decía Robert Walser, el gran literato paseante, las cenizas son humildes, sí, intranscendentes y faltas de valor y, además, ellas mismas se auto juzgan como algo inapreciable, pero, por el contrario, son transigentes, pacientes y obedientes, buena prueba de ello es que las soplas y se dispersan volando, sin que una mínima pavesa se niegue a hacerlo. La ceniza, en fin —dice Walser— “no tiene carácter y está más alejada de todo tipo de madera de lo que está la alegría desbordante de la depresión”.

                Con esta reflexión tan filosófica sobre la importancia y la grandeza de lo que aparenta nimiedad y parafraseando el proverbio africano con el que he comenzado este artículo, afirmo con rotundidad que, cuando un maestro se muere, él no se muere del todo porque va a vivir siempre en la razón —y no pocas veces también en el corazón— de sus alumnos. No obstante, cuando muere un maestro, se mueren con él todos los alumnos que no ha tenido y, por ello, no han podido aprovecharse y disfrutar de su magisterio. Antonio Machado decía —y decía bien y además bonito, como era costumbre en uno de nuestros más grandes poetas de siempre—, que un maestro no solo es un transmisor de conocimientos, sino fundamentalmente un guía. Inolvidable poema el del “Recuerdo infantil” del poeta sevillano enterrado en Colliure sobre aquella escuela, una “tarde parda y fría” de “monotonía de lluvia tras los cristales” en la que el maestro, “un anciano mal vestido, enjuto y seco”, “lleva un libro en la mano”. Los maestros siempre llevan, en sentido literal o figurado, un libro en la mano; antes y después de morir, porque los libros no enseñan solos, necesitan a los maestros para que se cumpla el circuito de la comunicación pues ellos son el medio, el guía machadiano, entre emisor y receptor. Como decía McLuhan: El medio es el mensaje.

                Como ven, sigo filosofando, como si no supiera de qué escribir y estuviera divagando y yéndome por las ramas hacia los cerros de Úbeda. Pero eso no es así; pocas veces he tenido tan claro un tema como lo tengo hoy: se nos ha muerto un maestro como la copa de un pino, de los mejores entre los buenos, Don Benito Mateo Muñoz. Para mí siempre fue Benito, pero si hay alguien que se merece el don por delante es un maestro y él lo fue de manera proverbial porque, no sólo puso su evidente conocimiento y profesionalidad a su labor, también sumó pasión y carácter. Mucho carácter porque eso era Don Benito —homónimo del conocido pueblo de Badajoz, como yo bromeaba siempre con él—, un hombre con mucho genio que, si no le conocías y descontabas su nobleza y bondad intrínsecas, pasaría por ser un aragonés tozudo. Como aquel pastor de la película de 1935 titulada “Nobleza baturra”, interpretado por Miguel Ligero, que estaba con las ovejas pastando sobre las vías del ferrocarril y, al oír el silbato de un tren que se acercaba, decía impertérrito: “chufla, chufla, que como no te apartes tú…”.  Don Benito, mi querido amigo Benito, era terco, sí, pero noble y bondadoso hasta el extremo, además de un buen compañero y una persona trabajadora, activa, polifacética e incansable como he conocido a pocas.

Benito Mateo en Oporto cuando realizaba el tramo portugués del Camino de Santiago

                Don Benito se nos ha muerto con 82 años, una edad avanzada para casi todos, pero aún joven para él porque era absolutamente vital. Nació en Concud, un pueblecito pegado a Teruel capital, del que se sentía orgulloso, no, lo siguiente, como también se sentía un orgulloso guadalajareño de adopción y además militante, pues en nuestra provincia echó las raíces más profundas, que son las familiares. Aquí ejerció toda su carrera profesional, con huellas imborrables de él en Azuqueca, Brihuega, Cantalojas y Guadalajara, donde dio clases en el Instituto Brianda de Mendoza y el colegio Isidro Almazán y, especialmente, en el Rufino Blanco, el centro escolar de infantil y primaria más antiguo de la capital, inaugurado en 1912, y en el que más tiempo ejerció y se jubiló. Don Benito, mi recordado y querido amigo Benito, fue durante muchos años el carismático profesor de “gimnasia” de este histórico centro escolar que, ahora, es irónica, que no despectivamente —yo, al menos, no lo consentiría, pues por más de una razón le considero mi “cole”, aunque nunca estuve matriculado en él—, conocido como la “ONU” porque en sus aulas conviven escolares de casi todas las nacionalidades de migrantes que han llegado en los últimos años a Guadalajara, que no son pocas precisamente. Don Benito perteneció a la primera y carismática generación local de profesores de educación física de primaria, a la que podríamos incorporar otros nombres, como Augusto del Castillo Abascal o José Luis Antoral, que hicieron que la “gimnasia” dejara de ser una asignatura “maría” para pasar a ser un tiempo de actividad realmente física y, sobre todo, una oportunidad pedagógica de cultivar los valores del deporte: esfuerzo, trabajo en equipo, compañerismo, espíritu de superación… El deporte escolar y esa maravillosa competición deportiva y cultural que fue “Guadalajoven” les deben mucho a ellos y a los profesores de educación física que les siguieron —y también a no pocos de otras materias que se sumaron con gusto al fomento de la actividad deportiva en sus centros— y que, con profesionalidad e ilusión, quitaban tiempo a sus familias para dárselo a sus alumnos. Las matemáticas de la generosidad, la deontología y el compromiso profesionales le llamo yo a eso. Restar a los tuyos para dar a los demás.

                Se nos ha muerto Don Benito, mi admirado amigo Benito, guadalajareño de Concud, turolense de Guadalajara, maestro de escuela, deportista y deportivo, pescador andarríos, montañero, hortelano, setero de los mejores… Y muchas cosas más. Estoy seguro que son centenares, incluso miles, los hogares en los que han doblado también las campanas por él. En mi corazón aún redoblan y dejaré su pérdida como herida abierta porque las cicatrices ya cerradas son epitafios, pura palabrería oxidada, y yo a Don Benito, a mi ya añorado amigo Benito, lo quiero seguir teniendo a piel abierta, aunque duela.

                Benito ya es ceniza. Pero que no la sople nadie porque se negará a volar.

Toledo locuta, causa finita

                Parafraseando el último parte de la Guerra Civil emitido desde el cuartel general (ísimo) de Franco, “gravemente contaminado por corruptos y puteros muy cercanos, Pedro Sánchez ha alcanzado los límites más insospechados. Su gobierno, ha terminado”, aunque él se niegue a aceptarlo porque, es tal su apego al poder, que, o se lo arrancan (democráticamente, por supuesto), o él no lo entrega voluntariamente, pese a que haga ya mucho tiempo que tiene sobrados motivos para hacerlo. Permítanme que haya comenzado esta “Misión al pueblo desierto” con una paráfrasis, en clave jocosa, del parte emitido por la entonces naciente Radio Nacional de España, el 1 de abril de 1939, desde el cuartel general del ejército de Franco en Burgos y con el que se daba por concluida la fratricida guerra que perdimos todos. Así, al menos, podré atenuar el malísimo rollo que me están produciendo las escandalosas noticias que afectan al gobierno de Sánchez y sus variopintos y aprovechados aliados (también ya cómplices) que, sin solución de continuidad, vienen apareciendo en la prensa desde hace meses, si bien han alcanzado ya niveles tóxicos en los últimos días. Y lo peor de todo no es que la noticia de cada jornada supere en hechos escabrosos, desvergüenza y golfería a la de la anterior, lo pésimo es la reacción del presidente del gobierno que intenta minimizar la escandalera calificándola de “anécdota” y, para tratar de justificar lo injustificable, recurre a las más viejas y torpes excusas del culpable pillado infraganti, a los tópicos y decepcionantes “no es lo que parece”… “y tú más”. Sánchez hace ya mucho tiempo que debía haber dimitido y hasta podría haber procurado controlar eso que tanto le gusta, el relato, diciendo que había intentado un gobierno de “progreso” —obviamente, sobre todo para sus más allegados y sus socios—, pero que no le habían dejado ni la (ultra) derecha que para él es todo lo que no está a su izquierda, pretendiendo convertirnos en “fachas” a muchos que no lo somos—, ni los poderes fácticos. Que más que los poderosos de siempre, ahora lo son quienes, gracias a la matemática electoral, a veces tan perversa, lideran los partidos que le encumbraron al poder, no porque les gustara, sino por su manifiesta debilidad para poder sacarle los higadillos. A España, claro. Él hace tiempo que se extirpó los propios para no hacer ascos a nada que le ayudara a permanecer en la Moncloa al precio que fuera. Jamás había detentado el gobierno de la España de mi tiempo un personaje más maquiavélico que él y eso que Zapatero no “cejó” en el empeño. Para Sánchez, el fin no solo justifica los medios; medios y fin son una misma cosa.

Cartel del Corpus de Toledo de 2025

                               Para no condenarme más de lo que estoy ante la desvergüenza de las fechorías que cada día se van conociendo del entorno más cercano de Sánchez, decidí yo mismo aplicar a la actualidad política eso que el sectarismo, tan instalado hoy en nuestros partidos e instituciones públicas, llama “cordón sanitario”. Pasando ampliamente de las noticias de la tele, la radio y los periódicos, tanto en papel como virtuales, conseguí sobrevivir a la festividad del Corpus Cristi por lo civil que el calendario laboral marcaba el 19 de junio pasado, en el tradicional jueves, pese a que la propia iglesia católica lo viene celebrando al domingo siguiente desde 1989, lo que no deja de ser una evidencia más de que el sentido común cada vez es menos común y tiene menos sentido. ¿Es entendible, y razonable, que el poder civil celebre una fiesta religiosa que la iglesia no celebra ese día…?  Creo recordar que fue José María Barreda, en su último año de mandato al frente de la Junta, y cuando ya se barruntaba que caía del poder como fruta madura pues su gobierno debía hasta callarse, quien declaró festivo el Corpus en la región en su emplazamiento tradicional del jueves. Sin duda aquella decisión fue un guiño dirigido, de manera expresa, a la capital toledana en la que, ciertamente, el Corpus es una fiesta señaladísima en la memoria colectiva y verdaderamente espectacular desde un punto de vista religioso y civil, eucarístico, material y formal. Bellísima, sin duda. En Guadalajara, como ya lo he comentado en numerosas ocasiones, el Corpus también es una fiesta mayor —aunque aquí todo lo mayor siempre parece menor porque no nos queremos como somos— cuyas raíces se remontan, al menos, a mediados del siglo XV, si bien no es comparable, ni en dimensión y piedad popular ni en estética, con la potencia que tiene su celebración en Toledo. Barreda declaró festivo el Corpus en toda la región porque en los años anteriores dejó de ser una fiesta estatal, como lo había sido tradicionalmente, y el ayuntamiento de Toledo se vio obligado a declararla fiesta local para poder mantenerla en su habitual emplazamiento del jueves, exactamente a los 60 días del Domingo de Pascua de Resurrección, como marca el calendario litúrgico cristiano. A Barreda le sustituyó Dolores de Cospedal quien, con un gobierno economicista y poco empático que no cuajó, pero con mantilla y todo, se sumó con entusiasmo a continuar declarando festivo en la región el Corpus en su tradicional emplazamiento del jueves para que Toledo no tuviera que gastar una fiesta local de las dos que la ley reserva anualmente a los municipios. Cuando Emiliano García Page, alumno aventajado de José Bono y más papista que el Papa, sucedió a Cospedal, igualmente decidió mantener el jueves del Corpus como fiesta por lo civil en toda Castilla-La Mancha, mientras que solo era y es religiosa también en la capital regional pues así lo permite la iglesia dada su singular dimensión, no así en el resto de los municipios en que se sigue celebrando en domingo. Termino ya con otra paráfrasis, en este caso en latín y vinculada a la antigua Roma, capital imperial como la regional: “Toledo locuta, causa finita”. O sea que, si Toledo habla, pues no hay más que hablar. Amén (por lo civil, claro).

El Infantado napolitano

Acabo de regresar de un viaje a Nápoles —“neapolis”, la “ciudad nueva” que fundaron los griegos— con un pequeño grupo de buenos amigos cuando he caído en la cuenta de que debía renovar el post de mi blog si no quería que se “petrificara” el último publicado. Lo suelo hacer cada quince días porque la vida no me da para mucho más pues estoy en esa etapa en la que he de combinar la función de padre con la de abuelo y, hasta hace bien poco, también con la de hijo, además de compaginar mi vida laboral aún activa —aunque en cuarto menguante, como la luna cuando va camino de renovarse— con una edad que pronto será ya la tercera, el eufemismo empleado para sortear nominalmente la vejez.
Pese a que viajar está muy sobrevalorado en estos tiempos que corren de maletas siempre hechas o pendientes de deshacer, la verdad es que se trata de una actividad que, aunque cansada si la practicas con excesiva frecuencia, es realmente enriquecedora. Viajar da perspectiva, abre grandes angulares, combate la rutina y aporta conocimiento y divertimento, entre otros muchos beneficios. Los perjuicios, que también los tiene, se los dejo a quienes ya se han cansado de viajar, no quieren viajar y, sobre todo, a los que no pueden. A todos ellos les entiendo cuando defienden que no moverse de casa es el mejor viaje posible.
Mi reciente viaje napolitano ha sido realmente satisfactorio, en primer lugar por la buena compañía con la que lo he hecho —algo fundamental cuando viajas—, y en segundo por el destino elegido —igualmente fundamental—: Nápoles, la capital de la Campania italiana, la región al sur del Lazio en la costa mediterránea y a la que después siguen la Basilicata y Calabria, ya en la punta de la bota italiana más meridional.
Nápoles es la mayor ciudad del sur de Italia. En su núcleo municipal principal tiene cerca de un millón de habitantes que llegan hasta los cuatro si sumamos toda su área metropolitana. La bahía de Nápoles tiene más de 180 kilómetros de costa, una ensenada bellísima en la que destacan tres “costieras” (costas): la amplia napolitana, la sorrentina y la amalfitana. La primera es fundamentalmente un avispero de gente que mira de soslayo al mar y que, a veces, incluso parece vivir a espaldas de él. La segunda es realmente bella, con Sorrento como capital y referente, un verdadero paraíso vacacional que mira de frente al mar desde sus acantilados y aprovecha cualquier concesión de estos para establecer zonas de baño con un punto de exclusividad y hasta glamour, un tanto demodé, eso sí. Además, esta es una tierra con un suelo tan fértil que allí los limones, más que del sur de Italia, parecen del norte de España, o sea de Bilbao, que no tiene una geografía proclive a los cítricos, pero es una ciudad en la que los tamaños de todo son tales que hasta los planos turísticos son “mapas mundi”. La capital de Vizcaya es la pera limonera, vamos, aunque la sorrentina es verdaderamente la de los limones, por el enorme tamaño que tienen los que allí se producen y por su intenso sabor ácido, ese al que Peter, Paul & Mary hacían referencia en su precioso tema titulado “Lemon tree” (“Limonero”), cuyo estribillo decía que “El limonero es muy bonito y la flor del limón es dulce, pero el fruto del pobre limón es imposible de comer”. Con los solemnes limones de Sorrento se fabrica el famoso “limoncello”, un aguardiente de alta graduación alcohólica —entre 25 y 30 grados— y ácido sabor que, tomado muy frío, entra por la garganta estupendamente, aunque pronto se sube a la cabeza si no se consume con tiento y mesura. Volveré a Sorrento, como proclama la bellísima canción titulada “Torna a Surriento” que compusieron los hermanos De Curtis a principios del siglo XX cuando un presidente italiano visitó la ciudad y el alcalde quiso agasajarle hasta con un tema expresamente dedicado a él, para ver si así se conmovía y les ponía por fin una oficina de correos. Desde entonces, Sorrento no solo es la “terra de l’ammore”, como dice la canción, también tiene oficina postal. Y una fábrica de “limoncello” en la que paran todos los autobuses que van a la costa sorrentina y a la amalfitana y, a cambio de ver durante un minuto cómo se produce este aguardiente cítrico, y de probar un culín de producto, después les intentan vender todo un surtido de productos con los limones de protagonistas. Como decía Michele, el competente y divertido guía que nos enseñó Pompeya al ritmo y estilo de un monólogo de Leo Harlem, en este caso desde los fenicios, “no hemos inventado nada”.

Iglesia napolitana de Gesú Nuovo con su fachada de puntas de diamante que recuerdan a las del palacio del Infantado

Ni quiero, ni debo, concluir este post sin hacer una referencia expresa a la iglesia de Gesú Nuovo de Nápoles, cuya imagen acompaña este texto. Como podrán advertir en la foto, la fachada de este templo que está al lado del monolito napolitano a la Inmaculada Concepción —el más español de los dogmas católicos— y del convento de Santa Chiara —cuyo atrio con columnas revestidas de cerámica es una verdadera joya monumental— está decorada con puntas de diamante, colocadas en sebka —conjunto de rombos dispuestos de forma geométrica transmitiendo simetría, decoración típicamente mudéjar— lo que inmediatamente me llevó a recordar a nuestro palacio del Infantado. Ciertamente, se trata de una ornamentación similar la de ambos edificios —el nuestro, gótico isabelino, y el de allí, tardo-renacentista y pre-barroco—, si bien la piedra del de Nápoles es de origen volcánico y, por ello, oscura, mientras que la del edificio alcarreño es blanca tirando a dorada, procedente de las canteras de Tamajón. Aunque Gesú Nuovo es una iglesia de los jesuitas —la que tenían en Guadalajara era la de San Nicolás, cuyo primitivo templo estaba enfrente del actual—, previamente fue un palacio en el que llegó a hospedarse el rey Carlos I (de España). Recuerden que Nápoles perteneció al reino hispano entre los siglos XVI y XVIII y nuestra huella es allí tan señera que hasta hay un barrio llamado “español” que, por cierto, es el más castizo, pero el más degradado y abandonado en todos los sentidos. Sus vetustos y mal conservados edificios y sus calles llenas de suciedad son dos de sus señas de identidad, a las que cabe sumar las clases sociales bajas que allí habitan, agregándose últimamente a ellas la inmigración africana que allí es abundante y se hace notar en calles y plazas (sobre todo en la de Garibaldi).
Al regresar a Guadalajara tras disfrutar de las espectacularmente bellas “costieras” sorrentina y amalfitana, de troncharme de risa mientras descubría la antigua Roma congelada en el tiempo que es Pompeya, de sobrecargarme los gemelos y henchir corazón y pulmones subiendo al Vesubio y de visitar Capri dándome de codazos con muchos miles de personas que, como yo, habían pagado cinco euros solo por la tasa de desembarco, pensé que, si lo mejor de un viaje, más que el destino, es el camino, volver a casa no tiene precio. Ni tasa. Y me ha salido un pareado sin haberlo planeado.

Un comentario sobre “La Crisis”

                  Acaba de celebrarse la feria chica en la capital y, como dice el refrán, cada uno la contará según le haya ido en ella. Yo, que, parafraseando a Cervantes, tengo ya puesto el pie en el estribo con las ansias de la jubilación, he de decir que no me ha ido en ella ni bien ni mal; simplemente, no me ha ido. Cada tiempo tiene su afán, dice también el refranero, y dice bien, como casi siempre. La feria chica es afán de adolescentes, jóvenes y maduros que se aferran a los veranos de la juventud para retrasar sus propios otoños. Y así es y así deben ser las cosas. Yo no soy de esos que niegan el pan y la sal de la fiesta cuando no festejo; bien al contrario, me alegra la fiesta, aunque yo no participe en ella, siempre y cuando no me la impongan ni me la restrieguen.

                  En Guadalajara, desde que, siendo Javier Irízar alcalde por accidente —gracias a los famosos “tres minutos” que el gobernador Domínguez García de Paredes quitó a la UCD para regalárselos al PSOE, sumados a 12 años de alcaldía, por intentar caciquear la lista municipal de los de Suárez—, las ferias de la ciudad dejaran atrás las reinas de fiestas con papás en el consejo de ministros, la caspa y el confeti del tardofranquismo para ser verdaderamente populares, las peñas han jugado un papel decisivo en su vertebración. Tanto en las de septiembre como en las de mayo que, con el nombre de feria chica, dio a la ciudad el propio Irízar, aunque hubo algunos años en la última década del siglo XX que no se celebraron porque los presupuestos municipales no daban para hacer doblete. Son tan importantes las peñas en las ferias de Guadalajara —sin duda aún más en la chica que en la grande—, que, si no fuera por los grupos de peñistas que el finde pasado he visto por la calle con sus coloridos y coloristas camisetas y pañuelos, casi ni habría caído en que se celebraba la chica. Y eso no va en detrimento de la feria porque la fiesta no es una obligación, es una opción que no debe imponerse a quienes no la eligen, porque no pueden —sea cual sea la causa— o, simplemente, porque no quieren.

                  Las peñas de Guadalajara, incluso desde que solo se insinuaron cuando eran clandestinas, o semi, en los años sesenta y primeros de los setenta, con su obligado “asesor moral” y todo, han contribuido decisivamente a sacar de la modorra festiva provinciana a esta ciudad que, durante mucho tiempo, tuvo que conformarse con desfile de carrozas, “cacharritos” y puestos de morcillas en el recinto ferial, tres tardes de toros de la que una eran caballitos, hípica con apuestas, fuegos artificiales de medio pelo y, eso sí, toros de fuego de verdad. Y poco más. Gracias a las peñas, pulmón y corazón de nuestras ferias desde que se reinventaron a finales de los años 70 del siglo XX, las calles se visten de color y ambiente festivo animoso y animado porque en ellas tienen un lugar en el que estar y un grupo al que pertenecer los jóvenes peñistas. Ciertamente, el sentido de pertenencia, la referencia física de tener una sede como espacio propio compartido y el tiempo pautado a través de programas que te dan casi todo pensado y hecho, son los tres pilares en los que se asienta la atracción, casi irresistible, que para muchos adolescentes y jóvenes supone hacerse de una peña. Si no eres de alguna o, al menos, te acoplas a alguna —algo que, por cierto, está muy mal visto—, es que en realidad vas de muermo y no eres ni estás donde debes. Algo así como: “soy peñista, luego existo; no lo soy, luego me lo tengo que hacer mirar”. La juventud es gregaria y “trendy” —como se dice ahora a estar de moda algo— por definición; si no estás en una panda, en un grupo o en una peña y, además, no haces lo que casi todo el mundo, en realidad no eres joven o estás viviendo una juventud equivocada. Esto último que digo no está en el ADN de un “boomer” como yo, es de primero de filosofía juvenil de las generaciones que nos siguen: la X, la Y —la de los “milenials”— y la Z.

Carátula del LP de Supertramp al que hace referencia el post

                  Y así las cosas, sigo viendo a “La Crisis”, una de las peñas más veteranas y, por ello, históricas de la ciudad, con su lema fundacional plenamente vigente: “Sigue la crisis… sin comentarios”. En realidad, en estos últimos cincuenta años, ha habido tres grandes crisis en España: la económica del bienio 1992-93, acrecentada en las cuentas públicas con los “fastos” de la Expo sevillana y las olimpiadas barcelonesas, la de 2008-2013 —la provocada por la burbuja inmobiliaria y la crisis bancaria— y la más reciente, la de 2020-2021, causada por la pandemia de COVID-19. Pero “La Crisis”, me refiero a la peña, las ha precedido, vivido y superado a todas y, además, sin hacer más comentarios, como reza su lema y proclama su vieja pancarta que tiene ya más ferias que la churrería de “La Giralda”. Ya sabemos que corren tiempos en que la verdad es relativa, mutable, revisable, actualizable, maleable… y solo cuenta el relato —interesado, por supuesto—, pero la gente actual de esta peña que siempre se ha identificado con sus colores rojo y negro, como los de la bandera de la FAI y los de Osasuna, continúa asegurando, cada año desde hace ya medio siglo, que “sigue La Crisis… sin comentarios”. Pues, entonces, nada más que añadir. O sí, porque yo, como Supertramp en su LP de 1975, me pregunto: ¿Crisis? ¿Qué crisis?

El libro que viajó en una maleta de lluvia

La lluvia no faltó a su acostumbrada cita con la Feria del Libro de Guadalajara, aunque este no es un hecho privativo nuestro, sino que, por lo visto y oído, es frecuente en gran parte de las muchas ferias del libro que se celebran en España y que suelen tener lugar en primavera. Los libros, pues, son dados a viajar en maletas de lluvia y envueltos en pijamas de sueños estampados  con nubes y paraguas. Así de ¿poético? lo dije el sábado, 10 de mayo, a mediodía, en la carpa principal de la Feria del Libro arriacense, en el parque de la Concordia, cuando agradecía su presencia al numeroso público que acudió a la presentación de mi libro “Viaje y Nuevo Viaje a la Alcarria en familia”, desafiando a lluvia, rayos y truenos. En el momento de la presentación, apenas llovía ya, aunque recientemente había caído un chaparrón; pero, apenas un par de horas antes de la celebración del acto, en Guadalajara cayó una fuerte tormenta, con abundante aparato eléctrico y sonoros truenos, además de una intensa lluvia que, a mí, me cogió andando por el parque del Henares. Junto a sus aguas aún turbulentas, como las del puente de la canción de Simon y Garfunkel, literalmente me empapé y calé hasta esos huesos que Yehuda Haleví, el gran poeta hebreo del siglo XI, pedía palpar a su amada para así poderla reconocer el día de la resurrección. Para colmo, en medio de la tormenta, iba oyendo música con los auriculares del móvil y, justo cuando más jarreaba y no se veía a dos en un burro, comenzó a sonar en el podcast aleatorio de pop-rock que tenía puesto un tema de Mike Oldfield que se titula “Man in the rain” —“Hombre bajo la lluvia”—. En medio de aquel aguacero con efectos especiales de luz —relámpagos— y sonido —truenos—, «Pepsi» DeMacque, la gran cantante de “Wham!” que colaboró con Oldfield algún tiempo, cantaba esta estrofa en inglés que, traducida al castellano, dice así:

(…) Hay un nuevo día amaneciendo cuando cae una lluvia fría
y ahora es el momento de caminar solo.

No puedes quedarte, no, no puedes quedarte,

no eres un perdedor, todavía hay tiempo para andar en ese tren (…)

Jesús Orea, autor del libro, Jesús Ortega, presidente de FADETA, grupo de desarrollo local editor; y Luis Romero, periodista que actuó como presentador de la obra. Foto Jesús Sanz Gaitán

            Aunque tenía empapado de agua hasta el pensamiento y no había cerca ningún lugar bajo el que guarecerme más que los árboles del bosque de ribera —pero, como dice el refranero, el que se refugia debajo de hojas, dos veces se moja—, aceptando mi suerte, me dejé ir mientras aceleraba el paso camino del puente de los Manantiales que es donde finalmente encontré refugio temporal, como si fuera un sintecho. En realidad, en ese momento lo era. Y bajo ese puente, que fue el segundo sobre el Henares que se construyó en la ciudad —a finales de los años 80— de los cuatro que hay ahora, mientras esperaba que la lluvia cesara o, al menos, amainara lo suficiente para retomar mi camino sin el hostigamiento del jarreo hasta ese momento padecido, me dio por pensar en el peligro que tienen las cookies de las webs de internet y, en general, la IA, porque hace ya mucho tiempo que dejé de creer en las casualidades —aunque haberlas, “haylas”, como las meigas en Galicia— y Mike Oldfield y “Pepsi” no vinieron a mi paseo fluvial simplemente por azar. Como canta Coti, una cosa es la suerte y otra el azar, y yo maldigo mi suerte, al contrario que Antonio Molina, por la chaparrada de agua que me cayó el sábado en la ribera del Henares y en la que, en vez de Gene Kelly con su paraguas de “Cantando bajo la lluvia”, llegó Mike Oldfield. Y no lo hizo, precisamente, con “Tubular bells” —una campana, y menos tubular, no es un buen refugio para la lluvia, pero peor lo es la intemperie— o, mejor aún, con “The song of the sun” —“La canción del sol”— sino que lo hizo con su “Hombre bajo la lluvia”, pero sin el paraguas de Kelly.

Lástima que los paraguas estampados en los pijamas de sueños que acompañan a la lluvia en las maletas donde viajan los libros, no permitan resguardarse de ella.

CODA: Mil gracias a quienes la lluvia, o cualquier otra circunstancia, no les impidió acompañarme en la presentación de este nuevo hijo de papel que no deja de ser un libro y con el que propongo viajar a la Alcarria en familia, siguiendo las indelebles huellas humanas y literarias de Camilo José Cela, un premio Nobel, y no por casualidad, que nos puso en el mapamundi de la literatura universal y ayudó a reconocernos y hasta querernos un poco más a nosotros mismos.

Castilla, canto de desesperanza

            El 23 de abril es una fecha redonda pues en ella coincide la celebración mundial del Día del Libro y, para quienes somos y nos sentimos castellanos, es también el Día de Castilla ya que en este día se rememora la batalla de Villalar, que tuvo lugar en esa jornada abrileña de 1521. El triunfo en esta pequeña villa vallisoletana de las tropas realistas de Carlos de Gante, el nieto flamenco de los Reyes Católicos, hijo de Juana “la Loca” y de Felipe “el Hermoso”, supuso el frustrante final de la bonita historia de los Comuneros que se confirmó tras el ajusticiamiento, allí mismo y al día siguiente, de sus tres grandes capitanes: el atencino de nación y segoviano de adopción, Juan Bravo, el toledano, Juan de Padilla, y el salmantino, Francisco Maldonado. Muchas de las historias más bonitas acaban mal, como es el caso de aquel —a mi parecer, justo y legítimo— movimiento castellano que se rebeló contra el rey Carlos I (de España y V de Alemania) quien quiso pagar con los impuestos de los castellanos su carísimo trono del sacro imperio románico germánico, favorecer a los mercaderes flamencos —él mismo era el más flamenco de todos— a costa de reducir a mínimos el precio de la afamada lana castellana y copar su corte con extranjeros poco respetuosos de las instituciones y los verdaderos intereses de Castilla. “Y desde entonces ya Castilla, no se ha vuelto a levantar; siempre añorando una Junta o esperando un capitán (…)” dice una de las estrofas del bello poema de los Comuneros, compuesto por Luis López Álvarez, pero al que puso música el Nuevo Mester de Juglaría llamando a la canción “Castilla, canto de esperanza”, un tema, verdadero leitmotiv del castellanismo, que los castellanistas hemos asumido como el himno oficioso de Castilla. Y digo oficioso porque ni siquiera Castilla es oficial al estar política y administrativamente dividida en la actualidad en cinco comunidades autónomas y confundida e, incluso, anulada su esencia en algunos de sus históricos territorios que han preferido forzar una nueva personalidad diferenciadora, antes que preservar sus raíces indubitadamente castellanas. No debemos ir muy lejos para comprobar que en Castilla-La Mancha prima lo manchego frente a lo castellano. Y un ejemplo aún más evidente de ello es Cantabria, mi queridísima tierra de adopción y vocación, en la que algunos, sin duda demasiados, andan buscando sus orígenes hasta en sus numerosas e importantes cuevas prehistóricas, confundiendo los conceptos de pueblo, comunidad e, incluso, nación, con el de tribu, algo que es llevar el nacionalismo, efectivamente, al tiempo de las cavernas. ¿Se imaginan a la Alcarria reivindicarse como nación alrededor de la Cueva de los Casares? ¿Conciben una nación de las Serranías de Guadalajara en torno del abrigo de la Malia, en Tamajón, donde hay indicios de población neandertal que remontarían a hace 45.000 años el tiempo ya habitado de la zona? ¿Podría Molina reivindicarse como nación, además de por su tan histórico como decaído Señorío, por poseer la Mingaña, la singular jerga de tratantes y cardadores que se habla en algunos pueblos del norte de su territorio? En Cantabria, sobre todo en la zona occidental, la más próxima a Asturias, además de reivindicar a Corocotta —un bravo hispano, habitante de aquella tierra en el siglo I a. de C, que se enfrentó a los romanos y al que estos no concedieron el título, si quiera, de guerrero, sino el de “ladrón” en la única referencia documentada que hay suya (Dión Casio 56, 43, 3)—, para tener una referencia personal “nacional” cántabra, también andan ahora empeñados en potenciar el “Cántabru”, el dialecto del castellano que se habla en la zona y que se parece mucho al bable astur. Sustituyan las “oes” finales por “úes” de las palabras en castellano y tendrán los vocablos “cántabrus”.

Los Comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo. Siglo XIX. Copia de la pintura original de Antonio Gisbert, de idéntico título, que se guarda en el edificio del Congreso de Diputados . Una réplica de la pintura se custodia en el Museo del Prado.

            Me duele mucho Castilla, cada vez más, porque ni siquiera las provincias castellanas que hoy se dividen en esas cinco comunidades autónomas de las que antes he hablado —Castilla y León, Castilla-La Mancha, Madrid, Cantabria y La Rioja—, tienen una institución común supra autonómica en la que tratar su castellanidad, preservar su identidad histórica y cultural e, incluso, abordar cuestiones prácticas relativas a redes de comunicación, transporte, fomento, servicios públicos, etc. de interés común, dada su territorialidad limítrofe e, incluso, conurbación en algunos casos, como son los notorios del Corredor del Henares y de la Sagra entre Madrid y Castilla- La Mancha. Cierto es que ya hay algunas medidas transfronterizas intercomunitarias adoptadas, como es la lógica y natural pertenencia de Guadalajara al campus de la Universidad de Alcalá, o la red de transportes de cercanías, pero, sin duda, podrían existir aún muchas más —especialmente en materia de obras públicas, sanidad, educación o servicios sociales—, además de potenciarse y cuidar sus identidades castellanas comunes, aunque pertenezcan a comunidades distintas. Ha llegado la hora de reivindicar la creación de unas Cortes Castellanas en las que se reúnan, periódicamente, representantes de los cinco parlamentos de las comunidades con raíces históricas castellanas. Unas Cortes para defender la historia y el pasado comunes desde el sentido común, no para generar un nuevo nacionalismo separatista, centrípeto, ombliguista, endogámico y xenófobo. De esos, ya tiene España demasiados y además van en ominoso aumento. El artículo 145 de la Constitución prohíbe, expresamente, la federación de comunidades autónomas, pero lo que yo propugno no es eso, sino unas Cortes que sean un punto de encuentro de las comunidades castellanas para coordinarse entre ellas y preservar su identidad y valores culturales compartidos. Eso no lo prohíbe la Constitución y lo aconseja el sentido común, ese que siempre presidió el buen hacer de los castellanos hasta estar en la raíz misma de su histórico fuero de albedrío, a través de las fazañas —las sentencias de los jueces pegados al territorio y aplicando la costumbre de cada lugar—, nuestra principal fuente del derecho histórico que, junto con los fueros y las comunidades de villa y tierra, construyeron Castilla, una Castilla tan generosa que se autodestruyó para construir España.

            Dice el poema de los Comuneros, que, como ya hemos dicho, canta ese bendito y queridísimo grupo que es el Mester —¡honor y agradecimiento eterno para ellos!—, que “si los pinares ardieron, aún nos queda el encinar”, una bella alegoría de esperanza para esta Castilla que, hoy, como decía Javier Borobia —¡recordadle siempre pues no conozco mejor castellano que él!—, es solo una “emotividad”, más que cualquier otra cosa. Si no lo remediamos los propios castellanos, Castilla, más que un canto de esperanza seguirá teniendo el del cisne; o sea, el de la desesperanza que antecede al fin de las cosas o, peor aún, el de la resignación.

Ir a la barra de herramientas