“Tiempo de silencio” —la gran novela de Luis Martín Santos que fue de lectura obligatoria para los estudiantes de bachillerato de mi generación— y yo somos coetáneos ya que ambos nacimos en 1961. La novela, en la editorial Seix Barral, en Barcelona, y yo, en la clínica del doctor Sanz Vázquez, en Guadalajara. Ambos somos “boomers”, por tanto. La novela, porque llegó en la eclosión de la nueva narrativa española que, mediado el siglo XX, rompió con la tradicional, y yo, porque vine al mundo cuando España registraba un crecimiento casi exponencial —un auténtico “boom”— del nacimiento de bebés, según se iban superando los infértiles, en todos los sentidos, tiempos de guerra civil y primeros años de posguerra. Reconozco que cuando leí, obligado y por primera vez, la obra de Martín Santos, se me hizo un poco “bola”, seguramente porque yo no estaba aún preparado ni para entender ni para disfrutar esa obra ambientada en el Madrid de la posguerra (finales de los años 40), entre represión y carencias sociales. Hombres doloridos y limitados y ratones enjaulados eran sus protagonistas, con la calle y el laboratorio como paisaje opresor y condicionante. En una segunda lectura, ya en la edad madura, “Tiempo de silencio” me pareció una gran obra que estaba a la altura de otras neorrealistas de su generación literaria que había leído previamente, como “La Colmena”, de Camilo José Cela, o “El Jarama”, de Rafael Sánchez Ferlosio. Este último ya me había cautivado con una novela anterior, titulada “Industrias y andanzas de Alfanhui”, una creación bella donde las haya, cercana al realismo mágico español, y en la que el niño protagonista, “Alfanhuí”, vive un tiempo en Guadalajara, en el transcurso de su viaje itinerante por los campos y tierras de Castilla, tras haber nacido en la vecina Alcalá. “Alfanhuí”, que podría parecer un nombre de origen magrebí, es el apodo que da al niño su primer profesor, un taxidermista, porque así suena el canto o reclamo de los alcaravanes y el muchacho tiene los ojos amarillos como ellos. Y como los cocodrilos de la novela de Katherine Pancol. “Alfanhuí” es el delicioso y oportuno nombre que se le dio a la guardería infantil municipal que está en el barrio del Alamín, precisamente el entorno en el que vivió el niño de la novela de Sánchez Ferlosio cuando residió temporalmente en Guadalajara.
Martín Santos iba a titular inicialmente su novela como “Tiempo frustrado”. El silencio, cuando no es voluntario, sin duda produce frustración, por lo que se trata de una variación literaria sobre un mismo tema que, como ya he dicho anteriormente, no es otro que la recreación alegórica y denuncia, hasta donde el autor puede y le deja la censura, de aquel tiempo doliente y opresor, de carencias y frustraciones, de la posguerra. “Tiempo de silencio” fue la única novela que publicó Martín Santos, quien también era psiquiatra, algo que se advierte claramente en ella por la compleja psicología de sus personajes. Murió apenas tres años después de publicarla, a los cuarenta años de edad, en un accidente de circulación, dejando inacabada otra novela que iba en la misma línea y hasta con un título tributario de la primera, aunque aún más cargado de desesperanza e, incluso, de derrota: “Tiempo de destrucción”.
Mucho han cambiado las cosas en España y en la literatura desde que “Tiempo de silencio” y yo nacimos al inicio de la década de los años sesenta del siglo XX, cada vez más lejano en causas, pero todavía cercano en consecuencias. En general, a mejor, aunque como sociedad aún nos tendríamos que hacer mirar algunas porque son manifiestamente mejorables. Pese a que no sea debido ni a dolencias ni a carencias de posguerra, sino a un debilitamiento social y económico causado por la emigración masiva iniciada en los años cincuenta y continuada en las siguientes décadas, el que sigue viviendo un palmario tiempo de silencio (y soledad) es el medio rural de la España de interior. Iba a decir castellano porque, efectivamente, es en nuestra tierra —dividida en cinco comunidades autónomas— donde más notoriamente se acusa, pero también abundan el silencio y la soledad en otras tierras próximas, como Aragón, Extremadura, Navarra e, incluso, en el interior de otras comunidades con salida al mar. No es lo mismo el poniente que el levante en la costa.
Guadalajara, como otras provincias cercanas, es un ejemplo proverbial de este tiempo de silencio (y soledad) que, a partir de la pasada festividad de Todos los Santos, ya se va a vivir en muchos de nuestros pueblos hasta que se adivine la primavera, como promesa de retornos, parafraseando y reciclando el mar como semilla de libertad de la bonita canción de Aute. La España “vaciada”, como se le llama a lo que en realidad debería llamarse “despoblada”, “abandonada” y “olvidada”, o casi, volverá a vaciarse después de homenajear a los muertos en los cementerios, alegoría con epílogo de la realidad que espera a partir de ahora a una mayoría de pueblos en los que vive una minoría de gente todo el año. Los regresos de temporada a ellos, tienen fecha de caducidad, como los alimentos perecederos. En esa amplia mayoría de poblaciones rurales, tras la celebración de la festividad de Todos los Santos, el muerto se quedará en su hoyo, aunque con flores recién puestas en sus sepulturas que pronto marchitarán, y el vivo regresará a la ciudad, donde, no pocas veces, el silencio está envuelto en el ruido y la soledad es la mejor compañía. Y donde jugarán con nosotros como con los ratones de laboratorio de la novela de Martín Santos, incluso vendiéndonos que es necesario que así sea para curar los cánceres de la sociedad.

