Archive for junio, 2026

Cela, siempre en la Alcarria 80 años después

Exactamente el 6 de junio de 1946, acaba de hacer por tanto 80 años, Camilo José Cela Trulock (Iria Flavia, 1916 – Madrid, 2002) un entonces joven periodista y escritor novel —así, con la uve, que con la be de Nobel le llegaría 43 años después—, arribó en tren a Guadalajara con una mochila al hombro, un cuaderno con tapas de hule negro y un mapa Michelín de la zona para iniciar su viaje a la Alcarria. Dos años después, concretamente en marzo de 1948, se publicaría la primera edición del “Viaje a la Alcarria” completo, en la colección “Las botas de siete leguas”, de la Revista de Occidente, tras haber publicado en la revista “El Español” tan solo los tres primeros capítulos de la obra, a finales de junio del 46, unos días después de concluir el viaje. Unas desavenencias económicas entre la revista y Cela acabaron con la idea inicial de publicar por entregas en aquella publicación semanal el total del relato del viaje alcarreño. Durante año y medio, los recuerdos del viajero y escritor —más escritor que viajero si nos ceñimos a esta obra pues no es una guía de viajes sino una novela— y las apenas 20 páginas que anotó en su cuaderno con cubiertas de hule en el transcurso de su periplo alcarreño, permanecieron en el guardillón del olvido. No fue hasta finales de 1947 cuando llegó a un acuerdo con la Revista de Occidente y, en poco más de una semana, retomó y en algunos casos reescribió los capítulos que tenía ya escritos, concluyó los pendientes y el 2 de enero de 1948 entregó al editor el original completo de “Viaje a la Alcarria”. En menos de tres meses, el libro estaría listo para ser editado, cosechando desde el principio un importante y creciente éxito. Hasta ese momento, Cela solo había publicado tres novelas: La familia de Pascual Duarte (1942), Pabellón de reposo (1943) y Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (1944); una novela corta: Esas nubes que pasan (1945) y dos poemarios: Pisando la dudosa luz del día. Poemas de una adolescencia cruel y El monasterio y las palabras (ambos en 1945). Como periodista ya había dado muestras de ser un buen “plumilla”, obteniendo fácilmente el carné que le facultaba para ejercer la profesión que, entonces, se lograba con un simple examen, aunque unos años después, a finales de la década de los 50, se lo quitarían por publicar en Argentina “La Colmena”, tras no haber superado el original la censura franquista de aquella época de posguerra, especialmente dura. Curiosamente, el propio Cela trabajó para la censura durante un breve período de tiempo, si bien, según sus propias confesiones, lo hizo simplemente para ganarse un sueldo y parece que la ejerció con bastante laxitud y benignidad hacia los censurados, hasta el punto de que duró en ella lo que duran dos peces de hielo en un whisky “on the rocks”, como canta el gran poeta que es Joaquín Sabina. La familia de Pascual Duarte, Viaje a la Alcarria y La Colmena son consideradas, por una mayoría de críticos, las tres obras más importantes del escritor gallego, al menos las que le catapultaron hacia un notorio éxito, no solo nacional sino internacional, este último hecho avalado por la obtención del Nobel de Literatura en 1989. Vivía entonces de alquiler en El Clavín, la urbanización arriacense en la que se avecindó durante un tiempo, tras haber estado provisionalmente alojado por su amigo Paco García Marquina en el Molino de Caspueñas y después en el hotel La Cañada, en Horche. En ambas residencias temporales, ya emparejado con Marina Castaño, con quien inició relaciones antes de separarse legalmente de su primera mujer, Charo Conde, justo en la época en que escribió Nuevo viaje a la Alcarria, una segunda parte del primigenio y que no alcanzó la altura literaria de la primera. Tras residir de alquiler en El Clavín unos meses y con el dinero del Nobel —54 millones de las antiguas pesetas— aún calentito, Cela y Marina compraron el chalé de estilo inglés de los Cienfuegos en El Espinar, la zona ribereña del Henares que está entre Guadalajara y Fontanar, en el paraje de El Cañal, donde también vivió Marquina con Toya Velasco sus últimos años, tras dejar atrás el Molino de Caspueñas y la piscifactoría que allí tuvo durante un tiempo. El pintor alcarreño residenciado en Torija, Jesús Campoamor, y el propio Marquina, íntimos amigos de la pareja —Jesús lo sigue siendo de Marina, pero ésta no perdonó a Marquina algún comentario sobre ellos en su obra “Cela: Retrato de un Nobel”—, fueron quienes mediaron para que los Cela Castaño se compraran ese chalé, en el que se casaron por lo civil el 10 de marzo de 1991. Asistieron a la ceremonia 50 personas, de las que solo 8 estaban vinculadas con la literatura. En esos momentos, Marina movía más a Camilo por los platós de televisión y las revistas del colorín que por los círculos literarios. Precisamente ese trajín del ir y venir a Madrid a hacer caja, llevó a la periodista gallega a convencer a Camilo de que era mejor que vivieran en la capital que en Guadalajara, eligiendo la glamurosa Moraleja para hacerlo en detrimento de la bucólica ribera del Henares. Cela se resistió a ello lo que pudo; estaba aquí a gusto, pero tiraron más dos de lo que rima con carretas que las propias carretas tiradas por dos bueyes y, finalmente, en julio de 1997 el escritor marchó a vivir a Madrid, donde falleció cuatro años y medio después, apenas iniciado 2002. Que Cela marchó de Guadalajara a regañadientes no es que lo diga yo, es que lo dijo él mismo en su último artículo escrito aquí para su columna de ABC que titulaba “Desde el palomar de Hita”: “Ahora que me voy con la música a otra parte y no sin mi remota pena lastrándome el corazón y el güito del alma, quiero dejar paladina constancia de mi amor a Guadalajara, a cuyas piedras, a cuyas yerbas y a cuyos hombres expreso desde aquí mi gratitud por su mantenida hospitalidad”.

Cela, Quico y su mula camino de las Tetas de Viana, junio 1946. Foto: Karl Wlasak

Cela, desde que hace ahora 80 años iniciara su viaje a la Alcarria, jamás regresó ya del todo al Madrid de su residencia y a la Galicia de su nacencia. Jamás terminó de irse de aquí y jamás dejó ya de estar “siempre en la Alcarria”, como él mismo escribió y firmó de su puño y letra en el libro de honor de la Diputación. Lo hizo poco después de obtener el Nobel, en una de sus muchas visitas de entonces a la institución provincial, de la mano de Francisco Tomey, su entonces presidente, con quien trabó lazos de amistad personales y forjó nuevos vínculos con esta tierra a la que puso en el mapa mundial de la literatura, a la que regresó con frecuencia y en la que vivió hasta que se lo llevaron, no en una, sino en dos carretas. Se que hay un Cela persona y un Cela personaje polémico y poliédrico, a quien Marquina, que le conoció muy bien y sabía muy bien lo que decía, adjudicó adjetivos en vaivén como vital, lúcido, instintivo, individualista, contradictorio, ingenioso, gracioso, humano, tierno, pudoroso, vagabundo, farsante, fabulador, ineducado ceremonioso, ambicioso, ordenado, simétrico, trabajador, disciplinado, tenaz, minucioso, detallista, acaparador, fetichista, provocador, sincero descarnado, estratega…

Se que no gustó a muchos, especialmente a la izquierda por no ser uno de ellos —tampoco lo fue de la derecha porque, políticamente, siempre fue incorrecto e inclasificable—, ni tampoco al galleguismo militante por no escribir en “a nosa lingua”, en gallego. Se que hay muchas leyendas, rurales y urbanas, sobre él y su obra, algunas ciertas y otras bulos descarados. Pero, frente a todo ello, hay dos hechos incontestables: Fue Premio Nobel de Literatura en 1989, el último español en conseguirlo hasta ahora —ese galardón no lo dan en una tómbola—, y viajó a la Alcarria cuando a nadie le daba la gana venir a ella y se moría de hambre, pena y soledad en la posguerra civil, quedándose ya para siempre aquí.

Ir a la barra de herramientas