Archive for junio, 2026

Guadalajara, femenino singular

                  ¿Tiene género y número una ciudad? En sentido estricto no lo tiene o no lo debería tener, pero en figurado claro que sí, en tanto la imaginación y la literatura pueden ir tan lejos como se quiera, hasta incluso llegar a ese mundo de infinitas posibilidades creativas que es el de la alegoría, o sea, la metáfora continuada. Así, con Antonio Herrera Casado, un historiador y escritor documentado, elocuente, brillante y luminoso donde los haya, gracias a su última y magnífica obra publicada, titulada “Guadalajara, La Ciudad de las Damas” (Aache ediciones), podríamos colegir que esta es una urbe femenina y singular porque muchas y grandes mujeres han protagonizado su historia, si bien ha sido tradicionalmente interpretada y escrita por el inveterado poder de los hombres y, por ello, diluida y opacada su versión femenina.

                  En esta última obra, presentada con expectación y éxito en la pasada Feria del Libro de Guadalajara, intuyo que Herrera Casado se ha divertido de lo lindo escribiendo, como se deduce a poco que se imbuye el lector en sus páginas pues ha empatizado notoriamente con sus personajes. Incluso sospecho que se ha enamorado de algunos (platónicamente, solo platónicamente porque su querida Mari Sol no se pone nunca, como el sol del imperio filipino) y ha derrochado recursos tan variados como narrar en tercera persona —ora desde la cercanía, ora desde la distancia—, pero también en primera, en modo autobiográfico. Además, ha navegado por la historia y la intrahistoria de las principales damas vinculadas con Guadalajara siempre con el viento de popa, hasta cuando tocaría hacerlo en ceñida. A Herrera le gusta escribir porque sabe hacerlo muy bien, sobre todo cuando la temática es la historia y el arte, sus dos especialidades en los ámbitos de la investigación y la divulgación. No siempre los historiadores son buenos literatos, pero Antonio sí lo es. Tiene un estilo fluido y elocuente, absolutamente pulcro y ortodoxo a nivel formal, y realmente eficaz y agradecido para el lector en el plano conceptual. Sabe lo que dice y además lo dice muy bien, con calidad y calidez, dos adjetivos que no empleo de forma gratuita por la admiración y el afecto que le profeso, sino porque se ha hecho acreedor a ellos en su vasta obra que no anda ya lejos del centenar de libros distintos publicados.

Portada del libro «Guadalajara, la ciudad de las damas» de Antonio Herrera Casado

                  Cuando un gran historiador es también un buen literato, como Herrera Casado, no corre el riesgo de que le salgan cangrejos con pantalones si planta melones a la orilla del río, como reza la divertida Jota de los Cangrejos que canta ese grupo segoviano que es la voz, el alma y el corazón de Castilla y que se llama Nuevo Mester de Juglaría. Si Antonio planta historia y arte al lado de un río y les da el sol de su literatura, le nacen grandes obras como le vienen naciendo desde hace más de 60 años, la última esta “Guadalajara, La Ciudad de las Damas” que he disfrutado tanto que ya la he leído un par de veces; y no será la última. En cada lectura he encontrado un nuevo matiz o detalle de alguna de las damas protagonistas —confieso que me han subyugado tres Mendozas: Aldonza, la Mencía hija del marqués de Cenete, y Ana, la duquesa del Infantado— que me ha llevado a nuevos discurrimientos, divagaciones y, por ende, entretenimientos. Como aquellos aperitivos tan numerosos, variados y ricos que ponían antes en los paradores nacionales de turismo, cuando cuidaban mucho más su cocina que ahora.

                  Herrera ha querido reivindicar el papel femenino en la historia de la ciudad y lo ha hecho con total respeto y elegancia, como es habitual en él. No va contra nada ni contra nadie, ni usa piquetas para romper techos, sean de cristal, escayola o mármol, solo la palabra. Le queda, nada más y nada menos, que la palabra, como al poeta Blas de Otero en su conocido poema. Así, el autor cifra en doce el número de damas sobre las que trata en su libro, quedando claro que podrían haber sido aún más, pero dejándolo en la docena porque es un número con un punto cabal “y que siempre salva un compromiso y allana caminos”, como el propio autor dice en la introducción. El prólogo, muy bueno, por cierto, es de la actual delegada de la JCCM en Guadalajara, Rosa García, una mujer que viene del mundo de los libros, en particular, y del periodismo y la cultura, en general, y que se le nota cuando hace, habla y escribe.

                  Como decía, doce son las damas que Herrera ha rescatado del pasado de Guadalajara para hacerlas historia con nombres propios femeninos de la ciudad. Cinco son señoras de la misma realeza y siete del universo Mendoza, como con tanto acierto tituló su gran trabajo de investigación sobre esta poderosa familia el temprana y tristemente desaparecido profesor José Luis García de Paz. Comienza el libro con Doña Berenguela (segunda mitad del siglo XIII), hija de Alfonso X y Señora de Guadalajara, y concluye con Luisa de Mendoza (segunda mitad del XVI y primeros años del XVII), condesa de Saldaña y esposa del segundo hijo del entonces poderosísimo Duque de Lerma, valido de Felipe III. Otras importantes “Damas de la Ciudad” que han merecido la atención del cronista provincial son las Infantas Beatriz e Isabel, hijas de Sancho II y de María de Molina; las del puente del Alamín, sí. María Fernández Coronel, siempre al servicio de la grandeza real y aya de María de Molina y después de las infantas del puente, también ocupa su lugar en la obra, con su papel secundario, pero preminente, hasta el punto de ser la fundadora del Real Convento de Santa Clara de Guadalajara. Por cierto, sus restos mortales, tras permanecer durante siglos en la iglesia conventual de las clarisas, hoy parroquial de Santiago, cuando el convento fue vendido en 1912 salieron de allí gracias a don Gabriel María Vergara, destacado profesor del instituto arriacense, quien las custodió en una caja que se guardó durante más de dos décadas en la Biblioteca/Museo del centro educativo. En 1935, unos estudiantes de la FUE “historioclastas” —si se me permite la expresión—, los quemaron y esparcieron por la calle, perdiéndose para siempre. Otras dos damas de la realeza cierran el apartado dedicado a ella en el libro: María de Portugal, esposa de Alfonso XI y Señora de Guadalajara desde 1328, y Juana Manuel, reina de Castilla, esposa de Enrique II, también Señora de Guadalajara e hija del Infante don Juan Manuel, el del Conde Lucanor.

                  Las Damas de la casa Mendoza merecen punto y aparte. Como ya hemos dicho, son siete las que Herrera Casado, más que rescatar, resalta de esta historia con miriñaque y faldas de la ciudad, algunas ya previamente citadas. La primera dama Mendoza que es destacada en la obra es Juana, “la ricafembra”, mujer de gran belleza y relevancia social, hija del primer Mendoza de origen alavés, Pedro González, que se residenció en Guadalajara. Tras ella, Aldonza, hermanastra mayor de Íñigo López de Mendoza, gran favorecedora del monasterio jerónimo de Lupiana. Le sigue Mencía, Condesa de Haro y llamada “La Condestablesa” por estar casada con el Condestable de Burgos, Pedro Fernández de Velasco. Fue la impulsora de la extraordinaria capilla del Condestable de la catedral burgalesa, donde están enterrados ella y su esposo en un magnífico monumento funerario. Le llega el turno a Brianda, la Mendoza con más nombre en la ciudad por el histórico instituto al que da nombre y por ser la creadora del beaterio de la Piedad en el antiguo palacio de don Antonio de Mendoza, su tío, de quien lo heredó. Una mujer polémica en su tiempo porque no toda la sociedad veía en aquel beaterio un lugar de oración… Y llega el turno de otra Mencía, la jadraqueña hija del conde de Cenete, mecenas del arte y gustosa del lujo. Tras Mencía, Ana de Mendoza, duquesa del Infantado que casó con Enrique de Nassau, a quien Velázquez inmortalizó en su conocido cuadro titulado “La rendición de Breda”. Esta mujer se relacionó en su estancia en Flandes con personajes de la época tan relevantes como Erasmo de Rotterdam, Luis Vives o El Bosco. Concluye “La Ciudad de las Damas” con Luisa de Mendoza, condesa de Saldaña de quien ya hemos dado antes referencias.

                  Lo dicho: gracias a Herrera Casado, Guadalajara ya tiene género y número: femenino singular. “Guadalajara, La Ciudad de las Damas” es un libro que hay que leer… y releer.

Cela, siempre en la Alcarria 80 años después

Exactamente el 6 de junio de 1946, acaba de hacer por tanto 80 años, Camilo José Cela Trulock (Iria Flavia, 1916 – Madrid, 2002) un entonces joven periodista y escritor novel —así, con la uve, que con la be de Nobel le llegaría 43 años después—, arribó en tren a Guadalajara con una mochila al hombro, un cuaderno con tapas de hule negro y un mapa Michelín de la zona para iniciar su viaje a la Alcarria. Dos años después, concretamente en marzo de 1948, se publicaría la primera edición del “Viaje a la Alcarria” completo, en la colección “Las botas de siete leguas”, de la Revista de Occidente, tras haber publicado en la revista “El Español” tan solo los tres primeros capítulos de la obra, a finales de junio del 46, unos días después de concluir el viaje. Unas desavenencias económicas entre la revista y Cela acabaron con la idea inicial de publicar por entregas en aquella publicación semanal el total del relato del viaje alcarreño. Durante año y medio, los recuerdos del viajero y escritor —más escritor que viajero si nos ceñimos a esta obra pues no es una guía de viajes sino una novela— y las apenas 20 páginas que anotó en su cuaderno con cubiertas de hule en el transcurso de su periplo alcarreño, permanecieron en el guardillón del olvido. No fue hasta finales de 1947 cuando llegó a un acuerdo con la Revista de Occidente y, en poco más de una semana, retomó y en algunos casos reescribió los capítulos que tenía ya escritos, concluyó los pendientes y el 2 de enero de 1948 entregó al editor el original completo de “Viaje a la Alcarria”. En menos de tres meses, el libro estaría listo para ser editado, cosechando desde el principio un importante y creciente éxito. Hasta ese momento, Cela solo había publicado tres novelas: La familia de Pascual Duarte (1942), Pabellón de reposo (1943) y Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (1944); una novela corta: Esas nubes que pasan (1945) y dos poemarios: Pisando la dudosa luz del día. Poemas de una adolescencia cruel y El monasterio y las palabras (ambos en 1945). Como periodista ya había dado muestras de ser un buen “plumilla”, obteniendo fácilmente el carné que le facultaba para ejercer la profesión que, entonces, se lograba con un simple examen, aunque unos años después, a finales de la década de los 50, se lo quitarían por publicar en Argentina “La Colmena”, tras no haber superado el original la censura franquista de aquella época de posguerra, especialmente dura. Curiosamente, el propio Cela trabajó para la censura durante un breve período de tiempo, si bien, según sus propias confesiones, lo hizo simplemente para ganarse un sueldo y parece que la ejerció con bastante laxitud y benignidad hacia los censurados, hasta el punto de que duró en ella lo que duran dos peces de hielo en un whisky “on the rocks”, como canta el gran poeta que es Joaquín Sabina. La familia de Pascual Duarte, Viaje a la Alcarria y La Colmena son consideradas, por una mayoría de críticos, las tres obras más importantes del escritor gallego, al menos las que le catapultaron hacia un notorio éxito, no solo nacional sino internacional, este último hecho avalado por la obtención del Nobel de Literatura en 1989. Vivía entonces de alquiler en El Clavín, la urbanización arriacense en la que se avecindó durante un tiempo, tras haber estado provisionalmente alojado por su amigo Paco García Marquina en el Molino de Caspueñas y después en el hotel La Cañada, en Horche. En ambas residencias temporales, ya emparejado con Marina Castaño, con quien inició relaciones antes de separarse legalmente de su primera mujer, Charo Conde, justo en la época en que escribió Nuevo viaje a la Alcarria, una segunda parte del primigenio y que no alcanzó la altura literaria de la primera. Tras residir de alquiler en El Clavín unos meses y con el dinero del Nobel —54 millones de las antiguas pesetas— aún calentito, Cela y Marina compraron el chalé de estilo inglés de los Cienfuegos en El Espinar, la zona ribereña del Henares que está entre Guadalajara y Fontanar, en el paraje de El Cañal, donde también vivió Marquina con Toya Velasco sus últimos años, tras dejar atrás el Molino de Caspueñas y la piscifactoría que allí tuvo durante un tiempo. El pintor alcarreño residenciado en Torija, Jesús Campoamor, y el propio Marquina, íntimos amigos de la pareja —Jesús lo sigue siendo de Marina, pero ésta no perdonó a Marquina algún comentario sobre ellos en su obra “Cela: Retrato de un Nobel”—, fueron quienes mediaron para que los Cela Castaño se compraran ese chalé, en el que se casaron por lo civil el 10 de marzo de 1991. Asistieron a la ceremonia 50 personas, de las que solo 8 estaban vinculadas con la literatura. En esos momentos, Marina movía más a Camilo por los platós de televisión y las revistas del colorín que por los círculos literarios. Precisamente ese trajín del ir y venir a Madrid a hacer caja, llevó a la periodista gallega a convencer a Camilo de que era mejor que vivieran en la capital que en Guadalajara, eligiendo la glamurosa Moraleja para hacerlo en detrimento de la bucólica ribera del Henares. Cela se resistió a ello lo que pudo; estaba aquí a gusto, pero tiraron más dos de lo que rima con carretas que las propias carretas tiradas por dos bueyes y, finalmente, en julio de 1997 el escritor marchó a vivir a Madrid, donde falleció cuatro años y medio después, apenas iniciado 2002. Que Cela marchó de Guadalajara a regañadientes no es que lo diga yo, es que lo dijo él mismo en su último artículo escrito aquí para su columna de ABC que titulaba “Desde el palomar de Hita”: “Ahora que me voy con la música a otra parte y no sin mi remota pena lastrándome el corazón y el güito del alma, quiero dejar paladina constancia de mi amor a Guadalajara, a cuyas piedras, a cuyas yerbas y a cuyos hombres expreso desde aquí mi gratitud por su mantenida hospitalidad”.

Cela, Quico y su mula camino de las Tetas de Viana, junio 1946. Foto: Karl Wlasak

Cela, desde que hace ahora 80 años iniciara su viaje a la Alcarria, jamás regresó ya del todo al Madrid de su residencia y a la Galicia de su nacencia. Jamás terminó de irse de aquí y jamás dejó ya de estar “siempre en la Alcarria”, como él mismo escribió y firmó de su puño y letra en el libro de honor de la Diputación. Lo hizo poco después de obtener el Nobel, en una de sus muchas visitas de entonces a la institución provincial, de la mano de Francisco Tomey, su entonces presidente, con quien trabó lazos de amistad personales y forjó nuevos vínculos con esta tierra a la que puso en el mapa mundial de la literatura, a la que regresó con frecuencia y en la que vivió hasta que se lo llevaron, no en una, sino en dos carretas. Se que hay un Cela persona y un Cela personaje polémico y poliédrico, a quien Marquina, que le conoció muy bien y sabía muy bien lo que decía, adjudicó adjetivos en vaivén como vital, lúcido, instintivo, individualista, contradictorio, ingenioso, gracioso, humano, tierno, pudoroso, vagabundo, farsante, fabulador, ineducado ceremonioso, ambicioso, ordenado, simétrico, trabajador, disciplinado, tenaz, minucioso, detallista, acaparador, fetichista, provocador, sincero descarnado, estratega…

Se que no gustó a muchos, especialmente a la izquierda por no ser uno de ellos —tampoco lo fue de la derecha porque, políticamente, siempre fue incorrecto e inclasificable—, ni tampoco al galleguismo militante por no escribir en “a nosa lingua”, en gallego. Se que hay muchas leyendas, rurales y urbanas, sobre él y su obra, algunas ciertas y otras bulos descarados. Pero, frente a todo ello, hay dos hechos incontestables: Fue Premio Nobel de Literatura en 1989, el último español en conseguirlo hasta ahora —ese galardón no lo dan en una tómbola—, y viajó a la Alcarria cuando a nadie le daba la gana venir a ella y se moría de hambre, pena y soledad en la posguerra civil, quedándose ya para siempre aquí.

Ir a la barra de herramientas