Archive for julio, 2026

Un buen día en Buendía

Guadalajara y Cuenca son dos provincias hermanas. Y, a la vez, primas. Esto segundo lo digo utilizando la quinta acepción que el diccionario de la RAE recoge de la palabra “primo” y que, literalmente, dice así: “Persona incauta que se deja engañar o explotar fácilmente”. Ni Cuenca ni Guadalajara, evidentemente, son personas, pero si las personificamos como provincias sí que tienen un punto de incautas, de cándidas, incluso de pringadas porque, sin duda alguna, son las dos más desfavorecidas por los presupuestos regionales, año tras año. De los estatales, ya ni te cuento, porque esos hace tiempo que a ambas provincias solo les traen migajas, literalmente. Volviendo a las cuentas regionales, que son las verdaderamente magras en estos tiempos, a Toledo, sobre todo por lo de la capitalidad y por ser la provincia más poblada de la región, siempre le toca el gordo y, a veces, también algún segundo y hasta tercer premio. A Ciudad Real, por el tradicional peso de sus políticos en la Junta, por ser la segunda provincia más poblada y por ser la principal guardiana de las esencias manchegas que tanto priman en la comunidad, pues siempre le toca algún premio especial. A veces, también el gordo. ¿Y Albacete? Albacete es, desde que, en el mismo nacimiento de la España de las autonomías, se alejara de Murcia para no ser la eterna segundona (y última provincia) de la región murciana y se incorporara como cabeza de ratón (o casi) a este engendro que llamaron Castilla-La Mancha, siempre recibió buen trato, sobre todo cuando fue presidente (“manchakari” le bautizamos algunos con rechifla), tantos años, José Bono, albaceteño de Salobre. Aunque ahora comparte patria chica con dos patrias grandes: España y… la República Dominicana. Bueno, en realidad, la verdadera patria de Bono tiene pinta de ser el dinero, al menos eso se deduce de su amplio patrimonio y de lo bien que vive. Siempre fue un tipo sudoroso y de sonrisa con un punto cínico, pero ahora me parece también oscuro, y no lo digo por su habitual tez morena caribeña… ¿Y a Guadalajara y a Cuenca, qué les toca entonces del “pastel” castellano-manchego? Pues, como ya hemos anticipado, casi siempre les toca la pedrea o, como mucho, alguna terminación de los fondos regionales, sobre todo los inversores que son los que verdaderamente hacen que progresen los territorios. No es victimismo esto que afirmo; bien al contrario, es una realidad sabida, reconocida incluso por algunos prebostes de la cosa pública (casi siempre en privado) y asumida con cierta resignación (porque nadie pelea, de verdad, con insistencia, constancia y contundencia por cambiarla). Así las cosas, ¿a alguien le extraña que Guadalajara y Cuenca sean las dos provincias de la región menos identificadas con ella y más con sus provincias, según el estudio que hizo “Electomanía” en la primavera de 2022? De hecho, Guadalajara, tras León, es, con notable diferencia, la provincia de España menos identificada con su región. Ahí dejo la cosa.

Pontarrón de Buendía, aguas abajo de la presa.


La hermandad de Guadalajara y Cuenca la certifican la amplia territorialidad compartida, desde el mismísimo Alto Tajo hasta donde el “gran río de Iberia”, como lo llamaron los romanos, entra ya en la Comunidad de Madrid, en las proximidades de la provincia conquense y poco antes de hacerlo en la de Toledo. Son más de 150 los kilómetros de límite provincial que comparten Guadalajara y Cuenca y eso, si no une, sí que vincula mucho. Aunque ambas provincias comparten tierras de serranía, las del Alto Tajo, las del resto de los límites comunes son ya alcarreñas, altas en la zona de Cifuentes y bajas en las de Sacedón y Pastrana. También hay una “tercera Alcarria” compartida, como así denominó el gran cronista provincial, Francisco Layna Serrano, a ese territorio, mitad serranías, mitad alcarrias, que está en el entorno de Arbeteta y pueblos próximos, cuando el Tajo deja ya de ser alto.
Y desde que en 1958 se inaugurara oficialmente el sistema de embalses de Entrepeñas y Buendía, Guadalajara y Cuenca también comparten el pantano que tomó el nombre del pueblo conquense al ser el más importante de la zona inundada por las aguas del Guadiela y del Mayor, el río de Huete, que forma una de las principales reculas al sur de este embalse. Debajo de las aguas de Buendía, que este año, al igual que Entrepeñas, presenta uno de los más altos niveles de embalse de las últimas décadas, están las ruinas de dos pueblos de Guadalajara: Santa María de Poyos y La Isabela. En realidad, la Isabela, más que un pueblo en sí, como era Poyos, fue un histórico balneario que en 1825 adoptó este nombre en honor de Isabel de Braganza, la segunda esposa de Fernando VII, muy aficionados ambos a este lugar. En La Isabela destacaban los magníficos edificios allí construidos para conformar un balneario a la altura de la realeza, en cuya construcción participaron afamados arquitectos de la época, como Isidro González Velázquez, discípulo de Juan de Villanueva y técnico de la Casa Real. Frondosos jardines, bellos paseos y fuentes monumentales dieron una belleza complementaria a este lugar en su siglo y medio de vida como tal, aunque ya se especula con la posible utilización de sus aguas para usos medicinales incluso en tiempos de los romanos.
Hace unos días tuve la oportunidad, y el placer, de pasar una jornada completa en Buendía con un reciente, pero ya buen amigo mío —las amistades que se hacen en la primera hora del atardecer de la vida son verdaderamente cálidas y luminosas—, Paco Bogliolo, catedrático francés de Literatura Comparada, residente en Montpellier. Su origen, no obstante, es alcarreño pues su madre era de este pueblo de Cuenca que cedió su nombre al embalse que, junto con el de Entrepeñas, forma el llamado “mar de Castilla”. Las tierras de olivar, viñedo y cereal de antaño, ahora son el país de las carpas y los lucios. Paco es un alcarreño de corazón que nos nació en Orán —donde estuvo preso Cervantes— y ha recorrido medio mundo dando clases, primero en la enseñanza media y después en la superior, o representando al estado francés, en este caso como agregado cultural en embajadas y consulados. Ha vivido en Argelia, Francia, Senegal, Colombia, Líbano y Nueva Caledonia. Pero tiene casas en Buendía y también en Sacedón. Paco, además de ser un gran profesor, un gran escritor y un buen amigo, es un alcarreño militante con acento francés. Los alcarreños, como los de Bilbao, nacemos donde nos viene en gana, o, mejor dicho, les viene en gana a nuestros padres, pero siempre volvemos a la Alcarria, a la magna mater, al lugar en el que están y siempre estarán nuestra piel y nuestros huesos que, como decía el gran arquitecto alemán nacionalizado estadounidense, Mies van der Rohe, son los dos elementos clave en la edificación. También de la vida.

Mapas históricos de Guadalajara con eme de Maza

            La factoría que no deja de ser Aache ediciones —porque factoría deviene de la palabra latina “factor” cuya traducción es “el que hace” y en esta empresa familiar guadalajareña y guadalajareñista se “hacen” muchos libros y además bien— continúa con su constante actividad editorial, iniciada hace ya más de 30 años. Fue gracias a la iniciativa de Antonio Herrera Casado, quien, además de prestar sus propias iniciales y sus buenos oficios a la sociedad que él mismo fundó, precisamente fue protagonista de mi anterior post, en este caso no en su calidad de editor, que también de alguna manera, sino como autor de esa estupenda obra que es “Guadalajara, la Ciudad de las Damas”. Si Antonio va camino del centenar de obras publicadas, la editorial que él creó, y que ahora gestiona con buena mano su hija Águeda, ya avista en un horizonte no lejano su publicación número 1000, una cifra redonda y solo asequible a proyectos empresariales sólidos en origen y bien gestionados en su devenir. En ese buen camino seguido por Aache y en esa actividad editorial constante, con apariciones periódicas y frecuentes de nuevos libros con nuestra provincia como protagonista, podemos enmarcar la reciente edición de “Cartografía histórica de Guadalajara”, una obra muy interesante y oportuna de la que es autor Francisco Maza Vázquez, ingeniero en Geodesia y Cartografía y máximo responsable de esa área en el Ayuntamiento de Guadalajara hasta su aún relativamente reciente jubilación. Paco Maza es una persona muy conocida y apreciada en la ciudad, no solo por su competencia y afable trato profesional, sino por su empatía y bonhomía. Compatibilizó su labor municipal con el ejercicio de la docencia universitaria pues fue, durante más de tres décadas, profesor asociado de la UAH en el Departamento de Arquitectura. Además de esta nueva publicación de Aache, que forma parte de su prestigiosa colección “Tierra de Guadalajara” con el número 138, Maza es autor de otras obras de rango y usos universitarios. También lo es de numerosos artículos publicados en revistas técnicas especializadas en cartografía, SIG (Sistema de Información Geográfica, un conjunto de herramientas tecnológicas que permite capturar, almacenar, analizar, gestionar y representar datos geográficos o espaciales) y Expresión Gráfica.

            “Cartografía Histórica de Guadalajara” es, sin duda, una obra escrita por un ingeniero especialista en geodesia, pero Maza no abusa de la jerigonza cartográfica, de la jerga propia de esta profesión tan técnica y específica, sino que la emplea en su justa y necesaria medida para que tenga el rigor necesario, pero al tiempo presenta un notorio tono y fin divulgativos. Gracias a esta obra se pueden conocer, a través de mapas fundamentalmente elaborados por la Brigada Topográfica de los Ingenieros Militares y el Instituto Geográfico Nacional, los importantes cambios que vivió el urbanismo de la ciudad en los siglos XIX y XX, por causa de importantes proyectos de reformas interiores. Estas modificaciones de la trama y el aspecto urbano de la ciudad, hasta el siglo XIX apenas alterados desde la Edad Media y el Renacimiento, perseguían un loable fin de modernización de los ambientes urbanos, si bien comportaron la desaparición, total en muchos casos y parcial solo en algunos, de numerosos edificios de valor histórico-artístico: conventos, iglesias, ermitas e, incluso, palacios. Guadalajara tenía una originaria estructura urbana, no modificada durante siglos, angosta e irregular, propia del urbanismo medieval con claras influencias musulmanas pues, recordemos, que esta ciudad fue fundada en los siglos VIII y IX por los “árabes” (lo entrecomillo porque no todos provenían de la península arábiga ya que otros eran originarios de la antigua provincia romana de Mauritania-Tingitania, por tanto, no árabes). En aras de la modernización de la traza y la trama urbanas de Guadalajara, las sucesivas reformas interiores que se acometen en el siglo XIX —especialmente en las calles Mayor Baja y Alta, Barrionuevo (actuales Ingeniero Mariño y Ramón y Cajal) y la plaza de Moreno— tras las desamortizaciones y una nueva religiosidad menos practicante y activa propia de ese tiempo, la ciudad cambia significativamente de estructura e imagen. Muchos de esos cambios los podemos advertir —y, a veces, descubrir— en los numerosos mapas que la obra de Maza incluye, a poco que los observemos con lupa u otros medios de ampliación. Precisamente, el único “pero” que le pongo a la publicación es que, al tratarse de una propuesta fundamentalmente cartográfica, sus reducidas dimensiones (21 X 13 cm.) y, por tanto, de los ilustrativos mapas que la integran, se muestran en un tamaño a veces tan pequeño que no se pueden interpretar en toda su potencialidad. No obstante, la importancia y relevancia de la cartografía reproducida y la detallada y adecuada interpretación que al autor hace de ella, nos permiten conocer, a través de esta obra, los principales cambios acontecidos en el urbanismo y, por ende, en el patrimonio de la ciudad en los dos últimos siglos. Gracias a este libro de Maza no solo podemos curiosear por nuestra historia urbana más relativamente reciente, sino también descubrir una Guadalajara que ha sufrido más modificaciones en menos de doscientos años que las que había vivido en más de un milenio.


Portada del libro `Cartografía histórica de Guadalajara´, de Francisco Maza, recientemente editado por Aache

La bienintencionada e, incluso, siempre necesaria modernidad, procuró alejarnos de la oscuridad del medievo y llevarnos a la luz que trajo décadas antes la Ilustración, pero para ensanchar unos metros algunas calles o para crear plazas donde solo había encuentros de callejas o mínimas plazuelas, la piqueta se ensañó con un amplio número de edificios notables de aquella ciudad conventual y palaciega, típicamente castellana, que fue Guadalajara, sobre todo en los siglos XV y XVI, gracias al mecenazgo mendocino que sucedió al real. Tras el XVII y la marcha de la nobleza a Madrid, la ciudad entra en una continuada crisis que solo se intenta atajar con un nuevo urbanismo ya en el XIX. Y no fueron pocos los “crímenes” que se cometieron en nombre de la modernidad; se trata de los antecedentes de ese otro crimen que, como el rayo del poemario de Miguel Hernández, no cesa: el de la especulación. Gracias a la obra de Maza y la cartografía histórica que aporta, podemos conocer gran parte de esa dirección hacia la modernidad a la que puso proa Guadalajara, con un doble sentido contrario: construir una ciudad más acorde con los tiempos y su estatus de capital de provincia, a cambio de perder una importante y significativa parte de su patrimonio histórico-artístico. Precisamente el autor de la obra la concluye con una propuesta, que secundo y aplaudo, cual es señalizar, a través de cambios en los materiales o en el color de los pavimentos y de su delimitación en ellos, con unos soportes informativos complementarios, algunos de los edificios de valor histórico-artístico desaparecidos de la ciudad. Incluso propone comenzar con dos de ellos: la antigua iglesia de Santiago (parcialmente demolida en 1837 y total y definitivamente en 1902, que estaba ubicada en la calle Mayor Baja, entre la bocacalle del callejón llamado de Hurones, actual calle Francisco Cuesta, y la hoy plaza de España, adosada al lateral del palacio del Infantado), y la ermita de la Soledad (desaparecida después de la Guerra Civil, tras ser incendiada en su transcurso, y situada al inicio del paseo de las Cruces, frente a San Ginés). El Sistema de Información Geográfica (SIG) al que está adherida Guadalajara gracias al empeño de Paco Maza cuando era el responsable de la cartografía y la geodesia municipal, permitiría localizar y delimitar con absoluta exactitud ambos monumentos, al igual que podría hacerse con el resto de los desaparecidos, si bien muchos de ellos fueron sustituidos por otros edificios y, por tanto, sería mucho más difícil hacerlos visibles a través de la actuación que propone el autor. En todo caso, “Cartografía histórica de Guadalajara” es un libro recomendable que, sin duda, recomiendo.

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