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Saleri II vuelve a las ferias un siglo después

Cada uno contará después las ferias según le vaya en ellas, como dice el dicho —valga el polipote—, pero, en principio, a juzgar por el programa, completo y variado, aunque siempre mejorable, y la favorable previsión meteorológica, se dan las circunstancias para que las fiestas de la capital de este año puedan ser mayoritariamente disfrutadas de forma positiva. Siempre habrá alguno que echará de menos, o de más, actos en el programa; también quienes huyan, literalmente, de la ciudad en estos días porque no les gusten las ferias o tengan otras opciones mejores. Incluso estén obligados a ello por cuestiones personales o profesionales. Y doy por supuesto que a la oposición en el ayuntamiento le parecerá casi todo mal y al equipo de gobierno del ayuntamiento todo bien, máxime cuando los munícipes tienen ya las orejas tiesas porque en mayo habrá elecciones locales. En cualquier caso, considero que hay mimbres suficientes para que salga un buen cesto y solo algún accidente o incidente grave, no deseables ni deseados, podrían enturbiar este tiempo de ocio festivo que es el de las ferias de la capital. Además de ser la principal cita festejante anual de la ciudad, por su momento de celebración las ferias también suponen el final del ciclo estival y el inicio del otoñal. Vamos camino de menos sol, luz, temperatura, tiempo de ocio y vacación… y vamos camino de más noche, obligaciones profesionales y estudiantiles, frío, lluvia (ojalá)… Con las fiestas arriacenses se cumple a rajatabla el refrán que dice que “días de mucho, vísperas de… dejémoslo en poco en vez de en nada.

Julián Sáinz, Saleri II, el torero más importante nacido en la provincia

Si comparamos los programas de ferias de hace un siglo, cuando España estaba en plena dictadura de Primo de Rivera y en guerra con Marruecos, y los de ahora, realmente solo coinciden dos actos en ellos, además de, por supuesto, la instalación de barracas, puestos y atracciones feriales. Me estoy refiriendo a los toros y a la comparsa de gigantes y cabezudos. Ni siquiera había actos religiosos en los programas de ferias de Guadalajara de los años 20 del siglo pasado, no porque la ciudad fuera entonces menos practicante, más agnóstica o atea, sencillamente porque en aquellos años las fiestas se celebraban en la tercera semana de octubre, en torno a la festividad de san Lucas —por concesión real de Alfonso X el Sabio a mediados del siglo XIII— mientras que la Antigua, la patrona de la ciudad desde 1883, se festejaba en su fecha habitual del 8 de septiembre, festividad de la Natividad de la Virgen.

Partiendo del hecho de que solo los toros y los gigantes y cabezudos siguen estando presentes un siglo después en el programa de ferias de la ciudad, tras desaparecer de él actividades propias de tiempos pasados e incorporarse otras de los actuales, me ha agradado sobremanera ver en la programación de este año una actividad novedosa que, sin duda, entrelaza el pasado con el presente festivo de la ciudad. Me estoy refiriendo a la “Cabestrada de Saleri II” que, especialmente dirigida al público infantil, va a tener lugar (o ya lo ha tenido si se lee este post a posteriori), el martes de ferias por la tarde, por el nuevo recorrido del encierro, desde la plaza del Mercado hasta la de toros. Tras la cabestrada, y ahí tiene toda su justificación el acertado nombre que se le ha dado, la comparsa de gigantes y cabezudos de la ciudad hará el mismo recorrido que los cabestros, incorporándose a ella una nueva figura de cabezudo, un torero, al que se le va a dar el nombre de Saleri II. Julián Sáinz, Saleri II para la tauromaquia, es el torero más importante nacido en la provincia, concretamente en Romanones, en 1892, y de él dice esa auténtica y magna enciclopedia de los toros que es el Cossío, que fue un torero “largo” —o sea, completo y dominador de todos los tercios y suertes—, que “tenía el valor suficiente para hacer cuanto quería y lo hacía todo y muy bien” y que “toreaba con gracia y soltura y con demostración de excelentes condiciones técnicas”. Tomó la alternativa en 1914 en Madrid y estuvo en activo hasta mediados de los años 30, si bien su etapa más destacada fue la de finales de los 10 y principios de los 20, cuando alternó en numerosas corridas con las dos grandes figuras de la época: Joselito “El Gallo” y Belmonte. A Saleri, por este hecho de acompañar tantas veces a ambos referentes de la tauromaquia de la época, le pusieron el mote de “el tercer hombre”. Saleri II viajó muchas veces a América, donde también triunfó. La última ocasión que he constatado que el diestro de Romanones actuó en las ferias de Guadalajara fue en las de octubre de 1922; sin demasiado éxito, por cierto, porque el ganado de José Bueno, de Palazuelos de Vedijo (Valladolid), no dio ningún juego “y se limitó a salir del paso”, como coinciden casi todas las crónicas de la época. Sin embargo, en 1921, un año antes, Saleri sí que triunfó en el coso de las Cruces. Y lo hizo doblemente porque, además de realizar unas faenas “estupendas” —sobre todo con capote, banderillas y estoque—, fue él mismo quien promovió y organizó un festival a beneficio de los soldados españoles participantes en la Guerra de África contra Marruecos —la llamada Guerra del Rif, que duró desde 1909 a 1927, con el conocido “Desastre de Annual” que tuvo lugar precisamente aquel año—, alternando con otro torero alcarreño con raíces en Taracena, Carralafuente. Además de los ingresos por ventas de entradas y donativos, Saleri y Carralafuente recogieron para la milicia en sus capotes 996,85 pesetas, arrojadas al ruedo desde las gradas por los espectadores, una práctica habitual de los maletillas en tiempos pasados para recibir un estipendio por su labor al no tener entonces más remuneración que las propinas voluntarias del respetable. Los soldados, entusiasmados por el toreo de Saleri II y el dinero para ellos recaudado, lo sacaron a hombros por la puerta grande. Aquel gran gesto del gran torero alcarreño fue muy aplaudido en la ciudad, hasta el punto de que unas semanas después se organizó un banquete en su honor en el Casino, justo unos días antes de partir a Caracas, donde tenía ese año contratadas ocho corridas. Contrato que no pudo cumplir en su integridad pues una antigua lesión de espalda, debida a una cogida, se le reprodujo y obligó a una operación de urgencia. Mientras convalecía en Venezuela, nació su hijo en Madrid, después bautizado en Romanones, con el padre aún ausente.

En fin, no es precisamente poco lo que podríamos seguir contando de Julián Sáinz, Saleri II, pero lo vamos a dejar aquí por razones de espacio. En todo caso, me alegra sobremanera que se recupere su memoria y que se haga con un festejo taurino novedoso y dirigido a público infantil e incorporando a una figura con su nombre a la histórica comparsa de gigantes y cabezudos de Guadalajara. Una comparsa que inicialmente estuvo integrada en la procesión del Corpus, desapareciendo de ella durante décadas en el siglo XIX, y recuperándose para las ferias en 1900. Una comparsa que sigue convocando a centenares de ilusionados y excitados niños cada vez que sale y que está en un buen momento y bien cuidada, no como en los años 80 del siglo pasado cuando se deterioró tanto que, incluso, hubo riesgo de su desaparición material. Algún gigante hasta llegó a dormir durante meses el sueño de los olvidados en algún corral de un pueblo al que fue prestado, con ligereza, y con aún más ligereza no cuidado y reintegrado a donde debía. La sensibilidad, el voluntarismo y el compromiso de Julio García Bilbao y Juanjo Molina con esta tradición local, sumados a la profesionalidad y celo de los técnicos de festejos del ayuntamiento, Paco Olmeda y Luis Barra, y al empeño e ilusión de algunos concejales, en contraste con la dejación de otros, hicieron posible que la ciudad conserve una de sus señas de identidad festivas. Una buena faena esta de Saleri II, sin duda.

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