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¿Dónde han ido todas las flores?

Acabo de regresar de mis vacaciones de verano que, como tengo por costumbre desde hace ya mucho tiempo, he disfrutado junto a mi familia en Comillas, ese lugar tan especial, situado al borde del mar y al pie de la secular e histórica montaña de Castilla, que desde hace cuatro décadas largas se hace llamar y es Cantabria. Este año me subí para el norte de España con el corazón encogido porque en el momento de mi marcha ardían las Serranías del norte de Guadalajara por los cuatro costados. Al partir, tenía una cierta sensación de traicionar a la tierra, de huir de ella cuando más en debilidad estaba y en el momento que más nos necesitaba a todos. Eso me latía en el corazón, pero la razón me decía que nada podía hacer yo en ese momento para colaborar en la extinción de aquel fuego que se inició en La Mierla y que, tras permanecer activo durante dieciocho largos días, terminó arrasando 33.000 hectáreas de terreno, sobre todo monte, pasto y bosque, que se dicen pronto. Hace veintiún años, en el incendio de la Serranía del Ducado y el Alto Tajo, fueron 24.000 las hectáreas que ardieron (sobre todo de pinar), aunque aquel devastador siniestro lo más importante que se llevó por delante fueron las vidas de once miembros del conocido y recordado “Retén de Cogolludo”, la mayoría de ellos jóvenes. Siempre les recordaremos y siempre les deberemos el nacimiento de la UME, la Unidad Militar de Emergencias que se creó a raíz de aquel incendio y que tanta utilidad viene evidenciando desde su misma creación en todos los siniestros y catástrofes naturales en que actúa. Como está previsto en los protocolos, al declararse el nivel 2 en el incendio de La Mierla, la UME se incorporó a las labores de extinción, sumándose a los medios y bomberos forestales de Castilla-La Mancha y del CEIS de la Diputación, y a los recursos llegados desde el Ministerio de Transición Ecológica y otras comunidades, creo recordar que de Madrid y Extremadura. Sabido es que, cuando peor pintaban las cosas en el incendio de las Serranías del norte, se declaró otro importante foco de fuego en el Señorío de Molina, concretamente en Selas. Este incendio tardó cinco días en extinguirse y afectó a casi 3.000 hectáreas.

Atardecer en el pinar de Las Cabezadas, entorno afectado por el incendio de las Serranías del Norte. Noviembre 2019.

Aunque es un refrán muy crudo y hasta tiene un punto de desconsiderado, podríamos decir eso de que al perro flaco todo se le vuelven pulgas ya que este nuevo y simultáneo incendio obligó a desdoblar y repartir esfuerzos y medios, sumándose también al operativo la ya citada UME. Esta unidad del Ministerio de Defensa, que comenzó este verano a desplegarse en el incendio de Almería, que, como en el del Ducado en 2005 se cobró varias vidas humanas, retomó en la provincia de Guadalajara su actividad más frenética con los incendios de La Mierla y Selas. Después, y ya sin solución de continuidad, ha ido, literalmente, apagando importantes fuegos en Toledo, Ávila, Madrid, Zaragoza, Castellón, Zamora, León… Y aún estamos en el ecuador del estío, las olas de calor se suceden, lluvia no cae, pero viento no falta, y muchos bosques, montes y prados sin limpiar ni ramonear siguen siendo estopa pura, así que, no quiero ser pregonero de lo obvio, pero es muy probable que la UME y los bomberos forestales sigan teniendo mucho trabajo hasta que el otoño nos traiga lluvias y temperaturas menos fogosas que rebajen el riesgo de incendios. No dudo que también los agricultores, como ha ocurrido en La Mierla y Selas, seguirán apoyando con su maquinaria y experiencia las labores de extinción de los incendios de proximidad. Nunca se reconocerá suficientemente la labor de los agricultores y los ganaderos para sostener lo que nos queda de medio rural, como tampoco se valorará en su justa medida su probada disposición a aportar sus medios materiales y su propio voluntariado personal para colaborar activamente en paliar los efectos de cualquier catástrofe natural. Desciendo de labradores por vía materna y se bien lo que digo cuando afirmo que, sin ellos y sin los ganaderos, el mundo rural sería solo una segunda residencia, los campos unos eriales y los montes, combustible de 98 octanos para los incendios. Como ya lo viene siendo y como aún lo será más si no se adoptan medidas eficaces para esa España, llamada “vaciada”, de la que viven no pocos urbanitas, muchos de ellos con militancia política solo en su currículo, sin que se note mucho su trabajo, aunque sí sus pingües sueldos.

Como decía antes, me fui de vacaciones para el norte de España con la sensación de huir del norte de Guadalajara (y después también del este, la tierra de Molina de la que desciendo por vía paterna) mientras ardía. Me dolía el alma solo de pensar que pueblos, bosques y campos que he andado, visto y disfrutado tanto, estaban siendo pasto literal de las llamas. Y me dolían, sobre todo, sus gentes, dolidas e impotentes. Si hay un dolor agudo, ese es el de la impotencia. Solo me consolaba el hecho de que este incendio no se había cobrado víctimas mortales porque la tierra, más pronto que tarde, se regenera, pero no hay regeneración posible, ni biológica ni física, para la vida humana. Ni quiero, ni debo, ponerme estupendo y melodramático, pero les aseguro que, si mis lágrimas hubieran podido contribuir a apagar aquellos fuegos, no habría parado de llorar. Me duele mi tierra. Me duelen todas las tierras porque son nuestra magna mater, nuestra gran madre, y, lo digo por experiencia aún relativamente reciente, no hay nada más desgarrador que la muerte de una madre, incluso nonagenaria y cuando irse es ya, no su única, sino su mejor opción.

Mientras ardían parte de las Serranías y el Señorío y yo conducía por los campos de Castilla camino del Cantábrico, en la radio del coche sonó una de mis canciones favoritas: “Where have all the flowers gone?” (¿Dónde han ido todas las flores?), en la mejor versión que conozco, la de Peter, Paul & Mary. Es una canción pacifista que fue todo un símbolo para la juventud americana de los sesenta que, en vez de balas, quería cargar con flores sus fusiles y zanjar de una vez la cruenta guerra de Vietnan, que siguió a la también cruenta de Corea y a la cruentísima II Guerra Mundial. Es una canción con una letra y una melodía muy bellas, dérmica, más que epidérmica. Esas flores por las que Peter, Paul & Mary se preguntaban que a dónde habían ido a parar, se me antojaron los robles, los rebollos, las encinas, los quejigos, los jarales, los piornales y demás árboles y arbustos que estaban ardiendo en nuestras Serranías, en ese momento avanzando el fuego a un ritmo de 60 metros por minuto. Y pensé, y pienso, y digo y pido: Paz para nuestros bosques y montes. Paz y trabajo para los hombres y mujeres en ellos.

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