Archive for agosto, 2026

Campo gigante y amarillo

                  Gigante tiene por nombre el festival de música, fundamentalmente indie rock, pop alternativo y post punk, aunque siempre con guiños a otros estilos actuales (y no tanto, este año con Chimo Bayo, casi mítico DJ de la “Ruta del bacalao” noventera), que se celebra en Guadalajara desde hace doce ediciones, si bien tres de ellas (las de 2021 a 2023) se trasladaron a Alcalá de Henares porque la empresa alcarreña organizadora del evento, Producciones Malvhadas, no encontró en el ayuntamiento que entones presidía Alberto Rojo el apoyo que necesitaba y/o demandaba. Con Guarinos ya en la Alcaldía, y especialmente con Santiago López Pomeda como concejal de festejos, el Gigante regresó en 2024 a Guadalajara, convocando anualmente a más de 20.000 espectadores en sus tres días de celebración, muchos llegados de fuera. Este año ha tenido lugar los días 27, 28 y 29 de agosto, el primero de ellos en jornada de puertas abiertas. Aunque también hay actuaciones gratuitas por plazas de la ciudad, la sede del festival, desde la edición del año pasado, es el nuevo recinto ferial de la avenida del Ocio, junto al Ferial Plaza, que se ha demostrado idóneo para su formato y amplia capacidad de convocatoria. El sonido ha rozado el nivel de óptimo (lógicamente, algunos grupos han sonado mejor que otros pero eso ya ha dependido de su propia calidad interpretativa y de la de sus equipos y técnicos), la movilidad ha sido fluida, las barras, aseos y servicios de seguridad y atención al público, han estado bien dotados y dispuestos, apenas ha habido las colas de otros festivales pese a la masiva afluencia de público, sobre todo el viernes, y han sido mínimas las molestias que se han generado al celebrarse en un espacio muy amplio y en un entorno de suelo terciario y no residencial. Es una paradoja que un festival tipo medio como el de Guadalajara se llame Gigante porque, obviamente, su dimensión no es precisamente colosal, sobre todo si se compara con los grandes festivales españoles de este tipo —el Primavera Sound, de Barcelona, el Mad Cool de Madrid, o el Arenal y el FIB de la provincia de Castellón, e, incluso, el Sonorama, de Aranda de Duero, entre otros—, pero, sin duda, con su continuidad en el tiempo y su buena programación y organización habituales se ha ganado el respeto y la atención del público fiel de esta clase de eventos. Si el Gigante no lo es tanto porque tenga la mejor programación y la mayor capacidad de convocatoria del conjunto de los muchos y buenos festivales españoles, que evidentemente no las posee, sí que tiene un punto agigantado en términos relativos y cualitativos más que cuantitativos. Un gigante en el país de los gigantes es uno más, pero un gigante en Lilliput, es el gigante, es Gulliver. El festival Gigante de Guadalajara, una ciudad mediana aún con tics de pequeña, pues claro que es gigante porque pocas veces y pocas cosas convocan aquí a más de 20.000 personas, muchas de ellas venidas de fuera, y además pagando por ello (un precio razonable eso sí). Item más, los nombres en este tipo de eventos que mueven a tanta gente, fundamentalmente joven, son puro marketing, meras referencias para atraer, primero, y recordar, después. Gigante, con ge de Guadalajara, un Lilliput para mucho y Gulliver solo para quienes es nuestra patria chica (hayamos nacido en ella o no) y la queremos como es, con todas sus limitaciones, con todos sus defectos, con todas sus heridas y cicatrices.

Cartel del Festival Gigante 2026

                  El pico de mayor asistencia de público al Gigante de este año se produjo con la actuación de “Ultraligera”, un grupo madrileño que últimamente lo está “petando”, como dice mi hija Ana, festivalera empedernida, indie militante y fuente de información impagable para mí sobre las tendencias musicales actuales. La música siempre me gustó mucho, y me sigue gustando, pero las canas, a veces, ponen cera en los oídos y a quienes ya vamos de vencida en la vida nos obligan a refugiarnos en nuestras propias generaciones musicales… Y yo soy hijo del rock and roll de los Rollings, del pop rock de Beatles y de la new wave inglesa que aquí le pusimos el acento cañí de “La Movida”. “Ultraligera” lo componen cuatro jóvenes músicos madrileños con un “frontman” —vocalista y líder de la banda— carismático y que conecta muy bien con el público. Además, incorporan chorros de fuego al espectáculo, haciéndolo muy visual. No solo tocan, y además, bien, realmente actúan y tienen un punto histriónico que engancha al público y dan un aire total, de clímax y máxima intensidad a sus actuaciones. Su música es puro indie-rock, aunque tienen temas bastante pegadizos que corean sus cada vez más numerosos fans. En Guadalajara, también lo petaron y contribuyeron a justificar el nombre del festival.

                  Si “Ultraligera” es el grupo que ha tenido más tirón de público en el Gigante de este año, la auténtica cabecera de cartel, por su trayectoria y por su peso musical, en realidad ha sido “La M.O.D.A”, el acrónimo de “Maravillosa orquesta del alcohol”. Este grupo lo conforman siete talentosos músicos burgaleses que mezclan folk con rock ad roll y blues, entre otros ritmos y sonidos, con muy buena combinación y gusto. Su canción más conocida, “Héroes del sábado”, la corearon los “giganteros” casi como si fuera un himno, pero yo me quedo con “Campo amarillo”, un bonito tema dedicado a su/nuestra tierra castellana que, interpretado en acústico en un festival de masas, se comporta como un auténtico poema musical, como un grito sordo, como el sonido del silencio. Una de sus estrofas dice: “Quieren hacer el agosto a nuestra costa. Sin saber, sin saber que los campos castellanos arden fácil en verano”. Cuando iban a tocar esta canción en Guadalajara, con mucha empatía y don de la oportunidad, recordaron el incendio de la Sierra Norte del pasado verano y reivindicaron su/nuestra Castilla vaciada. Y olvidada. Que ya no tiene casi ni quien la cante por eso adquiere tanto valor que un grupo joven de música rock indie susurre esta dura realidad castellana al oído de los miles de jóvenes que fueron a gritar al Gigante.

“La Canónica”: Mañueco se sale de cánones

Juan Pablo Mañueco, mi vecino de blog en GD y de barrio en Guadalajara, pues ambos vivimos en el entorno del antiguo arrabal de Santa Catalina —la colación de la calle Amparo hacia la Concordia—, e, incluso, también comarcano ya que los dos tenemos estrechos vínculos con dos pueblos limítrofes, él con Tórtola de Henares y yo con Taracena, ha publicado recientemente en Amazon (versión Kindle) su novela titulada “La Canónica” que no va a dejar indiferente a nadie. Y eso es ya un elogio de partida pues cada vez se publican más obras, gracias a la actual accesibilidad, popularización y abaratamiento del mundo editorial. Son apenas unos centenares del total de los 90.000 libros que al año se publican en España los que no pasan desapercibidos pues una amplia mayoría de ellos adolecen de escaso interés objetivo y, muchas veces, también es cuestionable su calidad literaria. No es su caso, ni en esta ni en sus anteriores y numerosas publicaciones, pues si hay un escritor prolífico, no solo en la provincia, ese es Mañueco que ya lleva publicados casi un centenar de libros. Solo en 2017 publicó veinte, lo que, si no es un récord Guinness, poco le faltará. Las obras de Juan Pablo, tanto en prosa —novela y ensayo fundamentalmente— como en verso —además de poeta es el creador de 15 nuevas estrofas— pueden ser, y son, poliédricos, tener más caras que un quiloedro, ser complejos de entender por su estilo de párrafo extenso y por lo elevado de los conceptos e ideas que suele verter, por la desbordante creatividad e imaginación que despliega, por el lenguaje tan de fondo de diccionario que utiliza… por eso y por muchas cosas más, lo que nunca pueden ser es aburridas, incluso cuando se empeña en «monotemizar» (de monotema, he ahí un posible neologismo) y en citarse a sí mismo —más bien retroalimentándose—, y en volver a sus propias ideas, propuestas, historias y personajes, y en sobrevolar en círculos sobre presas literarias como halcón jugando con paloma. Hablando de párrafo largo, ¡ojo con este último que he escrito…! Es obvio que yo también lo practico y que acabo de leer a Mañueco.

Portada de la novela La Canónica´, de Juan Pablo Mañueco

“La Canónica” es una novela singular, atípica y atópica. Digo esto último porque, curiosamente y pese a su título, no se ajusta a ningún canon convencional ya que formalmente es un híbrido entre novela y ensayo, al tiempo que también está escrita con tres estilos narrativos diferentes: el realismo decimonónico, las técnicas relatoras del XX, incluido el realismo mágico, y lo que el propio autor llama el “realismo simbólico”, una línea creada por él mismo hace ya unos años y que se distingue del mágico y de la narrativa del XX por entrelazar lo real, lo cotidiano y lo histórico con un denso mundo de símbolos, metáforas y mitos. Mañueco también transita en “La Canónica” por la metanarración pues el discurso narrativo, a veces, trata de sí mismo y narra cómo se está narrando. Así, en ocasiones, el propio autor es personaje de la novela y hasta los lectores hacen originales “cameos” en ella e, incluso, hasta se les da la opción de decidir finales. Sin duda, pese a la ya veteranía personal y literaria del autor, éste, inquieto y trabajador como pocos, aún practica la experimentación literaria y además lo hace con fruición y recurrencia; también con solvencia pues tiene una gran formación literaria y la inspiración le suele coger trabajando. Sus enormes conocimientos literarios los pone siempre de manifiesto en todas sus obras, si bien en esta última lo hace de forma aún más evidente pues “la Canónica”, especialmente sus primeros capítulos, cuando es novela-novela y está escrita con las técnicas narrativas propias del siglo XIX, está nítidamente inspirada en tres grandes obras y autores de ese siglo y que tienen un nexo de unión común: sus protagonistas son mujeres y hay en ellas insatisfacciones que derivan en adulterios con puntos procaces. Me estoy refiriendo a Madame Bovary, de Gustave Flaubert, Anna Karenina, de León Tolstoi, y La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”.

“La Canónica” está ambientada en Guadalajara —a la que Mañueco llama “Arriaca”, “vetustizando” el nombre— en el tiempo presente y en ella conviven personajes reales con otros de ficción. Se narran hechos y se citan personas perfectamente reconocibles, aunque se trata de una ficción pura y dura (con puntos de divertimento) que, eso sí, en ciertos pasajes se inspira en nombres, lugares, aconteceres y circunstancias reales. Cualquier parecido con la realidad no siempre es mera casualidad, hay veces que es buscada causalidad. En la novela de Mañueco, como en las tres grandes obras que he citado antes, hay un pansexualismo transversal evidente, en forma de recurrentes deseos pasionales que derivan en prácticas adúlteras por parte de las protagonistas femeninas. “La Canónica” es como llaman a María Angustias Anglada, una mujer llena de insatisfacción por la grisura y monotonía de su matrimonio y que termina encontrando relaciones sexuales, unas veces soñadas y otras reales, en todos sus ámbitos relacionales, inclusive su centro de trabajo —la Biblioteca de Dávalos— y la parroquia de la que es devota —san Ginés—. A los aconteceres propios de una novela, el autor incluye en el relato una serie de momentos discursivos y reflexivos, en los que ataca de forma tan vehemente como argumentada a las llamadas “cloacas” del Estado —más bien del gobierno— y de la iglesia. En este caso, no hay nada de ficción, ni se ahorra nombres ni calificativos. Le llama pan al pan y vino al vino. Además, también se permite proponer cambios legislativos para que lo que él llama “cleptocracia” vigente —al considerar que el voto no imperativo le roba su voluntad y soberanía al pueblo— pase a ser una democracia real con propuestas verdaderamente novedosas para lograr el objetivo, entre otras que el voto en blanco esté representado en el Congreso y haya mecanismos para expulsar del gobierno a quienes incumplan compromisos electorales.

Por todo lo anteriormente comentado, «La Canónica» es, sin duda, una obra polémica, lo que confirma que Mañueco no solo es, sino que está inteligente. Polemizar es generar polémica, discrepancia, dicotomía, discusión… O sea, enfrentar ideas y pareceres, algo que en los tiempos de opinión publicada (y dirigida), más que pública, que corren, es necesario como el respirar 13 veces (aproximadamente) cada minuto. En ella vierte algunas opiniones con las que se puede o no estar de acuerdo, y además lo hace de manera intensa y contundente, pero sus posiciones (y en algún caso, descalificaciones) tienen los valores de la honestidad y la sinceridad, tan poco cultivados en los malos tiempos para la lírica que corren. Y, cuando deja a un lado la parte discursiva, intencionadamente mitinera por momentos, “La Canónica” rompe cánones literarios, enseña —es una guía impagable de la ciudad—, entretiene, divierte —hay mucha ironía y sarcasmo en ella—, da que pensar, incluso a veces escandaliza, y, además, acompaña. Decía el gran Fernán Gómez que las bicicletas son para el verano; también los libros. Súbanse a este último de Mañueco y que no se les salga la cadena.

¿Dónde han ido todas las flores?

Acabo de regresar de mis vacaciones de verano que, como tengo por costumbre desde hace ya mucho tiempo, he disfrutado junto a mi familia en Comillas, ese lugar tan especial, situado al borde del mar y al pie de la secular e histórica montaña de Castilla, que desde hace cuatro décadas largas se hace llamar y es Cantabria. Este año me subí para el norte de España con el corazón encogido porque en el momento de mi marcha ardían las Serranías del norte de Guadalajara por los cuatro costados. Al partir, tenía una cierta sensación de traicionar a la tierra, de huir de ella cuando más en debilidad estaba y en el momento que más nos necesitaba a todos. Eso me latía en el corazón, pero la razón me decía que nada podía hacer yo en ese momento para colaborar en la extinción de aquel fuego que se inició en La Mierla y que, tras permanecer activo durante dieciocho largos días, terminó arrasando 33.000 hectáreas de terreno, sobre todo monte, pasto y bosque, que se dicen pronto. Hace veintiún años, en el incendio de la Serranía del Ducado y el Alto Tajo, fueron 24.000 las hectáreas que ardieron (sobre todo de pinar), aunque aquel devastador siniestro lo más importante que se llevó por delante fueron las vidas de once miembros del conocido y recordado “Retén de Cogolludo”, la mayoría de ellos jóvenes. Siempre les recordaremos y siempre les deberemos el nacimiento de la UME, la Unidad Militar de Emergencias que se creó a raíz de aquel incendio y que tanta utilidad viene evidenciando desde su misma creación en todos los siniestros y catástrofes naturales en que actúa. Como está previsto en los protocolos, al declararse el nivel 2 en el incendio de La Mierla, la UME se incorporó a las labores de extinción, sumándose a los medios y bomberos forestales de Castilla-La Mancha y del CEIS de la Diputación, y a los recursos llegados desde el Ministerio de Transición Ecológica y otras comunidades, creo recordar que de Madrid y Extremadura. Sabido es que, cuando peor pintaban las cosas en el incendio de las Serranías del norte, se declaró otro importante foco de fuego en el Señorío de Molina, concretamente en Selas. Este incendio tardó cinco días en extinguirse y afectó a casi 3.000 hectáreas.

Atardecer en el pinar de Las Cabezadas, entorno afectado por el incendio de las Serranías del Norte. Noviembre 2019.

Aunque es un refrán muy crudo y hasta tiene un punto de desconsiderado, podríamos decir eso de que al perro flaco todo se le vuelven pulgas ya que este nuevo y simultáneo incendio obligó a desdoblar y repartir esfuerzos y medios, sumándose también al operativo la ya citada UME. Esta unidad del Ministerio de Defensa, que comenzó este verano a desplegarse en el incendio de Almería, que, como en el del Ducado en 2005 se cobró varias vidas humanas, retomó en la provincia de Guadalajara su actividad más frenética con los incendios de La Mierla y Selas. Después, y ya sin solución de continuidad, ha ido, literalmente, apagando importantes fuegos en Toledo, Ávila, Madrid, Zaragoza, Castellón, Zamora, León… Y aún estamos en el ecuador del estío, las olas de calor se suceden, lluvia no cae, pero viento no falta, y muchos bosques, montes y prados sin limpiar ni ramonear siguen siendo estopa pura, así que, no quiero ser pregonero de lo obvio, pero es muy probable que la UME y los bomberos forestales sigan teniendo mucho trabajo hasta que el otoño nos traiga lluvias y temperaturas menos fogosas que rebajen el riesgo de incendios. No dudo que también los agricultores, como ha ocurrido en La Mierla y Selas, seguirán apoyando con su maquinaria y experiencia las labores de extinción de los incendios de proximidad. Nunca se reconocerá suficientemente la labor de los agricultores y los ganaderos para sostener lo que nos queda de medio rural, como tampoco se valorará en su justa medida su probada disposición a aportar sus medios materiales y su propio voluntariado personal para colaborar activamente en paliar los efectos de cualquier catástrofe natural. Desciendo de labradores por vía materna y se bien lo que digo cuando afirmo que, sin ellos y sin los ganaderos, el mundo rural sería solo una segunda residencia, los campos unos eriales y los montes, combustible de 98 octanos para los incendios. Como ya lo viene siendo y como aún lo será más si no se adoptan medidas eficaces para esa España, llamada “vaciada”, de la que viven no pocos urbanitas, muchos de ellos con militancia política solo en su currículo, sin que se note mucho su trabajo, aunque sí sus pingües sueldos.

Como decía antes, me fui de vacaciones para el norte de España con la sensación de huir del norte de Guadalajara (y después también del este, la tierra de Molina de la que desciendo por vía paterna) mientras ardía. Me dolía el alma solo de pensar que pueblos, bosques y campos que he andado, visto y disfrutado tanto, estaban siendo pasto literal de las llamas. Y me dolían, sobre todo, sus gentes, dolidas e impotentes. Si hay un dolor agudo, ese es el de la impotencia. Solo me consolaba el hecho de que este incendio no se había cobrado víctimas mortales porque la tierra, más pronto que tarde, se regenera, pero no hay regeneración posible, ni biológica ni física, para la vida humana. Ni quiero, ni debo, ponerme estupendo y melodramático, pero les aseguro que, si mis lágrimas hubieran podido contribuir a apagar aquellos fuegos, no habría parado de llorar. Me duele mi tierra. Me duelen todas las tierras porque son nuestra magna mater, nuestra gran madre, y, lo digo por experiencia aún relativamente reciente, no hay nada más desgarrador que la muerte de una madre, incluso nonagenaria y cuando irse es ya, no su única, sino su mejor opción.

Mientras ardían parte de las Serranías y el Señorío y yo conducía por los campos de Castilla camino del Cantábrico, en la radio del coche sonó una de mis canciones favoritas: “Where have all the flowers gone?” (¿Dónde han ido todas las flores?), en la mejor versión que conozco, la de Peter, Paul & Mary. Es una canción pacifista que fue todo un símbolo para la juventud americana de los sesenta que, en vez de balas, quería cargar con flores sus fusiles y zanjar de una vez la cruenta guerra de Vietnan, que siguió a la también cruenta de Corea y a la cruentísima II Guerra Mundial. Es una canción con una letra y una melodía muy bellas, dérmica, más que epidérmica. Esas flores por las que Peter, Paul & Mary se preguntaban que a dónde habían ido a parar, se me antojaron los robles, los rebollos, las encinas, los quejigos, los jarales, los piornales y demás árboles y arbustos que estaban ardiendo en nuestras Serranías, en ese momento avanzando el fuego a un ritmo de 60 metros por minuto. Y pensé, y pienso, y digo y pido: Paz para nuestros bosques y montes. Paz y trabajo para los hombres y mujeres en ellos.

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