Enero requetefestero

Aunque el tiempo por excelencia de los enmascarados es el de carnaval -que este año llegará muy pronto, el primer fin de semana de febrero- en nuestra provincia, desde el mismo día en que principia el año, ya tenemos a nuestros singulares personajes tradicionales enmascarados, las botargas, revolucionando el cotarro, danzando, saltando, requebrando y trajinando por los pueblos, con sus coloridos atavíos y sus ruidosos cencerros y cascabeles, más para algarabía que para pánico de chicos. Se supone que las botargas deberían dar miedo, pero, en los tiempos que corren, los pocos chiquillos que nacen o viven en los pueblos ya lo hacen avisados y, más que miedo, las botargas les dan risa, probablemente porque la tosquedad y simpleza de sus máscaras están muy alejadas de la sofisticación y complejidad de los enmascarados de las grandes producciones cinematográficas, que son las que verdaderamente marcan la pauta de las modas, copan los medios y hasta condicionan los miedos.

calendario1Apenas unas horas después de que el Año Nuevo se estrenara, ya en Alarilla salió por sus calles el Zarragón, la botarga más madrugadora de la provincia junto con la de casados de Robledillo de Mohernando. No tenemos noticias de que este año haya salido la botarga de Humanes, también campiñera y vecina de ambas, que igualmente solía salir el 1 de enero, después de recuperarse hace ya algunos lustros tras haber desaparecido durante décadas. Si volvió a salir la botarga de Humanes, me alegro de ello; si no lo hizo este año, espero que vuelva a hacerlo pronto pues no estamos para perder lo que tanto costó recuperar. Como en “Por quién doblan las campanas”, de Hemingway, al igual que las de la muerte tañen en un conflicto bélico civil por todos, cuando se pierde una seña de identidad tradicional, aunque sea en un lugar determinado, todos la estamos perdiendo un poco.

El domingo pasado, en Valdenuño Fernández, volvieron a salir la botarga y los danzantes del Santo Niño, como los días 19 y 20 saldrá en Montarrón la botarga de San Sebastián, el 23 la de San Pablo, en Fuencemillán -en esa misma fecha salía la desaparecida de San Ildefonso, en Taracena-, el 24 se echarán a la calle las botargas y mujigangas en Málaga del Fresno, la botarga de San Sebastián y el bufón en Mohernando, y la botarga infantil en Robledillo. Para la Paz, además de una hora más (de sol, respecto al solsticio de invierno), como dice el refranero, en Mazuecos saldrá la vistosa e histórica Soldadesca acompañada de la botarga, una de las pocas que quedan por la Alcarria baja, junto con la de Albalate, pues este tipo de enmascarados tradicionales son, fundamentalmente, campiñeros y preserranos. El 30 de enero, en Beleña de Sorbe, el mensario tradicional tiene su cita con la adelantada fiesta de las Candelas, botarga incluida. Y, ya en febrero, aún nos esperan otras Candelas con botarga el día 2 en Arbancón, el pueblo del “Mere”, ese gran constructor artesanal de las mejores máscaras de botarga en madera, toscas, sí, pero genuinas y que el plástico industrial jamás podrá si quiera igualar, por muy elaboradas y bien terminadas que estén. Por San Blas, además de no tener que volver las cigüeñas porque hace ya tiempo que dejaron de marcharse, los que sí regresan son las botargas y los danzantes de Albalate de Zorita; en esa misma fecha, en Peñalver, volverá a salir su botarga, hace años rediviva. Y, ya en carnaval, concretamente el sábado, día 6, las coloristas botargas y mascaritas tomarán de nuevo las angostas y cuestudas calles de Almiruete; al día siguiente, Retiendas vivirá su tradicional botarga de la Candelaria y, para cerrar el ciclo botarguero, el martes de carnaval saldrá de nuevo a la calle la botarga de Tórtola de Henares que, si no estoy equivocado, es la última recuperada.

Y entre botarga y botarga, tenemos próximas citas con otros enmascarados singulares de la provincia, como los Diablos de Luzón, los Vaquillones de Robledillo, y los Vaquillones y Zorramangos de Villares de Jadraque (sábado de carnaval) cerrándose el ciclo de este tipo de personajes cuando acaba el tiempo de antruejo y comienza la cuaresma con los Chocolateros de Cogolludo (miércoles de ceniza).

calendarioAunque pueda parecer que enero es un mes que sólo tiene cuesta, por lo mucho gastado y disfrutado en diciembre, y de encefalograma plano festivo después de tanta celebración navideña, como habrán podido comprobar, al menos en la provincia de Guadalajara, hay fiestas para dar y tomar y donde elegir; enero es, pues, un mes requetefestero. Al fin y al cabo, como decía mi amigo Javier Borobia, “los dioses no emigran”, y en estas fiestas del ciclo de invierno, como corroboraría mi también amigo José Ramón López de los Mozos, las botargas son, fundamentalmente, talismanes de fertilidad de la tierra que ahora duerme para despertar y revivir en la primavera avanzada y el primer verano.

No quiero terminar este post sin comentar que todos los datos de citas festivas aportados en él han sido tomados del “Calendario de Fiestas Tradicionales de la Provincia de Guadalajara”, que viene editando la Diputación de Guadalajara desde 1987, y del que han sido habituales realizadores, en su calidad de técnicos de la institución provincial, el ya citado López de los Mozos y José Antonio Alonso, quien, al jubilarse el primero hace unos meses, es desde este año su principal responsable, en colaboración con Ana López. Un calendario este de 2016 en el que, acertadamente, se ha tenido en cuenta que se conmemora el centenario del nacimiento de Camilo José Cela, acompañando a las buenas y bien escogidas fotografías representativas de cada mes una oportuna cita del Nobel gallego extraída del “Viaje a la Alcarria”. Las cosas bien hechas, bien parecen, y este calendario está muy bien hecho.

El concierto de “san ofidio”

En el año recién estrenado, 2016, se van a conmemorar, espero que con magnanimidad y estoy seguro que con unos programas dignos, los centenarios de los nacimientos de Camilo José Cela (Iria Flavia –Padrón-, La Coruña, 11 de mayo de 1916) y de Antonio Buero Vallejo (Guadalajara, 29 de septiembre de 1916), dos de los más importantes escritores españoles del siglo XX  y, como es sabido, ambos estrechamente vinculados a la provincia de Guadalajara, en el caso de Cela por ser el autor de “Viaje a la Alcarria”, uno de los mejores relatos de viajes escritos en la pasada centuria, y por haberse avecindado un tiempo en nuestra provincia, de la que fue “Hijo adoptivo”, y en el de Buero por haber nacido en la capital, de la que recibió los títulos de “hijo predilecto” y Medalla de oro, tanto de la propia ciudad como de la provincia.

Por razones profesionales, me consta que se lleva ya tiempo trabajando, tanto en la Diputación como en el Ayuntamiento, en la elaboración de sendos programas acordes con la gran estatura literaria de los ya próximos centenarios; de hecho, el Presidente de la institución provincial, José Manuel Latre, presentó públicamente hace algunas semanas las líneas maestras del programa del centenario de Cela y el Vicepresidente 3º y Diputado Delegado de Cultura y Educación, Jesús Herranz, anunció ya en octubre que también se trabajaba en el centenario de Buero, en este caso muy de la mano con el Ayuntamiento, como no puede ni debe ser de otra manera. La reciente aprobación unánime de una moción en el ayuntamiento de Guadalajara, presentada por “Ahora” y transada por el equipo de gobierno del PP, por la que se proponía celebrar el centenario de Buero con un programa de actos adecuado, ha venido a sumarse a los anuncios e iniciativas institucionales al respecto de estas efemérides.

Aunque desde el simplismo alguien tenga la tentación de contemplar únicamente la figura de Cela como un autor próximo a la derecha y la de Buero con un dramaturgo muy comprometido con la izquierda, espero que a ambos se les homenajee, no por sus filias o fobias políticas, sino como los dos grandes escritores del XX que fueron, hasta el punto de que el gallego llegó a ser Premio Nobel de Literatura en 1989 y el alcarreño candidato al mismo en varias ocasiones. Lo que sí recibieron ambos es el Premio Cervantes, Buero en 1986 y Cela en 1995, entre otros importantes galardones. También fueron ambos académicos de la RAE, Cela ocupando el sillón “Q” desde 1957 y Buero el  “X” desde 1971. No eran amigos, no; ni se trataron especialmente, pero a los literatos de envergadura, como son ambos, no cabe juzgarles por sus simpatías políticas ni personales, sino por sus obras y los dos, sin duda alguna, comparten el hecho de haber llegado al más alto de los escalones de la literatura española contemporánea, en el caso del gallego gracias a su magnífica producción de novelas y ensayos, y en el del guadalajareño, merced a su extraordinaria obra como dramaturgo. Insisto, para quienes tengan la tentación de tratar ambos centenarios a través del filtro exclusivamente político, mi rechazo; el sectarismo es un pésimo consejero, miope y tórpido.

Por cierto, hablando de mala praxis política, me consta que tras la muerte de Buero Vallejo, acaecida en Madrid en 2000, se intentó poner en marcha una fundación bajo su nombre, para gestionar y proyectar su enorme legado literario, y que ello no fue posible, fundamentalmente, por (malas) razones políticas, al no ponerse de acuerdo las instituciones públicas regional, provincial y local, entonces, como ahora, gestionadas por distintos partidos. Espero, y deseo, que con motivo del próximo centenario de su nacimiento, y ya con el cadáver de Buero bien frío, las instituciones públicas correspondientes y la familia se pongan de acuerdo para constituir de una vez por todas esta, a mi juicio y el de muchos, necesaria fundación.  Sólo faltaría que, como en la obra de Buero homónima, “La Fundación” (1974), esta necesaria institución que debe llevar su nombre y trabajar por difundir su obra, en vez de ser una habitación “lujosa”, fuera en realidad una cárcel, considerada ésta como la ceguera –tanto y tan bien tratada por nuestro paisano en sus obras-  de unos responsables públicos muy irresponsables. Mejor “El concierto de San Ovidio” que el de “san ofidio”.

Como dejó escrito Buero, “duda cuanto quieras, pero no dejes de actuar”. Con responsabilidad, sentido común y altura de miras. Esto último lo añado yo, pero estoy seguro que mi primo Toni lo suscribiría.

20 D: más vencidos que vencedores

                Las elecciones generales del 20 D han vuelto a dejar más perdedores que ganadores, como las autonómicas y locales de mayo, aunque, como es habitual, casi todos los partidos se han proclamado vencedores relativos de las mismas, a falta de que ninguno lo haya sido absoluto. El caso es que el bipartidismo ha dado paso al multipartidismo, habrá que ver si de manera coyuntural o definitiva, y ahora está por comprobar si le es más útil a España este nuevo parlamento sin mayorías absolutas y verdaderamente fragmentado, que los anteriores en los que entre el PP y el PSOE, con mayorías absolutas o simples, se han ido repartiendo las presidencias del gobierno desde 1982, tras dos legislaturas previas de la UCD en 1977 y 1979. Sin ser un defensor a ultranza del bipartidismo, que tiene sus vicios y defectos, sin duda, sí que reconozco que aporta estabilidad y certidumbre a la política y que suele ser lo que impera en los países con más tradición democrática: en Inglaterra, Laboristas y Conservadores; en Francia, Republicanos y Socialistas; en Alemania, Democristianos y Socialdemócratas; en Estados Unidos, Demócratas y Republicanos,…

                He comenzado afirmando que en el 20-D ha habido más perdedores que ganadores y así lo creo y así me explico, analizando los resultados de las cuatro fuerzas políticas más votadas el domingo:

–  El PP ha ganado las elecciones, efectivamente, pero tendrá muy difícil formar gobierno, salvo que el PSOE se lo permita, algo que me parece improbable porque a la izquierda, aunque sea mucha y distinta, como lo es la que ha entrado en el Congreso, le gusta sobremanera aplicar “cordones sanitarios” para aislar a la “derecha”. Aún me parece más improbable que PP, Ciudadanos, DL –la nueva marca del partido de Artur Mas- y PNV sumen sus votos (177) para gobernar pues sus políticas territoriales son incompatibles.

– El PSOE (90 diputados) ha obtenido el peor resultado electoral de su historia en esta etapa democrática y, sin embargo, su líder, Pedro Sánchez, lejos de asumir este varapalo marchándose a casa, ya se frota las manos pensando que puede llegar a ser presidente del gobierno gracias al ya referido “cordón sanitario”, que dejaría al PP (123 diputados) y a Ciudadanos (40) en la oposición, mediante la suma de votos o abstenciones tácticas de la variopinta izquierda salida de las urnas y, por supuesto, de los partidos nacionalistas, incluso aquellos que son más de derechas que el propio PP que, haberlos, haylos….

–  Podemos (69 diputados), ha irrumpido en el Congreso con una gran fuerza y puede hacer mucha política con su representación –la duda es de qué tipo, aunque lo seguro es que será muy de izquierdas-, pero no ha alcanzado su objetivo de superar en votos y escaños al PSOE y, literalmente, convertirlo en un partido marginal, como era su objetivo.

–  Ciudadanos (40 diputados), al igual que Podemos, ha accedido con potencia en el nuevo parlamento y también tendrá influencia en él, aunque sea relativa, pero el partido de Rivera aspiraba a ser una fuerza decisiva y poder inclinar el gobierno hacia el PSOE o el PP y eso ya no va a ser posible.

Con esta “italianización” de nuestro parlamento nos hemos metido en un buen lío, porque, si alguien consigue formar gobierno, van a estar dándole collejas los unos y los otros de manera permanente y, más que una asamblea política, va a parecer que en la Carrera de San Jerónimo se ha instalado un mercado persa, a juzgar por lo mucho, distinto y muy caro que allí se va a vender todo. Tengo muchas dudas al respecto, pero espero que nadie venda a España y, mucho menos aún, que la alquile, algo que encantaría a los nacionalistas que, no me cabe duda, estarían dispuestos a prestar su voto a una coalición PSOE+Podemos, a cambio de que les alquilen una España federal para después poder comprar a precio de saldo la independencia para sus regiones, o casi, que viene a ser lo mismo.

Respecto a los resultados habidos en Guadalajara, destacar que, por primera vez, tres partidos (PP, PSOE Y Ciudadanos) van a tener un diputado nacional cada uno por la provincia, rompiéndose así el tradicional reparto de 2 (PP) y 1 (PSOE) que se viene produciendo y repitiendo desde 1986. Dos datos a tener en cuenta: el PP ha perdido casi un 20 por ciento de voto sobre su mejor resultado, habido en 2011, y el PSOE ha perdido más de un 5 por ciento, pero sobre su peor resultado, también en 2011. Podemos se ha quedado a 819 votos de arrebatar el diputado nacional por Guadalajara a Ciudadanos y el PP a 905 votos de alcanzar el segundo, lo que ha dejado al “paracaidista” Ramón Aguirre compuesto y sin acta, pero con el “colorao” calentito que se ha llevado estos cuatro años como presidente de la SEPI. Por el contrario, la “paraca” Mari Luz Rodríguez, número uno del PSOE por la provincia, sí ha obtenido aquí su acta, contribuyendo involuntariamente a renovar la histórica vinculación de esta provincia con la aerostación y la aeronáutica, no sólo militares, sino también políticas.

Parece evidente que los populares han pagado el desgaste de cuatro años de gobierno muy difíciles por la complicada situación económica que heredaron, pero lo sorprendente es que el PSOE siga desangrándose electoralmente en una provincia como la nuestra que, no olvidemos, gracias a los dos escaños socialistas aquí logrados en mayo pasado y al que obtuvo Podemos, dio a los socialistas el gobierno de la región. Aunque proyectar resultados de unos comicios a otros es simplemente especular, destacar que el porcentaje de votos obtenidos ayer en la provincia, sumados los de PP y Ciudadanos, se eleva al 52,85 por ciento, mientras que PSOE y Podemos tan sólo suman el 39,99 de los votos, algo que seguramente habrán subrayado en el análisis electoral que hayan hecho en el Palacio de Fuensalida.

En todo caso, tanto PP como PSOE se lo tienen que hacer mirar en esta provincia si quieren recuperar su histórica hegemonía y no seguir cediendo terreno a los partidos emergentes. Ambas formaciones, a mi juicio, necesitan renovar liderazgos, ampliar bases, desterrar prepotencias y construir discursos y acciones políticas atractivas, especialmente para el voto joven, que ha dado la espalda a ambos.

¡Cómo hemos cambiado!

Como dice la canción de Presuntos Implicados “¡cómo hemos cambiado!” Y no me estoy refiriendo a la pérdida de una vieja amistad de la que habla el tema de Sole Giménez, ni a lo que nos ha hecho el tiempo en nuestra piel con su paso, sino al mapa y el panorama políticos, sobre todo si lo comparamos con los albores de la democracia, allá por los finales de los años 70 del siglo XX, que es cuando fueron tomadas las dos curiosas fotos que acompañan este post. En una, se reproduce uno de los carteles electorales con los que Adolfo Suárez pidió el voto para la histórica y hace ya muchos años extinta UCD reclamando premio por haber cumplido –“dicho y hecho”-, al conseguir aprobar sólo unos meses antes la Constitución de 1978, apenas tres años después de la muerte de Franco y por amplio consenso. En la otra foto -de la que es autor mi amigo Luis Barra y al que pido escusas por su mala reproducción pues está tomada con la cámara de un móvil sobre un viejo ejemplar de “Flores y Abejas” de 1979- se advierte la fachada del entonces Banco Hispano Americano, que hacía esquina entre la calle Mayor y la Calle Topete –donde hoy está, en un nuevo edificio, la sede social de Quabit-, absolutamente repleta de carteles electorales, algo, por fortuna, impensable hoy pues las formas de publicitación y propaganda de los partidos han cambiado también mucho y ya no hay riesgo de que vayas por la calle y te empapelen con un cartel electoral, como ocurría antes. Algunas cosas han cambiado a mejor, sin duda; pero otras, no.

foto antiguaAunque reconozco mi punto historicista, mi interés y afecto por las tradiciones y mi cierta inclinación nostálgica, yo no soy de los que se aferran a la famosa frase de Jorge Manrique en las “Coplas a la muerte de su padre” que asevera que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, pero sí que pienso que los nuevos tiempos no son necesariamente mejores que los pasados, como no pocos se empeñan en hacernos creer. Una cosa es realizar reformas para mejorar las cosas y progresar, y otra muy distinta es cambiar por cambiar o por hacer algo distinto a lo que otros han hecho, por no pensar como ellos o por tratar de distanciarse y diferenciarse. Y lo peor de todo es querer cambiar las cosas imponiendo tu ideario y doctrina y negando a los demás; eso anda muy cerca de un grave mal que aquejó a Europa durante buena parte del siglo XX y que fueron las dictaduras, tanto las de corte fascista como las comunistas.

En esta línea de pensamiento, estoy en completo desacuerdo con quienes, especialmente desde el populismo de izquierdas –o sea, Podemos, que espero que no puedan, ni solos ni en compañía de otros-, quieren liquidar la Constitución “de la Concordia”, que es como creo que debía ser conocida y reconocida por todos la “ley de leyes” del 78, en honor a la frase que acuñó Suárez: “Y la concordia fue posible”, que es también su epitafio. Y algunos quieren liquidar, que no reformar, la vigente Constitución porque no pretenden sólo modificar o ampliar algún articulado puntual de ella, sino que buscan darle la vuelta a España como a un calcetín para que deje de ser una monarquía parlamentaria y se convierta en república -lo que sólo ha sido seis años en la historia, en dos etapas, y no precisamente de convivencia, paz y progreso-, para que el autonomismo –que, bien concebido, pero mal aplicado, ha llevado a las puertas del separatismo, ahora a Cataluña, y antes al País Vasco, y a que no todos los españoles seamos iguales ante la ley- se eleve al cuadrado con el federalismo –que sólo imperó unos meses en la Primera República-, y, en fin, para dotar a la Carta Magna de un contenido ideológico netamente de izquierdas, muy cerca del sectarismo y la imposición y muy alejado del consenso. Lo dicho, espero que no puedan, ni los de Podemos, ni sus limítrofes ideológicos de IU –ahora Unidad Popular, siempre PCE-, ERC, BNG, EH-Bildu e, incluso, del PSOE que, aunque ahora está a la greña y pelea el voto con los de Pablo Iglesias, no dudo que si la matemática electoral que salga del 20-D se lo permite, con tal de gobernar hará posible que los de Podemos puedan.

Cartel UCD elecciones 1979Todo apunta a que de las próximas elecciones generales que, por primera vez en esta etapa democrática, se van a celebrar con el turrón ya en las bandejas, va a salir un parlamento sin mayoría absoluta y muy fragmentado, con cuatro partidos como grandes acaparadores del voto: PP, PSOE, Ciudadanos Y Podemos. Toca, pues, hacer de la necesidad virtud y buscar la concordia que siempre supone un pacto, recuperando el llamado “espíritu de la Transición”, que algunos quieren enterrar, cuando lo bueno para España sería que renaciera. De las varias posibilidades que se pueden abrir a pactos poselectorales en función de las encuestas, la que más me agrada a mí sería que, si la fuerza más votada es el PP, éste llegara a un acuerdo, al menos de investidura, con Ciudadanos, aunque lo ideal sería de gobierno, pero parece que Albert Rivera no está por la labor.  Reconozco estar decepcionado porque la corrupción haya llegado a colarse hasta en la sede de la calle Génova, preocupado por algún que otro vaivén ideológico y desilusionado por las actitudes políticas y personales de algunos líderes del PP, pero el domingo voy a votar lo que acostumbro porque España no está para experimentos –éstos, con gaseosa, como dijo Eugenio D´Ors, y ya es la segunda vez que lo cito en poco tiempo- y lo que ofrecen Sánchez y Podemos, al menos para mí, es mucha burbuja y no de cava precisamente, aunque también, por el federalismo al que se ha apuntado el PSOE ante el “procés” catalán y el referéndum de independencia vinculante que defiende Iglesias.

Y una vez que me he mojado, pido, mejor dicho, exijo al PP, una regeneración y una renovación internas de calado, no solamente cosméticas, un afianzamiento ideológico en el liberalismo con la sensibilidad social que exigen los tiempos y una tolerancia cero con la corrupción.

 

 

El día de

Recuerdo nítidamente cuando, siendo niño, en casa de mi amigo Felipín, en Taracena, en una televisión en blanco y negro que tenía un curioso filtro adherido a la pantalla para similar la imagen en color, vi por primera vez una película bélica que dejó hondo recuerdo en mí y que, casi cincuenta años después, aún pervive: Se trata de “Día D Hora H”, uno de los numerosos films basados en el histórico y decisivo Desembarco de Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, que acaeció el 6 de junio de 1944. Desde entonces, “el día D” para mí –como ya lo era para la historia desde aquella histórica fecha-, es ese 6 de junio del 44 en el que los “Aliados” llevaron a cabo la llamada Operación “Overlord”, en la que desembarcaron masivamente hombres, pertrechos y material bélico en las costas de la Bretaña francesa, hecho clave para derrotar final y definitivamente a Hitler once meses después. Un “día D” al que siguieron muchos y que no salió barato, precisamente, pues el ejército aliado pagó el alto precio de 225.000 soldados muertos, cifra sólo ligeramente inferior a la que pagaron los alemanes. La película de la que hablo es una pieza menor de la filmografía, rodada en 1950, dirigida por un semidesconocido Lewis Seller y protagonizada por actores poco reconocidos como David Brian o John Agar, entre otros muchos, pues se plantea, obviamente, como una cinta coral, al ser muchos los personajes que intervienen en ella y tratarse, fundamentalmente, de una visión panorámica del desembarco.

Pero si el “día D” sigue siendo, para mí y para muchos, aquél memorable 6 de junio de 1944, al echar un vistazo al calendario veremos que hay muchos “días de” –“de”, en este caso, como preposición, no como letra aislada en clave cronológica militar- a lo largo del año, especialmente en el mes de noviembre que acabamos de despedir, en el que se concentran 15 jornadas oficiales dedicadas a distintos fines -y avaladas por importantes organismos internacionales, como la ONU, la UNESCO, la OMS,…- y una “Semana de”, concretamente la de la Ciencia y la Paz, que aquí, en Guadalajara, ha celebrado especialmente, del 8 al 14, con un amplio e interesante programa de actos, la sede en nuestra provincia de la Fundación Parque Científico y Tecnológico de Castilla-La Mancha.

Esta es la larga y curiosa nómina de los “Días de” -no confundir con el “Día D” de junio del 44, ni con otros “días D” colectivos o personales- que se han conmemorado en noviembre:

–          2:  Día internacional para poner fin a la impunidad de los crímenes contra periodistas.

–          6: Día internacional para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en la Guerra y los Conflictos Armados.

–          10: Día Mundial de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo.

–          12: Día Mundial contra la Neumonía.

–          14: Día Mundial de la Diabetes.

–          15: Día Mundial en recuerdo de las víctimas de los accidentes de tráfico.

–          16: Día Internacional para la Tolerancia.

–          18: Día Mundial de la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica.

–          19: Día Mundial de la Filosofía y Día Mundial del Saneamiento.

–          20: Día de la Industrialización de África y Día Universal del Niño.

–          21: Día Mundial de la Televisión.

–          25: Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

–          29: Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino.

Evidentemente, ninguno de estos “días de” es para tomárselo a chufla, como dice el poema de José Carlos de Luna que la gente se tomaba al “Piyayo”, pero sí que resulta, cuando menos curioso, que hasta el saneamiento o la filosofía tengan un “día” al año, sin menospreciar la contribución que el saneamiento hace en favor de la higiene y salubridad públicas, y mucho menos a la filosofía que, como la definió Heidegger, “implica una movilidad libre en el pensamiento y es un acto creador que disuelve las ideologías”, por lo que, aunque sólo fuera por ello, merece celebración. Y no es que yo esté en contra de las ideologías, bien al contrario, de lo que estoy en contra es del sectarismo –y, a veces, el totalitarismo- al que algunos las derivan, inclusive, el mismo Heidegger, que militó en el partido Nazi y fue antisemita. Quien, por tanto, también tuvo su “Día D” en Normandía.

Y atención a estos tres “días de” que se celebran, entre un total de doce, en diciembre:

–          9: Día internacional contra la Corrupción.

–          10: Día de los Derechos Humanos.

–          20: Día Internacional de la Solidaridad Humana.

¿Se imaginan un mundo sin corrupción, en el que se respeten los derechos humanos y la solidaridad sea norma de comportamiento común y no excepción? Pues, lamentablemente, está más cerca de ello que la ONU fije una fecha para celebrar el “Día del Iluso”.

11- S, 11-M y 13-N

                 Aunque el 11-M de 2004 los españoles vivimos muy de cerca el horror que sembró la barbarie terrorista en los brutales atentados a varios trenes de cercanías de Madrid, saldados con 192 muertos y alrededor de 2000 heridos, el 13-N, cuando tuvimos noticia de los atentados de París, cuyo balance provisional de muertos se sitúa en los 130 y el de heridos en 350, el horror ya conocido en nuestras propias carnes no palió, ni mucho menos evitó, que nos horrorizáramos con el que vivieron los parisinos en las suyas propias.

El terrorismo, cuando ataca, se lleva por delante víctimas con nombres y apellidos, sí, pero en el fondo nos amenaza y ataca a todos, porque cualquiera podemos ser sus víctimas, en cualquier momento y en cualquier lugar, ahí está la dificultad de combatirlo y es ahí donde radica el provecho de practicarlo para sus asesinos promotores que, con sus bárbaras acciones, consiguen propaganda de sus postulados, al tiempo que nos amedrentan a todos. Maquiavelismo en estado puro: los terroristas creen que el fin –sea éste cual sea: luchar contra los que ellos llaman y consideran “infieles”, conseguir la independencia de un país, dominar una región para fomentar impunemente el narcotráfico, etc.-, justifica los medios, es decir, los atentados y las matanzas salvajes e indiscriminadas, como las de Nueva York el 11-S de 2001, las de Madrid el 11-M de 2004 o las de París el 13-N de 2015, entre otros muchos.

No hay fórmulas mágicas para luchar contra el terrorismo; de haberlas, ya se hubieran puesto en práctica y evitado muchas muertes, mucho dolor, mucho sufrimiento y mucho miedo. Como todos los grandes males que aquejan a la humanidad, considero que la mejor forma de lucha contra el terrorismo es la formación y la educación en valores realmente democráticos –y, por ende, humanos- que, aunque mejorables, al menos en su praxis, sin duda son los que más alejados están del dogmatismo y la intolerancia, que es la tierra sembrada, abonada y bien regada en la que nace, crece y se multiplica el terrorismo. En ese tipo de terrenos es, precisamente, en los que se cultiva el fundamentalismo religioso, como es el llamado “yihadismo”, que es el que ha estado detrás, delante, a un lado y a otro de los atroces atentados parisinos y que, con otros nombres, lo estuvo detrás de los de Nueva York y Madrid. Pero la educación es una solución a medio y largo plazo; a corto, aplíquense las medidas que deban aplicarse, siempre desde la legalidad y la legitimidad que deben imperar en los estados democráticos y, de entre ellas, la fuerza si hace falta.

No quiero pisar terrenos resbaladizos, ni meterme en camisas de once varas ni en harinas de otro costal, ni mucho menos darles un solo céntimo de euro a los pregoneros y practicantes del terror abriendo debates sobre las distintas formas de reacción de unos países y otros cuando han sufrido en sus propias carnes la barbarie terrorista, pero es evidente que éstas no han sido iguales y, sinceramente, me parece que los franceses están dando una gran lección al mundo cerrando filas con su gobierno, aún sin compartir muchos de ellos sus ideales y, ni siquiera, aprobar algunas de las medidas que está adoptando. Cuando es atacado un Estado democrático de la manera tan brutal que lo ha sido hace unos días Francia, lo primero que se debe hacer es reforzar y apoyar la labor de su gobierno; después, cuando los terroristas estén en el cementerio o en prisión, cuando los heridos ya estén curados o en vías de estarlo y cuando la cicatriz abierta por el horror comience ya a cerrarse, pueden abrirse los debates que se tengan que abrir, pero no antes. En España, el 11-M, bien sabemos todos que no ocurrió eso, sino más bien lo contrario, hasta el punto de que ya casi nadie discute que los terroristas condicionaron hasta el resultado de las elecciones generales celebradas tres días después de los atentados de Madrid.

No soy un francófilo empedernido, incluso me molesta mucho la práctica del “chauvinismo”, o sea, de la prepotencia, tan extendida en el país galo y especialmente practicada contra los naturales de los países a los que los “chauvinistas” consideran inferiores, como es el caso de España, pero sí que admiro del pueblo francés su sentido de Estado unitario, su sentimiento de nación única, el respeto general que procuran a sus símbolos y el lema oficial de su República: libertad, igualdad y fraternidad, nacido en la Revolución de 1789, de la que surgieron los modernos Estados liberales, sepultando los vetustos y caducos del Antiguo Régimen y abriendo de par en par las puertas a la democracia que, como dicen que dijo Winston Churchill, “es el menos malo de los sistemas políticos”, aunque lo que realmente sí afirmó fue que “la democracia es la necesidad de inclinarse de cuando en cuando ante la opinión de los demás”. Pero la tolerancia tiene dos límites: la sinrazón y la barbarie.

Como decía el personaje de Humphrey Bogart al de Ingrid Bergman en “Casablanca”, “siempre nos quedará París”, la llamada ciudad de la Luz a la que el terror sólo podrá oscurecer por un tiempo porque la libertad, la igualdad y la fraternidad podrán con él.

 

 

 

Nieva el uno y veranea el once

San Martín, cuya festividad se celebra el 3 de noviembre, es un santo excepcional, no sólo por ser uno de los pocos de raza negra que hay en el santoral –en realidad era mulato-, sino porque a él se le atribuye tradicionalmente un “veranillo”, a la par que el momento en que comienza para los cerdos la cuenta atrás para acabar desollados en una artesa: “A todo cerdo le llega su San Martín”. Este dicho, que se suele utilizar metafóricamente cuando a alguien no muy apreciado le llega un mal momento, incluso su mismo final, tiene su origen en el inicio de la temporada de las matanzas de cerdos -algo que suena a cruel y hasta despiadado pero que era básico en las comprometidas economías rurales de antaño para aportar proteínas a sus diezmadas dietas-, que, efectivamente, principiaba después de Todos los Santos y se prolongaba hasta San Antón (17 de enero): “Por San Antón no tengas en la pocilga tu lechón”. O sea, que ser cerdo y estar en una corte en el corral de una casa de pueblo hace unas decenas de años –incluso no tanto- entre San Martín y San Antón era poco menos que sinónimo de estar en el “corredor de la muerte” y tener los días contados.

En los tiempos que corren, hablar de matanzas de animales, incluso aunque sean cerdos y ya nazcan como pasto de carnicería, puede herir muchas sensibilidades, pero, como apuntaba antes, en los que corrieron décadas atrás en nuestros pueblos era sinónimo de poder comer carne en el invierno, algo imprescindible para soportar sus rigores y poder trabajar duro, que era la única forma de trabajo de entonces. Ahora basta con tener un buen y amplio congelador para conservar muchos meses un cerdo entero, pero entonces había que acudir obligatoriamente a las técnicas de conservación tradicionales de la carne para que la matanza llegara hasta cuaresma: fundamentalmente el ahumado, que ya aplicaron los hombres prehistóricos; la salazón, de origen egipcio pero extendido su uso por los romanos, y la conserva en aceite, típicamente mediterránea, donde abunda el olea europaea, nombre científico de la olivera, el olivo o el aceituno, que son los nombres vulgares del árbol que produce el “oro verde”, como es llamado el aceite por su extraordinario valor en la cocina y en la despensa. Y dicen que hasta dentro del cuerpo, ingerido en su justa medida, por supuesto.

Que “del cochino se aprovecha todo”, incluso “hasta los andares”, puedo dar fe en primera persona pues, siendo niño, tuve la oportunidad de asistir a algunas matanzas en el pueblo de mi madre –o sea, el mío-, Taracena, que allí y en muchos otros lugares de la provincia se solían hacer en torno a la festividad de la Purísima, el 8 de diciembre, que, además, en este hoy barrio de la capital es la titular de la Iglesia. La matanza era un día de fiesta y muy señalado para los mayores, hasta tal punto que otra sentencia de uso común dice que algo o alguien “es más grande que el día de la matanza”. También lo era para los chiquillos, a quienes nos aterraban y alejaban los agudos, lastimeros e intensos gruñidos del cerdo cuando el matarife le clavaba el cuchillo en el cuello para desangrarlo,  pero en cuanto se callaba el animal, bien que nos acercábamos al corro matancero para que nos dieran los primeros somarrillos, asados en unas ascuas, e, incluso, la vejiga para jugar con ella como si fuera un balón, aunque ya teníamos entonces los llamados “de reglamento”. También se aprovechaban las vejigas de los cochinos para hacer zambombas e, incluso, rabeles de caña, una planta hueca y nudosa que abunda en el término de Taracena, especialmente en la ribera del arroyo de Santa Ana y, por supuesto, del Henares.

Aunque el día de San Martín, este año, fue lluvioso por estos lares, pronto ha escampado y nos ha traído su famoso “veranillo”, el segundo del otoño tras el de San Miguel, a finales de septiembre, pero que se agradece mucho más porque ya andamos metidos de lleno en tiempo fresco, como en Castilla llamamos al frío, y bueno es que tengamos alguna tregua de tempero soleado pues es fácil que ya no haya más hasta dentro de muchas semanas, cuando “febrerillo el loco saque a su padre al sol”, aunque después “le apedree”, como también dice la tradición. Bueno, la verdad es que los dichos y los refranes tradicionales tienen lo mismo para un roto que para un descosido; y, si no, aquí está un ejemplo: “por Los Santos -1 de noviembre-, nieve en los cantos” (hay otras versiones que dicen “en los altos”), para después hablar de que “por San Martín -3 de noviembre-, el veranillo ha de venir”.

En todo caso, lo que dejó inscrito Eugenio D´Ors en la fachada norte de la Casona del Buen Retiro es incontestable: “Todo lo que no es tradición es plagio”, que, por cierto, tiene su origen en un aforismo catalán; o sea, español.

P. D. Como más de un lector habrá advertido, el San Martín del  famoso “veranillo” no es el de Porres, que, efectivamente, se celebra el día 3 de noviembre, sino el de Tours, cuya festividad es celebrada sólo ocho días después, es decir, el 11. Dos “sanmartines” –y no me refiero al libertador de Argentina- en apenas ocho días, son mucha coincidencia y me han llevado al error. No me cabe otra, por tanto, que entonar el mea culpa, pedir perdón y rectificar el titular del post: Nieva el uno y veranea el once. En su contenido, me ratifico.

Crónicas de una tradición conquistada

                Aunque en mi penúltimo artículo ya hablé del 25, y más, aniversario del Tenorio Mendocino, me apetece retomar el tema porque da para mucho y, sobre todo, porque mi contribución y homenaje a Javier Borobia y a Gentes de Guadalajara por esta efeméride tiene forma y fondo de libro, se titula “Crónicas del Tenorio Mendocino” y se va a presentar/se ha presentado (para quienes lean este post en fechas posteriores)  el martes, 27 de octubre, a las 8 de la tarde, en la Sala “Tragaluz”, del Buero, apenas tres días antes de que Don Juan vuelva a su cita anual como figura que cabalga a lomos del amor y de la muerte, a la grupa del pecado, el arrepentimiento, la penitencia y el perdón en el paisaje monumental mendocino de la ciudad de Guadalajara.

Portada-Orea (2) André Malraux, uno de los políticos y novelistas franceses más citado –casi tanto como en España lo es Ortega y Gasset-,  decía que “la tradición no se hereda, se conquista”. Gentes de Guadalajara, efectivamente, como con absoluto acierto afirma Abigail Tomey en el texto  que ha escrito y que forma parte de mis “Crónicas del Tenorio Mendocino”, han conquistado para la ciudad una nueva tradición, algo que parece un contrasentido, pero que no lo es. La tradición siempre ha de tener un punto de partida, que ha de ser conquistado; después, aunque esa tradición se transmita de generación en generación, éstas han de reconquistarla de nuevo porque, de lo contrario, la pátina y el moho de lo que envejece, el desgaste del tiempo y la falta de renovación suelen ser causas de fuerza mayor que acaban con cualquier tipo de conquista, incluida una tradición. Heredar es un acto en pasiva, conquistar lo es en activa; heredar es esperar, conquistar es ir a buscar; en ello está la clave de lo afirmado por Malraux y lo hecho por Gentes de Guadalajara.

Cuando el Tenorio Mendocino empezó a gestarse en los bajos del Ventorrero, gracias a Javier Borobia y a los Amigos de la Capa, allá en 1984, incluso ocho años después, el 31 de octubre de 1992, cuando por primera vez se representó de manera pública, bastantes de los actuales miembros de Gentes de Guadalajara no habían nacido o eran apenas unos niños. Borobia, Borlán, Josefina, “Josepe”,… y demás pioneros del Mendocino conquistaron una nueva tradición para la ciudad porque nació con vocación de continuidad, no como una simple ocurrencia y flor de un día. Pero si el Mendocino hoy es posible no es porque Pepe Vegas, Abigail Tomey, Chema Sanz, Juan Aylagas, Felipe Sanz, Javi Barra, Diego Borobia y las demás Gentes de Guadalajara lo heredaran de los anteriores – y de los que, por cierto, algunos continúan aún implicados en el proyecto, como “Josepe” y Josefina, ante quienes me desembozo la capa y quito el sombrero- sino porque ellos y otros como ellos, que han estado o están ahí, cada año reconquistan la tradición del Tenorio Mendocino.

Toca hablar de mi libro, que no es sólo mío, sino de muchos, porque aunque yo lo haya escrito, nada tendría que escribir si el Tenorio Mendocino no existiera, lo que, de ocurrir, habría que solucionar inventándoselo porque, si no, esta ciudad siempre tendría un solar vacío y abandonado en su alma cultural, como los que socavan y menoscaban el casco histórico de la ciudad, el paisaje del Tenorio que la sociedad civil de Guadalajara conquistó como tradición para la ciudad y que sólo tiene riesgo de morir si en el futuro no se reconquista cada año. Abigail Tomey lo dice así de claro y bien en su texto publicado dentro de las “Crónicas del Tenorio Mendocino”: “Los sucesivos responsables serán los que tengan que alimentarla (se refiere a la labor de los actuales), crecerla, revisarla; para mantenerla viva”. Por su parte, el padre del Tenorio Mendocino, que es Javier Borobia, ya dijo al acabar la edición de 1993, la segunda, al hacer balance de la misma, que “había triunfado la ética de la ilusión frente a la ética del deber”. Sí, querido Javier, una vez más diste en el clavo porque, efectivamente, el día que el cumplimiento obligatorio del deber sustituya a la ilusión del hacer voluntario, es probable que Don Juan se quede en Sevilla, junto al Guadalquivir, y renuncie a volver cada año a Guadalajara, a orillas del Henares, esa ribera en la que el Arcipreste de Hita dijo en su Libro de Buen Amor que “sembró avena loca”; y no me extraña, porque si el Don Juan de Zorrilla sedujo hasta a una novicia, el protagonista del “buen amor” de Juan Ruiz fue capaz de seducir hasta quince mujeres, mezclándose también en su trama amor y burla, pecado y perdón.

Espero verles o haberles visto en la presentación de las “Crónicas del Tenorio Mendocino” porque, probablemente, pasarán o habrán pasado un buen rato, rindiendo homenaje con su presencia “a Javier Borobia y a todas las Gentes de Guadalajara: actores, figurantes, técnicos, realizadores, colaboradores y espectadores que han hecho posible la bendita aventura que ha sido, es y debe seguir siendo el Tenorio Mendocino”, que son a quienes he dedicado este libro que ese gran profesional y amigo que es Fernando Toquero ha diseñado con tan buen criterio estético como acierto editorial. Algo que podrán comprobar quienes se hagan con un ejemplar del mismo, lo que será posible merced a la iniciativa de Gentes de Guadalajara y a la colaboración del Ayuntamiento de la capital y la Diputación Provincial. Ha sido un placer escribirlo; gracias a Gentes por encargármelo –especialmente a Felipe Sanz Sebastián, que fue quien me lo propuso en nombre del colectivo-, a todas las instituciones y personas que han colaborado en su factura y al Ayuntamiento y la Diputación por apoyar y hacer posible su edición.

Otoño en Guadalajara y que viva España

Tenía pensado hablar del otoño que empieza ya a insinuarse en las vegas que le nacen a la Alcarria desplomándose entre los llanos, como cortando a “tajuña” la tierra como un cuchillo lo hace a la mantequilla. Iba a hablar del otoño que ya se adivina, como el mar de la bonita canción de Aute, en los tupidos bosques de la ribera del Alto Tajo, el río que nos lleva de los gancheros y de Sampedro, pero que progresivamente lleva menos… agua. Quería hablar del otoño que pronto se manifestará rotundo en el Hayedo de Tejera Negra, el micro-paisaje culmen en ese espectacular macro-paisaje que son las Serranías del Norte de Guadalajara, cada vez más bellas pero cada vez más solitarias y silenciosas. Mi intención era hablar de ese otoño que ya amarillea en los sotos fluviales de la Campiña que delimitan el Henares y el Jarama, en sus tramos medios, ayudados por el Sorbe y el Torote, tierras antes de hasta tres cosechas a las que, en algunas de ellas, les crecieron casas como a la piel un sarpullido. Tocaba ya hablar del otoño y quería hablar de él porque a la provincia de Guadalajara, y no es la primera ni será la última vez que lo digo, este tiempo le viene como a una mano un guante, incluso aún mejor que la primavera, que ya es decir. Puede que en ese excelente binomio que hacen Guadalajara y el otoño tenga mucho que ver que, como decía Góngora, de caducas flores están hechas las guirnaldas. Es necesario hablar aquí y ahora del otoño porque no hacerlo es taparse los ojos. Y la nariz. Y el oído. Porque el otoño de las guadalajaras se ve de lejos y se huele y oye de cerca. Se ve en el amarillo que va ganando su pulso al verde en las alamedas. Se huele en los arbustos que ahora dan sus frutos. Se oye cuando el viento peina los bosques o acaricia los páramos. Punto y aparte.

Tejera-Negra Quería y debía hablar del otoño porque tengo ya el punto melancólico que da este tiempo a los espíritus. Los días acortan. Ya va haciendo frío. Las calles dejan de ser deambulatorios de paseantes para ser solo de caminantes que van a algún lado, no de un lado para otro, como cuando el solazo del verano se moderaba tras el ocaso y nos invitaba a salir de casa en busca del aire, como las carpas lo pretenden boqueantes en las aguas encenagadas en las que, más que oxígeno, hay metano. El otoño es tiempo de volver a casa, aunque ahora haga más frío en ella que en la calle. Pronto habrá que encender la calefacción. Vamos ya al tiempo que antes se consumía en torno a las mesas camillas, con brasero de picón y herraj y en los que, de vez en cuando, se echaba una firmita con la badila para avivar el calor. Del otoño hay que hablar porque si el hombre es él mismo y sus circunstancias, como bien decía el pensador Ortega y Gasset, la circunstancia que más de cerca ahora toca al hombre es el otoño, el tiempo tras el equinoccio que empieza en septiembre y que se aviene como si fuera una cuenta atrás hasta que llegue el solsticio de invierno, allá en diciembre, cuando empezará la cuenta adelante camino de la primavera. Punto y aparte.

Quería, porque me apetecía, pero debía, porque estoy obligado, hablar del otoño pues este es el tiempo por excelencia para el paisaje de Guadalajara, en el que, por el contrario, muchas de sus figuras hacen mutis por el foro del proscenio del tiempo. Unas desapareciendo para siempre de escena y otras despidiéndose ahora, pero citándose para el nuevo ciclo, cuando rompa de nuevo la primavera y la tierra vuelva a llamar a los suyos. En realidad, la tierra siempre nos está llamando a los suyos, otra cosa es que la escuchemos. No hay peor sordo que el que no quiere oir, ni hay mayor grito que el que clama desde el silencio. Si bajamos la voz, si apagamos los televisores, si enmudecemos las sirenas y paramos los motores de los coches, seguro que escuchamos a la tierra llamándonos, aún en otoño, como las campanas de antaño llamaban a tintilinublo, cuando amenazaba tormenta, a arrebato, si se producía un incendio u otra catástrofe,  a clamores, cuando fallecía un vecino, o a tilinduna, si el fallecido era un niño… Pero también tocaban a fiesta, a vuelo y repicadas, porque el trabajo sólo tiene sentido cuando lo interrumpe la fiesta.

Quería hablar del otoño y lo he hecho y así me he evitado hablar de lo que no me apetecía: de esa España a la que tanto quiero, pero que tanto me duele porque ha parido algunos malos hijos que reniegan de ella hasta el punto de negarle y tratar de amargarle su día de fiesta y se empeñan en no dejarnos a los españoles en paz.

Las dos Españas de Machado ya son más de tres. Las dos que había antes la querían, cada una a su modo y a veces mal, pero la querían. Estas que van surgiendo no saben lo que quieren porque sólo se quieren a sí mismas. Y representan inviernos fríos y duros, travestidos de falsas primaveras. Como dice la canción de Pink Floid, cada día le ponen otro ladrillo al muro.

¡Viva España! Punto y final.

Más de 25 años de Tenorio en Guadalajara

Gentes de Guadalajara, la singular, dinámica y creativa asociación, rabiosamente guadalajareñista, que con tanto “sigilo y estilo” hace realidad el Tenorio Mendocino cada año desde hace muchos, va a conmemorar en este otoño de 2015 el 25 aniversario de la salida a la calle de su extraordinaria propuesta teatral itinerante con el texto del Don Juan, de Zorrilla, por algunos de los principales edificios histórico-artísticos de la ciudad, gran parte de ellos vinculados a la familia Mendoza, de ahí su nombre. En realidad fue el 31 de octubre de 1992 cuando se convocó abiertamente a los espectadores a asistir a la primera función pública del Tenorio, por lo que este año se conmemoraría su 24 aniversario, pero Gentes de Guadalajara considera que fue un año antes cuando nació el Mendocino, al representarse ya en 1991 algunas de sus escenas en distintos lugares, aunque sin citarse aún con el público. Incluso en 1990, también se representaron algunas escenas del Tenorio en el claustro/patio del antiguo Convento de la Piedad/IES “Liceo Caracense”, el “viejo Brianda”, como es y nos gusta a muchos llamarle. Por otra parte, es sabido que, desde 1984, entonces a puerta cerrada y por iniciativa de la Asociación de Amigos de la Capa, se venían escenificando en los bajos del restaurante El Ventorrero, en el transcurso de las veladas que ellos llamaban “Cenas de Ánimas con Don Juan”, en las vísperas de los Fieles Difuntos, varias secuencias del Tenorio que, años después, dintel afuera ya del viejo mesón castellano, terminaría adoptando el apellido de Mendocino cuando salió a la calle y buscó la complicidad de las más viejas y venerables piedras de la ciudad. Y, por supuesto, del público, de toda edad y condición.

O sea que se pueden y se van a conmemorar más de 25 años de Tenorio en Guadalajara, que podrían ser hasta siglos si, como acertadamente apuntó José González Vegas, el actual presidente de Gentes de Guadalajara, en la presentación del programa de actividades de este 25 aniversario del Mendocino, queremos relacionar el texto del Don Juan, de Zorrilla, con el mercedario Fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina, que profesó en el guadalajareño Convento de la Merced y fue autor del drama “El burlador de Sevilla (y convidado de piedra)”, la primera obra en la que aparece el mito de Don Juan en la literatura española y que fue escrita en el siglo XVI, tiempo en el que el autor vallisoletano sitúa la acción de su Tenorio.

orea-borobiaDetrás de todo este tinglado del Tenorio Mendocino, como antes en su antecedente más directo, “La Cena de Ánimas con Don Juan” de los amigos de la capa, estuvo siempre y hasta que pudo el mejor de los guadalajareños que jamás he conocido, mi amigo y hermano en todo, menos en vínculo de sangre, Javier Borobia, excepcional y buena gente de Guadalajara como pocas. Este 25 –y más, repito- aniversario del Tenorio Mendocino es, por tanto, “su” aniversario; mejor dicho, “nuestro” aniversario porque la generosidad y la inteligencia de Javier siempre quisieron hacer de lo suyo algo de todos, renunciando al yo para posibilitar el nosotros. Y en ese nosotros podríamos incluir a mucha “gente de Guadalajara” –incluso alguno nacido en Galleguillos de Campos (León), como Fernando Borlán– que quiso y supo seguir los pasos de Javier para que el Mendocino no se quedara en un proyecto personal sino que llegara a ser una ilusión y un compromiso colectivos de una ciudad como ésta que no se ilusiona ni compromete fácilmente. Son tantos los nombres de personas que han hecho y siguen haciendo posible el Tenorio Mendocino que, por mucho que me esforzara, seguro que me olvidaría de alguno y, ante esa injusta posibilidad, prefiero no citar a ninguno, antes que olvidarme de uno, aunque en la mente de todos están las figuras claves de este gran proyecto cultural “popular” –como lo calificaría Abigaíl Tomey, la actual directora artística del Tenorio- que la sociedad civil regala cada año a Guadalajara. Y a quienes la visitan ante su llamada, no sólo porque está declarado Fiesta de Interés Turístico Regional y Provincial, sino porque cada día son más ya que nuestro Tenorio está a la altura de los mejores que se representan en España –a destacar entre ellos el de la vecina Alcalá y el de Murcia-, dentro de la larga tradición española de poner en escena este mito de amor y muerte en torno a las festividades de los Fieles Difuntos y de Todos los Santos.

Con toda intención, quiero terminar este artículo reproduciendo un párrafo literal del último artículo que Javier Borobia escribió sobre el Tenorio Mendocino –publicado en el desaparecido semanario “Noticias de Guadalajara”-, coincidiendo con la edición de 2008, la última en la que participó activamente como codirector y, por supuesto, como Comendador –ese papel que, literalmente, bordaba cada año-, y que considero que es su auténtico testamento emocional para las, para sus, para nuestras “Gentes de Guadalajara”:                           “La ciudad espera, un año más, de sus gentes ese costumbrismo cultural de andar por calle para buscar claves, reflexiones, emociones y estéticas. Y digo buscar, no encontrar; que eso es mucho y hay que dejarlo para los de la cultura costumbrista, o sea los que acostumbran a estar en su entorno y se postran, bajo el frontispicio de su templo, para contemplarla sin osar acariciarla con su mano.

 Te estás dejando la barba y ya empiezas a saber porqué…”

 

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