No es la primera vez, ni será la última, que afirmo que hay lugares a los que siempre se vuelve porque, en el fondo, una vez que los conoces, te ganan, te calan hasta los tuétanos y ya no te marchas nunca de ellos, aunque no siempre estés allí. Es el caso de Sigüenza, una ciudad que seduce a cuantos la visitan porque su urbanismo medieval en las Travesañas es envolvente, evocador y cuasi perfecto, porque sus calles son un museo vivo al aire libre, porque la historia se respira por todas partes y porque su monumentalidad, sobremanera su catedral y su castillo-parador, es tan contundente y bella que abruma hasta al más viajado.
Como ya recogí en la parte introductoria del librito didáctico que titulé “Catedral de Sigüenza. 850 años de piedra viva”, editado en 2019 con motivo del 850 aniversario de su dedicación litúrgica, son muchos y muy notables los escritores a lo largo de la historia que, tras visitar Sigüenza y especialmente su catedral, se rindieron a su belleza. Fue el proverbial caso de Hieronymus Münzer, el primer viajero extranjero que llegó a Sigüenza en la Edad Moderna, quien dijo: “La catedral de Sigüenza es bellísima y bastante rica”. A finales del XIX, Emilia Pardo Bazán, escribió así sobre la “fortis” seguntina: “(…) la fortaleza era iglesia y de las más severas y nobles que conozco. Es un templo alto, majestuoso, claro, sobrio, que perpetúa la austeridad de la época románica y del carácter celtibérico”. Unos años después, los dos filósofos-escritores españoles más importantes del siglo XX, José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno, también se rindieron a los encantos de la catedral de Sigüenza con estas encendidas palabras: “La catedral de Sigüenza, toda oliveña y rosa a la hora del amanecer, parece sobre la tierra quebrada y tormentosa, un bajel secular que llega bogando hacia mí (…)” (Ortega y Gasset). “Fui a dar a la catedral con fachada de fortaleza (…). Allí dentro se había estancado el río de la historia (…). Todo era de piedra dentro de la catedral de Sigüenza, todo”.(Unamuno). Sigüenza, ciertamente, no es solo su catedral, aunque convendrán conmigo en que es el principal referente monumental de la ciudad (y de la comarca y aún de toda la provincia) y que, en torno a ella, además de surgir y crecer en su enclave actual desde el primer cuatro del siglo XII y de ser la sede y cátedra del obispo diocesano, ha supuesto su auténtico motor de desarrollo social y económico.

En Sigüenza el tiempo parece estar detenido, pero eso solo es una percepción que avala el buen estado general de conservación de su casco histórico que, además, poco a poco, se va mejorando y cuidando más, incluso la gestión de su movilidad en él, algo verdaderamente importante para este tipo de ciudades monumentales. Si bien las piedras, pese a estar vivas como titulé en mi libro antes citado, son por definición inertes y parecen haberse estancado en el tiempo, como le pareció a Unamuno, es una realidad palmaria que en Sigüenza hace ya tiempo que se está moviendo algo importante y se están haciendo bien las cosas. Eso se nota en el progresivo aumento de visitantes que tiene, siendo ya, tras Toledo, la segunda población de Castilla-La Mancha en número de turistas. Eso es mucho decir y hasta el gobierno regional, tan perezoso y cicatero para muchas cosas con esta provincia, sobremanera con la capital, así lo está reconociendo, especialmente con sus inversiones en la ciudad, las grandes exposiciones en la catedral que ha impulsado y su decidido apoyo a la candidatura del proyecto “El paisaje Dulce y Salado de Sigüenza y Atienza” para ser declarado “Patrimonio Mundial”, algo que parece ir por muy buen camino. Otra forma de reconocer que en Sigüenza se está trabajando bien es haber nombrado directora general de Turismo de la región a Arancha Pérez Gil, la concejal responsable de turismo del ayuntamiento seguntino y ex diputada provincial del ramo, una gran profesional del sector que ha llegado a la política con un buen currículo y bagaje. ¡Que cunda el ejemplo!
Fue el anterior alcalde de Sigüenza, José Manuel Latre, quien también presidió la Diputación Provincial entre 2015 y 2019, el que dio los primeros pasos para procurar que Sigüenza fuera designada “Ciudad Patrimonio de la Humanidad” por la UNESCO. María Jesús Merino Poyo, su sucesora al frente de la Alcaldía desde 2019, dio un impulso y un giro adecuados a aquel proyecto que entonces no pasaba de ser una mera intención, algo decisivo para que haya llegado al buen punto en que está actualmente el proceso. Desde el consenso político, social y económico, Merino creó un consejo rector, apoyado decididamente por la Junta, y al frente del cual se situó a Antonio Fernández-Galiano Campos, hijo del primer presidente preautonómico de Castilla-La Mancha, con fuertes raíces y vínculos seguntinos, y, sobre todo, un prestigioso e influyente empresario de la comunicación, algo decisivo para que Sigüenza, hoy, esté muy cerca de lograr su objetivo. El consejo rector, con buen criterio, decidió contratar un equipo técnico con experiencia en este tipo de procesos para suplir lo que hasta entonces era mero voluntarismo por profesionalidad, siempre tan conveniente. Ese paso fue determinante para que se modificara la inicial intención de solicitar a la UNESCO la declaración de “patrimonio mundial” (nuevo nombre sustitutivo del anterior) únicamente para Sigüenza, porque las posibilidades eran casi nulas al haberse cerrado este organismo a declarar como tales más ciudades españolas, italianas o francesas de las que ya estaban declaradas en ese momento. La nueva línea de la UNESCO era promover como patrimonio mundial a más proyectos culturales (mejor si estaban combinados con valores medioambientales) inmateriales que materiales, a entornos e ideas más que a ciudades o monumentos puntuales (por eso, fundamentalmente, decayó la candidatura del palacio del Infantado). Ahí nace, muy razonada y razonablemente, el proyecto del “Paisaje Dulce y Salado de Sigüenza y Atienza” que, tras lograr, a finales de 2021, entrar en la Lista Indicativa de España para ser Patrimonio Mundial de la UNESCO, un paso decisivo, desde entonces ha seguido avanzándose en el propio proyecto y en mejorar la ciudad (en restauración patrimonial, movilidad, accesibilidad, urbanismo…), hasta el punto de que, a primeros de marzo de este mismo año, el consejo rector de la candidatura dio luz verde al envío del expediente al Ministerio de Cultura y Deporte. Y los próximos días 9 y 10 de abril, tendrá lugar la evaluación de ese expediente (y de la propia ciudad, de Atienza y el resto del territorio incluido en el proyecto) por parte del Consejo Nacional de Patrimonio Histórico, reunión en la que expertos independientes revisarán la candidatura. Otro paso absolutamente clave y decisivo, una vez internacionalizado el proceso si la candidatura llega a París, será la evaluación del ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios), una organización internacional no gubernamental, fundada en 1965, que actúa como principal asesor técnico de la UNESCO en la conservación, protección y gestión de sitios y monumentos de patrimonio cultural mundial. Si, como es previsible, el proyecto llega al ICOMOS y éste simpatiza con él, el “Paisaje Dulce y Salado de Sigüenza y Atienza” podría ser “patrimonio mundial” incluso en un máximo de un par de años. Así lo deseo porque esa declaración, no solo supondría un reconocimiento, también conllevaría un obligado compromiso para Sigüenza, Atienza y el territorio que une a ambas históricas ciudades, —vertebrado por dos ríos, uno de alta salinidad y el otro justo lo contrario—, de preservación de los valores históricos, artísticos y medioambientales que han impulsado su candidatura.


