CeLA, siempre en la Alcarria

No hay ninguna errata en el titular, no; esa “e” minúscula entre tres mayúsculas está puesta ahí con toda intención pues, aunque esconde un guiño evidente al apellido de quien ganara el Premio Nobel de Literatura en 1989, este “CeLA” es un acrónimo del futuro “Centro de encuentro Literatura y Arte” que en las próximas semanas va a abrir sus puertas en Almonacid de Zorita. Se cumple así, una vez más, la contundente e inequívoca proclama de afectividad entre el escritor y esta tierra -“Siempre en la Alcarria”- que el mismísimo CJC dejara escrita de su puño y letra en el Libro de Honor de la Diputación Provincial de Guadalajara en una de sus frecuentes visitas a esta institución cuando era su presidente Francisco Tomey. Como podrán comprobar, pues se inserta junto a este texto, esa declaración y esa firma autógrafas de Cela están fechadas el 20 de diciembre de 1989, apenas unos días después de recibir la noticia, en su entonces residencia de El Clavín, de haber obtenido el Nobel de Literatura de aquel año, el quinto español -y último, por el momento- que se hacía con este prestigioso galardón tras José Echegaray (1904), Jacinto Benavente (1922), Juan Ramón Jiménez (1956) y Vicente Aleixandre (1977).

Desde que el 6 junio de 1946, con treinta años recién cumplidos, Cela llegara en tren a la estación de Guadalajara para viajar durante nueve días por la Alcarria y luego publicar, dos años después, su celebérrimo “Viaje a la Alcarria”, autor, paisaje y paisanaje se unieron para siempre, como él mismo proclamó en reiteradas ocasiones. Aquel libro que cambiara la literatura de viajes al dar a las figuras tanto protagonismo como al propio paisaje y producirse en un género narrativo singular muy cercano al de la novela, ha sido traducido a decenas de idiomas y ha situado a la Alcarria y a Guadalajara en el mapamundi, al igual que a La Mancha la puso ahí Cervantes con su extraordinario Quijote.

Como decíamos al principio, Camilo José Cela, como El Cid, va a ganar una nueva batalla después de muerto para volver a hacer cierta, una vez más, su voluntad de estar “siempre en la Alcarria”, en este caso inspirando el nacimiento del CeLA, en Almonacid de Zorita, el pueblo en el que “estuvo de boticario el poeta León Felipe” (Viaje a la Alcarria, 1948) y “que tiene unas arquitecturas meritorias” (Nuevo viaje a la Alcarria, 1986), según escribió y describió el propio CJC en sus dos periplos literarios alcarreños.

El Centro de encuentro Literatura y Arte se va a concretar inicialmente en una exposición permanente fundacional que va a instalarse en el Espacio Cultural El Molino, magníficamente restaurado como continente cultural tras ser durante décadas una fábrica de aceite. Este edificio, cuya construcción data del siglo XVII, fue originalmente una ermita dedicada a la Virgen de la Luz, la patrona de Almonacid, y en su fachada queda huella evidente de la presencia y poder que la Orden de Calatrava tuvo en aquella zona suralcarreña.

CeLA va a poner en valor la estrecha relación del literato CJC con el mundo de las artes plásticas, especialmente a través de la destacada presencia que a éstas les dio en los Papeles de Son Armadans, la célebre revista literaria que el escritor gallego editó y dirigió en Mallorca desde 1956 hasta 1979. La exposición inicial fundacional del Centro estará fundamentalmente conformada por obras de algunos de los pintores españoles más importantes del siglo XX, como Miró, Picasso, Rafael Zabaleta, el grupo El Paso y hasta del poeta Rafael Alberti, con quienes Camilo José Cela mantuvo fructífera relación, en algún caso derivando incluso en amistad, y a los que dedicó números especiales en los Papeles de Son Armadans. Papeles es una fuente casi inagotable de relación entre la literatura y el arte, pues además de ofrecer números monográficos dedicados a los artistas antes citados, también tuvieron tratamiento especial en sus páginas otros grandes creadores como los pintores José Gutiérrez Solana, Antoni Tàpies, Emilio Medova, Will Faber o John Ulbritch, el arquitecto Antonio Gaudí, el escultor Ángel Ferrant o el ceramista Llorens Artigas. La exposición la completarán obras pictóricas notables que Cela adquirió en propiedad y que colgaron de las paredes de sus sucesivos domicilios madrileños y mallorquines, especialmente el conocido de la Bonanova palmesana, así como retratos suyos que artistas de relevancia le hicieron como homenaje. El nexo de unión entre literatura y arte, a través de Cela, que inspirará el nacimiento del CeLA en Almonacid, lo subraya el hecho de que el mismo CJC, aunque esta circunstancia no es demasiado conocida, hiciera sus pinitos en el mundo de la pintura, llegando a exponer su obra en 1947 en la galería Clan, en Madrid, y después en La Coruña. En la exposición permanente de Almonacid también quedará algún reflejo del Cela pintor.

Aunque CeLA va a iniciar su andadura con esta exposición permanente, el propósito y el camino que tiene por delante puede ser de muy largo y considerable recorrido si se gestiona adecuadamente y a esta importante muestra se le va complementando con la programación periódica de otras exposiciones temporales y actividades como conferencias, seminarios, encuentros, etc.

CeLA lo van a hacer posible la Fundación Charo y Camilo José Cela, la Diputación de Guadalajara, que aportará apoyo técnico y soporte económico, y, muy especialmente, el Ayuntamiento de Almonacid de Zorita, que realizará un importante desembolso adquiriendo obra en propiedad y a quien cabe felicitar por esta decidida apuesta por llevar a su municipio un recurso cultural de tanta categoría y posibilidades de futuro. La zona de afección de la clausurada central nuclear de Zorita necesita y busca alternativas productivas y proyectos de calado socioeconómico para mirar con optimismo al futuro tras el cierre de la planta y el ya no lejano fin de su desmantelamiento; no me cabe duda que apostar por la cultura con mayúsculas, como va a hacer Almonacid acogiendo CeLA, es una decisión valiente e inteligente.

 

Nunca caminarás solo (y 2)

                Hace ya casi 26 años que en la columna en la que me desteté como periodista, que tenía por cabecera “Luces de bohemia”, como la obra homónima de Valle Inclán, y que tuve activa durante casi 15 años, primero en el histórico semanario “Flores y Abejas” y después en la cabecera que le sucedió, “El Decano”, publiqué un artículo que llevaba exactamente el mismo título que hoy y que dediqué a mi hermano, Alfonso, que acababa de fallecer en Zaragoza, a la edad de 37 años. Más que con tinta, aquel artículo lo escribí con lágrimas, con el alma desgarrada y el corazón “partío”, como la bonita canción de Alejandro Sanz. Jamás pensé que la vida, de nuevo, me iba a desgarrar el alma y partirme el corazón teniendo que despedir a otro hermano, pero así ha sido, lamentablemente, y hoy me veo obligado a decir adiós a Carlos, a sus 61 años de edad, con el mismo dolor y los mismos sentimientos que despedí a Alfonso, cuando aún le quedaba más de media vida por delante. Parafraseando a Jethro Tull, ambos eran demasiado jóvenes para morir, pero aún no viejos, ni para el rock and roll ni para ningún otro estilo musical porque los dos fueron grandes aficionados a la música, especialmente Carlos que, no solo disfrutaba oyéndola, como Alfonso, sino también tocándola y hasta componiéndola.

De tres hermanos que éramos, ya solo quedo yo en el mundo, con la responsabilidad que ello conlleva pues he de tratar de seguir viviendo, no solo por mí y los míos, sino también por ellos, y esa es una responsabilidad que asumo con gusto, pero también con la incertidumbre de saber si estaré a la altura de dos grandes personas, muy diferentes entre sí, pero con un par de corazones tan cálidos, generosos y amicales que latían al unísono. “You´ll never walk alone” (“Nunca caminarás solo”) es el lema del Liverpool FC inglés, toda una declaración de fidelidad de los aficionados a su mítico equipo que yo elegí para despedir, primero, a Alfonso, y ahora también a Carlos, porque, como hermano pequeño suyo que era, siempre fui su primer fan y admirador, algo que su muerte no va a interrumpir porque nadie muere del todo mientras se le recuerda. Estoy bien seguro que ellos nunca van a morir en muchos corazones, pero conmigo vivirán hasta que mi corazón dé el último latido. Eso sí, y no es humor negro, cuando llegue ese momento ya no podré escribirme a mí mismo un “Nunca caminarás solo”, de ahí que cierre la serie con este artículo.

Con estas palabras hemos dicho hoy “hasta luego, hasta siempre” a Carlos en su funeral en la iglesia de Taracena; les aseguro que no hay ni un adjetivo ni un adverbio de más en ellas:

“Carlos era una persona tan discreta y sencilla que, probablemente, hasta esté incómodo en su propio entierro por ser el protagonista.

                Carlos era una persona tan digna que ha sobrellevado su dura enfermedad con una entereza ejemplar.

                Carlos era un maestro tan vocacional que hizo mejores las escuelas por las que pasó, siempre hombro con hombro con los demás, porque también fue un buen compañero.

                Carlos amaba tanto la música que a todo lo que tocaba le sacaba sonidos armónicos, con un gusto exquisito y siempre persiguiendo la perfección.

                Carlos era tan buen amigo que, aún no ha terminado de marcharse, y ya somos muchos los que le echamos de menos.

                Carlos era tan buen hijo que tuvo unos grandes padres: Juanjo y Pili.

                Carlos era tan buen marido que tuvo la suerte de encontrar una gran mujer, Carmen.

                Carlos era tan buen padre que la vida le premió con dos buenos hijos: Javier y Carlos.

                Carlos era tan buen hermano que además fue mi amigo.

                Gracias por tu ejemplo, Charly.

                ¡Nunca caminarás solo!”

Una exposición que hay que ver

Durante todo el mes de febrero, permanecerá abierta al publicó una magnífica exposición de fotografías de Nacho Abascal, en la sala de arte “Antonio Pérez”, en el Centro San José, que lleva por significativo título el de “Andar y ver la provincia de Guadalajara” y por singular subtítulo el de “Guadalajareando”. Como es sabido por muchos, con casi 300 fotografías de Abascal y textos míos, se presentó el pasado mes de octubre un libro de gran formato (30 por 30 cms.), tapa dura, buen papel y a todo color que lleva por título el que ahora es el subtítulo de la exposición de Nacho y por subtítulo, su título. Parece un trabalenguas, pero no es más que un guiño mutuo que escritor y fotógrafo nos hemos querido hacer para repicar y amplificar el trabajo en común de ambos que, primero, derivó en un libro y, después, en esta exposición que les recomiendo expresa y encarecidamente visitar porque disfrutarán mucho si lo hacen.

La exposición de Nacho consta de 37 extraordinarias imágenes de otros tantos lugares de la provincia de Guadalajara en los que su cámara ha captado encuadres y momentos de luz idóneos de ciudades y villas, piedras con historia, paisajes de agua y de altura de este territorio que es tan bello y diverso como, lamentablemente, desconocido para no pocos, aunque, afortunadamente, cada vez para menos. Cierto es que, como dijo Cela cuando escribió su “Nuevo viaje a la Alcarria” en 1986, a la gente ya le va dando la gana venir a esta tierra, aunque, eso sí, poco a poco. Lo que aseveró el Nobel gallego sobre la Alcarria es extensible al resto de tierras que conforman las “guadalajaras”: Serranías del Norte, Campiñas del Henares, Jarama y Sorbe y Señorío de Molina.

Nacho, y no lo digo por la amistad que me une a él desde la juventud, es uno de los mejores fotógrafos actuales que ha dado esta tierra de grandes fotógrafos pues en Guadalajara han nacido, o han estado y están estrechamente vinculados a esta provincia, artistas de la cámara de la talla de José Ortíz-Echagüe, Francisco Goñi, Tomás Camarillo, Francisco de las Heras, José López, Eugenio Ruiz García (“Peco”), Antonio López-Palacios o Santiago Bernal, entre una larga nómina que podría extenderse bastante más, pero que dejamos en Bernal para, con él, citar a la Agrupación Fotográfica de Guadalajara, que tanto impulsó este segoviano afincado en Guadalajara desde hace décadas, colectivo que goza de un justo y reconocido prestigio a nivel nacional.

Abascal domina el amplio espectro técnico y temático de la fotografía, pero entiendo que su mayor nivel lo da como fotógrafo del paisaje, probablemente porque es un gran viajero, minucioso observador y amante de la naturaleza y el arte que no se conforma con mirar, sino que quiere retener esos instantes especiales de luz que, cuando tiene la oportunidad de captar con su cámara, desea compartir como solo lo hacen las buenas y generosas personas, dos de sus más reconocibles señas de identidad. Nacho es un excelente fotógrafo, sí, pero aún es mejor persona.

Les encarezco que no dejen de visitar su exposición en el Centro San José, pudiéndolo hacer hasta el 28 de febrero, de lunes a sábado, en horario de tarde, de 19 a 21 horas. En ella encontrarán 37 imágenes positivadas en gran tamaño (hasta 1,50 m) y sobre soportes y materiales que, posteriormente, permitirán que la exposición vaya a los municipios de la provincia que deseen acogerla tras solicitar su cesión a la Diputación Provincial, que la va a incluir dentro del conjunto de exposiciones itinerantes que ofrece desde el CEFIHGU (Centro de la Fotografía y la Imagen Históricas de Guadalajara).

Tengo la certeza de que la exposición de Nacho Abascal va a recibir un montón de visitas y que va constituir todo un éxito porque la belleza de sus fotografías hace justicia a la hermosura intrínseca de esta tierra, fotogénica como pocas, pero no siempre fotografiada por artistas de su sensibilidad, calidad y generosidad.

Aunque hoy tocaba hablar de la exposición de Nacho, por razones de actualidad no quiero dar por concluidas estas líneas sin referirme a “Guadalajareando”, el libro al que él puso imágenes y yo letras, como señalaba al principio, y cuyo título aporta el subtítulo a su muestra fotográfica; me complace mucho hacer público que la primera edición del libro se ha agotado en apenas tres meses y que la Diputación se propone ya abordar de manera inmediata su segunda edición. Bueno es que se conjugue el verbo “guadalajarear” que, aunque no esté en el diccionario de la RAE, sí lo está en los quereres y en los sentires de muchos, por supuesto también en los de Nacho y míos, y no significa otra cosa que andar y ver la provincia de Guadalajara con el corazón puesto en los ojos y el alma en la palabra.

 

Pie de foto: Imagen del Alto Tajo que forma parte del libro titulado “Guadalajareando” y de la exposición fotográfica de Nacho Abascal.

 

El metro de Guadalajara

Las redes sociales las carga el diablo porque tienen más peligro que un vampiro infiltrado en una asociación de donantes de sangre. Cierto es que como a ellas puede acceder cualquiera, sea cual sea su intención y voluntad, un mensaje a través de las redes más utilizadas (Facebook, Youtube, Whats App, Messenger, Instagram, etc) puede hacerse viral en minutos y tener más difusión e impacto que una noticia en el telediario de cualquier televisión; evidentemente, los alentadores y aventadores (“haters” y “trolls”) de noticias falsas (“fake news”), de “zascas” malintencionados y otras formas de expresión perversa, tienen un filón en las redes sociales para que sus falsedades y comentarios injuriantes y/o calumniadores se difundan, algo que puede ser aún peor a que en vez de que tu sangre donada termine en el cuerpo de una persona que la necesita, acabe goteando en los colmillos de un vampiro.

Eso es bien cierto, sí, pero como comunicador también he de reconocer que, gracias a las redes sociales, los canales y medios de comunicación entre emisor y receptor se han ensanchado, acercado y acelerado de tal manera que, en la información actual, quien emite y quien recibe casi van de la mano, se pueden hasta tocar y, lo que es más importante, interactuar, de tal manera que se acabó el frontón comunicativo en que los intentos del receptor por contactar con el emisor eran prácticamente rechazados por norma, como las pelotas son devuelvas por un frontis cuando chocan contra él. No pretendo en tan limitado espacio revisar críticamente los “Elementos para una teoría de los medios de comunicación”, de ese gran referente del ensayo, no exento de polémica, que es Hans Magnus Enzensberger, sino simplemente llamar la atención sobre un hecho que está ahí, que ha llegado para quedarse, que forma parte de nuestras vidas cada vez de forma más notoria e influyente y que, bien utilizado, puede ser una extraordinaria herramienta de progreso, pero que, malamente -como canta Rosalía, la chavalita catalana que se ha puesto tan de moda-, puede hacernos regresar a las cavernas en muchos aspectos, aunque en vez de enfrentarnos a mamporros, lo hagamos ahora a “tuits”, “GIFs”, “stickers” y “zascas”. Como decía Aristóteles en su gran obra “La política”, en el medio está la virtud, lo que él llamaba el “Aurea mediocritas”, que no deja de ser un elogio de la moderación, algo no solo aconsejable de aplicar a la comunicación actual, sino también a la propia política pues ambas van cada vez más de la mano.

Tras esta pretendidamente breve introducción que se ha ido más lejos de lo que pensaba, quiero comentar la guasa que se han traído las redes sociales en los últimos días con el hundimiento de una pequeña máquina excavadora que estaba realizando unas primeras tareas de reforma en la Plaza del Concejo, que falta le iba haciendo desde hace ya mucho tiempo. La excavadora en cuestión se hundió súbitamente en la plataforma de la plaza que está más cerca de la calle del Arco, justo enfrente del edificio que sustituyó hace unos años al viejo en cuyo local comercial se situaba “La Popular”, el comercio de baratijas y chucherías que fue un referente para muchas generaciones de chavales arriacenses, entre las que estaba la mía. A la excavadora se la comió literalmente la tierra -parece ser que por su peso se desplomó el terreno que cubría una antigua bodega-, como se encargaron de difundir, en apenas unas horas, las redes sociales, pero con un cachondeíto y un pitorreo que a mi me parecieron muy ocurrentes y que provocaron no pocas sonrisas, algo que en los taciturnos tiempos que corren es realmente de agradecer.

     De entre todos los mensajes, de los muchos que recibí, sobre la excavadora que se había tragado la plaza del Concejo, me quedo con un fotomontaje en el que se veía el tan reconocible logotipo del Metro de Madrid, pero en el que se anunciaba la guadalajareñísima estación de “Plaza del Concejo”. En otro fotomontaje, que si se hubiera producido el día 28 de diciembre ya habría sido la remonda, con la imagen de fondo de la excavadora tragada por la tierra y el alcalde, Antonio Román, en primer plano, se podía leer el siguiente texto: “Íbamos a quitar unas baldosas pero nos vinimos arriba”, comentaba el alcalde, echando las culpas a Carnicero al decir éste la mítica frase de “No hay huevos”. Estoy seguro que también ellos se lo tomaron con humor, porque es como debía tomarse.

Termino ya diciendo que el alcalde que precedió a Antonio Román, el socialista Jesús Alique, habría dado mucho juego en estos tiempos de tuit y zasca porque le gustaba mucho sobreactuar en asuntos de comunicación. A veces, aunque fuera por su parte con la mejor intención, incluso le “vendían” alguna burra -en este caso, seguro que fue un promotor que se vino arriba en la efervescencia del ladrillazo- como, por ejemplo, construir un túnel prácticamente a lo largo de todo el paseo de las Cruces para soterrar el tráfico a su paso por esta calle, la plaza de Santo Domingo y la Carrera, desembocando en la plaza de Bejanque. La propuesta la hizo en la campaña electoral de 2007, su coste lo valoró en 32,6 millones de euros, incluida la construcción de un parking y una nueva plaza de toros cubierta, pero los ciudadanos no se la “compraron” pues perdió las elecciones. Del tranvía que iba a subir desde la estación hasta el centro de la ciudad ya hablaremos otro día.

Postal de posnavidad

Estamos metidos de lleno en la posnavidad, la “cuesta de enero” o como queramos llamar a este período del recién estrenado invierno que llega tras despedir un año y recibir otro después de dar continuos homenajes al colesterol y jalear al ácido úrico y las transaminasas, y que se parece un poco al principio del otoño; no lo digo por la climatología, bien diferente, sino por las sensaciones de finalizar un ciclo muy marcado y comenzar otro. Si el tiempo del final del verano y el principio del otoño nos invita un poco a la melancolía por lo bueno que dejamos atrás -vacación, luz y calor, fundamentalmente- y por lo no tanto que se aviene -rutina laboral, luz y calor que van menguando- la etapa de conclusión del otoño e inicio del invierno la recibimos dándolo todo -algunos, incluso más de lo que pueden- y, claro, después se cumple el sabio refranero: “Días de mucho, vísperas de poco”.

Ahora que los tiempos los marcan “stories telling” en las redes sociales y los “relatos” en la comunicación global, especialmente en la política, que no siempre tienen que ver con la realidad -cada vez más “fake”-, creo que ni el “community manager” más activo ni el comunicador político más sectario pueden no dar un “like” e incluso “retuitear” ese refrán que resume el tiempo recién pasado y el presente, incluso aunque eso de los refranes sea más “out” que “in” y esté bastante demodé porque suena a viejo y a rural.

Y ahí quería llegar yo. Me sorprendió gratamente que en el informativo de mediodía de Antena 3 TV, el mismísimo día de Reyes, con las familias “zangolotineando” -perdón por este abuso del castellano al convertir en verbo un adjetivo- compulsivamente alrededor de regalos y roscones, se le dedicaran tres minutos a la alarmante despoblación que padece el medio rural español. En ese mapa de la España cada vez más desierta, se destacaba a tres comunidades autónomas como principales víctimas de la sangría poblacional que no cesa desde los años sesenta del siglo pasado: Castilla y León, Aragón y La Rioja. Castilla-La Mancha y, por ende, Guadalajara no estaban en ese plano de la España despoblada, a pesar de que la mayor parte de nuestra provincia, excepción hecha del Corredor del Henares y el entorno de la capital, está tan deshabitada como los territorios de las regiones antes citadas. Es lo que tiene la estadística, que es una ciencia teóricamente exacta pero plagada de inexactitudes porque las medias, las modas y las medianas desprecian las dataciones extremas, y el medio rural de Guadalajara ofrece dataciones demográficas sumamente extremas respecto a su propia capital y entorno y, no digamos ya, en relación a la mayor parte del resto de Castilla-La Mancha -excepto Cuenca y algunas zonas puntuales de las otras tres provincias-, donde hay muchos menos municipios que aquí y bastante más poblados.

La base documental de esta información televisiva que le restó tres minutos de protagonismo a los Reyes Magos y a la “Lotería del Niño” parte de un estudio elaborado por el profesor de Geografía de la Universidad Autónoma de Barcelona, Joaquín Recaño, según el cual la mitad de los municipios españoles están afectados por problemas graves de despoblación. Este mismo estudio alerta de que 1.840 de ellos han sido identificados como espacios rurales en riesgo de despoblación irreversible; entre los que, evidentemente, se encuentran todos los que tienen menos de 100 habitantes que, recordemos, en el caso de Guadalajara son 178 de un total de 288.

El estudio de la UAB determina que en España hay un total de 8.125 municipios, de los que casi 5000 tienen menos de 1000 habitantes, pero ocupan el 40% de la superficie del país, si bien apenas concentran el 3% de población. Nosotros podemos aportar, en el caso concreto de nuestra provincia, que el 80 por ciento de la población se concentra en menos de un 20 por ciento del territorio, por lo que, si damos la vuelta a este dato, podemos afirmar que menos del 20 por ciento de la población provincial ocupa el 80 por ciento de su territorio. Las dos Guadalajaras de las que hemos hablado tantas veces y cuyas diferencias siguen ensanchándose porque, como sostiene el profesor Recaño “cierto es que la emigración ha perdido empuje, pero han cobrado más importancia las pérdidas de población por una natalidad muy baja y una mayor mortalidad por envejecimiento, por lo que el escenario se ha agravado y presenta ya un serio problema de sostenibilidad demográfica”.

Son nuevos números de una vieja y conocida preocupación que, lejos de resolverse, se va agravando paulatinamente, aunque varíen algo sus causas y circunstancias: antes era un problema cuantitativo -la emigración masiva vivida en gran parte de nuestro medio rural- y ahora, una vez diezmada la población hasta el extremo, ya es también cualitativo: su envejecimiento y lo que éste conlleva, especialmente la falta de actividad productiva.

Ya se cuenta por décadas el tiempo que España lleva recibiendo importantes fondos estructurales de la UE para el desarrollo regional, social y rural:  FEDER, FEADER, FSE y hasta hace poco también los Fondos de Cohesión; numerosos son los programas que se han financiado con estos fondos y que se han traducido en sustanciosas inversiones en el medio rural: Leader I, Leader II, Leader Plus, Proder I y Proder II, fundamentalmente, pero es evidente que, al menos en el caso de nuestra provincia aunque me consta que también en el de otras, el medio rural, lejos de desarrollarse, se está sub o infra desarrollando, como prefieran, hasta el punto de que muchos pueblos sufren riesgo de desaparición, incluso siendo ya casi prácticamente segundas residencias desde hace tiempo.

Es muy grave el problema y, por tanto, no puede ser sencilla la solución, aunque yo comenzaría haciendo una auditoría y una autocrítica de qué es lo que se ha hecho en nuestro medio rural, céntimo a céntimo, con todos esos millones de euros que han venido de Europa, qué se podría haber hecho y, lo que es más importante, qué es lo que se puede hacer mejor con lo que aún esté por venir. Sin autocrítica y autoexigencia, no se puede ni criticar ni exigir. O, al menos, no se tiene autoridad moral para ello. En todo caso ¡feliz posnavidad, paisanos!

El portalejo verde y negro de Belén

Hay fotos que no necesitan pie y pies de foto que dicen más en un puñado de palabras que las supuestas más de mil que vale cada imagen. La que acompaña este texto, como podrán apreciar, es pura elocuencia, habla por sí misma y no necesitaría pie porque se mantiene bien erguida y camina sola sin necesidad de ayuda.

La bella, la bellísima fotografía que acompaña este texto y que no precisa pie, podría ser una alegoría perfecta de la Navidad en las guadalajaras del norte más empinado y profundo. Un acebo cuajado de fruto en forma de drupas redondeadas de un intenso color rojo, contrastando con el verde intenso de sus perennes hojas, simples, enteras, coriáceas y pinchudas, se nos antoja un visillo natural tras el que aparece la torre de una iglesia en la que predomina la pizarra, uno de los templos más representativos de la que es y llamamos arquitectura negra.

Sí, efectivamente, se trata de la iglesia de Valverde de los Arroyos vista desde la plaza de María Cristina, con su fuente en medio y en cuyo pilón se refrescaban las cervezas de Paco, el entrañable y singular tabernero cojo natural de Zarzuela de Galve -“Zarzuelilla”, el anejo valverdeño- que durante mucho tiempo regentó el único establecimiento de hostelería del lugar, hasta que el turismo reparó en él.

El acebo es uno de los árboles más representativos del tiempo de Navidad porque, aunque sus frutos verdean en verano y se enrojecen en otoño, permanecen en el árbol incluso durante el invierno, poniendo una nota de color al ambiente húmedo, neblinoso y frecuentemente nevado que suele acompañar a este tiempo, especialmente entre diciembre y enero, los meses entre los que se acunan las navidades. Este acebo es un monumento natural vivo que se ha querido sumar a la fiesta de los sentidos que es siempre Valverde, aunque su momento cumbre llegue justo en el otro solsticio, el de verano, cuando la Octava del Corpus inunde las calles y las eras del pueblo de fervor a Jesús sacramentado, tradición, rito y belleza. Autos, loas y danzas de color para el pueblo que ya lleva color en su mismo nombre, el verde de la tierra generosa en aguas, que contrasta con el negro de la pizarra de su arquitectura negra. Que el color es la rebeldía de la luz frente al negro y toda la escala de grises es un axioma que se cumple a rajatabla en Valverde.

La iglesia valverdeña de San Ildefonso, datada inicialmente en el siglo XVI, rehecha dos veces en el XVIII y conformada mediado el XIX como ahora la conocemos, cuya torre se vislumbra entre las hojas y las bayas del acebo de la fotografía, alberga en su interior una singularidad arquitectónica poco conocida, incorporada en una restauración del templo que se acometió en 2012: la bóveda tabicada mudéjar que remata el crucero, para cuya construcción se  recuperó una técnica antigua, basada en la ejecución de tres roscas o hiladas de ladrillos, con la particularidad de ejecutarse sin apoyar en ningún momento sobre cimbras; es decir, esas hiladas de ladrillo se fueron sumando sin ningún elemento que las sustentara. A este tipo de bóvedas autoportantes, de origen centenario, se les llama también de “construcción cohesiva”, catalanas o “guastavinas”, en honor al arquitecto valenciano de la segunda mitad del XIX, Rafael Guastavino, que fue quien las recuperó y perfeccionó como sistema constructivo, dejando amplia huella de su obra especialmente en Estados Unidos. Quede este dato como curiosidad de las muchas que nos podemos encontrar en nuestra provincia si nos empeñamos en no solo mirar las cosas, sino también en verlas con detalle, algo a lo que solemos dedicar poco tiempo acaso porque creemos, como Antonio Machado en sus “Proverbios y cantares”, que “nuestras horas son minutos cuando esperamos saber y siglos cuando sabemos lo que se puede aprender”.

Despido ya esta última entrega del año con otra referencia a la iglesia de Valverde que dialoga en la foto con un acebo, pues, como sí es más conocido, el pequeño atrio que da entrada al templo y su entorno es llamado “el portalejo”, un portalejo que es una especie de foro cívico en el que los valverdeños se reúnen para asistir a las representaciones de sus tradicionales autos sacramentales, iniciar y terminar sus procesiones religiosas, especialmente la de la Octava del Corpus, además de para celebrar otros actos públicos de distinto carácter. Un portalejo que, en este tiempo, se me antoja el de Belén.

Con mis mejores deseos de paz, felicidad y salud para todos en el nuevo año, vayan estos preciosos versos del maestro (de tantas cosas) “Josepe” Suárez de Puga contenidos en su poema “Navidad en el pico Ocejón” y que forman parte de su último poemario, hasta ahora editado, “Cancionero de lugares y compañías”, aunque me consta que ya está trabajando en uno nuevo de pronta publicación que aguardo con los dedos huéspedes:

 

El fuego de amor prende el paraje

de blancanieves que a Belén aloja,

donde el tomillo espera el estiaje

que prenda el verde de su nueva hoja.

 

Un villancico se oye en el hostigo

que asila el heno de la primavera,

donde el Hijo de Dios duerme al abrigo

de una sencilla tienda montañera.

Y no amanece

Aún a riesgo de que algunos me llamen “facha” por aquello de apelar al sol -aunque no cante de cara a él, sino que eche de menos la albada-, he titulado esta entrada de idéntica forma que la bonita canción que Enrique y Álvaro Urquijo compusieron para su grupo, Los Secretos, al que tanto nos unió a los guadalajareños su recordado batería, Pedro Antonio Díaz, muerto en accidente de circulación en la Feria Chica arriacense de 1984. Parafraseando al mítico Jethro Tull, Pedro era demasiado joven para morir, cuando era aún también joven para el rock and roll, pero ya no volvió a amanecer más para él, frustrándose con ello uno de los mejores músicos de la “movida” madrileña, la “new wave” cañí. El ritmo que “Pedrito” imprimió a la buena música de los hermanos Urquijo, fue determinante para que el grupo diera un salto de calidad y se convirtiera en todo un referente de su época, que aún hoy pervive, incluso tras perder a dos de sus puntales: Enrique Urquijo y el propio Pedro.

Pero hoy no toca hablar de música, pese a que me haya inspirado en el título de un tema de Los Secretos que, como casi todos, tiene su punto de melancolía: “(…) La lluvia que mojaba tus calles tan lloradas, quisiera que limpiara también tu alma. Y no amanece, y no amanece, y no amanece”. El “Y no amanece” de hoy está dedicado a la lamentable realidad de Cataluña, esa parte señera de España a la que los independentistas han metido en una encrucijada de muy difícil salida y en la que hace ya muchos meses que no amanece porque las sombras, la penumbra y la oscuridad invaden casi todo, de manera muy especial la convivencia.

En Cataluña, desde que el iluminado e irresponsable Puigdemont y sus sosías del PDCAT, ERC y las CUP, con la decisiva colaboración de la ANC y Omnium Cultural, decidieron huir hacia adelante y declarar una república y una independencia que no eran legalmente posibles, cada mañana sigue saliendo el sol, pero no amanece nunca. Puede parecer una contradicción, pero hay noches que se alargan una eternidad y días que no amanecen jamás; en esas está Cataluña desde que la mitad de ella decidiera excluir a la otra e imponer a espaldas del derecho, de la razón, del sentido común y de la comunidad internacional un ideario nacionalista radical, más propio de finales del siglo XIX que de principios del XXI.

Así las cosas, puede salir el sol por el cabo de Creus, el punto más oriental de Cataluña, pero no amanecer allí porque nunca puede ser de día cuando en un lugar de España se odia, insulta y veja lo español con impunidad y de forma reiterada como de un tiempo a esta parte se hace en Cataluña, cada vez de forma más descarada. No puede ser de día en una parte de España en la que se persigue el idioma español como si se tratara de Joan Serra, “el bandoler” apodado “Lapera” de la canción de Lluis Llach, un cantautor que parecía cantar a la libertad y lo que en realidad quería era atarnos a todos a la “estaca” independentista, tan estaca como la de la larga noche franquista.

Y si hace ya muchos meses que no amanece en Cataluña, las cosas no tienen pinta de que vayan a cambiar por culpa del imprudente, insensato y radical presidente de la Generalitat, Joaquim Torra, puesto a dedazo por el huido Puigdemont desde Waterloo. El, solo teóricamente, “molt honorable” está más por el “sostenella y no enmendalla” que por acabar con esta ignominiosa etapa en la que la región catalana hace tiempo que dejó de ser una de las locomotoras de España para convertirse en un colosal freno de desarrollo social y económico. Y eso sí que es romper con la mejor parte de su historia, complicar su presente y oscurecer su futuro.

Me insistía mi padre, cuando yo me empeñaba en alargar las noches hasta la albada en mi primerísima juventud, que en la oscuridad apenas se veía y que en ella había mucho peligro emboscado entre las sombras. Pese a que por el cabo de Creus salga el sol cada mañana, en Cataluña seguirá sin amanecer mientras se corten impunemente carreteras sin intervenir los “Mossos de Esquadra”, se “purgue” a policías por tratar de mantener el orden público o se apele a imitar al “modelo” esloveno de independencia, que costó 60 muertos, como ha hecho Torra sin que se le caiga la cara de vergüenza. Ni a él, ni a sus compañeros de este viaje a ninguna parte en el que se ha convertido el “procés”.

A día de hoy lo veo muy difícil porque el “seny” ha huido de una gran parte de Cataluña -eso sí que es perder identidad-, pero espero que, como afirmaba una de las proclamas del mayo del 68 francés, “algún día saldrá el sol” también allá; sí, por el cabo de Creus, “mágica luz de Cadaqués” que cantaba Mecano homenajeando a un catalán y español universal, Salvador Dalí, cuyas últimas palabras públicas fueron: “Els genis no tenim dret a morir, perquè fem falta pel progrès de l’Humanitat ¡Viva el Rei, viva Espanya, viva Catalunya!”. Las dejo ahí porque no hace falta traducirlas.

Las miradas del otoño en las guadalajaras

Siempre he pensado, dicho y escrito que el tiempo que mejor le sienta a la provincia de Guadalajara -mejor hablar de “las guadalajaras”, porque hay muchas y no solo una- es el de otoño. Este tiempo, frente al de primavera y por las razones justamente contrarias, tiene mala fama porque los días van acortando progresivamente, el calor cede el paso al frío y el agua, en forma de lluvia e, incluso de nieve adelantada, trae un ambiente de humedad que, a veces, cala hasta los tuétanos y penetra en nuestros cuerpos como la hiedra entre las piedras.

Cierto es que el otoño es un tiempo de cuenta atrás y cuesta abajo; cuenta atrás hasta llegar al cero que es el solsticio de invierno, en la Navidad, cuando el reloj de los días volverá a crecer en positivo, aunque sea minuto a minuto, a costa de las noches; cuesta abajo, desde las altas cumbres del sol del membrillo septembrino hasta los valles neblinosos y en cencellada de diciembre. Sí, cierto es que el otoño parece llevarnos hacia un pozo sin fondo en el que todo es -mejor, parece- oscuridad, frío y humedad, pero si hay algún tiempo en el que nuestra tierra nos hace un guiño de colores cálidos es, precisamente, este: amarillo intenso de las hojas de los abedules, los álamos temblones y los avellanos; pardo anaranjado de las de los castaños, los robles y las hayas; rojo, el calor cálido por excelencia, de las bayas de los serbales, los majuelos o los escaramujos.

La primavera, que nos devolverá el verde a los campos de cereal, rebrotará en las hojas de los árboles caducifolios y limpiará y hará brillar a los de hoja perenne -encinas, chaparros, enebros y sabinas, fundamentalmente-, el azul a los cielos y el violeta a sus primeras flores, entre ellas los zapatitos de la Virgen y las orquídeas silvestres, pero, recordemos, el azul, el verde y el violeta conforman la gama fría de la paleta de colores ¿Otoño cálido y primavera fría? Si nos guiamos solo por el color y sus gamas, así es, aunque a favor de ésta hay que apuntar que, cuando termina por romper su floración y se consagra, el estampido de coloración que ofrece rompe la barrera de los colores fríos e irrumpe también en los cálidos: todo es color, olor y sabor en primavera.

Si buscamos un macropaisaje de la provincia para fotografiar el otoño nos pueden servir muchos, aunque el Hayedo de Tejera Negra sea -por permitir el milagro de reunir una especie arbórea del norte tan al sur como el haya- sea, sin duda alguna, un lugar pintiparado para obtener una imagen de excelencia de este tiempo. A más de doscientos kilómetros de distancia, en nuestra misma provincia, el Alto Tajo se ofrece como otro destacado modelo para posar y mostrar lo más bello de este tiempo a una cámara fotográfica. Si Tejera Negra está en el noroeste de las guadalajaras, el Alto Tajo se localiza en el sureste; si el parque natural de Cantalojas conforma un ecosistema característico de bosque atlántico, en el del sur de Molina podemos admirar uno de tipo mediterráneo, confirmando esta feliz circunstancia que nuestra tierra no es solo una, aunque sea singular, sino que son muchas, diversas y plurales.

Y entre los grandes bosques del noroeste y el sureste provincial, está la Campiña del Henares, a la que podemos sumar las del Jarama y el Sorbe, así como los cursos de los ríos de Serranías y Alcarria, cuyos sotos y bosquetes de ribera escoltando a sus cursos fluviales nos ofrecen bellos panoramas en este tiempo al predominar en ellos especies que ahora están deshojando el frío, la lluvia y el viento; álamos y chopos, fundamentalmente. ¿O debería decir álamos o chopos? Porque ¿son lo mismo? Poco le importó a Antonio Machado esta dicotomía cuando, indistintamente, citaba a una y otra especie en su etapa soriana, a orillas del Duero y al calor de Leonor:

“En los chopos lejanos del camino,/
parecen humear las yertas ramas ”
(Campos de Soria II)

“(…) álamos de las márgenes del Duero/
conmigo vais, mi corazón os lleva!”
(Campos de Soria VIII)

Sirvan estos versos de Machado para reivindicar que del paisaje son más dueños los poetas que los biólogos porque a éstos, a veces, los árboles no les dejan ver el bosque, mientras que a aquéllos lo que les importa no es ni cómo son ni cómo se llaman las cosas, sino las metáforas que les ofrecen para ponerle alma a la belleza. Y es que a la belleza sin alma solo le cantaba Ricardo Cocciante.

He teorizado sobre los mejores macropaisajes que ofrecen las guadalajaras para fotografiar el otoño cuando lo que de verdad importan son los micropaisajes, esos que tenemos a golpe de retina, al alcance de la mano y hasta podemos tocar. Miropaisajes de excelencia en otoño en la provincia hay tantos como miradas. Yo les aporto la que disfruté con Isabel, mi mujer, hace apenas unos días, en las eras de Valverde de los Arroyos, mirada que retuve en la fotografía que acompaña este texto.  ¿Es o no es una metáfora sin palabras de la belleza?

 

 

El calor del frío serrano

Canta en sus “Jotas del Valle” el veterano grupo segoviano de música tradicional, Nuevo Mester de Juglaría, querido y ya mítico para quienes aún nos pone el castellanismo y su folclore a pesar de lo mucho que se ha hecho contra ambos, que “aunque me arizca de frío, a la sierra me he de ir (…)”. El verbo “arizcar” no aparece en el diccionario de la RAE, ni lo he encontrado en ninguno de los compendios de vocabularios populares castellanos que he consultado, incluido el serrano guadalajareño que recientemente ha editado la Asociación Serranía de Guadalajara, tras del que están tres muy buenas manos: los valverdeños, José María Alonso Gordo y José Fernando Benito Benito, y el robledeño (de Corpes y aún de todas las guadalajaras), José Antonio Alonso Ramos. La voz más cercana a “arizcar” que he localizado en esos diccionarios populares no oficiosos es “aricar”, incluida en una relación de vocablos segovianos antiguos casi en desuso, pero su significado, “arar superficialmente”, nada tiene que ver con el contexto de la letra de la canción de la que he tomado la cita y que el Mester recogió en la comarca abulense del entorno del Puerto del Pico.  Por deducción, parece que “arizca” es una deformación fonética de “arisca” pues, evidentemente, el frío intenso suele ser áspero, que es la primera acepción de esta palabra que recoge la RAE.

Ciertamente, el frío es algo consustancial a las serranías pues, por definición, son “terrenos cruzados por montañas y sierras”. Frío que, evidentemente, es más acusado en el invierno y que en este tipo de comarcas se suele alargar a más de seis meses, invadiendo frecuentemente la segunda mitad del otoño y la primera de la primavera y, a veces, hasta la mayor parte de ambas estaciones post-equinocciales. En Guadalajara lo sabemos bien pues todo el norte de la provincia es serranía (perteneciente al macizo central y siendo estribaciones de la cordillera carpeto-vetónica), parte del este (el sistema ibérico penetra en el Señorío de Molina de norte a sur), también parte del suroeste (sierra de Altomira, en el entorno de Bolarque, Buendía y Entrepeñas) e, incluso, hasta a la Alcarria le crecen algunos serrijones como los del Megorrón (que desde Cifuentes eleva el terreno hasta las tierras de este antiguo partido judicial que limitan con las de Molina) o los de la Solana y la Umbría (con las Tetas de Viana como referencia señera) y que se extienden hasta los límites de Cuenca, comarca que el gran cronista provincial, Francisco Layna Serrano, bautizó como “Tercera Alcarria”.

Y sí, aunque me “arizca” de frío, proclamo públicamente que yo, como las cabras, tiro al monte y que cuando no tengo claro por donde “guadalajarear”, siempre busco el norte y acabo en las serranías. Mi amigo y hermano del alma Javier Borobia, con quien compartí tantos días “arizcándonos” de frío donde se empinan las guadalajaras, tenía una teoría sobre esta querencia, nada descabellaba y muy cabal, como es él, aunque también original, como igualmente son siempre sus reflexiones y propuestas, a la par que profundas: Javier llamaba “faro-guía” a Ocejón y, ciertamente, sin ser el pico más alto de la provincia, pues sus 2048 metros de altitud son inferiores a los 2.200 del Lobo y sus montañas hermanas (Santuy, Tres Provincias, etc.), su perfil, aislado de la cuerda que une a estos últimos, surge señero en el paisaje y se nos ofrece, a la vista y al corazón, como un referente clarificador, una pauta a seguir, casi un polo de atracción.

Sin ir más lejos, a finales de la semana pasada volví a subir a las serranías del norte y me “arizqué” de frío pues Galve y Villacadima me recibieron con un termómetro incapaz de llevar su mercurio más allá de los seis grados y la sensación térmica era, incluso, inferior, pues el viento húmedo que dejaron las nieblas cuando levantaron, se calaba hasta los huesos que, ahora, los tengo más cerca de la piel que nunca. A pesar del frío, volví a disfrutar sobremanera de aquellas tierras en las que la naturaleza se recrea a poco que el páramo se quiebra y a la vegetación esteparia le suceden densos bosques de robles y de pinos que parecen querer auparse hasta el cielo para darle gracias por tanta belleza.

Las serranías de Guadalajara son muy ricas, a pesar de que a la más occidental y septentrional de ellas hasta la llaman “pobre”. Lo que pasa es que la riqueza de estas tierras no se mide con parámetros economicistas convencionales, sino con valores y elementos impagables como el aire que se respira en ellas -el segundo más puro de Europa, dicen quienes cuantifican y jerarquizan hasta estas cosas-, el viento -que ahora incluso trae recursos a la zona a través de los parques eólicos-, y el sol y el agua que, debidamente combinados, fabrican vida y la pintan de color.

Me niego a pensar que las serranías, y aún el resto de tierras de la Guadalajara rural, son ya solo desiertos de la cultura, como diría Araúz de Robles, o tierras de silencio y soledad, como canta José Antonio Alonso. Vive cada vez menos gente en las guadalajaras, sí, y va envejeciendo progresivamente, pero llegará un momento en que el hombre se hartará de la ciudad y, como cantaba Labordeta, regresará a la casa de su padre en el pueblo -póngase también del abuelo o del bisabuelo- y abrirá las ventanas para que la limpie el aire. Y no me refiero a volver de fin de semana a holgar, ni a cazar, ni a setas y, mucho menos aún, a “rólex”, algo que ya lleva ocurriendo desde hace décadas, sino a regresar para quedarse buscando la felicidad de la tierra, feliz y significativo título de una obra escrita en, por y para la Alcarria de Manu Lequineche, el guadalajareño que nació en Arrazua (Vizcaya) porque los guadalajareños no elegimos donde nacemos, pero sí donde vivimos y, si nos dejan las circunstancias, hasta donde morimos.

 

Fotos: castillo de Galve (superior) y Villacadima./ Jesús Orea.

 

 

La Biblioteca de Josepe

El miércoles, 24 de octubre, a tan temprana hora de la tarde que algún bostezo de los de cabezadita en el sillón tras la sobremesa se le escapó indisimuladamente a alguno, el ayuntamiento de la capital nos convocó a un acto protocolario, pero de total oportunidad y absoluta justicia, como fue la inauguración de la nueva Biblioteca municipal de la ciudad que llevará el nombre de José Antonio Suárez de Puga, “Josepe” para los amigos y aún para los conocidos, que son/somos muchos, tanto unos como otros dadas la empatía que genera y la sociabilidad que le caracteriza. Redundando en lo apuntado, oportuno, muy oportuno, es poner el primer hito en el mapa de bibliotecas municipales que tiene en proyecto implementar el ayuntamiento, y de absoluta justicia el hecho de que lleve el nombre de Suárez de Puga, una figura sobresaliente en la actividad cultural de la ciudad de las últimas seis décadas, un intelectual de auténtica talla, un guadalajareño comprometido sin caspa provinciana y un extraordinario creador. Otros nombres podrían habérsele dado a esta biblioteca naciente, sin duda, pero no se me ocurre otro mejor.

Esta nueva Biblioteca municipal está ubicada en el Centro Integrado “Eduardo Guitián”, en Aguas Vivas, junto al Polideportivo Multiusos que tanta actividad social y económica está aportando a la ciudad como disgustos a la, al menos en este caso, torpe oposición municipal que la está poniendo trabas por cálculos electoralistas en vez de colaborar con algo que es bueno para Guadalajara. Pero dejemos lo que antaño fue la “gimnasia higiénica”, primer nombre que se le dio a la actividad física y deportiva en los centros escolares mediado el siglo XIX, y volvamos a la cultura, esa que, como reza la cartela que Carlos Santiesteban integró en su fresco alegórico a ella dedicado en el palacio de la Diputación, conviene allegarse, sembrar y arar, como hace el labrador, para “lograr buenos frutos”, parafraseando a San Mateo en su Evangelio. Según informó el propio alcalde, Antonio Román, en el acto de inauguración de la sala que ya lleva el nombre de Suárez de Puga, el Patronato de Cultura ha elaborado un mapa de bibliotecas municipales que ha sido consensuado con los técnicos de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Este plan contará con una biblioteca central, que estará ubicada en el Fuerte de San Francisco  (cuando la Junta cumpla la sentencia firme del Tribunal Supremo que le obliga a rehabilitar las naves del viejo cantón militar, algo a lo que se ha resistido de manera inentendible pues está obligada a ello por un convenio que la administración firmó en su día con el ayuntamiento); una biblioteca mediana (la que lleva el nombre de Josepe) y otras bibliotecas de menor tamaño y satélites, que se ubicarán en los cuatro barrios anexionados a la ciudad (Iriépal, Taracena, Usanos y Valdenoches) y en los centros sociales de Los Valles (situado entre el nuevo sector residencial del mismo nombre y la Colonia Sanz Vázquez) y del Cuartel del Henares (localizado en Los Manantiales).

Como es sabido, hasta la inauguración de la Biblioteca Suárez de Puga, el ayuntamiento de la capital no gestionaba ningún centro de préstamo de libros y de lectura en sala, aunque sí ofrecía espacios para el estudio en varias dependencias municipales como el Centro Joven y el Centro Integrado Guitián, entre otros. El hecho de que la Biblioteca Pública Provincial -cuya actual sede en el palacio de Dávalos la aportó el propio ayuntamiento al adquirirlo a sus antiguos propietarios y salvarlo así de la ruina a finales de los años 90, siendo alcalde Bris– tenga su sede física en la capital, había supuesto que, hasta este momento, el ayuntamiento no se planteara la necesidad de crear su propia red de bibliotecas municipales. Esa circunstancia tornó en la primavera de 2017, gracias a una moción de fomento de la lectura presentada por el grupo municipal de Ciudadanos, a la que se unió una transaccional de Ahora Guadalajara para que ese plan se concretara en la creación de una red local de bibliotecas y servicios bibliotecarios. Ese tipo de propuestas sí son útiles para los vecinos y van en la buena dirección de lo que debe ser una oposición también útil, que es la mejor que se puede hacer.

Así que, bienvenido sea este nuevo mapa local de bibliotecas y servicios bibliotecarios que, en principio, parece bien planificado por el equipo de gobierno del PP y cuyo primer paso para ponerlo en marcha se ha dado con la inauguración de la Biblioteca José Antonio Suárez de Puga, la última llegada a esta ciudad a la que bien podemos atribuir el adjetivo de lectora pues, no en vano, la Pública Provincial tiene casi 40.000 socios adultos y más de 10.000 infantiles, cifras espectaculares para nuestra población. Recordemos que la primera Biblioteca Provincial la acordó crear el Pleno de la Diputación el 6 de marzo de 1837, reuniendo en ella los fondos provenientes de los conventos y monasterios de la provincia, entonces recientemente desamortizados, y fue instalada en la que en ese momento era sede de la propia institución provincial, el Convento de la Piedad.

  1. B.- Aprovecho este post para agradecer pública y vivamente la masiva presencia de asistentes al acto de presentación del libro titulado “Guadalajareando”, celebrado al día siguiente de la inauguración de la “Biblioteca de Josepe”, y de cuyo texto soy autor, mientras que las magníficas fotografías que lo complementan y enriquecen son de Nacho Abascal. La mejor compensación que puede tener un autor -y en este caso somos dos, pues yo hablo por medio de la palabra, pero Nacho es aún más elocuente y brillante con su cámara- es que su obra tenga una cálida acogida y sentir el aliento, como nosotros sentimos, de tantos amigos. Esperamos no defraudarlos cuando empiecen a “guadalajarear”.

 

 

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