Cela, siempre en la Alcarria 80 años después

Exactamente el 6 de junio de 1946, acaba de hacer por tanto 80 años, Camilo José Cela Trulock (Iria Flavia, 1916 – Madrid, 2002) un entonces joven periodista y escritor novel —así, con la uve, que con la be de Nobel le llegaría 43 años después—, arribó en tren a Guadalajara con una mochila al hombro, un cuaderno con tapas de hule negro y un mapa Michelín de la zona para iniciar su viaje a la Alcarria. Dos años después, concretamente en marzo de 1948, se publicaría la primera edición del “Viaje a la Alcarria” completo, en la colección “Las botas de siete leguas”, de la Revista de Occidente, tras haber publicado en la revista “El Español” tan solo los tres primeros capítulos de la obra, a finales de junio del 46, unos días después de concluir el viaje. Unas desavenencias económicas entre la revista y Cela acabaron con la idea inicial de publicar por entregas en aquella publicación semanal el total del relato del viaje alcarreño. Durante año y medio, los recuerdos del viajero y escritor —más escritor que viajero si nos ceñimos a esta obra pues no es una guía de viajes sino una novela— y las apenas 20 páginas que anotó en su cuaderno con cubiertas de hule en el transcurso de su periplo alcarreño, permanecieron en el guardillón del olvido. No fue hasta finales de 1947 cuando llegó a un acuerdo con la Revista de Occidente y, en poco más de una semana, retomó y en algunos casos reescribió los capítulos que tenía ya escritos, concluyó los pendientes y el 2 de enero de 1948 entregó al editor el original completo de “Viaje a la Alcarria”. En menos de tres meses, el libro estaría listo para ser editado, cosechando desde el principio un importante y creciente éxito. Hasta ese momento, Cela solo había publicado tres novelas: La familia de Pascual Duarte (1942), Pabellón de reposo (1943) y Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (1944); una novela corta: Esas nubes que pasan (1945) y dos poemarios: Pisando la dudosa luz del día. Poemas de una adolescencia cruel y El monasterio y las palabras (ambos en 1945). Como periodista ya había dado muestras de ser un buen “plumilla”, obteniendo fácilmente el carné que le facultaba para ejercer la profesión que, entonces, se lograba con un simple examen, aunque unos años después, a finales de la década de los 50, se lo quitarían por publicar en Argentina “La Colmena”, tras no haber superado el original la censura franquista de aquella época de posguerra, especialmente dura. Curiosamente, el propio Cela trabajó para la censura durante un breve período de tiempo, si bien, según sus propias confesiones, lo hizo simplemente para ganarse un sueldo y parece que la ejerció con bastante laxitud y benignidad hacia los censurados, hasta el punto de que duró en ella lo que duran dos peces de hielo en un whisky “on the rocks”, como canta el gran poeta que es Joaquín Sabina. La familia de Pascual Duarte, Viaje a la Alcarria y La Colmena son consideradas, por una mayoría de críticos, las tres obras más importantes del escritor gallego, al menos las que le catapultaron hacia un notorio éxito, no solo nacional sino internacional, este último hecho avalado por la obtención del Nobel de Literatura en 1989. Vivía entonces de alquiler en El Clavín, la urbanización arriacense en la que se avecindó durante un tiempo, tras haber estado provisionalmente alojado por su amigo Paco García Marquina en el Molino de Caspueñas y después en el hotel La Cañada, en Horche. En ambas residencias temporales, ya emparejado con Marina Castaño, con quien inició relaciones antes de separarse legalmente de su primera mujer, Charo Conde, justo en la época en que escribió Nuevo viaje a la Alcarria, una segunda parte del primigenio y que no alcanzó la altura literaria de la primera. Tras residir de alquiler en El Clavín unos meses y con el dinero del Nobel —54 millones de las antiguas pesetas— aún calentito, Cela y Marina compraron el chalé de estilo inglés de los Cienfuegos en El Espinar, la zona ribereña del Henares que está entre Guadalajara y Fontanar, en el paraje de El Cañal, donde también vivió Marquina con Toya Velasco sus últimos años, tras dejar atrás el Molino de Caspueñas y la piscifactoría que allí tuvo durante un tiempo. El pintor alcarreño residenciado en Torija, Jesús Campoamor, y el propio Marquina, íntimos amigos de la pareja —Jesús lo sigue siendo de Marina, pero ésta no perdonó a Marquina algún comentario sobre ellos en su obra “Cela: Retrato de un Nobel”—, fueron quienes mediaron para que los Cela Castaño se compraran ese chalé, en el que se casaron por lo civil el 10 de marzo de 1991. Asistieron a la ceremonia 50 personas, de las que solo 8 estaban vinculadas con la literatura. En esos momentos, Marina movía más a Camilo por los platós de televisión y las revistas del colorín que por los círculos literarios. Precisamente ese trajín del ir y venir a Madrid a hacer caja, llevó a la periodista gallega a convencer a Camilo de que era mejor que vivieran en la capital que en Guadalajara, eligiendo la glamurosa Moraleja para hacerlo en detrimento de la bucólica ribera del Henares. Cela se resistió a ello lo que pudo; estaba aquí a gusto, pero tiraron más dos de lo que rima con carretas que las propias carretas tiradas por dos bueyes y, finalmente, en julio de 1997 el escritor marchó a vivir a Madrid, donde falleció cuatro años y medio después, apenas iniciado 2002. Que Cela marchó de Guadalajara a regañadientes no es que lo diga yo, es que lo dijo él mismo en su último artículo escrito aquí para su columna de ABC que titulaba “Desde el palomar de Hita”: “Ahora que me voy con la música a otra parte y no sin mi remota pena lastrándome el corazón y el güito del alma, quiero dejar paladina constancia de mi amor a Guadalajara, a cuyas piedras, a cuyas yerbas y a cuyos hombres expreso desde aquí mi gratitud por su mantenida hospitalidad”.

Cela, Quico y su mula camino de las Tetas de Viana, junio 1946. Foto: Karl Wlasak

Cela, desde que hace ahora 80 años iniciara su viaje a la Alcarria, jamás regresó ya del todo al Madrid de su residencia y a la Galicia de su nacencia. Jamás terminó de irse de aquí y jamás dejó ya de estar “siempre en la Alcarria”, como él mismo escribió y firmó de su puño y letra en el libro de honor de la Diputación. Lo hizo poco después de obtener el Nobel, en una de sus muchas visitas de entonces a la institución provincial, de la mano de Francisco Tomey, su entonces presidente, con quien trabó lazos de amistad personales y forjó nuevos vínculos con esta tierra a la que puso en el mapa mundial de la literatura, a la que regresó con frecuencia y en la que vivió hasta que se lo llevaron, no en una, sino en dos carretas. Se que hay un Cela persona y un Cela personaje polémico y poliédrico, a quien Marquina, que le conoció muy bien y sabía muy bien lo que decía, adjudicó adjetivos en vaivén como vital, lúcido, instintivo, individualista, contradictorio, ingenioso, gracioso, humano, tierno, pudoroso, vagabundo, farsante, fabulador, ineducado ceremonioso, ambicioso, ordenado, simétrico, trabajador, disciplinado, tenaz, minucioso, detallista, acaparador, fetichista, provocador, sincero descarnado, estratega…

Se que no gustó a muchos, especialmente a la izquierda por no ser uno de ellos —tampoco lo fue de la derecha porque, políticamente, siempre fue incorrecto e inclasificable—, ni tampoco al galleguismo militante por no escribir en “a nosa lingua”, en gallego. Se que hay muchas leyendas, rurales y urbanas, sobre él y su obra, algunas ciertas y otras bulos descarados. Pero, frente a todo ello, hay dos hechos incontestables: Fue Premio Nobel de Literatura en 1989, el último español en conseguirlo hasta ahora —ese galardón no lo dan en una tómbola—, y viajó a la Alcarria cuando a nadie le daba la gana venir a ella y se moría de hambre, pena y soledad en la posguerra civil, quedándose ya para siempre aquí.

Dos libros en el umbral

No solo imitando, sino doblando al siempre controvertido, pero incuestionablemente genial, Francisco Umbral, y su casi mítica frase —hoy se la calificaría de viral— con la que tanto impactó en abril de 1993 en el programa televisivo de Mercedes Milá que tenía por nombre “Queremos saber”, yo he venido hoy a esta “Misión al pueblo desierto”, que es como se titula mi blog en GD, a hablar de mis dos últimos libros: el poemario “El país de la palabra”, recientemente presentado en la Feria del Libro de Guadalajara y que ya motivó mi anterior post, y “El Guardilón”. Este nuevo es una recopilación y selección de la mayor parte de los artículos que he venido publicando mensualmente en el periódico Nueva Alcarria en los últimos ocho años y que presento la semana que viene.

Presentar dos libros con apenas tres semanas de diferencia puede ir en contra de mis propios intereses porque, al final, el principal mercado de ventas de los autores locales son los familiares, los amigos y el prójimo, o sea, los próximos, origen etimológico de esta palabra sinónimo de cercanía. No obstante, las circunstancias lo han querido así y, pese a estar ambos escritos hace ya tiempo, han terminado viendo la luz en esta primavera de manera casi simultánea. Podría haber aplazado a otoño la presentación de uno de ellos, pero hemos terminado por presentarlos con tanta cercanía en el tiempo a los dos, una vez que ya están editados. Aunque el mejor paño, en el arca se vende, los libros solo se han escrito cuando son leídos. Por tanto, no era una opción guardar uno de ellos en cajas de cartón hasta que hubiera corrido el aire lo suficiente desde la presentación del otro. Además, la temática y los géneros de ambos son muy diferentes.

Así las cosas, el martes, 2 de junio, a las siete de la tarde, en la sala multiusos del Centro San José, presentaré “El Guardilón”, una obra a la que tengo especial afecto desde su mismo título. Como no pocos lectores recordarán, especialmente los que hayan seguido más de cerca mi producción como periodista y escritor, este fue el título de un programa de radio que desde mediados de los años 80 hasta mediados de los 90, hicimos Javier Borobia y yo en Radio Guadalajara, primero siendo aún de la Rueda Rato de emisoras y, después, perteneciendo ya a Onda Cero. Ese programa, cuyo guion se escribía prácticamente en antena, era un canto al castellanismo y al guadalajareñismo, un retablo a pie-voz de los personajes, las historias y los latidos de nuestra tierra. Durante varios años lo hicimos Javier y yo solos, aunque frecuentemente llevábamos a algún invitado, siempre con la condición de que tuviera cosas que decir y las supiera contar. Por él pasaron desde Camilo José Cela —que nos dio la exclusiva, vía telefónica, de su “Nuevo viaje a la Alcarria”, 24 horas antes de que se comercializara la primera entrega de las tres de que constó su primera edición distribuida junto a la revista “Motor 16”— a Andrés Berlanga y su magistral “Gaznápira”, desde Josepe Suárez de Puga, contándonos el traslado del cadáver de su amigo José Antonio Ochaíta, desde Pastrana a Jadraque en junio de 1973, a Fernando Romo, hablándonos de su “Antorcha” y sus “Fuegos Fatuos”. Fernando siempre encendido por el teatro hasta que, demasiado pronto, hizo un mutis definitivo por el foro. También pasó por allí Juanjo Calvo, con su pasión ecologista y naturalista incontenible, y Santiago Bernal, el gran fotógrafo humanista que nació para Guadalajara en Segovia. Y, por supuesto, José Ramón López de los Mozos, el “elefantito sagrado” de la etnología provincial, como entre cariñosa y sarcásticamente le llamaba ese también gran etnógrafo y librero de antiguo que fue Sinforiano García Sanz, igualmente otra voz amiga del “Guardilón”. Como la del viejo y querido Doro, maestro peñalvero, no solo de escuela, sino sobre todo de vida; el hijo del “Tío Saluda”, una persona extraordinaria y un personaje entrañable a quien sigo echando de menos porque era el conocimiento, la bonhomía y el sentido común personificados. También fue guardilonero otro conocido peñalvero, Teodoro Pérez Berninches, alcalde entonces de este pueblo alcarreño, mielero ejerciente y personaje celiano que terminó siendo tan amigo del escritor que hasta estuvo con él en Estocolmo cuando recibió el Nobel de Literatura. La lista de invitados a aquel programa sería interminable, pero por economía de espacio la debo dejar aquí, no sin antes decir que algunos de ellos, no solo pasaron por el programa alguna vez, sino que terminaron siendo parte misma de él cuando Javier y yo decidimos que debíamos ser más de dos y pasar de pareja a grupo, para mejor seguir haciendo radio al emitir aquella tertulia de amigos comprometidos con Guadalajara que siempre fue “El Guardilón”. Así, en los últimos años, no solo fueron invitados, sino tertulianos habituales del programa, buenos amigos con mucho bagaje a sus espaldas, mucho conocimiento y mucha pasión por nuestra tierra; es el caso del ya citado Doro, de José Antonio Alonso, la voz serrana de todas las guadalajaras, y de Marcelino Ayuso, otro segoviano como Bernal que vino a trabajar a y por Guadalajara y trabajó por ella mucho y bien. Por cierto, el programa no solo se hizo en los estudios de la radio, también se emitió en directo una temporada, primero desde “La Tertulia”, el cálido café bar de José en el paseo de San Roque, hoy mutada su titularidad y su nombre al de “Vermutería”, y en el bar-restaurante “Yoqui”, donde Eugenio hizo siempre de inmejorable “mesonero” y estupendo anfitrión.

De aquel programa —que siempre guardaré en el rincón más cálido de mi corazón porque, además de lo mucho y bueno que viví con él, es geografía compartida con mi más que amigo, hermano, Javier Borobia y eso son palabras mayores—, tomé prestado el título para, durante los últimos ocho años, escribir mensualmente un artículo de fondo en Nueva Alcarria sobre costumbres y tradiciones, personas, personajes, historia e historias, arte y monumentos, artes plásticas y visuales, y literatos y literatura vinculados a la provincia. De esos casi cien artículos publicados, he revisado, seleccionado y estructurado, en cinco apartados, los que he creído que mejor han sobrevivido al paso del tiempo y he producido este “Guardilón”, hoy de papel, de mucho y buen papel. La obra la ha editado Aache, con su ya acreditada calidad editorial, siendo su maquetadora y diseñadora Águeda Herrera Bachiller, quien ha hecho un excelente trabajo, como en ella es norma porque de casta le viene a la galga, permítaseme la expresión. Su padre y fundador de la editorial, Antonio Herrera Casado, el gran historiador, escritor y cronista provincial, pese a estar jubilado y haber traspasado a Águeda la responsabilidad y la gestión de Aache, ha estado pendiente de todo el proceso de edición del libro porque lo lleva en la sangre, lo vive y, además, es amigo mío, lo que proclamo públicamente porque su amistad me honra y gratifica muy especialmente. El mismo Antonio, y el director adjunto de Nueva Alcarria, Pedro Villaverde Embid, me acompañarán en la presentación del libro, abriendo el acto la diputada de Cultura de la Diputación, Sabrina Escribano.

Os espero el 2 de junio a todos en la presentación de este nuevo libro, uno de los que más satisfecho me siento de la ya casi veintena que he escrito y publicado, porque hay muchas horas de investigación, documentación, planificación, escritura y pasión por Guadalajara puestas en él. Como también os espero al día siguiente, de 11,30 a 13,30 horas, en el stand de Valparaíso ediciones en la Feria del Libro de Madrid (Caseta 124), donde firmaré ejemplares de mis dos poemarios editados por esta prestigiosa casa granadina: “Ha callado el silencio” y “El país de la palabra”. Al final, ¿veis como es cierto que he venido a hablar, no de mi libro, sino de mis últimos libros? Más que doblando, triplicando a Umbral.

Gracias, gracias, gracias

                La obra de teatro más conocida de Jacinto Benavente, premio Nobel de Literatura en 1922, es la titulada “Los intereses creados”. Aunque hasta el menos materialista y desinteresado de los mortales siempre oculta o antepone algún interés, por mínimo que sea, quienes mejor me conocen saben que tiendo a ser desprendido y que la historia de mi vida, ahora que ya comienza a atardecer en ella, podría titularse de muchas maneras, no todas a mi favor, pero una, sin duda, sería “Los afectos creados”. Y los afectos que se crean generan amistades. Y a esas muchas amistades que he hecho —y me han hecho— en la vida es a quienes quiero agradecer, públicamente, la calidez con la que me arroparon el sábado, 9 de mayo, en la presentación de mi nuevo poemario, titulado “El país de la palabra”, abarrotando la carpa central de la Feria del Libro de Guadalajara y teniéndome después más de una hora firmando ejemplares. Como ya dije en la misma presentación, estoy seguro que muchos de los asistentes acudieron a ella, más atraídos por la llamada del afecto y de la amistad que por la de la poesía. Eso me reconforta, obviamente, pero al tiempo me apena porque confirma que la poesía es un género minoritario, tanto que a veces los versos son solo eco. Si, a través de los afectos, aporto mi grano de arena para que haya algún consumidor de poesía más, habrá merecido la pena dejar mi zona de confort en la prosa e irme de viaje al verdadero país de la palabra, llevando conmigo a amigos que, hasta hace poco, no sabían que les gustaba; simplemente, sin conocerla en profundidad, no daban pasos para acercarse a ella. La poesía, de cerca, gana muchísimo. Como decía Borges, “es una experiencia estética” y a poco que tengas un mínimo de sensibilidad, inquietud y curiosidad, toda experiencia estética merece ser conocida porque su fin último es buscar la belleza y caminar hacia ella. En el propio camino, a veces, hay más belleza que en el destino. “El viaje es lo que importa” titula a uno de sus poemas de su última y estupenda obra, “Leer después de quemar”, ese gran y admirado poeta que es Rafael Soler, ingeniero —titulado y ejerciente— del verso tan vinculado a Guadalajara a través de su amistad con el recordado Paco García Marquina. Con él colaboró estrechamente en la consolidación de los premios “Río Ungría” y “Río Henares” para poemas en verso libre y sonetos, respectivamente, formando parte muchos años de sus jurados, en los que aún sigue estando después de morir Marquina, ya a cierta edad, pero aún demasiado joven, sobre todo para el rock & roll. Porque los viejos rockeros, al igual que los mejores poetas como lo fue él, nunca mueren y por ello Marquina sigue buscando ídolos en ese espejo que es el agua del Henares cuando se encajona en los cortados “de la tierra color tierra”, que diría y dijo —en “Viaje a la Alcarria, a su paso por Taracena— su amigo y vecino por un tiempo, Camilo José Cela, de quien fue cómplice y biógrafo. Incluso hay quienes dicen que también le hizo de “negro” en alguna ocasión, pero eso es ya una leyenda.

Jesús Orea firmando uno de sus ejemplares de de «El país de la palabra»

                Por seguir con definiciones en este panegírico que hoy, intencionadamente, quiero hacer de ella,  la poesía también es el “preámbulo de un silencio”, como el título de uno de los mejores poemas de Ángel González, el gran poeta asturiano, referente de la generación del 50, la que transitó entre los desarraigados y la poesía social, y a quien últimamente estoy procurando conocer con la mayor profundidad posible porque su voz personal me ha atrapado y me está cautivando su poética que yo me atrevería a juzgar de luminosa y brillante. El propio González creía que la poesía, tan denostada por quienes la rechazan simplemente porque no saben que les gusta, puede hasta transformar el mundo, como arte que es y junto a las demás disciplinas y géneros artísticos. Esta creencia la justificaba en el hecho de que la poesía cambia nuestra percepción del mundo y, al cambiar su percepción, está cambiando el propio mundo.

                Retomando este artículo donde lo inicié, decía mi querido y añorado maestro, amigo, enorme poeta y estupenda persona, Antonio Hernández, premio Nacional de Poesía en 2014 y dos veces premio de la Crítica, que “no hay espejo como los amigos”. Me suelo mirar poco al espejo por temor a lo que se refleje en él, pero, aplicando la lógica de Antonio, me gusto mucho a mí mismo cuando me veo reflejado en mis muchos amigos, quienes, como decía al principio, no solo me acompañaron, sino que me arroparon en la presentación de mi nuevo poemario en el que, tras callar el silencio, he hecho un viaje por “El país de la palabra”. En él no hay más fronteras que los versos, ni más autoridad que la virgulilla de la ñ, y el único impuesto fijado es el uno, el tipo de IVA que sumar a mil en la base imponible de la fantasía.

Portada «El país de la palabra»

                Me preguntaba mi querido y buen amigo, Juanky Pérez Arévalo, que bordó literalmente la conducción y presentación de mi nuevo poemario, la palabra que yo elegiría del diccionario si solo se me permitiera rescatar una. Gracias, esa sería la palabra. Gracias a quienes me acompañasteis por amistad, la mayoría; gracias a quienes lo hicisteis por la poesía, la inmensa pero cualificada minoría; gracias a quienes no pudisteis estar presentes en cuerpo pero lo estuvisteis en alma; gracias a la editorial “Valparaíso” por permitirme jugar en la división de honor que es su importante “Colección de poesía”;  gracias a Nora Marco por la preciosidad de portada que ha diseñado; gracias a Chema Sanz Malo y Rosalía Díaz Niño por los versos de la obra que recitaron y, sin duda, mejoraron al pasarlos de palabra escrita a voz con sus espléndidas dicciones… y muchas gracias a todos los que me habéis acompañado en el camino hasta llegar a este punto en el que ha aparecido ante mí, y ahora también ante todos, “El país de la palabra” en el que no quiero ser clandestino, en el sentido de la canción de Manu Chao.

                Como terminaba sus programas ese gran comunicador que fue Jesús Hermida: Gracias, gracias, gracias. Incluso a la vida, que me ha quitado tanto.

Tiempo de teatro

Como continuación a mi post anterior y siguiendo la acertada y oportuna sugerencia de mi admirado y querido amigo Chema Sanz Malo, aún mejor persona que apasionado diletante, voy a dedicar este artículo al teatro, cuyo día mundial se celebró el pasado 27 de marzo, hace por tanto un mes. El inicio de la primavera, la estación en la que calla el silencio del invierno, es un tiempo muy propicio para el comienzo de casi todas las cosas que tengan que ver con la creación porque en él se despereza la biología y es época naciente, como el sol que viene del Japón con los ojos rasgados por sus cegadores rayos. Y en esos inicios de la primavera biológica, también brota, se acuna y acomoda la primavera biográfica, de ahí que en su mismo principio se celebre el día mundial de la poesía (21 de marzo), un día antes el de la narrativa oral (20 de marzo), una semana más tarde, el del teatro, y apenas un mes después el del libro (23 de abril), como ya comenté en mi anterior entrada, dedicada fundamentalmente al mundo editorial que, también en primavera, tiene su particular fiesta comercial en las ferias del libro que se celebran en numerosas ciudades e, incluso, pueblos, algunos con tan escasa población como Bustares. Mención especial merece la feria del libro de esta pequeña localidad serrana, que está a los pies del Santo Alto Rey en su Majestad —nombre completo de esta señera montaña, auténtico ejemplo de litolatría pues su misma cumbre es altar— ya que, pese a tener muy escasa población, ya lleva cinco ediciones y en la de este año, celebrada el pasado día 19 de abril, hubo 30 casetas, además de un completo y variado programa de actos. Venía a decir Antonio Gala, el escritor con el verbo más cálido y brillante y que mejor comunicaba, que la verdadera cultura no es la de las élites, ni la que se practica en las urbes, muchas veces impostada y como mera pose social, la verdadera cultura es la congénita y está en la raíz del pueblo, en sus señas de identidad y en su hacer sencillo. Bustares y su feria del libro le habrían servido de ejemplo al autor del “Manuscrito carmesí” para corroborar esa reflexión sobre la verdadera naturaleza de la cultura.

Dicen las estadísticas más recientes que el teatro en España vive un auténtico boom ya que fueron más de diez los millones de espectadores que asistieron el año pasado a espectáculos teatrales —incluidos los musicales, que también están en un punto álgido— y que cada vez es más difícil encontrar entradas para asistir a las funciones más relevantes. Doy fe de ello pues soy un asiduo espectador, sobre todo de la oferta madrileña, y como no te espabiles, te quedas sin poder ver muchas de las funciones más atractivas de su cartelera. Me ha pasado en varias ocasiones y estuvo a punto de pasarme, lo que nunca me habría perdonado, con la reposición, en el primer trimestre de 2025, en el teatro Español, de la “Historia de una escalera”, de nuestro paisano, Antonio Buero Vallejo. Además, no pudo prorrogarse la gran versión de la obra de Buero que dirigió Helena Pimenta por los compromisos de programación previos del teatro ubicado en la plaza de Santa Ana, por lo que fueron muchos los espectadores que se quedaron con ganas de verla. Tengo entendido que, ante el éxito de Buero en su regreso al Español —sala en la que comenzó su éxito teatral en 1949 con esta misma obra, ganadora del premio “Lope de Vega”—, es muy probable que pronto se repongan otras obras suyas, lo que avala la vigencia de su teatro, pese a quienes se empeñan en decir que su inspiración se opacó cuando murieron Franco y la censura. Por cierto, Buero murió el 29 de abril de 2000, por lo que también esta efeméride aconteció en primavera y está enmarcada en este tiempo en que la creación literaria brota cual semilla en el tiempo de la maduración.

Portada del libro `Buero Vallejo y Guadalajara´. Fotografía de Jesús Ropero.

Como habrán comprobado, ha sido pretender hablar de teatro y el consciente, que no el subconsciente y menos aún el inconsciente, me ha llevado rápidamente a Buero, y no solo porque mi abuela materna fuera prima hermana de su madre e, incluso, estuviera en el parto de Antonio en su casa de la calle Miguel Fluiters, frente al viejo convento de las clarisas que, apenas cuatro años antes de nacer él, habían abandonado el cenobio alcarreño para marcharse a otro ubicado en un pueblo de Valencia; no, si me he ido directamente a Buero al hablar de teatro en el contexto de la reciente celebración de su día mundial, es porque él y el teatro conforman un binomio indisoluble, máxime en el paisaje de Guadalajara, su “ciudad predilecta” como él mismo proclamó, en justa correspondencia, cuando el ayuntamiento capitalino le otorgó el título de “Hijo predilecto” y la medalla de oro de la ciudad en 1986, aunque ambas distinciones las recibió ya en 1987. Al binomio Buero y el teatro, cabe sumarle un elemento más y convertirlo en trinomio: Buero, teatro y Guadalajara. Yo mismo le dediqué a esa tríada un libro —además, puede que sea del que más satisfecho me sienta— sencillamente titulado “Buero Vallejo y Guadalajara”, editado por la Diputación en 2016 con motivo del centenario del nacimiento del dramaturgo. Su edición se agotó en poco tiempo, lo que no solo me satisface, sino que me llena de orgullo, más que por el éxito editorial que supuso, por la contribución que hice para unir a Buero con su patria chica y su infancia, “la verdadera patria de los hombres”, como dijo Rilke. Los amores reñidos son los más queridos y Buero y Guadalajara no siempre convergieron en sus caminos ni respiraron el mismo aire, pero se quisieron, a su modo, pero se quisieron.

Aunque Buero es mucho Buero para el teatro, y para Guadalajara, esta es una ciudad que no descubrió el teatro con él, lo que sí ocurrió es que él puso a Guadalajara en el mapa del teatro cuando triunfó y se convirtió en uno de los dramaturgos más importantes de España en el siglo XX, sobre todo en su segunda mitad. Pedro José Pradillo ya documenta a partir de 1454 la representación continuada de autos sacramentales en la ciudad. Desde 1579 también llega a la ciudad, de la mano de la influyente y poderosa familia Mendoza, el teatro cortesano. El antiguo hospital de San Juan de Dios, reconvertido en escuela normal de magisterio mediado el XIX, fue corral de comedias desde finales del XVI y durante buena parte de los siglos XVII y XVIII. En la segunda mitad del XIX y primeras décadas del XX, el teatro vive en Guadalajara un gran impulso a través de las numerosas sociedades y ateneos que surgen en esa época. De ello nos habla con gran detalle y rigor el ya citado Pradillo en uno de sus mejores trabajos de investigación, titulado “Las musas en el Henares”. Y de la revitalización que el teatro vivió en la Guadalajara de posguerra, nada que ver con la etapa anterior, pero un impulso meritorio dadas las limitaciones económicas y los frenos sociales y políticos de la época, nos habla con profundidad y muy buena metodología Alba Gómez García en su trabajo titulado “El teatro en Guadalajara durante la posguerra (1939-1951)”. Después, ya saben: lo dicho, Buero pone a Guadalajara en el mapa del teatro y aquí se enciende una “Antorcha”. Y, tras el cierre del Liceo en los años 60 —el Principal ya se había cerrado en los 20— y el del Coliseo Luengo en los 90, todo lo cambia, a mejor, a mucho mejor, la construcción e inauguración en 2002 del magnífico teatro que lleva el nombre de Buero, la reforma del Moderno como teatro para espectáculos de reducido formato, y el trabajo de grupos como ATA y Gentes de Guadalajara, además de compañías profesionales como Fuegos Fatuos o Ultramarinos de Lucas, entre otros, además de grupos aficionados, y la importante programación de la Fundación Siglo Futuro en la que suele haber mucho arte escénico, sobre todo en su programa “Cultura en ruta”. Todo esto, dicho a trazo grueso porque si lo hiciéramos con fino y al detalle, sin olvidarnos de ningún nombre importante, este artículo tendría que extenderse mucho más.

Termino con el precitado Antonio Gala, dándole la vuelta a su conocida frase de que le gustaría darle una patada al teatro para que despertara. Ya se la debieron dar porque el teatro ha despertado hace tiempo, y en Guadalajara también, aunque, eso sí, hay mucha gente que aún no lo sabe. Demasiada.

Tiempo de letras y libros

La primavera es la estación del año más asociada con la literatura. Es, sin duda, el tiempo de letras por excelencia; de hecho, su inicio mismo coincide con la celebración del “Día de la Poesía” (21 de marzo) y apenas un mes después se celebra el “Día del Libro” (23 de abril), en este caso por ser esta la fecha en la que murieron Cervantes y Shakespeare, los dos escritores más célebres de las dos lenguas literarias más importantes del mundo, el inglés y el español. Que el día dedicado a la poesía caiga en el mismo inicio de la primavera, tampoco es casual, sino verdaderamente causal, pues cuando la UNESCO fijó el 21 de marzo —siguiendo una tradición española— como fecha para su conmemoración anual a nivel mundial, tuvo muy en cuenta que era el inicio de esta estación en la que tanto biológica como metafóricamente crecen, no solo árboles, plantas y, especialmente, flores, sino que también maduran frutos literarios, o sea, libros. De hecho, las editoriales manejan dos temporadas al año como las más idóneas para editar nuevas publicaciones por ser las que más y mejores opciones comerciales ofrecen: la de la primavera (de febrero a junio) y la de otoño (de octubre a diciembre). Varios son los factores que favorecen la publicación de libros en primavera, sobre todo la oportunidad e idoneidad de, acabado el invierno, poner en marcha los planes de marketing y comunicación del nuevo libro, poder hablarse de él de forma sostenida y beneficiarse de la promoción boca-oído, organizar presentaciones y estar presente en las numerosas ferias del libro que suelen tener lugar en la segunda mitad de la primavera. De hecho, la de nuestra Guadalajara —lo digo así por no confundir con la FIL, la famosísima feria del libro de la ciudad homónima de Jalisco que tiene lugar en otoño—, este año tendrá lugar del 7 al 10 de mayo, en el parque de la Concordia. La de Madrid, que también es la nuestra por su tradición (ésta será ya la 84ª edición), categoría, amplísima oferta y cercanía, se celebrará del 30 de mayo al 15 de junio, en su habitual emplazamiento del parque del Retiro. Aprovecho la ocasión para comentar que estaré presente en ambas con mi nuevo poemario, titulado “El país de la palabra”, cuya edición está ultimando en Granada la editorial Valparaíso —la misma que ya editó mi anterior poemario intimista, “Ha callado el silencio”—, dentro de su importante colección de poesía; lo presentaré en la de Guadalajara, porque así lo he querido expresamente, y después acudiré un día con él a la de Madrid, a la caseta de la editorial, para firmar ejemplares a quienes lo deseen.

Guadalajara lleva ya un tiempo viviendo una etapa de una notable actividad editorial y, especialmente, literaria. Debemos congratularnos por ello y aprovecharlo porque, cuando yo moceaba y tanto el periodismo como la literatura ya me atraían sobremanera, que aquí se editara un libro era casi un acontecimiento porque muy pocos eran los que salían de imprenta y, generalmente, quienes lo hacían eran las instituciones públicas y las obras sociales de las cajas de ahorro. La que más, la cataléptica —lo digo así porque lleva mucho tiempo sin actividad, pero no está formalmente extinta— Institución de Cultura “Marqués de Santillana”, dependiente de la Diputación Provincial, que a finales de los años setenta, en la etapa de la Transición, impulsó su previamente ya notoria labor de promoción y difusión cultural en la provincia, con un progresivo aumento de la edición de publicaciones, gran parte de ellas de enjundia e interés. Esa labor editorial la sigue haciendo actualmente la Diputación, directamente a través de su Servicio de Cultura, publicando tanto libros en papel como electrónicos, si bien ya no está sola, o casi, en el panorama pues otras instituciones, especialmente el Ayuntamiento de la capital, pues la Junta apenas publica obra de carácter provincial, también han ido aumentando su presencia en el mundo editorial, aunque aún cabría pedirles un mayor esfuerzo. Por el contrario, las obras sociales de las cajas de ahorro, antaño tan activas en materia editorial, sobre todo Ibercaja y Caja de Guadalajara, apenas publican ahora libros de interés prioritariamente provincial pues el mundo financiero se ha centralizado y globalizado tanto que las entidades no están tan pegadas al territorio como antes, sino a los beneficios puros y duros y, claro está, Guadalajara es una provincia pequeña que no puede aportar grandes beneficios.

Un hecho verdaderamente diferencial sí que ha cambiado y favorecido el mundo editorial en la provincia en las últimas tres décadas: el nacimiento en 1993 de la editorial Aache, fundada por Antonio Herrera Casado y actualmente gestionada por su hija, Águeda Herrera Bachiller. Aache es un feliz invento del actual cronista provincial, un hombre inteligente, culto, metódico y trabajador que, a la vez, ha demostrado ser un gran emprendedor, algo que no suele ser muy habitual en el entorno de hombres de letras y humanidades como es él. Aache, 33 años después, lleva ya publicados más de ochocientos libros, en sus distintas colecciones, todos ellos vinculados, por razón de contenido, autoría o relación histórica con la provincia de Guadalajara. Además de diseñar, editar, promocionar y distribuir muy bien, Aache es una estupenda opción para quienes dudan entre la autoedición pura y dura o la edición a través de un tercero. La autoedición, cada vez más de moda, es una buena opción y además barata, para quienes se inician en el mundo del libro, pero tiene el problema de que suelen ser mejorables la calidad, tanto de la maqueta como de la edición, y, sobre todo, la distribución de las publicaciones autoeditadas. Editar un libro está muy bien y cada vez más al alcance de cualquiera, pero nada se ha escrito ni se ha publicado si no es leído por un mínimo razonable de público objetivo. Dicho esto, termino diciendo que, si no existiera Aache, centenares de obras de autores y temática provincial no habrían visto la luz editorial y eso implicaría que no se habrían escrito. Y eso es dejar mucho tiempo y muchas palabras en el tintero.

Sigüenza (y Atienza), patrimonio mundial dulce y salado

            No es la primera vez, ni será la última, que afirmo que hay lugares a los que siempre se vuelve porque, en el fondo, una vez que los conoces, te ganan, te calan hasta los tuétanos y ya no te marchas nunca de ellos, aunque no siempre estés allí. Es el caso de Sigüenza, una ciudad que seduce a cuantos la visitan porque su urbanismo medieval en las Travesañas es envolvente, evocador y cuasi perfecto, porque sus calles son un museo vivo al aire libre, porque la historia se respira por todas partes y porque su monumentalidad, sobremanera su catedral y su castillo-parador, es tan contundente y bella que abruma hasta al más viajado.

            Como ya recogí en la parte introductoria del librito didáctico que titulé “Catedral de Sigüenza. 850 años de piedra viva”, editado en 2019 con motivo del 850 aniversario de su dedicación litúrgica, son muchos y muy notables los escritores a lo largo de la historia que, tras visitar Sigüenza y especialmente su catedral, se rindieron a su belleza. Fue el proverbial caso de Hieronymus Münzer, el primer viajero extranjero que llegó a Sigüenza en la Edad Moderna, quien dijo: “La catedral de Sigüenza es bellísima y bastante rica”. A finales del XIX, Emilia Pardo Bazán, escribió así sobre la “fortis” seguntina: “(…) la fortaleza era iglesia y de las más severas y nobles que conozco. Es un templo alto, majestuoso, claro, sobrio, que perpetúa la austeridad de la época románica y del carácter celtibérico”. Unos años después, los dos filósofos-escritores españoles más importantes del siglo XX, José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno, también se rindieron a los encantos de la catedral de Sigüenza con estas encendidas palabras: “La catedral de Sigüenza, toda oliveña y rosa a la hora del amanecer, parece sobre la tierra quebrada y tormentosa, un bajel secular que llega bogando hacia mí (…)”  (Ortega y Gasset). “Fui a dar a la catedral con fachada de fortaleza (…). Allí dentro se había estancado el río de la historia (…). Todo era de piedra dentro de la catedral de Sigüenza, todo”.(Unamuno). Sigüenza, ciertamente, no es solo su catedral, aunque convendrán conmigo en que es el principal referente monumental de la ciudad (y de la comarca y aún de toda la provincia) y que, en torno a ella, además de surgir y crecer en su enclave actual desde el primer cuatro del siglo XII y de ser la sede y cátedra del obispo diocesano, ha supuesto su auténtico motor de desarrollo social y económico.

Cartel de la candidatura de Sigüenza a Patrimonio Mundial con la catedral al fondo vista desde la calle San Roque. Foto: Santiago Martínez Blas

            En Sigüenza el tiempo parece estar detenido, pero eso solo es una percepción que avala el buen estado general de conservación de su casco histórico que, además, poco a poco, se va mejorando y cuidando más, incluso la gestión de su movilidad en él, algo verdaderamente importante para este tipo de ciudades monumentales. Si bien las piedras, pese a estar vivas como titulé en mi libro antes citado, son por definición inertes y parecen haberse estancado en el tiempo, como le pareció a Unamuno, es una realidad palmaria que en Sigüenza hace ya tiempo que se está moviendo algo importante y se están haciendo bien las cosas. Eso se nota en el progresivo aumento de visitantes que tiene, siendo ya, tras Toledo, la segunda población de Castilla-La Mancha en número de turistas. Eso es mucho decir y hasta el gobierno regional, tan perezoso y cicatero para muchas cosas con esta provincia, sobremanera con la capital, así lo está reconociendo, especialmente con sus inversiones en la ciudad, las grandes exposiciones en la catedral que ha impulsado y su decidido apoyo a la candidatura del proyecto “El paisaje Dulce y Salado de Sigüenza y Atienza” para ser declarado “Patrimonio Mundial”, algo que parece ir por muy buen camino. Otra forma de reconocer que en Sigüenza se está trabajando bien es haber nombrado directora general de Turismo de la región a Arancha Pérez Gil, la concejal responsable de turismo del ayuntamiento seguntino y ex diputada provincial del ramo, una gran profesional del sector que ha llegado a la política con un buen currículo y bagaje. ¡Que cunda el ejemplo!

            Fue el anterior alcalde de Sigüenza, José Manuel Latre, quien también presidió la Diputación Provincial entre 2015 y 2019, el que dio los primeros pasos para procurar que Sigüenza fuera designada “Ciudad Patrimonio de la Humanidad” por la UNESCO. María Jesús Merino Poyo, su sucesora al frente de la Alcaldía desde 2019, dio un impulso y un giro adecuados a aquel proyecto que entonces no pasaba de ser una mera intención, algo decisivo para que haya llegado al buen punto en que está actualmente el proceso. Desde el consenso político, social y económico, Merino creó un consejo rector, apoyado decididamente por la Junta, y al frente del cual se situó a Antonio Fernández-Galiano Campos, hijo del primer presidente preautonómico de Castilla-La Mancha, con fuertes raíces y vínculos seguntinos, y, sobre todo, un prestigioso e influyente empresario de la comunicación, algo decisivo para que Sigüenza, hoy, esté muy cerca de lograr su objetivo. El consejo rector, con buen criterio, decidió contratar un equipo técnico con experiencia en este tipo de procesos para suplir lo que hasta entonces era mero voluntarismo por profesionalidad, siempre tan conveniente. Ese paso fue determinante para que se modificara la inicial intención de solicitar a la UNESCO la declaración de “patrimonio mundial” (nuevo nombre sustitutivo del anterior) únicamente para Sigüenza, porque las posibilidades eran casi nulas al haberse cerrado este organismo a declarar como tales más ciudades españolas, italianas o francesas de las que ya estaban declaradas en ese momento. La nueva línea de la UNESCO era promover como patrimonio mundial a más proyectos culturales (mejor si estaban combinados con valores medioambientales) inmateriales que materiales, a entornos e ideas más que a ciudades o monumentos puntuales (por eso, fundamentalmente, decayó la candidatura del palacio del Infantado). Ahí nace, muy razonada y razonablemente, el proyecto del “Paisaje Dulce y Salado de Sigüenza y Atienza” que, tras lograr, a finales de 2021, entrar en la Lista Indicativa de España para ser Patrimonio Mundial de la UNESCO, un paso decisivo, desde entonces ha seguido avanzándose en el propio proyecto y en mejorar la ciudad (en restauración patrimonial, movilidad, accesibilidad, urbanismo…), hasta el punto de que, a primeros de marzo de este mismo año, el consejo rector de la candidatura dio luz verde al envío del expediente al Ministerio de Cultura y Deporte. Y los próximos días 9 y 10 de abril, tendrá lugar la evaluación de ese expediente (y de la propia ciudad, de Atienza y el resto del territorio incluido en el proyecto) por parte del Consejo Nacional de Patrimonio Histórico, reunión en la que expertos independientes revisarán la candidatura. Otro paso absolutamente clave y decisivo, una vez internacionalizado el proceso si la candidatura llega a París, será la evaluación del ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios), una organización internacional no gubernamental, fundada en 1965, que actúa como principal asesor técnico de la UNESCO en la conservación, protección y gestión de sitios y monumentos de patrimonio cultural mundial. Si, como es previsible, el proyecto llega al ICOMOS y éste simpatiza con él, el “Paisaje Dulce y Salado de Sigüenza y Atienza” podría ser “patrimonio mundial” incluso en un máximo de un par de años. Así lo deseo porque esa declaración, no solo supondría un reconocimiento, también conllevaría un obligado compromiso para Sigüenza, Atienza y el territorio que une a ambas históricas ciudades, —vertebrado por dos ríos, uno de alta salinidad y el otro justo lo contrario—, de preservación de los valores históricos, artísticos y medioambientales que han impulsado su candidatura.  

La bandera de la Alcarria

Fueron mis maestros en el periodismo, y amigos siempre, Salvador Toquero y Santiago Barra, quienes con su obra titulada “Buscando a Cela en la Alcarria”, editada en 1982, siguieron por primera vez, y con mucha intención, las huellas personales y literarias de CJC en nuestra comarca más singular, 36 años después de que lo hiciera el propio escritor gallego que en 1989 obtuvo el premio Nobel de literatura, noticia que conoció en Guadalajara, donde entonces residía. Aquella obra de Toquero y de Barra, de Barra y de Toquero que tanto monta pues doy fe que fue escrita al alimón y con una participación similar de ambos en ella, abrió el camino a muchas otras que reandaron la Alcarria por la que Cela viajó en 1946. Dos años después, en 1948, tras publicarse parcialmente algún capítulo inicial en revistas, se editó la obra completa de “Viaje a la Alcarria”, convirtiéndose en una de las novelas de viajes más leídas del mundo, por su calidad literaria integral y, especialmente, por inaugurar una nueva narrativa viajera en la que los personajes de ficción y los de carne y hueso conviven en un paisaje que también es tratado como personaje. No lo digo yo, lo dicen las actas de la academia sueca que le concedió a Cela el Nobel y es opinión generalizada entre los expertos, “Viaje a la Alcarria”, junto con “La Colmena” y “La familia de Pascual Duarte”, conforman el trío principal de obras que más pesaron en la balanza que inclinó el premio de los premios literarios mundiales en favor del escritor español, el último nacional en ganarlo, por cierto.

Toquero y Barra buscaron a Cela en la Alcarria y siguieron las huellas de los 39 personajes principales que aparecen reflejados en su viaje literario, unos ya fallecidos cuando tuvieron noticias de ellos, muchos ya mayores, contactando y hablando con los que pudieron, y otros que solo existieron en la mente del futuro Nobel, pero que adquirieron corporeidad y eternidad en su obra. El propio Cela calificó de “magnífico y emocionante” el reportaje literario de Toquero y de Barra, con extensión y formato de libro, cuando se lo remitieron a su casa de la Bonanova, en Palma de Mallorca. Incluso les pidió más ejemplares y hasta el original de la portada, realmente magnífica, obra de Antonio Burgos. De lo que no me cabe la más mínima duda es de que “Buscando a Cela en la Alcarria” motivó el “Nuevo viaje a la Alcarria” que el propio Cela emprendió y escribió, con choferesa negra, Rolls marrón, juglares, periodistas, fotógrafos y un acompañamiento casi cortesano, en 1985, editado un año después, primero en tres entregas en formato de opúsculo por la revista Motor 16, patrocinadora del viaje, y después ya en edición completa en formato libro. Este nuevo viaje de Cela a la Alcarria, obviamente escrito con su acreditado oficio, nada tiene que ver con el primero, cuya principal virtud es la sencillez, la cercanía, el lirismo y la humanidad que desborda, mientras que en el segundo hay mucho ruido alrededor y es de todo, menos sencillo y humano.

Tras seguir Cela sus propias huellas y las de Toquero y Barra por la Alcarria, Paco Marquina, uno de los mejores escritores y poetas que Guadalajara ha dado en las últimas décadas —aunque él nació en Madrid, los de Guadalajara, como los de Bilbao, nacemos donde nos viene en gana—, aportó también tres buenas obras que seguían ese mismo camino: “Guía del Viaje a la Alcarria”, “La Alcarria, el libro” y “Cela: Retrato de un Nobel”. Estas publicaciones de Marquina, de recomendable lectura al igual que la de Toquero y Barra, no son ni novelas ni reportajes, aunque parcialmente tengan algunas de sus características. Son, o al menos a mí me lo parecen, ensayos (en gran medida biográficos) en los que se exploran cuestiones y aspectos específicos desde la subjetividad y exponen los puntos de vista sobre ellos personales del autor, apoyándose en análisis, argumentos, reflexiones y conclusiones.
Con total humildad, incorporo a la nómina de obras inspiradas en el viaje alcarreño de Cela dos que he escrito yo mismo: “Viaje a la Alcarria en familia”, editada en 2016 con motivo del centenario del nacimiento del Nobel, y “Viaje y Nuevo Viaje a la Alcarria en familia”, nueva edición y secuela ampliada de la primera, editada por FADETA, con fondos europeos, a finales de 2024. En ambas obras sigo los pasos de Cela por la Alcarria, resumiendo lo que escribió de cada lugar por el que pasó, dando detalle de la historia, la geografía y los recursos de todo tipo que ofrecen a día de hoy esos pueblos y lugares, completando cada capítulo con un apéndice didáctico para motivar y entretener a menores si se viaja con ellos, de ahí el título de la obra. El texto es mío, las ilustraciones son de Nora Marco y la maqueta y edición es de Aache, dos extraordinarios compañeros de camino, nunca mejor dicho.

Además de las obras ya citadas, la bibliografía más completa de “Viaje a la Alcarria”, hasta el momento de ser publicada, se la debemos a Fernando Huarte Morton y fue editada por la Diputación de Guadalajara en 1973. A todas estas obras, y a alguna más que se nos quede en el tintero, cabe sumar y destacar también como tributaria del viaje celiano a la Alcarria, la novela recientemente publicada por Paco Bogliolo y Santiago León, titulada “Pasar otra vez por el Cifuentes”. La ha editado, magníficamente, como siempre, Aache, y he tenido el placer de escribir el prólogo. Y he dicho placer, no gratuitamente, sino porque de verdad disfruté leyendo el original de esta obra liderada por Bogliolo, un catedrático francés de literatura comparada con casi tanta geografía a sus espaldas que el mismísimo mapamundi, nacido en Argelia, pero de orígenes alcarreños en Buendía y avecindamiento temporal en Sacedón. Santiago León, comercial y deportista de trail, escritor en camino, aporta su empatía y mucho trabajo de campo y relacional, en busca de personajes y lugares por los que discurrió el Reto Cooperativo “Viaje a la Alcarria” en su edición de 2025, hilo conductor de la obra. Han hecho un buen tándem y de él ha salido una novela con alma de ensayo, bien planteada, anudada y desenlazada, en la que, además de un relato entretenido, se aporta importante investigación y detalle de aspectos hasta ahora desconocidos, u obviados, del viaje de Cela a la Alcarria y de los lugares por los que transita, realmente interesantes. Además, en ella se contienen varios juegos literarios, tan del gusto de Borges, desde un liposoma de libro, nunca mejor dicho, con una traba que consiste en no emplear en toda la obra dos verbos y adverbios modales de uso muy común en el castellano, a que el hilo conductor de la novela sea buscar una singularísima planta microendémica de un lugar muy puntual de la Alcarria, como si de un edelweiss en alguna montaña alpina se tratara. Por mi parte, sumándome a esos juegos o divertimentos que Bogliolo y León nos proponen en su novela, al estilo del “Oulipo”, los juegos de literatura potencial que en los 60 crearon con ese acrónimo los autores galos Queneau y Le Lionnais, planteo al lector en el prólogo, y ahora lo comparto en mi blog, que de la literatura surja una bandera de la Alcarria. La tienen en la imagen que acompaña este texto y en ella se unen los dos colores básicos alcarreños: el ocre de la tierra (“color tierra”, pleonasmo y redundancia del propio Cela para describir la piel de esta comarca al pasar por Taracena) y el azul de su cielo y, sobre todo, del agua de sus ríos. Resulta curioso que, una tierra aparentemente árida como ésta, la vertebren tantos cursos fluviales, hasta el punto de que en cinco de los once capítulos en que se estructura “Viaje a la Alcarria” se citen ríos o arroyos. Y como escudo para mi propuesta de bandera alcarreña, en homenaje a mis amigos Bogliolo y León y a su búsqueda literaria en pos de la flor más genuinamente alcarreña, propongo que sea la “Acelguilla de Pastrana” (Limonium erectum) la que ocupe su mismo centro. Nuestro particular “plus ultra” serían así los vistosos pétalos de una flor, muy alcarreña y especial, de las 1.258 especies diferentes que según David Trijueque se pueden encontrar en esta tierra. ¿Alguien se puede extrañar de que las abejas consideren la Alcarria su auténtico paraíso?

El teletrabajo de Dios en el pueblo negro

Rufino Sanz Peinado, solvente abogado y jurista de largo recorrido, incluyendo en ese camino importantes puestos y cargos en diferentes administraciones públicas, nos ha vuelto a sorprender en su faceta de escritor con la reciente publicación de una novela deliciosa —permítaseme este adjetivo culinario para calificarla pues me ha dejado un regusto exquisito su lectura— a la que ha titulado “Cuando Dios gobierna de lejos”. Un gran título para una gran obra que tiene como paisaje su querido Robleluengo natal y como figuras, reales y de ficción, a sus antepasados, familiares, vecinos y amigos de este pequeño pueblo de la zona de la Arquitectura Negra, barrio anexionado a Campillo de Ranas. Sanz Peinado ya nos había sorprendido grata y previamente con la publicación de dos novelas anteriores, “Viento tingitano” y “Mil yenes”, en las que pone de manifiesto que es un notable escritor —no solo voluntarioso, de los que tanto abundan en estos tiempos—, con personalidad literaria, que sabe urdir, tramar y trabar argumentos, desarrollarlos y desenlazarlos con buen estilo y eficacia. Además, estas tres obras son un ejercicio continuado de conocimiento, de vasta cultura y capacidad de exposición —incluso también de proyección— y análisis, lo que sin duda contribuye a interesar y satisfacer al lector. Publicar, ya puede publicar casi quien quiere, pero escribir bien no está a la altura de cualquiera. Rufino Sanz Peinado es, sin duda, un buen escritor que, además, publica. Y, por cierto, esta última obra en Aache Ediciones que, una vez más, ha hecho un trabajo editorial de excelencia.

                “Cuando Dios gobierna de lejos” comienza siendo ya una obra notable desde el título mismo. Nada irreverente, por cierto, y lo digo por si alguien puede así interpretarlo sin haberla leído. Más bien al contrario, esa lejanía de Dios que proclama el título es una metáfora para reflejar la verdad histórica, geográfica y, sobre todo, social y económica de Robleluengo y su entorno. El de la Arquitectura Negra, o de los Pueblos Negros como prefiramos llamarlo, es un paisaje, sin duda, bellísimo, pero terriblemente duro para sus habitantes dada la cortedad e intensidad de sus veranos y la extensión y dureza de sus inviernos. Los equinoccios de otoño y primavera, apenas se insinúan allí, pues estos tiempos moderados de transición se precipitan, como si tuvieran prisa, para buscar con celeridad la radicalidad de los solsticios. Decía Ortega y Gasset, con otras palabras, que las circunstancias son las compañeras de vida y viaje del hombre. En Robleluego y su entorno, esas circunstancias —ahora nos estamos refiriendo sobre todo a las geográficas y socioeconómicas—, han pesado y lastrado mucho a los hombres, mujeres y niños de aquella tierra extrema, dura y extrema, sí. Como la meridional y occidental Extremadura, a la que cada año, desde octubre y hasta mayo del siguiente, partían en trashumancia, con miles de ovejas, un grupo de mayorales, pastores y zagales serranos en busca de los amplios y verdes pastos que en su propia tierra cubría la nieve y acotaban hazas y prados privativos con sus tapiales de pizarra, auténticos homenajes al minifundio que imprimen personalidad al paisaje zonal. La trashumancia es tan dura en el camino como en el destino: noches de lobos y miedo al raso o en un chozo desarmado ante chasquizas, zoruza y aguaceros, durmiendo en suelo duro con una pelliza, unos zahones y una manta de sayal como único abrigo ante las recurrentes inclemencias.

Portada de la novela de Rufino Sanz Peinado «Cuando Dios gobierna de lejos» AACHE Ediciones

                Como ya he comentado, “Cuando Dios gobierna de lejos” está ambientada en el entorno de los pueblos de la Arquitectura Negra, concretamente en “Aldeanegra”, nombre ficticio que Sanz Peinado ha querido dar a Robleluengo en su novela, al igual que ha llamado rio “Roquedo” al Jarama, “Cantalashayas” a Cantalojas y Rioca a Riaza. Y el tiempo en el que transcurre la acción parte de finales del XIX, cuando España perdió sus últimas posesiones de ultramar, y en Cuba, Puerto Rico y Filipinas cayeron no pocos serranos, víctimas de las balas nativas insurgentes, de las de los imperialistas yankis o de las aún más mortales epidemias tropicales. Y cuando acabó la Guerra de Cuba, vino la de Marruecos, con sus sucesivas y también cruentas fases que se llevó también por delante a otro puñado de serranos cuyas familias no podían pagar el dinero necesario para que otros hicieran el servicio militar por ellos. Y cuando acabó la de Marruecos, y tras la dictadura de Primo de Rivera y la “dictablanda” de Berenguer, llegó también la Guerra Civil, en la que “Aldeanegra” se sitúa como puerto franco en el que siembran el horror y a muerte, ora milicianos venidos del sur, ora fascistas procedentes del norte. Por todos los lados les dieron a los serranos en todas las guerras que en España fueron entre la de Cuba y la Civil, sumándose a las balas el siempre terrible impacto, con sabor a hiel y no a plomo, del hambre, el frío y la necesidad. También la injusticia. De todo ello nos habla y cuenta casos y cosas esta gran novela de Rufino Sanz Peinado, en la que se advierten una humanidad y estilo de vecindad a Delibes en su cercanía a la naturaleza y la tierra, proximidad a Azorín por su minuciosidad en la descripción de estancias y objetos, familiaridad y casi paisanaje con Andrés Berlanga cuando, como éste en su “Gaznápira”, hace un alarde de conocimiento de jergas y localismos serranos. Y tributario de Cela al alternar hechos reales y personajes de carne y hueso con otros de ficción en una novela viajera pues en ella el hombre (tomado como ser, no como género) siempre está en camino. Incluso cuando Dios teletrabaja que es una forma de actualizar el viejo y sabio refranero castellano cuando dice que una tierra y unas gentes están dejadas de su mano, como lo estuvieron éstas de nuestras serranías en tiempos aún relativamente recientes y que tan de lejos gobernó después de derramar en ellas una belleza extrema.

El árbol que no murió de pie

               Las recurrentes lluvias de las últimas semanas, que han encharcado los suelos al elevarse mucho los niveles freáticos de la tierra, y los fuertes vientos de las últimas jornadas, factores atmosféricos unidos a la notoria inclinación que ya presentaba y a su evidente vejez, han provocado la caída del único y señero pino de gran porte que quedaba en la plaza de España de Guadalajara. Fue el viernes, 13, a las 13 horas aproximadamente. Datos puntuales para la estadística y hasta para la especulación de quienes quieren ver lo que no es posible y se rinden o, cuando menos, juegan a la superstición.

Poco después de la caída del pino (de la especie halepense, o sea, carrasco para más señas), los operarios de la SAV, la eficiente y profesional empresa valenciana que gestiona los parques y jardines de Guadalajara, procedieron a trocear el árbol caído —como el nombre anterior que tenía la plaza, aunque aquellos caídos no eran vegetales, sino de carne, hueso, sudor y lágrima— y a llevar sus restos a vertedero. Guadalajara tiene un viejo sesentón y gran árbol menos en sus calles y plazas, y un tocón troceado y unas ramas repletas de agujas aún verdes, en el lugar donde se entierran, sin funerales, las cosas materiales al acabar su vida útil y los seres vivos, animales y vegetales, cuando mueren. Porque si también se muere el mar, como en la novela de Fernando Morán, el ínclito ministro de Exteriores de Felipe González —a quien ahora quieren cancelar quienes empequeñecen el partido que él mismo engrandeció—, igualmente se mueren las cosas de tierra adentro y mar afuera.

El último gran pino que quedaba en la plaza de España de Guadalajara de los que allí se plantaron hace más de seis décadas, ya es historia biológica y visual. Hasta poco después del mediodía del viernes, 13 de febrero de 2026, llegó su historia biológica, pero también la biográfica. Fueron más de seis décadas las que este árbol se constituyó en una figura notable del paisaje de esta plaza en la que se enseñorea el palacio del Infantado, pero en la que también estuvo en su día la histórica Academia de Ingenieros, abrasada y arrasada por un pavoroso incendio en 1924, el convento e iglesia de los Remedios y el viejo cuartel de Globos, albacara, casi adarve del Alcázar medieval que sigue muriéndose de olvido tras una última intervención brutalista en la que le pusieron un cinturón de hormigón para construir una pasarela que no lleva ni va a ninguna parte.

Un árbol, en este caso, el gran pino de más de 16 metros de altura, un perímetro troncal de 3 y otro de copa de 10, que se han llevado el viento —como la vida en la hacienda de Tara de Escarlata O´Hara y el capitán Rhett Butler— y el agua, mortalmente aliados con su inclinación previa y vejez, no es solo un elemento vivo del mobiliario urbano, es paisaje y memoria individual y colectiva. Quienes han visto ese pino carrasco y lo han asociado e, incluso, asimilado a su entorno, quienes se han refugiado bajo su sombra en verano o de la lluvia —pese a mojarse dos veces al hacerlo—, cuando ha llovido —no siempre y al gusto de todos—, seguirán manteniendo vínculos de familiaridad e, incluso, de afectividad, con ese árbol que hoy ya es pasto de vertedero tras un vendaval y varios aguaceros en esta tierra en la que nunca falta el sol, pero tantas veces se echa de menos el agua. Si así, tomados uno a uno los ciudadanos, como en las bellísimas “palabras para Julia” de José Agustín Goytisolo, con el pino caído van a morirse poco a poco los recuerdos que de él se tenían en individuales paisajes vitales, también se irá borrando, despacio pero inexorablemente, la memoria colectiva de quienes, de muchos en muchos tomados, allí vivieron, junto o cerca del árbol caído, momentos compartidos. Las plazas, las calles y lo que hay en ellas, no son solo espacios de tránsito o estanciales, son salón colectivo unas veces, jardín otras, y, siempre, paisaje, el lugar en el que transcurre la vida y suceden las cosas. Y quienes deambulamos por o estamos en ellos somos las figuras que completan esa escenografía urbana en la que pasa la vida, casi siempre de largo.

El añoso y gran pino de la plaza de España de Guadalajara que se han llevado el viento y el agua, en mortal alianza con su previa inclinación y acusada vejez, ya es solo un recuerdo. Podrán sustituirlo por otro árbol, de la misma especie o distinta, incluso el repuesto podrá adquirir tanto porte y vivir todavía más años que el que acaba de caer, pero ya no será el mismo árbol. Los árboles talados no se van para volver, como las oscuras golondrinas de Bécquer. Este, que, al contrario del árbol de la obra teatral de Alejandro Casona, no ha muerto de pie, este, ya no volverá.  

Piedra de Tamajón y sílex francés

Tamajón, más por su pasado que por su presente —difícil por su escasa población— y su futuro —complicado si no se toma en serio el necesario impulso revitalizador de la ruralidad, más aún la de montaña—, es uno de los municipios más señeros de las serranías de Guadalajara y puerta de entrada a una de las zonas más singulares de ellas, la sierra de Ocejón y la Arquitectura Negra. Tamajón fue, históricamente, una importante villa mendocina, con notables recursos y privilegios, además de cabecera de su amplia comarca. Incluso llegó a ser en el siglo XIX una de las cabezas de partido judicial de la provincia, compitiendo por este notorio rango jurisdiccional con Cogolludo, la gran villa pre-serrana del ducado de Medinaceli y cuyo imponente palacio ducal domina su plaza, no solo mayor, sino muy amplia, más aún que la de la propia capital de la provincia.

Tamajón tiene un buen alcalde desde hace muchos años, Eugenio Esteban de la Morena. Y digo que es un buen alcalde, no porque le conozca y aprecie personalmente, que también, sino porque sus propios vecinos avalan la bondad de su gestión al renovarle su confianza como alcalde cada cuatro años y, además, de manera explícita y contundente. Entre las no pocas cosas buenas que Eugenio Esteban está haciendo por Tamajón es justo destacar el apoyo activo y comprometido que viene brindando a los equipos de paleontólogos y arqueólogos que desde hace años trabajan en su zona porque es un auténtico paraíso para ellos. Allí se reúnen, en muy poca extensión de su término municipal, importantes yacimientos que van desde el cretácico superior —datado entre hace 100 y 66 millones de años— y el Último Máximo Glaciar (UMG) —datado entre hace 26.000 y 19.000 años—.

Estampa que aparece en la información sobre las excavaciones de Peña Capón en el Portal de Comunicación de la UAH

Solventes equipos científicos universitarios, especialmente los procedentes de la Universidad de Alcalá, hace ya tiempo que vienen trabajando en varias líneas de investigación en Tamajón, la primera de ellas en el auténtico zoológico cretácico costero-marítimo (hasta allí llegaban entonces las aguas del mar, sí) del que han aparecido huellas y otras evidencias que no solo se han quedado en sesudos estudios y trabajos de investigación publicados, pero solo de consumo endogámico en el ámbito de la Universidad, sino que han fructificado y se han visibilizado en el CIPAT (Centro de Interpretación Paleontológica y Arqueológica de Tamajón). Este tiene su sede en un local que en su día se construyó para acoger el centro de recepción de visitantes del ya caducado Plan de Competitividad Turística de la Arquitectura Negra (AN), aprobado en 2009, iniciada su actividad real en 2012 y finiquitado medio lustro después, tras una inversión, al menos inicialmente prevista, de casi 3 millones de euros. Ese proyecto de centro de acogida de visitantes de la AN, que nunca llegó a funcionar como tal, fue inteligentemente reutilizado por el alcalde de Tamajón y reconvertido en el CIPAT, que permanece abierto al público todos los fines de semana y festivos, y entre semana acoge a grupos de visitantes, previamente concertados. El CIPAT está dividido en dos espacios expositivos: el Área Paleontológica y la zona de la Piedra de Tamajón. En el primer y principal sector del centro, destaca la lograda maqueta, a escala real, de un cocodrilomorfo en su hábitat, de los que vivieron en aquellas tierras en el cretácico, a juzgar por las icnitas, sus huellas fósiles allí encontradas. Otros materiales paleontológicos recogidos en la zona se exhiben también allí, al tiempo que paneles y cartelas informativas. La histórica piedra de Tamajón está también representada y musealizada al tratarse de una singular roca calcárea utilizada secularmente en la construcción de muchos e importantes edificios, al tiempo que en la talla de notables elementos escultóricos. La propia piedra de la grandiosa fachada del palacio del Infantado es de Tamajón, de cuyas canteras también procedió gran parte de la piedra empleada en otros grandes edificios capitalinos, como la concatedral de Santa María, la iglesia de los Remedios o la remozada fachada de San Ginés, entre otros edificios de la capital y provincia.

El gran trabajo de investigación y puesta en valor del patrimonio paleontológico y arqueológico que se está haciendo en Tamajón es noticia recurrente pues cada campaña se aportan nuevos, interesantes e importantes datos; incluso algunos, importantísimos, como los recientes y últimos conocidos públicamente en los que se acredita que ha aparecido en la Peña del Capón —localizada en Muriel, una de las pedanías de Tamajón— una herramienta prehistórica de piedra tallada, fabricada con sílex de y en el suroeste francés. Este hecho evidencia que, en el período solutrense, dentro del UMG y por tanto hace más de 20.000 años, se producían desplazamientos de humanos de entre 600 y 700 kilómetros cuando, hasta ahora, en ese período, se creía que la movilidad del hombre no superaba los 200-300 kilómetros. No es un mero dato, y menos aún anecdótico, para los prehistoriadores pues eso implica que en aquel lejanísimo tiempo ya se tejieron unas redes sociales que comportaban intercambios materiales y culturales ente tribus muy alejadas geográficamente, hasta ahora no conocidos, con lo que ello comporta. El solutrense es uno de los primeros períodos en que ya aparece el homo sapiens o HAM (hombre anatómicamente moderno), cuando “apenas” unos miles de años antes desaparecieron los neandertales de las zonas de Europa donde se asentaron, ¿entre ellas Tamajón? En este sentido, me consta que, al menos, uno de los equipos de investigación que está trabajando en la zona tiene expectativas de no tardar en encontrar restos de esta población que, literalmente, se extinguió hace 28.000 años por causas endógenas —proceso evolutivo degenerativo extintivo de la especie—y exógenas —choque con el sapiens, no solo bélico, sino también bacteriano y/o vírico, al contagiarse de enfermedades y epidemias portadas por esta nueva raza y para las que los neandertales no tenían defensas—.

Como, a veces, casi todo queda en casa, al conocer la noticia anterior he recordado la novela prehistórica de Chani Pérez Henares, “El último bisonte”, en la que coexisten neandertales y sapiens, también en la zona de Tamajón, y guerrean violentamente entre ellos, imponiéndose los sapiens, aunque no siempre. Aquella fue, según el periodista y escritor de Bujalaro, “la primera guerra de la humanidad”. En esta misma novela, en la que también aparece la Cueva de los Casares, Pérez Henares lleva a dos de sus personajes protagonistas, “El Errante” y “El Autillo”, a un larguísimo y dificultoso viaje prehistórico que enlaza la zona de Tamajón con Atapuerca, el norte cantábrico español —Altamira incluida, por supuesto— y el suroreste francés, en concreto las cuevas de Gargas, Trois Frères y Chauvet. Precisamente de esa zona procede la “preforma de punta de proyectil follácea” de sílex hallada en Muriel, como avalan pruebas científicas de última generación, complejas e irrefutables. Dicen que la prehistoria es la ciencia más especulativa que existe, y es probable que así sea, de ahí que realidad y novela puedan ser, en este caso, casualidad o causalidad. Me inclino más por lo causal que por lo casual porque me consta lo bien que documenta sus novelas Pérez Henares y su amistad con importantes paleontólogos, entre ellos Nacho Martínez Mendizábal, uno de los principales responsables, si no el que más, del trabajo paleontológico y arqueológico que se está haciendo en Tamajón. En todo caso, les recomiendo, una vez más, que visiten el CIPAT, Tamajón y su bellísimo entorno serrano, y que lean la novela de Chani que, por cierto, ha tenido aún casi más éxito de ventas en Francia —editada por “Flammarion” y con el título de “Le chant du bison”— que en España. Ellos sí que saben. También de literatura y prehistoria.

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