Buero regresa a su ciudad predilecta (2)

A mí las “no-ferias” me han ido bien, gracias. Y las he calificado de “no-ferias” porque, la verdad sea dicha, apenas he participado en ellas pues bien cierto es que cada tiempo tiene su afán y, en el momento actual, mis afanes no pasan, precisamente, por los encierros de aguardiente tras la albada, las mañanas de sol picajoso y sueño, los mediodías de vermú y charanga, las tardes de toros y las interminables noches azules de la fiesta septembrina arriacense. Nunca seré demasiado viejo para el rock and roll y, por muy mayor que muera, seguro que creeré morir aún joven, pero reconozco que no estoy madurando bien para la fiesta y que ésta cada día me parece más juvenil, edad en la que ya no estoy pero sin dejar de estarlo. Aunque pueda parecer un contrasentido, yo sé bien lo que me digo…

Una vez que de la fiesta solo queda el olor a pólvora -y también a orín e, incluso, a vómito allá donde se desmadró- del último cohete que estalló anoche en la traca final del espectáculo pirotécnico y a Guadalajara se le ha puesto ya cara de otoño, entramos de lleno en las vísperas del centenario del nacimiento de Antonio Buero Vallejo en nuestra ciudad, que se conmemorará el próximo 29 de septiembre. Para tan alta ocasión, el Ayuntamiento ha preparado un, a mi juicio, potente programa de actos, presentado y hecho público unos días antes de iniciarse las ferias que, como comentaba en mi entrada anterior, este año ha pregonado el hijo del dramaturgo, Carlos Buero Rodríguez, no de forma casual, sino evidente y oportunamente causal. Al programa elaborado por el consistorio y ya conocido, en los próximos días se va a sumar el que va a aportar a este centenario la Diputación Provincial, en cuya preparación he tomado parte por razones profesionales y que, por ello, no voy a adelantar ni valorar, pero les anticipo que creo que va a estar también a la altura de las circunstancias y a contribuir a que la celebración de la efeméride no se circunscriba al ámbito local, sino que llegue también al provincial, como no debía ser de otra manera.

Invito encarecidamente a los que el ruido de la fiesta no les haya permitido aún escuchar la silente, pero audible, llamada a la exposición que, con el título “Antes del Teatro. La pintura en la vida de Buero Vallejo”, permanecerá abierta al público en el Teatro Buero Vallejo hasta el próximo día 30, a que no dejen de acudir a verla ya que, realmente, merece la pena. Para quienes no lo sepan, Buero quiso ser artista plástico antes que escritor y tenía unas excepcionales aptitudes para ello, hasta el punto de manejar los pinceles con la habilidad de la pluma, o casi. Si quieren profundizar en esta faceta artística del escritor, deben estar pendientes a la publicación del libro que, próximamente, editará Planeta y en el que se van a recopilar más de medio centenar de dibujos que Buero realizó entre los 7 y los 15 años, una gran parte de los que “amorosamente” -en expresión acuñada por él mismo- fueron recogidos y guardados con celo por su padre y que realizó cuando vivía en Guadalajara.
Autorretrato BueroEl programa municipal del centenario de Buero, con todo sentido y lógica, lo integran varias citas con su obra dramática, el mejor homenaje que se puede rendir a un dramaturgo; de hecho, el mismo día en que cumpliría 100 años, Buero nos convoca en el Buero a ver “El sueño de la razón”, obra que estrenó en 1970, que él calificó de “fantasía” y que tiene a Goya por protagonista, cuyo papel asumió por primera vez un gran actor, Pepe Bódalo, habitual en el teatro de nuestro paisano.  Un día después, en el Teatro Moderno -en el que, siendo niño y cuando era la sala del Ateneo Instructivo del Obrero, Buero vio muchas obras de teatro y pases de cinematógrafo-, los alumnos del IES que desde 1984 lleva su nombre escenificarán fragmentos de varias de sus obras. El 6 de octubre, de nuevo en el Moderno, también los alumnos del Buero realizarán una lectura dramatizada de “El Tragaluz”, obra estrenada en 1967. Una semana después, será el grupo de teatro “Phersa”, con la colaboración de la Asociación “Libros y más”, quien lleve a cabo una nueva lectura dramatizada, en esta ocasión bajo el título de “Las mujeres de Buero”, igualmente en el Moderno, sala en la que el 27 de octubre tendremos una nueva cita con una de las obras más conocidas del escritor alcarreño: “En la ardiente oscuridad”, estrenada en 1950. Este mismo espacio escénico, ocho días antes, acogerá la proyección de la película “Esquilache”, dirigida por Josefina Molina en 1989, y basada en la obra de Buero “Un soñador para un pueblo” (1958).

Otros actos completan el programa elaborado por el Ayuntamiento para conmemorar el centenario de Buero, como el que, el mismo día en que se cumple, está programado en su propia casa natal -Miguel Fluiters, 39-, en cuya fachada se proyectará la instalación artística de “Historia de una escalera”, obra con la que obtuvo el Premio Lope de Vega de Teatro, en 1949, y que impulsó, decisivamente, su carrera como dramaturgo, entonces recién iniciada. Y el Buero poeta -que también lo fue y de calidad estimable, aunque él mismo afirmara que no tenía aptitudes para ello- nos convoca de nuevo en el Buero, el 26 de octubre, a un recital de su obra poética en la que declamarán Manuel Galiana, Luis Martín y Emilio Gutiérrez Caba.

Concluyo la entrada de hoy -segunda, pero no última, de las que tengo intención de dedicar a Buero en su centenario- proponiéndoles que no se conformen con ser figurantes en esta importante efeméride, sino que asuman algún papel en ella, aunque sea secundario. Y si no se ven sobre el escenario, pueden asomarse a él entre bambalinas; en todo caso, siempre les quedará la opción de formar parte del público, porque, sin espectadores, no hay teatro posible. El eco es un efecto, no una realidad.

Ahora sí que termino por hoy y, precisamente, con estos versos de Buero que forman parte de su poema titulado “Dos dibujos”, dedicado a Miguel Hernández, a quien conoció en Benicassim en el transcurso de la Guerra Civil y con quien trabó amistad después de ella en las cárceles franquistas, realizando en una -la situada en la madrileña plaza de Conde de Toreno, en 1940- el más famoso dibujo del poeta alicantino:

Duerme tranquilo. El polvo

                                               resucita perenne

                                               aunque nos sirva a todos de mortaja”.

 

Foto: Autorretrato de Buero. 1948

Buero regresa a su ciudad predilecta (1)

El Ayuntamiento de Guadalajara ha acertado de pleno al designar a Carlos Buero Rodríguez, el único hijo vivo de Antonio Buero VallejoEnrique Buero, un año menor que Carlos, murió en accidente en 1986-, como pregonero de las ferias y fiestas de Guadalajara de septiembre de 2016, el mes y el año en que se va a cumplir el centenario del nacimiento del gran dramaturgo en nuestra ciudad, hecho que tendrá lugar, exactamente, el próximo día 29, festividad de San Miguel.

Y digo que ha acertado de pleno, no solo por lo oportuno de la designación dada esta importante efeméride que en unos días se va a conmemorar, sino porque Carlos, por sí mismo, a través de su erudito, inteligente y profundo pregón, se ha descubierto para la ciudad en la que nació y vivió su padre hasta los 18 años de edad como un hombre que, si no ha cultivado más el campo de las letras, es porque no ha querido, o no se han dado las circunstancias en su vida, pero no porque no haya podido o tenido capacidad. De casta le viene al galgo, utilizando el sapientísimo refranero castellano, y no solo lo digo por vía paterna, sino también por la materna pues su madre, Victoria Rodríguez, ha sido una gran actriz, hasta el punto de obtener el Premio Nacional de Interpretación, en 1957, precisamente por su papel en “Hoy es fiesta”, una de las obras más conocidas de Buero.

Carlos Buero leyó en el Teatro-Auditorio arriacense -el gentilicio para los habitantes de la ciudad de Guadalajara que más le gustaba emplear al dramaturgo- que, con toda justicia, lleva el nombre de su padre desde su inauguración en diciembre de 2002, un pregón de auténtica altura intelectual, magníficamente construido y, como ya he dicho, profundo y erudito, algo, a mi juicio, nunca censurable; bien al contrario, siempre de agradecer pues para escuchar cosas comunes, recurrentes, reiterativas y, a veces, hasta vulgares sobre la fiesta, ya hay demasiados espacios y tiempos. Y pregoneros… Y, evidentemente, no me estoy refiriendo a los que han abierto en años precedentes las ferias de la ciudad, pues todos ellos han estado a la altura de las circunstancias y su elección me ha parecido siempre correcta y, a veces, también oportuna. Por cierto, una sugerencia para el Ayuntamiento: no estaría mal que, cada cierto tiempo, cuando haya material suficiente -y hace tiempo que lo hay de sobra- se editara un libro que recogiera los pregones de las ferias y fiestas de la ciudad. Lo escrito y publicado, permanece.

buero-hijoAl elogiar el docto pregón de Carlos Buero no pretendo, ni mucho menos, dármelas yo de culto; bien al contrario, confieso que, entre que ya ando algo “teniente” del oído y que, en algunos momentos, el pregonero, precisamente porque jugó a ser “personae” -o sea, se puso la máscara de actor- y dio una inflexión en tono bajo a algunos pasajes de su discurso, se me escaparon algunos detalles de su pieza y otros me obligaron, después, a acudir a mi limitada pero muy querida biblioteca, a conocer, aclarar o ampliar algunos datos del origen festivo del teatro, en la antigua Grecia, que, al fin y al cabo, fue la idea central del pregón.

Confieso que eché de menos algunas referencias a la vinculación del padre del pregonero con la ciudad de Guadalajara, que esperaba con curiosidad pues estoy inmerso en un proyecto editorial sobre ello, pero entiendo perfectamente que el discurso que Carlos Buero trajo a Guadalajara no quiso transitar por esos derroteros, sino que eligió un camino mucho más difícil y comprometido para él, pero muy aportador para el auditorio, lo que sin duda es de agradecer. Tiempo habrá en las próximas semanas e, incluso, meses, para que, quienes puedan y quieran, escriban y hablen sobre “Buero Vallejo y Guadalajara”, hijo y ciudad, ciudad e hijo, que no siempre caminaron unidos, pero siempre lo hicieron juntos pues, como el propio literato dejó escrito en su “Apunte autobiográfico”, en 1987, “de la infancia procede, ciertamente, casi todo”. Y en Guadalajara no solo nació, sino que aquí vivió toda su niñez, su mocedad -salvo un lapso de un par de años en que residió en el norte de África por destino militar de su padre- y su primera juventud, hasta que marchó a estudiar Bellas Artes a Madrid, en 1933, y al año siguiente fue allí destinado su padre, fijando ya al año siguiente, tanto él como su familia, su residencia definitiva en la capital de España.

No solo tiempo, sino también espacio, tendremos para hablar de Buero y su vinculación con Guadalajara en su centenario, porque es oportuno y justo que así lo hagamos y porque quiero contribuir, en la medida de mis limitadas posibilidades, a que nuestro célebre e insigne paisano no siga solo siendo, para demasiados, el nombre de una calle, un instituto o el teatro de la ciudad. Termino ya esta primera entrega sobre el hijo de Francisco Buero García -un militar gaditano que se formó, primero, y después formó en la Academia de Ingenieros de Guadalajara, y de María Cruz Vallejo Calvo, una buena mujer nacida en Taracena- con unas significativas palabras suyas, pronunciadas en el acto oficial en que recibió la Medalla de Oro y el título de Hijo Adoptivo de la ciudad, el 9 de marzo de 1987: “Llevo a Guadalajara en el corazón y la he llevado toda mi vida”. Una afirmación, al tiempo que confesión, que subrayó con esta otra: “He conocido algunas ciudades durante mi vida, pero os aseguro que, si ahora me nombráis ´Hijo predilecto de Guadalajara´, mi ciudad predilecta también es Guadalajara”.

Felices ferias y fiestas buerianas, paisanos, y haced caso al excepcional pregonero que hemos tenido este año: aprovechad que este tiempo festivo nos brinda “la ocasión para quitarnos el corsé de nuestro personaje y dejar correr libremente nuestras energías sin fin ni propósito”. Pero siempre con mesura y respetando a quienes opten por seguir siendo el mismo “personae” que ya son a diario.

Buero Vallejo y su hijo Carlos a la edad de dos años. Foto Basabe. Biblioteca virtual MIguel de Cervantes.

               

 

Una bandera pirata en la catedral de Sigüenza

banderas-drakeImagino que, al lector que no esté avisado del asunto, el titular de este post le habrá sorprendido sobremanera porque los mares sí eran los hábitats naturales de los piratas -incluso en el siglo XXI lo siguen siendo en Somalia y en el Golfo de Guinea-, pero una catedral, y menos la seguntina, que puede que sea una de las españolas que más disten de la costa marítima, no parece un lugar propicio ni para banderas, ni para banderías piratas. Pero todo -o casi- tiene una explicación: La bandera pirata a la que me refiero en el titular no es la clásica y temible negra con la calavera y los dos fémures cruzados en blanco que tantas veces hemos visto en las películas de aventuras, sino una alistada de varios colores que le fue arrebatada al pirata inglés, Francis Drake -al que la reina de Inglaterra, Isabel I, nombró “Sir” por sus impagables servicios de rapiña a la corona británica-, durante su incursión a España y Portugal en 1589, y donada a la Catedral de Sigüenza por D. Sancho Bravo y Arce de Laguna, sobrino-nieto del llamado Doncel de Sigüenza, Martín Vázquez de Arce. Por cierto, digo llamado “Doncel” y digo bien, porque no era ya doncel cuando murió y se le hizo la extraordinaria escultura funeraria gótica situada en la capilla de su familia de la catedral seguntina, puesto que estaba casado y hasta tenía una hija, al parecer un tanto casquivana. Pues bien, esa bandera pirata, que junto a una de Portugal estuvo durante décadas, siglos incluso, colgada en la capilla de los Arce, pasando para muchos desapercibida, ha sido reciente y convenientemente restaurada y ahora forma parte muy destacada de la extraordinaria exposición que, bajo el título de “Atémpora”, se inauguró el pasado 8 de junio en la catedral seguntina y permanecerá abierta al público, inicialmente, hasta el 16 de octubre, aunque podría -y debía- prorrogarse dado el éxito de público que está teniendo. Más de 20.000 visitantes ya han pasado por la muestra, que está organizada, en iniciativa conjunta, por el Obispado de Sigüenza-Guadalajara, el Cabildo de la Catedral, la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y el Organismo Estatal del IV Centenario de Cervantes.

Como muy bien ha resumido Jesús de las Heras, actual Deán de la catedral, periodista y sacerdote diocesano, seguntino de nación, vocación y corazón, “Atémpora es un recorrido por la sociedad, la cultura y el arte sacro del Siglo de Oro, al hilo del cuarto centenario de las muertes de los grandes escritores —dos de los más eximios de toda la historia de la literatura universal— Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare”. El sábado pasado tuve la oportunidad de realizar una visita guiada a esta exposición, en mi enésimo regreso a Sigüenza y entrada a su catedral, y me sorprendió muy gratamente la muestra, recomendando encarecidamente a los lectores que, si aún no la han visitado, no dejen de hacerlo antes de que se clausure pues su contenido merece la pena y el continente, el propio templo catedralicio -la nave central además de capillas laterales y algunas estancias poco frecuentadas por visitas de manera habitual- contribuye especial y decisivamente a poner en valor la muestra.

Atempora 3“Atémpora” es una exposición al estilo de “Las Edades del hombre”, conocida y prestigiosa marca de las muestras periódicas de arte sacro que con tanto éxito se vienen celebrando en Castilla y León desde 1988 y que van recorriendo cada año distintas localidades de nuestra región hermana: en 2016 es la zamorana Toro la sede, Cuéllar (Segovia) es el lugar elegido para celebrar la de 2017, Aguilar de Campoo (Palencia) la acogerá en el año 2018 mientras que Lerma (Burgos) lo hará en la edición de 2019.  La singularidad de “Atémpora” es que no se circunscribe a mostrar tan sólo arte sacro, aunque éste es la base de la muestra, sino que también se exponen otro tipo de piezas artísticas, bibliográficas, muebles, enseres, etc. de carácter civil pues no nos olvidemos que con ella se trata de recrear, en parte, la sociedad del tiempo en que vivieron y murieron Cervantes y Shakespeare, ambos fallecidos en 1616, hace ahora cuatro siglos.


“Atémpora” es un camino abierto que no debe dejarse de recorrer cuando acabe la muestra de este año en Sigüenza el próximo otoño. Organizar buenas, atractivas y oportunas exposiciones en marcos extraordinarios es una fórmula de éxito asegurado de público, algo que no siempre acompaña a las convocatorias expositivas convencionales, lo que constituye todo un fiasco para sus comisarios y, a veces, hasta un dispendio para sus promotores y patrocinadores. Si, además, esas exposiciones contribuyen a dinamizar el turismo en ciudades que ya tienen de por sí atractivo y capacidad de acogida y prestación de servicios a visitantes, como es el caso de Sigüenza, pues mejor que mejor. De hecho, desde la apertura de la muestra, la Ciudad del Doncel es un continuo movimiento de gentes que van camino de la catedral o vienen de ella, especialmente los fines de semana, hasta el punto de haberse hecho necesario restringir el tráfico de vehículos el entorno del templo.

Y, tras “Atémpora”, a la catedral le espera otra magnífica noticia: el inicio de las obras de restauración del altar de Santa Librada y el mausoleo de Don Fadrique de Portugal, dos de las muchas joyas que encierra la “fortis seguntina” y que, si la actuación es adecuada -que sin duda lo será, como lo están siendo todas las que se van llevando a cabo en ella, aunque sea poco a poco-, lucirán después espléndidas y justificarán mi enésima más una visita a Sigüenza. Y espero y deseo que la de muchos.

 

 

 

Trabajar por la Concordia

 

       Ya lo he dicho no pocas veces y lo volveré a decir cuantas sea necesario -o, incluso, sin que lo sea- que la Concordia es el parque más antiguo de la ciudad y su principal zona verde de referencia, pero para mí tiene un valor subjetivo añadido pues he vivido junto a él los 54 años que dice mi DNI que tengo, con la excepción de un par de ellos en que residí en la calle de la Música -para el callejero oficial, Padre Melchor Cano– y el año largo que pasé en Burgos haciendo la mili, justo al lado del yacimiento arqueológico de Atapuerca.

Aunque veo y disfruto a diario la Concordia, el día da la Asunción, la Virgen festera de agosto, paseé un buen reto y con calma por él, y, además de constatar que en esta fecha se produce, muy probablemente, el momento del año en que menos gente hay en la ciudad por causa de la diáspora veraniega y la concentración festiva de este «puente», pude apreciar que su estado de mantenimiento y conservación es manifiestamente mejorable y que se hace necesaria una pronta y profunda actuación de reforma pues, más que antiguo, parece viejo, que no es lo mismo. 

     Concordia-parque  Como decía, el de la Concordia es el parque más antiguo de la ciudad ya que data de 1854 y recibió este bello y sugerente nombre “en testimonio de la (concordia) que felizmente reina en esta muy noble y muy leal ciudad” cuando se construyó en lo que antaño fueren las Eras Grandes; sí, de las de pan trillar. La primera gran reforma llegó a él en 1913, cuando se acometió la construcción del muro de piedra y se instaló la barandilla de hierro forjado que aún perviven y que sustituyeron al talud de tierra que caía desde el parque hacia la zona conocida como “La Carrera (de San Francisco)”, nombre que deviene de los alardes que los caballeros de la ciudad llevaban a cabo en este espacio en la Edad Media, con sus caballos, armas y lorigas. Como curiosidad, decir que a esta zona del parque paralela a la Carrera, se le conoce como «Paseo de los Curas«, siendo bien fácil de adivinar la causa. De esa misma época data la construcción del kiosco de música de la Concordia, de inspiración modernista, su más destacado referente arquitectónico y visual, proyectado en 1908, pero no encargada su ejecución hasta 1914 y realizada un par de años después. El kiosco fue reformado en 1919, cuando se cambió el trazado del parque, y casi construido de nuevo en 1920. En los años veinte, según recordaba Felipe María Olivier en sus emotivas «Crónicas de la Infancia«, el parque tenía un estanque en forma de trébol en su parte oeste (lateral derecho según se va a él desde Santo Domingo) y en el lado contrario una fuente con caída de agua en cascada sobre piedras naturales y una balsa con peces de colores. Aunque desde su inauguración, mediado el siglo XIX, la Concordia nunca dejó de llamarse popularmente así, oficialmente fue llamado «Paseo de la Unión Soviética» dos años durante la Guerra Civil y «Parque Calvo Sotelo» durante gran parte del franquismo. Nada más acabar la Guerra Civil se acondicionó y mejoró su paseo central -el que enlaza la zona de Santo Domingo con la de San Roque- para facilitar el tránsito por él de los cadetes de las Academias Militares de Infantería y Transformación (de alféreces provisionales en oficiales de carrera) que, entre 1940 y 1948, se ubicó en los edificios de la Fundación de la Condesa de la Vega del Pozo –colegio de Adoratrices- proyectados por Ricardo Velázquez Bosco. En 1954 se construyeron las dos pilastras de entrada al parque. La última gran reforma llevada a cabo en él data de 1982, que vino a culminar una previa iniciada en 1978. Lo más significativo de esta actuación fue suplir los ajardinamientos rectilíneos de tipo francés, por los actuales curvilíneos de estilo inglés, elevándose los macizos ajardinados respecto a las zonas de paseo. Todos estos datos y muchísimos más están perfectamente reflejados en el magnífico libro que mi apreciado amigo y antiguo compañero de colegio, el historiador Pedro J. Pradillo, publicó en 2015 con el título de «El Paseo de la Concordia (Historia del corazón verde de Guadalajara)», cuya tenencia y lectura recomiendo encarecidamente.

Pues esa Concordia de mis amores -y de los de muchos, por supuesto-, donde jugué de niño y después, siendo ya mayor, jugué con mis niñas, donde moceé y paseé con mi primer amor, donde vivió tantas horas de asueto mi padre en el otoño de su vida, donde disfruté de las Ferias cuando se celebraban en ella -aunque, literalmente, la dejaban machacada-, donde leí por primera vez a Julio Verne, L. Frank Baum, Harper Lee o Enid Blyton gracias a la biblioteca de proximidad que había junto al kiosco de música,… esa Concordia de todo eso y mucho más hoy no presenta, precisamente, su mejor aspecto: la mayor parte de sus praderas de césped están agostadas y no pocas literalmente machacadas -la fiebre del «Pokemón go» tiene parte de culpa, pero no toda-, están muy deteriorados muchos tramos de bordillo de los macizos ajardinados, el estado del arbolado y de la jardinería podría cuidarse y trabajarse más, los entornos de las estatuas y ellas mismas, más que ser hitos de la memoria colectiva, parecen serlo de la desmemoria, el mobiliario urbano precisa renovación y mayores cuidados, la limpieza general también es mejorable… Ciertamente, el parque de los parques de la ciudad no vive su mejor momento y, al menos a mi parecer, requiere una actuación de reforma y mejora importante y urgente, así como un posterior mantenimiento y conservación de bastante mayor intensidad y eficacia que el actual. Me consta que el equipo de gobierno del Ayuntamiento está en ello, pero bien es sabido que, en materia de inversiones públicas, lo que no se presupuesta, no existe.

Misión a Comillas

                Casi es ya un clásico de finales de julio, como lo era de finales de agosto la fiesta mitin minero/ugetista/socialista de Rodiezmo, que “Misión al pueblo desierto” –por si alguien no ha reparado en ello, el nombre de mi blog, que es intencionadísimamente homónimo al título de la última obra que estrenó en vida Buero Vallejo– vaya dedicado a Comillas, la bendita por Dios, por la naturaleza, el arte y no pocas cosas más villa cántabra en la que disfruto con mi familia las vacaciones de verano desde hace ya muchos años.

                Como ya he dicho en anteriores ocasiones y no me cansaré en repetir, Comillas reúne muchas de las virtudes que, al menos a mi saber, entender y gustar, debe reunir un destino vacacional familiar de calidad, sin por ello negárselas a otros muchos lugares de nuestra diversa, maravillosa y hermosa España que, a estas horas y desde hace ya muchas -demasiadas, a mi juicio-, aún está sin gobierno y a pesar de ello funciona, algo que hasta ahora solo parecía reservado a Italia pero que, por lo visto, también es aplicable a la vieja Hispania, la más preciada de las colonias romanas para Roma que por cierto jamás terminó de dominar Cantabria, entre otras razones por el ardor guerrero de los cántabros, como el propio Horacio reconoció al afirmar: «Cantabrum indoctum iuga ferre nostra” (“El cántabro, no enseñado a llevar nuestro yugo”).

Comillas1De entre el abanico de virtudes que aglutina Comillas para ser mi destino vacacional archipreferido destaco algunas, pero no todas, con el fin de no cansar al lector ni ponerle los dientes largos: su equilibrio paisajístico entre el mar y la montaña, mediando un magnífico parque natural, Oyambre, entre los Picos de Europa y el “fresco prado hacia la mar cantábrica”, como describe esta tierra José García Nieto en su bello poema ”España”; también su espectacular inventario de recursos histórico-artísticos que la convierten en un museo al aire libre de la arquitectura, la escultura y la decoración modernistas, con el sin par “Capricho”, de Gaudí, como máxima expresión de ese estilo. Un estilo, una forma de entender y plasmar el arte que, a finales del XIX y principios del XX, el Marqués de Comillas –un indiano que se hizo rico en ultramar- llevó a su pueblo natal desde su Barcelona de adopción y sede principal de sus negocios navieros, como también llevó al mismísimo rey Alfonso XII que disfrutó de su hospitalidad en su entonces palacio de Ocejo –después de la visita Real construiría el espectacular de Sobrellano– en el verano de 1881, un Real privilegio sólo reservado a lugares realmente privilegiados. No me quiero dejar en el tintero otras virtudes comillanas, como el tamaño ideal de su núcleo poblacional, que ni es una gran ciudad en la que echar tantas cosas de más, ni una pequeña aldea en las que echar tantas de menos, o su cercanía a casi todas partes de la costa y el interior cántabros, como Santander, que apenas dista medio centenar de kilómetros, Santillana del Mar, que está a una veintena, etc. Y, además, ya saben que en el norte -y Cantabria siempre fue y no ha dejado de ser el norte de Castilla-, el verano es una eterna primavera, con sus chaparrones y todo que, a veces, es cierto, son auténticos temporales, y que allí, si se quiere comer bien, se puede comer muy bien, sobre todo si se acude a diario a la pequeña lonja del puerto, se compran “tomatucos” del país en las fruterías locales o una buena pieza de novilla Tudanca, alimentada a base de hierba y veza, en las carnicerías con ganadería propia. Y no se olviden de beber leche fresca de vaca cántabra hasta que la nata les dibuje un gran bigote blanco que podrán borrar con un buen sobado artesano y, si es industrial, no lo duden: de “El Macho”.

ComillasDecía que mi intención no era poner los dientes largos al lector y resulta que me los he puesto a mi mismo, porque, bien cierto es, no concibo unas buenas vacaciones sin unos buenos mediodías y unas buenas noches en torno a mesa y mantel y, se lo aseguro, en ese aspecto, no sólo Comillas, sino Cantabria entera, ofrecen magníficas opciones; que hay que buscar bien, por supuesto, porque, evidentemente, también nos podemos encontrar con una nada más que regular cocina para turistas –regular en calidad pero no en precio-, que no está a la altura de las exigencias de un paladar mínimamente exigente. Avisados quedan.

Y, como acaba la jota castellana, allá va la despedida, deseándoles a todos unas muy felices vacaciones, como espero tenerlas yo. Si se es noble, como creo serlo, lo que uno quiere para sí mismo lo desea para los demás. Entiéndase en esta última reflexión mi invitación a que conozcan y disfruten de Comillas. Pronto, muy pronto, me iré “hasta la soledad de sus arenas múltiples y doradas”, como diría García Nieto, entre el verdor de sus prados y el azul infinito del mar cuando se funde en el horizonte con el cielo.

Tengo un tractor colorado

                Todos los veranos, siendo niño, en cuanto nos daban las notas en el colegio, iba corriendo a casa a enseñárselas a mis padres para que, sin perder ni un minuto porque mi excitación y ansiedad infantiles así lo demandaban, me llevaran a Taracena, el pueblo en el que no nací pero del que es originaria toda mi familia materna y al que proclamo mío ante quienes finjan ignorarlo -gracias, Don Camilo, por el préstamo de esta expresión, a título gratuito; es una forma de retribución por las muchas horas que le llevo dedicadas en su centenario-. Y ya que hablo de orígenes, voy a entretenerme un momento en relacionar los de mi vía paterna, porque es muy interesante, casi un nomenclátor provincial: el padre de mi padre, Juan, era de Otilla, una pedanía de Torrecuadrada de Molina; mi abuela paterna, María Gracia, era de El Casar; ambos se conocieron en Otilla, cuando ella fue allí destinada como maestra. Residiendo aún en este pueblecito molinés nació su primer hijo, Alejandro; la segunda hija, María Cruz, nació en El Casar, y el tercero, Juan José, mi padre, en Cifuentes.  Juan Orea y Gracia Guerrero compartieron muchos destinos provinciales por agrupación familiar, dado que él era Guardia Civil y, por tanto, también funcionario público como ella: Colmenar de la Sierra, Alcocer y, finalmente, Guadalajara, cuando mi abuela se hizo cargo de la escuela de niñas de Taracena y él fue destinado a la Comandancia de la Guardia Civil de la capital, entonces aún situada en el antiguo palacio de los Guzmanes, con el empleo ya de teniente y la responsabilidad de formación e inspección de todos los miembros del benemérito Cuerpo en la provincia. Un paréntesis: mi abuelo paterno vivió casi toda la Guerra Civil encarcelado en la prisión de Alicante, a la que había sido trasladado desde la de Guadalajara, de donde salió hacia la levantina apenas 48 horas antes de que tuviera lugar en ella la terrible matanza del 6 de diciembre de 1936, en la que murieron más de 300 presos, todos menos uno: Higinio Busons, que se salvó de la escabechina escondiéndose en la leñera ; de hecho, mi abuela Gracia le dio por muerto durante toda la contienda, que vivió desterrada en primera línea de fuego, en Zaorejas, con sus tres hijos, los dos mayores adolescentes y el pequeño, mi padre, aún un chaval. Lo dicho: si se molestan en señalar sobre un mapa provincial los diferentes destinos que la vida deparó a mi familia paterna, los cuatro puntos cardinales de las guadalajaras han estado en su camino vital: al norte, Colmenar de la Sierra; al sur, Alcocer; al este, Otilla, y al oeste, El Casar. Y, para colmo, mi padre vino a nacer, aunque fuera casi de forma casual, en el auténtico epicentro geográfico de la provincia, que es Cifuentes, y su camino terminó en la capital de la provincia… Puede que el guadalajareñismo militante que, no me pesa reconocerlo, corre por mis venas, en realidad no sólo sea por razones biológicas, sino también biográficas -gracias, don José (Ortega y Gasset), por el préstamo, le debo una-, aunque indirectamente vividas.

Pero volvamos al principio, que es a donde suelen volver casi todas las cosas, como bien dice Toynbee con su teoría cíclica del desarrollo de las civilizaciones; y, al principio, hablábamos de Taracena, el pueblo en el que, a sensu contrario de la paterna, se concentra casi toda la historia de mi familia materna y de la que tengo datos docuemntados que la vinculan a esta pedanía de la capital –que lo es desde 1969, siendo antes municipio independiente- que, al menos, se remontan al siglo XVIII. En Taracena pasé todos los veranos de mi infancia –salvo los obligados períodos quincenales de campamentos de la OJE, vividos en Luzaga– , y no lo hice obligado, sino obligando a mis padres a llevarme allí y a mi muy querida abuela materna, Felicidad, y a mi queridísima tía, Esperanza, obligándolas, a su vez, a cuidarme. Y, además, lo hacían muy bien.

Foto Tractor Massey Harris GU-222     Guadalajara, en los años sesenta, mi tiempo de infancia, era aún un proyecto de ciudad y tenía muchos tics de pueblo: desde rebaños de ovejas deambulando por la plaza de Santo Domingo en medio de un Seat 600 y un Renault Cuatro Cuatro, a un guardia municipal intentando ordenar el escaso tráfico mientras saludaba a los conocidos descubriéndose su salacot; pero no era un pueblo-pueblo como el que yo tenía en Taracena, un lugar en el que todo el mundo se conocía y era medio familia, y en el que los chiquillos teníamos mil y una opciones para jugar e irnos haciendo mayores, porque los niños de pueblo se hacen mayores antes que los de ciudad. En Taracena, al contrario que en la capital, podíamos subirnos al trillo en la era para hacer peso y echar una mano en la ardua tarea de separar el grano de la paja, ayudar al abuelo en el huerto, coger peras o llevar haces de leña al horno a cambio de que el panadero nos diera unas estupendas magdalenas recién horneadas; pero también podíamos jugar al bote en la plaza de la Iglesia por la mañana. En la de la Fuente, ya a la tarde, primero jugábamos a la dola y después a los chandarmes y ladrones, aunque cuando llegaba la hora, ya de anochecida, de este juego, el campo de acción se abría a todo el pueblo. Y hasta aquí quería yo llegar: mi escondite favorito, cuando me tocaba hacer de ladrón, era el tractor de mis tíos, un Massey Harris de patente canadiense pero fabricado en Inglaterra, en los años 50, que fue el primero que llegó al pueblo y que tenía una matrícula muy significativa y realemnte curiosa: GU-222. Ese tractor colorado –en mi casa, y en las de muchos en aquellos tiempos, el color rojo no se nombraba nunca y se decía en su lugar colorado o encarnado-, llegó a Taracena en 1953, transportado en un camión de los dos que entonces tenía la COPAG desde el puerto de Barcelona, adonde llegó en barco procedente de Inglaterra. Me cuentan quienes lo vivieron que cuando apareció el tractor en el pueblo, toda la chiquillería corrió alborozada detrás de él, acompañándolo por el camino de Iriépal, por el que le condujeron para irse haciendo con él, aunque a mí me da que también querían presumir ante los labradores del pueblo vecino porque ellos aún no tenían ningún tractor. Una forma más de manifestación del sociocentrismo, que diría Caro Baroja.

Subido al Massey Harris, en aquellas noches de los veranos de los sesenta, huía de los chandarmes al tiempo que soñaba que viajaba en una de las mil y una estrellas que por la festividad de San Lorenzo, el 10 de agosto, se producen en el cielo en forma de lluvia o de lágrimas y a las que se les da el nombre del santo que murió asado en una parrilla. Soñaba con viajar y con muchas cosas más, porque soñar es gratis, que es lo mejor de la vida, como cantaba Facundo Cabral.

Hoy, casi medio siglo después, me he reencontrado en Taracena con ese viejo tractor que, milagrosamente, no ha caído en manos de un chatarrero y, aunque herido de muerte por el óxido, casi oculto por la maleza y arrinconado hace ya años como un trasto viejo por su falta de utilidad, aún es perfectamente reconocible, como se muestra en la foto que acompaña este post. Y con él he vuelto a soñar, que para Saramago es leer, pero para mí es escribir.

 

Elogio y nostalgia de la Transición

                Le tomo prestada a Don Gregorio Marañón la idea del titular de este post, no para elogiar y echar de menos a la “caput castellano-manchegae” –permítaseme la expresión en latín macarrónico-, como él hizo en su obra escrita en 1951 y titulada “Elogio y nostalgia de Toledo”, sino para aplaudir, y además con progresivo y vivo entusiasmo, la Transición política que llevó a España de una dictadura, que duró treinta y nueve años, a una democracia plena, instaurada en apenas tres, el tiempo que transcurrió entre la muerte de Franco, acaecida el 20 de noviembre de 1975, y la aprobación de la vigente Constitución -por casi un 90 por ciento de los españoles, no conviene olvidar- en el referéndum celebrado el 6 de diciembre de 1978.

 Ciertamente, viendo la evolución de los tiempos y de los acontecimientos políticos, son cada vez más los motivos que se suman a los ya muchos acumulados desde su propio tiempo para elogiar la Transición política española del franquismo a la democracia, aunque algunos se empeñen en certificar su defunción, como lo hizo Pablo Iglesias, el líder de Podemos, al calificar su mayor y mejor consecuencia, la Constitución del 78, como” candado que hay que abrir”. Esta afirmación la hizo mediado 2014, si bien intentó corregirla año y medio después cuando en la presentación de su libro, curiosamente titulado “Una nueva transición”, dijo que la de los años setenta «había alcanzado un notable consenso social, supuso una promesa de modernización -¿solo promesa?- y trajo avances innegables”. Evidentemente, prefiero al “podemita” de la segunda afirmación que al de la primera, pero, la verdad sea dicha, no me fío un pelo de cuál sería el que gobernaría España si pudiera hacerlo, algo que, de momento, parece estar lejos de ocurrir porque los españoles le negaron su apoyo para ello el pasado 26-J, incluidos los más de un millón cien mil que le habían votado a él o a su coaligado IU el 20-D del año anterior. Esa sangría de votos que se han dejado en el camino Iglesias y Garzón deberían hacérsela mirar bien y no como han hecho algunos conmilitones suyos que, incapaces de asumir que Unidos Podemos ha fracasado en su intento de asaltar el poder dando el “sorpasso” al PSOE, se han permitido especular lamentablemente con un posible “pucherazo” electoral, como si España fuera su Venezuela del alma. Me dan miedo los que no pueden entender que la gente no les vote a ellos. Me asustan quienes piensan que sólo ellos están en posesión de la verdad. Me aterran quienes no aceptan las reglas del juego cuando ellos pierden. Esas actitudes radicales, sectarias e intolerantes, dan la razón a quienes afirman que los extremos, sean del color que sean, son o terminan siendo muy parecidos, y hacen buena y política esa afirmación, solo geográfica, que dice que “demasiado al Este es el Oeste”, llevada al teatro como comedia por Alfonso Mendiguchía.

Si los líderes y los partidos políticos más representativos de la España de hoy, especialmente los que no se cansan de repetir que al PP hay que sacarlo a gorrazos de la Moncloa y darle la vuelta a España como se le da a un calcetín –algo que, más matizado o no, han venido a decir tanto PSOE como Podemos, IU e, incluso, Ciudadanos, señalando y vetando éstos últimos a Rajoy como si fuera un apestado político-, recuperaran el espíritu de la Transición, y no sólo la letra y cuando les conviene, se dejarían de “cordones sanitarios”, “líneas rojas”, “vetos” y demás formas de verbalizar lo que en el fondo es pura y llanamente un intento de exclusión a una fuerza política y a un líder que, por cierto, han sido los únicos que han crecido claramente en apoyo ciudadano en la última cita electoral, aunque algunos miren para otro lado porque esa nueva realidad post lectoral no les guste.

Si “las dos Españas” machadianas, con la cera que se habían dado durante décadas entre ellas y los muertos y el dolor que habían causado la una a la otra, fueron capaces de renunciar en la Transición a parte de su ideario para confluir o converger en uno asumible por todos, aunque no terminara de convencer del todo a ninguno, bastante más fácil debería ser en esta etapa de gobierno provisional que ya dura demasiado que, simplemente, se permita gobernar al partido que ha concitado el mayor apoyo de los ciudadanos en sendas y consecutivas convocatorias electorales, siendo, además, el único que ha crecido, y significativamente, en la segunda. Evidentemente, no es esperable ni de Podemos ni de los partidos independentistas absolutamente nada a favor de la gobernabilidad de España si ésta pasa por que gobierne el PP, ahora bien, tanto del PSOE como de Ciudadanos cabría esperar que dejen el “tacticismo” político de una vez y que asuman que, a falta de una mayoría absoluta -en estos tiempos casi impensable-, una gran minoría de españoles -muy superior a sus respectivas y limitadas minorías, incluso sumadas éstas- han apoyado al PP y a su líder, aunque a ellos no les guste ni uno ni otro. Llegados a este punto, quiero decirle al señor Rivera y a quienes dentro de su partido no cuestionan este postulado político suyo de las exclusiones y los vetos personales –que ya pusieron en práctica en las pasadas elecciones municipales y autonómicas, sin ir más lejos en la Diputación de Guadalajara vetando a Guarinos como presidenta- que los vetos personales son más propios de una democracia orgánica que de una plena y que las exclusiones de personas de la actividad política corresponden, en primer lugar, a los jueces, si media sentencia firme por delito con pena accesoria de inhabilitación para cargo público, en segundo lugar, a los electores, que incluyen y excluyen del poder a quienes creen conveniente, y, en tercer pero preeminente lugar, a los militantes de cada partido que han de elegir a sus líderes, candidatos y representantes.

Si Santiago Santiago Carrillo y Manuel Fraga se terminaron soportando e, incluso, respetando y hasta puntualmente elogiando de forma mutua, en aras de la convivencia pacífica, la libertad y la democracia en España, Rajoy, Sánchez y Rivera podrían llegar a ser hasta amigos si persiguieran ese mismo horizonte de tolerancia, consenso y concordia. Ese recuperar el verdadero espíritu y valor de la Transición, permitiría dejar sin recorrido a los “salvadores” del pueblo que nos intentan vender nuevas transiciones que, está bien claro, lo que en realidad pretenden no es construir sobre la primera, sino especular a su antojo ideológico sobre su solar arruinado.

25 años de “Mar Mur”

                Guadalajara acaba de celebrar la XXV edición de su “Maratón de los Cuentos”, una singular y extraordinaria actividad que nació principiando la última década del siglo XX y que ha alcanzado esta efeméride mediando la segunda del XXI. Aquella iniciativa que partiera en 1992 de la directora de la Biblioteca Pública Provincial y entonces también alcaldesa de IU de Guadalajara, Blanca Calvo -que lo sería por poco tiempo más, pues dimitió en julio de ese mismo año-, para tratar de dinamizar la Feria del Libro local, con el paso del tiempo se ha convertido en la actividad cultural probablemente más conocida y reconocida de la ciudad. Como es sabido, el Maratón llegó, incluso, a figurar en el Libro Guinness de los Record cuando en su segunda edición logró superar la marca mundial de tiempo ininterrumpido contándose cuentos públicamente, un hecho que, aunque ahora tenga una importancia solo relativa, entonces supuso todo un acicate para organización, contadores, espectadores, medios de comunicación y opinión pública en general.

                Contrariamente a lo que con tanta frecuencia ha sucedido en esta ciudad, una iniciativa que nació, en cierta medida, de forma coyuntural, con el paso del tiempo, lejos de languidecer e, incluso, morir, ha ido consolidándose de manera progresiva y calando muy hondo en la memoria colectiva de una ciudad como esta que tantas veces ha evidenciado desmemoria. El que el Maratón de los Cuentos haya alcanzado su XXV edición y con el vigor que lo ha hecho, implica que ha crecido y se ha desarrollado a la par que los jóvenes que ahora tienen 25 años de edad, un momento existencial especialmente dulce, en el que el rendimiento físico e intelectual de las personas suele llegar a sus máximos y en el que para alcanzar la excelencia vital sólo se requiere la experiencia que, se quiera o no, el paso del tiempo siempre aporta, aunque algunos crezcan más biológica que biográficamente, por conformismo y falta de inquietudes y de compromiso, graves pecados donde los haya.

Guadalajara ha unido su nombre al de los cuentos, ojalá que para siempre, como los hermanos Grimm lo unieron a Bremen gracias a sus torpes, pero maravillosos músicos, o a Hamelin, por medio de su cautivador flautista, o como  Hans Christian Andersen lo vinculó a Copenhague a través de su Sirenita, o los cuentos de las mil y una noches a Bagdad, esa maravillosa ciudad oriental que hace ya mucho tiempo que no está ya ni para un solo cuento más. Efectivamente, hace tiempo que Guadalajara, de forma natural y sin necesidad de que el marketing ni la publicidad fuercen absolutamente nada, es conocida y puede “venderse” como “ciudad de los cuentos” y no pongo delante el determinativo “la” por respeto a las cuatro ciudades anteriormente citadas y a otras muchas más que podríamos citar y que también están vinculadas, por causas diversas, a la narrativa oral.

Me agrada sobremanera que mi ciudad tenga un barrio entero dedicado a autores, personajes, escritores o narradores de cuentos, eso denota sensibilidad de quienes les pusieron a las calles del SP-03 esos nombres y no seré yo, precisamente, quien vaya en contra del fomento de la sensibilidad y menos en una ciudad como esta que, a veces, demasiadas, ha dado muestras de tener excesivo y duro callo en la piel. Vaya en su descargo que, históricamente, le han llovido palos por todas y desde todas partes, por lo que no le ha sido fácil el “philosophare” cuando tenía muy comprometido el “vivere”… Por cierto, aprovecho la ocasión para decir que, no estaría mal, que en futuras ocasiones en que haya que nominar nuevos barrios de la ciudad, también se tenga la sensibilidad de llevar a nuestro callejero a importantes personalidades de las artes y las ciencias españolas que, a pesar de sus indudables méritos, no están en él. Está muy bien que Saturnino Calleja, que fue un cuentista muy prolífico, tenga una calle dedicada en Guadalajara, como también me parece bien que lo tengan los duendes, las hadas, las sirenas, la luna, la estrella y las princesas, ahora bien, lo que no me parece tan plausible es que aún no les hayamos encontrado un hueco en nuestro callejero a escritores de la talla, por ejemplo, de Lope de Vega, Valle Inclán, Blasco Ibáñez, Pío Baroja, Azorín, Unamuno, Ortega y Gasset, Ramón J. Sender, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Jorge Guillén,… Lo dejo ahí.

Vuelvo al principio: Que el Maratón de Cuentos de Guadalajara haya alcanzado su XXV aniversario con la vitalidad que lo ha hecho es una excelente y extraordinaria noticia que hay que destacar y comentar; pero no para dormirse en los laureles, sino, bien al contrario, para reinventarlo cada año y renovar sus contenidos y recursos, como esta edición, acertadamente, se ha hecho, potenciando su presencia en las redes sociales, ese mundo de la comunicación que nos da vértigo a quienes nacimos para el periodismo en los tiempos en que aún las linotipias eran tecnologías imprescindibles, pero que es el presente y parece que el futuro. Y al futuro no hay que irle con malos cuentos.

Termino homenajeando a dos grandes escritores guadalajareños, el dramaturgo Antonio Buero Vallejo –en el año de su centenario- y a su viejo y buen amigo, el poeta Ramón de Garciasol, que estuvieron presentes en la inauguración del primer Maratón de los Cuentos alcarreño, en 1992, dándole así su aliento cuando a ellos ya no les sobraba. Ambos hace ya tiempo que no están entre nosotros, pero los literatos, como los viejos rockeros, nunca mueren porque siguen vivos a través de su literatura. Y de su ingenio, como el que demostraron desde bien jóvenes cuando, compartiendo aula en el viejo Brianda, jugaban a ser el “mur (ratón) de Guadalajara” –el ratón de villa, rol que asumía Buero, nacido en la capital- y el “mur de Mohernando” –el ratón de aldea, el rol de Garciasol, natural de Humanes-, dos personajes secundarios del Libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita. Me consuela el hecho de que los tres estén en nuestro callejero; ahora también espero que no sólo sean para muchos los nombres que tienen unas calles de la ciudad.

Las otras guadalajaras

                Como es sabido, hace ya años que se constituyó en la comarca de Molina de Aragón una asociación cívica que tiene por nombre “La otra Guadalajara” y cuyo fin primordial es reivindicar políticas y actuaciones de las administraciones públicas para sacar a la comarca molinesa de la postración y la falta de desarrollo social y económico que lleva acusando largo tiempo, siglos, diría yo, aunque en las últimas décadas su regresión, especialmente la demográfica, haya llegado ya a cotas verdaderamente alarmantes. Si bien no siempre he compartido las formas y los medios con que se ha producido “La otra Guadalajara” e, incluso, algunas veces me ha parecido ver detrás de sus actuaciones más política partidista que de comarca, sigo identificándome con sus fines porque la tierra molinesa, en la que nació mi abuelo paterno y, por tanto, en la que tengo fuertes raíces, lejos de progresar, continúa en regresión, y si ésta, a veces, parece ralentizarse, es porque no se puede desangrar con mayor celeridad lo que ya está casi exangüe.

Todo el mundo entiende, perfectamente, que a Molina se le llame “la otra Guadalajara” porque, efectivamente, es la más distante, no sólo físicamente, del entorno de la capital y el Corredor del Henares, donde sí crece la población y hay actividad económica, aunque aquélla haya llegado, en gran medida, de aluvión y durante el “boom” del ladrillo, ahora en grave crisis, y a veces ésta vaya a trompicones. Pero, lamentablemente, no sólo Molina es “la otra Guadalajara”, sino que hay “otras Guadalajaras”: las Serranías y aún gran parte de la comarca de la Alcarria presentan síntomas de regresión demográfica y socio-económica similares a los de Molina y necesitan políticas activas de desarrollo rural bastante más eficaces que las hasta ahora puestas en marcha, que han sido escasas en forma y cuantía, y muy limitadas en fondo y objetivos.

Abordar en profundidad los ya endémicos males que aquejan a nuestro medio rural y proponer soluciones asdecuadas para combatirlos no están ni en mi capacidad ni en el espacio del que dispongo en este post, aunque, simplemente, dejar constancia de que es un problema que sigue estando ahí entiendo que ya es aportar algo disonante con la publicidad y la propaganda políticas que, con tanta frecuencia, pretenden vender acciones para el medio rural como si fueran el “bálsamo de Fierabrás” –a esta región le quitas a Don Quijote y se queda como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando- que, las más de las veces, no pasan de episódicas y coyunturales.

Lo que sí me da tiempo a tratar, aunque sea de forma muy limitada, es un hecho que, precisamente, me comentó el presidente de la Diputación Provincial y Alcalde de Sigüenza, José Manuel Latre, el pasado viernes, en el bello patio neo-mudéjar del palacio provincial, en el acto institucional de celebración de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, patrón de la Diputación: aunque este año, en razón de la oportunidad que supone la conmemoración del centenario del nacimiento de Cela, se esté trabajando muy especialmente en torno a su libro “Viaje a la Alcarria”, hay que ponerse a trabajar en la misma línea con el resto de comarcas de la provincia. Por lo que me dijo, intuyo que Latre tiene muy claro que en Guadalajara tenemos “otras Guadalajaras” que pueden y deben promocionarse, de igual o parecido modo a como se está haciendo este año con la Alcarria, lo que sin duda repercutirá en el turismo, un sector que no es la panacea para todos los males de nuestro medio rural, pero que, sin duda, es una eficaz aspirina para el dolor de cabeza y un aliviador antiácido para el de estómago. Eso sí, para otros males mayores de nuestra provincia, harán falta otros remedios más complejos que un simple comprimido.

Me parece muy acertada la reflexión que me hizo Latre a la sombra del ladrillo mudejarizante de Marañón y Aspiunza, los arquitectos del palacio provincial en la penúltima década del XIX, y cuyo proyecto ganó el concurso nacional que se convocó para diseñarlo y construirlo, presentándose a él con un lema realmente significativo: “Con trabajo y economía se enriquecen los pueblos”. Al hilo de la apuesta del presidente de la Diputación por promocionar, no sólo la Alcarria, sino el resto de la provincia, o sea “las otras Guadalajaras”, gracias al turismo cultural, se me ocurre pensar que, al contrario que el coronel de García Márquez, éstas sí han tenido quienes les escriban: El autor anónimo del Poema de Mio Cid a las Serranías, la Campiña, la Alcarria y Molina –o sea, al norte, el este y aún parte del centro y el oeste de la provincia-, el Arcipreste de Hita a la Campiña, la Alcarria y las Serranías en el “Libro de Buen Amor”, Ortega y Gasset a las Serranías en “El Espectador  (Notas de andar y ver)”, José Luis Sampedro al Ato Tajo en “El río que nos lleva”, Ramón Hernández a la capital en “El ayer perdido”, Andrés Berlanga a la tierra molinesa en “La Gaznápira,… entre una larga e importante nómina de autores y de obras. Además, lo que no está escrito, está por escribir.

Con trabajo, economía… e inteligencia, se enriquecen los pueblos, aunque sea poco a poco, como las gentes, a las que, según Cela en su “Nuevo viaje a la Alcarria”, ya les va dando la gana venir a esta tierra guadalajareña, a la que antes no le daba la gana venir a nadie. Hasta que a él sí le dio. ¡En buena hora!

Buscando a Toquero y a Barra tras Cela en la Alcarria

                Entre el 11 de mayo pasado, fecha en la que se conmemoró la efeméride de su nacimiento hace ya 100 años, y el 6 de junio próximo, en que se conmemorará el 70 aniversario del inicio de su viaje físico a la Alcarria, estamos en pleno apogeo de los actos del centenario de Camilo José Cela que, como ya comenté en mi post anterior, se van a celebrar a lo largo de 2016 en toda España, organizados por varias instituciones públicas y privadas, entre ellas la Diputación Provincial de Guadalajara.

                El 1 de junio tendrá lugar, en el salón de plenos de la corporación provincial, el acto institucional del centenario más relevante de cuantos se van a llevar a cabo en la provincia, en el que el Director y Secretario de la RAE, Darío Villanueva, profundo estudioso de la obra de Cela y gran conocedor de la persona y el personaje, va a impartir una conferencia sobre el autor de “La Colmena”, “Viaje a la Alcarria” y otras 67 creaciones literarias más. Villanueva será presentado por Aurora Egido, la única académica de la Lengua que hay actualmente nacida en la provincia y que tiene desde 2013 silla -la “B” mayúscula- en la institución que “limpia, fija y da esplendor” al castellano desde hace ya tres siglos. A este acto está prevista la asistencia de Camilo José Cela Conde, hijo del Premio Nobel de Literatura 1989, lo que sin duda contribuirá a darle mayor relevancia social, que complementará la académica y literaria que, con total certeza, aportarán Egido y Villanueva.

Buscando-CelaDicho esto, quiero que quede bien claro que hoy he venido a estos blogs de GD a hablar de la reedición del libro de Salvador Toquero y Santiago Barra, “Buscando a Cela en la Alcarria”, escrito en 1981 por este par de grandes periodistas y escritores guadalajareños, al tiempo que maestros y amigos míos, pues gracias a sus impagables tutelas me inicié en esto del periodismo, cuando apenas contaba yo con diecisiete años de edad, en aquella histórica y entrañable cabecera/escuela que para mí y para tantos otros fue “Flores y Abejas”. Como bien dice Santi en su prólogo a la segunda edición de su libro, escrito al alimón con su tío y también maestro Salva, seguro que éste está disfrutando con gozo de su reedición en los “eternos paisajes del cielo por los que lleva transitando desde hace ya nueve años”. Toquero tiene muchos motivos para descansar en paz, pero desde el 11 de mayo pasado, oportuna fecha en la que se presentó la segunda edición de “Buscando a Cela en la Alcarria”, ha sumado a ellos uno más. La circunstancia de que el diseño y edición electrónica de esta reedición haya corrido a cargo de uno de sus hijos, Fernando, seguro que también le ha reconfortado, no sólo porque sea su hijo, sino porque está muy bien hecha. Puede que sea una cierta irreverencia hablar de gozos terrenales en el cielo, pero Salva era también un maestro de la metáfora continuada, de la alegoría, y como tal ha de entenderse este comentario.

Y ya sí que voy a hablar del contenido de “Buscando a Cela en la Alcarria”, que es a lo que he venido hoy. En el verano de 1981, cuando apenas llevaba yo dos años y medio en “Flores y Abejas” colaborando,  aprendiendo y madurando como el membrillo en septiembre, tuve la inmensa fortuna de ser un espectador privilegiado de su gestación y hasta de la realización de una parte, aunque fuera mínima, de su trabajo de campo y de su redacción. Incluso corregí algunas pruebas de imprenta, con no demasiado tino, por cierto, a juzgar por las excesivas erratas que aparecieron en la primera edición de la obra, aunque, en descargo de quienes participamos en la labor de corrección, cabe decir que algunas correcciones se quedaron en el bolsillo del editor, sin que jamás llegaran al linotipista. En esta reedición recién presentada, doy fe de que las erratas se pueden contar con los dedos de una mano, lo que viene a poner 35 años después las cosas en su sitio porque les aseguro que, si hay algo que contraría a un periodista, es que sus textos se publiquen con erratas, máxime cuando la culpa no es suya.

En “Buscando a Cela en la Alcarria” hay mucho y buen periodismo de investigación pues Toquero y Barra no tuvieron pereza en tratar de localizar, uno a uno, los 57 personajes principales de “Viaje a la Alcarria”, consiguiendo hablar personalmente con bastantes de ellos o con familiares y conocidos directos, o, al menos, tener noticias de casi todos. Cuando eran personas de carne y hueso, claro, porque pronto descubrieron que un número significativo de los personajes del libro alcarreño de Cela eran tan sólo literarios, algo que no desmerece la obra, bien al contrario. Esa circunstancia la conocieron ya en el primer capítulo, el de Guadalajara, pues comprobaron que Armando Mondéjar, el “niño preguntón” del “pelo colorado del color del pimentón” con el que el viajero gallego dice trabar amistad al salir de la capital, cuando ya va camino de Taracena, no era una persona real sino un personaje creado. ¿Y cómo lo supieron? Pues como hacen los buenos periodistas, investigando: resulta que Cela dice en su libro que Armando es hijo de Pio Mondéjar, un “perito que trabaja en la Diputación”; fueron a ella y tras revisarse todo lo revisable y más en los archivos de la institución provincial, se llegó a la conclusión de que ninguna persona apellidada Mondéjar había trabajado allí, incluida la época en que está escrito ”Viaje a la Alcarria”. Por cierto, ese dato les puso en el camino de otro: varios de los personajes literarios creados por Cela también llevaban el apellido de nombres de pueblos de la provincia –entre otros, el guardia civil Torremocha-, pero no todos, porque, por ejemplo, Emeterio Arbeteta, el amigo cifontino del viajero, fue una persona real, relevante y muy conocida en la zona

Doy fe de que Toquero y Barra no fueron tras las huellas de Cela en la Alcarria para tratar de ”destripar” el libro, sino con una profunda admiración hacia su obra y un instinto periodístico loable, que les llevó a tratar de saber de sus personajes treinta y cinco años después de escribirse, pues, si se dejaba correr más tiempo, se entraba en riesgo de que muchos de ellos hubieran muerto; aún así, alguno se había quedado ya por el camino, mejor dicho, por la carretera, como es el caso de Martín Sanz, el mulero de Trijueque que llevó a Cela desde Taracena a Torija en un carro y al que mató un coche que le atropelló cuando iba en bicicleta, apenas dos años después de su encuentro con el escritor gallego. Pero el que “los periodistas” -así  se refieren a sí mismos en su libro, en primera persona del plural, al igual que Cela lo hiciera como “el viajero”,  en la primera del singular- no pretendieran conocer los entresijos de la obra de Cela con ánimo de desentrañar su libro, no es óbice para que renunciaran a ser periodistas e investigaran aquello que les pareció investigable. En una lección práctica de periodismo de las muchas que Toquero y Barra me dieron, uno de ellos me dijo: un periodista es aquél que ve humo a lo lejos y, en vez de huir por temor, se acerca a él para conocer su causa. Y doy fe de que algunos humos que vieron mientras buscaban a Cela en la Alcarria, se limitaron a especular con su origen, pero no pretendieron ser bomberos, ni mucho menos pirómanos. Hasta aquí puedo escribir…

Podría seguir buscando a Toquero y a Barra mientras éstos buscaban a Cela en la Alcarria casi hasta el infinito y volver, como las carreras cortas que echan los de Bilbao, pero lo dejo aquí porque lo mejor que se puede hacer con un libro, con un buen libro como les aseguro que es éste, es leerlo. Y también les aseguro que, además de periodismo del bueno –en él está magníficamente retratada, aunque sea de forma transversal, la Guadalajara rural de la Transición-, van a hallar literatura de primer nivel, porque tanto Toquero como Barra son dos grandes escritores que ganó el periodismo, pero se perdió, en buena medida, la literatura, aunque ambos hayan hecho algunas incursiones en ella, especialmente ésta que emprendieron juntos, siendo dos personas de generaciones, inquietudes y hasta pensamientos distintos, lo que da aún más valor a esta obra escrita a cuatro manos y dos voces, pero un solo aliento.

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