D’aquella pols, vénen aquests fangs

                Yo no hablo catalán ni en la intimidad, ni en público, ni falta que me hace, pero he querido titular este post con un refrán castellano traducido al catalán que resume lo que, a mi juicio, ha pasado en Cataluña en los últimos 30 años, pero, sobre todo, en los últimos diez, que es cuando el llamado “soberanismo” catalán, o sea, el independentismo, ha echado de verdad un órdago al Estado y una bofetada en la cara del resto de España viniendo a afirmar que son distintos y mejores que nosotros y que, por ello, prefieren dejar de ser unos de los nuestros para ser sólo nuestros vecinos. “D’aquella pols, vénen aquests fangs” significa quede aquellos polvos vienen estos lodosy, efectivamente, creo que el incremento exponencial de independentistas catalanes que se ha producido en los últimos años, no es fruto de la casualidad, sino de la causalidad, y ésta no es otra que el intencionado y descarado fomento del independentismo que desde la Generalitat y desde no pocos sectores de la sociedad catalana se ha hecho en todos los frentes posibles: en las escuelas, utilizando la historia al antojo nacionalista y enseñando a los chavales a sentirse solo catalanes y a rechazar –cuando no, odiar- lo español, de manera especial nuestro idioma común; en los medios de comunicación públicos –TV3 y Catalunya Radio, principalmente-, proclamando soflamas a diario contra España y alentando y hasta tratando de crear diferencias entre catalanes y españoles; en la administración autonómica, promoviendo políticas directas y transversales de fomento de la catalanidad –algo, en principio, no censurable- y en contra de la españolidad –algo realmente lamentable-, y en la mismísima calle, intentando anular cualquier signo o emblema español de manera descarada y hasta haciendo cada día más difícil la vida en Cataluña a los que no tienen ocho apellidos catalanes, o más, aunque muchos de ellos hayan nacido ya en Cataluña y sus padres y abuelos contribuyeran con su trabajo al despegue económico de la región, desangrando demográfica y socialmente las regiones desde las que emigraron.

                Decía que el incremento de los independentistas en Cataluña ha sido exponencial en los últimos años y los siguientes datos avalan esta afirmación: Hasta hace apenas diez años, sólo un 15 por ciento de la población catalana quería la independencia para Cataluña, mientras que, según el CIS, actualmente es un 45 por ciento de la población, después de haber llegado a finales de 2013 a su máximo histórico del 48,5 por ciento. O sea que, en apenas diez años, se han triplicado los independentistas en Cataluña, a pesar de lo cual siguen sin ser mayoría o, si lo son, es tan escuálida que una proclamación de esa independencia, además de ilegal e inconveniente para todos, los catalanes los primeros, sería de todo punto irracional porque no se puede dividir a una sociedad de forma tan traumática y flagrante por un mero hecho de pertenencia, por una cuestión de pura bandería. Para colmo, los independentistas que se han juntado –que no unido- en ese “totum revolutum” que es la coaliciónJunts pel sí”, que pretende erigirse como la gran opción del independentismo, son cada uno de su padre y de su madre y sólo les han juntado coyunturalmente las ansias de independencia, pero sus modelos sociales, económicos y políticos son tan radicalmente distintos que, de producirse esa independencia –que, afortunadamente para España, Cataluña incluida, no se va a producir-, al día siguiente estarían corriéndose a barretinazos entre ellos y llamándose de todo menos “bonics”, o sea, bonitos.

Un factor que, estoy seguro, también ha influido en el incremento del independentismo catalán experimentado en los últimos años, ha sido la fuerte crisis económica en la que llevamos inmersos desde los tiempos de Zapatero, quien, por cierto, trató de apagar el fuego nacionalista catalán echándole gasolina en vez de agua. El nacionalismo, que ahora abraza también sorprendentemente la izquierda exinternacionalista, es de origen burgués, conservador y economicista hasta los tuétanos, por lo que le ha venido de perlas para su fin independentista esta crisis en la que se han acrecentado las diferencias de renta entre las regiones más ricas –Cataluña entre ellas- de las más pobres de España, para lanzar ese ignominioso aserto de queEspanya ens roba” –España nos roba-, que retrata la falta de solidaridad y hasta de justicia de quienes lo han acuñado y difundido, sabiendo muy bien lo que hacían. Lapela siempre ha sido la “pela” en Cataluña, incluso en tiempos del euro, como los actuales, que espero que siga siendo la moneda de curso legal en Cataluña y no elPujol, como irónicamente alguien ha sugerido que se llamara la unidad de cambio propia catalana.

                Espero, también, que el tradicional sentido común catalán, el llamadoseny”, se imponga el 27 de septiembre en Cataluña y vuelva a imperar allí la cordura y la sana convivencia que el nacionalismo radical está alterando en un viaje a ninguna parte y al que ya se ha sumado demasiada gente, gran parte de ella confundida, manipulada e, incluso, engañada. Identificar la libertad de Cataluña con la independencia es echarle muchas más cadenas encima a los pueblos verdaderamente oprimidos. Y también es escupir en las manos extendidas de los pobres.

Las ferias mestizas

Da igual cuando se celebren las ferias, o enel veranillo de San Miguel”, terminando septiembre, o en torno a la Antigua, principiando, el caso es que, cuando terminan, a Guadalajara se le frunce el ceño y se le pone cara de otoño. Y digo que se le frunce el ceño porque, después de un largo y extremadamente cálido verano, se acabó lo que se daba y toca volver a la rutina, bendita, por otra parte, si es en forma de trabajo, porque no debe haber peor rutina que la del desempleado. Y digo que a Guadalajara se le pone cara de otoño porque suele coincidir con el final de las ferias, y este año no ha sido diferente, que el fresco deje atrás al calor, ventee ya y la lluvia caiga o amenace con caer, algo que ya es suficiente para que al personal le parezca que el equinoccio de otoño haya llegado, aunque le quede aún una semana para hacerlo oficialmente.

                Acabar las ferias de Guadalajara y guardar los ventiladores es casi un acto ya preestablecido, como si no tuviéramos confianza ni en lo que aún queda de verano, que es bien poco, ciertamente, ni en san Miguel y su veranillo, en los que aún podemos sudar la gota gorda porque el “sol del membrillo”, propio del último verano y el primer otoño, todavía tiene fuerza, pero los días ya han acortado tanto que la noche pronto se echa encima y cada día le baja más pronto los humos al calor.

Aunque el programa festivo ha disminuido su coste en 100.000 euros, las ferias de Guadalajara siguen siendo de lo mejorcito de nuestro entorno y ya las quisieran para sí muchas otras capitales de provincia. En su propio beneficio, se han aliado, un año más, con el calor por lo que el personal se ha echado masivamente a la calle, doy fe. Imposible, o casi, dar un paso por el ferial desde el jueves al domingo, especialmente en las horas del pincho y la caña de cerveza o el chato de vino; imposible, o casi, encontrar mesa en las terrazas del paseo de san Roque a las mismas horas;  imposible, o casi, verle la cara a Bustamante si no era con prismáticos; imposible, o casi, dar una vuelta por los parques de san Roque y la Fuente de la Niña durante gran parte de la noche; imposible, o casi, hacerse un hueco para ver  los toros de fuego en la Carrera; imposible, o casi, buscar a nadie en las verbenas de las peñas, que proliferan como setas; imposible, del todo, encontrar una silla en las representaciones teatrales de la plaza Mayor si no se iba antes de que llegara la compañía a la ciudad,…

Soy consciente de que hay muchas personas a las que las ferias les molestan o, simplemente, no les gustan, pero es evidente que las de Guadalajara son unas fiestas bulliciosas, plenas de actividad y con un ambiente joven y dinámico en la calle y resto de espacios públicos que las imprimen carácter y personalidad, algo que resulta curioso porque, durante años y no hace tanto, hemos copiado modelos festivos de otras ciudades porque no nos terminaba de convencer el nuestro. Al final, las fiestas se parecen a las ciudades, y si Guadalajara es una ciudad que ha crecido sumando población venida de los pueblos de su propia provincia, de otras provincias de España y de otros países, sus ferias han dejado de ser impersonales o copia sin tunear de las de otras, para llevar ya un tiempo adquiriendo carácter propio, en una especie de mestizaje en el que cada vez se notan menos las partes que se han mezclado.

Hace tiempo que ya no busco las ferias, sino que las ferias me buscan a mí. Y me encuentran en cuanto salgo a la calle. Y eso es fiesta de verdad.

Las ferias imposibles de Aylan Kurdi

Foto Hermanas Colombinas (Ferias Gu años 60) (1) Hoy iba a escribir de las Ferias y Fiestas de Guadalajara que van a celebrarse en los próximos días en este verano ya maduro de septiembre, como llamaría a este tiempo mi querido amigo/hermano, Javier Borobia.  Iba a hablar, más que de estas ferias que se avienen cuando ya gasto más de medio siglo, de las que viví siendo niño, que fueron mis auténticas ferias porque estoy de acuerdo con Rilke en que “la infancia es la verdadera patria de los hombres”. Iba a escribir de mis recuerdos en blanco y negro, incluso en sepia, de aquel parque de la Concordia plagado de atracciones: los caballitos del señor Paco, el güitoma, las barcas, el Tren de la Bruja, la Noria, la Ola, el Galeón, los coches de choque, el laberinto de espejos, las “hermanas colombinas”, los puestos de tiro en el llamado “paseo de los Curas”, los de pinchos en la zona trasera de la Mariblanca, incluidos los que servían “the” y pinchos morunos, los carretones con montañas de patatas fritas, trozos de coco y manzanas caramelizadas, las máquinas de algodón de azúcar, etc. etc. Iba a hablar, también, del Teatro Chino de Manolita Chen, que se solía ubicar en el aparcamiento del Asilo, donde entonces se hacían los exámenes de maniobras para sacarse el carnet de conducir. Quería escribir del circo que se instalaba en las eras que aún eran de pan trillar en vez de piso construir, en el barrio de la Soledad, al lado de las casas de “Paco Nicolás”. Me apetecía contar la importante nómina de artistas que, entonces, traían a Guadalajara los llamados “Festivales de España”, así como recordar algunas de las obras de teatro que se programaban en el “Coliseo Luengo”, dignas de las mejores carteleras de Madrid, y, por supuesto, relatar aquellos inolvidables y espectaculares desfiles de carrozas con los que se abrían las ferias de los años sesenta y setenta, con especial relato, por su boato, de las que ocupaban las reinas de las fiestas, que solían ser hijas de ministros o de otras altas autoridades del Estado, cuanto más altas, mejor.

nino-sirioQuería escribir de todas esas cosas y de muchas más y, seguramente, habría hecho pasar un buen rato a quienes lo leyeran, sobre todo a aquellos que, en razón de su edad, conocieron aquellos tiempos festivos que, entonces, parecían todo un signo de modernidad y progreso pero que, vistos con la perspectiva del mucho tiempo ya transcurrido, huelen a alcanfor y a rancio y hacen que el confeti que a sacos se lanzaba desde las carrozas se confunda con caspa. Quería escribir de ello, y disfrutar haciéndolo, pero no puedo, ni debo, y, aunque en vez de un buen rato a alguien se lo haga pasar malo, mi obligación moral y lo que me pide el cuerpo es hablar de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años que se ha ahogado en aguas turcas cuando, huyendo de la guerra, intentaba llegar a Europa, cuya dramática imagen ha recorrido el mundo y, espero, que lo haya consternado y sirva para que se agiten las conciencias y se trabaje, pronto, de verdad y de una vez por todas, para evitar nuevas tragedias como ésta, que no ha sido ni mucho menos aislada.

Aylan ya no va a poder jugar más con su hermano de cinco años, Galip, ni con su madre, pues ambos murieron también cerca de la orilla a la que pretendían llegar para dejar atrás el horror que toda guerra supone, pero aún mucho más ésta que atiza el llamado Estado Islámico, nacida de un fundamentalismo religioso radical, sinsentido y mortal que está elevando la sinrazón de toda guerra a la enésima potencia y sacando a la luz lo peor del hombre.

Aylan nunca conoció, ni ya podrá conocer, las ferias de Guadalajara, ni las de antes ni las de ahora, y aunque seguramente que vivió pobre, intuyo que fue feliz el poco tiempo que le dio la vida porque sólo son infelices los que echan de menos cosas pero, muy probablemente, él se conformaba con lo que tenía, aunque fuera poco, porque la pobreza se suele defender de la riqueza ignorándola. Aylan no conoció nuestras ferias, ni siquiera habría oído hablar de nuestra ciudad y, muy probablemente, tampoco sabría nada de la Europa a la que su madre le traía con la esperanza de encontrar en ella una vida mejor, aunque en su viaje hallara la peor de las muertes posibles. Hoy la foto de la noticia no es, no puede ser, festiva, ni en blanco y negro ni en sepia ni mucho menos en color; hoy, dramáticamente, la foto es la del pequeño Aylan ahogado en la costa turca, lamentablemente muerto cuando apenas había empezado a vivir y ni siquiera había tenido tiempo de soñar.

A Aylan no le ha matado ni le ha quitado la vida y los sueños el mar, le hemos matado entre todos porque cuando un niño muere de la forma en que lo ha hecho Aylan, todos somos un poco culpables de esa muerte que, espero y deseo, no sea inútil, y sirva para remover conciencias y políticas en dirección a la justicia y la paz. Y a la solidaridad, que es la ética de las éticas, como acertadamente afirmó mi viejo y buen amigo Santiago Barra cuando dio el pregón de las ferias y fiestas de Guadalajara de 1980 desde el balcón del Ayuntamiento.

Aylán es un nuevo ángel que hay en el cielo, un ángel de oriente medio, que, junto con los africanos que huyen de esa otra forma de guerra que es el hambre, son los “ángeles negros” de estos tiempos, a los que, como dice el bolero, también los quiere Dios/Alá, aunque a veces no lo parezca.

Descansa en paz, Aylan, y juega en el cielo todo lo que no has podido jugar en la Tierra.

Capitales de la soledad

Ya se está poniendo el sol en la mayoría de los pueblos de Guadalajara, esos en los que solo amanece de verdad unos pocos días al año, cuando los hijos de la tierra y sus hijos y sus nietos, y aún sus bisnietos, vuelven por unos días a ellos, dejando atrás las ciudades, o los pueblos grandes que juegan a ser ciudad, a los que tuvieron que emigrar en busca de trabajo, pan y futuro, dejando atrás penurias, hambre y pasado, mucho pasado.

Aunque el sol sale y se pone todos los días, en esos muchos pueblos de Guadalajara en los que apenas viven unas pocas familias de continuo, el sol de verdad solo sale cuando sus hijos, nietos y bisnietos regresan a ellos y sólo se pone cuando vuelven a marchar. Esos días del regreso duran más de veinticuatro horas y únicamente es de noche cuando se vuelve a poner el sol el día en que el pueblo vuelve a ser una hipérbole de silencio y soledad, de arrugas y lágrimas secas, de pieles agrietadas por el viento, el frío y el calor extremos en esos campos cada vez más yermos.

Hace ya muchos años que los pueblos de las guadalajaras son puro maximalismo, como el mismo clima mesetario: o el pueblo está lleno a reventar en agosto o el pueblo está más vacío que un saco desfondado la mayor parte del año; o el sol hace caer hasta los palos de los sombrajos o el frío provoca tiritones de padre y muy señor mío. Lo he dicho muchas veces y lo diré aún muchas más, aunque procuraré siempre decirlo de distinta forma: en Castilla sólo hay dos estaciones, la de invierno y la de verano, porque donde también había estaciones de ferrocarril las están cerrando por falta de viajeros y eficiencia en el gasto. De vez en cuando, nuestra tierra nos regala un invierno suave al que llamamos primavera y un verano templado al que llamamos otoño. Y es cuando nos damos cuenta de que Castilla es muy hermosa, pero como no es presumida, prefiere mostrarse sin maquillaje, simplemente con la cara lavada y el pelo bien atusado.

En los pequeños pueblos de Guadalajara, que son cada vez más y más pequeños, antes en verano sólo se ponía el sol de verdad cuando acababa el esforzado, intenso y decisivo tiempo de la cosecha, en el que los labradores se jugaban el bienestar de todo un año, continuamente amenazado por mil y un avatares: falta o exceso de lluvia –generalmente, lo primero-, falta o exceso de sol –generalmente, lo segundo-, pedrisco, viento, fuego,… Ahora, como decía, el sol solo sale de verdad cuando vuelven los hijos, los nietos y los bisnietos del pueblo, aunque sea para unos días, y se pone cuando se marchan. Porque la verdadera cosecha de los hombres son sus hijos.

Dice un canto tradicional de siega recogido e interpretado por ese veterano y extraordinario grupo de folk castellano que es el Nuevo Mester de Juglaría que “ya se está poniendo el sol, ya se debiera haber puesto; para el jornal que ganamos, no es menester tanto tiempo”, una segadora que recuerda tiempos felizmente superados en los que el hombre tenía que arrancarle el trigo a las entrañas de la tierra a golpe a brazadas, tras incontables tajos de hoz y zoqueta, dejándose la riñonada y la piel en los campos de cereal en los que, hoy, el sudor de los hombres lo suple el gasoil de las máquinas cosechadoras que empiezan a trabajar en junio en el sur y acaban en agosto en el norte, como antaño ocurría con las cuadrillas de segadores.

Con el final de agosto llega el tiempo en que los pueblos, sobre todo los más pequeños, vuelven a ser capitales de la soledad, hasta el punto de que en muchos de ellos tan sólo viven todo el año unas pocas familias, cada vez más reducidas de miembros y éstos progresivamente más mayores. Desde el punto de vista sociológico, este tipo de pueblos tienen fecha de caducidad si no se repueblan, bien con sus propios hijos y sus descendientes, o bien con los llamados “neo-rurales”, es decir, gentes de ciudad, generalmente jóvenes, que optan por emigrar al campo para cambiar radicalmente de entorno e, incluso, de modelo vital.

Lo dicho al principio: en cuanto reviente el último cohete festivo, se arrastre el último toro o se acabe el último baile, el sol volverá a ponerse de verdad y para mucho tiempo en las guadalajaras más despobladas, en las que las noches son eternas, casi como en los inviernos boreales. Al fin y al cabo, el círculo polar ártico no está tan lejos de esta despoblada Castilla pues ambos territorios comparten, en algunas de sus zonas –del Señorío de Molina y de las Serranías del Norte, entre ellas- densidades de población inferiores a un habitante por kilómetro cuadrado.

Puede que el sol se ponga de verdad y por tanto tiempo en estas tierras porque apenas tenga gente para la que amanecer.

Encierros y desencierros

Agosto y septiembre son los meses festeros del año en la provincia por excelencia. Entre ambos, suman 280 días festivos laborales de carácter local en el conjunto de ciudades y pueblos de Guadalajara, cuando el total del año son 537. Por el contrario, marzo y diciembre son los dos meses que menos fiestas locales oficiales acumulan: entre los dos, ni siquiera una decena de días. Es obvio que nuestros paisanos aprovechan el ecuador y la segunda mitad del verano para vestirse y vestir a sus pueblos de fiesta, y no sólo por el motivo de juntarse en esta época ese binomio indisociable que conforman el estío y la vacación, sino por otros dos de carácter eminentemente tradicional: agosto es el mes en que acaban de concluir las labores de cosecha del cereal, la tarea agraria más importante del año para los labradores, y la Virgen de la Asunción (15 de agosto) y San Roque (16) son dos de los patronazgos más extendidos en la provincia de Guadalajara, junto con el de la Natividad de la Virgen (8 de septiembre).

El caso es que este “puente de la Virgen”, cuya festividad central ha caído este año en sábado, lo que va a comprimir muchas fiestas en el fin de semana y a restar algún día festivo oficial a no pocos, casi un centenar de pueblos de la provincia van a celebrar sus fiestas patronales o, al menos, las llamadas de “verano” pues bien es verdad que numerosas localidades han desplazado sus tradicionales celebraciones patronales desde otros meses al de agosto, que es el tiempo en que los pueblos están llenos de gentes, cuando la mayor parte del resto del año sucede justamente lo contrario. Es sabido y comentado que no pocos pequeños pueblos de la provincia tienen más presupuesto de fiestas que municipal, lo que puede parecer una barbaridad, pero no dejar de ser pura realidad. Recordemos que Guadalajara tiene 460 pueblos, de los que sólo una tercera parte superan el centenar de habitantes.

El caso es que la provincia de Guadalajara es ahora mismo una fiesta en la que dos elementos siguen siendo su columna vertebral: los toros y el baile, aunque cada vez se incorporan más actividades que enriquecen y complementan los programas, lo que es de agradecer pues no sólo de festejos taurinos y pasodobles vive la fiesta, a  pesar de que a muchos les bastaría con lo primero, incluso renunciando a lo segundo.

Punto y aparte, efectivamente, merece tratarse la pasión taurina de esta provincia, especialmente en las comarcas de la Alcarria y la Campiña, sin olvidar Molina. Aquí, en Guadalajara, se celebran el mayor número de espectáculos taurinos populares de toda España, especialmente encierros por el campo, una actividad casi de culto y obligada concurrencia para numerosos aficionados que, literalmente, siguen con absoluta fidelidad el calendario de este tipo de festejos, del que se informa y trata de forma amplia en varias webs especializadas, de innegable raíz guadalajareña, como: www.toroalcarria.com, www.toromundial.com, www.torosymastoros.blogspot.com.es y www.elquite.org , entre otras. Sólo entre el 13 y el 18 de agosto ha habido o va a haber encierros por el campo en Fontanar, Iriépal, Uceda, Romancos, Valdeavellano, Cogolludo, Torrejón del Rey, Fuentelviejo y, por supuesto, el famosísimo y concurridísimo de Brihuega, al que suelen acudir más de 15.000 personas, que ya es decir. El encierro de Brihuega es, en realidad, un desencierro pues los toros no van desde el campo a encerrarse en la plaza –en el bello y ya cincuentenario coso “de la Muralla”- sino que están encerrados en ella y de allí parten hacia el campo, tras recorrer varias calles briocenses, en dirección Este y siempre en subida, hasta llegar al parque de María Cristina donde ninguna talanquera corta el paso a la manada.

Incluso no siendo taurino pero mientras no se sea antitaurino, al encierro de Brihuega hay que ir aunque sólo sea una vez, que no lo será, pues tiene efecto adictivo y, pese a que la villa alcarreña esté desbordada por el numeroso gentío que a él acude cada año el día de San Roque, el que va suele repetir porque el ambiente que allí se vive es, aunque pueda parecer una contradicción, realmente irrepetible. El ir y venir de gentes de un lado para otro, el jolgorio y colorismo general, las “arrancaeras” en los bares –las últimas cañas de cerveza que anteceden al encierro-, el tradicional “parapachunda” de la Banda briocense que abre calle minutos antes de que la tomen los toros,… conforman unos momentos en que el corazón se acelera y los oídos y los ojos se abren de par en par, lo que tiene continuidad caída ya la noche. Como decía mi maestro y amigo Salvador Toquero, taurinófilo y brihuegófilo donde los hubiera, “en la noche del 16 de agosto todas las sombras son toros en Brihuega”, que es la más expresiva y brillante manera con la que se pueden definir las sensaciones de quienes esperan, ya anochecido, por las calles de la villa a que lleguen los toros del campo a la cercada de San Felipe para, de mañana y antes del toro del “aguardiente”, iniciar la “bajá” a la Muralla. Si es que se encierran los astados porque, repito, el de Brihuega no es un encierro, sino justamente lo contrario. Y ahí, precisamente, reside su atractivo, sublimado por la belleza de uno de los pueblos más bonitos que parió la Alcarria.

Cuarenta y nueve encierros de toros se van a celebrar en agosto en la provincia de Guadalajara, hecho que avala que esta es una provincia taurina por excelencia, lo que tienen que cuidar los propios taurinos haciendo las cosas bien, con sentido común y con orden, que es la mejor manera de preservarlas.

El vuelo nocturno del chotacabras

                Tras un julio sofocante se aviene un agosto que entrará fresco y, después, “ya veremos”, como dijo, no un ciego, sino “la chica del tiempo” de Antena 3 de los fines de semana, Himar González, que tiene nombre guanche y acento chicharrero y que sabe de lo que habla, no en vano es licenciada en Ciencias Físicas y no sólo una chica de muy buen ver, aunque un tanto escueta de carnes para mi gusto.

                Pero quería hablar del tiempo y no de la chica. Yo soy partidario de que en cada tiempo haga lo que debe y suele; no me gusta que marcee en mayo, ni que mayee en marzo; sino que marcee en marzo y mayee en mayo. Por eso, no me quejo de que julio esté siendo especialmente caluroso -dicen que el que más en cuarenta años- si bien habría agradecido unos pocos grados menos de calor en alguna de estas terribles tardes pasadas, que no iban a cambiar la dinámica térmica habitual del mes, pero sí a aliviar el sofoco general, incluso el de las palomas cimarronas que hace tiempo tomaron los cielos, los tejados, el mobiliario urbano y los árboles de la ciudad como si fueran de su propiedad y que, con sus pesados, monocordes y repetitivos zureos, impiden sestear al personal, y con sus frecuentes, sucias y corrosivas deyecciones son una continua amenaza de pringue para quienes transitan debajo de ellas. Lo dicho: hasta las duras y pesadas palomas urbanas están sufriendo las altas temperaturas de este julio especialmente caluroso que se nos ha caído encima del ánimo, doblegándole como si de una vaca en brazos se tratara.

El que juliee en julio está bien, muy bien, pero que julio se ponga histriónico y a sobreactuar ya no está tan bien porque en las casas de la ciudad no hay quien pare cuando el calor aprieta, pero en la calle te puede dar un tabardillo por causa del ozono troposférico ese, al que dan alas y convierten en especialmente nocivo para la salud de los más débiles las altas temperaturas y la contaminación atmosférica, de ahí que cuando el viento sopla del suroeste, o sea, de Madrid, vía Corredor, aquí sea especialmente dañino, como estamos advertidos, aunque no siempre hagamos caso. No confundir el ozono estratosférico, que protege a la biosfera de los dañinos rayos ultravioletas del sol, con el ozono troposférico, que es un gas contaminante que hay que evitar respirar porque es muy perjudicial para la salud humana, animal y vegetal. El caso es que el intenso calor, además de apabullarnos por fuera y dejarnos más tirados que a una estera, si se alía con factores contaminantes puede zaherirnos también por dentro y socavar, además de nuestro ánimo, nuestra salud. Nada es bueno en exceso, parece evidente.

Aunque estos días bochornosos se antoje casi un imposible, recuerdo julios de tardes y noches de jersey, cuando no también de paraguas para protegerse de una tormenta tras otra, sin solución de continuidad, incluso en sesión de mañana, tarde y noche. Tormentas que jorobaban las cosechas recién principiadas, traían pocas nueces y mucho ruido, en forma de truenos, y culebrinas de luz, en forma de relámpagos, además de gotones de lluvia y, a veces, no pocas, granizos como gurriatos que terminaban por tumbar el cereal antes de que pasara la cosechadora, al tiempo que destrozaban hojas, pámpanos y el fruto aún incipiente de los viñedos, y vareaban violentamente los olivos, dejando el campo como un erial, caminos incluidos. Pero eso sí, refrescaba y se echaba de menos el sol. Nunca llueve a gusto de todos, sí; como tampoco es del gusto general que haga sol. Además de ser inconformistas, siempre echamos de menos lo que nos falta y de más lo que nos sobra.

El julio mesetario y el sol suelen ser aliados, cómplices, un binomio, una fraternidad, un retal de tela sin costuras, un pensamiento único, o casi. Bajo el sol de julio, la provincia de Guadalajara es un campo de cereal que espera, o despide, a las cosechadoras mientras las codornices que ya han llegado cuchichían y los pollos de perdiz castañetean, al tiempo que los conejos chillan en las madrigueras de las recosteras, ajenos al próximo pim-pam-pum de la media veda. Guadalajara, al sol de julio, es en muchas de sus tierras, si aún no las ha arrasado el fuego, un pinar en el que los picamaderos, los picapinos y los tamborileros se ganan, a base de rítmicos y sonoros picotazos, su adecuado nombre de pájaros carpinteros mientras las chicharras chirrían a coro, especialmente en las anochecidas y las albadas. Esta tierra es, también y ahora, sobre todo en sus serranías del norte, un robledal en el que los chotacabras silban mientras vuelan en la noche, cerca de donde los cárabos y los búhos chicos ululan. Guadalajara, en sus alcarrias, es en julio un encinar en el que los jabalíes y sus rayones gruñen mientras bellotean; un arroyo semiseco o un lavajo en el que croan las ranas comunes y las de San Antonio, y un río, que no va a dar a la mar, sino a Murcia, en el que de vez en cuando chapotea una trucha en pos de un mosquito que la luna llena le ha ayudado a ver.

Bajo el sol de julio, que suelen ser mucho sol y mucho julio, Guadalajara se comienza a preparar ya para el otoño, que es la verdadera primavera de esta tierra, acaso porque en la mayoría de sus muchos, pequeños y solitarios pueblos hace tiempo que es casi siempre invierno y se está poniendo el sol.

P.D.- Sin ánimo de dar envidia, pero reconozco que relamiendome un poco, informo a los seguidores de este blog que, en unos días y hasta mediados de agosto, marcharé de vacaciones a Comillas (Cantabria), como tengo por costumbre desde hace ya muchos años. Estoy seguro de que allí no me voy a acordar del sol de Guadalajara porque los termómetros no suelen pasar de los 23-24 grados, estando atemperado el clima de la zona por la cercanía del mar y la montaña. A apenas una veintena de kilómetros de Comillas está Santillana del Mar, cuyo marquesado formó parte de la casa del Infantado que, en aquellas tierras santanderinas, dejó también su impronta, como en las nuestras y aún en gran parte de Castilla, hasta el punto de que, si en Guadalajara tenía su principal y señero Palacio, en Potes, la capital de la comarca de Liébana, a caballo entre Cantabria y Asturias y a los pies de los Picos de Europa, tiene su Torre, igualmente llamada del Infantado. No conocer todo aquello es perderse mucho.

¡Felices vacaciones y nos vemos en los blogs!

Taracena al sol

                Mis recuerdos infantiles de julio tienen un paisaje, Taracena, y unas figuras, las de los rostros curtidos por el sol y el sudor de la carrera sin parar, de un lado a otro del pueblo y viceversa, de los chavales de mi generación que allí vivían o, como era mi caso, allí veraneábamos. Aunque es el pueblo de mi madre y de toda mi familia materna y lo tengo como propio, comprendo que a muchos les parezca menos bonito, por utilizar un eufemismo, que muchos de los muchos pueblos que tiene la provincia de Guadalajara. Más de 450, según el nomenclator provincial, aunque solo sean municipios 288. Pero a mí me gusta Taracena  y así lo proclamo ante quienes finjan ignorarlo, tomándole prestada esta expresión a Camilo José Cela cuando se reivindicó en público como alcarreño, si no de nación, sí de adopción y vocación. Por cierto, que el Nobel pasó, física y literariamente, por Taracena en su “Viaje a la Alcarria” (1946) y casi cuarenta años después en su ”Nuevo viaje a la Alcarrria” (1985), dejándonos como mejor prenda de su caminar a pié-pluma por mi pueblo estos preciosos versos que forman parte del “Cancionero de la Alcarria”:

A la tierra color tierra

le maduró un sarpullido.

Bajo el sol de Taracena

cuelga la vida de un hilo.

                Taracena tuvo ayuntamiento propio hasta mediados de los años sesenta del siglo pasado, cuando desde el gobierno central se impulsó uno más de los muchos procesos reductores de municipios que, a lo largo de los dos últimos siglos, se han emprendido en España porque en este país somos tan sociocentristas y localistas que, si nos dejan, hacemos un ayuntamiento, no por pueblo, sino por familia, ni siquiera por estirpe, y dentro de la familia hasta creamos pedanías e, incluso, entidades de ámbito territorial inferior al municipio, que es esa figura intermedia entre el municipio y la pedanía que prevé la actual legislación local.

Aunque siempre habrá alguien que no esté de acuerdo e, incluso, tenga sus razones para no estarlo, creo que a Taracena le ha ido bien su anexión como barrio a la capital. Al pueblo no le falta de nada y desde hace ya mucho tiempo dispone de eficientes servicios públicos, especialmente el transporte urbano y la limpieza viaria y recogida de basuras, así como de unas buenas infraestructuras y equipamientos urbanos: calles asfaltadas, incluso alguna ya con varias capas de rodadura, aceras en buen estado, plazas ordenadas y bien equipadas y amuebladas, jardines cuidados –aunque desde que se jubiló Ángel, el alguacil, la cosa verde ha ido claramente a peor-, depósito de agua propio, centro social amplio y siempre limpio, consultorio médico, frontón cubierto, pistas deportivas al aire libre en buen estado y uso, escuela con niños y maestros, cementerio reformado, y hasta una pequeña pero coqueta plaza de toros, hecha en hacendera por los vecinos. A mí de las pocas cosas que me parece que le faltan a Taracena es que derriben, de una vez por todas, las viejas viviendas de los maestros, que están en ruina desde hace tiempo y, además de impedir que se caigan cualquier día y puedan hacer daño a alguien, su solar sirva después para hacer un nuevo edificio público, con el uso que decidan los que allí viven de forma permanente, aunque a mí me parecería muy adecuado que se construyera uno en el que convivieran un centro para mayores y otro para jóvenes, con su biblioteca y sala de lectura compartida. Si esa biblioteca es un día realidad, desde aquí me ofrezco a donar los primeros doscientos ejemplares de la misma, salidos no de los desechos de mi amplia colección de libros, sino de lo mejor de ella, incluidos un centenar referidos exclusivamente a temática y autores de la provincia de Guadalajara.

Aguila-picoHay muchos pueblos de la provincia que son más bonitos que Taracena, sí, pero a mí me gusta como es, especialmente su entorno más que su caserío, afeado con frecuencia por el pulverulento y blanco caolín, como si de un belén espolvoreado por harina se tratara. La Peña Hueva, El Pico del Águila y el Cogorro, los tres montes que imprimen personalidad al paisaje del pueblo, son alcarreños “de libro”, como ya he dicho en más de una ocasión; y lo son por dos motivos: porque sus descarnadas tierras margosas –calcitas y arcillas- caen desde el páramo de su llano hacia sus pies, hecho valle, como si fueran nervaduras, paisaje prototípicamente alcarreño, y porque, hace unos años, una editorial especializada en libros escolares eligió como fotografía de la portada de un libro de la asignatura de “Conocimiento del medio”, una imagen de la entrada al valle de Torija tomada desde Taracena, en la que la Peña Hueva y el Pico del Águila hacían de jambas de un arco imaginario y sin más dintel que el propio cielo.

Paisaje de libro y también de cine este de Taracena, pues allí mismo rodó el gran Stanley Kubrick, en 1959, algunas de las escenas más épicas de “Espartaco”, convirtiendo el paisaje alcarreño de Taracena en el napolitano del Vesubio gracias a la magia del celuloide, donde el mítico Kirk Douglas, con unos centenares de gladiadores y esclavos rebeldes, intentó combatir a la entonces todopoderosa e imperial Roma.

En julio, a poco que el calor aprieta -y este año está apretando de lo lindo-, mi recuerdo siempre me lleva a ese Taracena en el que viví los mejores veranos de mi infancia, en el que conocí la amistad para siempre, descubrí el primer amor y en el que encontré a una segunda madre, mi tía Esperanza, a pesar de que ni la buscaba ni la necesitaba porque me bastaba y sobraba con la mía, Pilar, a quien le debo mucho, pero sobre todo mirar a la vida, no sólo a través de los ojos, sino también del corazón. Termino citándome a mí mismo –que puede ser economía de esfuerzos, pero nunca plagio- con estas palabras, escritas en un julio de sol plomizo y calor abrumador como este, y rememorando como hoy algunas de mis muchas horas de feliz infancia en Taracena:

“Solazo de julio que antaño caía a plomo sobre los segadores en los pedazos, los acarreadores en los caminos de pan llevar y los trilladores en las eras de pan trillar, acompañados de críos jugando a iniciarse en las tareas agrícolas, haciendo de lastre sobre los trillos con pedernales de Cantalejo, tirados por mulas y envolviéndose en el picajoso tamo que no se les despegaba de la piel hasta el obligado baño del domingo, antes de que tocaran a misa, en el balde de cinc y con el agua caldeada al sol, con lavado de pelo incluido en el corral y aclarado con vinagre, un producto más de despensa que cosmético, pero tan eficaz como la camomila para enrubiar” . (“De quince a quince”.- 22-7-1997)

“Miss Bragas” al poder

                No es que sea yo ni un timorato ni un pazguato precisamente, ni un tipo poco advertido, ni me asuste fácilmente por algo, ni me haga cruces cada dos por tres, pero aunque no sea así, últimamente se está viendo desbordada con frecuencia mi capacidad de asombro por algunas cosas que están pasando, sobre todo desde que los anti-sistema han comenzado a gestionar algunas partes del sistema; pocas todavía, pero todo se andará, porque Pedro Sánchez quiere pillar cacho como sea y Podemos está por la labor de hacerle de muleta. Lo antes dicho me lleva a pensar dos cosas: que me estoy haciendo mayor por mí mismo –un hecho cierto, para ello basta mirar mi DNI y mi barba, ya casi toda ella blanca- y que algunas circunstancias me están haciendo mayor por sí mismas. O sea, siempre Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”.

                No es la primera vez, y me temo que no será la última, que comento algunos desatinos, parte de ellos de pésimo gusto, muy mal talante y retorcimiento mental superlativo, protagonizados por altos cargos, recién elegidos, del entorno de Podemos; hoy, será ya la segunda, cuando han tomado posesión hace apenas un mes. Si a alguien le aburre que señale con el dedo lo que creo señalable de esta “nueva casta política” que reniega de la vieja, que no siga leyendo. “Aviso gorra”, como decíamos de pequeños cuando jugábamos a la dola en la Concordia y queríamos que se dieran por enterados de algo nuestros compañeros de juegos.

Barcelona ha sido siempre una ciudad catalana, española y europea bandera, referente de modernidad, apertura y modelo de gestión urbana. Cuando los barceloneses no perdían el tiempo –al menos, tanto- en banderías radicales de regionalismos decimonónicos trasnochados, era más cosmopolita que Madrid y tenía menos caspa y salida al mar; o sea, la releche. Pues bien, desde que la antigua lideresa de la Plataforma Antideshaucios, Ada Colau, es su alcaldesa, en Barcelona se van a paralizar las concesiones de licencias de hoteles justificándose esa decisión en que “ya hay muchos en la ciudad y el turismo debe ser menos molesto”. O sea, que la lideresa de la PAH, la primera medida que ha adoptado ha sido la de desahuciar a los hoteles que aún no tengan licencia porque con ella no la van a tener, al tiempo que desahuciar a los parados del sector servicios de la ciudad que podrían encontrar empleo directo, o diferido, gracias a esos hoteles. Y la segunda medida que ha adoptado Ada ha sido la de emplear a su pareja, Adriá Alemany, en el Ayuntamiento barcelonés, de manera indirecta pero descarada, como responsable de relaciones políticas e institucionales de “Barcelona en comú”, el partido con el que Colau concurrió a las elecciones municipales de mayo. Y la tercera, colocar a dedo a la pareja de su número dos, Gerardo Pisarello, que será asesora del área de Vivienda municipal. Y la cuarta, enchufar como “Dircom” –directora de comunicación- a Águeda Bañón, entre cuyos méritos destaca ser una conocida activista post-porno, administradora del blog “Girls who like porn” –lo que traducido del inglés significa “chicas a las que les gusta el porno” que, en catalán “macarrónico”, podría traducirse como “moçetas a las que agrada el calçot”, o sea, la cebolleta-. Entre los méritos de Bañón también destaca el hecho de sentirse muy orgullosa de la foto que corre por las redes sociales en la que se ve a la susodicha meando en plena calle, a pulso, porque ni siquiera se molestó en agacharse para no mojarse las piernas y las bragas durante su micción pública. Por cierto, que a esta señora tan meona la llaman en la blogosfera pro-porn “Miss Bragas”. Aunque sea seguir incidiendo en lo escatológico: ¡Te cagas!

    Cádiz no es ni Madrid, ni Barcelona, ni falta que le hace. La “Tacita de plata” es una preciosa ciudad, “novia del aire y señorita del mar”, como le cantaba José María Pemán, ese mismo mar al que Alberti le robaba caracoles y algas. Esa maravillosa ciudad de Cádiz, que fue la capital de la España libre y liberal durante el tiempo en que los “fanfarrones” franceses la sitiaron para tratar de acallar a los primeros constituyentes españoles, los de “La Pepa” de 1812, tiene ahora un alcalde “podemita”, al que apodan “Kichi”, y que no ha tenido otra ocurrencia que quitar de su despacho un retrato del rey emérito, Juan Carlos I, quien, junto a Adolfo Suárez, hizo posible la concordia entre españoles en la “Transición”, por uno del que fuera alcalde anarquista gaditano en la primera república, Fermín Salvochea. Creo que “Kichi” se ha equivocado, no por poner a Salvochea, sino por quitar a Juan Carlos. Los de la “vieja casta” restaban más que sumaban, los de la nueva, dividen.

Y pongamos que termino hablando de Madrid, ese Madrid “insufrible, pero insustituible” del andaluz Joaquín Sabina; el Madrid “absurdo, brillante y hambriento” del gallego Valle Inclán; el Madrid “provinciano y popular, pero muy querido”, del canario Pérez Galdós; el Madrid que, “cuando se conoce, es la ciudad más española de todas, la más agradable para vivir, la de la gente más simpática, y, un mes con otro, la de mejor clima del mundo”, como dijo el americano Hemingway; ese Madrid, que ahora es el de la exjueza, hoy alcaldesa, Manuela Carmena, no puede permitirse tener concejales entre sus filas que se mofan lo mismo de los judíos que de las víctimas del terrorismo, como Guillermo Zapata, o que asaltan oratorios de la iglesia católica porque sus malas bilis les incitan a la intolerancia y el fanatismo que dicen combatir, como Rita Maestre, o que falsean sus currículums, como ha hecho Marta Higueras, la vicealcaldesa y “mano derecha” de Carmena –puede que sea más apropiado en este caso hablar de “mano izquierda”-, que dice haber sido “jefa de la secretaría del Tribunal de Cuentas”, cuando lo que en realidad fue es secretaria particular de una consejera de IU en este alto tribunal. “No es lo mismo”, como canta Alejandro Sanz.

Si “Miss bragas” se meó en la Gran Vía de Murcia y hoy es Dircom en Barcelona y se ufana de su pis en público, me consta que no muy lejos de aquí, una alcaldesa “podemita”  recién elegida, dijo, también en público, apenas una semana después de acceder al cargo, que “estaba hasta el coño” de que la llamaran y molestaran continuamente cuando fue requerida por un asunto de orden público. Por cierto, ahora no recuerdo exactamente si dijo “coño” o “chocho”, pero de lo que sí estoy seguro es de que “no es esto, no es esto”, como afirmó el pre y siempre tan citado Ortega.

 

 

Banderas de nuestros hijos

                Pablo Iglesias le copió a Barack Obama el slogan electoral con el que intentó y logró ser el primer presidente de raza negra de los Estados Unidos, “Yes, we can!” –“Sí, podemos”- y su reciente –que no sorprendente, al menos para mí- socio de gobierno en numerosos ayuntamientos, diputaciones y gobiernos autonómicos, el actual líder del PSOE, Pedro Sánchez, le copió al presidente americano una de sus más conocidas puestas en escena electorales, al comparecer hace unos días junto a su mujer en un acto público con una gran bandera de España de fondo, al igual que lo hiciera hace años Obama con su mujer y la bandera de USA. La izquierda española ha solido ser antiamericana, cuanto más a la izquierda, de forma más radical todavía, pero una cosa es que no les guste lo “yankee” y otra bien distinta que no se aprovechen de lo mucho que los descendientes y herederos del “Mayflower” pueden enseñar en tantos y tantos ámbitos, especialmente el socio-político, en el que son auténticos maestros.

                No seré yo quien critique que el líder del PSOE se presente y fotografíe junto a una gran bandera de España, algo que debería ser normal pues es la enseña constitucional que representa a todos los españoles, incluso a quienes no la aceptan como símbolo propio, pero que adquiere el carácter de extraordinario porque no recuerdo ocasiones precedentes de líderes ni de dirigentes socialistas que se hayan dejado ver junto a una bandera española de forma tan notoria, calculada, impactante y, en mi opinión, interesada. No es que Pedro Sánchez hiciera un “top less” enarbolando la bandera española como la revolucionaria que Delacroix pintó con una enseña de Francia en la “Libertad guiando al pueblo”, pero el mensaje que quiso hacer llegar fue parecido al de aquélla: con la bandera, hacia la victoria. Electoral claro.

O sea, que al igual que Zapatero no quiso levantarse, con toda intención, al paso de una bandera americana en un desfile militar celebrado en el paseo de la Castellana cuando aún no era presidente de España, pero aspiraba ya a serlo, su sucesor como líder del PSOE tras el paréntesis de Rubalcaba, ha decidido, también con toda intención, envolverse en este caso en la bandera de España, desconcertando e, incluso, cabreando a los muchos socialistas que hay de alma y corazón republicanos, a cambio de intentar agradar a los numerosos ciudadanos situados en la centralidad política, afines a la monarquía y sus símbolos constitucionales. Y de entre ellos, el emblema por excelencia es, precisamente, la bandera roji-gualda, que el rey Carlos III eligió en 1785 como enseña de la Armada española, tras convocar un concurso al efecto y decantarse por ella al ser la más visible desde mayor distancia en el mar, evitando con ello que nuestros propios barcos se enfrentaran entre sí abriendo fuego amigo.

Es evidente que los políticos, de toda opción, por supuesto, se mueven cada vez más en función de lo que les aconseja el marketing político y que todo lo que dicen y hacen está “listo, calculado, establecido, estructurado, abastecido, preparado”, no para “servirle a usted”, como decía la canción de “Desde Santurce a Bilbao Blues Band”, el mítico grupo setentero de Moncho Alpuente, sino para tratar de ganar votos. La exhibición de Sánchez con la bandera de España no obedeció a un capricho personal del jefe de los socialistas ni a un subidón de ardor patriótico, sino a una calculada estrategia de guiño al centro político, después de haber pactado todo lo pactable con la izquierda radical de Podemos; y digo radical porque en verdad lo es, bastando como prueba de ello los currículos y las “hazañas”, de palabra o de obra, de muchos de sus cargos electos, antes y después de serlo, y los programas e intenciones con los que las “marcas” con las que ha comparecido o se ha identificado Podemos han concurrido en las pasadas elecciones autonómicas y locales.

Lo curioso, lo realmente curioso, es que Pedro Sánchez se ha exhibido de forma notoria, intencionada y, repito, a mi juicio interesada, con la bandera bicolor constitucional, poco después de pactar con Pablo Iglesias, acérrimo partidario de la tricolor y que no dudo que pondrá todo el poder que sea capaz de acumular –inclusive el que le ceda el PSOE- al servicio de su causa izquierdista y republicana, para lo que tampoco dudo contará con la simpatía y la colaboración de muchos dirigentes y militantes del PSOE. Tengo claro que el PSOE de hoy está más cerca de Podemos que del centro político y no es nada extraño que algunos alcaldes suyos, como por ejemplo el de Garrucha (Almería), la primera decisión que han tomado haya sido quitar una gran bandera de España que había en la rotonda principal de acceso a la localidad para sustituirla por una local: “Mejor poner la bandera del pueblo que la de España”, ha declarado el primer edil socialista garruchero. Espero que al madrileño Sánchez no le dé por envolverse la próxima vez, en lugar de en la bandera de España, en la de Madrid, más que nada por si en vez del oso y el madroño algún “podemita” cachondo le coloca un perro y una flauta.

Las banderas de nuestros padres –como el título de la magnífica película de 2006 de Clint Eastwood– no son hoy las nuestras, pero si las nuestras tampoco van a ser las de nuestros hijos, España volverá a dar síntomas de padecer un agudo problema de falta de identidad y de permanencia de valores y seguirá en la invertebración que tanto le dio que pensar y escribir a Ortega y Gasset.

¿Podrán?

                Los actos formales de constitución de los ayuntamientos, en función de los resultados habidos el 24-M, que tuvieron lugar el pasado sábado, han dejado para el análisis unos cuantos hechos y otros tantos dichos. Por otra parte, aunque se han despejado bastantes dudas, se han abierto nuevas incógnitas. Entre aquéllas, ha quedado claro algo que ya era previsible: la izquierda, cuando con sus escaños puede desplazar del poder al PP, lo desplaza sin miramientos. Entre éstas, qué hará Ciudadanos en el futuro: permitir gobernar con cierta tranquilidad a quienes ha permitido que gobiernen por ser las fuerzas más votadas o hacerles oposición desde el minuto uno y hasta que se celebren las elecciones generales, que es el verdadero horizonte estratégico para Albert Rivera quien, en función de los resultados que entonces obtenga su formación, enseñará de verdad “la patita”. El tiempo hablará, despejando las dudas que ahora surgen, pero abriendo también nuevas incógnitas porque la política es siempre cambiante, como el tiempo y los propios hombres.

                Decía que la jornada de constitución de los ayuntamientos –que, curiosamente, tuvo lugar el 13 de junio, festividad de San Antonio, el santo al que tradicionalmente imploraban las mozas casaderas para encontrar novio-, dejó hechos y dichos destacables, unos para bien y otros para lo contrario. Un hecho que, personalmente, a mi me disgustó y contrarió mucho fue la bronca y los insultos que el portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Guadalajara, Alejandro Ruiz, recibió por parte de un grupo de la “Plataforma Antidesahucios” y simpatizantes de “Ahora Guadalajara” cuando salía del Ayuntamiento, tras la sesión en la que Antonio Román fue investido alcalde por tercera vez, gracias a sus propios concejales (11) y a la abstención de los dos de C´s, tras alcanzar el viernes a media tarde un pacto entre ambas formaciones, tras bastantes horas de negociación. Abroncar e insultar al que no opina como tú o no hace lo que tú quieres o lo que a ti te conviene es una prueba de mala educación, pero, sobre todo, una muestra de intolerancia total. La mala educación enrarece y afea las relaciones humanas, pero la intolerancia degrada al propio hombre y hiere a la sociedad. Espero que sólo haya sido un hecho aislado y que “Ahora Guadalajara” lo repruebe públicamente porque, de lo contrario, ¿cómo va a poder regenerar la vida pública, algo a lo que dicen aspirar, un colectivo político que practica y consiente la mala educación, el insulto, la intolerancia e, incluso, el sectarismo? No es la primera vez que lo digo y seguro que lo diré muchas más: Mal camino no lleva a buen pueblo. El que quiera entender, que entienda.

Muchos hechos más ocurridos el 13-J, algunos incluso inasumibles para Kafka, podrían ser comentados en este post, pero me voy a referir a algunos dichos que también me han producido desazón y que, por cierto, igualmente han protagonizado cargos electos de las distintas marcas con las que Podemos y otros colectivos de izquierda han concurrido a las pasadas elecciones locales y autonómicas. De entre estos dichos, aunque se remonten al año 2011, me han llenado de estupor los tuits de humor negro, xenófobos y antisemitas con los que se despachó por las redes sociales el nuevo concejal de Cultura y Deportes del Ayuntamiento de Madrid, el “podemita” Guillermo Zapata; en uno decía: «¿Cómo meterías a cinco millones de judíos en un 600? En el cenicero«, y en otro: «Han tenido que cerrar el cementerio de las niñas de Alcáser para que no vaya Irene Villa a por repuestos”. Quien está detrás de estos dos auténticos desatinos pretende gestionar la cultura y el deporte madrileños los próximos cuatro años, pero lo peor es que, cuando esto escribo, aún no ha dimitido, ni la nueva alcaldesa madrileña, Manuela Carmena, le ha cesado, algo que debería haber ocurrido en cuanto se conocieron ambos dislates, hace ya más de dos días; la duda, en este caso, además de ofender a las víctimas de los tuits, reafirma la bajeza moral de quien los subió a la red y deja en evidencia y con el faldón levantado a quien aún permite que sea miembro de su equipo de gobierno. Ni Madrid podía llegar tan bajo, ni algunos tan alto.

Termino comentando otro dicho preocupante, lamentable y censurable, que remueve los cimientos del Estado de Derecho, el auténtico garante de nuestra democracia, e, incluso, los de la propia Roma, la ciudad en la que se fraguó el Derecho como ciencia y materia para vertebrar la sociedad y dotarla del valor de la justicia, que es uno de los tres ejes sobre los que se asientan los principios básicos de Europa, junto con la filosofía griega y la religión cristiana. La flamante nueva alcaldesa de la capital catalana, la también “podemita” de “Barcelona en comú”, Ada Colau, incluso antes de ser investida como tal, ya dijo el siguiente disparate jurídico y político: “Desobedeceremos las leyes que nos parezcan injustas”. Que una alcaldesa, que debe dar ejemplo a la ciudadanía, haga proselitismo de la desobediencia de las leyes, es un verdadero despropósito y confirma el auténtico alma anti-sistema y ácrata de una significativa parte de los miembros de Podemos. Y no hay nada más contradictorio que un antisistema gestionando el sistema y un ácrata dirigiendo el poder.

¿Podrán? Así, espero y deseo que no.

P.D. Con posterioridad a la redacción de este artículo, el señor Zapata sigue siendo concejal de Madrid, aunque ya no lo sea de Cultura y Deportes.

 

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