Juan Pablo Mañueco, mi vecino de blog en GD y de barrio en Guadalajara, pues ambos vivimos en el entorno del antiguo arrabal de Santa Catalina —la colación de la calle Amparo hacia la Concordia—, e, incluso, también comarcano ya que los dos tenemos estrechos vínculos con dos pueblos limítrofes, él con Tórtola de Henares y yo con Taracena, ha publicado recientemente en Amazon (versión Kindle) su novela titulada “La Canónica” que no va a dejar indiferente a nadie. Y eso es ya un elogio de partida pues cada vez se publican más obras, gracias a la actual accesibilidad, popularización y abaratamiento del mundo editorial. Son apenas unos centenares del total de los 90.000 libros que al año se publican en España los que no pasan desapercibidos pues una amplia mayoría de ellos adolecen de escaso interés objetivo y, muchas veces, también es cuestionable su calidad literaria. No es su caso, ni en esta ni en sus anteriores y numerosas publicaciones, pues si hay un escritor prolífico, no solo en la provincia, ese es Mañueco que ya lleva publicados casi un centenar de libros. Solo en 2017 publicó veinte, lo que, si no es un récord Guinness, poco le faltará. Las obras de Juan Pablo, tanto en prosa —novela y ensayo fundamentalmente— como en verso —además de poeta es el creador de 15 nuevas estrofas— pueden ser, y son, poliédricos, tener más caras que un quiloedro, ser complejos de entender por su estilo de párrafo extenso y por lo elevado de los conceptos e ideas que suele verter, por la desbordante creatividad e imaginación que despliega, por el lenguaje tan de fondo de diccionario que utiliza… por eso y por muchas cosas más, lo que nunca pueden ser es aburridas, incluso cuando se empeña en «monotemizar» (de monotema, he ahí un posible neologismo) y en citarse a sí mismo —más bien retroalimentándose—, y en volver a sus propias ideas, propuestas, historias y personajes, y en sobrevolar en círculos sobre presas literarias como halcón jugando con paloma. Hablando de párrafo largo, ¡ojo con este último que he escrito…! Es obvio que yo también lo practico y que acabo de leer a Mañueco.

“La Canónica” es una novela singular, atípica y atópica. Digo esto último porque, curiosamente y pese a su título, no se ajusta a ningún canon convencional ya que formalmente es un híbrido entre novela y ensayo, al tiempo que también está escrita con tres estilos narrativos diferentes: el realismo decimonónico, las técnicas relatoras del XX, incluido el realismo mágico, y lo que el propio autor llama el “realismo simbólico”, una línea creada por él mismo hace ya unos años y que se distingue del mágico y de la narrativa del XX por entrelazar lo real, lo cotidiano y lo histórico con un denso mundo de símbolos, metáforas y mitos. Mañueco también transita en “La Canónica” por la metanarración pues el discurso narrativo, a veces, trata de sí mismo y narra cómo se está narrando. Así, en ocasiones, el propio autor es personaje de la novela y hasta los lectores hacen originales “cameos” en ella e, incluso, hasta se les da la opción de decidir finales. Sin duda, pese a la ya veteranía personal y literaria del autor, éste, inquieto y trabajador como pocos, aún practica la experimentación literaria y además lo hace con fruición y recurrencia; también con solvencia pues tiene una gran formación literaria y la inspiración le suele coger trabajando. Sus enormes conocimientos literarios los pone siempre de manifiesto en todas sus obras, si bien en esta última lo hace de forma aún más evidente pues “la Canónica”, especialmente sus primeros capítulos, cuando es novela-novela y está escrita con las técnicas narrativas propias del siglo XIX, está nítidamente inspirada en tres grandes obras y autores de ese siglo y que tienen un nexo de unión común: sus protagonistas son mujeres y hay en ellas insatisfacciones que derivan en adulterios con puntos procaces. Me estoy refiriendo a Madame Bovary, de Gustave Flaubert, Anna Karenina, de León Tolstoi, y La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”.
“La Canónica” está ambientada en Guadalajara —a la que Mañueco llama “Arriaca”, “vetustizando” el nombre— en el tiempo presente y en ella conviven personajes reales con otros de ficción. Se narran hechos y se citan personas perfectamente reconocibles, aunque se trata de una ficción pura y dura (con puntos de divertimento) que, eso sí, en ciertos pasajes se inspira en nombres, lugares, aconteceres y circunstancias reales. Cualquier parecido con la realidad no siempre es mera casualidad, hay veces que es buscada causalidad. En la novela de Mañueco, como en las tres grandes obras que he citado antes, hay un pansexualismo transversal evidente, en forma de recurrentes deseos pasionales que derivan en prácticas adúlteras por parte de las protagonistas femeninas. “La Canónica” es como llaman a María Angustias Anglada, una mujer llena de insatisfacción por la grisura y monotonía de su matrimonio y que termina encontrando relaciones sexuales, unas veces soñadas y otras reales, en todos sus ámbitos relacionales, inclusive su centro de trabajo —la Biblioteca de Dávalos— y la parroquia de la que es devota —san Ginés—. A los aconteceres propios de una novela, el autor incluye en el relato una serie de momentos discursivos y reflexivos, en los que ataca de forma tan vehemente como argumentada a las llamadas “cloacas” del Estado —más bien del gobierno— y de la iglesia. En este caso, no hay nada de ficción, ni se ahorra nombres ni calificativos. Le llama pan al pan y vino al vino. Además, también se permite proponer cambios legislativos para que lo que él llama “cleptocracia” vigente —al considerar que el voto no imperativo le roba su voluntad y soberanía al pueblo— pase a ser una democracia real con propuestas verdaderamente novedosas para lograr el objetivo, entre otras que el voto en blanco esté representado en el Congreso y haya mecanismos para expulsar del gobierno a quienes incumplan compromisos electorales.
Por todo lo anteriormente comentado, «La Canónica» es, sin duda, una obra polémica, lo que confirma que Mañueco no solo es, sino que está inteligente. Polemizar es generar polémica, discrepancia, dicotomía, discusión… O sea, enfrentar ideas y pareceres, algo que en los tiempos de opinión publicada (y dirigida), más que pública, que corren, es necesario como el respirar 13 veces (aproximadamente) cada minuto. En ella vierte algunas opiniones con las que se puede o no estar de acuerdo, y además lo hace de manera intensa y contundente, pero sus posiciones (y en algún caso, descalificaciones) tienen los valores de la honestidad y la sinceridad, tan poco cultivados en los malos tiempos para la lírica que corren. Y, cuando deja a un lado la parte discursiva, intencionadamente mitinera por momentos, “La Canónica” rompe cánones literarios, enseña —es una guía impagable de la ciudad—, entretiene, divierte —hay mucha ironía y sarcasmo en ella—, da que pensar, incluso a veces escandaliza, y, además, acompaña. Decía el gran Fernán Gómez que las bicicletas son para el verano; también los libros. Súbanse a este último de Mañueco y que no se les salga la cadena.


