Con trabajo y economía se enriquecen los pueblos

            Hoy, 25 de abril de 2013, se cumplen, exactamente, doscientos años de la constitución de la “Diputación Provincial de Guadalaxara con Molina”, nombre literal que adoptó la primera corporación provincial al unir, en una sola Diputación, los antiguos territorios de los comunes de villa y tierra de Guadalajara y su entorno más próximo en dirección al Este (Hita, Uceda, Brihuega, Cifuentes, etc.) con el del Señorío de Molina, siguiendo el entonces reciente mandato de la primera Constitución española, la de Cádiz de 1812, que en su artículo 325 determinaba que “en cada provincia habrá una diputación llamada provincial”. Hasta veinte años después, en 1833, con un decreto del Ministro de Fomento de Isabel II, Javier de Burgos, no se cerrarían los actuales límites de las provincias españolas; de hecho, cuando nació la Diputación de Guadalajara con Molina, los límites provinciales variaban, respecto a los actuales, en el oeste y el sur de la provincia: al noroeste, las tierras de Buitrago y Lozoya pertenecían a Guadalajara, mientras que al suroeste, el entonces llamado “partido de Almonacid” pertenecía a Madrid y las tierras al sur del Tajo (zona de Sacedón y parte de la de Cifuentes), dependían en aquel momento de los partidos de Huete y Cuenca.

La constitución de la primera corporación de la Diputación de Guadalajara no pudo celebrarse en la capital de la provincia, entonces ocupada, como gran parte de ella, por las tropas napoleónicas; ante esta tesitura, los primeros diputados provinciales se dieron cita en Anguita, un pueblo que estaba a caballo de las antiguas tierras de Guadalajara y sus villas de influencia mendocina, del Real Señorío de Molina y del Señorío Episcopal de Sigüenza, que eran los tres grandes territorios que iban a sumarse en esa Diputación naciente; pero, sobre todo, Anguita era un enclave estratégico porque tenía fácil acceso para quienes debían allí reunirse y formar la primera Diputación, al tiempo que mejor retirada por si tenían que salir huyendo ante un eventual ataque de las tropas francesas. Así nació, pues, la “Diputación Provincial de Guadalaxara con Molina”, con los franceses guerreando por casi todo su territorio y con el rey Fernando VII –llamado “El Deseado”, mientras España estaba invadida por los gabachos y el residía en el castillo de Valençay, luego apodado “El Felón” al tratar de dejar en papel mojado “La Pepa”, a pesar de haberla jurado- intentando volver, una y otra vez, como la burra al trigo, al Antiguo Régimen absolutista pre-constitucional, lo que supuso que nuestra Diputación, y las pocas que entonces se habían constituido ya, quedaran suprimidas en dos ocasiones, hasta que a partir de 1835 fueran ya restauradas definitivamente, llegando hasta nuestros días, aunque con muy distintos grados de competencias y recursos.

El primer presidente de la Diputación de Guadalajara fue Guillermo de Vargas y Ximénez de Cisneros, que también ocupó el cargo de Jefe Superior Político de la provincia, equivalente al de Gobernador Civil, o sea, el entonces máximo representante del Estado en el territorio. Desde 1813 y hasta 1868, en que Diego García Martínez fue elegido presidente de la Diputación por los propios diputados provinciales, los presidentes no fueron electos, sino designados por el Gobierno, con lo cual la autonomía de acción de las diputaciones en su primer medio siglo de existencia fue prácticamente nula, limitándose a ser correas de transmisión del propio gobierno de la nación, más que por contribuir al desarrollo de los pueblos, como era la razón básica de su nacimiento, para controlarlos políticamente, en una larga etapa realmente convulsa, primero por la invasión francesa y, después, por las sucesivas guerras carlistas, así como por los períodos absolutistas y liberales que se fueron alternando y condicionando toda la vida política española en ese tiempo, incluido su desarrollo constitucional –entre 1812 y 1869, se aprobaron cinco constituciones, las del 12, el 34, el 37, el 45 y el 69- y, por ende, la actividad y capacidad de acción de las diputaciones.

En esta efeméride del bicentenario de la Diputación que hoy se conmemora, cabe recuperar el nombre de los que fueron los siete primeros diputados provinciales electos de Guadalajara con Molina: Baltasar Carrillo, Fernando García del Olmo, Francisco Hernández de Vargas, Félix Herreros, José López Santa María, Joaquín Montesoro y Ventura de Zubiaur. Como diputados provinciales suplentes acudieron a Anguita, esa histórica jornada del 25 de abril de 1813, Manuel Sabroso, Patricio Sanz Pinilla y Pedro José de Ybarrola. Aunque no dispongo del dato de la procedencia de todos y cada uno de esos diez diputados provinciales, sí está confirmado que García del Olmo procedía de Alcolea, Herreros de Iriépal, López Santa María de Sigüenza, Montesoro y Sanz Pinilla de Alustante, y Sabroso de Jadraque. Al menos dos de estos diez diputados provinciales constituyentes eran religiosos: Herreros, párroco de Iriépal, y López Santa María, canónigo de Sigüenza. Aunque el primer secretario titular de la Diputación de Guadalajara con Molina fue Diego de Mangirón, quien hizo de Secretario interino en la reunión de Anguita fue Juan José López-Merlo, acudiendo también a la cita constituyente el Intendente de la provincia (una especie de Delegado de Hacienda, al tiempo que de máximo responsable de las reales Fábricas de Paños), José López Juana Pinilla.

Como no podía ser de otra manera, hoy tocaba un guiño historicista a este post dado lo que se conmemora en la fecha en la que está escrito: el bicentenario de la “Diputación Provincial de Guadalaxara con Molina” o, lo que es lo mismo, el nacimiento de una institución que, desde ese 25 de abril de 1813, con muy distintos avatares, lleva trabajando por los pueblos de esta provincia de pueblos, mayoritariamente pequeños y muy pequeños, que la necesitan, como un hijo a una madre, para poder seguir teniendo un mínimo de servicios y de calidad de vida. Y es que la Diputación es y debe ser, cada vez más, el gran Ayuntamiento de los pequeños Ayuntamientos. Bien está celebrar el bicentenario y además con dignidad e ilusión, pero, una vez desmontados los estrados de los actos protocolarios, toca volver a arremangarse y reanudar el tajo, asumiendo como leit motiv de ese trabajo el lema con el que los arquitectos Marañón y Aspiunza presentaron, en 1880, el proyecto que resultó ganador en el concurso convocado para construir el Palacio de la Diputación Provincial: “Con trabajo y economía se enriquecen los pueblos”. En el tiempo actual, desgastado el verbo “enriquecer” por la codicia de algunos, sustitúyase por el de “progresar” y renuévese el compromiso de la Diputación con los pueblos y las gentes que más la necesitan. Si no, sólo será historia.

Molina se mueve

Han leído bien, sí, el titular de este post es “Molina se mueve” y no “Molina se muere”, algo que lleva ocurriendo desde hace muchas décadas e, incluso, desde hace siglos, pues la tierra molinesa, a pesar de haber sido un importante reino taifa en la España musulmana y, después, un condado señero en la España reconquistada y un Real Señorío independiente de las coronas de Castilla y Aragón desde 1138 –el actual Rey de España, entre sus títulos oficiales, sólo conserva dos Señoríos: el de Vizcaya y el de Molina-, hace tiempo que vivió su mejor hora y ya se cuenta, no sólo por décadas, sino incluso por siglos, el largo tiempo en que lleva perdiendo población, actividad socio-económica y peso político –no olvidemos que en las Cortes constituyentes de Cádiz hubo un diputado por Molina, Ramón López-Pelegrín, aunque tras ellas se abolieron los señoríos jurisdiccionales y se crearon las diputaciones, incorporándose el territorio de Molina a la de Guadalajara-.

MolinacencerradaMuchas y variadas han sido las causas que han llevado a la comarca molinesa a esa regresión histórica a lo largo del tiempo, gran parte de ellas de carácter bélico, con lo que de muerte y devastación conllevan. Y es que el señorío molinés ha sido campo de batalla continuo desde la llamada “Guerra de los dos Pedros” (El I de Castilla y el IV de Aragón, en la segunda mitad del siglo XIV), a la “Acción de Rueda” (un siglo después, en la que Molina mantuvo su fuero frente a Beltrán de la Cueva, pero pagó caro por ello), la “Guerra de los 30 años” (ya en el siglo XVII), la Guerra de Sucesión (principios del XVIII), por supuesto la de la Independencia contra los franceses (principios del XIX), las “Guerras Carlistas” del XIX y la Guerra Civil del XX. Batallitas aparte –nunca mejor dicho-, y aunque han sido muchas las circunstancias históricas, socio-políticas y económicas que han jugado en contra de los intereses de Molina y su tierra a lo largo de la historia, la que más ha afectado al tiempo presente es la crisis agraria de la segunda mitad del siglo XX, que implicó una emigración masiva de las áreas rurales a las urbanas y que supuso que el Señorío de Molina perdiera, en apenas tres décadas, más de la mitad de su población, que actualmente apenas supera los 8.000 habitantes, dándose los significativos datos de que menos de veinte pueblos del casi centenar que hay en la comarca superan actualmente los cien habitantes –y sólo uno de ellos, el propio Molina de Aragón, el millar- y que la densidad demográfica es inferior a tres habitantes por kilómetro cuadrado.

Habiéndose puesto así de difíciles las cosas en las últimas décadas para Molina y estando agravándose aún más con la actual crisis económica que está acarreando el cierre de empresas, en una tierra en la que apenas las hay, la destrucción de empleo, en una comarca en la que el sector primario aún representa casi el 30 por ciento de la población activa, y un progresivo recorte de servicios públicos –especialmente en materia de sanidad, educación y servicios sociales- que hacen aún más difícil vivir allí, como al “olmo seco, hendido por el rayo y en su mitad podrido” de Machado, algunas “hojas verdesle están saliendo a Molina en esta primavera, en forma de actividad de sus movimientos asociativos, como la realizada por la plataforma “La Otra Guadalajara”, que lleva ya unos cuantos años reivindicando todo lo reivindicable para Molina –el martes, 16, apoyaron la justa queja para que se resuelva la huelga del transporte escolar en la comarca, que ya dura más de un mes-, haciéndose útil para los ciudadanos pero incómoda para los políticos y las administraciones públicas, como es la obligación de un colectivo que quiere ser la voz de una tierra dolida. En el mismo ámbito del asociacionismo, igualmente es destacable la labor que está realizando “Tierra Molinesa”, una asociación cultural que también es voz de la conciencia de los molineses y que el día 18 de abril entrega sus V Premios a Emprendedores Molineses, poniendo el acento en el emprendimiento, un valor absolutamente imprescindible para reactivar Molina, por lo que de creación de empresas y generación de empleo conlleva. Y aunque son muchas las asociaciones de carácter social y cultural que, en el propio Molina y en muchos pueblos de la comarca, están en marcha, de entre todas ellas quiero destacar la Asociación de Amigos del Museo de Molina, que está haciendo una labor impagable, poniendo en valor la riqueza de los recursos histórico-artísticos y naturales de la comarca molinesa, tan ricos y diversos como infravalorados hasta ahora para generar en torno a ellos empresa y empleo, especialmente en el sector servicios. A este respecto, me alegra saber que el Ayuntamiento de Molina está haciendo gestiones para reabrir “La Subalterna”, un hotel rural con verdadero encanto que lleva cerrado muchos años, por la incompetencia y desidia de algunos, y cuyo cierre a cal y canto dejaba con el faldón levantado a Molina en su justa y necesaria reivindicación de que allí se construya un Parador Nacional porque, si ni siquiera es viable un pequeño hotel rural, cómo lo va a ser un Parador. Por cierto, Don Ramón Aguirre, exdiputado (“paracaidista”) por Guadalajara y actual presidente de la SEPI: lo prometido es deuda y espero que pronto haya novedades (y positivas) en el proyecto del Parador molinés.

Y, para terminar, otra buena noticia molinesa: el pasado viernes se presentó en Santa María del Conde una magnífica edición del histórico “Fuero de Molina”, de la que es autora la profesora de la UAH, Dolores Cabañas, un trabajo de investigación y divulgación que no se hacía desde 1916. Este Fuero fue el que reguló la convivencia de los molineses desde el siglo XII y es letra y espíritu de su Derecho local histórico y recopilación de sus “fazañas”, o sea, la forma en que en Molina se acostumbraba a resolver pleitos, a otorgar derechos e imponer tasas y sanciones, eliminando las decisiones meramente episódicas. Como ya dije en otra ocasión: el singular pasado de Molina es, sin duda, uno de los principales recursos en los que puede cambiar su presente y asentar su futuro. Pero el movimiento se demuestra andando y si Molina no emprende, que nadie espere que emprendan por ella.

 

Un (presunto) golfo en el Golfo

            No es que sea yo, precisamente, un entusiasta de la monarquía como sistema de estado, pero reconozco que Juan Carlos I se ha ganado mi respeto como jefe del estado español, por su decisiva contribución a que nuestro país sea irreversiblemente democrático cuando muchos han procurado que no lo fuera a lo largo de casi toda su historia, especialmente sus reyes. Y si me merece respeto el Borbón de nuestro tiempo, he de decir que también me merece simpatía e, incluso, cierto afecto comprensivo, sobre todo desde que hemos sabido públicamente lo que se rumoreaba privadamente: que le gusta cazar de todo, desde elefantes en Botswana a conejos allá donde salten, especialmente entre sábanas. Y con ello no es que pretenda hacer elogio de los desenfrenos sexuales del monarca, bien al contrario, porque han sido (presuntamente) adúlteros, sino que al ser públicos le hacen bajar bastantes peldaños del pedestal y acercarse aún más a los comunes de los mortales, por su ahora conocida debilidad humana, al menos a la altura de la bragueta, en contraste con el vínculo divino atribuido a las monarquías en su mismo origen, absoluto y absolutista, por supuesto.

Es de sobra conocido que en España hay mucho liberal sólo de cintura para abajo, aunque no parece ser el caso del Rey; pero si quien le precedió en la jefatura del estado y sentó en el trono, Francisco Franco, fue “generalísimo”, Juan Carlos I bien podría pasar a la historia como el “liberalísimo” o mejor, el “libérrimo”, porque ha sabido compaginar el liderar bien a su pueblo y ser el primero en hacerle marchar tanto tiempo por la senda constitucional –al contrario de su antepasado, el rey “felónFernando VII, perjuro y enemigo declarado de “La Pepa”-, con hacer lo que le ha salido de sus mismísimos en su vida privada, algo, repito, que no es para aplaudirle porque mientras él ha gozado otras y otros han sufrido, pero sí para comprenderle, puesto que se ha demostrado que su sangre no es azul, sino roja, y, sobre todo, caliente, como la de muchos y muchas españolas. Y es que en España, aunque tengamos la envidia por el primero de nuestros pecados capitales autóctonos, la lujuria no le anda a la zaga…

Ironías aparte, mucho lamento, por la inestabilidad institucional que supone para España y el deterioro de su imagen internacional en una momento crítico como el actual, la situación en la que se ha visto envuelta la monarquía española, no sólo por los tiros y tiritos que haya pegado el monarca, sino porque una Infanta de España, Cristina de Borbón y Grecia, séptima en la línea sucesoria de la Corona, está imputada desde hace unos días por ser “cooperadora necesaria” y/o “cómplice” de su marido, Iñaki Urdangarín, que, por su parte, hace ya más de un año que está imputado por el “Caso Nóoscomo presunto autor de los delitos de  prevaricación, tráfico de influencias, falsedad documental, fraude a la administración y malversación, que no son moco de pavo penal precisamente.  Aunque la presunción de inocencia es un principio básico de cualquier justicia democrática que se precie, mucho me temo que al Duqueem-palmado” –su calentón no es borbónico de sangre, pero como “si lo sería”, como dirían sus paisanos vascos- le han pillado con el carrito del helado, o sea, pegando palos a todos los que se han dejado, que, por lo visto hasta ahora, han sido muchos y con el dinero de todos, y va a ser muy difícil que salga bien librado del proceso judicial en el que está inmerso pues la carga de las pruebas que pesan sobre él es mucha. Pero acabe ese proceso como acabe, el daño causado por Urdangarín a la Casa Real y a la Infanta Cristina me temo que serán ya irreparables, incluso aunque, finalmente, ésta deje de estar imputada, como ha solicitado el fiscal en contra de la tesis que mantiene el juez instructor, en un poco frecuente caso de inversión de papeles habituales entre jueces y fiscales.

Y, como no podía ser de otra manera porque la cabra siempre tira al monte, en este río revuelto en el que anda metido nuestra monarquía, cada vez son más los pescadores anti-monárquicos que están lanzando sus buitreras cañas para intentar pescar la III República española; otra cosa es que, si quiera, esté ese pez en el río porque no todos los peces se pueden pescar en cualquier río, por muy revuelto que esté. Y es que los españoles, sin necesidad de leyes ad hoc, tenemos buena memoria. Bueno, la verdad, no siempre.

¡Y a Urdangarín, ya le vale, ya…! Por mi, que se vaya, y bien pronto y para mucho tiempo, al Golfo Pérsico a ganarse honradamente la vida como ayudante del nuevo seleccionador del equipo de balonmano de Qatar, que va a ser el hasta ahora seleccionador español, el gran Valero Rivera, y que, según se ha confirmado, le ha ofrecido ese puesto, lo que permitirá al, todavía, marido de la Infanta poner tierra de por medio con España, como en su día ocurrió cuando se fue a Washington, no por casualidad, sino por causalidad: ya la había hecho y tenía miedo a tener que pagarla. Pues que cobre en Qatar, pero que la pague en España, si es que así lo dictaminan los jueces en sentencia firme cuando toque, que espero que sea pronto, porque como dice una máxima legal “justicia retrasada, no es justicia”. Así pues, que el (presunto) golfo se vaya al Golfo. Pérsico.

Tras las tinieblas, la luz

        Dice un refrán muy conocido y usado, no sólo en esta refranera tierra de Castilla, que “Después de la tempestad viene la calma”, y así es, porque no hay tempestad, ni mal –ni mucho menos bien-, que cien años dure; es más, la “tempestad” a la que hoy me refiero -en sentido figurado, obviamente-, la Semana Santa, ha durado realmente cuatro días, comenzando el Jueves Santo y acabando el Domingo de Resurrección, en diez comunidades autónomas, entre ellas Castilla-La Mancha, e iniciándose el Viernes Santo y concluyendo el Lunes de Pascua, para los de las otras siete. La España “asimétrica”, hasta para conmemorar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo

    La “tempestad” a la que me refiero y que acabamos de dejar atrás, nada tiene que ver con una gran tormenta marina de esas que hacen temblar hasta el misterio y que, probablemente, están en el origen del refrán, sino que se trata de ese tiempo de Semana Santa en el que viajan más personas que en ningún otro momento del año, inclusive el verano, porque el verano es muy largo y tiene muchas semanas, mientras que la Semana Santa, a efectos vacacionales, no tiene ni una semana de duración, aunque parezca un contrasentido; lo dicho, son cuatro días…

  Cuatro días en los que mucha gente, tenga raíces directas o no en los pueblos, acude masivamente a ellos, sin duda buscando el entorno justamente contrario al que habitualmente vive –ahí radica una de las motivaciones básicas que incitan al hombre a viajar y vacacionar- y tratando de disfrutar de las virtudes que el medio rural reúne, que no son pocas, y que podrían resumirse sólo en dos: sosiego y singularidad. Si a la tranquilidad y el tipismo que casi siempre ofrece el medio rural se les une el valor de las raíces y de la familiaridad que muchos tenemos en él, queda perfectamente justificado el hecho del trasiego masivo de gentes de la ciudad a los pueblos que se dan todas las semanas santas y que en ésta no ha sido excepción –se calcula que entre el Domingo de Ramos y el Lunes de Pascua ha habido 13 millones de desplazamientos-;  empero, la meteorología se ha aliado más con los que han optado por la vacación en la costa mediterránea o en Canarias que por los que se han inclinado por el interior de España, en ciudades o pueblos, igual da, pues la lluvia ha sido una constante, dando una mínima tregua al sol únicamente en Sábado Santo.

Precisamente, si hay un día de Semana Santa en el que la gente se mueve más que los precios, ese es el Sábado. Dado que Jueves y Viernes Santo y el Domingo de Resurrección, son días de fiesta cristiana mayor, con sus oficios, sus procesiones y demás actos rituales propios de estas fechas –en esta materia, recomiendo encarecidamente leer el post actual, y los que le preceden, en el hilo del blog en GD de mi compañero y amigo, José Ramón López de los Mozos, uno de los que más saben de costumbres y tradiciones populares de Guadalajara, como ha reconocido públicamente hasta el gran folclorista castellano, Joaquín Díaz-, el Sábado Santo, huérfano de eventos hasta la Vigilia Pascual, que se celebra ya en la transición al domingo, se ofrece como el día de la vacación por excelencia en medio del conjunto de la vacación de Semana Santa. Y, claro, así no nos puede extrañar que vayamos a cualquier sitio – a Patones de Arriba, por ejemplo-, buscando el sosiego y la singularidad de un pequeño pueblo serrano de arquitectura negra –en el caso de Patones, renacido de sus ruinas para ser tuneado y puesto a la carta para los “turistas”- y te encuentres con una caravana de coches más larga que la que se forma cualquier día en La Carrera por la tarde y con más gente que en el Metro en hora punta. O sea, las turbas de la ciudad trasladadas al medio del campo, avasallándolo, y formando una procesión, no de capirotes y pasos, sino de urbanitas abarrotando cuestas y costanillas soladas con lajas de pizarra y campos salpicados de matas de jara, romero, cantueso e hisopo, acobardadas ante el aluvión sobrevenido. No es esto, no es esto. ¡Claro que también a quién se le ocurre ir a Patones y, encima, en Sábado Santo…! Eso es llevar la penitencia con el pecado.

Aunque el medio rural suele ser muy hospitalario porque hace tiempo, mucho tiempo, que enfermó de soledad, estoy convencido que le sienta mucho mejor la calma llegada el Lunes o el Martes de Pascua que la “tempestad” pasada. Y es que, como dice otro certero y sinónimo refrán al del inicio de este post, y muy propio de estas fechas, “tras las tinieblas viene la luz”.

 

 

Un país eminentemente país

Estábamos viviendo los primeros años de democracia tras aprobarse la Constitución de 1978 cuando el gran humorista Forges, entonces en su máximo apogeo como creador, se despachó una mañana, con su surrealismo cañí, con una viñeta que decía: España, antes, era un país eminentemente agrícola; ahora sólo es un país, eminentemente país”. Esta sentencia, porque aunque suene a chiste es una sentencia y además firme, irrecurrible por tanto, define muy bien la situación de la España de aquella hora, esperanzada por su joven democracia, pero sacudida por una fuerte crisis económica -¿les suena de algo?-; agitada por unos partidos y unos sindicatos, casi recién legalizados, y que trataban de hacerse sitio en la sociedad a mamporros y codazos -¿a que también les suena?-;  confundida por el incierto inicio de la “España de las autonomías”, entonces en fase casi embrionaria pero anticipándose ya algunos de los problemas que podría acarrear su desarrollo -¿a que les es familiar?-, y enlutada, acongojada y pesarosa por los llamados “años de plomo” de ETA –que ahora no mata, pero que sigue sin entregar las armas, ¿por qué?-.

forgesPues bien, 30 años después de aquella viñeta de Forges que se me quedó grabada a tinta indeleble en la memoria, España es un país todavía mucho menos agrícola que entonces, pero, sin embargo, cada vez es un país más eminentemente país; o sea, un país en el que casi todo puede suceder, en el que es difícil que las cosas estén en su sitio, en el que lo que parece no siempre es y lo que es no siempre parece, en el que los derechos y los deberes son asimétricos y relativos, en el que el sentido común suele ser el menos común de los sentidos y en el que el absurdo anda suelto y se mete por cualquier rendija de la vida pública. Se que lo que acabo de decir tiene más parecido con el Guernica de Picasso que con la viñeta de Forges, pero lo he escrito aposta e instalado en el maximalismo, otra seña de identidad de, a pesar de todo, “mi querida España, esa España mía, esa España nuestra”, a la que cantaba Cecilia, una joven y prometedora cantautora que se dejó la vida en un accidente de tráfico en Benavente (Zamora), en 1976, cuando España era, aún, un “país eminentemente agrícola”, aunque progresivamente lo iba siendo cada vez menos.

La constatación de que España sigue siendo un país eminentemente país 30 años después de que Forges dictara esta, repito, sentencia, tiene su prueba en que, aunque sea otra, estamos inmersos en una fuerte crisis económica como entonces, cuando el paro también superó el 20 por ciento de la población activa; los partidos políticos y los sindicatos andan cada vez más a la gresca y se han convertido en un problema y no en una solución para los ciudadanos; la España de las autonomías es cada vez más contestada por los españoles por su disparatado coste y su cuestionable eficacia, amén de que algunas no tengan bastante con ser sólo eso, autónomas, y cada vez con más descaro procuren la independencia,… Entre aquél país de hace 30 años y éste, han cambiado muchas cosas –algunas de ellas a mejor, evidentemente, ¡sólo faltaría regresar en vez de progresar en un tercio del siglo en el que más rápido ha evolucionado la humanidad!-, pero muchas otras siguen igual; o “pior”, como dicen todos los portugueses y no pocos españoles. Y de todas las cosas que siguen igual en este país, y que no son cíclicas, como las crisis económicas, sino permanentes, dos de las que más me fastidian son estas: que las organizaciones políticas, empresariales y sindicales se miren tanto el ombligo y sean fines en sí mismas y no medios para vertebrar y mejorar la sociedad, y que los nacionalismos hagan tanto mal a España, inclusive, por supuesto, a sus propias comunidades, de la que son y han formado parte desde su misma nación que, aunque diversa, es única.

 

 

 

El invento castellano-manchego

 

            Desde los tiempos de la pre-autonomía de Castilla-La Mancha, allá por los principios de los años ochenta del siglo pasado, siempre tuve claro que esta región era un auténtico invento y más artificial que la nieve que, no pocas veces, para adelantar o estirar las temporadas, es extendida por cañones en la ladera norte del Pico del Lobo , que es la cumbre más alta de Guadalajara, con 2.262 metros, y es donde se ubica, aunque muchos no lo sepan, la estación de esquí de La Pinilla, en término ya de la vecina y hermana provincia castellana de Segovia, a la que nos unen bastantes más lazos históricos, territoriales, sociológicos y afectivos que los que nos vinculan a Albacete, Ciudad Real y Toledo.

Era yo entonces un joven aspirante a periodista, que hacía de meritorio en la vieja y querida redacción de “Flores y Abejas”, ubicada en un pequeño ático, poco más que guardilón, en la calle Francisco Cuesta, cuando comenzó la historia de Castilla-La Mancha como una de las diecisiete comunidades autónomas que hay en España –y que deberían vertebrarla pero que, en realidad, la dividen, pues cada día hay más diferencias entre ellas y hasta algunas pretenden ser lo que no son ni nunca han sido: “objeto de soberanía”-, una historia que apenas tiene 31 años, pero que para quienes, por razones de edad, no han conocido otra cosa, parece que tuviera su origen en tiempos ya muy remotos y hubiera acumulado páginas y páginas de aconteceres, cuando hasta su bandera fue elegida en un concurso, de entre varios modelos que se sometieron al criterio del entonces llamado “Ente pre-autonómico de Castilla-La Mancha”; por cierto, ente que presidió más de 3 años una persona, nacida en Barcelona pero muy vinculada a la provincia, concretamente a Sigüenza, donde está enterrado, y que fue Antonio Fernández-Galiano, al que, con mucha ironía, algunos bautizamos como “Chorradellas”, aunque sin ánimo alguno de faltarle al respeto que, por su bonhomía y brillante currículum, como profesor universitario y como político, tenía sobradamente merecido.

pico lobo 002 Si he considerado, considero y, salvo que me demuestren con hechos lo contrario, seguiré considerando Castilla-La Mancha como un invento y más artificial que la nieve que no cae del cielo pero hace esquiable las laderas de la vertiente norte del Pico del Lobo (en la fotografía), es porque jamás hubo un precedente de una región con las cinco provincias que la conforman y, lo más parecido a ella que ha habido es la llamada –y digo llamada porque esa “región” jamás tuvo autonomía alguna y fue mero nominalismo- “Castilla-La Nueva”, en la que no estaba Albacete –que entonces pertenecía al reino de Murcia-, pero sí Madrid, algo absolutamente lógico pues, además de ser la capital de España desde 1561, cuando Felipe II trasladó la Corte de Toledo a Madrid, es la ciudad de referencia para todas las provincias del centro de España y, muy especialmente, para la nuestra, pues la ciudad de Guadalajara es la capital de provincia más cercana a Madrid, algo que no pueden obviar ni estatutos de autonomía, ni leyes nacionales, ni regionales, ni otras fuentes de derecho del tipo que sean porque no se le pueden poner ni puertas, ni mucho menos muros al campo, aunque ya llevemos un tiempo en que algunos lo están intentando; por ejemplo, con la atención sanitaria, derivándose a pacientes de Guadalajara a hospitales manchegos que están al quíntuple de distancia que los de Madrid. O más. Y sólo hablo de distancias en kilómetros y no de otras, por no herir ninguna susceptibilidad…

He conocido el informe –del que se dio noticia hace unos días en GD-, del catedrático de Derecho Administrativo, Tomás Ramón Fernández, en el que se propone reordenar el mapa autonómico español, reduciendo a 13 las comunidades autónomas y, entre otras recomendaciones, adscribir Madrid a Castilla-La Mancha. No me parece precisamente una ocurrencia, sino algo a valorar y tener muy en cuenta pues es evidente que la estructuración autonómica de España es mejorable y debería caminar, al menos, en una triple dirección, respetándose el espíritu y la letra de la Constitución: la real, y no sólo teórica, igualdad de derechos y deberes de todos los españoles, independientemente de la comunidad autónoma en la que vivan; eficiencia en la prestación de los servicios y que se produzca un verdadero acercamiento de la administración al administrado, y no justo lo contrario, que es lo que ha sucedido con Guadalajara en los últimos años con el nacimiento del centralismo toledano –bastante más pueblerino y limitado que el madrileño, por cierto-, forjado en los muchos años de gobiernos socialistas en la región, y no rectificado en los casi dos años que lleva al frente de ella el Partido Popular; es más, desde que gobierna Castilla-La Mancha Cospedal, lo que antes eran delegaciones provinciales de la Junta, ahora se llaman, significativamente, “servicios periféricos”. Y ya sabemos todos lo que significa periferia: “espacio que rodea a un núcleo”. Y ese núcleo, central, centrípeto y centralista, es Toledo, ciudad a la que sí que le ha ido estupendamente con esto del invento castellano-manchego.

Mensaje de una Botella

            Como diría mi compañero y, sin embargo, amigo, José Luis Muñoz, director de COPE Guadalajara, COPE Sigüenza y Popular TV, mi post de esta semana podría titularse “Message in a bottle” (Mensaje en una botella), como la canción de The Police, el grupo liderado por el gran Sting, considerado como uno de los referentes de la “new wave”, la nueva ola del pop-rock británico de los años ochenta del siglo pasado -¡jo, qué viejos somos ya los que éramos jóvenes entonces…!-. Para ser exactos, el mensaje, más que estar en una botella, así, con minúscula, procede de una Botella, con mayúscula; concretamente de Ana Botella, la alcaldesa que “heredó” el Ayuntamiento de Madrid cuando Alberto Ruiz Gallardón dejó el antiguo Palacio de Correos, junto a la merengue diosa Cibeles -donde él mismo quiso ubicar, y ubicó, la sede de la alcaldía de la capital porque la Casa de la Villa, era sólo eso, casa, pero no palacio- para trasladarse al antiguo Palacio de la Marquesa de Sonora, en la calle San Bernardo, sede principal del Ministerio de Justicia, del que el exalcalde madrileño es titular desde hace 14 meses.

Y es que el mensaje de Botella, de Ana Botella, al que me refería en el párrafo anterior, no tiene desperdicio y está mereciendo muchísimos comentarios, a los que, modestamente, se va a sumar el mío; ahí va el mensaje de Botella pues: “el kilo de político está muy barato”. Es evidente que la significación que la alcaldesa madrileña ha querido dar a estas contundentes y mediáticas palabras, no es otro que llamar la atención sobre la dura, abundante y continua crítica de la que, de un tiempo a esta parte, es objeto la clase política en la calle y que, obviamente, tiene su reflejo, como no podía ser de otra manera, en los medios de comunicación; o viceversa, porque esa valoración, cada vez más negativa que el ciudadano de a pie hace de la clase política, se aviva y azuza especialmente en los medios de comunicación, cuando éstos informan –y comentan y opinan, como es su derecho y su deber- de los numerosos casos de corrupción y escándalo en los que están inmersos políticos.

Basta echar un vistazo a la prensa de los últimos días –y, lamentablemente, de las últimas semanas, y de los últimos meses, y de los últimos años…-, para colegir una respuesta fácil a la pregunta de por qué los españoles consideran a los políticos como el segundo problema del país, detrás de la pertinaz crisis que lleva asolándonos desde que Zapatero aseguró, hace ya cinco años, que no había tal crisis –como Supertramp, miró para otro lado y dijo: “Crisis… What crisis?”-, sino que era una “simple desaceleración”… Estos son algunos de esos titulares de prensa a los que hacía referencia:

– Torres-Dulce aboga por que el ‘caso Bárcenas’ vaya separado de Gürtel (El Mundo)

– Barcina justifica que ella y su antecesor cobraran de la CAN cuantiosas dietas por cada dos horas de reunión (Público.es)

– Dos empresarios confirman que Gürtel pagó cuatro fiestas en casa de Ana Mato (El País)

– Rubalcaba aparca la publicación de su IRPF  hasta pactar con el PP (ABC)

– José Blanco admite que Interior pagó 100.000 euros de su chalé (Libertad Digital)

Estos son tan sólo cinco ejemplos de algunos de los titulares recogidos en distintos medios de la prensa digital de hoy; y no son los más gruesos ni los más espectaculares con los que nos hemos desayunado últimamente pues, hasta el mismísimo Rey, su familia y su Casa, son frecuente noticia por comportamientos “no precisamente ejemplares”, viéndose comprometida así hasta la institución monárquica que, constitucionalmente, es la principal garante de la estabilidad del Estado social y democrático de derecho en el que vivimos, en gran medida gracias al Rey y a su ejemplar conducción de la llamada Transición. ¡Vuelva por donde solía, Majestad, que algunos que tiene a su lado están haciendo más por el advenimiento de la III República que Cayo Lara y Joan Tardá!

Concluyendo que es gerundio y ya va siendo hora: Señora Botella, doña Ana: cómo no va a estar “barato el kilo de político” si además de los continuos y graves escándalos en los que aparecen implicados políticos, la gente cada vez lo pasa peor porque, lejos de darse solución a los graves problemas que aquejan España, cada día surge uno nuevo, por no decir dos o tres. O más, como diría el mismísimo Rajoy.

O la clase política se regenera y vuelve a ser útil y fiable para los ciudadanos y el actual sistema político de partidos se lo hace mirar y camina hacia la transparencia y la democracia internas, al tiempo que huye del sectarismo y la endogamia, o cada vez vamos a ser más los españoles que nos indignemos hasta con los “indignados”.

 

 

“Non habemus Papam”

             Desde el pasado jueves, 28 de febrero, a las ocho de la tarde, “non habemus Papam”. Y no tenemos Papa, ni lo tendremos hasta que haya “fumata blanca” en el cónclave de Cardenales que se iniciará dentro de unos días en el Vaticano, porque el Papa, desde ayer emérito, Benedicto XVI, ha renunciado voluntariamente a su pontificado, en una decisión casi sin precedentes en la historia y cuyo referente más cercano se remonta, nada más y nada menos, que a finales del siglo XIII, cuando un eremita que después llegó a santo, Celestino V, renunció al papado apenas seis meses después de tomar la tiara de San Pedro, tras comprobar que los Cardenales que le habían elegido –que, en ese tiempo, aún medieval, no pasaban de la docena y las vidas y comportamientos de muchos de ellos no eran precisamente “ejemplares”- lo habían hecho presumiendo que sería un Papa fácilmente manejable, aunque un buen escaparate para la Iglesia y las naciones pues ya en vida tenía “olor de santidad”.

             Las verdaderas y completas razones de esta histórica, sorprendente y hasta, para muchos, desconcertante decisión de Benedicto XVI de renunciar al papado sólo las conoce él y, a lo sumo, parcialmente alguno de los más cercanos componentes del pequeño grupo de colaboradores que, a diario, han trabajado a su lado en sus dependencias oficiales y privadas vaticanas; probablemente su hermano, amigo y, seguro, confidente, Georg, también sacerdote, sepa muchos de los detalles de la reflexión que a este profundo, intelectual y sesudo Papa, le han llevado a renunciar a seguir al frente de los más de mil doscientos millones de católicos que nos contamos entre los cinco continentes, cuando es tradición pontificia que los Papas mueran siéndolo en activo y no eméritos, aunque este hecho haya provocado que muchos pontífices, en su ancianidad, hayan sido meros rostros y sellos del pontificado, mientras la curia romana que lo rodeaba ejercía en la sombra el papado real, no pocas veces haciendo zozobrar la barca de San Pedro, por la pugna de intereses terrenales y humanos, más que por el ejercicio y propagación de principios y valores católicos.

             Por mi pequeñez intelectual y por mis muchas limitaciones, no seré yo quien haga juicios de valor sobre la reflexión que ha llevado a Joseph Ratzinger a renunciar al papado, pero estoy seguro que no ha sido improvisada ni ligera, dada su formación, como extraordinario teólogo, y su personalidad y carácter germánicos; ahora bien, como católico practicante que soy –ya me gustaría a mí, además, serlo bueno y coherente con la fe que profeso-, doy por verdadera, aunque pueda no ser única, la justificación manifestada por el propio Ratzinger cuando hizo pública su voluntad de renuncia el pasado día 10 de febrero: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. Amén.

  Mucho se ha especulado sobre si esta renuncia, más que por razones de edad, ha venido dada verdaderamente por cansancio, hartazgo y hasta por impotencia del Papa para resolver o poner orden en los numerosos conflictos que rodean la administración y la gestión del Vaticano y de la Iglesia: unos han dicho que si el Papa era un “pastor entre lobos”, otros que si el llamado “Vatileaks” ha puesto al descubierto que hay muchos intereses espurios en la Plaza de San Pedro, otros que si las cuentas y la banca vaticana son de todo menos transparentes y, no pocos, que a Benedicto XVI le ha abrumado el ya conocido como “Informe de los tres Cardenales” -entre ellos, el español Julián Herranz-, encargado por él mismo, sobre la dura realidad de una parte de la curia romana, más preocupada de lo humano que de lo divino. Yo, repito, no voy a especular, porque ni puedo, ni quiero, y asumo las poderosas razones de edad esgrimidas por el Papa como las verdaderas y concluyentes que le han llevado a tomar esta decisión de renunciar al pontificado que, eso sí, me permito juzgar como ejemplar pues, lejos de ser cobarde, es pragmática y generosa ya que debe ser muy difícil renunciar a ser la persona más poderosa y que está en la cúspide de una organización, en este caso la Iglesia, a la que has decidido entregar voluntariamente tu vida.

 Confieso que me era muy cercano el estilo afable y populista de Juan Pablo II y que su ancianidad, lastrada por la enfermedad de Parkinson – que también padeció durante más de 25 años y llevó a la muerte, dolorosamente, a mi tía Esperanza, a quien quería como a una madre-  me conmovieron y me acercaron afectivamente mucho al gran Papa polaco. Confieso, también, probablemente por contraposición con su antecesor, que Benedicto XVI me parecía también un gran Papa, pero un tanto frío, tímido y poco extrovertido, un hombre de razón más que de corazón; pero he de reconocer que, al mirarle a través de sus ojos pequeños y acuosos en el momento en que ha renunciado al pontificado, he descubierto en él los ojos de la debilidad, la sencillez y la humildad que precedieron a la enfermedad final y muerte de mi padre, hace apenas un año, también aquejado de problemas cardiovasculares, como padece Joseph Ratzinger. Dos padres, dos mismas miradas. Los Papas también son hombres; pero deben ser ejemplares. Hasta el final.

“El bandoler”

Si el PP anda groggy con los “papeles de Bárcenas”, en el PSOE están más perdidos que un esquimal en el Sáhara o un beduino en Alaska, a juzgar por la sucesión de errores estratégicos que van cometiendo y que, lejos de conseguir su objetivo de acelerar el desgaste del Gobierno de Rajoy y volver a ser una alternativa atractiva para relevarle lo antes posible en el poder, lo que están evidenciando es que Rubalcaba no es una solución ni para los socialistas, en particular, ni para los españoles, en general, sino un problema, y que en el socialismo español hay muchas voces, no todas armónicas, y algunas de ellas, literalmente desafinadas. Porque no me digan que no es “la pera”, con gallo incluido y, de todo menos oportuno, que el vapuleado, electoralmente hablando, líder del PSC, Pere Navarro (o sea, “Pera” Navarro, como se pronuncia su nombre en catalán), salga pidiendo públicamente, nada más y nada menos que la abdicación del Rey, sin que la dirección nacional asuma esa posición y mientras se está celebrando el debate sobre el “Estado de la Nación”, convirtiéndose su extemporánea y sorprendente reclamación en “trending topic” de las redes sociales y titular de casi todos los medios, virtuales y convencionales, e interfiriendo y menoscabando las ideas-fuerza de los mensajes que Rubalcaba pretendía transmitir en ese debate. Por cierto que “La Pera” era el alias de Joan Serra, un sanguinario bandolero catalán del siglo XIX al que Lluis Llach dedicó una de sus canciones (yo el catalán no lo hablo, ni en público ni en privado, pero me parece que es una lengua sonora y rítmica y en la que han cantado y cantan grandes cantautores como Llach):

 

Era el segle XIX,
i amb el nom de Joan Serra
es coneix un bandoler
per a tothom «en la Pera».
Li agradava la sang,
i el xiprer encara recorda
tants gemecs que allà han pregat:
pietat, pietat. (…)

 

Cuando el gobierno del PP lleva 14 meses al frente de España y, a pesar de sus muchas reformas y recortes y de sus no pocas promesas electorales incumplidas, nuestro país está en una de las peores encrucijadas socio-económicas de su historia reciente, cuando el PP, además, está atravesando uno de sus momentos más convulsos y sobre-cogedores (¿lo pillan?) por causa de la crisis abierta por su extesorero, el debate sobre el “Estado de la Nación”, celebrado esta semana, se le presentaba al PSOE como una oportunidad pintiparada y única, de poco más que “pinta y colorea”, para haber dejado a Rajoy en la arena política más perdido que a Dick Turpin, cuando el mítico bandolero inglés del siglo XVIII –hoy parece que la cosa va de bandoleros…- estaba en una buhardilla, rodeada de policías y sólo tenía por escapatoria una claraboya. Pero, a pesar de que Rubalcaba tenía la cosa a huevo, con perdón, entre que sus “Amy Martin” no dieron con las teclas adecuadas en la elaboración de su discurso, que tiene a parte de su bancada esperando que caiga como fruta madura –había que ver las caras y los gestos de Carme Chacón (en catalán se pronuncia “Karma”, como la canción de Culture Club) y de Jesús Caldera, entre otros, mientras hablaba su secretario general- y que “el Pere” Navarro dijo lo de “¡váyase, majestad!”, subiendo un escalón el “¡váyase, señor Rajoy!” del líder socialista nacional, el presidente del Gobierno salió más que airoso del debate, mientras que Rubalcaba lo hacía con peor cara que los pollos de Carrefour, a pesar de que su “hoolligan number one”, Elena Valenciano, intentaba convencernos de lo contrario. Inútilmente, claro.

 

Y es que la política, a veces –demasiadas- es la pera y otras muchas la repera.

Groucho Marx, Bárcenas y el valor del silencio

El “camarote de los hermanos Marx” era un amplio espacio, dechado de orden, lógica y equilibrio si lo comparamos con la actual situación que vive el Partido Popular por causa de los ya famosos “papeles” de su extesorero, Luis Bárcenas, un pájaro de cuidado a juzgar por las evidencias, aún concediéndole el beneficio de la duda y la presunción de inocencia que es uno de los principios que informan nuestro Derecho Penal. Una presunción, por otra parte, inexcusable en un Estado de Derecho como es España, aunque el país lleva ya mucho tiempo del revés y eso, por cierto, no es sólo imputable al PP, sino más bien a quien le precedió en el poder, el PSOE, un partido marxista (de Carlos Marx) durante 90 años –exactamente desde su I Congreso, el fundacional, de 1888, hasta el extraordinario de 1979- y que, en los últimos tiempos, bajo el liderazgo de Zapatero, hubo momentos en que se instaló en el “marxismo” de Groucho y sus hermanos, entre el surrealismo, el dislate y la comedia bufa.

Saber la verdad de la buena de la realidad de los “papeles de Bárcenas” la saben muy pocos y va a ser muy difícil que la sepamos todos porque, lamentablemente, la praxis política hace mucho tiempo que dista de ser un ejemplo de ética y transparencia, dos valores que deberían ser exigibles a todos los cargos públicos, a título individual, y, a título colectivo, a todos los partidos políticos y agentes sociales y económicos que, teóricamente, vertebran el Estado, pero que, con excesiva frecuencia, son fines en sí mismos –o sea, endogamia pura y dura, y sectarismo- y no medios para que la sociedad progrese y sea cada vez más libre, más justa, más igualitaria y más respetuosa de la pluralidad política, que son los valores superiores proclamados en nuestro ordenamiento jurídico.

Si va a ser difícil, por no decir imposible, que se sepa lo que hay de verdad en los “papeles” de Bárcenas –que, aunque poco y no comprometedor para el partido, algo hay, según ha reconocido el propio Rajoy-, en contra del PP y del gobierno de los populares juegan en este asunto muchos factores que están erosionando su imagen y consideración públicas de manera colosal –por utilizar un adjetivo que le gusta mucho al actual Presidente del Gobierno- porque, en política, las cosas no son como son, sino como parecen. Aunque me duela decirlo -porque he sido, en este orden, votante, cargo electo y militante del PP; lo primero, ya veremos si lo sigo siendo, pero lo segundo y lo tercero, ni lo soy ni lo voy a volver a ser-, este chusco asunto de Bárcenas, trufado con el caso “Gürtel” y sazonado con la cada vez más negativa consideración que hay en la sociedad de los partidos y de los políticos, huele a podrido como olía la Dinamarca del príncipe Hamlet, como olieron en su día los casos Filesa y Time Export, en los que se sentenció que el PSOE se había financiado ilegalmente, y como huelen el resto de presuntos casos de corrupción política, como los muchos que afectan a la Cataluña del príncipe Arturo, Mas, que ya le gustaría a él llegar a ser rey, como su homónimo britano, aunque me temo que no pasará de aprendiz de Merlin por sus alquimias y enjuagues.

Pero si hasta a un más que presunto delincuente, como Bárcenas, ha de concedérsele el beneficio de la duda y la presunción de inocencia hasta que una sentencia firme determine lo contrario, también es razonablemente exigible el mismo beneficio y la misma presunción para el Partido Popular en el que, como en el PSOE y en todos los partidos que han tocado “el pelo” del poder, hay evidencias de habitar entre sus filas algunos golfos y vividores, por no llamarles ladrones directamente, pero que estoy convencido que son una minoría, aunque su podredumbre, como la de la manzana agusanada en el cesto de las sanas, ponga en riesgo de pudrir a las demás o de parecer que lo están.

No sería justo si terminara obviando en este post mi paso por la política activa como cargo electo del PP, durante ocho años y como concejal en el Ayuntamiento de Guadalajara (1999-2007), tiempo en el que conocí a muchos admirables y esforzados servidores públicos, que entraron en política para servir y no para servirse, y jamás fui testigo de un hecho si quiera rayano con la corrupción. Esa es mi experiencia y así la cuento, porque justo es contarla en este momento. Eso sí, me reservo mi opinión respecto a la capacidad, entrega, talante, idoneidad y vocación de servicio público de alguna persona con la que compartí, teóricamente, acción política. Y, dicho esto, que ya es mucho, valdré más por lo que callo que por lo que podría decir.

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