Un país eminentemente país

Estábamos viviendo los primeros años de democracia tras aprobarse la Constitución de 1978 cuando el gran humorista Forges, entonces en su máximo apogeo como creador, se despachó una mañana, con su surrealismo cañí, con una viñeta que decía: España, antes, era un país eminentemente agrícola; ahora sólo es un país, eminentemente país”. Esta sentencia, porque aunque suene a chiste es una sentencia y además firme, irrecurrible por tanto, define muy bien la situación de la España de aquella hora, esperanzada por su joven democracia, pero sacudida por una fuerte crisis económica -¿les suena de algo?-; agitada por unos partidos y unos sindicatos, casi recién legalizados, y que trataban de hacerse sitio en la sociedad a mamporros y codazos -¿a que también les suena?-;  confundida por el incierto inicio de la “España de las autonomías”, entonces en fase casi embrionaria pero anticipándose ya algunos de los problemas que podría acarrear su desarrollo -¿a que les es familiar?-, y enlutada, acongojada y pesarosa por los llamados “años de plomo” de ETA –que ahora no mata, pero que sigue sin entregar las armas, ¿por qué?-.

forgesPues bien, 30 años después de aquella viñeta de Forges que se me quedó grabada a tinta indeleble en la memoria, España es un país todavía mucho menos agrícola que entonces, pero, sin embargo, cada vez es un país más eminentemente país; o sea, un país en el que casi todo puede suceder, en el que es difícil que las cosas estén en su sitio, en el que lo que parece no siempre es y lo que es no siempre parece, en el que los derechos y los deberes son asimétricos y relativos, en el que el sentido común suele ser el menos común de los sentidos y en el que el absurdo anda suelto y se mete por cualquier rendija de la vida pública. Se que lo que acabo de decir tiene más parecido con el Guernica de Picasso que con la viñeta de Forges, pero lo he escrito aposta e instalado en el maximalismo, otra seña de identidad de, a pesar de todo, “mi querida España, esa España mía, esa España nuestra”, a la que cantaba Cecilia, una joven y prometedora cantautora que se dejó la vida en un accidente de tráfico en Benavente (Zamora), en 1976, cuando España era, aún, un “país eminentemente agrícola”, aunque progresivamente lo iba siendo cada vez menos.

La constatación de que España sigue siendo un país eminentemente país 30 años después de que Forges dictara esta, repito, sentencia, tiene su prueba en que, aunque sea otra, estamos inmersos en una fuerte crisis económica como entonces, cuando el paro también superó el 20 por ciento de la población activa; los partidos políticos y los sindicatos andan cada vez más a la gresca y se han convertido en un problema y no en una solución para los ciudadanos; la España de las autonomías es cada vez más contestada por los españoles por su disparatado coste y su cuestionable eficacia, amén de que algunas no tengan bastante con ser sólo eso, autónomas, y cada vez con más descaro procuren la independencia,… Entre aquél país de hace 30 años y éste, han cambiado muchas cosas –algunas de ellas a mejor, evidentemente, ¡sólo faltaría regresar en vez de progresar en un tercio del siglo en el que más rápido ha evolucionado la humanidad!-, pero muchas otras siguen igual; o “pior”, como dicen todos los portugueses y no pocos españoles. Y de todas las cosas que siguen igual en este país, y que no son cíclicas, como las crisis económicas, sino permanentes, dos de las que más me fastidian son estas: que las organizaciones políticas, empresariales y sindicales se miren tanto el ombligo y sean fines en sí mismas y no medios para vertebrar y mejorar la sociedad, y que los nacionalismos hagan tanto mal a España, inclusive, por supuesto, a sus propias comunidades, de la que son y han formado parte desde su misma nación que, aunque diversa, es única.

 

 

 

El invento castellano-manchego

 

            Desde los tiempos de la pre-autonomía de Castilla-La Mancha, allá por los principios de los años ochenta del siglo pasado, siempre tuve claro que esta región era un auténtico invento y más artificial que la nieve que, no pocas veces, para adelantar o estirar las temporadas, es extendida por cañones en la ladera norte del Pico del Lobo , que es la cumbre más alta de Guadalajara, con 2.262 metros, y es donde se ubica, aunque muchos no lo sepan, la estación de esquí de La Pinilla, en término ya de la vecina y hermana provincia castellana de Segovia, a la que nos unen bastantes más lazos históricos, territoriales, sociológicos y afectivos que los que nos vinculan a Albacete, Ciudad Real y Toledo.

Era yo entonces un joven aspirante a periodista, que hacía de meritorio en la vieja y querida redacción de “Flores y Abejas”, ubicada en un pequeño ático, poco más que guardilón, en la calle Francisco Cuesta, cuando comenzó la historia de Castilla-La Mancha como una de las diecisiete comunidades autónomas que hay en España –y que deberían vertebrarla pero que, en realidad, la dividen, pues cada día hay más diferencias entre ellas y hasta algunas pretenden ser lo que no son ni nunca han sido: “objeto de soberanía”-, una historia que apenas tiene 31 años, pero que para quienes, por razones de edad, no han conocido otra cosa, parece que tuviera su origen en tiempos ya muy remotos y hubiera acumulado páginas y páginas de aconteceres, cuando hasta su bandera fue elegida en un concurso, de entre varios modelos que se sometieron al criterio del entonces llamado “Ente pre-autonómico de Castilla-La Mancha”; por cierto, ente que presidió más de 3 años una persona, nacida en Barcelona pero muy vinculada a la provincia, concretamente a Sigüenza, donde está enterrado, y que fue Antonio Fernández-Galiano, al que, con mucha ironía, algunos bautizamos como “Chorradellas”, aunque sin ánimo alguno de faltarle al respeto que, por su bonhomía y brillante currículum, como profesor universitario y como político, tenía sobradamente merecido.

pico lobo 002 Si he considerado, considero y, salvo que me demuestren con hechos lo contrario, seguiré considerando Castilla-La Mancha como un invento y más artificial que la nieve que no cae del cielo pero hace esquiable las laderas de la vertiente norte del Pico del Lobo (en la fotografía), es porque jamás hubo un precedente de una región con las cinco provincias que la conforman y, lo más parecido a ella que ha habido es la llamada –y digo llamada porque esa “región” jamás tuvo autonomía alguna y fue mero nominalismo- “Castilla-La Nueva”, en la que no estaba Albacete –que entonces pertenecía al reino de Murcia-, pero sí Madrid, algo absolutamente lógico pues, además de ser la capital de España desde 1561, cuando Felipe II trasladó la Corte de Toledo a Madrid, es la ciudad de referencia para todas las provincias del centro de España y, muy especialmente, para la nuestra, pues la ciudad de Guadalajara es la capital de provincia más cercana a Madrid, algo que no pueden obviar ni estatutos de autonomía, ni leyes nacionales, ni regionales, ni otras fuentes de derecho del tipo que sean porque no se le pueden poner ni puertas, ni mucho menos muros al campo, aunque ya llevemos un tiempo en que algunos lo están intentando; por ejemplo, con la atención sanitaria, derivándose a pacientes de Guadalajara a hospitales manchegos que están al quíntuple de distancia que los de Madrid. O más. Y sólo hablo de distancias en kilómetros y no de otras, por no herir ninguna susceptibilidad…

He conocido el informe –del que se dio noticia hace unos días en GD-, del catedrático de Derecho Administrativo, Tomás Ramón Fernández, en el que se propone reordenar el mapa autonómico español, reduciendo a 13 las comunidades autónomas y, entre otras recomendaciones, adscribir Madrid a Castilla-La Mancha. No me parece precisamente una ocurrencia, sino algo a valorar y tener muy en cuenta pues es evidente que la estructuración autonómica de España es mejorable y debería caminar, al menos, en una triple dirección, respetándose el espíritu y la letra de la Constitución: la real, y no sólo teórica, igualdad de derechos y deberes de todos los españoles, independientemente de la comunidad autónoma en la que vivan; eficiencia en la prestación de los servicios y que se produzca un verdadero acercamiento de la administración al administrado, y no justo lo contrario, que es lo que ha sucedido con Guadalajara en los últimos años con el nacimiento del centralismo toledano –bastante más pueblerino y limitado que el madrileño, por cierto-, forjado en los muchos años de gobiernos socialistas en la región, y no rectificado en los casi dos años que lleva al frente de ella el Partido Popular; es más, desde que gobierna Castilla-La Mancha Cospedal, lo que antes eran delegaciones provinciales de la Junta, ahora se llaman, significativamente, “servicios periféricos”. Y ya sabemos todos lo que significa periferia: “espacio que rodea a un núcleo”. Y ese núcleo, central, centrípeto y centralista, es Toledo, ciudad a la que sí que le ha ido estupendamente con esto del invento castellano-manchego.

Mensaje de una Botella

            Como diría mi compañero y, sin embargo, amigo, José Luis Muñoz, director de COPE Guadalajara, COPE Sigüenza y Popular TV, mi post de esta semana podría titularse “Message in a bottle” (Mensaje en una botella), como la canción de The Police, el grupo liderado por el gran Sting, considerado como uno de los referentes de la “new wave”, la nueva ola del pop-rock británico de los años ochenta del siglo pasado -¡jo, qué viejos somos ya los que éramos jóvenes entonces…!-. Para ser exactos, el mensaje, más que estar en una botella, así, con minúscula, procede de una Botella, con mayúscula; concretamente de Ana Botella, la alcaldesa que “heredó” el Ayuntamiento de Madrid cuando Alberto Ruiz Gallardón dejó el antiguo Palacio de Correos, junto a la merengue diosa Cibeles -donde él mismo quiso ubicar, y ubicó, la sede de la alcaldía de la capital porque la Casa de la Villa, era sólo eso, casa, pero no palacio- para trasladarse al antiguo Palacio de la Marquesa de Sonora, en la calle San Bernardo, sede principal del Ministerio de Justicia, del que el exalcalde madrileño es titular desde hace 14 meses.

Y es que el mensaje de Botella, de Ana Botella, al que me refería en el párrafo anterior, no tiene desperdicio y está mereciendo muchísimos comentarios, a los que, modestamente, se va a sumar el mío; ahí va el mensaje de Botella pues: “el kilo de político está muy barato”. Es evidente que la significación que la alcaldesa madrileña ha querido dar a estas contundentes y mediáticas palabras, no es otro que llamar la atención sobre la dura, abundante y continua crítica de la que, de un tiempo a esta parte, es objeto la clase política en la calle y que, obviamente, tiene su reflejo, como no podía ser de otra manera, en los medios de comunicación; o viceversa, porque esa valoración, cada vez más negativa que el ciudadano de a pie hace de la clase política, se aviva y azuza especialmente en los medios de comunicación, cuando éstos informan –y comentan y opinan, como es su derecho y su deber- de los numerosos casos de corrupción y escándalo en los que están inmersos políticos.

Basta echar un vistazo a la prensa de los últimos días –y, lamentablemente, de las últimas semanas, y de los últimos meses, y de los últimos años…-, para colegir una respuesta fácil a la pregunta de por qué los españoles consideran a los políticos como el segundo problema del país, detrás de la pertinaz crisis que lleva asolándonos desde que Zapatero aseguró, hace ya cinco años, que no había tal crisis –como Supertramp, miró para otro lado y dijo: “Crisis… What crisis?”-, sino que era una “simple desaceleración”… Estos son algunos de esos titulares de prensa a los que hacía referencia:

– Torres-Dulce aboga por que el ‘caso Bárcenas’ vaya separado de Gürtel (El Mundo)

– Barcina justifica que ella y su antecesor cobraran de la CAN cuantiosas dietas por cada dos horas de reunión (Público.es)

– Dos empresarios confirman que Gürtel pagó cuatro fiestas en casa de Ana Mato (El País)

– Rubalcaba aparca la publicación de su IRPF  hasta pactar con el PP (ABC)

– José Blanco admite que Interior pagó 100.000 euros de su chalé (Libertad Digital)

Estos son tan sólo cinco ejemplos de algunos de los titulares recogidos en distintos medios de la prensa digital de hoy; y no son los más gruesos ni los más espectaculares con los que nos hemos desayunado últimamente pues, hasta el mismísimo Rey, su familia y su Casa, son frecuente noticia por comportamientos “no precisamente ejemplares”, viéndose comprometida así hasta la institución monárquica que, constitucionalmente, es la principal garante de la estabilidad del Estado social y democrático de derecho en el que vivimos, en gran medida gracias al Rey y a su ejemplar conducción de la llamada Transición. ¡Vuelva por donde solía, Majestad, que algunos que tiene a su lado están haciendo más por el advenimiento de la III República que Cayo Lara y Joan Tardá!

Concluyendo que es gerundio y ya va siendo hora: Señora Botella, doña Ana: cómo no va a estar “barato el kilo de político” si además de los continuos y graves escándalos en los que aparecen implicados políticos, la gente cada vez lo pasa peor porque, lejos de darse solución a los graves problemas que aquejan España, cada día surge uno nuevo, por no decir dos o tres. O más, como diría el mismísimo Rajoy.

O la clase política se regenera y vuelve a ser útil y fiable para los ciudadanos y el actual sistema político de partidos se lo hace mirar y camina hacia la transparencia y la democracia internas, al tiempo que huye del sectarismo y la endogamia, o cada vez vamos a ser más los españoles que nos indignemos hasta con los “indignados”.

 

 

“Non habemus Papam”

             Desde el pasado jueves, 28 de febrero, a las ocho de la tarde, “non habemus Papam”. Y no tenemos Papa, ni lo tendremos hasta que haya “fumata blanca” en el cónclave de Cardenales que se iniciará dentro de unos días en el Vaticano, porque el Papa, desde ayer emérito, Benedicto XVI, ha renunciado voluntariamente a su pontificado, en una decisión casi sin precedentes en la historia y cuyo referente más cercano se remonta, nada más y nada menos, que a finales del siglo XIII, cuando un eremita que después llegó a santo, Celestino V, renunció al papado apenas seis meses después de tomar la tiara de San Pedro, tras comprobar que los Cardenales que le habían elegido –que, en ese tiempo, aún medieval, no pasaban de la docena y las vidas y comportamientos de muchos de ellos no eran precisamente “ejemplares”- lo habían hecho presumiendo que sería un Papa fácilmente manejable, aunque un buen escaparate para la Iglesia y las naciones pues ya en vida tenía “olor de santidad”.

             Las verdaderas y completas razones de esta histórica, sorprendente y hasta, para muchos, desconcertante decisión de Benedicto XVI de renunciar al papado sólo las conoce él y, a lo sumo, parcialmente alguno de los más cercanos componentes del pequeño grupo de colaboradores que, a diario, han trabajado a su lado en sus dependencias oficiales y privadas vaticanas; probablemente su hermano, amigo y, seguro, confidente, Georg, también sacerdote, sepa muchos de los detalles de la reflexión que a este profundo, intelectual y sesudo Papa, le han llevado a renunciar a seguir al frente de los más de mil doscientos millones de católicos que nos contamos entre los cinco continentes, cuando es tradición pontificia que los Papas mueran siéndolo en activo y no eméritos, aunque este hecho haya provocado que muchos pontífices, en su ancianidad, hayan sido meros rostros y sellos del pontificado, mientras la curia romana que lo rodeaba ejercía en la sombra el papado real, no pocas veces haciendo zozobrar la barca de San Pedro, por la pugna de intereses terrenales y humanos, más que por el ejercicio y propagación de principios y valores católicos.

             Por mi pequeñez intelectual y por mis muchas limitaciones, no seré yo quien haga juicios de valor sobre la reflexión que ha llevado a Joseph Ratzinger a renunciar al papado, pero estoy seguro que no ha sido improvisada ni ligera, dada su formación, como extraordinario teólogo, y su personalidad y carácter germánicos; ahora bien, como católico practicante que soy –ya me gustaría a mí, además, serlo bueno y coherente con la fe que profeso-, doy por verdadera, aunque pueda no ser única, la justificación manifestada por el propio Ratzinger cuando hizo pública su voluntad de renuncia el pasado día 10 de febrero: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. Amén.

  Mucho se ha especulado sobre si esta renuncia, más que por razones de edad, ha venido dada verdaderamente por cansancio, hartazgo y hasta por impotencia del Papa para resolver o poner orden en los numerosos conflictos que rodean la administración y la gestión del Vaticano y de la Iglesia: unos han dicho que si el Papa era un “pastor entre lobos”, otros que si el llamado “Vatileaks” ha puesto al descubierto que hay muchos intereses espurios en la Plaza de San Pedro, otros que si las cuentas y la banca vaticana son de todo menos transparentes y, no pocos, que a Benedicto XVI le ha abrumado el ya conocido como “Informe de los tres Cardenales” -entre ellos, el español Julián Herranz-, encargado por él mismo, sobre la dura realidad de una parte de la curia romana, más preocupada de lo humano que de lo divino. Yo, repito, no voy a especular, porque ni puedo, ni quiero, y asumo las poderosas razones de edad esgrimidas por el Papa como las verdaderas y concluyentes que le han llevado a tomar esta decisión de renunciar al pontificado que, eso sí, me permito juzgar como ejemplar pues, lejos de ser cobarde, es pragmática y generosa ya que debe ser muy difícil renunciar a ser la persona más poderosa y que está en la cúspide de una organización, en este caso la Iglesia, a la que has decidido entregar voluntariamente tu vida.

 Confieso que me era muy cercano el estilo afable y populista de Juan Pablo II y que su ancianidad, lastrada por la enfermedad de Parkinson – que también padeció durante más de 25 años y llevó a la muerte, dolorosamente, a mi tía Esperanza, a quien quería como a una madre-  me conmovieron y me acercaron afectivamente mucho al gran Papa polaco. Confieso, también, probablemente por contraposición con su antecesor, que Benedicto XVI me parecía también un gran Papa, pero un tanto frío, tímido y poco extrovertido, un hombre de razón más que de corazón; pero he de reconocer que, al mirarle a través de sus ojos pequeños y acuosos en el momento en que ha renunciado al pontificado, he descubierto en él los ojos de la debilidad, la sencillez y la humildad que precedieron a la enfermedad final y muerte de mi padre, hace apenas un año, también aquejado de problemas cardiovasculares, como padece Joseph Ratzinger. Dos padres, dos mismas miradas. Los Papas también son hombres; pero deben ser ejemplares. Hasta el final.

“El bandoler”

Si el PP anda groggy con los “papeles de Bárcenas”, en el PSOE están más perdidos que un esquimal en el Sáhara o un beduino en Alaska, a juzgar por la sucesión de errores estratégicos que van cometiendo y que, lejos de conseguir su objetivo de acelerar el desgaste del Gobierno de Rajoy y volver a ser una alternativa atractiva para relevarle lo antes posible en el poder, lo que están evidenciando es que Rubalcaba no es una solución ni para los socialistas, en particular, ni para los españoles, en general, sino un problema, y que en el socialismo español hay muchas voces, no todas armónicas, y algunas de ellas, literalmente desafinadas. Porque no me digan que no es “la pera”, con gallo incluido y, de todo menos oportuno, que el vapuleado, electoralmente hablando, líder del PSC, Pere Navarro (o sea, “Pera” Navarro, como se pronuncia su nombre en catalán), salga pidiendo públicamente, nada más y nada menos que la abdicación del Rey, sin que la dirección nacional asuma esa posición y mientras se está celebrando el debate sobre el “Estado de la Nación”, convirtiéndose su extemporánea y sorprendente reclamación en “trending topic” de las redes sociales y titular de casi todos los medios, virtuales y convencionales, e interfiriendo y menoscabando las ideas-fuerza de los mensajes que Rubalcaba pretendía transmitir en ese debate. Por cierto que “La Pera” era el alias de Joan Serra, un sanguinario bandolero catalán del siglo XIX al que Lluis Llach dedicó una de sus canciones (yo el catalán no lo hablo, ni en público ni en privado, pero me parece que es una lengua sonora y rítmica y en la que han cantado y cantan grandes cantautores como Llach):

 

Era el segle XIX,
i amb el nom de Joan Serra
es coneix un bandoler
per a tothom «en la Pera».
Li agradava la sang,
i el xiprer encara recorda
tants gemecs que allà han pregat:
pietat, pietat. (…)

 

Cuando el gobierno del PP lleva 14 meses al frente de España y, a pesar de sus muchas reformas y recortes y de sus no pocas promesas electorales incumplidas, nuestro país está en una de las peores encrucijadas socio-económicas de su historia reciente, cuando el PP, además, está atravesando uno de sus momentos más convulsos y sobre-cogedores (¿lo pillan?) por causa de la crisis abierta por su extesorero, el debate sobre el “Estado de la Nación”, celebrado esta semana, se le presentaba al PSOE como una oportunidad pintiparada y única, de poco más que “pinta y colorea”, para haber dejado a Rajoy en la arena política más perdido que a Dick Turpin, cuando el mítico bandolero inglés del siglo XVIII –hoy parece que la cosa va de bandoleros…- estaba en una buhardilla, rodeada de policías y sólo tenía por escapatoria una claraboya. Pero, a pesar de que Rubalcaba tenía la cosa a huevo, con perdón, entre que sus “Amy Martin” no dieron con las teclas adecuadas en la elaboración de su discurso, que tiene a parte de su bancada esperando que caiga como fruta madura –había que ver las caras y los gestos de Carme Chacón (en catalán se pronuncia “Karma”, como la canción de Culture Club) y de Jesús Caldera, entre otros, mientras hablaba su secretario general- y que “el Pere” Navarro dijo lo de “¡váyase, majestad!”, subiendo un escalón el “¡váyase, señor Rajoy!” del líder socialista nacional, el presidente del Gobierno salió más que airoso del debate, mientras que Rubalcaba lo hacía con peor cara que los pollos de Carrefour, a pesar de que su “hoolligan number one”, Elena Valenciano, intentaba convencernos de lo contrario. Inútilmente, claro.

 

Y es que la política, a veces –demasiadas- es la pera y otras muchas la repera.

Groucho Marx, Bárcenas y el valor del silencio

El “camarote de los hermanos Marx” era un amplio espacio, dechado de orden, lógica y equilibrio si lo comparamos con la actual situación que vive el Partido Popular por causa de los ya famosos “papeles” de su extesorero, Luis Bárcenas, un pájaro de cuidado a juzgar por las evidencias, aún concediéndole el beneficio de la duda y la presunción de inocencia que es uno de los principios que informan nuestro Derecho Penal. Una presunción, por otra parte, inexcusable en un Estado de Derecho como es España, aunque el país lleva ya mucho tiempo del revés y eso, por cierto, no es sólo imputable al PP, sino más bien a quien le precedió en el poder, el PSOE, un partido marxista (de Carlos Marx) durante 90 años –exactamente desde su I Congreso, el fundacional, de 1888, hasta el extraordinario de 1979- y que, en los últimos tiempos, bajo el liderazgo de Zapatero, hubo momentos en que se instaló en el “marxismo” de Groucho y sus hermanos, entre el surrealismo, el dislate y la comedia bufa.

Saber la verdad de la buena de la realidad de los “papeles de Bárcenas” la saben muy pocos y va a ser muy difícil que la sepamos todos porque, lamentablemente, la praxis política hace mucho tiempo que dista de ser un ejemplo de ética y transparencia, dos valores que deberían ser exigibles a todos los cargos públicos, a título individual, y, a título colectivo, a todos los partidos políticos y agentes sociales y económicos que, teóricamente, vertebran el Estado, pero que, con excesiva frecuencia, son fines en sí mismos –o sea, endogamia pura y dura, y sectarismo- y no medios para que la sociedad progrese y sea cada vez más libre, más justa, más igualitaria y más respetuosa de la pluralidad política, que son los valores superiores proclamados en nuestro ordenamiento jurídico.

Si va a ser difícil, por no decir imposible, que se sepa lo que hay de verdad en los “papeles” de Bárcenas –que, aunque poco y no comprometedor para el partido, algo hay, según ha reconocido el propio Rajoy-, en contra del PP y del gobierno de los populares juegan en este asunto muchos factores que están erosionando su imagen y consideración públicas de manera colosal –por utilizar un adjetivo que le gusta mucho al actual Presidente del Gobierno- porque, en política, las cosas no son como son, sino como parecen. Aunque me duela decirlo -porque he sido, en este orden, votante, cargo electo y militante del PP; lo primero, ya veremos si lo sigo siendo, pero lo segundo y lo tercero, ni lo soy ni lo voy a volver a ser-, este chusco asunto de Bárcenas, trufado con el caso “Gürtel” y sazonado con la cada vez más negativa consideración que hay en la sociedad de los partidos y de los políticos, huele a podrido como olía la Dinamarca del príncipe Hamlet, como olieron en su día los casos Filesa y Time Export, en los que se sentenció que el PSOE se había financiado ilegalmente, y como huelen el resto de presuntos casos de corrupción política, como los muchos que afectan a la Cataluña del príncipe Arturo, Mas, que ya le gustaría a él llegar a ser rey, como su homónimo britano, aunque me temo que no pasará de aprendiz de Merlin por sus alquimias y enjuagues.

Pero si hasta a un más que presunto delincuente, como Bárcenas, ha de concedérsele el beneficio de la duda y la presunción de inocencia hasta que una sentencia firme determine lo contrario, también es razonablemente exigible el mismo beneficio y la misma presunción para el Partido Popular en el que, como en el PSOE y en todos los partidos que han tocado “el pelo” del poder, hay evidencias de habitar entre sus filas algunos golfos y vividores, por no llamarles ladrones directamente, pero que estoy convencido que son una minoría, aunque su podredumbre, como la de la manzana agusanada en el cesto de las sanas, ponga en riesgo de pudrir a las demás o de parecer que lo están.

No sería justo si terminara obviando en este post mi paso por la política activa como cargo electo del PP, durante ocho años y como concejal en el Ayuntamiento de Guadalajara (1999-2007), tiempo en el que conocí a muchos admirables y esforzados servidores públicos, que entraron en política para servir y no para servirse, y jamás fui testigo de un hecho si quiera rayano con la corrupción. Esa es mi experiencia y así la cuento, porque justo es contarla en este momento. Eso sí, me reservo mi opinión respecto a la capacidad, entrega, talante, idoneidad y vocación de servicio público de alguna persona con la que compartí, teóricamente, acción política. Y, dicho esto, que ya es mucho, valdré más por lo que callo que por lo que podría decir.

Groucho Marx, Bárcenas y el valor del silencio

Misión al pueblo desierto

No se si habrán reparado en ello pero el nombre que he dado a este blog, “Misión al pueblo desierto”, es el título exacto de la última obra de teatro que estrenó el dramaturgo alcarreño, Antonio Buero Vallejo, en 1999, apenas unos meses antes de morir. La obra se enmarca en la Guerra Civil española y su trama se articula en torno a una acción estratégica de unos soldados republicanos para evitar que un cuadro de “El Greco” cayera en manos del ejército “nacional”; pero si la he elegido para dar nombre a este blog es por mi admiración al conjunto de la obra de Buero, probablemente el más importante literato nacido en esta provincia, por mi vinculación familiar con él –mi abuela materna y su madre eran primas- y porque Guadalajara está salpicada de muchos pueblos desiertos, o casi, en los que van a ser necesarias muchas misiones en su favor y en su defensa.

 La primera misión en la que deberíamos estar empeñados quienes tenemos raíces en el medio rural –yo las tengo en esta provincia y por los cuatro costados: nací en la capital, pero mi abuelo paterno era de Otilla, una pequeña aldea de Molina de Aragón, mi abuela paterna de El Casar, mis abuelos maternos y mi madre, de Taracena, y mi padre de Cifuentes, pero se crió entre Colmenar de la Sierra, Zaorejas y Alcocer, y ejerció de maestro en Utande, Centenera, El Casar, Galápagos, Alovera y Guadalajara–  es coadyuvar activamente en hacerlo viable, una viabilidad que ya puso en cuestión la emigración masiva del campo a la ciudad que tuvo lugar, fundamentalmente, entre los años sesenta y ochenta del siglo XX, y en la que se desangraron demográficamente la mayor parte de los pueblos de la provincia, hasta el punto de desaparecer algunos de ellos –por ejemplo: Jócar, Sacedoncillo o Matas– y quedar muchos en poblaciones ínfimas, especialmente en los meses más duros del otoño, el invierno y aún en las primeras semanas de la primavera.

 ¿Y cómo se hace viable el medio rural? Pues, evidentemente, entre otras muchas acciones de las que nos iremos ocupando, permitiendo a quienes aún viven en él –auténticos “héroes” y guardianes del silencio y la soledad en no pocos casos- acceder a los servicios  básicos, especialmente la sanidad y la educación, en unas condiciones de calidad mínima y de cercanía razonable, algo que está últimamente en cuestión por las medidas de recortes en los horarios de prestación, especialmente los nocturnos, que se pretenden aplicar –y que, de momento, han suspendido o están en vías de suspender desde el TSJ– por parte de la Junta en los PAC sanitarios (Puntos de Atención Continuada), que han supuesto una ola de protestas de los habitantes de los municipios afectados y de recursos ante la justicia por parte de los Ayuntamientos, incluidos los gobernados por el PP, algo que honra a sus regidores pues han antepuesto los intereses y demandas de sus vecinos a la decisión política de su partido.

 Es una realidad incontestable que Dolores de Cospedal heredó una situación económica pésima al acceder a la Presidencia de la Junta y que los últimos años de gobierno de Barreda fueron de una irresponsabilidad manifiesta – castigada luego en las urnas- y una continua huída hacia delante, sosteniendo en vez de reformando sus acciones políticas, a pesar de que España, en general, y Castilla-La Mancha, en particular, iban sumiéndose en una crisis económica y social y en un déficit público progresivos que, de darse en esos parámetros en cualquier empresa privada, hubiera supuesto su quiebra y cierre por inviabilidad e insostenibilidad manifiestas. En esa lamentable realidad socioeconómica heredada se han pretendido justificar todas las políticas de recortes en el gasto público que Cospedal ha aplicado en su primer año y medio de mandato, políticas que, en gran parte, me han parecido acertadas, incluso casi obligadas; ahora bien, en lo que no estoy de acuerdo, ni lo estaré jamás es en que, para ahorrarse “el chocolate del loro -que se puede ahorrar en otras partidas; por ejemplo, en el gasto de asesores liberados, que aún habiéndose minorado respecto a los que trabajaban para los gobiernos del PSOE, aún puede reducirse bastante más-, se deje a una serie de pueblos a mucha distancia de la atención médica, por mucho que se venda que ambulancias y hasta helicópteros, pueden transportar a los enfermos con urgencia pues no es lo mismo un vehículo medicalizado o un soporte vital básico que un simple transporte sanitario y, en esta provincia, parte de la red de carreteras está aún obsoleta y discurre por terrenos muy escarpados y las circunstancias atmosféricas comprometen con frecuencia el uso de cualquier tipo de vehículos de transporte. También ha de tenerse en cuenta la seguridad psicológica que a cualquier persona, especialmente las más mayores, que son las que abundan en nuestros pueblos, le proporciona saber que tiene un médico cerca.

 El medio rural, el campo, no es, no puede ser sólo lo que está entre dos ciudades, también tiene que ser la alternativa a vivir en las ciudades, cada vez más alternativa pues las ciudades están agotando su formato y excluyendo progresivamente a más personas. Pero para que el medio rural sea social y humanamente viable, no vale sólo una derivada, la de la sostenibilidad económica pura y dura, sino que son necesarias muchas derivadas y de muchas variables porque, si sólo hacemos caso a los números, haremos daño y perjudicaremos a las personas, que jamás deben ser tenidas por un simple número pues, como dice el viejo lema castellano que el expresidente de Cantabria, Revilla, ha tomado para titular sus memorias políticas, “nadie es más que nadie”; pero todos somos alguien.

 

Emprender es arriesgar

En los pésimos tiempos que corren para la macro y, sobre todo, para la microeconomía –o sea, la economía de las familias, la de las personas, que es la que verdaderamente importa-, estar presente y colaborar activamente en el nacimiento de un nuevo proyecto de comunicación, como www.guadalajaradiario.es, supone para mi un motivo de especial alegría y un soplo de esperanza que llega a mi ánimo –un tanto decaído últimamente por algunas dolorosas ausencias y no pocas decepciones- como el primer rayo de sol después de una larga y pesada noche. Y eso del rayo de sol de la albada como sinónimo de alegría tiene mucho que ver con Guadalajara porque ya una preciosa jarcha mozárabe, de finales del siglo XI o principios del XII, de Yehuda Halevi, comparaba el gozo que a una joven le propiciaba el regreso de su amado con un rayo de sol cuando sale en Guadalajara. Por su contenido poético, por su belleza, por su valor y, hoy también, por su oportunidad, reproduzco esos versos de Halevi en un entonces incipiente castellano:

Des cuand mio Cidiello viénid
Tan buona albischara
Com rayo de sol éxid
En Wadalachyara

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