Un buen día en Buendía

Guadalajara y Cuenca son dos provincias hermanas. Y, a la vez, primas. Esto segundo lo digo utilizando la quinta acepción que el diccionario de la RAE recoge de la palabra “primo” y que, literalmente, dice así: “Persona incauta que se deja engañar o explotar fácilmente”. Ni Cuenca ni Guadalajara, evidentemente, son personas, pero si las personificamos como provincias sí que tienen un punto de incautas, de cándidas, incluso de pringadas porque, sin duda alguna, son las dos más desfavorecidas por los presupuestos regionales, año tras año. De los estatales, ya ni te cuento, porque esos hace tiempo que a ambas provincias solo les traen migajas, literalmente. Volviendo a las cuentas regionales, que son las verdaderamente magras en estos tiempos, a Toledo, sobre todo por lo de la capitalidad y por ser la provincia más poblada de la región, siempre le toca el gordo y, a veces, también algún segundo y hasta tercer premio. A Ciudad Real, por el tradicional peso de sus políticos en la Junta, por ser la segunda provincia más poblada y por ser la principal guardiana de las esencias manchegas que tanto priman en la comunidad, pues siempre le toca algún premio especial. A veces, también el gordo. ¿Y Albacete? Albacete es, desde que, en el mismo nacimiento de la España de las autonomías, se alejara de Murcia para no ser la eterna segundona (y última provincia) de la región murciana y se incorporara como cabeza de ratón (o casi) a este engendro que llamaron Castilla-La Mancha, siempre recibió buen trato, sobre todo cuando fue presidente (“manchakari” le bautizamos algunos con rechifla), tantos años, José Bono, albaceteño de Salobre. Aunque ahora comparte patria chica con dos patrias grandes: España y… la República Dominicana. Bueno, en realidad, la verdadera patria de Bono tiene pinta de ser el dinero, al menos eso se deduce de su amplio patrimonio y de lo bien que vive. Siempre fue un tipo sudoroso y de sonrisa con un punto cínico, pero ahora me parece también oscuro, y no lo digo por su habitual tez morena caribeña… ¿Y a Guadalajara y a Cuenca, qué les toca entonces del “pastel” castellano-manchego? Pues, como ya hemos anticipado, casi siempre les toca la pedrea o, como mucho, alguna terminación de los fondos regionales, sobre todo los inversores que son los que verdaderamente hacen que progresen los territorios. No es victimismo esto que afirmo; bien al contrario, es una realidad sabida, reconocida incluso por algunos prebostes de la cosa pública (casi siempre en privado) y asumida con cierta resignación (porque nadie pelea, de verdad, con insistencia, constancia y contundencia por cambiarla). Así las cosas, ¿a alguien le extraña que Guadalajara y Cuenca sean las dos provincias de la región menos identificadas con ella y más con sus provincias, según el estudio que hizo “Electomanía” en la primavera de 2022? De hecho, Guadalajara, tras León, es, con notable diferencia, la provincia de España menos identificada con su región. Ahí dejo la cosa.

Pontarrón de Buendía, aguas abajo de la presa.


La hermandad de Guadalajara y Cuenca la certifican la amplia territorialidad compartida, desde el mismísimo Alto Tajo hasta donde el “gran río de Iberia”, como lo llamaron los romanos, entra ya en la Comunidad de Madrid, en las proximidades de la provincia conquense y poco antes de hacerlo en la de Toledo. Son más de 150 los kilómetros de límite provincial que comparten Guadalajara y Cuenca y eso, si no une, sí que vincula mucho. Aunque ambas provincias comparten tierras de serranía, las del Alto Tajo, las del resto de los límites comunes son ya alcarreñas, altas en la zona de Cifuentes y bajas en las de Sacedón y Pastrana. También hay una “tercera Alcarria” compartida, como así denominó el gran cronista provincial, Francisco Layna Serrano, a ese territorio, mitad serranías, mitad alcarrias, que está en el entorno de Arbeteta y pueblos próximos, cuando el Tajo deja ya de ser alto.
Y desde que en 1958 se inaugurara oficialmente el sistema de embalses de Entrepeñas y Buendía, Guadalajara y Cuenca también comparten el pantano que tomó el nombre del pueblo conquense al ser el más importante de la zona inundada por las aguas del Guadiela y del Mayor, el río de Huete, que forma una de las principales reculas al sur de este embalse. Debajo de las aguas de Buendía, que este año, al igual que Entrepeñas, presenta uno de los más altos niveles de embalse de las últimas décadas, están las ruinas de dos pueblos de Guadalajara: Santa María de Poyos y La Isabela. En realidad, la Isabela, más que un pueblo en sí, como era Poyos, fue un histórico balneario que en 1825 adoptó este nombre en honor de Isabel de Braganza, la segunda esposa de Fernando VII, muy aficionados ambos a este lugar. En La Isabela destacaban los magníficos edificios allí construidos para conformar un balneario a la altura de la realeza, en cuya construcción participaron afamados arquitectos de la época, como Isidro González Velázquez, discípulo de Juan de Villanueva y técnico de la Casa Real. Frondosos jardines, bellos paseos y fuentes monumentales dieron una belleza complementaria a este lugar en su siglo y medio de vida como tal, aunque ya se especula con la posible utilización de sus aguas para usos medicinales incluso en tiempos de los romanos.
Hace unos días tuve la oportunidad, y el placer, de pasar una jornada completa en Buendía con un reciente, pero ya buen amigo mío —las amistades que se hacen en la primera hora del atardecer de la vida son verdaderamente cálidas y luminosas—, Paco Bogliolo, catedrático francés de Literatura Comparada, residente en Montpellier. Su origen, no obstante, es alcarreño pues su madre era de este pueblo de Cuenca que cedió su nombre al embalse que, junto con el de Entrepeñas, forma el llamado “mar de Castilla”. Las tierras de olivar, viñedo y cereal de antaño, ahora son el país de las carpas y los lucios. Paco es un alcarreño de corazón que nos nació en Orán —donde estuvo preso Cervantes— y ha recorrido medio mundo dando clases, primero en la enseñanza media y después en la superior, o representando al estado francés, en este caso como agregado cultural en embajadas y consulados. Ha vivido en Argelia, Francia, Senegal, Colombia, Líbano y Nueva Caledonia. Pero tiene casas en Buendía y también en Sacedón. Paco, además de ser un gran profesor, un gran escritor y un buen amigo, es un alcarreño militante con acento francés. Los alcarreños, como los de Bilbao, nacemos donde nos viene en gana, o, mejor dicho, les viene en gana a nuestros padres, pero siempre volvemos a la Alcarria, a la magna mater, al lugar en el que están y siempre estarán nuestra piel y nuestros huesos que, como decía el gran arquitecto alemán nacionalizado estadounidense, Mies van der Rohe, son los dos elementos clave en la edificación. También de la vida.

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