La publicidad tiene su historia

Aún a riesgo de que mi compañera bloguera, María Orea, que es publicitaria, me corrija y hasta me saque los colores por pisar algún charco y decir algo inadecuado, en este post voy a hablar de publicidad, esa ciencia que cuando alcanza la excelencia llega al nivel del arte. Hay muchas definiciones de lo que es la publicidad y de su importancia, alguna de ellas realmente ingeniosa, como por ejemplo esta en la que Ted Turner resume a un emprendedor las claves para tener éxito: “Pronto a la cama, pronto a despertarse, trabaja sin parar y anuncia”; pero la definición legal de publicidad en España es la que se recoge en el artículo 2 de la vigente Ley General de Publicidad, la 34/1988: “Toda forma de comunicación realizada por una persona física o jurídica, pública o privada, en el ejercicio de una actividad comercial, industrial, artesanal o profesional, con el fin de promover de forma directa o indirecta la contratación de bienes muebles o inmuebles, servicios, derechos y obligaciones”. Una definición muy administrativista y entallada, como no podía ser de otra manera, pues está hecha por juristas, no por publicitarios.

La publicidad y los medios de comunicación tienen una relación de simbiosis pues aquélla necesita de éstos para ser eficaz y éstos necesitan de aquélla para subsistir pues, por encima aún de las ventas, la mayor partida de ingresos de cualquier medio de comunicación independiente de verdad proviene de su facturación en concepto de publicidad. De hecho, la caída de la facturación publicitaria en más de un cincuenta por ciento en los últimos cinco años, además de llevar al cierre a muchas agencias de publicidad y al paro a muchos publicitarios, también ha arrastrado al cierre a bastantes medios de comunicación y al desempleo a muchos periodistas. Basta revisar el panorama mediático de Guadalajara de hace un lustro y compararlo con el actual, para confirmar que la crisis económica se ha cebado especialmente con la publicidad y los medios de comunicación, sobre todo la prensa escrita: la actual crisis se ha llevado cabeceras históricas de la provincia como “El Decano de Guadalajara” (heredero de mi queridísimo “Flores y Abejas”), otras ya bastante consolidadas como “Guadalajara Dos Mil” y algunas que desaparecieron de los kioscos de prensa cuando aún estaban en vías de consolidación, como “La Tribuna” y “El Día”, además del periódico gratuito “Noticias”, al que incorporo a esta relación, ignorando a otros medios también gratuitos que se han quedado igualmente en el camino, porque fue un buen producto periodístico y no sólo un soporte publicitario con información.

De todas las cabeceras desaparecidas que he citado, la más antigua era “Flores y Abejas”, fundada en 1894, que vio interrumpida su edición en 1936, por evidente causa de fuerza mayor, reanudó su cita con los lectores en 1958, cambió su bello, lírico y festivo nombre por el de “El Decano” en 1990, cabecera que ya en formato revista desapareció en 2011, con el pesar de muchas personas, especialmente de aquellas que nos destetamos como periodistas en su redacción, una auténtica escuela de profesionales y también de colaboradores, con Salvador Toquero como maestro y Santiago Barra como alumno aventajado. Pues bien, recordando y homenajeando a aquella sección del viejo “Flores y Abejas” que se titulaba “El periodismo es historia” y en la que se publicaban noticias antiguas aparecidas en el periódico, voy a proclamar que la publicidad también es historia y que hay una historia de la publicidad, como se puede constatar en la secuencia de estos cuatro anuncios de una misma empresa, una sastrería, insertados en “Flores y Abejas” entre 1894 y 1958. Obsérvese en ellos la evolución de la forma de hacer publicidad:

      SARDINA, SASTRE

–          ¿Quién te ha hecho ese pantalón

con tal arte y perfección?

(preguntó ayer mi vecina

a su novio Pantaleón)

– ¡Pues quién ha de ser! SARDINA

27 –Mayor baja- 27

 

(Este anuncio fue publicado en el primer número de “Flores y Abejas”, editado el 2 de septiembre de 1894)

 

GRAN SASTRERÍA DE MILITAR Y PAISANO

de RICARDO RAZOLA

(SUCESOR DE SARDINA)

Esta casa pone en conocimiento de su nume-

rosa clientela y del público en general, que acaba

de recibirse un inmenso surtido en género nove-

dad, para la temporada de invierno.

Altas novedades en trajes y pardesús para ca-

Ballero.

Garantizado el buen corte, rápida y esmera-

da confección.

MAYOR ALTA, 26 y 28, GUADALAJARA

Teléfono núm. 51

 

(Este anuncio se publicó en “Flores y Abejas, el 6 de septiembre de 1914)

 

 

RICARDO RAZOLA

Sastrería de Militar y Paisano

– – – – –

Altas novedades en artículos para caballeros

Calle Mayor, 26 GUADALAJARA

 

(Anuncio publicado en “Flores y Abejas” el 3 de septiembre de 1933)

 

                                                                                                                                                                                                  RAZOLA

Es el sastre

de la distinción

porque emplea pañería

de las más altas calidades

 

(Anuncio publicado en “Flores y Abejas” el 5 de agosto de 1958)

 

De la publicidad festiva con pareados de 1894, pasamos a la publicidad-información de 1914, luego a la publicidad-telegrama de 1933, para terminar en la publicidad sugestiva de 1958. No me negarán dos cosas: la curiosidad de estos cuatro anuncios, especialmente los más antiguos, y la fidelidad de Sardina-Razola a “Flores y Abejas” como anunciante. Como tampoco me negarán que el abuelo paterno de mi amigo y hermano, Javier Borobia, que era un curtidor y vendedor de cuero venido de Aragón a Guadalajara hace ahora casi un siglo, donde montó una zapatería, se quedó con los alcarreños de entonces cuando un día le dio por poner un gran cartel en el escaparate de su tienda que decía:

 

CANSADO DE GANAR

EMPIEZO A REGALAR

 

¿Genial? No, lo siguiente

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Memorias del 20-N

Los norteamericanos que vivieron el asesinato de su entonces Presidente, John F. Kennedy, en Dallas –el 22 de noviembre se cumplen 50 años de este suceso- se han preguntado y aún se preguntan recurrentemente qué hacían cuando se produjo aquél atentado, prácticamente televisado en directo y que no sólo les apabulló a ellos, sino a todo el mundo. Tal fue el impacto de las formas y las consecuencias que rodearon este histórico magnicidio que los estadounidenses guardan en su memoria, con todo lujo de detalles, el momento en que conocieron que el primer presidente católico de la historia de Estados Unidos había sido abatido a tiros cuando recorría las calles de la ciudad de Texas en un coche descapotado, junto a su mujer, Jacqueline, su chófer y sus escoltas. Algo similar ocurre en España cuando, quienes tenemos edad para recordarlo, hacemos memoria en torno al momento en que conocimos la muerte de Franco, en la madrugada del 20 de noviembre de 1975, hace hoy ya 38 años de aquello, dos menos de los casi cuarenta que el dictador permaneció en el poder.

Yo acababa de cumplir 14 años cuando Franco murió y estudiaba 1º de BUP (siglas bajo las que se encerraba el pomposo nombre de “Bachillerato Unificado Polivalente”), que inaugurábamos los de mi curso pues a nosotros nos tocó hacer de “conejillos de indias” de la Ley General de Educación de 1970, promovida por el ministro Villar Palasí, y pasar del Bachillerato antiguo –primero el Elemental y luego el Superior, que se iniciaba tras cursar Preparatoria e Ingreso– a la EGB (Enseñanza General Básica), un plan de estudios que perduró veinte años, hasta que en 1990 se aprobó la LOGSE. A esta Ley felipista –a la que intentó sustituir la LOCE aznarista, que nunca se llegó a aplicar porque la derogó la LOE zapaterista en 2006- es a la que muchos achacan que España haya caído a uno de los últimos puestos de Europa, según el Informe PISA (acrónimo que resume el Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes). Un menú completo de sopas de letras al que se ha sumado ahora la LOMCE (Ley Orgánica de Mejora de la Educación), aprobada definitivamente ayer, y con la que el gobierno de Rajoy pretende, precisamente, eso: mejorar los programas educativos españoles; pero esta Ley ha nacido amenazada de muerte política, fundamentalmente por la izquierda y los nacionalistas –que siempre han preferido controlar que mejorar la educación-, aunque hasta la Conferencia Episcopal Española se queja del trato que en ella se da a la asignatura de Religión… Lo que es evidente es que, o mejoramos la Educación en España de una vez por todas, o la columna vertebral de nuestra sociedad va a seguir estando inclinada, como la Torre… de Pisa.

Pero volvamos al 20-N de 1975. Ese día tenía yo un examen de Lengua y, como era mi costumbre, me había levantado pronto para terminar de prepararlo. Vivía en un bloque alto de pisos desde el que hay un mirador privilegiado al parque de la Concordia y esa madrugada, como sucedía todos los 20-N, había convocada una concentración falangista –en recuerdo del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera el 20 de noviembre de 1936, en Alicante-, junto a la estatua que de él había entonces en el parque, una convocatoria que siempre acababa con el depósito de una corona de laurel a sus pies, el canto del “Cara al sol” y el grito de “¡José Antonio Primo de Rivera: Presente!”. Desde el despacho de mi padre, donde yo estudiaba en ese momento, oí perfectamente el canto del himno y el grito de ritual falangista, al que se incorporó uno nuevo, el de “¡Francisco Franco: Presente!”. A pesar de mi juventud, rápidamente deduje que Franco había muerto y pasé a la habitación de mis padres a comunicárselo. Ya lo sabían pues ambos estaban despiertos y escuchando la radio que, en ese momento, sólo emitía partes oficiales dando cuenta de la noticia y música militar y clásica solemne. La noche anterior, en TVE –la mejor televisión de España de aquella época, pues sólo había una, aunque con dos canales, uno en VHF y el otro en UHF-, estaba prevista la emisión de una película de comedia y, a última hora, fue sustituida por una bélica: “Objetivo Birmania”; es evidente que la muerte de Franco ya era inminente en la víspera de su deceso y hasta en TVE se comenzaba a preparar el terreno cambiando sonrisas por lágrimas. Incluso hay quienes creen que se hizo coincidir intencionadamente su muerte con el 20-N, para unir su fecha de fallecimiento con la de Primero de Rivera, como después se unieron sus restos en el Valle de los Caídos. Y eso que la Falange que ideó José Antonio y la que permitió Franco no siempre casaron.

La muerte de Franco, entre otras muchas cosas para España, la mayoría buenas –especialmente la llegada de la democracia-, supuso para mi que ese día no tuviera que hacer el examen de Lengua, algo que me vino estupendamente pues recuerdo que no lo tenía bien preparado, y que no hubiera clase durante una semana al decretarse un riguroso “luto oficial”. Cuando se reanudaron las clases en el colegio, a dictador muerto, rey puesto. Por él. Un rey que, a pesar de pegar unos cuantos tiros erráticos y de dar algún que otro traspié, ha contribuido decisivamente a que en estos 38 años hayamos vivido uno de los períodos de paz, libertad y prosperidad más señalados de la historia reciente de España, lo que ha contribuido a que haya más “juancarlistas” que monárquicos.

Y hablando del 20-N, en esta ocasión del de 2011, hoy también se cumplen dos años del inapelable triunfo de Rajoy y el PP en las elecciones generales, apabullando a Rubalcaba –que se resiste a morir, políticamente hablando, a pesar de que parece uno de “Los otros”, de Amenábar, y está muerto pero él no lo sabe- y castigando sobremanera en las urnas el segundo mandato presidencial de Zapatero, que, ¡a buenas horas, mangas verdes!, ya cuestiona hasta su exministro de Economía, Pedro Solbes, quien, después de negar reiteradamente que España hubiera entrado en crisis económica, ahora dice haber presentado en su día un plan anti-crisis a Zapatero que éste no aprobó por considerar innecesario. ¡Cómo torean algunos…, a toro pasado!

Pero dejemos el pasado, que pasado está, y volvamos al presente, que es lo que más va a condicionar nuestro futuro. En este 20-N de 2013, justo en el ecuador de la legislatura, las cosas están, resumidamente y más o menos, así: Parece que la crisis económica ha tocado fondo, pero una cosa es que se acabe la recesión y otra crecer. De momento, el PIB ha empezado a crecer tímidamente –un 0,1 por ciento- en el tercer trimestre del año, después de decrecer durante nueve trimestres consecutivos; por otra parte, el rescate de la UE a la banca española se va a dar en las próximas semanas por concluido, una vez saneada ésta pero cuando aún no fluye el crédito a las familias y a las empresas, algo imprescindible para dar por zanjada, de verdad, la crisis. ¿Y el paro, que es el indicador que más afecta a las personas? Pues parece que comienza a remitir, pero aún en cuantía escasa, por lo que sigue siendo un auténtico “problemón” que está haciendo sufrir cada día a más hogares, en los que el índice de empobrecimiento ha aumentado de manera alarmante. Sobre la cuestión del empleo, dos datos en este 20-N: el índice de paro se ha incrementado, gobernando Rajoy, desde un 21,5 % hasta un 26 por ciento y el poco empleo que se crea aún está mal retribuido. Si este gobierno no mejora significativamente estos datos en los dos años de mandato que le quedan y el PSOE sigue haciéndose oposición a sí mismo en vez de a Rajoy, todo apunta –y las encuestas corroboran- a que en el próximo parlamento nadie va a alcanzar la mayoría absoluta y componer una mayoría suficiente -y razonable- para gobernar va a ser muy, pero que muy complicado.

¡Queremos que la Alcarria tenga salida al mar!

            No conozco la intrahistoria que ha llevado a la Diputada nacional del PSOE por Guadalajara, Magdalena Valerio, a hacer uno de los mayores ridículos parlamentarios que se recuerdan y que está siendo objeto de cachondeo mayúsculo por todas las españas –espero que nunca federales, aunque siempre plurales-, especialmente en los mentideros políticos, pero sea cual fuere la causa de la causa del craso error por ella cometido, el caso es que del Cabo deFinisterre al de Gata, desde Ayamonte a Portbou, desde los Arribes del Duero a la Albufera, desde el Cabo deMachichaco al Golfo de Cádiz, incluso desde Algeciras a Estambul aún se están desternillando de risa por las preguntas –¡que no fue una, sino que fueron siete!- que la señora Valerio hizo al Gobierno ¡¡¡sobre afectaciones del dominio marítimo-terrestre y de la Ley de Costas en la provincia de Guadalajara!!!

             Aunque para ejemplo de este espantoso ridículo bastaría con un botón de muestra, a continuación voy a reproducir literalmente tres de las siete preguntas que, para su contestación por escrito, realizó la Diputada socialista por Guadalajara al Gobierno interesándose por la aplicación y afectación de la Ley de Costas en nuestra provincia -de interior, no, lo siguiente…- fechadas el 29 de abril de 2013:

 – “¿Cuántas construcciones o instalaciones sin la autorización o concesión exigible con arreglo a la legislación de costas han sido legalizadas por razones de interés público en los años 2000, 2001, 2002, 2003, 2004, 2005, 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012 y 2013 en la provincia de Guadalajara?

 – ¿Cuántas construcciones o instalaciones situadas en dominio público marítimo-terrestre sin la autorización o concesión exigible con arreglo a la legislación de costas tiene constancia que existen en la provincia de Guadalajara?

 – ¿Cuántas obras e instalaciones sin la autorización o concesión exigible con arreglo a la legislación de costas vigente han sido demolidas en los años 2000, 2001, 2002, 2003, 2004, 2005, 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012 y 2013 en la provincia de Guadalajara?”

 

La contestación del Gobierno a estas preguntas tan improcedentes, erradas, tórpidas, ridículas, inadecuadas, extemporáneas y merecedoras de la “Cruz del Yerro” realizadas por Magdalena Valerio, que podría haber sido inmediata y de las que hacen época, ha tardado más de cuatro meses en producirse y no ha hecho más que un rasguño irónico en la piel parlamentaria de Su Señoría, cuando podía haberla dejado como al Gallo de Morón, sin plumas y cacareando. Esta fue la escueta, aunque expresiva, respuesta que el Gobierno dio a las siete preguntas de la parlamentaria socialista alcarreña sobre aspectos relacionados con “la costa marítima” de Guadalajara:

– “Como Su Señoría sabe, Guadalajara es una provincia de interior que se encuentra a más de 300 kilómetros del mar y en la que, en consecuencia, no existe zona de Dominio Público Marítimo Terrestre ni, tampoco, concesiones que amparen ocupaciones de dicho Dominio Público”.

Puede que sea algo de complejo provinciano, no lo niego, pero el caso es que, aunque la señora Valerio no esté con mi voto en el Congreso de los Diputados, me fastidia bastante que el nombre de la provincia de Guadalajara y el de una representante de sus ciudadanos esté corriendo de boca en boca, como “la falsa monea” va de mano en mano, por un error tan lamentable y burdo y del que no se han dado explicaciones suficientes y en detalle para conocer su verdadero origen -¿acaso porque descubriríamos alguna vergüenza del funcionamiento interno del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso?-, pues es evidente que Magdalena Valerio sabe perfectamente que Guadalajara no tiene costa marítima, una circunstancia que ni siquiera a través de un referéndum popular o de la modificación de la Constitución podríamos hacer cambiar y que me recuerda a aquellas “noches azules” de los años jóvenes de mi generación, cuando a las numerosas reivindicaciones, gran parte de ellas serias, lógicas, razonables y justas que se hicieron en la Transición, con tono jocoso y en clave festiva sumábamos una muy particular y utópica: “¡Queremos que la Alcarria tenga salida al mar!”. Incluso alguno, además de salida al mar para la Alcarria y otras utopías, pedía también que los “Donuts” no tuvieran agujero, una verdadera majadería pues sin agujero los “Donuts” ya no serían lo que son y que no es otra cosa que rosquillas.

Y hablando de rosquillas, un rosco para Magdalena Valerio por este dislate, aunque le agradezco que con él me haya permitido recordar mis años más jóvenes, ilusionantes, reivindicativos y divertidos. ¡Lástima que el tiempo pase tan deprisa y para todo el mundo…! Como proclama en el centro de su esfera el reloj carillón que hay en el despacho de la alcaldía del Ayuntamiento de Guadalajara: “Tempus fugit”.  O sea, el tiempo huye, el tiempo se escapa, el tiempo vuela, el tiempo pasa.

 

 

Metáfora de un desatino

                     

                        Al viejo palacio de los Condes de Coruña –de la Coruña del Conde burgalesa, no de la gallega-, uno de los tres edificios más emblemáticos de los que se conservan en la plaza del Jardinillo, junto con la iglesia de San Nicolás y el antiguo Banco de España-, popularmente conocido como “el del Minaya”, le ha salido un nuevo inquilino que pronto va a ocupar su planta baja, exactamente en la zona del inmueble últimamente ocupada por la Caja del Mediterráneo (CAM) y el Banco Sabadell, que hace esquina entre la calle Mayor y la del Doctor Benito Chavarri. Y he dicho un nuevo inquilino y casi podía decir un viejo vecino, porque, quien va a ocupar ese local comercial en una parte de lo que un día fuera uno de los muchos palacios nobiliarios que hubo en la ciudad, es “La Caixa” que, como es público y notorio, en algunas de sus oficinas de la provincia se anuncia como “Caja de Guadalajara”, pero todos sabemos que de la antigua caja guadalajareña cada día queda menos en ella pues, más que reabsorberla tras sus dos anteriores absorciones –eufemísticamente llamadas “fusiones en frío”- que ya le habían hecho previamente, primero Cajasol y después Banca Cívica, la caja catalana directamente fagocitó a la alcarreña.

                         Es toda una metáfora del desatino, casi una alegoría, el hecho de que una vez que la antigua Caja de Guadalajara vendiera a la Junta de Comunidades su histórica sede de Topete, esquina a Benito Chavarri –que distaba apenas cuatro metros de la nueva oficina que ahora La Caixa va a abrir en el Jardinillo- para trasladarse a su flamante torre en la avenida de Eduardo Guitián, junto al Centro Comercial “Ferial Plaza”, menos de cuatro años después vuelva a instalar su oficina principal –ahora ya como “Caixa Guadalajara”, entiendan el guiño- en el centro de la ciudad, junto a su antigua sede, en un local de alquiler y con una notoriedad y un espacio infinitamente más reducidos que los que en su día acreditaba en la zona. ¿Y qué pasó y, sobre todo, qué va a pasar entonces con la torre de la avenida Eduardo Guitián? Pues como casi todo el mundo sabe, ésta jamás llegó a estar ocupada al cien por cien –ni si quiera al cincuenta por ciento-, a su supuesta oficina principal apenas acudían clientes por estar muy lejos de casi todas partes, su salón de actos no acogió más de una docena de ellos y, cuando La Caixa absorbió a Banca Cívica –y, por ende, a los restos del disimulado naufragio de Caja de Guadalajara-, una de las primeras decisiones que tomó fue la de eliminar el nombre de “Caja de Guadalajara” de la torre, despejarla prácticamente de trabajadores e intentar venderla a través de Servihábitat, la inmobiliaria de la caja catalana. Como ha sido imposible vender la torre, ni si quiera a un precio varias veces rebajado, ahora intentan alquilar sus oficinas por metros, a un precio que indica muy a las claras cómo está de tocado el mercado inmobiliario en la ciudad –por no decir hundido-, también en suelo terciario y, concretamente, el muy escaso atractivo que tiene esa torre para los empresarios y emprendedores locales: Lo dicho, se alquila espacio para oficinas en ella ¡desde a 5 euros metro cuadrado!

Me contaba hace unos días un empresario que tiene su negocio en la zona del Jardinillo que había oído comentar a un ejecutivo de La Caixa, venido de fuera y que estaba inspeccionando las primeras tareas de acondicionamiento del local que allí pronto va a ocupar su oficina principal de la ciudad, que había sido un auténtico error, desde el punto de vista comercial, llevarse la oficina de referencia de Caja de Guadalajara “al medio del campo”, renunciando al magnífico emplazamiento que tenía en la calle Topete. A mi juicio, y al de muchos otros con los que he comentado el tema, lleva toda la razón este profesional de la caja catalana que, con esta reflexión, viene a confirmar, aún puede que sin saberlo, lo que muchos pensamos en su día cuando se fraguó en 2009 la operación de venta de la antigua sede de “nuestra” Caja a la Junta, por 17 millones de euros, casi dos años después de que hubiera “pinchado” ya la llamada “burbuja inmobiliaria”: que la administración regional pagaba bastante más –o sea, que todos pagábamos bastante más- de lo que aquél inmueble valía, a precio de mercado en ese momento, y que aquella operación iba a servir sólo para salvar las cuentas de ese año de la Caja, de manera circunstancial, y que el futuro lo tenía más que comprometido. Como así ha sido, a pesar de que nos vendieran –y, algunos, ingenuos, incluso la compráramos- su literal desaparición como una “fusión en frío” que iba a permitir tres hechos relevantes: el mantenimiento de los puestos de trabajo, el de la marca “Caja de Guadalajara” y el de la obra social a través de una fundación. Pues bien, aquello que se nos vendió como un caballo cartujano, era en realidad un ruc català (la raza de burro catalana, de la que dicen que sólo quedan unos centenares de ejemplares aunque a mí me parece que quedan muchos más) porque, andado el tiempo, ésta es la auténtica realidad de lo que queda de “nuestra” Caja: bastantes empleados se han prejubilado obligados o casi, otros han pedido la baja voluntaria porque les proponían trasladados que perjudicaban gravemente su vida familiar, otros han aceptado esos traslados como un reo acepta la horca, o sea a la fuerza, la marca “Caja de Guadalajara” es ya mera anécdota y no es más que puro nominalismo estratégico, y de la antigua obra social de “la nuestra” –que llegó a ser muy estimable- apenas queda el recuerdo.

Así que, después de que algunos directivos irresponsables y osados –venidos de la política a un mundo casi ignoto para ellos, pero muy lucrativo- hayan jugado al Monopoly con nuestro dinero y “nuestra” Caja, ésta, tornada ahora su tradicional boina de labrador castellano por una barretina de payés, vuelve de alquiler al Jardinillo, a ese casi mítico local del viejo palacio de los Condes de Coruña que durante la posguerra ocupó el bar-cafetería “Minaya”, cuando, entre 1940 y 1948, la Academía de Infantería se ubicó temporalmente en nuestra ciudad y que así describía mi maestro periodístico y recordado amigo, Salvador Toquero, en su libro titulado “El calor de una huella”: “Ubicado en la planta baja de un antiguo caserón y con amplio ventanal a la Plaza del Jardinillo, hacía esquina con la calle del Dr. Benito Chavarri, con vocación de callejón y vedado desde siempre al tráfico rodado. Una barra al fondo, no muy amplia, y unas cuantas mesas, con flanqueo de divanes y sillas, dispuestas de tal modo que el cliente podía observar perfectamente cuanto acaecía por la calle y el viandante apreciar que el local era feudo militar, a juzgar por la invasión de capotes y gorras”.

En el antiguo “Minaya”, a los capotes y los ros (el gorro militar que tanto sale en los crucigramas) de la década de los cuarenta le siguieron luego los clavos y tornillos de la ferretería de Rodríguez Coronado, cohabitando un tiempo con las horchatas y los batidos naturales de uno de los negocios de Guajardo, ya bajo la marca “Hernando”, para después terminar siendo, como otros muchos locales de la zona, oficina bancaria. Como bien decía el Arcipreste de Hita en su “Libro de buen amor”: “Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar; al torpe hace discreto y hombre de respetar, hace correr al cojo y al mudo le hace hablar; el que no tiene manos bien lo quiere tomar…”.

 

La paz de Bonaval

            La profesión de algunos de los más activos y comprometidos defensores del patrimonio histórico-artístico de la provincia de Guadalajara de las últimas décadas nada o muy poco tenía que ver con el arte o con la historia o con ambas áreas del conocimiento a la vez; el último y destacable caso es el del profesor de Química Física Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid, José Luis García de Paz, madrileño de nación pero tendillero/guadalajareño de pasión y vocación, que lamentable e inesperadamente ha fallecido hace algunos días, circunstancia que lamento mucho porque, aunque nunca le traté de manera personal, me consta que era una excelente persona y es público y notorio el magnífico trabajo que desarrolló a favor del conocimiento y de la defensa del patrimonio histórico-artístico de la provincia, con especial dedicación a la gran familia Mendoza y a Tendilla, villa de la que descendía. Como decían los romanos al dar sepultura a sus difuntos, “¡que la tierra le sea leve!”.

bonavalOtros grandes comprometidos con el estudio, la divulgación y la defensa de la historia y el patrimonio artístico de la provincia que, inicialmente, no eran profesionales de la materia, aunque terminaron dando sopas con onda a muchos teóricos especialistas en ella, fueron/son médicos de profesión, como es el caso de Miguel Mayoral –titular oficial de la calle popularmente conocida como “Cuesta del Reloj” y Alcalde que fue de la ciudad-, Francisco Layna Serrano –uno de los Cronistas Provinciales más relevantes y con mayor volumen de obra publicada, destacando entre ella “La historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI”- y Antonio Herrera Casado –actual Cronista Oficial de la Provincia, un hombre con una capacidad y método de trabajo impresionantes y que desde su editorial, “Aache”, lleva ya muchos años realizando una labor de edición de libros sobre la provincia de Guadalajara absolutamente impagable-. Pero no sólo de médicos ha vivido y vive la historiografía provincial, también ha crecido gracias a la labor de comprometidos maestros, formados en una de las cunas del Magisterio español como es Guadalajara; como ejemplo señero de los muchos maestros de escuela que han trabajado y trabajan, en las aulas y fuera de ellas, en pro del conocimiento y defensa de la historia y el patrimonio artístico provinciales, significar a Juan Diges Antón –historiador local que destacó por su labor de promoción de un entonces incipiente turismo y que materializó una buena historia del callejero de la ciudad, ayudando decisivamente a dar a conocer los méritos contraídos por quienes figuran en él-. Diges Antón, además de cursar estudios de Magisterio, se formó y ejerció como “sobrestante” (capataz) de Obras Públicas.

Aunque sí son, o han sido, todos los citados figuras relevantes de la historiografía provincial, es obvio que no están todos los que son. Con el post de hoy no pretendo hacer una relación exhaustiva y completa de ellos, sino rendir homenaje al Profesor García de Paz ante su reciente fallecimiento, poniéndole a la altura de algunos de los más destacados y comprometidos personajes que en el pasado, y aún en el presente, como es el caso de Herrera Casado, “han laborado por enaltecer la Alcarria”, como reza el epitafio que Layna Serrano mandó grabar en la lápida de la sepultura de su esposa, Carmen Bueno, activa y apasionada colaboradora del médico/historiador, nacido en Luzón pero criado de niño y hecho mozo en Ruguilla. “Laborando por enaltecer la Alcarria, halló esta dama la muerte. Orad por ella”, reza literalmente el epitafio de Carmen Bueno, una de las primeras personas que falleció en nuestra provincia en un accidente de tráfico y hay quien dice que su muerte se produjo al chocar su coche contra uno de los camiones que, a finales de la década de los años 20 del siglo pasado y principios de los 30, transportaban las seculares piedras del Monasterio cisterciense de Óvila, tras desmontarse uno a uno los sillares de su refectorio, su atrio y su sala capitular, para ser trasladados a Estados Unidos, acción que promovió el magnate americano William Randolph Hearst, en cuya singular, amarilla y azarosa vida se inspiró Orson Wells para crear una de las mejores películas de la historia del cine: “Ciudadano Kane”.

Por cierto, precisamente cuando escribo este post, viernes, 25 de octubre, miembros de la “Plataforma Salvar Bonaval”, otro de los cuatro monasterios cistercienses que hay en la provincia junto al ya citado de Óvila y los de Buenafuente del Sistal y Monsalud, van a entregar, en el registro de entrada de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, centenares de cartas firmadas por particulares denunciando el estado de abandono total y la ruina progresiva que está deteriorando uno de los más importantes Bienes de Interés Cultural que hay en la provincia y al que el paso del tiempo y del hombre por su precioso paraje a orillas del Járama, un remanso de paz, allá en Retiendas, llevan ya muchos años haciendo tanto daño como el que a Óvila le hicieron, hace ya casi un siglo, las piquetas del ciudadano Hearst/Kane. La nueva Ley del Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha –la 4/2013, de 16 de mayo, vigente desde el 13 de junio de este año-, en su artículo 4.1 dice textualmente: “Las personas que observen peligro de destrucción, deterioro o pérdida en un bien integrante del Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha deberán ponerlo en conocimiento de la Consejería competente en materia de patrimonio cultural de la Administración Regional, del Ayuntamiento en cuyo término municipal se encuentre el bien y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado”. Pues bien, esos centenares de particulares van a cumplir con la Ley, espero que la Administración Regional, debidamente advertida del evidente peligro de deterioro de Bonaval, tome buena nota, haga lo que deba y también la cumpla.

 

Planeta Guadalajara

            La autoestima desmedida jamás ha sido un atributo propio de los guadalajareños, más bien todo lo contrario. Probablemente porque somos una provincia de población escasa –aunque la tendencia haya cambiado en los últimos años por el desarrollo económico y residencial del Corredor del Henares, dinámica justamente inversa a la despoblación que no cesa desde hace décadas en las zonas rurales-, con pocos municipios de peso específico en el contexto nacional y que tenemos una de las capitales menos conocidas y visitadas de España, entre otras circunstancias no especialmente favorables para poder sacar mucho pecho, no ofrecemos el “mapamundide Guadalajara en nuestras oficinas de turismo, como dice el chiste que hacen los de Bilbao en las suyas, sino algún folletito de andar por casa. Sea lo dicho sin ánimo de crítica alguna a los soportes impresos de información turística provincial –tanto los editados por la Junta como por la Diputación y los ayuntamientos-, mejorados pero mejorables, y en los que, con más voluntad que medios y más ilusión que acierto, trabajé en su día por razones de destino profesional. Un trabajo que siempre desarrollé convencido de que Guadalajara tenía mucho más que ver y conocer de lo visto y conocido y que se merecía más atención de los turistas que la que éstos le prestaban. Y he dicho turistas, no “domingueros, pirómanos y tira-botes” –expresión textual de una “sui-géneris” cuña de promoción de la provincia que mi amigo/hermano, Javier Borobia y yo, emitíamos en “El Guardilón”, nuestra querida y recordada tertulia radiofónica en Rueda Rato, luego Onda Cero– que esos vienen sin llamarles, no dejan más que mierda por donde van y arrasan con casi todo.

ClaraSanchez1-375x246 Aunque, tras esta larga parrafada pudiera parecerlo, hoy no tengo intención de extenderme en hablar ni de la autoestima ni del turismo provinciales, sino de la destacable y feliz circunstancia de que nuestra paisana guadalajareña, Clara Sánchez, acaba de ganar el prestigioso Premio Planeta con su novela “El cielo ha vuelto”, el galardón literario mejor dotado de los convocados en lengua española, con 601.000 euros -100 millones de las antiguas pesetas-, y que, además, tiene los valores añadidos de elevar notoriamente los niveles de conocimiento y prestigio de sus ganadores y de garantizar una venta masiva de ejemplares de sus novelas premiadas.

Clara Sánchez, como ella mismo dijo la misma noche en que fue proclamada ganadora del Planeta, ya ha entrado por la “puerta grande” de la literatura al ganar este premio, un premio que viene a sumarse a otros dos que ya había conquistado antes y que conforman la gran trilogía de los premios literarios españoles en la actualidad: el Alfaguara –en 2000, con la novela “Últimas noticias del paraíso”- y el Nadal –en 2010, con su obra “Lo que esconde tu nombre”-. Salvo error u omisión, ningún escritor español puede presumir, como ya puede hacerlo Clara Sánchez, de haber ganado estos tres importantes premios; algunos han ganado dos de ellos, como Manuel Vicent -el Nadal (1986) y el Alfaguara (1999) – y Lucía Etxebarría –el Nadal (1998) y el Planeta (2004) -, pero ninguno los tres, hecho que certifica definitivamente que Clara Sánchez es una extraordinaria escritora y que, de confirmar su trayectoria en próximas entregas, algo previsible, puede llegar a alcanzar el cenit de las letras españolas y llevarla a ser candidata a premios literarios de prestigio internacional que ni me atrevo a nombrar para no gafarla.

No se si es provincianismo de vía estrecha, pero como guadalajareño me siento muy orgulloso de que una doble paisana mía –nació en Guadalajara en 1955, seis años antes que yo, pero desciende de Galápagos, pueblo en el que viví los primeros meses de mi vida- haya obtenido un premio literario de tanto prestigio y repercusión como es el Planeta, siguiendo, por cierto, el camino que en su día transitó otro guadalajareño, natural de Baides, Ángel María de Lera –fallecido hace ya casi 30 años-, quien en 1967 ganó este mismo premio con su excelente novela titulada “Las últimas banderas”. El mejor homenaje que podemos hacer a ambos es leer sus libros, no porque sean guadalajareños, una provincia injustamente tenida por quienes la desconocen como de segunda e, incluso, de tercera, sino porque su literatura es de primera.

Puede que esta tierra sin apenas gentes y además mayores, de soles y fríos extremos, de vientos solanos y airones, de aguas con vocación atlántica que acaban en el Mediterráneo, de altos páramos y pequeñas sabinas, de anchas alcarrias y menudos chaparros, de estrechos valles y profundos barrancos cortados a tajo, tajuña y hoz, de tierras de barro y piedra, ocres de arcilla, escarlatas de rodeno y negriazuladas de pizarra,… puede que estas tierras, por no tener, no tengan ni los turistas que se merecen, pero ¡ellos se lo pierden!, porque del silencio y la soledad nacen las mejores inspiraciones y las plumas encuentran palabras aún con el tintero seco. Aunque se viva en Madrid porque el silencio y la soledad, aunque inspiradoras, son muy malas compañías y no dan de comer.

P. D. 1.- La “sui-géneris” cuña de promoción de la provincia a la que me he referido decía textualmente: “Provincia despoblada, pero rica en soles y vientos, precisa personal para recogerlos. Domingueros, pirómanos y tira-botes, abstenerse. Preguntar por Guadalajara. Máxima discreción”  (Busquen en Internet el precioso tema instrumental de “La Tejadilla”, del Nuevo Mester de Juglaría, y lean con voz solemne y pausada ese  texto con su música de fondo y recompondrán aquella cuña que Javier y yo emitíamos en nuestro programa “gratis et amore”, porque como decía Facundo Cabral, “lo mejor de la vida es gratis”).

 P. D. 2.- En la página web de Antena 3 se dan dos noticias referidas a Clara Sánchez con ocasión de haber sido premiada con el Planeta, en las que, textualmente, se refieren a ella de las dos siguientes y diferentes maneras: “escritora madrileña de origen alcarreño” y “escritora manchega”. Es evidente que algunos sueltan los gentilicios como los perdigones que a otros se les escapan al hablar. O a ellos mismos. 

Cayó el Imperio

             Aunque hacía ya diecisiete años que había cerrado sus puertas al público, el local que ocupaba el viejo “Cine Imperio” de Guadalajara ha comenzado hace unos días a ser derribado, ante el estado de ruina que presentaba el inmueble, con la correspondiente licencia municipal. Aunque me consta que hace unos años la propiedad estuvo negociando con un promotor la posibilidad de la venta del edificio para construir un hotel y unos apartamentos, de momento al derribo le va a suceder un solar vallado, uno más que sumarse a los que proliferan por el centro de la ciudad. Es larga la relación de este tipo de solares/heridas de nuestro casco antiguo: el que sobrevino al demolerse los edificios que albergaban en sus bajos la tradicional pescadería Maragato y la antigua zapatería Marelvi, en la mismísima plaza Mayor; el de la plaza de Prim, esquina a Bardales; el que hay enfrente del palacio de la Diputación, en la plaza de Moreno; o el de la antigua Imprenta “La Aurora”, en la plaza de San Esteban, últimamente ocupado por el bar “El Boquerón”, en los bajos de lo que en su día fuera el Palacio del Vizconde de Palazuelos, y que ha sido el último de los muchos palacios y de los no pocos conventos, iglesias y otros antiguos edificios de esta ciudad, eminentemente conventual y palaciega en su urbanismo histórico, que han sucumbido por derribo. Lo cierto es que Guadalajara es una ciudad que, entre las bombas de la artillería y la aviación militar, los piquetazos de la desidia y la incompetencia y los mazazos de la especulación, más que antigua parece vieja y muchos de los edificios modernos que se han construido en su casco histórico y el que lo circunda, bien por sus alturas, bien por sus materiales de construcción o por el diseño de sus fachadas, son auténticos homenajes al mal gusto.


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Pero hoy no quiero hablar de las arquitecturas de la ciudad, ni de las pocas históricas que aún quedan en pie, ni de las muchas de las que apenas quedan unos planos, unos grabados, unas fotos o tan sólo el recuerdo, ni de las “modernas” ni de las “posmodernas”, que ahí están para defenderse solas (o lo contrario); hoy quiero hablar de ese Cine Imperio que, aunque proyectó su última película en 1996 –por lo que llegó a convivir en el tiempo, en lucha desigual, con los Multicines del Alamín, inaugurados en 1995-, está siendo demolido en estos días, dado su estado de evidente ruina pues su cubierta se había derrumbado hacía tiempo y ya se sabe que la ruina de las casas entra por el tejado. 102 años ha durado este edificio que en 1911 fue el primero de los de la ciudad expresamente construido para ser Teatro-Cine; de hecho, su primer nombre comercial fue el de Teatro Cómico/Cine Impero, pasando a llamarse Cine Novelty en la República, aunque popularmente era conocido como “La Bombonera”. Tras ser rehabilitado después de un incendio, en 1936 pasó a llamarse por un tiempo Cine Isabelo Romero, recuperando después su primitiva denominación como Cine Imperio, que fue con la que cesó su actividad en 1996.

Al edificio del Cine Imperio lo han llevado al derribo el tiempo, el desuso y la falta de conservación. Pero al Imperio lo llevó al cierre la durísima competencia que para un cine de sala única y vetusta le representó la llegada a Guadalajara de los Multicines del Alamín, con sus siete modernas salas, su ambigú bien abastecido y su pequeño entorno comercial y de hostelería, con su aparcamiento y todo. Y si al Cine Imperio le llegó su hora  -por utilizar un símil del título de un conocido western- por la competencia de los Multicines de la Avenida de Barcelona, a éstos les llegó la suya cuando se inauguraron los del Ferial Plaza, con sus 14 salas a la última de medios y comodidades, su gran ambigú y su espectacular y amplio entorno comercial y de ocio.

Mis recuerdos personales del Cine Imperio se centran, fundamentalmente, en los años setenta, cuando ya moceaba, como diría mi maestro y amigo Lahorascala. De niño, mi cine era el de los Salesianos, al que podíamos acceder gratuitamente los alumnos del colegio los domingos por la tarde, pero eso sí, siempre que tuviéramos debidamente sellado el carnet del “Oratorio de Santo Domingo Savio”, que consistía en ir a misa los domingos por la mañana y, después, en participar en actividades lúdicas y deportivas en los amplios patios del centro, en las que siempre disfruté como el enano que entonces era -tampoco es que haya crecido mucho después, la verdad sea dicha-. Y allí no sólo vi películas de aventuras, de romanos, de piratas o del oeste, sino que también descubrí el mejor cine de la época, como por ejemplo “2001: Una odisea del espacio”, película de la que fue director Stanley Kubrick quien, por cierto, rodó entre Taracena, mi pueblo, e Iriépal, en 1960, algunas de las escenas de “Espartaco”. El mundo es un pañuelo y el del cine aún más pues, además de pliegues, está lleno de ilusiones y fantasías, como la de convertir el pequeño cerro llamado el “Cogorro” de Taracena en el gran Vesubio. Aprovecho que en las laderas del Vesubio/Cogorro ganaron la primera batalla los gladiadores de Espartaco a las tropas romanas, para subrayar el impagable papel que el Cine Club Don Bosco, con sede en Salesianos, desempeñó para promocionar el cine de autor en Guadalalajara –de arte y ensayo se le llamaba entonces-, como antecedente directo del Cine-Club Alcarreño, que aunque va a retomar su actividad en una sala de los Multicines del Ferial Plaza, debe retornar muy pronto a un Teatro Moderno abierto y en uso como centro de cultura activa de la ciudad, algo que debe hacerse posible ya mismo, querido excompañero y sin embargo amigo, Antonio Román.

Decía que mis recuerdos del Imperio son de mocedad y, efectivamente, de los años setenta datan, cuando de niño pasé a adolescente, una etapa naturalmente inquieta y movida de mi vida que coincidió con el inicio de la Transición política en España y con mi propia transición personal, cuando me gustaba bastante más ver “en pelotas” a la Cantudo, aunque fuera a través de un espejo, en “La Trastienda” (1976), en el tenido por el primer desnudo integral femenino del cine español, que a Fantomas volando en su Citroen Tiburón o, incluso, a Espartaco venciendo en el Vesubio a los romanos, y más sabiendo que era el “Cogorro” de mi pueblo. El Imperio vino a mi vida cuando yo me espabilaba, al tiempo que se espabilaba España, con aquél cine llamado del “destape” que, por lo general, lo conformaron películas muy malas pero que, a quienes andábamos por aquél tiempo con las hormonas haciendo la ola, nos daba igual porque sólo estábamos pendientes de las escenas con chicas desnudas… eso sí, siempre por “exigencias del guión”.

Quiero terminar este post siendo justo con el Cine Imperio porque, en mi época, no sólo se proyectó allí casi todo el cine de destape español, incluidas las películas clasificadas “S” –un paso intermedio entre el simple destape y el porno, y en las que se advertía al público que esos filmes “por su temática o contenido, podían herir la sensibilidad del espectador”-, sino que también tuvimos la oportunidad de ver en él muy buenas películas, entre las que especialmente recuerdo “El gran dictador”, de Charles Chaplin, o “Viridiana” y “La vía láctea”, de Luis Buñuel, cuando la censura se relajó, que se relajó antes y más para permitir que al cine español se le cayera el sujetador que para dar paso a películas de autor y de especial contenido social y/o político. Pero cayó el Imperio.

 

¿Se puede ser Mas cabrón?

 

            Artur Mas, el presidente de la Generalitat de Cataluña, es un cabrón con pintas. Y, por supuesto, no le llamo “cabrón” en la segunda acepción de esta voz en el Diccionario de la RAE, sino en la primera: “Dicho de una persona, de un animal o de una cosa: Que hace malas pasadas o resulta molesto”. Evidentemente, Mas no es ni un animal –aunque, a veces, haga alguna animalada política- ni una cosa, así que lo llamo cabrón porque a mi me parece que es una persona que hace malas pasadas y resulta molesto.

Ya se que suena muy fuerte lo de decir o escribir “cabrón” y que, habitualmente, se utiliza esta palabra como insulto, incluso de los gruesos, pero no es esa mi intención puesto que insultar es “ofender provocando a alguien” –la RAE, de nuevo, dixit– y la verdad ni puede ofender, ni menos aún provocar, como la “exceptio veritas” anula la existencia de cualquier presunta injuria o calumnia vertida contra alguien porque la verdad, aunque duela, nunca puede hacer incurrir a quien la proclama en delito de injurias o de calumnias.

Que Artur Mas, desde que se echó al monte e impulsó su delirante deriva soberanista, está haciendo malas pasadas, una tras otra, a Cataluña y España, es tan verdad como que mañana va a amanecer, salvo que en las horas que restan para la próxima albada llegue el Apocalipsis, o sea, la “liquidación de los tiempos”, según palabras del gran Ortega y Gasset, autor, entre otras muchas buenas obras, de “La España invertebrada”, esa gran reflexión sobre nuestra patria en la que el filósofo existencialista decía que España “padece el mal del particularismo”, que se manifiesta tanto en el ámbito territorial como en el social, y que alimenta “los separatismos”, y en la que “las distintas clases sociales solo actúan buscando intereses particulares”, o sea que cada grupo busca lo suyo sin importarle lo de los demás. La tesis final de Ortega en esta obra de referencia sobre la vertebración territorial y social de España, escrita hace 92 años, pero de plena vigencia en gran parte, incide en que “nos falta un gran proyecto colectivo, un proyecto unificador”. Vamos, que a España, o a “las españas”, como el propio Ortega bautizó a la diversidad unida de los territorios que la conforman, le conviene más conjugar el verbo unir que el separar, sumar que restar, multiplicar que dividir.

Efectivamente, Mas está propiciando que tanto Cataluña como el resto de España lo pasen mal, porque, con maniqueísmo de manual nacionalista, está dividiendo a la sociedad catalana entre “catalanes buenos” – a su entender y el de sus socios, los separatistas, por supuesto- y “catalanes malos” –los no separatistas-, o sea, los “charnegos” –como llaman algunos en Cataluña a los inmigrantes despectivamente-, aunque sean del mismo Santa María de Palautordera (B), de Valls (T), de Les Borges Blanques (LL) o de Palafrugell (GI) de toda la vida, o, al menos, desde que Felipe V ganara la Guerra de Sucesión Española, en 1714, que es cuando acabó el “capítulo catalán” de esta guerra, año en el que los nacionalistas asientan “el día cero” de sus reivindicaciones independentistas, que ni mucho menos se jugaban en aquella guerra entre partidarios de los Borbones y de los Austrias en medio de una Europa también en armas, con tropas extranjeras por medio tratando de pillar cacho –Menorca y Gibraltar trincaron los ingleses-, para hacerse con el trono de España, dejado vacante por Carlos II, llamado “el Hechizado” por su precaria salud, y último monarca de la dinastía Austria en España, a la que, por cierto, apoyaron los catalanes en aquella Guerra, repito, de sucesión, aunque algunos quisieran que hubiera sido de independencia. De la catalana, por supuesto, puesto que, curiosamente, el País Vasco apoyó a los Borbones y, por ello, los nacionalistas vascos ni mientan al de Anjou y su triunfal guerra que le llevó al trono español y sitúan su particular “zona cero” independentista en las barbaridades racistas y fascistoides escritas por el fundador del PNV, Sabino Arana, a finales del siglo XIX, tras conocer, por cierto, los movimientos “regionalistas” catalanes de la época.

Fomentar la animadversión contra el resto de España en las escuelas y en la vida pública, manipular y tergiversar la historia a capricho, arrinconar la lengua castellana como Franco arrinconó la catalana, dividir Cataluña en “buenos” y “malos”, alentar a quienes nos insultan al resto de los españoles afirmando injustamente que “España nos roba”, elevar el cinismo a la enésima potencia diciendo que “Cataluña ama a España, pero desconfía del Estado”, tratar de saltarse a la torera –perdón, que allí están prohibidos los toros, no por cornudos, sino por españoles-, mejor dicho, pues, tratar de hacer una butifarra de la Constitución que en 1978 aprobaron el 90,46 por ciento de los catalanes que acudieron a las urnas (el 67,90 del censo), gastarse lo que haga falta en embajadas, televisiones, “col-legis”, proclamas, gestos y actos independentistas mientras muchos catalanes no tienen un “calçot” que llevarse al plato, etc. etc. etc. como está haciendo y/o permitiendo Artur Mas, no me digan que no es molestar y hacer malas pasadas a muchos catalanes y, por tanto, a muchos españoles, no sólo catalanes. ¿Se puede, entonces, ser más cabrón, según la primera acepción de esta entrada en el Diccionario de la RAE, que lo está siendo Mas con Cataluña, en particular, y con España, en general?

El problema es que este “gasto” lo ha contraído Mas, pero la “factura” la pagaremos todos, una factura cuyo “IVA” no será otro que fracturar la sociedad catalana por muchos años, al tiempo que alentar el antiespañolismo en Cataluña y el anticatalanismo en España. O sea, la mayor cabronada de lo que está haciendo Mas es que sabe que ahora no es posible separar a Cataluña de España, pero está contribuyendo, decisivamente, a que un día, más pronto que tarde, sí lo sea. ¡Qué cabrón!

 

No a una sanidad por favor

            Desde la perspectiva de un castellano de Guadalajara que vive en la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha, región artificial donde las haya, nacida de urgencias –por el llamado “café para todos”- y oportunistas componendas políticas -¿qué carajos pinta Guadalajara en una región en la que no está Madrid?-, algunas de ellas a caballo entre el sainete y el vodevil, las comunidades autónomas sólo tienen sentido si, de verdad, acercan la administración al administrado y son útiles a los ciudadanos. En otros lugares de España –sí, de España-, puedo entender –y entiendo, aunque dentro de sus justos términos, no de manera exacerbada, radical, injusta e insolidaria- que haya un componente de identidad y emotividad regionales que sumar a la valoración que para sus ciudadanos tienen las comunidades autónomas, concepto de organización territorial recogido en la Constitución de 1978, sin duda heredero del de las “regiones autónomas”, pero dentro del “estado español integral” –repito, integral, o sea, único-, que por primera vez se reconocieron en la Constitución republicana de 1931, lo que posibilitó la aprobación de los dos primeros estatutos regionales autónomos españoles, el de Cataluña y el País Vasco –bastante más limitados en competencias que los actuales, por cierto-, y el inicio de la tramitación del de Galicia, que casi coincidió con el comienzo de la Guerra Civil en 1936, quedándose en simples borradores, aún muy en mantillas como para llegar, si quiera, a poder ser considerados anteproyectos, los estatutos regionales de Andalucía, Aragón y Valencia.

A pesar de lo que pueda intuirse en el largo párrafo inicial de este post, mi intención no es dedicarlo a hablar del preocupante momento separatista que se vive hoy en Cataluña –y siempre en el País Vasco, pues la tregua de ETA y la presencia de los abertzales/brazos políticos de la banda aún armada en las instituciones públicas son dos caras de la misma moneda- y en el que espero altura de miras de la clase política catalana, en particular, y española, en general, pues, como decía el Guerra torero, “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”, o sea, que ni la celebración de un referéndum pro-independentista ni la independencia misma caben en la vigente Constitución española, como hasta los dos últimos presidentes socialistas del gobierno español, Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, han manifestado públicamente, al tiempo que apostaban por una reforma de la Carta Magna para hacer posible el federalismo en España, algo que ya es prácticamente un hecho, pero que si también es un derecho terminará por ser una mullida alfombra para alimentar el ya sobrealimentado separatismo, al tiempo que una encrucijada política cercana al esperpento pues, ¡qué quieren que les diga: yo no veo ni en pintura, ni a Castilla-La Mancha ni a otras comunidades, como un estado federado al Estado español, ni mucho menos aún que haya estados federados y otras regiones sean sólo eso, regiones, o sea, que lleguemos al llamado “federalismo asimétrico”, invención del socialista catalán Pascual Maragall, y que en el fondo es una propuesta de que unos españoles sean y tengan más que otros!

Volviendo al principio, es una evidencia que, incorporándose Guadalajara a Castilla-La Mancha, la administración, lejos de acercarse, se nos ha alejado, pues si con el estado centralista de Franco la teníamos en Madrid –nuestra capital nacional de derecho y regional de hecho-, ahora con el estado autonómico la tenemos en Toledo y, lamentablemente, en vez de descentralizarse el poder que allí se ha ido concentrando con las transferencias, a lo más se ha desconcentrado –yo creo que ni eso-, que es un concepto bien distinto del de descentralización, como sabe hasta un alumno poco aplicado de Derecho. O sea, que las decisiones de calado se toman en Toledo, allí se ingresan y reparten los cuartos y aquí sólo se hace burocracia.

El concepto de utilidad al que también me he referido antes, tan clave en economía, podemos examinarlo muy gráficamente en su aplicación práctica en Castilla-La Mancha con lo que ocurre en la sanidad, como oportuna y sensatamente ha reflexionado, hace tan sólo unos días, Ramón Ochoa, presidente del Colegio de Médicos de Guadalajara –perdón, que ahora los antiguos colegios oficiales de las provincias son meras “delegaciones” del regional- y del de Castilla-La Mancha: «Las autonomías se han hecho para beneficio de los españoles, no puede ser que se conviertan en un obstáculo”, ha dicho, con buen criterio, el doctor Ochoa, a raíz del anuncio hecho por la ministra Ana Mato de la puesta en marcha de la tarjeta sanitaria única para toda España, algo que debería haber sido operativo desde el mismo momento en que se comenzaron a realizar las transferencias sanitarias a las comunidades autónomas y así nos habríamos evitado -es tan sólo un ejemplo- el bochorno que vivió una familia guadalajareña que acudió a las urgencias de un centro de salud andaluz el pasado verano y les atendieron al acabar las consultas, sin registrar documentalmente la atención “y por favor”, porque su tarjeta del SESCAM no era válida allí. Y para que les hicieran una receta, tuvieron que dedicar dos mañanas al papeleo y adelantar el pago del medicamento de su bolsillo. Tan mal lo pasaron, que estaban decididos a, al año que viene, sacarse la tarjeta sanitaria europea, como si, en vez de a Almuñécar, fueran a veranear a Mikonos.

Sin salir de Castilla-La Mancha, y como el propio doctor Ochoa comentaba, no es precisamente razonable que “para hacerse una prueba de Medicina Nuclear, un guadalajareño tenga que ir a Ciudad Real, teniendo Madrid a treinta minutos, o que en unas comunidades autónomas sean gratis unas vacunas y en otras no”. Se mire como se mire y por mucho que se quiera coger el rábano por las hojas para tratar de justificar lo injustificable, estos hechos, reales como la vida misma y que a diario padecemos los guadalajareños, se alejan sideralmente del espíritu y la letra del artículo 14 de nuestra Constitución que, literalmente, dice: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

Antes de modificar la vigente Constitución, y menos aún para abrir definitivamente la puerta a que haya españoles de primera, de segunda y de tercera, lo que hay que hacer es cumplirla y hacerla cumplir, que es lo que juran o prometen los políticos cuando acceden a cargos públicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

La tierra color tierra y el cielo color cielo

            Si hay un día al año especialmente pestoso para los habitantes de Guadalajara capital ese es el siguiente al de la finalización de las Ferias y Fiestas, o sea, hoy, fundamentalmente porque significa el final del ciclo del estío, con lo que ello conlleva –fin de vacaciones, buen tiempo, fiestas, etc.- y el inicio del otoño, un tempero estupendo para el variado paisaje de nuestra tierra, pero no tanto para nuestros cuerpos serranos, alcarreños, campiñeses o molineses pues los días acortan que es una barbaridad, el fresco –como llaman en las serranías del norte y en las parameras de Molina al frío- se nos va metiendo en el cuerpo, y los amaneceres para los que trabajamos o estudian son espesos pero, para los que no trabajan y quieren trabajar, directamente frustrantes de tantos “lunes al sol”; y, como decía, más en éste que sigue al domingo final de Ferias que, para colmo, y según veo con coña en el calendario de mesa, es la festividad de San Cornelio.

Como decía la canción de esa pedazo de artista que es, incluso ya mayor, Paloma San Basilio, “la fiesta terminó” –pocas quedan ya por celebrarse en la provincia, aunque entre ellas las de Azuqueca, que siempre cogen el relevo a las de la capital- y nos toca guardar el traje festivo en el armario y ponernos el hato de diario para retomar nuestras rutinas, hecho que también tiene su puntito placentero de relax y dejarse llevar, pero nada que ver con el que al cuerpo le da lo de estar de vacación y de fiesta, por muy cansado que termine siendo, sobre todo a ciertas edades, algo que voy comprobando con el paso del tiempo, que “me lo decía mi abuelito, me lo decía mi papá”, como escribió José Agustín Goytisolo y cantaba Paco Ibáñez, y que “me lo dijeron muchas veces pero lo olvidaba muchas más”.

Hoy, pues, festividad de San Cornelio –y de San Cipriano y de algunos santos, beatos y mártires más-, la ciudad de Guadalajara comienza su nuevo ciclo de otoño/invierno, aunque aún le queden oficialmente al verano seis días por consumir –oficialmente acaba el día 22- y su tercera y última luna llena, que tendrá lugar el 19 de septiembre. Pero, como decía antes, aunque el otoño se identifique con una etapa de regresión en lo climatológico, en Guadalajara, si viene templado y progresivo y no frío y de golpe, nos brinda algunos de sus mejores momentos de todo el año, especialmente en los paisajes de hojas caducifolias, de entre los que destaca de manera sobresaliente el Hayedo de Tejera Negra, pues el color pardo o rojizo que adquieren sus hojas por la disminución de la luz, combinado con el multicolor de los abundantes frutos de este tiempo y el de las hojas de otros árboles que conviven con las hayas –como acebos, tejos, robles, abedules y pino silvestre,…- configuran una paleta de colores que sería un festín para los mejores pintores impresionistas, los amos del arco iris, con el permiso del sol y la lluvia.

El otoño no le sienta demasiado bien a los hombres, o sí, pero a pocos nos gusta ir a menos, o parecer que vamos a menos, pero a la tierra de Guadalajara el otoño le suele sentar como un anillo a un dedo, sin duda porque a la tierra color tierra que Cela dijo que era la de la Alcarria a su paso viajero por Taracena (“A la tierra color tierra / le maduró un sarpullido. / Bajo el sol de Taracena / cuelga la vida de un hilo), le gusta romper la monotonía del ocre térreo con el verde, el amarillo y el rojo arbóreos y el azul del cielo que, en los días claros de este tiempo en nuestra tierra, compone un cielo color cielo que puede ser igualado por el de otras tierras, pero no superado.

Contra el síndrome “pos-vacacional”, “pos-veraniego” o “pos-festivo”, el mejor antídoto en Guadalajara es darse un baño de tierra y cielo, dejarse de holgazanear en el sillón y de remolonear por los pasillos y echarse a los mil y un caminos de esta tierra por la que, no en vano, han pasado casi todas las civilizaciones que históricamente llegaron a la Península, dejando en ella su huella hasta el punto de que algunos lingüistas estiman que uno de los posibles orígenes etimológicos de la voz “Alcarria” –que es una tercera parte, pero no el todo de las guadalajaras– significa “el camino”. ¡Póngamonos a él y andémosle!

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